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domingo, 28 de mayo de 2023

AMAÑO


Es obligado dejar constancia de que cualquier parecido con la realidad en los siguientes párrafos es una pura coincidencia, aunque pudiera estar basado en un hecho real ocurrido en el pasado. Conviene hacer mención al acertado comentario de José María del Val en los inicios de su novela «Llegará tarde a Hendaya», premio Planeta 1981… «resulta innecesario señalar que cuanto aquí se narra es fruto de la imaginación, y que difícilmente habría podido suceder… Se han incluido, además, varias imprecisiones y errores poco significativos que no desvirtúan, sin embargo, la veracidad de algunos hechos de primer orden reflejados en este relato…».

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Corrían los primeros años setenta del pasado siglo XX. José Luis desarrollaba cometidos de programador de aplicaciones en el departamento de informática de una gran entidad financiera española. Concretamente se dedicaba a la mecanización de los procesos inherentes al departamento de personal —todavía no se llamaba de recursos humanos— de la entidad. Un día recibió de su analista un cuaderno de cargas con las especificaciones para diseñar la base de datos y el programa de tratamiento y control relativo a unas oposiciones a auxiliares administrativos que tendrían lugar al mes siguiente.

Manos a la obra, en las siguientes semanas tenía listo todo el diseño y la programación y estaba enfrascado en pruebas y más pruebas para asegurar la fiabilidad de su programa. Ya se sabe que un programa nunca es fiable al cien por cien pues cabe la posibilidad de fallo si se dan algunas circunstancias que no hayan sido previstas por el programador.

Un día fue llamado al despacho del jefe de su departamento —todavía no eran directores, CEO’s y esas cosas— que le conminó a dejar todo lo que estuviera haciendo y bajara en ese preciso instante a entrevistarse con el jefe de personal en su despacho. Mientras se dirigía a la sorpresiva entrevista, uno y mil pensamientos pasaron por su imaginación sin entender de que se trataba el asunto y porqué era llamado al despacho del máximo responsable de la empresa en asuntos de personal. Un ascenso desde luego no iba a ser.

—Buenos días… con su permiso…

—Hola José Luis, siéntese por favor.

—Le he llamado porque su jefe me ha informado de que es Vd. el programador que ha diseñado la base de datos y los controles de cara a la oposición de auxiliares administrativos convocada y que tendrá lugar en unas semanas. ¿Es así?

—Si, eso es. El programa está listo, aunque de vez en cuando sigo haciendo pruebas aleatorias para verificar su fiabilidad.

—Muy bien. Ese programa… ¿Dónde se guarda?

—Pues, como todos. Las fichas perforadas que lo componen están su caja en la biblioteca de explotación con todos los demás. Me va a perdonar que le diga, con el debido respeto, que me resulta extraña su pregunta.

—Estimado José Luis: todo lo que hablemos aquí, ahora y en adelante, se quedará estrictamente entre Vd. y yo. Su jefe conoce este asunto y no deberá informar de nada relacionado con él a nadie. Y cuando digo a nadie es a nadie, tanto empleados de esta empresa como amigos o familiares fuera de ella.

—Pues, no entiendo nada, pero se hará como Vd. dice.

—Se trata de que efectúe Vd. una modificación muy delicada al programa. Cuando la haga y la pruebe, la caja con las fichas me las bajará Vd. personalmente a mi despacho, donde quedará custodiada. Las veces que haga falta para su uso, me la pedirá y subiré yo personalmente a la sala de explotación con ella para ejecutar el programa.

—Pues Vd. dirá.

—La modificación afectará al opositor número 37. Con independencia de la suma real de las puntuaciones que obtenga en cada una de las pruebas de que consta la oposición, su programa «se equivocará» y sumará un total que posibilite que este opositor quede incluido en la segunda posición de la lista definitiva de aprobados.

—Pero…

—¿Precisa alguna aclaración adicional? Cuento con su colaboración y su exquisito silencio en este delicado asunto.

Todo se hizo siguiendo aquellas instrucciones, la oposición se celebró, pero José Luis nunca quiso saber quién era el opositor número 37…

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Todo lo electrónico es susceptible de manipulación si no se establecen métodos adecuados y fiables de verificación.

Amaño, reza el diccionario en su segunda acepción, es   «traza o artificio para ejecutar o conseguir algo, especialmente cuando no es justo o merecido».

Como complemento a esta historia de ficción, los lectores curiosos que hayan llegado hasta aquí son invitados a asomarse a los casi seis minutos de este vídeo (enlace) en la plataforma Youtube. Cuenta ya con una cierta antigüedad, está en inglés, pero con subtítulos en español; lo que cuenta no tiene desperdicio.



domingo, 21 de mayo de 2023

«VERversusMIRAR»


 

El número de acepciones que nos ofrece el diccionario para el vocablo «VER» es ingente: nada menos que 22 en estos momentos. La primera acepción es «Percibir con los ojos algo mediante la acción de la luz».

Para el vocablo «MIRAR» son algunos menos, trece, siendo el primero «Dirigir la vista a un objeto». Para las intenciones de este escrito me quedaría con la sexta que reza «Inquirir, buscar algo, informarse de ello».

