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domingo, 29 de enero de 2017

IDENTIDAD



Escribía en noviembre de 2014 en la entrada de este blog titulada «CLAVES» el siguiente párrafo: «El tener el usuario de correo como identificativo en varios sitios y a la vez la misma contraseña es un peligro». Tres años antes, septiembre de 2011, había escrito «CONTRASEÑAS» donde se hablaba del mismo tema y se comentaba una solución electrónica y elegante de las muchas que hay para solventar este preocupante tema, al menos para mí pero que parece que ni quita el sueño ni preocupa al común de los mortales. Pero pasan los años y…

Esta semana me he acercado a casa de un amigo, todavía lo es, para tomarme un agua con gas y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid echar un vistazo al ordenador porque tenía problemas con unos vídeos que le habían mandado a través de una de «esas» «nubes». No podía verlos porque le pedía instalar un programa y no quería hacerlo y tampoco podía descargarlos porque eran de gran tamaño y no podía transferirlos a su «nube» personal, ya que le «decía» el ordenador que no tenía suficiente espacio en la misma.

No voy a entrar en el asunto de los amigos, las cervezas y lo de mírame-esto-que-me-pasa-en-el-ordenador porque es un tema muy manido y al que ya me he referido en varias entradas de este blog. Solo como apunte, no sé si la gente llama a su amigo pintor y le invita a tomar una cerveza como excusa para que, de paso, le pinte la casa o al amigo mecánico para que le arregle una avería del coche. Dejemos este tema que me enciende. Una historia plástica y divertida sobre este asunto en este enlace.

El caso es que de los hechos que ocurrieron en esa visita se pueden sacar experiencias y conclusiones interesantes que voy a intentar de dejar plasmadas aquí. Mi amigo recibe un correo del autor de los vídeos diciendo que para que pueda verlos va a compartir con él una carpeta en una conocida nube que vamos a denominar de ahora en adelante NubeBOX. Para ello, en el correo viene un enlace que lógicamente mi amigo pulsa, ya que se fía completamente del remitente. Ante esta acción de pulsar, yo le pregunto: ¿Tú tienes una cuenta tuya personal en NubeBOX? La respuesta es muy significativa: no lo sé. Esta respuesta evita la siguiente que es conocer si recuerda la clave de acceso, ya que si no sabe si tiene una cuenta mucho menos va a ser capaz de recordar la clave.

Pero mi amigo, ni corto ni perezoso, con total desparpajo, va y me dice que no hay problema, ya que la clave que utiliza para TODO es SIEMPRE LA MISMA. Y no contento con afirmar esto con toda tranquilidad y sin despeinarse —aunque esto no es posible dada su cantidad de pelo— va y me dice la clave que es «lavr757r». Me la repitió varias veces y no se me ha olvidado, entre otras cosas porque las letras son sus iniciales y el número tiene también un trasfondo que no voy a desvelar aquí. ¡Me quedé alucinado!

Delante de él y dado que tenemos absoluta confianza, en su propio ordenador, me puse a los mandos e intenté acceder a su correo de Gmail con esa clave, cosa que hice sin problemas. A continuación y por si acaso la tenía, intenté acceder a una supuesta cuenta en la nube NubeBOX con esa misma clave y… ¡éxito! Para liar un poco la cosa, inicié la operación de cambio de clave en la nube, puse otra muy parecida y como el mecanismo que utilizan las empresas para la recuperación de claves es mandarte un correo electrónico y yo tenía acceso al mismo, cambié y autoricé la nueva clave. Vamos, que en cinco minutos podría haber montado un desaguisado de tamaño descomunal, por ejemplo cambiando la propia clave de su correo electrónico y de esta forma tener acceso a suplantar a mi amigo, operación muy peligrosa y que utilizan los ciberdelincuentes para operaciones generalmente desagradables y cuando menos costosas en términos monetarios para nosotros.

