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domingo, 5 de julio de 2026

«GABELAMANÍA»


El disponer de vehículo privado ha supuesto una sensación de libertad de movimientos, no solo por cuestiones laborales sino de ocio o ya en los últimos tiempos de necesidad para cuestiones de la vida diaria. De esto saben mucho las personas mayores: antaño íbamos andando a las tiendas y comercios del barrio a comprar comida, ropa o archiperres necesarios. Hoy en día, con la proliferación de los centros comerciales y las grandes superficies, en muchos casos es imprescindible disponer de vehículo propio para desplazarse a ellos. El ir cargado con bolsas de compra en los autobuses no es un plato de gusto para muchos.

Con ello, podríamos deducir que el vehículo privado se ha convertido casi en imprescindible. Hay muchos millones de ellos en circulación por el mundo. Esto lo saben nuestros sesudos dirigentes, tanto políticos como directivos de grandes empresas, y por ello es un objeto de deseo a la hora de recaudar dineretes a su costa, no solo en el momento de su compra sino a lo largo de toda su vida útil.

Tengo por costumbre llevar una bitácora en una hoja Excel con todas las vicisitudes relacionadas con mi coche: repostajes, seguros, impuestos, peajes, revisiones, averías… Ello me permite conocer el gasto detallado en algunos apartados, cuestión que realmente no sirve para nada. Bueno, sí, para ponerme de mal humor.

Todos estamos asaeteados a impuestos, pero especialmente los vehículos. No solo el sablazo de entrada que supone el impuesto de matriculación, sino el anacrónico impuesto municipal denominado por el pueblo como «el numerito» y que responde a las siglas IVTM —Impuesto de vehículos de tracción mecánica— , si bien es verdad que está bonificado no en todos los ayuntamientos y veremos por cuanto tiempo.

Pero es que, a diario, cada litro de combustible lleva sus correspondientes y no pequeños impuestos. Y no basta solo con eso, porque entre aparcamientos, peajes, zonasazules, ZBE's y cuestiones afines, los euros derivados del coche van aumentando y de qué manera. Un dato como curiosidad: durante el pasado año 2025 hice al coche dieciocho mil kilómetros y no vivo en una gran ciudad. En aparcamientos, peajes y zonas azul o verde se me fueron 227,24 euros. Y eso que no me importa aparcar a distancia y andar, pero no siempre es posible. En el hospital, a pagar, en (algunos) centros comerciales, a pagar. Y así, con muchas vicisitudes.

Volviendo al tema del impuesto de carburantes, durante 2025 utilicé 992,91 litros gasolina a un precio medio de 1,56 euros el litro: 1.598,84 euros. ¿Cuánto corresponde a impuestos?

Vamos, que tener coche propio y a disposición supone una cuantiosa inversión que muchos abonamos por mor de la libertad que supone a la hora de organizarte tu vida. La imagen que encabeza esta entrada es un tique de esta semana del aparcamiento de la T1 en el Aeropuerto de Madrid-Barajas (me niego a añadir la coletilla). Registrado como estoy en la aplicación de AENA para la comodidad de entradas y salidas, por una hora y cinco minutos de aparcamiento, con descuento y todo, 6,25 euros. Se han pasado, como se dice popularmente, siete pueblos.

Y aunque no es un tema relacionado con el dinero, aprovecho para mencionar que la utilización del vehículo, en mi caso, es una fuente de malhumor por los comportamientos maleducados de la gente que va a su bola, como se dice coloquialmente, y eso de… «piense en los demás» como que, bueno, vale, ya lo dejamos para más adelante.

Vean la siguiente fotografía, tomada en el aparcamiento de un hospital que siempre está a rebosar teniendo que dar varias vueltas para aparcar y muchas veces dejar el coche de cualquier manera en zonas no habilitadas: solo falta colgarlos de los árboles o de las farolas.

Dan ganas de llamar a la Policía Municipal para que vengan a poner una receta a este desaprensivo, pero siempre vamos corriendo y encima nos podemos meter en un lío. ¿Para cuando una aplicación con geolocalización que permita de forma anónima mandar este tipo de fotografías a la Policía Municipal o a la Guardia Civil para que ellos decidan la forma de actuar? Pero según el código de circulación, al parecer, la denuncia anónima no es posible. El método más efectivo, como he mencionado, es «llamar al 092 (Policía Local) o a la Guardia Civil (062) para que un agente multe el vehículo "in situ"».

