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domingo, 26 de junio de 2016

ESTILOGRÁFICAS




Si nos aproximamos al diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua Española buscando la entrada «pluma», accederemos a un sinfín de descripciones, hasta diecinueve en estas fechas de junio de dos mil dieciséis, algunas de ellas ciertamente curiosas por desconocidas, como por ejemplo «cada una de las virutas que se sacan al tornear», «pieza del cerdo posterior a la presa» o «ventosidad, pedo». Una de ellas, aclarada posteriormente es la de «pluma estilográfica» que se describe como «pluma de escribir que lleva incorporado un depósito recargable o un cartucho para la tinta». En lo de cartucho
se ve que el diccionario está puesto al día…

Una de las cosas que recuerdo de mi infancia es la escritura de mi padre, que era preferentemente con estilográfica. Tanto en casa como en la oficina en la que trabajaba por las tardes, la herramienta de escritura preferida era la pluma. Esto escribía hace años en otra entrada de este blog

Escribía siempre con pluma y con una letra antigua y preciosa. La gustaba mucho escribir, con lo que en casa hay montones de papeles con notas, cuentas y anécdotas. En plena época de las máquinas de escribir, con motivo de tener que redactar alguna instancia o documento oficial, le requería para que me la escribiera, para presentarla con todo orgullo en el registro oficial donde sorprendía por el hecho de que fuera escrita a mano y además con esa letra tan característica.

Cuando ya contaba con algunos años, le pedía que me la prestara para escribir parte de mis deberes y con lo que recuerdo que disfrutaba sobremanera era con la operación de carga desde el tintero. Accionar el émbolo de goma, varias veces, con lo que se cargaba y descargaba, era como un juego con el que disfrutaba mucho y que en alguna ocasión me ocasionó alguna reprimenda porque, ya se sabe, «con las cosas de escribir no se juega». En la oficina en la que coincidí con él entre mis trece y mis diecisiete años también yo tomé la costumbre de utilizar la pluma, aunque mis cometidos eran más de realizar con la máquina de escribir. Desde entonces la pluma estilográfica ha sido un objeto lejano para mí y mucho más en los últimos tiempos en que lo que se escribe se teclea directamente en el ordenador. De hecho yo creo que gran parte de los adultos hemos perdido la costumbre de escribir a mano, ya que el correo postal ha caído en desuso al ser sustituido por dispositivos electrónicos que facilitan la rapidez y la inmediatez. Y más ahora donde ya no se teclea sino que se habla directamente para que la máquina lo escriba, con algunos errores, pero poco a poco los sistemas se van perfeccionando de forma sorprendente.

En algunas clases a las que asisto en los últimos años gusto de tomar apuntes a la antigua usanza, aunque por comodidad lo hago con bolígrafos de esos de gel modernos que permiten una fluidez espectacular. En la última clase recuerdo que llené 13 caras de notas, hecho que me sirve de base para el comentario central de esta entrada. Hay alumnos que toman las notas directamente en tabletas u ordenadores, lo que les permite una mayor velocidad, amén de que cuando acaba la clase ya lo tienen todo archivado en el ordenador de forma electrónica. Yo en cuanto llego a casa lo paso por el escáner y lo guardo pero en formato imagen lo que no permite su modificación para ampliar conceptos. Otra práctica realizada por algunos y que yo también he probado aunque no me gusta, es grabar la disertación del profesor en el teléfono móvil y luego en casa ir transcribiendo al ordenador, con la posibilidad de parar la charla si no nos da tiempo a tomar todas las notas que deseamos: la tecnología a nuestros pies y a nuestro servicio.

En mi pasado cumpleaños mi mujer me regaló una pluma estilográfica, grabada con mi nombre y mi fecha de nacimiento, preciosa, sencilla, agradable al tacto y con la que sobreviene un cierto placer en su utilización. Pero… en casa yo no tengo nada que escribir con lo que su uso es muy esporádico y casi forzado. Este modelo es de las de cartucho y coincidió que puse un cartucho nuevo antes de la última clase. La carga de ese cartucho me duró exactamente las trece caras de apuntes tamaño A-4 que tomé en la clase. Menos mal, porque no llevaba otro de repuesto pensando que duraría más, nunca había escrito tanto y tan seguido en los últimos tiempos. De vuelta a casa verifiqué que solo me quedaba un cartucho de la caja de cinco que venían en el embalaje original del regalo.

