Mi padre falleció en 2010, a sus 88 años de edad. No pudo, no supo y no quiso entrar en los por aquella época casi incipientes mundos de internet y de las nuevas tecnologías. Tenía todo apuntado de forma manual. En una caja de madera guardaba sus cosas importantes y una nota sujeta con celo en la parte inferior, por fuera, con un escueto mensaje escrito: «Para cuando yo falte». Como era muy previsor, nos dejó escritas todas las consideraciones a tener en cuenta cuando ocurriera su fallecimiento.
Es verdad que eran muy pocas. La cuenta bancaria, los recibos de suministros de la casa —luz, agua, teléfono— su situación de cofrade de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y una suscripción a una revista mensual de los Misioneros Combonianos. Aunque en su día tuvo otras, como la suscripción al Servicio Filatélico de Correos, ya las había cancelado. Se me olvidaba, el nombre, dirección y teléfono de un habilitado —pocas personas conocerán esto hoy en día— que le llevaba todas las cuentas de su pensión, mutualidad y relaciones con Muface y Seguridad Social como funcionario que había sido del Cuerpo de Correos. Ocuparse de ello fue relativamente fácil.
A principios de este siglo XX empezaron los ordenadores a proliferar en las empresas. Recuerdo una vez tener que ir de urgencia a un dentista cerca de mi trabajo, lejos de mi lugar de residencia, y me obligaron, para «poderme atender», a facilitar todos mis datos personales, teléfono, correo, DNI, etc. etc. Desconozco si 20 años después seguirá existiendo ese dentista y si mis datos seguirán allí durmiendo el sueño de los justos. Desde entonces y para estos casos, me fabriqué una colección de datos inservibles pero verosímiles para facilitar en casos en los que yo no estuviera interesado en que los tuvieran. Todavía aún hoy los sigo utilizando cuando surge la ocasión.
La carta que puede verse en la cabecera de este escrito aparece machaconamente encima de los buzones de correos de mi portal. Elena no vive aquí desde hace al menos veinte años y, aunque no podría asegurarlo, creo que ha fallecido. Yo no sé si sus hijos o descendientes tendrían instrucciones de ocuparse de sus asuntos. Yo puedo decir que en varias ocasiones —ya me he hartado— he llevado el sobre a Correos indicando en el reverso la causa de la devolución como desconocido, rehusado, fallecido… Da igual. Alguien no hace su trabajo, bien sea Correos que «archiva» la carta sin devolverla al remitente o el remitente que no actualiza su base de datos. Las cartas siguen llegando… Ahora el que las archiva soy yo cuando las veo. Espero que Elena me perdone.
Este asunto es repetitivo. A continuación, otro caso parecido
Carta dirigida a Ashley, que vivió alquilada durante un año, hace por lo menos ocho. Encima se trata de una «important tax return document enclosed», es decir, un documento adjunto importante de declaración de impuestos remitido desde EE.UU. Ella y su marido estuvieron destinados un año aquí, se relacionaron poco con los vecinos y se marcharon sin dejar instrucciones ni forma alguna de contacto. ¿Qué hacemos con este tipo de cartas? ¿Dejarlas encima de los buzones sine die?
Como el lector podrá suponer, esto no es único. Aunque los servicios postales se han reducido enormemente, siguen llegando cosas. Otra más, ya la última, dejada de forma manual por un teórico servicio de reparto oficial del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de la localidad
Sin dirección, solo un nombre escrito a mano y desconocido en este portal. Habría que saber quién ha decidido que este señor vive aquí. Como es un «documento» oficial, se van acumulando varios con el paso del tiempo y ahí siguen…
Todo esto viene a colación de como funcionaría esto en los momentos actuales. Si lo pienso por mí mismo y tratara, como mi padre, de dejar instrucciones para el momento de mi óbito, tendría que escribir unas cuantas Biblias. Por mencionar y no de manera pormenorizada algunos… Los recibos de suministro de la casa no son tres o cuatro; a los clásicos de agua, luz, gas y telefonía hay que añadir aditamentos electrónicos diversos como cuentas bancarias, planes de pensiones, Seguridad Social, seguros, empresas (Amazon, El Corte Inglés, Aena…), sitios oficiales (DGT, Consorcio de Transportes, Renfe…), impuestos municipales, entidades culturales (Patrimonio Nacional, Biblioteca Nacional, Archivo Histórico Nacional, Museo del Prado…), fundaciones (Mutua Madrileña Automovilista, Rafael del Pino, Ramón Areces…), cofradías o asociaciones, ONG's, universidades, medios, participación en crowfoundings em curso, clases de música o escritura, gimnasio, garaje alquilado en otro bloque… Y si seguimos añadiendo, APP's diversas para el ordenador con renovaciones anuales y no entremos ya en correos electrónicos para recabar información en diferentes empresas que seguirán llegando a las (varias) cuentas de correo electrónico si no se informa del óbito. ¿Redes sociales... WhatsApp, YouTube, Instagram, X, Bluesky, Linkedlin, Wikiloc…?
Hay algunas guías en internet, muy generales y orientativas, sobre el tema. Pero es un asunto muy personal, cada uno debe hacer la suya, si tiene ganas. Lo primero sería abordar temas de seguridad, dinero y servicios esenciales que afecten a otros familiares o allegados. Los seguros, suscripciones —¿tenemos contratado almacenamiento en «nubes»?— y aplicaciones seguirán cobrando o tratando de hacerlo en una cuenta bancaria que por el hecho del fallecimiento debe quedar bloqueada y/o cancelada hasta que se resuelva en testamentaría.
La huella digital de las personas hoy en día es descomunal, un verdadero y enorme rompecabezas. ¿Ha puesto Vd. en un buscador su nombre completo entre comillas? Para asustarse. ¿Se pueden planificar y preparar formas de actuación para todo lo relacionado con una persona cuando falte? Aunque en alguna ocasión lo he intentado con mis familiares, es tarea imposible. Como se decía antaño… ¡Qué sea lo que Dios quiera!