Y en este caso estamos hablando de un desconocido. Pero lo peor es cuando situaciones desagradables relacionadas con los vehículos se producen en entornos cercanos y con personas conocidas. Yo lo sufrí en su día porque se conoce que eso de educar a los niños, o mayores, para que abran las puertas con cuidado para no golpear a los coches de los aledaños, especialmente en aparcamientos comunitarios o en centros comerciales, cuando están aparcados en batería. Y diré que, en mi caso, la madre de los niños desaprensivos que me tenían el lateral de mi coche cosido a picotazos era… profesora de instituto. La educación… es otra cosa. La foto a continuación no necesita comentario, aunque se podrían hacer algunos relativos a la existencia de una pared del garaje en uno de los laterales.

En fin, podríamos llenar páginas y páginas con ejemplos de mala educación manifestada en comportamientos relacionados con el tráfico. Para terminar, decir que si estuviéramos en Suecia…

La frustración que genera ver un coche mal aparcado ahora se puede canalizar a través de una aplicación. La pena es que no está operativa en España, ya que se trata de una app sueca: Scoutpark.

Por cierto, «gabelamanía» es una construcción personal a partir del vocablo «gabela» cuyo significado en el DLE es «carga, servidumbre, gravamen, Tributo, impuesto o contribución que se paga al Estado.


 



 

domingo, 28 de junio de 2026

«BIBLIÓPATA»

Me considero un buen fisonomista porque suelo recordar las caras de las personas, aunque hayan pasado años y el paso del tiempo haya dejado huella. Acudía la semana pasada a la presentación del libro —magnífico— de mi amigo y maestro Eduardo Juárez Valero titulado «Juana de Castilla. Conspiración, locura y poder en la Castilla renacentista» cuando vi entrar a una persona que a buen seguro había visto y conocía, pero era incapaz de recordar los detalles: ¿quién era? ¿cómo se llamaba? ¿de qué la conocía? La obsesión quedó anidada en mi cabeza dando más y más vueltas, a la espera de dar con la solución.

Un sucedido vino en mi ayuda. Esta persona regaló un libro envuelto a Eduardo con una dedicatoria bellísima en el envoltorio que fue mostrada a los asistentes y que es la imagen que encabeza esta entrada. La excelente caligrafía y el nombre, Javier, vinieron en mi ayuda e hicieron aflorar los recuerdos: había coincidido con Javier García del Olmo en un seminario organizado unos años antes —octubre de 2019— en el Campus de Getafe de la Universidad Carlos III de Madrid. La fotografía a continuación es un recuerdo de aquel día de 2019 en la que Javier figura en el centro de la misma.

También ha participado en alguno de los cursos MOOC sobre paleografía y libros de esa universidad como experto no solo en caligrafía sino en su calidad de destacado diseñador español, bibliófilo y el mayor coleccionista privado del país especializado en artes gráficas, caligrafía y escritura, siendo junto con su mujer Esther Vilas un formidable coleccionista de todo lo relacionado con las artes gráficas y la imprenta. Tuve la oportunidad de charlar un rato con él al finalizar la presentación y le agradezco su invitación a visitar su estudio en Madrid.

Solucionado este problemilla fisonómico, me surgió otro derivado de uno de los vocablos que aparecían en la dedicatoria: «bibliópata». Lo escribo entre comillas porque el acceso en aquel momento desde el teléfono al DLE —Diccionario de la Lengua Española— resultó infructuoso. No era cuestión de andar manipulando el teléfono en medio de la presentación y el asunto quedó para después.

Ya el sufijo «pata», del griego páthos, induce a pensar en temas de pasión, afección, obsesión o enfermedad. Desde luego el prefijo «biblio» está claro: del griego biblión,  nos conduce a todo lo relacionado con el mundo de los libros. Con ello, poniéndose la gorra de Académico de la Lengua, podríamos sugerir para añadir al diccionario en futuras ediciones una definición similar a «persona cuya pasión por los libros es tan intensa, casi obsesiva, que forma parte esencial de su forma de vivir y de comprender el mundo». Eso sí dejando de lado todo lo relacionado con la enfermedad, porque toda actividad, en sus extremos, pudiera devenir en patológica y convertirse en una dolencia incontrolable.