Antes de seguir adelante con este asunto, recomendar la lectura del apartado de «Historias reales» en la página web de la Oficina de Seguridad de Internauta, página muy interesante así como la oficial del Instituto Nacional de Ciberseguridad – INCIBE, en las que deberíamos curiosear de vez en cuando para estar enterados y al día de lo que se cuece por este mundillo de la seguridad informática. Nos creemos que no va con nosotros, pero estamos muy, pero que muy, equivocados.

Pero volviendo al caso de mi amigo… ¿Cómo es posible que tenga una cuenta en NubeBOX» y no sea consciente de ello? En determinadas ocasiones vamos muy deprisa pulsando botones y otorgando autorizaciones que hacen que nos encontremos con estas sorpresas. Uno de los puntos más peligrosos es el móvil, el Smartphone, ese aparatito que es un muy potente ordenador, mucho más de lo que nos creemos, que todo el mundo lleva y al que no prestamos atención. En el caso de los que portan sistemas operativos Android, la puerta de acceso es nuestro correo electrónico de Google, ese mismo que mi amigo tiene protegido con esa clave que me dijo y que es «la misma para todo». Muy probablemente hace algunos años, cuando inició las operaciones de acceso a su nuevo teléfono móvil aceptó la oferta de NubeBOX para crear una cuenta y por ello la tenía.

Para más curiosidad, la cuenta de NubeBOX es de nada menos que 2 Gb. La tenía petada –sí, el diccionario admite esta palabra— con cerca de setecientas fotografías que el verano pasado le había mandado otro amigo mientras hacía el Camino de Santiago. Lo peor de todo es que no solo no era consciente de tener la cuenta, sino también de tenerla llena con esas fotos que no recordaba y que ni siquiera había visto.

Las posibilidades en los mundos informáticos caseros, ordenadores, tabletas o Smartphones, son enormes, están interrelacionadas y no las prestamos la más mínima atención. Disfrutamos de ellas sin preocupación, sin atender a las historias que a diario aparecen en los medios y pensando que nunca nos va a tocar a nosotros. Ya lo decía en otra entrada, el problema no es que nos dejemos la puerta abierta de nuestra casa sino que en conjunción y mientras esté abierta pase alguien por allí con intenciones aviesas. El asunto es que cada vez proliferan más, y desde cualquier parte del mundo, las intenciones de hacerse con nuestros dineros. Y aun sabiendo esto, lo peor es la alegría con la que transitamos por estos mundos, como mi amigo, usando la misma clave para todo.

Haga una prueba. Acceda a la página How Secure is mypassword y teclee la clave que tiene en su correo electrónico personal. Yo he tecleado la que tiene mi amigo en todos los sitios y lo que me dice esa página es que es tan sencilla que, aun sin conocerla, un cazador de lo ajeno que no hace falta que sea muy experimentado tardaría un minuto, ¡un minuto!, en hacerse con ella.

domingo, 22 de enero de 2017

PARAMIO



Volvamos por un momento al pasado, por ejemplo, 1968, para relatar una historia real. Tengo que comprar medio kilo de bacalao para el potaje que servirá de cena a la familia y me dirijo personalmente a la tienda de ultramarinos del sr. Paramio, que muestra encima de mostrador hermosas piezas de este pescado delicioso en salazón al lado de una enorme cizalla para su corte. Elijo o elige él por mí unas piezas que va cortando con certeros golpes y poniendo en una balanza, mecánica por entonces, hasta alcanzar el peso solicitado, justo, ni más ni menos. En el papel de estraza y con el lápiz que toma de su oreja, hubiera realizado la multiplicación para saber el importe a cobrar, pero en este caso no hace falta ya que es un kilo exacto y el precio es el que es. Pago con dinero contante y sonante, me da el cambio, cojo mi compra y me voy para casa.

Pongámonos ahora en el presente. La tienda del sr. Paramio ya no existe y se ha convertido en una gran superficie donde casi todo está envasado previamente. Voy poniendo productos en mi carrito y al llegar a la caja la dependienta los va pasando por el lector de barras y automáticamente se va generando la cuenta. Cuando tenemos el importe final, ya casi ni se me pregunta cómo voy a pagar porque lo usual es que se abone con una tarjeta bancaria. Los terminales de caja están preparados y conectados para que introduzcas, últimamente algunos solo para que acerques, la tarjeta y teclees tu clave. Hago esto y recibo al instante en mi teléfono móvil el mensaje de mi banco de que he realizado una operación de tal importe con mi tarjeta en tal comercio. Con ello, procedo a retirar la tarjeta del lector.