Se imponía la adquisición de respuestos, para lo que me dirigí a una papelería de la localidad donde me informaron debidamente que esa marca utiliza únicamente repuestos originales, que hasta donde ellos sabían no había compatibles y que el precio de la cajita conteniendo cinco cartuchos era de 3,40 euros. Aunque me parecía una enormidad, adquirí uno e inmediatamente, uno que es así, deduje que la toma de apuntes, las doce más una caras de A-4 me habían costado en el apartado de tinta la friolera de 0,70 euros, que parece una nimiedad pero…«si mi padre levantara la cabezas con sus pesetas…»

He indagado en otras papelerías locales y en superficies más grandes y el precio oscila entre 3,40 y 3,70 euros. Por internet he llegado a descender hasta 2,99 euros pero hay que añadir los costes de envío si solo vamos a pedir eso. Me resisto a este consumismo de desechables por la comodidad a un precio exorbitado. Indagando en foros y empresas de papelería, he visto que existe la posibilidad de utilizar cartuchos recargables de la marca, con su émbolo o pistón que no queda claro, de forma que pueda volver al clásico tintero y retomar las operaciones que tanto me divertían cuando era pequeño, amén de ahorrarme unos eurillos para retomar el placer de escribir con estilográfica.



domingo, 19 de junio de 2016

DESPLAZAMIENTO




El realizar a diario el mismo trayecto conduciendo en solitario un vehículo particular puede llegar a ser tremendamente aburrido, especialmente si uno no comulga mucho con este tipo de desplazamientos regulares pero no queda otro remedio si la alternativa que pasa por utilizar el transporte público convierte un trayecto de cuarenta minutos en uno de más de dos horas. Y dejemos claro que esto es tanto a la ida como a la vuelta, con lo que no es de recibo invertir casi cuatro horas y media diarias en un viaje para laborar siete. Puede considerarse un caso especial motivado por que los transportes entre la periferia de la gran ciudad son prácticamente inexistentes y todo trayecto pasa por alcanzar la ciudad y volver a salir de ella.

Esta semana me he dedicado un par de días a transitar académicamente tanto a la ida como a la vuelta los 50 kilómetros que aproximadamente separan mi domicilio de la sede de la empresa en que presto mis servicios. Por lo indicado en el párrafo anterior, se puede deducir que utilizo algunas carreteras locales para el desplazamiento, y también otras de circunvalación. Con lo de «académicamente» me refiero a respetar escrupulosamente todas las señales de tráfico, especialmente las limitaciones de velocidad, una cuestión que no es nada fácil llevar a cabo. Es una manera de entretenerse en el viaje y en este sentido recuerdo otro entretenimiento que intenté y conseguí hace unos años en un trayecto de características muy similares y que consistió en llegar desde mi domicilio al centro de trabajo sin tocar en ningún momento el freno del coche. Lo conseguí en un par de ocasiones de varios intentos, ya que en esta operación de «no frenar con los frenos» y «sí controlar con el motor del coche» se depende muy mucho de las condiciones del tráfico, de lo que hagan los demás conductores y de unos semáforos que encontraba al principio y al final el trayecto que frustraron, ellos solitos y en el caso de la llegada, algunos de mis intentos.

Los coches modernos aportan soluciones tecnológicas en esto del control de la velocidad. El mío actual dispone de una pantalla táctil, como la que se ve en la imagen, donde se pueden establecer seis valores prefijados, tanto de velocidad como de limitación, para gobernar de forma automática el coche. Tardan un tiempo en responder, en ambos casos, por lo que en las operaciones de aceleración y frenado no las he utilizado para ajustarme a las velocidades indicadas en los diferentes tramos por los que circulo en este viaje y que a continuación comento. Es pertinente añadir que el velocímetro del coche marca de forma algo inexacta la velocidad, por lo que le he calibrado con dos GPS de confianza, además de con mi teléfono, y por ello los límites que pueden observarse en la imagen son, por ejemplo, de 103 kilómetros por hora para conseguir 100 kilómetros por hora reales.

Añado que el tráfico a las horas que voy es fluido y permite atender escrupulosamente la señalización. El primer tramo de 14 kilómetros transcurre entre dos localidades. Es una buena carretera local, con arcén, pero con un trazado delicado de curvas y cambios de rasante, limitado en general a 90 km/h. En este caso estimo que es la velocidad adecuada al trazado, aunque en algunos momentos puntuales de rectas o curvas amplias pudiera circularse más deprisa con seguridad. A lo largo de este tramo hay varias entradas a urbanizaciones a uno y otro lado con límite a 60 y algunas rotondas limitadas a 40. Bajar a 60 varias veces, bueno, pero lo de bajar a 40 para negociar las rotondas, amplias y con buena visibilidad es un dolor y pocos conductores lo hacen.