Puestos a indagar, he encontrado otras definiciones que consigno aquí:

Bibliómano, persona afectada de bibliomanía (propensión exagerada a acumular libros).

Bibliófilo, persona que tiene bibliofilia (afición a coleccionar libros, y especialmente los raros y curiosos.)

Bibliótafo: pendiente del DLE, sería un caso extremo donde el coleccionista acumula ejemplares y los «entierra» para sí mismo, negándose a compartirlos o dejarlos leer por otros.

Bibliólatra: también pendiente de su inclusión en el DLE, designa a quien siente una veneración casi religiosa por los libros. A veces se usa para quienes consideran los libros como objetos sagrados o incuestionables.

En estos momentos tengo en casa, en formato papel, más de mil seiscientos libros, todos ellos antologizados y marcados con el correspondiente exlibris…

¡No me caben más! No todos los he leído, algunos están más por su continente que por su contenido, prácticamente ninguno de los leídos tendrá una segunda lectura. Algunos están dedicados por sus autores. No sería la primera vez, pero las estanterías me están pidiendo un expurgo a gritos. El problema es que no hay muchos sitios donde llevarlos o regalarlos.

Yo no creo, en mi caso, ser un coleccionista. Cada libro tiene su propia historia y no siempre se tiene claro en el recuerdo el por qué se compró ese y no otro o ninguno. Hay uno que le he comprado tres veces porque lo presté dos y nunca me fue devuelto: «El diablo de los números», de Hans Magnus Enzensberger.

Leer es viajar estando quieto, enriquecer la mente y atacar sin piedad a la ignorancia. Leamos, leamos.


 

domingo, 21 de junio de 2026

RESIDUOS

¿Cascos? ¿Envases? ¿Envoltorios? ¿Latas? ¿Bolsas? ¿Residuos? Cuando uno mira hacia atrás en el tiempo se da cuenta de cómo han cambiado las cosas, pero nunca se sabe si para mejor o para peor. Pero diferentes sí que son, vaya que lo son.

En los años 60 del siglo pasado vivía yo en un pueblo la mayor parte del año, pero pasaba un mes en otro pueblo en la provincia de Toledo, del que era originaria mi madre. Este pueblo de Toledo, Torrijos, era eminentemente agrícola, dedicado a las tareas del campo. Mi tío tenía una huerta y algunos animales (cerdos, gallinas, mulas) de los que vivía la familia todo el año.

Los residuos producidos en esta casa de cara a una inexistente recogida municipal de basuras eran inexistentes. Los alimentos no estaban envasados y los pocos restos orgánicos iban a parar a las gallinas o a los cerdos que daban buena cuenta de ellos. Algún periódico o cartón que rara vez aparecían por la casa alimentaban la cocina de carbón y leña que servía para para la cocción diaria del cocido que se comía en esa casa todos los días del año. Resumiendo: residuos, cero patatero. Inexistentes.

El otro pueblo, en el que vivía y sigo viviendo, de la provincia de Madrid, era de servicios, muy poco industrial y enfocado mayormente al turismo. Sí que había un llamado «camión de la basura» que pasaba a diario casi siempre a la misma hora por las calles del pueblo. Mi madre llevaba al camión el cubo de la basura, sin bolsas como ahora, forrado con papeles de periódico y un señor que iba en la caja del camión, descubierta, lo volcaba directamente. No vamos a entrar en temas de higiene y esos asuntos. Lo normal y a diario es que el cubo de la basura de nuestra vivienda estuviera lleno en una cuarta parte con restos puramente orgánicos: huesos, mondas de verduras o frutas, cáscaras de huevo y similares. Nada de plásticos, cartones, papeles o… envases.

