Tenía varios temas para tratar en este encuentro semanal con el blog, pero se me ha colado este y no me puedo resistir. Ya hay varios comentarios sobre este asunto a lo largo de los muchos años de este blog, pero la cuestión sigue vigente y de qué manera.
Tras el verano estoy incrementando mi actividad física, que es tan o más fundamental que la cerebral, pues ya se sabe aquello de mens sana in corpore sano. De poco sirve tener, intentar tener, el magín bien amueblado si el cuerpo no responde. Debido a limitaciones físicas por mis muy maltrechas rodillas, no todos los deportes —dejémoslo en ejercicios físicos— son adecuados.
Un buen amigo, Luis, me habló de los beneficiosos efectos, para todo el cuerpo, que tiene la actividad conocida como «marcha nórdica». Tras tres clases con profesora que me instruye en el equipo y las técnicas, puedo comprobar que no es lo mismo que simplemente andar.
Como resultado del esfuerzo, una antigua lesión en la tendinitis de la fascia, de la que ya hablé hace años en mis tres entradas referidas a mi participación en la Maratón de Nueva York, ha hecho su aparición. Tímidamente, pero se nota, se siente, está presente. Antes de pasar por el fisio y si la cosa no va a más, se impone auto masajearme antes y después del ejercicio con una crema recuperadora.
Hay muchas cremas que he utilizado a lo largo de mi vida. Todas en mayor o menor medida recurren a ese compuesto llamado árnica que nos suena a todos, sobre todo a los ya entrados en años. He estado revoloteando por ahí, por la red, y me he decidido a probar una nuevo sin muchas expectativas: Physiorelax.
Ya sabemos todos por experiencia que estos productos, llamados de parafarmacia porque no son considerados estrictamente medicamentos, tienen unos precios como para echarse a llorar. Entro en la farmacia con las manos en alto, dispuesto a dejarme atracar, la manceba coge el producto de una estantería, lo acerca a la pistola lectora de la caja registradora y pronuncia su sentencia: doce euros con noventa y nueve céntimos. Trece, vamos, aunque no lo parezca por ese céntimo que detraen para engañar a nuestras entendederas.
¡Caramba con la cremita! 75 ml. Que suponen un coste de 173,20 euros el litro. No se me ocurren en este momento comparaciones con otros líquidos, pero algo más de 173 euros por litro es un precio cercano a lo estratosférico. Ya puede ser milagrosa la cremita de marras. Como todos los productos en la actualidad, el envase no lleva referencia alguna al precio, con lo que te quedas en manos del ordenador de la tienda o farmacia que te cobra lo que sea.
Lo ideal sería ir a otras tiendas u otras farmacias a comprarlo a ver si los ordenadores están de acuerdo y te cobran lo mismo, en lo que no confío ni me quiero gastar más dinero en constatar. Al llegar a casa no puedo resistir la tentación de mirar el precio en otros sitios, fundamentalmente en la red. La sorpresa es mayúscula.
Vea la imagen que encabeza esta entrada. Aunque no pone el comercio es fácil de identificar por la estructura. ¿El precio? ¡8,45 euros! Un poco de ejercicio matemático nos dice que en la farmacia nos han clavado un 53,7% más. Como vemos en la imagen, que lo pone, el precio por litro se queda en 112,67, sensiblemente inferior a esos 173 que ha costado en la farmacia.
Pero todo en el mundo informático es dinámico. Si voy unos días después a consultar en esa misma tienda, el precio ha variado un poco: ya no son 8,45 euros y ha subido a 8,89 euretes.
Como se suele decir ahora, estamos en manos de los algoritmos que toman nota de todo y «saben» si has consultado un producto, si lo has puesto y quitado en tu cesta de compra, si eres buen o mal cliente, e incluso como estás anímicamente ese día por mil parámetros desconocidos. Un mundo virtual y dinámico que nos engulle. Antaño, ibas a la tienda y en la caja del producto el tendero había pegado una etiqueta con el precio. Pero claro, eso no da juego a variar los precios porque para subirlos había que quitar la etiqueta y/o poner otra encima. Y se notaba.
Y ya que salido a colación el tema de la marcha nórdica, comentar una curiosidad que, al menos a mí, me ha sorprendido. La ropa y el calzado son los corrientes que llevaríamos a actividades de marcha o senderismo. Pero los bastones…

















