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domingo, 31 de marzo de 2024

PARADORES

Allá por los inicios de los años 80 del siglo pasado una de mis aficiones favoritas era la fotografía, en blanco y negro aclaro. Disponía en casa de un pequeño laboratorio propio donde pasaba horas y horas revelando carretes y positivando fotografías. Dentro del mundillo, varios amigos teníamos contactos y nos reuníamos para enseñarnos nuestras fotos y hablar de fotografía.

Una de las actividades era reunirnos en la casa que Juan Antonio Sáez tenía en Collado Villalba. A estas reuniones acudía un buen amigo suyo, casi desconocido por entonces, Rafael Sanz Lobato, que luego tuvo un nombre en el mundo de la fotografía llegando a ser Premio Nacional de Fotografía del Ministerio de Cultura en 2011. Lamentablemente, Juan Antonio falleció en un accidente mientras practicaba piragüismo en el pantano de Valmayor y con ello se acabaron aquellas reuniones y el contacto con Rafael.

Rafael Sanz Lobato nos contaba historias de su constante deambular por España a la caza de imágenes. Entre otros asuntos, siempre demostró una gran pasión por su primera visita —en 1970— a Bercianos de Aliste, un pueblo perdido en las profundidades de Zamora a algo más de 50 kilómetros de la capital. Él hizo internacional la Semana Santa alistana: «Bercianos cambió mi vida», repetía con frecuencia, mientras nos mostraba impactantes fotografías de la Semana Santa del pueblo, especialmente de la procesión del Viernes Santo. Una procesión especial en la que, a una hora determinada, los habitantes salían de sus casas vestidos con las túnicas blancas que llegada la hora de su muerte les servirán de mortaja. Como un río humano, iban a la Iglesia para representar en procesión el entierro de Cristo camino del Calvario. De hecho y como prueba del amor correspondido de Rafa por esta localidad, sus cenizas descansan en el museo de la Pasión de esta localidad

Había estado en los eventos de la Semana Santa en muchos lugares de España: Sevilla, Murcia, Valladolid… Bercianos de Aliste estaba a casi 300 kilómetros de mi domicilio, lo que suponía un viaje de casi cuatro horas en aquellos tiempos de coches y carreteras muy distintas a las de hogaño. Pero… no hay nada cómo tener un aliciente para echarse hacia adelante. Madrugamos un Viernes Santo de aquellos años de principios de los 80 y nos dirigimos a Bercianos de Aliste, planteando un viaje de ida y vuelta en el día solo para ver la procesión. Si mis recuerdos no me traicionan y algunas fotografías estarán en mi archivo, la procesión tuvo lugar por la mañana. Tras ella regresamos a Zamora capital con la intención de comer en el Parador Nacional antes de seguir viaje de vuelta a casa.

Un suceso curioso nos ocurrió en el Parador ubicado en lo que en otros tiempos fue el palacio de los condes de Alba y Aliste, construido en el siglo XV. Antes de entrar al comedor y sabiendo de antemano la respuesta, me acerqué a la recepción a preguntar si por algún casual o renuncia de última hora disponían de alguna habitación libre para esa noche. La recepcionista, con una enorme sonrisa, me respondió que no, que estaba todo lleno desde varios meses antes de que llegara la Semana Santa. Mencioné que íbamos a comer en el restaurante.

Mientras degustábamos una espléndida comida con tintes locales, se acercó a nuestra mesa la recepcionista con la que habíamos hablado y nos dijo que al finalizar pasáramos un momento por la recepción para hablar con nosotros. La intriga estaba en el aire ¿habría alguna sugerencia sobre el tema del alojamiento? Nuestra intención inicial era volver a casa, pero la Semana Santa de Zamora, castellana, también tenía su aliciente.

Personados en la recepción, nos dijo que disponían y podían ofrecernos una habitación especial, tipo «suite». Pensando que el precio sería elevadísimo para mi economía, rechacé la oferta aludiendo a este extremo a lo que me comentó que el precio por «esa suite» sería el de una habitación normal. Por supuesto que nos quedamos alojados disfrutando de una habitación de ensueño, enorme, con todo tipo de comodidades entre las que se contaba una muy especial: estaba situada en un ala del palacio con un enorme balcón a una de las calles principales de Zamora por la que transcurría la procesión de esa tarde.

Pudimos deleitarnos con la procesión zamorana de la tarde del Viernes Santo desde nuestra atalaya, sentados cómodamente. Si yo hubiera estado abajo hubiera pensado quién sería aquella pareja instalada en una de las mejores habitaciones del Parador Nacional. Al final pudimos visitar Zamora el sábado por la mañana y tras comer de nuevo en el Parador regresamos a casa.

Ese suceso referido no ha sido único, aunque estas cosas no se deben contar por aquello de que no se prodiguen. En 2001 íbamos a pasar unos días, fin de semana alargado, en Mérida, Badajoz. No pudimos reservar habitación en el parador por estar completo y lo hicimos en un hotel algo alejado del centro. Antes de personarnos en nuestro hotel, pasamos a comer al Parador y… ¿mira tú que si funciona? Repetimos la operación de pasar por la recepción y preguntar.

Como si fuera una repetición de la jugada sucedió lo mismo que veinte años antes en Zamora. Nos ofrecieron la «suite» a precio normal. Antes de aceptar la oferta, dije que teníamos una reserva en otro hotel de la ciudad. El recepcionista cogió el teléfono y, de memoria, marcó el número del hotel mencionado para que pudiéramos anular nuestra reserva. Dice el refrán que «no hay dos sin tres»...



domingo, 24 de marzo de 2024

CD

Los que ya vamos cargando con algunos años en nuestras espaldas, hemos visto en estos últimos y acelerados tiempos aparecer y (casi) desaparecer archiperres por el vertiginoso desarrollo de las tecnologías. Hay varios de estos casos, pero como se puede deducir de la imagen que preside esta entrada me quiero hoy referir al CD —Compact Disc o Disco Compacto—. No trasteo mucho con ellos, pero el último que ha aparecido en mi vida me ha supuesto una avería informática en mi ordenador de las gordas.