Y no es que no existieran los envases, pero eran retornables. Por poner un ejemplo, los yogures de Danone de la época, comprados en la panadería del barrio venían en frascos de cristal. Había que llevarlos los bien lavaditos y limpios para que Segundo Tejero te los cambiara por unos llenos sin tener que abonar nada por el casco. Porque los cascos costaban dinero. Diré que las compras se hacían a diario porque eso de tener un frigorífico en casa todavía no había llegado. Como mucho, una fresquera, definida por el diccionario como «cámara frigorífica casera, especie de jaula que se coloca en sitio ventilado para conservar frescos algunos líquidos o comestibles». Ubicada en la ventana más sombría de la casa solo en casos especiales se utilizaba hielo comprado en barras en la fábrica de hielo de los hermanos Pérez de Villar.

Lo de tener bebidas en casa era ciencia ficción: gaseosa «La Casera» comprada fresca a la hora de la comida en el bar «El Pasiego» situado en los bajos de la casa de enfrente mezclada con un poco de vino —solo para mi padre—. Pasados los años y por mor del progreso, los frigoríficos empezaron a aparecer en las casas como un electrodoméstico imprescindible, que facilitaba la conservación y no tener que hacer la compra diaria. Una de las ¿ventajas? de los frigoríficos era poder disponer de bebidas frescas en ellos. Recuerdo en casa algunos refrescos y cervezas guardados en la nevera. Con el tiempo el número y variedad de las bebidas fueron creciendo y hoy en día hay quién tiene un segundo frigorífico en el trastero o en la despensa solo para contener bebidas.

Volviendo a antaño, las bebidas, al igual que los yogures, estaban contenidas en envases o cascos retornables. Un par de bodegas existentes en la localidad dispensaban las bebidas con sus envases de cristal contra entrega de los cascos vacíos correspondientes, que a diferencia de los yogures no había que limpiar. Excursiones a la bodega llevando con mi hermano la caja de botellines de cerveza para renovar ocurrían con cierta frecuencia. Con el tiempo también refrescos.

Fuera de ello, otros productos no requerían envases. La leche era vertida directamente por el lechero, Damián, en la cacerola en la que mi madre la cocía hasta que subía tres veces. El aceite se compraba a granel en la tienda de ultramarinos de Paramio llevando una lata exclusiva para tal fin. La fruta como mucho se envasaba en papel de periódico y eso de las bolsas de plástico todavía no estaba inventado.

Pero llegaron las grandes superficies, que no estaba dispuestas a tener un espacio para almacenar los cascos hasta que fueran recogidos por los fabricantes. La idea cundió rápido: convertir los envases en «no retornables». Abonados por el comprador, claro, y desechados en la basura. Fuera cristal en muchos de ellos y bienvenido el plástico. Hasta el agua de los grifos caseros era dudosa y comprábamos el agua en los supermercados.

Más adelante llegaron las latas, no solo para las bebidas sino también para verduras, sardinas, etc. etc. Más desechos. Y después el acabose, el todo, carne, pescado, embutidos, congelados… todo envasado con restos por doquier. Era, y sigue siendo, insostenible. Recomendaría aquí una visita guiada a Valdemingómez, el depósito de residuos sólidos urbanos (vertedero) de la ciudad de Madrid. Una visita que es muy interesante y sirve para tomar conciencia de cómo está el asunto hoy en día.

Y entonces llegó el invento del reciclado de envases. Contenedores de basura de colorines: verde para el vidrio (no cristal), amarillo para envases (ciertos envases que no todos), rojo para el aceite, azul para el papel, marrón para lo orgánico… No solo hay que hacer un cursillo para determinar correctamente la selección de desechos, sino que hay que tener sitio y contenedores en casa para poder ubicarlos correctamente. Nosotros tenemos cuatro en casa.

Pero he aquí que esto del reciclaje por ahora, al menos en España es voluntario. En unas vacaciones pasadas hace muchos años en el Reino Unido, los cubos en las viviendas individuales o en urbanizaciones eran obligatorios, con grandes multas si no se utilizaban de forma correcta.

Así que, otra manera de convencer a la gente es ofrecer una pequeña compensación, monetaria, por un correcto reciclado. La foto de la imagen está tomada en Irlanda en estos tiempos de junio de 2026. Es muy pequeña la cantidad, que se va acumulando en una tarjeta. Me ha recordado los tiempos en los que los chicos estábamos a la caza de cascos por doquier para convertirlos en unas pesetillas con las que comprar golosinas.


