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domingo, 31 de mayo de 2026

ALOJAMIENTOS

 

Hoy toca un poco de curiosidad histórica. Pero antes una broma de monjes y ermitaños.

Un hombre ingresó en un convento de ermitaños buscando una vida retirada de silencio y contemplación. Al llegar, el prior le explicó la única regla de la comunidad:

—Cada hermano vive retirado en su celda y solo puede pronunciar dos palabras cada diez años.

El nuevo ermitaño aceptó disciplinadamente.

Pasaron diez años. Llegó el día de hablar y dijo:

—Cama dura.

El prior asintió en silencio.

Diez años después, volvió a presentarse ante él:

—Poca comida.

El prior volvió a asentir sin comentar nada.

Transcurrió otra década más. El ermitaño apareció de nuevo y declaró:

—Mucho frío.

El prior permaneció imperturbable.

Finalmente, al cumplirse cuarenta años desde su llegada, el ermitaño regresó y anunció:

—Me voy.

Entonces el prior lo miró con calma y respondió:

—No me extraña. Llevas cuarenta años quejándote.

A mediados del siglo XVI, el rey Felipe II eligió un lugar para construir su magna obra, su monasterio, que además sería colegio, palacio real, panteón funerario, biblioteca, museo… Cercano a la ya existente villa de El Escorial, adquirió enormes extensiones a su alrededor y legisló que nunca se construyera nada en sus inmediaciones, respetando solo la mencionada villa: otros pequeños asentamientos en la zona fueron desalojados. El Rey, su familia y su séquito tenían su hospedaje y el de sus servidores y criados perfectamente establecido.

Pero pasa el tiempo y cambian las costumbres. Doscientos años después, desaparecidos los Austrias e instalados los Borbones, la Corte se trasladaba entre los Reales Sitios arrastrando un sinfín de adláteres con sus criados y asistentes que necesitaban alojamiento y manutención.

El Monasterio de El Escorial, concebido para cien monjes y sin establecimientos suficientes en los alrededores, se veía invadido en los otoños por una multitud que perturbaba su normal funcionamiento y ocasionaba no pocos problemas. Años después, en tiempos de Carlos III, se abolió la orden de no construir en los aledaños para poder dar servicio a los principales de la Corte y sus criados. Pero hasta entonces…

Se transcribe a continuación un documento hallado en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, fechado en tiempos de Felipe V, entre 1735 y 1745, que no hace mención ni del emisor ni del receptor. En la documentación del índice de la biblioteca figura la siguiente referencia descriptiva: «Copia de un escrito, entendemos que del prior al marqués de Terán, encargado del alojamiento de los reyes, en el que le manifiesta los graves perjuicios que se derivan del alojamiento de todos los seguidores cortesanos para la paz y sosiego de los monjes, del rezo y de la clausura. Fecha: 9-X-1735 (4 p)»

Curioso cuando menos el lenguaje y tono empleados, como corresponde a la época.

Reverendisimo Padre

Excmo Señor

Muy Señor mio, después de desear a V.E. perfecta salud, y poner la que me asiste con todo rendimiento a su disposicion, con la ocasión de aproximarse la Regular Jornada de sus Magestades a este Real Monasterio, no escusso, en cumplimiento de mi obligacion poner en la gran consideracion de V.E. los muchos, y graves inconvenientes, que se siguen de que los Aposentadores Reales que previenen en dicho Real Monasterio y su Palazio, el aposento para sus Magestades, que Dios guarde, y los Señores Ynfantes y demas personas de su Real sequito, no traigan las ordenes limitadas y con la restriccion que las trajeron siempre de alojar en el monasterio, y en el Colegio, solamente aquellas personas nezesarias para el servicio y asistencia de los Señores Ynfantes que alojan en el.

Estas, Excmo Señor, no solo en las celdas sino en nuestros corazones tienen y han tenido siempre el alojamiento y lugar que se merezen y es devido, por nuestra atencion y su venerable respeto, ni nunca han sido ocasion del mas minimo inconveniente, ni desorden.