¡La debacle! La dependienta de caja me informa de que probablemente haya retirado la tarjeta antes de tiempo, con lo que la operación de pago se ha cancelado y tengo que introducir de nuevo la tarjeta para proceder a la misma. Esto con el sr. Paramio no hubiera pasado porque cuando le dabas el billete para pagar, con muy buen criterio y para evitar problemas, le dejaba encima del mostrador bajo una pesada pieza de grueso metacrilato al objeto de que estuviera a la vista mientras te daba el cambio precisamente de «ese» billete y no de otro. Cuando estabas de acuerdo con el cambio recibido, retiraba el metacrilato e inspeccionaba, delante de ti, el billete para constatar que no tuviera marcas o cosas escritas que pudieran propiciar un timo posterior. No me extiendo pero esto era una cosa que se producía entonces.

Volvamos a la gran superficie. Le hago ver a la cajera que el importe ha sido cargado en mi cuenta, para lo que no solo le enseño el mensaje de mi banco sino que accedo a mi extracto y ya figura en él el importe de la compra. Yo ya lo he pagado, mi banco me lo ha detraído, pero la señorita insiste en que la operación se ha cancelado y que debo insertar de nuevo la tarjeta. Tras un tira y afloja y todavía no sé por qué, accedo a sus pretensiones y ocurre lo que tiene que ocurrir: el banco vuelve a cargarme de nuevo el importe, con lo que he pagado dos veces lo mismo, tal y como figura en el extracto consultado de nuevo.

Lo de siempre, que venga el encargado que mantiene que MRCDN ha funcionado bien y que tengo que ir a mi banco a requerir la devolución, que ellos no pueden hacer nada. Tras muchos tiras y afloja, accede a llamar por teléfono a sus servicios centrales informáticos, donde le confirman primero a él y con posterioridad a mí, que en los registros de MRCDN solo figura una operación y que, insiste, debo dirigirme a mi banco. Pero si mi banco ha registrado dos operaciones con varios minutos de intervalo entre ellas, es porque se han producido DOS solicitudes de cargo por parte de MRCDN. ¡O… ¿es que se lo va a inventar el banco?!

Esto no pasaba en la tienda del sr. Paramio.

Cerrados en banda el encargado de MRCDN y yo, le digo que no estoy dispuesto a marcharme de allí sin dejar constancia de los hechos. No me ofrece ninguna solución con lo que lo único que me queda es el recurso del pataleo, dicho con todo conocimiento por varias experiencias anteriores, de solicitar una hoja de reclamaciones para dejar constancia de lo ocurrido, con pelos y señales. Nombrar la hoja de reclamaciones es como nombrar la bicha de los siete males para cualquier comercio. Tuve que tranquilizarle diciéndole que yo tenía que reclamar la devolución de uno de los dos importes que me habían cargado en mi cuenta, —seguía mostrando mi extracto en el teléfono con los dos importes cargados—, y que la hoja de reclamaciones era el medio al que me veía abocado para dejar constancia del hecho acaecido. De pie, de mala manera, encima de un poyete, rellené y presenté la hoja que puede verse en la imagen.

Ni el encargado ni los servicios centrales de MRCDN a través del teléfono pudieron o supieron darme una explicación mínimamente convincente de lo sucedido: todo se volvía repetir una y otra vez que ellos lo tenían todo bien, que estaba registrada solo una operación y que… me dirigiera a mi banco, que ellos no podían hacer nada. Vaya solución. Que ocurran fallos, cuestiones, como esta puede ser normal y cada vez con más frecuencia dado el alto número de operaciones que tienen lugar. El asunto no es el fallo, sino la manera de solucionarlo, que dice mucho de las empresas, las personas y sus operativas de respuesta ante los fallos. En este caso, quitarse al cliente de encima, decirle que allí no hay nada que hacer, que se vaya y que se dirija a su banco es una forma de solucionar el problema que a mí desde luego no me satisface y deja en entredicho la profesionalidad de MRCDN en este asunto.