 

 

domingo, 14 de junio de 2026

falacIAs

Anonadado estoy… ¿Quién o qué es la IA? ¿es chico o chica o chice? ¿Tiene personalidad jurídica? ¿Puede cometer ilegalidades? Si la pillamos cometiendo alguna transgresión… ¿la podemos meter en la cárcel?, ¿aplicarla algún correctivo o multa para que no reincida?

En estas últimas semanas me estoy aproximando a este mundo que nos atenaza de forma alarmante de la llamada Inteligencia Artificial, que no es estrictamente inteligencia, aunque curiosamente, la segunda acepción para este vocablo del diccionario si cuadra: «capacidad de resolver problemas». Pero también de crearlos… y bien gordos. Un breve curso sobre el tema realizado en la Universidad Carlos III me ha llevado al convencimiento de que uno no se puede quedar al margen: hay que meterse en este mundillo sí o sí, al menos para saber a qué atenerse. Algo apuntaba en la entrada «YOYAÍSMO» de hace unas semanas.

Dos sucesos acaecidos, y sufridos esta misma semana, dan una idea de los peligros que puede conllevar el uso de la I.A., especialmente si hacemos caso omiso de las advertencias de no poner en cuestión lo que nos conteste, escrito o hablado, y revisarlo a fondo, pero para ello hay que tener conocimientos y experiencia que nos permitan hacer este cuestionamiento.

A raíz de estos sucesos, que ahora referiré, he entablado conversaciones con amigos y reproduzco aquí algún comentario recibido de ellos:

La IA, de momento, no es infalible, sino todo lo contrario. Es cierto que cada vez es más certera y afina algo más…

¡Qué maja! Su sinceridad me hace saltar las lágrimas. 

Muchas personas, para asuntos particulares o profesionales, utilizan la I.A. Bien, siempre puede servir de ayuda para iniciarse o plantear algún tema. Lo que bajo mi punto de vista no es de recibo es que no empiecen en el encabezamiento diciendo que es un texto generado por la I.A. La persona que lo lee se puede creer que eso va a misa porque lo dice fulanito, al que cree enterado del asunto o que ha tenido en carnes propias la experiencia que refiere.

También las empresas, en aras de ahorrar dineretes e incrementar su cuenta de resultados, dejan alguno de sus servicios en manos de la I.A. Esta semana me he encontrado con un problema en el envío de un pedido realizado por internet a… No lo iba a decir, pero lo digo: PcComponentes. Trato de reportar la incidencia a su servicio técnico, busco un teléfono, un correo electrónico… nada, quizá soy un borrico y no lo he sabido encontrar. Me encuentro con un CHAT claramente atendido por una I.A.: no hay persona alguna detrás. Para llorar, verdaderamente para llorar. Después de marearme durante varios días, pedirme datos insulsos, varias veces el mismo, lo he dejado por imposible y doy por perdidos los euros y el producto, que no se sabe dónde está. Lo curioso son las frasecitas que me ha dedicado ese CHAT y que tengo guardadas para ponerlas en un marco. He aquí algunas:

Veo tu pedido xxxxxx-A-xxxx y entiendo tu enfado. Ahora mismo el último estado que consta es «EN TRÁNSITO» (Envialia) desde hace 8 días…

Sobre tu pregunta: ahora mismo no puedo confirmarte cuántas incidencias/partes hay abiertos ni el estado actualizado porque al consultar el pedido me está devolviendo un error técnico…

Tienes razón en cabrearte: si al pulsar «contactar» te trae aquí y no ves «Incidencia», así no se avanza. Ahora mismo, además, no puedo consultar la ficha del pedido: al buscar xxxxxx-A-xxxx me devuelve un error técnico (404)…

Te ayudamos de forma inmediata…

Entiendo perfectamente tu molestia. Te explico por qué te lo pedí, sin marearte más…

Lo entiendo, lo siento mucho por las molestias y el tiempo que te ha hecho perder esta incidencia. Antes de que lo dejes, si quieres puedo dejarte solo una última cosa para que…

Varios días, varias veces, repetitivo, cargante, cansino. ¿Las empresas se dan cuenta de lo que están consiguiendo con esto? Se estarán ahorrando algunos empleados de sus centros de soporte pero también perderán clientes. Esto no hay quién lo soporte. Tengo guardadas las sesiones y aunque me rio al leerlas, son para llorar. ¡Maremía! Que camino llevamos, lo que nos espera.