Pero una multitud que sigue a la Corte, ya por sus intereses, ya por sus pretensiones particulares, ya por sus dependencias, quieren Señor, que alojen en el Monasterio, produze tales inconvenientes, que me obligan a ponerlos presentes a V.E. para que reflexionandolos con la gravedad y madurez que acostumbra, expida a dichos aposentadores y a mi aquellas ordenes que le pareciere mas conveniente para el servicio de sus Magestades y el de Dios principalmente.

Bien le escribo a V.E. en el año pasado, que por alojar estas personas dentro del Convento y el Colegio con sequito de criados y sirbientes estuvo dos veces «preio» el fuego dia de la Concepcion de Nuestra Señora, y atribuimos a milagro el que no se viese quemado todo el convento.

Otras dos veces se encendio también y se apago secretamente, sin que llegase a noticia de la Corte, porque enzienden los criados lumbre en todas partes, y estamos en un continuo riesgo, sin poder detenerlos, por ser muy libres.

Demas de esto todo el Monasterio esta sin clausura, abiertas sus puertas toda la noche para su asistencia y comerzio, que siendo toda ella ni ay silenzio religioso ni observancia regular ni los religiosos que estan viviendo de tres en tres, y de quatro en quatro, tienen una hora de reposo y quietud para poder asistir al coro y servizio divino y demas obligaciones , pues estando alli la Corte, son mucho mas gravosas.

Bien reconozco, Señor, que en las ocasiones de los besamanos, en que concurre toda la grandeza a hacer sus obsequios a nuestros Reyes, no puede haver regla, porque siendo prezisamente por una noche es tolerable el gravamen y es preziso alojarlos como se pueda, por su caracter que nunca como las Reales Familias no han ocasionado algun inconveniente, pero en lo respectivo a lo demás que voluntariamente siguen o por pretensiones o por intereses particulares yo suplico rendidamente a V.E. y espero deverle la onrra que ponderando estos inconvenientes, y otros que omito, no menos graves, por no molestar a V.E. y reflexionando principalmente, que el alojamiento de estos ni es del Servizio de Dios ni de sus Magestades que Dios guarde «dé» a los aposentadores y a «mí» aquellas Ordenes Regulares que se reducen a que alojen dentro del Convento las personas Reales y las demás nezesarias para su servizio y asistencia.

Yo solo deseo odedezer y servir com promptitud y rendimiento, pero no puedo dejar de prevenir a V.E. los inconvenientes que pueden seguirse para que precabiendolos, con su sabia providenzia, prevenga tambien el susto y riesgo en que continuamente vivimos, de mas del servizio  que se haze a la Divina Magestad de que se conserve el Monasterio, y sus Monges, aun a la vista de los Reyes con religiosa clausura, silencio y observancia. Yo soy todo de V.E. a quien ofrezco mis respetos con toda venerazion y pido a el Altissimo conserve a V.E. en la mayor felizidad.

Ahora que me estoy incorporando un poco a este proceloso mundo de la(s) Inteligencia(s) Artificial(es), lo que figura a continuación hasta el final de esta entrada del blog es una sinopsis elaborada a partir de la transcripción anterior. Copiada y pegada sin tocar una coma. Desde luego, uno no se puede quedar indiferente, ni ante el pasado, ni ante el presente ni ante el futuro que nos espera. 

La tensión entre la vida monástica y la Corte en un monasterio del Antiguo Régimen

Este documento del siglo XVI refleja las preocupaciones de un superior monástico ante las frecuentes estancias de la Corte Real en un monasterio vinculado a la Corona. A través de una carta dirigida a una alta autoridad eclesiástica o política, el autor denuncia los graves problemas derivados del alojamiento indiscriminado de acompañantes, criados y personas vinculadas a la Corte dentro del recinto conventual.

El texto expone cómo la presencia masiva de servidores y cortesanos altera profundamente la vida religiosa: se rompe la clausura, desaparecen el silencio y la disciplina monástica, y los religiosos ven dificultado el cumplimiento de sus obligaciones litúrgicas. Además, el autor alerta de varios incendios provocados por el uso imprudente del fuego dentro del monasterio, llegando a considerar milagrosa la salvación del edificio.