La localidad comentada se circunvala y hasta la siguiente localidad hay un nuevo tramo de 16 km. Características similares aunque ya sin acceso a urbanizaciones, buen trazado y firme, pero con prohibición durante todo el tramo de efectuar adelantamientos. La velocidad máxima a 90 km/hora me parece correcta para el tipo de vía y sus condiciones.

Pero ahora viene lo bueno. Los siguientes 12 kilómetros, entre esta localidad y el acceso a una vía de circunvalación de la gran ciudad, son una autovía moderna, perfecta, bien trazada, con buen firme y buenas condiciones, pero limitada a 100 km/hora. E incluso en un corto tramo en los que hay unas curvas y un puente, la limitación baja a 80 Km/hora. ¡En una autovía! Lo que ocurre cuando yo he circulado a reglamento es que salvo tres coches un día y dos otro, el resto me adelantan a más velocidad y algunos, como se dice en el argot, «como balas», las limitaciones no van con ellos, ni siquiera en el tramo de 80, que hay que decirlo, es donde se coloca en algunas ocasiones un «pájaro azul y amarillo» que desde el cielo extenderá, supongo, las correspondientes «recetas» a estos chicos y chicas díscolos. Francamente no comparto el establecimiento de la velocidad a 100 pero eso es lo que ponen las señales.

Y llegamos al último tramo de unos 8 kilómetros por una gran vía de circunvalación de una gran ciudad limitado a 120 km. por hora. Hay más tráfico y sin contar a los vehículos pesados, algunos aunque muy pocos respetan la velocidad, yendo siempre un poquito por encima de lo permitido. Y en un tramo que hay un túnel y la velocidad que da en 100, más de lo mismo, se aminora un poco la velocidad, pero no todo lo establecido por la ley.

De todo lo expuesto, yo deduzco que las limitaciones establecidas, en alguno de los casos como en la autovía y la autopista están puestas asumiendo que algunos van a circular «por encima». Entenderán que si suben, en el caso de la autovía de 100 a 110 o 120, algunos van a ir ese poquito por encima y eso puede ser peligroso. Pero si esto es así, ¿Qué ocurre con los que cumplen? Por todo ello, mi opinión es que las señales están para cumplirlas, académicamente, y la autoridad competente, en este caso la Guardia Civil de Tráfico, debería de hacer todo lo posible, con los medios educativos o intimidatorios que sean necesarios, porque se cumplan. Y si no es así…retirarlas o cambiarlas. Por similitud, en la zona donde trabajo, con problemas de aparcamiento, hay una zona cercana a la oficina con señales de prohibido aparcar que a media mañana está hasta los topes. Cuando yo llego a primera hora hay sitio en ella, pero me desplazo un poco hasta una zona permitida. Como observo, día tras día, que no hay «consecuencias» para los infractores, la pregunta es obvia: ¿Debería yo aparcar también en esa zona prohibida? Y si se consiente, insisto en que es día tras día, que se aparque en ella… ¿por qué no se retiran las señales de prohibido?




domingo, 12 de junio de 2016

MERCADOTECNIA





Buena palabreja donde las haya, pero es que las de «publicidad» y «propaganda» ya han sido utilizadas como título en este blog y no es cuestión de repetirse, que la lengua española es muy rica en sinónimos. Y de paso una visita al diccionario para ver que mercadotecnia se refiere al «conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda». Digamos que los principios, aunque hay que tenerlos, no me importan mucho para el comentario de esta entrada mientras que por el contrario las prácticas es el apartado en el que puesto mayormente mi atención. Se trata por todos los medios que el consumidor consuma un determinado producto y para ello hay que llegar a él por todos los medios posibles. A lo largo de los últimos años la propaganda se ha diversificado y se ubica en numerosos medios escritos, radiofónicos, televisivos, y en la red.

Recuerdo que hace unos años hubo una campaña para retirar los anuncios que en grandes paneles proliferaban en los laterales de las carreteras; se pretendió que podían despistar a los conductores y provocar situaciones de accidente. Hasta el más famoso de los anuncios de carretera, el conocido «toro» de Osborne se vio amenazado por la voracidad eliminatoria de la administración y aunque al final fue digamos indultado, creo que algunos de ellos desaparecieron.

Como pasa con todo, el tiempo da y quita razones y aquello se nos revela ahora como una renovación de las concesiones ya que las carreteras vuelven a estar pobladas de paneles con anuncios. Qué ocurre, ¿es que ahora no despistan a los conductores? Y es que además, por si fuera poco, muchos de ellos no son estáticos sino que son verdaderas pantallas gigantes que te saltan a la vista con anuncios cambiantes a los que es muy difícil resistirse a mirar, lo cual sí que es peligroso. Supongo que habrá normativa relativa al tipo de imágenes y la movilidad de las mismas que se puedan utilizar en este tipo de anuncios pero ya se sabe que las normas están para saltárselas porque siempre es más barato pagar la multa correspondiente si llega a imponerse y la comparamos con los beneficios obtenidos.