Al salir de allí me fui directo a mi banco, en este caso ING DIRECT, lo que suponía llamar por teléfono al servicio de atención al cliente. ¡Qué diferencia! Allí una amable y angelical operadora, de nombre Patricia, me atendió dándome pelos y señales de lo ocurrido. Tras la primera operación correcta por parte del banco, MRCDN había mandado una solicitud de anulación de la misma y a los pocos minutos una nueva operación. Todo aclarado puntualmente. ¿No me podían haber dicho esto mismo en MRCDN? ¿Lo sabían? El hecho de que la operación siguiera figurando por dos veces en mi extracto era debido a que esas anulaciones no se ejecutaban de forma inmediata, sino que tenían lugar en unos procesos llamados de «reconciliación» que tenían lugar por la noche, por lo que al día siguiente, con toda seguridad, la operación anulada habría desaparecido de mi cuenta y el importe devuelto. Y así ocurrió. Puntos positivos en la solución de problemas para ING y negativos para MRCDN. Suma y sigue.

Sr. Paramio, allá donde Vd. esté, sepa que al menos su espíritu y sus formas de hacer las cosas deberían volver, actualizadas, a muchas de las empresas de hoy en día, esas tan modernas a las que se las ven las entretelas cuando las cosas no van todo lo bien que debieran.


sábado, 14 de enero de 2017

LAGUNAS



Famosas en España son las ciudadrealeñas de Ruidera o la Negra de Soria y no tanto las zamoranas de Villafáfila o la malagueña de Fuente de Piedra entre otras, pero no es a estos «depósitos naturales de agua, generalmente dulce y de menores dimensiones que el lago» a los que me quiero referir en mis devaneos de hoy. El trasfondo de los siguientes párrafos es mucho más preocupante y hace alusión a otra acepción del diccionario que dice que se trata de un «defecto, vacío o solución de continuidad en un conjunto o una serie». Voy a comentar cosillas de otras lagunas, las denominadas «de cotización», una realidad sangrante que puede acechar a cualquier españolito sin que se entere y menoscabar o haber menoscabado su pensión de jubilación.

Estábamos comiendo apaciblemente con unos amigos en un precioso restaurante de la localidad malagueña de Mijas, famosa por sus cuestas y sus burros-taxi, cuando mi amigo Manolo hizo alusión al tema. Antes de referirme a él, aprovecho para hacer propaganda del restaurante, porque se lo merece: «La Alcazaba», un poco alto de precio pero en absoluto caro para lo que ofrece: platos, vistas, ambiente y una profesionalidad altísima y exquisita del maître y los camareros que hicieron de esta comida una de las más agradables que recuerdo en mi vida.

La historia es muy sencilla. Las dos parejas presentes en la comida nos acercamos a pasos agigantados al momento de la jubilación. En la sede electrónica de la página web de la (in)Seguridad Social hay un apartado denominado «Simulador de jubilación» que permite ir haciéndose una idea de lo que nos va a corresponder cuando nos jubilemos, eso siempre que las cosas sigan como hasta ahora, cuestión por la que no podemos poner la mano en el fuego dadas las meteduras de mano que el gobierno realiza sin ningún pudor a la bolsa, en la que ya se atisban telarañas.