Se acercan dos vicisitudes que me hacen recordar cosas y me incitan a ponerlas aquí por escrito. Una de ellas es el tercer aniversario de la muerte del gran maestro, profesor y amigo Antonio Rodríguez de las Heras, que un maldito virus cuyo nombre no quiero escribir se llevó privándonos de sus enseñanzas. D.E.P. con este recuerdo emocionado. Él, en sus magníficas y echadas de menos clases, nos hablaba de la diferencia entre «ver» y «mirar». Aunque hay muchas opiniones al respecto, las suyas iban en la dirección de procurar mirar.

«Ver» es más pasivo. Cuando no estamos con ellos cerrados, nuestros ojos están continuamente viendo aquello que aparece ante ellos con el riesgo de que, aunque parezca que no estemos prestando atención, asimilemos ideas o enseñanzas sin darnos cuenta. Todo el mundo recordará aquellas imágenes subliminales que veíamos sin darnos cuenta, insertas en la película, instándonos a beber Coca-Cola.

El otro hecho que se acerca —lo tenemos a una semana vista aquí en España— son las elecciones municipales y autonómicas. En este asunto es mucho más conveniente «mirar» con intencionalidad que dejarse llevar por lo visto, porque corremos el peligro de que pongan ante nuestros ojos propagandas que se dirigen a manejar nuestras emociones y nos nublen la razón.

Las agencias de publicidad son expertas en hacer anuncios. Los hacen de maravilla, sean de una bebida, un coche o, como siempre acabo diciendo, el servicio de trenes de Renfe. La agencia pondrá ante nuestros ojos un sinfín de preciosas imágenes acompañadas de una envolvente melodía que nos harán creer cosas que pueden no estar ocurriendo en la realidad. Solo unas cuantas personas serán usuarias de los trenes y podrán contrastar la publicidad, pero para el resto, si no «miran», todo quedará en una falacia.

Antaño era muy difícil «mirar». Los medios —televisión, prensa, radio— eran contados y a través de ellos veíamos el mundo tal y como nos lo quisieran contar. Ahora es distinto. El mundo de internet y de las redes sociales nos permiten asomarnos con intencionalidad —pero con mucho cuidado— a muchas fuentes alternativas que nos permitan contrastar las noticias y «ver» un poco o un mucho más allá de lo que nos están contando para no dejarnos embaucar.

Como todo en esta vida, hay que desarrollar un criterio: emplear tiempo en afinar nuestras antenas y tener mucho cuidado con los medios y mecanismos que utilizamos para acceder a información alternativa o complementaria que nos permita conocer más y mejor asuntos relacionados con un tema.

Los políticos conocen todo esto. Vaya que si lo conocen. Y en la medida en que les es posible, se rodean de publicitarios y asesores que sufragan con el dinero de todos y que preparan al detalle las comunicaciones que tienen que hacer, dónde y cómo deben hacerlas y todo lo relacionado para que el impacto sea máximo en las personas que sólo «ven».

Como he mencionado, la semana que viene hay elecciones. A poco que desarrollemos un ojo crítico, «mirar» en lugar de simplemente «ver», nos daremos cuenta de la cantidad de mentiras o medias verdades (que son peores) con las que nos inundan en sus mítines o a través de los medios, especialmente si son afines. Por no hablar de promesas que van directamente a tocar nuestras emociones y no a solucionar los problemas reales. Me repito cuando digo que cuando tenga mi trabajo, mi vivienda, mi sanidad, mi educación, mi… debidamente saneadas ya pensaré en hacerme del Betis o del Sevilla, o cristiano o budista, o de un partido político o de otro.

Pero ojo, las redes sociales no son una fuente de información fiable, como tampoco lo son medios, radios o podcasts en internet que también son utilizadas para intoxicar si no desarrollamos nuestro criterio personal para informarnos. Otro gran profesor, Ángel Bahamonde Magro, decía que hay que leer e informarse en las «fuentes enemigas» para calibrar lo que está ocurriendo. Leer en las «fuentes amigas» es solo corroborar lo que nosotros ya conocemos.

La memoria nos traiciona. Solemos tener fresco el presente y olvidar numerosas vicisitudes ocurridas en el pasado a la hora de ir a depositar nuestro voto. No quiero meterme en política, pero solamente voy a decir que esta semana he terminado de leer el libro escrito por Alberto Reyero Zubiri titulado «Morirán de forma indigna. Un libro sobre las circunstancias en las que murieron miles de mayores en las residencias». El sr. Reyero era el consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid en los tiempos en que se desató la tormenta del Coronavirus y nos muestra un relato documentado y revelador de lo que se hizo y… de lo que no se hizo. De eso no se habla en la campaña actual, de los llamados  «Protocolos de la Vergüenza» y los más de siete mil ancianos muertos en las residencias de esa Comunidad Autónoma.

Ocurrencias muy ocurrentes no les faltan a los asesores para poner en boca de los que se presentan a las elecciones. Si fueron capaces de aquello… ¿de qué no serán capaces?