Los más mayores recordarán aquella acción popular de pedir la vez cuando se llegaba a un sitio en el que era necesario guardar el turno para ser atendido. Sigue vigente en algunos sitios, como en algunos establecimientos en los que no expenden tickets y la cola se organiza con el antiguo sistema. Quedan pocos, pero todavía es necesario en la carnicería o pescadería a las que acudo en la actualidad.
Siendo yo muy pequeño —años 60 del siglo XX—, la asistencia médica en mi pueblo era de aquella manera. No existían los centros de salud y médicos y practicantes (las inyecciones eran lo normal) iban a las casas particulares previo aviso. Mi padre tenía una iguala para la atención familiar tanto con el médico como con el practicante. En el caso del médico, don Ricardo, aparte de ir a casa cuando era necesario, pasaba consulta a las cinco de la tarde en una dependencia anexa a su casa. Cuando llegabas allí, era necesario pedir la vez y a su vez darla al siguiente, quedando pendiente de cuando entraba la persona que te había dado la vez para acceder a continuación a la consulta.
Como para muchos el concepto de iguala pudiera ser desconocido, aclararé que se trataba de una especie de seguro particular con el propio médico o sanitario, lo que luego se ha convertido en medicina privada con grandes organizaciones como Asisa, Sanitas, Adeslas y otras muchas que han proliferado como setas en el bosque.
El practicante era muy curioso. No tenía consulta en casa por una razón peculiar: era Guardia Civil y vivía en dependencias del cuartel. Se llamaba Pereira, gallego él, completamente calvo, de cara sonrojada y siempre con una sonrisa, que yo calificaría de malévola cuando te iba a pinchar a ti, lo recuerdo bien. Muchas veces acudía a casa vestido de benemérito, con su maletín de cuero muy gastado. Lo primero que hacía era dejar su tricornio encima de la mesa del salón y dentro de él la pistola. Sacaba de su maletín una especie de plumier metálico, lo llenaba de alcohol, lo encendía y allí esterilizaba la jeringuilla y la aguja que posteriormente iba a buscar por lo general tu trasero.
Pero volvamos a lo de pedir la vez. Hoy en día está en completo desuso porque ha sido sustituido por el mundo de las citas, que ya las hay para todo. Vas con tu cita a la hora que te han comunicado con la advertencia de que es orientativa, cuestión que por lo general tiene lugar porque los retrasos es cosa común. Y eso quiero comentar aquí, no a modo de crítica sino de hechos. Nunca sabes qué está ocurriendo y por qué tu cita se retrasa, a veces horas…
El pasado verano de 2025 me diagnosticaron el síndrome del túnel carpiano en ambas manos: se me entumecían especialmente por las noches con dolor. Unas manoplas dejaban pasar la noche tranquila y por el día me apañaba moviendo los dedos. La intervención quirúrgica es sencilla, ambulatoria, pero no deja de ser en un quirófano si bien con anestesia local. Hace dos meses me operaron de la mano izquierda y fue como un paseo militar, llegué, me metieron al quirófano sin espera y a la media hora estaba de vuelta hacia casa.
Esta semana me han operado de la segunda mano, la derecha en este caso. En la sala de espera previa al quirófano iban y venían personas, entraban y salían, pero tres estábamos allí como si se hubieran olvidado de nosotros. Pasaba el tiempo y… nada. Al final entablas conversación y descubres, asombrado, que los tres estábamos para el mismo cirujano y que a los tres nos habían dado la cita a la misma hora. «Habrá tenido algún contratiempo el doctor», era la única explicación que nos podíamos ofrecer unos a otros, porque claro, como es costumbre en estas situaciones nadie te informa de nada. Hay que tener en cuenta que era ya por la tarde y llevábamos sin comer ni beber un montón de horas, requisito necesario para la operación.
Pasadas dos horas de la hora de cita llaman a una persona de las tres. No fui yo, con lo cual tocaba seguir esperando a que acabara con ella, pero sin saber quién de los dos restantes que quedábamos iba a ser el siguiente. Tuve suerte y me tocó a mí. Bueno, en media hora estaría fuera. Hay que decir, en estos tiempos que corren, que en la antesala yo al menos estaba sin teléfono ni reloj porque se los había dejado a mi mujer que estaba en otra sala fuera, esperando. El tiempo pasaba lentamente. Otra vez me llevaré el teléfono o un libro que dejaré en la taquilla con la ropa, por lo menos para aprovechar el tiempo.
Pero… segundas partes no tienen que ser igual que las primeras. Según comentó el doctor a mi mujer la cosa estaba más complicada, con lo que en lugar de media hora fueron casi dos, a añadir al tiempo de espera. La media hora de la primera vez se convirtió en cuatro horas y media. ¡Cómo para haber hecho planes!
Todo fue muy bien, como la vez anterior, pero quedaba una rémora. Amén de algunos esquinces, he sufrido operaciones de huesos en varias ocasiones a lo largo de mi vida: rotura de clavícula, luxación de codo y en las rodillas varias de menisco con prótesis incluida. Menciono las de huesos porque conllevan una cierta o completa inmovilización. En este caso concreto, la inmovilización es pequeña porque afecta a la muñeca únicamente, con lo cual te deja los dedos libres. Pero había un daño colateral oculto que no descubres hasta que llega el momento.
No se aprecia muy bien en la fotografía, pero la palma de la mano, bajo la venda, tiene un abultamiento protector de los puntos. Esa venda puede ser retirada a los tres días y sustituida por una simple gasa con esparadrapo dejando la mano completamente libre. ¿Por qué comento esto?
Paso mucho tiempo al cabo del día escribiendo, bien a mano o en el ordenador. La escritura a mano está bastante dificultada pero lo del ordenador es un suplicio, una tortura china: no puedo manejar con soltura el ratón. Lo he intentado con la mano izquierda y es peor que imposible, a lo mejor es que soy un patán, pero en mi vida de informático, tras más treinta años que existen los ratones de ordenador he tenido impedida mi mano derecha. A ver si se pasan los tres días… Es verdad que, si hubiera tenido la mano escayolada o el brazo en cabestrillo, lo del ordenador hubiera sido dejado de lado, pero así, en un quiero y no puedo, cada vez que tengo que usar el ratón no sé cómo ponerme.
En alguna ocasión he intentado sin verdadera necesidad escribir con la izquierda, como los zurdos, pero nunca he llegado a dominarlo siquiera medianamente. Ahora habrá que añadir el aprender a manejar el ratón con la izquierda por si llega la ocasión aquella de obligado te veas.