Para que no nos llamemos a engaño, el texto que acompaña a este apartado del simulador dice en estos momentos lo siguiente:
«Este servicio permite simular la edad con la que se puede jubilar y la cuantía aproximada. Permite simular situaciones futuras teniendo en cuenta los datos y cotizaciones realizadas hasta el día de hoy… ».
Mi recomendación es leer de nuevo, un par de veces y detenidamente, el párrafo anterior. Hago énfasis en «teniendo en cuenta los datos y las cotizaciones realizadas hasta el día de hoy». ¿De qué datos estamos hablando? ¿Quién tiene los datos? Los trabajadores no, al menos que yo sepa, porque las empresas no están obligadas a aportar a sus trabajadores los justificantes mensuales fehacientes y detallados de las cotizaciones a la (in)Seguridad Social. ¡Cuántos fraudes se han producido y se siguen produciendo por ello! Conozco el caso de unos trabajadores interinos de un ministerio que tras 28 años de trabajo se dieron cuenta de que no estaban cotizando por ellos a la (in)Seguridad Social al transferir asuntos de su mutualidad MUFACE e ir uno de ellos al médico y decir este que no podía atenderle por no estar al corriente. Tuvieron que ir a juicio y lo ganaron, pero… Claro, no es posible, como vamos a pensar que nuestra empresa, incluso un ministerio oficial, esa en la que llevamos toda la vida cotizando o esas otras por las que hemos ido pasando no han cumplido con sus obligaciones de pago. Tenemos las nóminas, si, en el caso de que las conservemos, pero se trata de documentos que nos relacionan con las empresas y que no suponen en ningún caso un justificante de que la empresa haya satisfecho las cuotas, y lo que es peor, aunque lo hayan hecho, se encuentren debidamente registradas.

El caso real que ha ocurrido a la mujer de mi amigo es el siguiente. Según los cálculos normales por los años que lleva cotizados le hubiera correspondido una pensión alrededor de 1.400 euros, pero el simulador le arroja unos 900 euros. ¿Qué ocurre? Indagando en los datos que tiene la (in)Seguridad Social de ella aparecen tres años sin cotizar, dentro de los últimos veinte años que en 2017 se establecen como base para las operaciones. ¿No ha cotizado la empresa por ella? Extraño, porque sigue en la misma desde tiempos inmemoriales, con lo que la cosa apunta a un fallo en los procesos de la propia (in)Seguridad Social a la hora de integrar datos que probablemente estuvieran en papel en las bases informáticas que sirven para los cálculos en la actualidad. La (in)Seguridad Social es consciente de estos fallos, pero no informa de ellos a los trabajadores, que se han preocupado en estos últimos años de comprobar en la llamada «Vida Laboral» que estaban de alta. Estar de alta no sirve si no aparece la cotización efectiva, pues en el momento de los cálculos se tomará como cotización la mínima y eso en el caso del Régimen General, porque en el caso de los Autónomos es mucho peor y sangrante: se toma cero, interpretando que ese mes no han cotizado por las razones que sean. Si la (in)Seguridad Social se ha equivocado o ha tenido errores al construir sus bases de datos, el problema no es suyo, se aplica la Ley 27/2011 y Santas Pascuas.

Pero la mujer de mi amigo se ha dado cuenta del problema antes de que llegue. ¿Cómo justifica que su empresa sí ha pagado esos años y el problema es de la (in)Seguridad Social y de sus datos erróneos? La solución que le han dado es presentar un certificado de la empresa adjuntando los justificantes de haber pagado. Pero no olvidemos que la espada de Damocles de estos asuntos está en cinco años: las empresas, suponiendo que sigan existiendo, no tienen teóricamente obligación de guardar papeles más allá de los cinco años, cuestión que bien que emplean algunas de ellas para escabullirse ante los procesos judiciales, eso en el caso de que sigan existiendo, pues como es sabido, abrir y cerrar empresas es una práctica extendida para eludir responsabilidades. ¡Cuántos empleados cambian de empresa cada año sin moverse de su puesto de trabajo! ¡Cuántas constructoras desaparecen a los cinco minutos de acabar sus promociones urbanísticas aunque la Ley determina un mínimo de diez años para hacer frente a responsabilidades!

«Pleitos tengas y los ganes» reza el dicho popular. Como puede verse en la imagen, en mi registro de 1990 aparecen dos meses en los que NO CONSTA BASE y estoy casi seguro al 100% que la empresa, en aquella época por lo menos, no era sospechosa de no cumplir con sus obligaciones. Entre este año de 1990 y el más antiguo del que constan datos, 1980, de forma salpicada en algunos años faltan uno, dos y hasta tres meses sin cotizar. Para mí que existió la cotización pero hay fallos en la recogida de datos que tienen como resultado estas omisiones.