Y el otro sucedido ya sí que es para tomárselo en serio. Un asunto profesional. Colaboro (en asuntos informáticos) con una empresa que se dedica a hacer servicios puntuales a otras, no precisamente pequeñas: bancos, industria, distribución, logística… Recibo para la evaluación y posible puesta en marcha de un trabajo un documento de 18 páginas que, a la vista, es una maravilla: estructurado, escrito perfectamente, colorines, esquemas, detallado hasta límites insospechados… Cualquiera que no sepa realmente y a fondo del asunto se queda ojiplático del nivel (Maribel) del documento y la información que contiene.

Me pongo a analizarlo y… claramente está escrito por una I.A. Cuando entro en detalles, contiene tal cantidad de mentiras y falsedades, procedimientos imposibles y módulos inexistentes,  que parece un cuento malo de ciencia ficción. Al principio dudaba de mis conocimientos acumulados sobre la materia en más de cincuenta años de profesión, lo que me hizo pensar que las cosas podían haber cambiado y yo no me había enterado. Quia, más falso que Judas.

Preparo un pequeño informe con detalles de las falsedades contenidas en el documento y se lo hago llegar a la empresa que me lo ha mandado para su evaluación. Me reconocen que sí, que está elaborado con I.A. Pero eso no es lo más grave: se lo mandado como documento oficial y propuesta de servicio a la empresa destinataria. Y ahora… ¿qué hacemos? Hay que buscan solución alternativa y fiable, pero esta vez ya con una inteligencia personal, con conocimientos del tema y con acciones viables y realizables.

Ya como iniciativa personal, averiguo qué I.A. —hay varias— ha sido la que ha confeccionado ese bonito informe que no sirve más que para papel de W.C. aún a riesgo de mancharse semejante parte con la tinta, porque, como he dicho era de colorines. Me dicen que ha sido con «Claude». Me conecto a dicha I.A. y ante mis cuestiones sobre temas de ese documento las respuestas son para echarse a llorar, o mejor a reír. Con nombres enmascarados, aquí algunas perlitas (los textos en negrita son realzados por mí):


Pregunta: Descríbeme la funcionalidad del módulo XXXXXXX en un sistema Z/OS de IBM.

Respuesta I.A.:    Tras una búsqueda exhaustiva en la documentación oficial de IBM, he de ser preciso y transparente contigo: XXXXXXX no es un módulo estándar documentado por IBM en z/OS. No aparece en ninguno de los manuales oficiales de IBM.

 

P:   Tú (referido a la I.A.) me hablaste anteriormente de ese modulo XXXXXXX como un posible punto de control para controlar los usuarios que ejecutan…

R:  Tienes razón en revisarme. Volviendo a la conversación anterior, en mi primera respuesta incluí XXXXXXX dentro de la tabla de «rutinas reemplazables» bajo el nombre de «búsqueda y ejecución de funciones externas». Debo ser completamente honesto contigo: ese módulo lo generé incorrectamente. No existe como tal en la documentación oficial de IBM. Fue un error mío al elaborar esa lista inicial — mezclé nombres reales con un nombre que no está documentado como módulo estándar del sistema z/OS.


P:   Sobre todo, el módulo que me dijiste YYYYYYYY existe, pero no sirve para lo que me propones. Sus funcionalidades son otras muy distintas.

R:  Tienes toda la razón, y te debo una disculpa clara. Revisando toda la conversación, en mi primera respuesta generé una tabla con varios módulos… 

No sigo. Hay más lindezas, errores, disculpas y meteduras de pata para aburrir. De traca. ¿La I.A. al poder? Mucho ojo. Por el momento puede servir de ayuda, pero teniendo en cuenta que suelta «falacIAs» descomunales, esto es, «engaños, fraudes o mentiras». No te lo creas, ponlo en cuarentena y revisa a fondo sino quieres verte en un lío.

 


domingo, 7 de junio de 2026

DILETANTE


Algunas veces utilizo una frase para, de alguna manera, auto definirme: «juego a todo, pero mal». Es una forma de decir que soy curioso en asomarme a múltiples actividades y temáticas, incluso deportivas en el pasado, manteniendo un cierto nivel sin llegar ni mucho menos a la excelencia. Un amateur consciente y resignado que elige «vivir ancho antes que vivir hondo».