Lejos de cuestionar la presencia de la familia real y de los infantes —a quienes se reconoce respeto y legitimidad—, la carta critica especialmente a quienes siguen a la Corte por intereses personales o ambiciones particulares. El documento constituye un valioso testimonio de las tensiones entre el ceremonial cortesano y la vida religiosa en la España de la Monarquía Hispánica, así como de los desafíos logísticos, disciplinarios y espirituales que generaba la movilidad de la Corte en los espacios monásticos.

 


 


 

domingo, 24 de mayo de 2026

«YOYAÍSMO»

Antaño los cambios, que también se producían, llevaban otro ritmo mucho más lento, sobre todo en aspectos sociales de la vida diaria. Hogaño, a nadie se nos escapa, casi de un día para otro podemos encontramos con que cosas que hacíamos de una manera han pasado a mejor vida y hay que reeducarse. Esto ocurre especialmente en las personas que van, vamos, alcanzando una edad.

En mis estudios de psicología, hace ya muchos años y en cursos sobre los tratamientos psicológicos aplicables a la llamada tercera edad —hoy en día ya hablamos de una cuarta— una profesora cuyo nombre no recordaba (pero que de forma que luego contaré lo he obtenido) nos habló de un término curioso, que no sé si era de su propia cosecha: «YO-YA».

A medida que nos vamos haciendo mayores caemos en este asunto del «Yoyaísmo», un término que me acabo de inventar y que no figura en el DLE —Diccionario de la Lengua Española—. Habrá que proponerlo, pero mientras tanto aventuro una definición inventada: «decisión voluntaria de las personas, especialmente mayores, de renunciar a conocer nuevos usos sociales o formas de hacer, especialmente en asuntos tecnológicos».

Precisamente las personas en sus últimas etapas de la vida, mayores, en general, por estar retiradas o jubiladas o por la propia dinámica de la vida, de lo que disponen o disponemos es de tiempo. El renunciar a obtener conocimiento sobre las novedades nos puede dejar fuera de muchas posibilidades que nos pueden hacer la vida más agradable y llevadera al empecinarnos en mantener antiguas concepciones o formas de actuación. Muchos hemos hecho un esfuerzo considerable por no quedarnos fuera de juego en el manejo, muchas veces superficial, de los denominados ahora teléfonos inteligentes. No tanto por nosotros mismos sino forzados por nuestros familiares o amigos para poder contactar con nosotros.

Un teléfono de hoy en día es un ordenador potentísimo que nos brinda una miríada de posibilidades no siempre sencillas de utilizar. Pero la curiosidad, lo he dicho muchas veces, es el mejor antídoto para la vejez y nos puede proporcionar con dedicación y tiempo algunas herramientas con enormes posibilidades para nuestra vida diaria. Un ejemplo para los que son conductores y aparcan en zonas O.R.A.: ¿Lleva instalada y disponible en el teléfono alguna aplicación que permita pagar el estacionamiento desde el teléfono? He visto a muchas personas luchando con las maquinitas de la O.R.A., las monedas, las matrículas, las zonas, etc. etc. cuando desde el móvil es un juego de niños, sin salir del coche, cumplir con nuestra obligación. Y con la posibilidad además de poder prolongar el tiempo desde el restaurante o la consulta médica si nos retrasamos. Yo utilizo TelPark o EasyPark, no solo en Madrid capital sino en muchas ciudades e incluso en la playa donde acudo en verano. Sí, hay que dedicar un tiempo a instalar las aplicaciones en el teléfono y aprender su manejo, pero luego es una delicia. Y esto es solo un ejemplo.

Hay aplicaciones para todo. Tenemos que ser conscientes, casi desde nuestro nacimiento, que la vida es efímera y tiene un final. Hoy en día la esperanza de vida crece sin parar, pero no lo hace de forma paralela su calidad. Por ello, es necesario tomar conciencia personal y sentar las bases que nos permitan lidiar con el día a día evitando convertirnos en «YO-YAS»: yo ya no estoy para estas cosas, yo ya no entiendo este mundillo, yo ya no puedo… yo-ya no quiero…

Esta semana he realizado el curso propuesto por la Universidad Carlos III de Madrid que figura en la imagen de esta entrada: IA inteligencia artificial aplicada a la vida real. Durante tres horas, la profesora, María del Acebo Sánchez Macián, con una paciencia increíble con los asistentes, mayores todos, nos ha introducido en los mundos de la Inteligencia Artificial dejándonos boquiabiertos, a unos más y a otros menos. Confieso que yo había hecho algunos pinitos, pocos y sencillos, con herramientas como ChatGpt (de la Fundación Open Ai) o Claude (de Antrophic) pero hay muchas más, cada una con sus características peculiares. Todas tienen un segmento inicial gratuito suficiente para iniciarse, pero, como todo en esta vida, su uso profesional requiere «retratarse» con cuotas mensuales o anuales.

En las tres horas escasas que duró el curso nos quedamos ojipláticos con propuestas tales como confeccionar un menú a partir de una foto de nuestra propia nevera con restricción para un invitado celíaco o preparar un viaje de tres días en Francia por la región de Carcassonne con indicaciones de hoteles, restaurantes, visitas a monumentos, etc. etc. También restaurar o colorear fotos antiguas o incluso preguntar a la I.A. qué sabe de nosotros mismos o de algún conocido, lo que sin duda sorprenderá. Hay que hacer mención a que las respuestas no son de fiar, por lo que hay que tener mucho cuidado en temas médicos, por ejemplo. Contó algunos casos espeluznantes como un caso real de suicidio inducido por la I.A.

Me conmino a mi mismo a dedicar más tiempo a este asunto. Hay cursos por todos lados, gratuitos en plataformas como Youtube o de pago en academias o instituciones. Manuales, documentos y libros para aburrir. Pruebe, pruebe, si se atreve, a hacer alguna búsqueda en Youtube o en Amazon y se sorprenderá de la ingente oferta informativa.

Este mundo gira a una velocidad vertiginosa, especialmente en asuntos tecnológicos. Como he mencionado, las personas mayores tienen o tenemos la ventaja de disponer de tiempo. Lo que hay que desarrollar son las ganas de meterse en los fregados por lo menos hasta un cierto nivel que nos compense.

La Inteligencia Artificial ofrece numerosas ventajas. Entre ellas destacan la automatización de tareas, el aumento de la eficiencia, la capacidad de analizar grandes volúmenes de datos y la mejora en la toma de decisiones, aunque plantea desafíos importantes: impacto en el empleo, temas éticos, privacidad…

La Inteligencia Artificial no es una tecnología del futuro lejano, sino una realidad presente que está transformando el mundo a gran velocidad. Su capacidad para aprender, analizar y tomar decisiones la convierte en una herramienta extremadamente poderosa, con aplicaciones en prácticamente todos los sectores. Comprender qué es la IA, cómo funciona y cuáles son sus implicaciones es fundamental para adaptarse a un entorno cada vez más digitalizado. Más que una sustitución de la inteligencia humana, la IA puede entenderse como una ampliación de nuestras capacidades, siempre que se utilice de forma responsable y consciente.

Mencionaré aquí otro tema al que no me he asomado y debería hacerlo: el mundo de los BitCoin y las monedas virtuales. Ahí lo dejo.

Como el lector avezado que ha llegado hasta aquí, habrá deducido la forma en que he conseguido recordar el nombre de aquella profesora de psicología que me introdujo en el mundo de los «Yo-Yas» y que no es otra que María Soledad Ballesteros Jiménez, catedrática de la UNED. Recordado… preguntando a la I.A.


 


domingo, 17 de mayo de 2026

HUEVOS

 
¡Manda huevos! Es una expresión que tomó cierta viralidad hace unos años cuando fue pronunciada, ni más ni menos, que por un presidente del Congreso de los Diputados de España. En un blog hay que aclarar de donde es el Congreso porque puede estar siendo leído desde cualquier parte del mundo. Ocurrió en marzo de 1997: Federico Trillo, sin ser consciente de que su micrófono estaba abierto dijo aquello de ¡Manda huevos!, alto y claro, como expresión del hastío a que estaba siendo sometida la sesión parlamentaria. La frase no es nueva ni fue acuñada por Trillo. De siempre se ha dicho como una coletilla con connotación negativa de aquello de lo que se está hablando. Parecido a «tiene narices la cosa», «vaya hartazgo» o algunas otras de corte similar.

Siendo yo muy pequeño, era frecuente el ser comisionado por mi madre para hacer diferentes recados por las tiendas del pueblo. Pequeños encargos en la tienda de ultramarinos del señor Paramio, la pescadería de Quemada, la mercería de «El Globo», la lechería de Demetrio o la panadería del tío Tijeras, que realmente se llamaba Tejero de apellido. Era curiosa esa panadería porque, en un pequeño apartado, la mujer del despachante, de nombre Marcelina, ejercía de fisioterapeuta con unas manos prodigiosas que te hacían ver las estrellas, pero te curaba esguinces y torceduras en un periquete.

Pues bien, a esta panadería cercana a mi casa acudía a por pan, tortas, yogures y… huevos. Mencionaré que en casa éramos seis personas pues todavía no había llegado el último hermano y el consumo de huevos era de dos docenas en dos docenas. Hay que aclarar que en aquella época de los años sesenta del siglo XX, las mercancías se vendían al por mayor, en este caso de los huevos, por unidades, por lo que podrías comprar ocho, trece o diecisiete. No hace falta decir lo que ocurre ahora…

Las había de mimbre, pero la que utilizábamos en casa era de alambre, parecida a la de la imagen que encabeza esta entrada. Eso sí y espero que la memoria no me traicione, todos los huevos eran de color blanco, no habían aparecido los actuales de color crema; los blancos han desaparecido de la faz de la tierra, aunque se pueden encontrar en granjas a las que acudo cuando estoy en la campiña y compro los huevos directamente al granjero. En Cantabria a este tipo de huevos, de gallinas criadas al aire libre, se les conoce por picasuelos y en verdad tienen,  o a mí me lo parece, una coloración de la yema y un sabor distintos.

Antaño, todavía en una pollería que había en el Mercado Municipal se podían comprar los huevos que la dependienta llamaba «de cesta» de forma individual, aunque nunca he visto acudir a nadie con la cesta de alambre. Hogaño, en los comercios y supermercados habituales a los que acudo, lo de comprar los huevos por unidades ha pasado a mejor vida. Los venden ya envasados en paquetes de media, una docena e incluso dos docenas. Aunque hay varios formatos de plástico, cartón o combinados, el más corriente es de dos hueveras de cartón enfrentadas. ¿Suficiente protección?

A veces, al llegar a casa y desenvolver el paquete para guardar los huevos en el sitio asignado en la puerta de la nevera, me veo en la obligación de entonar el ¡manda huevos! 


Reviso concienzudamente los paquetes en el propio lineal del supermercado, porque algunas veces están rotos allí. Pero si cuando llego a casa me encuentro con el panorama de la anterior fotografía, me queda claro que he sido yo en el transporte, en la bolsa, en el coche, del aparcamiento a casa…

Y es que siempre ha sido un inconveniente, pero no es lo mismo hace unos meses cuando la docena costaba 2,10 euros que ahora que la docena —última comprada monta como dirían en la Edad Media, ni más ni menos que 4,60 euros. Eso quiere decir, con una simple división, que van a destinarse a la basura 0,38 euros que no es moco de pavo. Y es que ahora hablamos de euros como si nada, pero para los mayores estamos hablando de más de sesenta de las antiguas pesetas. ¡Casi !

Así que… ¡a tener mucho más cuidado en el transporte!, para no tener que recuperar aquel dicho parlamentario de ¡manda huevos! Pero, por cierto, y como comentario curioso, uebos se puede escribir sin hache y con be, aunque el significado es diferente, aunque ya anuncia el diccionario que está en desuso, que se trata de un arcaísmo: «Necesidad, cosa necesaria». La pregunta es… ¿Qué dijo Trillo? ¿Manda huevos? o ¿manda uebos? Y ya mucho más irreverente… ¡Manda cojones!, que me lleva a referenciar aquí un vieja entrada de febrero de 2011 con ese título que se puede leer en este enlace.