A mí parece que no me va afectar en el cálculo, porque cuando me jubile llevaré cotizados cuarenta y ocho años y los relativos a los últimos años están bien, excepto dos meses que no saben, no contestan. El asunto flagrante es cuantos de los jubilados en los últimos tiempos están cobrando pensiones por debajo de las que legalmente les hubieran correspondido por estos fallos y la subsanación de un plumazo, en contra de sus intereses, por una ley más que discutible. Al final, «al perro flaco, todo son pulgas» y el inocente tiene que cargar con los incumplimientos empresariales en unos casos o la desidia de la (in)Seguridad Social en controlar sus datos en otros.
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domingo, 8 de enero de 2017

COTORRA



La cotorra es, como todo el mundo sabe, «un ave prensora americana, parecida al papagayo, con las mejillas cubiertas de pluma, de cola y alas largas y puntiagudas, y colores varios, en que domina el verde». Pero en los usos del español, por extensión y de forma familiar se usa el término para referirse a una persona habladora. Con ello, el título de esta entrada del blog no resulta muy adecuado, porque me quiero referir a máquinas y no a personas.

Hacía tiempo que no utilizaba el Metro de Madrid pero las fechas en las que estamos y el hecho de acompañar a la familia en las compras de última hora por el centro de la ciudad me hicieron presenciar un hecho que no recordaba. Hace ya años que las pantallas se instalaron en las estaciones de Metro pero hasta donde yo recordaba eran mudas, estaban continuamente vomitando noticias, recomendaciones y anuncios pero no eran molestas, ya que se trataba de no prestarlas atención y punto. En mis viajes en transporte público, desde los tiempos inmemoriales, me han acompañado los libros porque cualquier momento era bueno para devorar unas cuantas páginas. Las esperas en el andén eran momentos adecuados para la lectura.

En su día ya lo pensé. Era cuestión de tiempo que la mudez pasará a mejor vida y las pantallas empezaran a bombardear a los viajeros; salvo que te armes de unos tapones para los oídos, cuestión poco recomendable porque es necesario poder oír ciertos ruidos simplemente por seguridad. Por mucho que te quieras retraer y aunque no mires la pantalla no te puedes escapar de la cháchara a la que te quieran someter los irresponsables que gobiernan las noticias, pues ya se ocupan de establecer el sonido a un volumen lo suficientemente alto para aturdirte los oídos para que, salvo que tengas una capacidad de abstracción profunda, te resulte imposible sustraerse a los mensajes.

Las agresiones en las zonas públicas a las personas son cada vez menos evitables, especialmente en las zonas de las ciudades o sus accesos con concentración alta de público. Supongo que en las plazas del Puerto de San Vicente o Villa te Empujo de Abajo no se le ocurrirá a ningún pensante poner pantallas porque pasan cuatro personas a lo largo del día por ella y no van a conseguir nada con ello. Hace años retiraron de las carreteras los anuncios publicitarios con la excusa de que distraían a los conductores que se podían ensimismar leyendo los anuncios y con ello dejar de prestar atención a la conducción y provocar accidentes. Incluso uno de los símbolos por antonomasia españoles en nuestras carreteras, el famoso toro de Osborne, estuvo a punto de sucumbir a la piqueta cuando ya me dirán Vds. la distracción que podía producir en los chóferes. Con el tiempo se ha visto que todo era una añagaza para alterar el statu quo comercial de los anuncios en carretera. Ahora se pueden ver enormes pantallas con imágenes brillantes y, lo que es peor, continuamente cambiantes, que sí que distraen y de qué manera a los conductores. Incluso en autopistas donde los atascos a ciertas horas son continuos, como por ejemplo la famosa cuesta de las Perdices en el acceso a Madrid por la carretera de La Coruña.

La foto que acompaña está imagen está tomada en la estación de Argüelles del Metro de Madrid. La pantalla que se ve en ella no es la única de la estación y en la foto no se puede escuchar la propaganda que yo calificaría de política con la que nos castigaron a todos los viajeros. Para gustos hay colores y habrá viajeros que disfruten con ello ya que les sirve de distracción, pero hoy en día cada uno llevamos nuestra distracción encima, generalmente en forma de teléfono inteligente, libro o revista, con lo que por lo general estas alocuciones lo único que hacen es molestar en la mayoría de los casos. Las noticias aparecen en texto en la parte inferior de las pantallas, con lo cual el que está interesado puede leerlas.

La cosa no se queda aquí. Estas agresiones en forma de pantalla no se limitan a espacios cerrados y más o menos privados. Cuando se transita por las aceras de ciudades y pueblos, especialmente en momentos de poca luz al atardecer, la agresión luminosa vuelve a las andadas en forma de pantallas en los escaparates y anuncios luminosos, por lo general en movimiento, que convierten en un suplicio el paseo. Por poner un ejemplo con los que más me chirrían y me molestan, los de las farmacias, esas cruces verdes y rojas, de gran tamaño, haciendo dibujitos con sus apagados y encendidos que lo que me dan es ganas de volver a mis tiempos de chaval, coger una piedra, cargar el tirachinas y apagarlos para siempre. No sé a ciencia cierta si de regular estos luminosos se ocupan y preocupan las ordenanzas municipales, pero deberían hacerlo para hacer las calles más agradables a los peatones.

Hace ya muchos años, quedé sorprendido en la plaza de Times Square en Nueva York por la cantidad de pantallas de gran tamaño que arrojaban imágenes continuamente que embobaban a los transeúntes que las prestaban atención. En esta semana he visto la situación repetida en la plaza de Callao de Madrid o en el Paseo de la Castellana esquina a José Atascal, perdón, Abascal, en que estaría yo pensando. Las cosas que ocurren en Estados Unidos acaban llegando tarde o temprano a España, con independencia de que sean buenas o malas.


domingo, 1 de enero de 2017

TÍTULOS



Aficionadillo como soy al mundo del libro, me ha dado por pensar en los mecanismos que utilizan los autores para decidir un título para los libros que escriben. A poco que uno piense en ello se da cuenta de que es una decisión difícil, pues en el título de alguna forma, además de en la imagen de portada, debe estar un «veneno» concentrado que sea capaz de capturar en un primer momento la atención de un posible futuro lector y además tener algo que ver con la historia. Me encantan los libros que vas leyendo sin encontrar una razón al título hasta que te topas con la frase o la situación adecuada que le dan todo el sentido. Salvo casos especiales que habrá, el título será una de las últimas cosas a decidir y estará en función de cómo avance la escritura del texto, de forma que el autor vaya confeccionando una lista con posibles. Claro está que en los casos de escritores famosos, la editorial tendrá mucho que decir en el remate final en función de variables que al autor ni se le habrán pasado por la imaginación. Un ejemplo: «el Paciente». Nótese que la «e» del artículo está escrita en minúscula y la «P» inicial de paciente lo está en mayúscula.

Pero vamos un poco más lejos en nuestra imaginación. Supongamos que yo sea un escritor aficionado que está escribiendo su libro en absoluta soledad y que va a auto publicarlo sin ninguna ayuda en alguna de las plataformas a su alcance. Asumo que el título tendré que cocinármelo solito. ¿Cómo se hace? Surgirán mil variables a considerar tales como de qué va la historia, alguna situación o diálogo clave en la misma, personajes principales o secundarios, sus profesiones, sus imaginaciones, situaciones, etc. etc. Luego habré de considerar el número de vocablos que conformarán el título porque si optamos por uno único, como hago yo para los títulos de las entradas de este blog, tendremos más dificultades en encontrar un término que exprese la idea, amén de que podemos encontrarnos con que ya existe otro u otros libros con ese título. ¿Podemos utilizarlo nosotros también?