Ciertas prácticas deberían estar prohibidas y retiradas de la circulación. Cuando ya se habían conseguido eliminar gran parte de los anuncios destinados a los automovilistas, vuelve y con fuerza; es de suponer que como en todo existe un trasfondo económico muy poderoso que fomenta esta actividad y máxime ahora con las enormes posibilidades que suponen las pantallas cuyo contenido se puede cambiar a distancia y adecuarlo en función de los parámetros que se estimen oportunos. Cuando antaño eran estáticos, teníamos la garantía de que si pasábamos todos los días por el mismo punto, el anuncio era el mismo durante meses, ya que su sustitución a base de papeles pegados por operarios era bastante costosa.

Pero la clave de esta entrada me ha surgido en las propias carnes por una práctica que aunque ya no es muy utilizada sí que surge de vez en cuando sobre todo a niveles locales. Me refiero al uso de papeles sujetos a los limpiaparabrisas del coche. Supongo que serán campañas pero llevo ya unos días, quizá semanas, que cuando acudo a recoger mi vehículo tras el trabajo me tengo que molestar en retirar la propaganda de un restaurante que han abierto en la zona. Todos los días lo mismo, ya me lo sé de memoria desde el primer día y lo que consiguen en lugar de que me entren ganas de ir a él, es un cabreo mayúsculo y que le ponga la cruz de por vida.

¿Qué piensa Vd. que ocurre con esos papeles de propaganda? Yo me molesto en recogerlos y cuando llego a casa los pongo en la bolsa que tenemos para el reciclado de papel. Pero la mayoría de los conductores o bien no lo retiran del parabrisas, con lo que se vuela al poco tiempo de iniciar la marcha o, lo que es peor y lo he visto con mis propios ojos, lo cogen y sin siquiera leerlo lo tiran al suelo. Los alrededores de la zona donde aparco están llenos de estos restos.

Pero hay otro peligro en este asunto: que llueva. Como se puede ver en las dos fotografías, numerosos coches de la zona han quedado marcados como si fueran reses por unas manchas blancas resultado de haberse quedado pegadas al cristal las tintas de los papeles de propaganda. Y hay que decir que cuesta mucho quitarlos, teniendo que emplear una rasqueta, agua caliente y un buen rato de dale que te pego, acordándose del restaurante de marras, la clínica que ofrece tratamientos, el gimnasio cercano o establecimientos similares.

Como digo, ciertas prácticas deberían estar prohibidas, de forma rotunda y tajante. Si la policía municipal pasa por una zona donde muchos coches están «atacados», debería haber una ley que les permitiera tomar una fotografía, retirar esa propaganda de uno de los vehículos y personarse en el comercio o empresa correspondiente para levantarles un acta sancionadora y obligarles a que pasen por todos los coches y retiren las hojas. El suelo de los alrededores y los servicios de limpieza de la zona se lo agradecerían y los conductores, al menos los que piensen como yo, también. Pero como todo en esta vida tiene dos caras, las imprentas que se dedican a este tipo de anuncios no se alegrarían tanto.


domingo, 5 de junio de 2016

VEJEZ




Cuando uno ha superado ciertas fronteras vitales y quemado, casi, la etapa laboral tal y como se entiende actualmente, es bueno poner el magín a dilucidar qué hacer en el futuro, donde en teoría el tiempo libre se incrementará de manera significativa, eso sí, acompañado de una merma en los ingresos que pueden condicionar las decisiones, aunque también existen en este momento, aunque peligran de cara al futuro, ciertas facilidades para los mayores en lo que se ha dado en llamar el estado del bienestar en temas como asistencia a museos, viajes, excursiones, vacaciones, obras de teatro, etc. etc.

Los cambios vertiginosos a los que no estamos acostumbrados pero que se producen de un día para otro están cambiando de forma profunda los usos sociales. Hasta no hace muchos años, incluso ahora, la educación en nuestra época de adolescentes y jóvenes se preocupaba principalmente de dotarnos de herramientas y conocimientos para incorporarnos al mundo laboral. Para nada esta educación contemplaba la inevitable fase posterior, tras la jubilación, que bien es verdad y por lo general en caso de los hombres solía durar muy poco, pues las expectativas de vida no eran como ahora y la percepción de habernos convertido en ciudadanos inservibles, «abuelos», aceleraba nuestro abandono de este mundo.