Hace muchos años, por mor de mis cometidos profesionales en el departamento de informática de grandes empresas bancarias españolas, participaba activamente en un grupo profesional llamado G.S.E. —GUIDE SHARE EUROPA, www.gse.org—. Aglutinaba técnicos informáticos de sistemas IBM en áreas variadas, tales como Sistemas Operativos, Bases de Datos, Gestión de Almacenamiento, Comunicaciones, Seguridad, etc. etc. Tenían lugar reuniones técnicas periódicas en las diferentes empresas adscritas, lo que me permitió en los veinticuatro años en que participé de forma activa (de 1984 a 2007) visitar centros informáticos en diferentes puntos de la geografía española: Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Sevilla, Burgos, Bilbao, Oviedo, La Coruña. También en alguna ocasión acudí como representante español a reuniones internacionales: Milán, París o Insbruck (Austria).


Guardo todas las actas y documentación de las reuniones en papel o en mi disco duro; la verdad es que no sé para qué, pero ahí están. La imagen anterior es el acta de una de ellas, en la que pueden verse las empresas participantes, a falta de alguna de ellas que ese día no acudió, como por ejemplo Caja de Madrid, Informática de Euskadi, Caixa o Servimática. Con todo y con ello, en aquella reunión de enero de 2005 celebrada en el centro de cálculo de un Banco Popular ya desaparecido, en Madrid, asistimos veintiséis personas.

Aparte de las cuestiones técnicas que se debatían, en algunas ocasiones las empresas nos brindaban algún evento especial adicional. Por ejemplo, El Corte Inglés nos mostró su formidable centro logístico en Valdemoro, Renfe, nos organizó una visita al centro de control del AVE en Atocha y un viaje en la cabina de un tren hasta Puertollano. Hubo muchas más y muy variadas, de todo tipo, pero me quiero referir aquí a una especial: ocurrió en los años 90, en las instalaciones de Iberia de La Muñoza, anexos al aeropuerto de Madrid-Barajas, donde se nos permitió manejar el simulador profesional en el que se entrenaban los pilotos de Iberia y otras compañías. Una experiencia apasionante.

Los Reyes Magos de este 2026 me trajeron un regalo especial: manejo de un simulador de vuelo existente en el aeródromo de Madrid Cuatro Vientos accesible a todos los públicos. Por 75 euros, en la actualidad (2026), y durante una hora puedes sentirte como un piloto «de verdad» a los mandos de un Boeing 737 o un Airbús 320. Más información para interesados en https://www.aladinia.com/simulador-cuatro-vientos. Es un regalo perfecto pues se adquiere en formato de bono con una validez de cinco años, dentro de los cuales se puede hacer efectivo el bono reservando día y hora.

Esta semana he disfrutado de la experiencia, muy enriquecedora, que ya casi no recordaba de aquella vivida en Iberia en los años 90 del siglo pasado, que no fue ni mucho menos de una hora, sino minutos, pues éramos unas quince personas y no había tiempo material. Unas breves instrucciones de Ricardo, la persona que me atendió y efectuó el «vuelo» conmigo para pasar enseguida a rellenar en el ordenador del «avión» las rutas, revisar los controles, probar los sistemas y tenerlo todo preparado para… ¡despegue inmediato!

«Volamos» del aeropuerto de Palma de Mallorca al de Ibiza. La experiencia, salvo un inexistente movimiento físico del avión, es bastante real. El aterrizaje, siguiendo las instrucciones de Ricardo no estuvo bien del todo, pero hay que tener en cuenta que era el primero que realizaba a los mandos de un Airbús 320. Cómo había tiempo, me reprogramó un segundo aterrizaje y esta vez ya fue bastante satisfactorio.

Una experiencia más que añadir al catálogo, aunque esta vez se tratase de una repetición. Iba a titular esta entrada como «catacaldos», pero un acceso al diccionario me quitó la idea por ciertas connotaciones negativas que presenta la descripción del vocablo. Así que opté por «diletante», una de cuyas acepciones me convenció más: «que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional».