domingo, 10 de mayo de 2026

DESBORDAMIENTO

No son nuevas en este foro electrónico mis alusiones a la curiosidad como uno de los mejores antídotos para la vejez, mejor dicho, para el envejecimiento mental. La frase «El día que dejas de aprender, empiezas a envejecer» nos enfrenta a una realidad incómoda. Pero antes de tirar por esta senda siempre atractiva, hoy en día, hay que hacer un verdadero ejercicio de control mental, eligiendo muy bien los charcos en los que meterse. El acceso a todo tipo de información, hogaño, tiende al infinito, con lo que… ¿A qué asomarse? ¿Qué curiosear? ¿Qué guardar para después?

Desde prácticamente su nacimiento y debido a mi profesión, he estado en contacto con los ordenadores personales. Bien en la oficina y desde muy pronto en casa, he dispuesto de PC con lo cual mi curiosidad en muchos y variados temas me ha llevado a almacenar una cantidad inmensa de ficheros informáticos con documentación sobre los asuntos más variopintos. Aunque no fue mi profesión principal, solo sobre psicología tengo en estos momentos cerca de 7.000 archivos en 480 carpetas. Como ocurre con muchos de los libros que tenemos en nuestras estanterías, algunos no los habré leído, pero en algún momento me han parecido interesantes para futuras consultas y ahí están, han quedado archivados. De mi profesión principal, la de informático, conservo unos 4.000 archivos de variada documentación.

Me he dado una vuelta por los discos duros que me rodean y, sin entrar en exactitudes, entre ficheros personales y familiares, tengo la friolera de… «tropecientos» archivos. Mejor no lo pongo que yo mismo me he asustado. Es verdad que muchos de ellos son fotografías, vídeos, música… Todos ellos, aclaro, de carácter personal porque si los pierdo me sería muy difícil por no decir imposible recuperarlos de nuevo.

Y volviendo al tema de la curiosidad, yo creo que los charcos me persiguen, se me ponen delante de mis narices como a Felipe II y no tengo capacidad para renunciar. Un ejemplo. Entre mis muchas aficiones está la astronomía, el firmamento, las estrellas y esas cosas. Antaño hice algunos cursos y prácticas, aunque ahora lo tengo un poco olvidado. Pero este año tenemos en España un evento imponente: el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026, visible en una franja importante de nuestra piel de toro: desde La Coruña-Bilbao en círculo hasta Valencia-Tarragona. Yo estaré, si no acontece nada imprevisto, en Cantabria, con la posibilidad de disfrutar al completo del evento. Ya tengo preparados mis visores especiales para mirar al Sol de frente, elegido el lugar en un monte solitario —eso espero— y voy leyendo y coleccionando información sobre el asunto. ¿Y ya está?

Resulta que la UNED de Segovia ha programado un curso especial titulado «12 de agosto de 2026: eclipse total de sol». Como puede suponer, querido lector, no me he resistido. No tengo tiempo debido a otras actividades, pero el curso se puede seguir de forma telemática e incluso en diferido. Ya lo haré o veré cuando pueda, pero…¿cómo no apuntarse? Maldita curiosidad.

Muchas veces no entro ni siquiera a leer anuncios de plataformas, entidades, asociaciones, fundaciones, etc. a los que estoy suscrito por temor a considerar interesantes, seguro que lo son, ,sus conferencias, charlas, visitas… Veamos. Desde hace muchos años, mi querido maestro y amigo Antonio Rodríguez de las Heras, que nos dejó hace ya casi seis años por el COVID, me recomendó suscribirme a una publicación que llega puntual y gratuitamente todos (todos) los días a las ocho de la mañana al correo electrónico titulada «The Conversation España» ( https://theconversation.com/es ). Un puñado de artículos, cada cual más interesante, sobre variados temas de todo tipo. Leo algunos, ignoro otros y guardo los más interesantes. Por citar alguno de los que han llegado hoy, nueve de mayo de 2026, «Por qué seguimos necesitando el latín», «La pasión por Grecia de los viajeros españoles modernos», «El arte Medieval no es obscuro ni bárbaro» o «La utilidad de lo que no parece tenerla, según Nuccio Ordine». Mucha y muy variada e interesante información a diario. Colaboro con ellos con una aportación, voluntaria, anual. ¿Y ya? Pues no…

En los cursos de este verano de 2026 en Santander de la UIM-Universidad Internacional Menéndez Pelayo, aparece programado el curso «La aventura de divulgar ciencia en español con éxito: claves y herramientas. V edición» dirigido por Elena Sanz Pérez de Guzmán, codirectora del proyecto «The Conversation España». ¿Resistirse? Imposible. Allí estaré si no surge nada.

Podría estar comentando hechos como estos que me surgen por todos lados. Acabaré con uno: sábado 12 de junio de 2026, la UNED de Calatayud convoca en Daroca, Zaragoza, el seminario titulado «¿Se puede falsificar la historia? Gratuito, en la bella ciudad de Daroca, un fin de semana, con ponentes como José Luis Corral Lafuente, uno de mis novelistas de novela histórica de cabecera, Eduardo Juárez Valero, maestro y amigo, Nieves Concostrina… y algún reputado historiados más. ¿Es posible rehusar este bombón? Yo, al menos, no he sido capaz.

Después de todo esto y algunas actividades más que no he mencionado, se impone tomar determinaciones radicales que eviten el desbordamiento continuo a que me veo sometido en los últimos tiempos. El diccionario, en su segunda acepción referida a personas, lo pone claro: «Dicho de un asunto: Sobrepasar la capacidad intelectual o emocional de alguien.  Pues eso, a ver si soy capaz de aplicarme el cuento.


 


 

domingo, 3 de mayo de 2026

VEZ

Los más mayores recordarán aquella acción popular de pedir la vez cuando se llegaba a un sitio en el que era necesario guardar el turno para ser atendido. Sigue vigente en algunos sitios, como en algunos establecimientos en los que no expenden tickets y la cola se organiza con el antiguo sistema. Quedan pocos, pero todavía es necesario en la carnicería o pescadería a las que acudo en la actualidad.

Siendo yo muy pequeño —años 60 del siglo XX—, la asistencia médica en mi pueblo era de aquella manera. No existían los centros de salud y médicos y practicantes (las inyecciones eran lo normal) iban a las casas particulares previo aviso. Mi padre tenía una iguala para la atención familiar tanto con el médico como con el practicante. En el caso del médico, don Ricardo, aparte de ir a casa cuando era necesario, pasaba consulta a las cinco de la tarde en una dependencia anexa a su casa. Cuando llegabas allí, era necesario pedir la vez y a su vez darla al siguiente, quedando pendiente de cuando entraba la persona que te había dado la vez para acceder a continuación a la consulta.

Como para muchos el concepto de iguala pudiera ser desconocido, aclararé que se trataba de una especie de seguro particular con el propio médico o sanitario, lo que luego se ha convertido en medicina privada con grandes organizaciones como Asisa, Sanitas, Adeslas y otras muchas que han proliferado como setas en el bosque.

El practicante era muy curioso. No tenía consulta en casa por una razón peculiar: era Guardia Civil y vivía en dependencias del cuartel. Se llamaba Pereira, gallego él, completamente calvo, de cara sonrojada y siempre con una sonrisa, que yo calificaría de malévola cuando te iba a pinchar a ti, lo recuerdo bien. Muchas veces acudía a casa vestido de benemérito, con su maletín de cuero muy gastado. Lo primero que hacía era dejar su tricornio encima de la mesa del salón y dentro de él la pistola. Sacaba de su maletín una especie de plumier metálico, lo llenaba de alcohol, lo encendía y allí esterilizaba la jeringuilla y la aguja que posteriormente iba a buscar por lo general tu trasero.

Pero volvamos a lo de pedir la vez. Hoy en día está en completo desuso porque ha sido sustituido por el mundo de las citas, que ya las hay para todo. Vas con tu cita a la hora que te han comunicado con la advertencia de que es orientativa, cuestión que por lo general tiene lugar porque los retrasos es cosa común. Y eso quiero comentar aquí, no a modo de crítica sino de hechos. Nunca sabes qué está ocurriendo y por qué tu cita se retrasa, a veces horas…

El pasado verano de 2025 me diagnosticaron el síndrome del túnel carpiano en ambas manos: se me entumecían especialmente por las noches con dolor. Unas manoplas dejaban pasar la noche tranquila y por el día me apañaba moviendo los dedos. La intervención quirúrgica es sencilla, ambulatoria, pero no deja de ser en un quirófano si bien con anestesia local. Hace dos meses me operaron de la mano izquierda y fue como un paseo militar, llegué, me metieron al quirófano sin espera y a la media hora estaba de vuelta hacia casa.

Esta semana me han operado de la segunda mano, la derecha en este caso. En la sala de espera previa al quirófano iban y venían personas, entraban y salían, pero tres estábamos allí como si se hubieran olvidado de nosotros. Pasaba el tiempo y… nada. Al final entablas conversación y descubres, asombrado, que los tres estábamos para el mismo cirujano y que a los tres nos habían dado la cita a la misma hora. «Habrá tenido algún contratiempo el doctor», era la única explicación que nos podíamos ofrecer unos a otros, porque claro, como es costumbre en estas situaciones nadie te informa de nada. Hay que tener en cuenta que era ya por la tarde y llevábamos sin comer ni beber un montón de horas, requisito necesario para la operación.

Pasadas dos horas de la hora de cita llaman a una persona de las tres. No fui yo, con lo cual tocaba seguir esperando a que acabara con ella, pero sin saber quién de los dos restantes que quedábamos iba a ser el siguiente. Tuve suerte y me tocó a mí. Bueno, en media hora estaría fuera. Hay que decir, en estos tiempos que corren, que en la antesala yo al menos estaba sin teléfono ni reloj porque se los había dejado a mi mujer que estaba en otra sala fuera, esperando. El tiempo pasaba lentamente. Otra vez me llevaré el teléfono o un libro que dejaré en la taquilla con la ropa, por lo menos para aprovechar el tiempo.

Pero… segundas partes no tienen que ser igual que las primeras. Según comentó el doctor a mi mujer la cosa estaba más complicada, con lo que en lugar de media hora fueron casi dos, a añadir al tiempo de espera. La media hora de la primera vez se convirtió en cuatro horas y media. ¡Cómo para haber hecho planes!

Todo fue muy bien, como la vez anterior, pero quedaba una rémora. Amén de algunos esquinces, he sufrido operaciones de huesos en varias ocasiones a lo largo de mi vida: rotura de clavícula, luxación de codo y en las rodillas varias de menisco con prótesis incluida. Menciono las de huesos porque conllevan una cierta o completa inmovilización. En este caso concreto, la inmovilización es pequeña porque afecta a la muñeca únicamente, con lo cual te deja los dedos libres. Pero había un daño colateral oculto que no descubres hasta que llega el momento.

No se aprecia muy bien en la fotografía, pero la palma de la mano, bajo la venda, tiene un abultamiento protector de los puntos. Esa venda puede ser retirada a los tres días y sustituida por una simple gasa con esparadrapo dejando la mano completamente libre. ¿Por qué comento esto?

Paso mucho tiempo al cabo del día escribiendo, bien a mano o en el ordenador. La escritura a mano está bastante dificultada pero lo del ordenador es un suplicio, una tortura china: no puedo manejar con soltura el ratón. Lo he intentado con la mano izquierda y es peor que imposible, a lo mejor es que soy un patán, pero en mi vida de informático, tras más treinta años que existen los ratones de ordenador he tenido impedida mi mano derecha. A ver si se pasan los tres días… Es verdad que, si hubiera tenido la mano escayolada o el brazo en cabestrillo, lo del ordenador hubiera sido dejado de lado, pero así, en un quiero y no puedo, cada vez que tengo que usar el ratón no sé cómo ponerme.

En alguna ocasión he intentado sin verdadera necesidad escribir con la izquierda, como los zurdos, pero nunca he llegado a dominarlo siquiera medianamente. Ahora habrá que añadir el aprender a manejar el ratón con la izquierda por si llega la ocasión aquella de obligado te veas.