Según estadísticas, los españoles tenemos en estos momentos una media de dieciocho años de vida tras nuestro retiro. Son muchos años para estar mano sobre mano, por lo que ya que no nos llenaron la mochila en nuestra época de estudiantes para afrontar con garantías esta etapa, bien haremos en procurarnos por nosotros mismos entretenimientos y actividades en las que emplearnos que nos permitan transitar por esta etapa de la vida con suficientes mimbres para mantener un interés y una curiosidad que alejen de nosotros la monotonía y el aburrimiento.

Siempre se aprende de la historia. Y en este asunto lo mejor es observar a los que nos rodean o han rodeado de nuestras propias familias y amigos para ir tomando nota de, sobre todo, lo que no debemos de hacer. Por otro lado, y teniendo en cuenta como se negocian por parte de nuestros políticos los montantes dedicados a nuestras coberturas futuras, léase pensiones, más vale que nos planteemos ciertas cuestiones con la suficiente antelación para no tener que sufrir situaciones adversas cuando ya no tengamos capacidad de reacción. Cada vez se habla más de una «vejez activa y productiva» que permita llevar una vida placentera siempre que la salud nos lo permita.

Conozco varios ancianos que pasan el día somnolientos o, como dicen ellos, despiertos con los ojos cerrados, sin nada que hacer. Bien en sus casas o en residencias, sus aficiones y su vida no les han dotado de entretenimientos que les permitan desarrollar actividades gratificantes, con lo que toda actividad es una televisión emitiendo imágenes y sonidos a la que no prestan atención pero no apagan. Cuando tienen la oportunidad de hablar con alguien, familiares o amigos, su comunicación es reiterativa hasta la saciedad, repitiendo una y otra vez los mismos hechos, muy pocos hechos, que por lo general versan sobre lo mal que está el mundo, lo que han sufrido en sus tiempos y sus problemas físicos y los de los que le rodean. Y esto lo digo por experiencia propia, pues aunque he reiterado hasta la saciedad a mi madre que no me hable de historias y problemas de gente que no conozco, su conversación trata únicamente de estos temas, los mismos, una y otra vez. Es mi madre y no me queda más remedio que estar con ella en las visitas y lidiar como puedo con sus mensajes.

Nuevamente me tengo que referir al extraordinario curso sobre los Desafíos y Retos del Siglo XXI que estamos a punto de finalizar bajo las extensas explicaciones del profesor Antonio Rodríguez de las Heras. Nos comentó una de sus metáforas que son de lo más acertadas. Nos mostró una serie de anuncios de los años 50-60 del siglo pasado en España, donde se podía ver siempre a la mujer en un entorno hogareño en su papel de casada y eficiente compañera del marido, en actitudes a todas luces que hoy en día están pasadas de moda. La mujer en aquella época era considerada como era considerada y más si recordamos que en España hasta los años treinta no podía ejercer su derecho al voto y hasta bien entrados los setenta necesitaba el permiso de su marido para abrir una cuenta bancaria. Las mujeres de aquella época estaban en «estado de exclusión social». Pues bien, ahora, los ancianos, viejos, abuelos, tercera, cuarta o quinta edad, son considerados de similar manera, personas que están entre nosotros pero que… estorban. Se obvian sus papeles de consumidores como los que más, de cuidadores, de hacedores de recados y solo se pone el foco en que ya han cumplido su papel y, como se hacía antes en las sociedades de cazadores recolectores, lo que deberían hacer es retirarse al bosque para finalizar sus días. De forma parecida ahora, los mayores están en «riesgo de exclusión social».

Cuando pueden llegar tiempos en que la movilidad de las personas se vea reducida y comprometida, hay que recordar que se puede escribir un blog, leer un libro, se puede conversar por Skype o similares, se pueden realizar cursos MOOC por internet… entre otras actividades enriquecedoras que permitirán al mayor seguir teniendo un proyecto de vida con ilusiones por seguir en este mundo el máximo tiempo posible. Pero como todo, se necesita una educación y entrenamiento para esta etapa que la sociedad hoy por hoy no proporciona ni fomenta y que habrá de buscarse cada uno por su cuenta. Y ¡ay! de aquellos que no lo hagan.

El número de personas mayores va en aumento en sociedades que no les valoran y que no pueden o no quieren invertir en ellas. Ante esto solo queda apelar a la imaginación y evolucionar adaptándonos a los tiempos: como estemos esperando que otros, incluso nuestros familiares, se preocupen y ocupen de nosotros, estamos listos.