Esto último es el verdadero quid que me ha inspirado a escribir estas líneas. Antaño sería difícil para un autor conocer a ciencia cierta si un determinado título está ya «pillado», no solo en un idioma sino en todos los posibles. Hogaño es relativamente más fácil con la abundante información que nos aporta internet. Pero siempre puede ocurrir que dos autores estén a la vez trajinando en un libro y en su título, cada uno en su cocina y con su editorial, de forma que en el momento de salida se produzca el encontronazo. ¿Puede ser esto lo que ha ocurrido con «Cicatriz»? Juan Gómez Jurado publicó su «Cicatriz» en 2015 pero también en ese mismo año Sara Mesa publicaba el suyo. ¿Cómo ocurrió? Y si nos ponemos a indagar buscando más «cicatriz o cicatrices» podemos aburrirnos y dejar de investigar cuando la lista alcance dieciocho libros con este mismo título. Entrar en los portales de Amazon o Casa del Libro y buscar por cicatriz nos dará una idea de esto.

La verdadera incitación a escribir esta entrada me vino por lo siguiente: un autor al que conozco muy bien e incluso personalmente, Javier Ruescas, publicó en 2010 un libro titulado «Tempus fugit», idéntico título a otro aparecido este año 2016 de otro autor llamado Carlos Sisí. Pero ahí no se acaba todo porque si nos ponemos a buscar más libros con este título podemos encontrar sin mucho esfuerzo otros tres de autores tales como Ignacio Pajón, María Asunción Razquín o Jon Alexander publicados con mucha anterioridad incluso al de Javier Ruescas.

Una fórmula clásica que da mucho juego y que emplean autores conocidos como Carlos Ruiz Zafón o Antonio Cabanas es la de «El tal de tal»; «La sombra del viento» del primero o «El ladrón de tumbas» del segundo siguen esta pauta como la mayor parte de sus libros. Javier Ruescas también la empleó en los títulos de sus trilogías de «Cuentos de Bereth» y «Crónicas de Fortuna», aunque en otras dos, «Play» y «Electro» ha optado por un único vocablo como título. Podemos irnos a la parte opuesta y optar por títulos largos y sorprendentes como los que utiliza Jonas Jonasson en sus libros,  «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», «El matón que soñaba con un lugar en el paraíso» o «La analfabeta que era un genio de los números», o los muy llamativos de la trilogía «Creadores del Pensamiento» de Consuelo Sanz de Bremond que originalmente se titulaban «Traficantes de mentiras o Cuando las moscas se equivocan», «Entrenadores de voluntades o Cuando por un borrego se juzga la manada» y «Eyaculadores de palabras o Cuando un perro no quiere pulgas». Tambien podemos utilizar juegos de palabras, refranes, refranes adaptados, nombres de personajes célebres en acciones imposibles y otras muchas posibilidades que podemos deducir de los miles y miles de títulos que están a nuestro alcance consultables en la red.

No recuerdo haber comprado un libro nunca solamente por la portada o la cubierta, aunque reconozco que esa primera atracción es importante para poder hojearlo un poco, leer su sinopsis, la biografía del autor y recomendaciones en blogs y revistas, aunque esto no es garantía de que un libro nos vaya a gustar porque como decía el gran Isaac Asimov «Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros».

He participado como coautor en un par de publicaciones en las que el asunto del título no nos trajo de cabeza a los autores porque se trataba de temas concretos: «Mobbing, volviendo a vivir» y «Tres mujeres vilipendiadas por la historia» aunque de las portadas de ambos me encargué yo personalmente y tuve que estrujarme hasta dar con alguna que me gustaba. Ahora tengo en mi disco duro una carpeta titulada «AAAA BBBB CCCC» llena de notas, personajes, situaciones, capítulos y estructuras que conformarían el que sería mi primer libro de narrativa escrito de forma individual. Hace dos años que duerme el sueño de los justos esperando cobrar vida y es posible que algún día empiece a tomar cuerpo; en ese momento habrá que ir pensando en cambiar las aes, bes y ces por un título conveniente y adecuado y que a ser posible no se repita con alguno conocido.