Ataño todo el mundo andaba a la pelea con los platos tocadiscos, aquellos platos giratorios en los que colocábamos nuestros discos de vinilo —sencillos o LP’s—. Estos discos eran delicados, frágiles y no precisamente eternos: había que disponer en el giradiscos de un buen brazo con peso muy equilibrado de forma que la aguja lectora del cabezal que recorría los surcos los estropeara lo menos posible. Guardo en algún sitio de mi trastero una docena de aquellos discos, de forma testimonial porque lo único que puedo hacer con ellos en mirarlos y toquetearlos para recordar sensaciones pasadas. Creo que ha vuelto la afición por este tipo de discos de vinilo.

A principios de los años ochenta del siglo pasado, si mis recuerdos no me traicionan, empezó a aparecer en el mercado una alternativa, mucho más segura y sin prácticamente desgaste: los CD’s. Se acabaron los platos, brazos y agujas y solo se trataba de poner el CD en la bandeja o introducirlo por la ranura. El lector se ocupaba de todo y el desgaste era prácticamente nulo. En los primeros momentos los melómanos más exquisitos decían que había diferencia, que no se conseguían sonidos tan puros como con los anteriores vinilos. Yo, que para esto de la música tengo orejas en lugar de oídos, no notaba diferencia y la comodidad se imponía.

Empezaron a quedar relegados los vinilos al ser sustituidos por los polimetilmetacrilatos que además tenían la ventaja de ocupar mucho menos espacio en las estanterías. Una música por la que ya habíamos pagado y que volvíamos a adquirir de nuevo por aquello del cambio del continente: mismo contenido, distinto continente. Con el tiempo, los CD’s no solo eran musicales, sino que el mundo de los ordenadores y la digitalización de contenidos empezaron a utilizarlos para guardar datos, programas, películas y, entre otras cosas, enciclopedias —nunca olvidaré los muchos y placenteros momentos pasados con la ENCARTA—. Su espacio empezaba a ser muy limitado y fue entonces cuando aparecieron los DVD’s en los que «entraban» al principio algo más de seis CD’s. Luego hubo otros formatos. Pero sigamos con el CD.

En los primeros momentos, el formato musical en el CD’s era «WAV», un formato sin compresión. Pero pronto apareció el formato «MP3» un formato comprimido que se ha hecho hueco en el mercado y ya es admitido por prácticamente todos los reproductores, teléfonos móviles incluídos. Hay varios niveles de compresión y según ellos la calidad se verá afectada, pero si no somos cicateros podremos tener una calidad aceptable en muy poco espacio. Con ello, hace ya muchos años acometí la tarea de digitalizar todos los CD’s que a lo largo de los años se habían acumulado en mis estanterías, guardarlos en el disco duro conectado al amplificador y con ello no solo ahorrar espacio sino la comodidad que supone seleccionar desde el sofá cualquier CD’s en una pantalla y comenzar a disfrutar de su escucha. Los discos originales andarán en una caja por el trastero, así como el reproductor que hace ya muchos años que no utilizo.

Muy contados CD’s aparecen ya en mi vida, ya que lo que adquiero lo hago en digital. Pero todavía alguno, musical, anda por ahí. Esta semana, en una charla sobre notación musical, el ponente nos regaló uno a los asistentes con una misa cantada en gregoriano del siglo XVI. Se imponía, como con todos los anteriores, digitalizarlo para incorporarlo al repositorio en el disco duro y el propio CD físico regalarlo o llevarlo al trastero junto con los demás.

La primera en la frente: seis ordenadores en casa entre los fijos y portátiles y ninguno de ellos tiene ya lector de CD-DVD. No es muy caro el aparatito, pero hubo que ir a la tienda a comprar un lector portátil conectable al ordenador vía USB. Solventado este problema de hardware vino el de software que ya fue morrocotudo y del que todavía no he salido totalmente.

«Ripear», españolización del término en inglés «rip», es el proceso de copiar o convertir la información de un soporte multimedia (como un CD, DVD, HD DVD o Blu-ray) a otro soporte de datos digital como un disco. En mi caso se trataba de extraer el contenido del CD musical a ficheros en formato «MP3». Para ello hace falta un programa en el ordenador que realice la operación.

En 2010 se utilizaban los CD’s y DVD’s con profusión para música, datos, películas, fotos, etc. etc. En aquel año yo compré un programa maravilloso llamado ROXÍO, que he venido utilizando sin actualizar hasta esta semana en que me armó una que para qué. Tengo en mi ordenador desde hace un par de meses la última versión del «ventanas», la 11. Instalo el ROXÍO sin aparentemente ningún problema y cuando me pide que reinicie el ordenador… que si quieres arroz Catalina, el ordenador que no arranca de ninguna manera ni forma. Algo en ese programa ROXÍO de 2010 que ha estado funcionando en todos los Windows hasta el 10 incluido, al Windows 11, como diría un castizo, me lo ha matao. Nunca podría suponer que pasara esto; lo suyo es que no se hubiera podido instalar dada su antigüedad o que incluso instalado no hubiera funcionado adecuadamente, pero que me despotorrase el PC dejándolo inoperativo… Me voy apañando con el portátil mientras parto de cero en el fijo y teniendo en cuenta el haber borrado el ROXÍO para siempre. Buscaré uno de los muchos gratuitos y libres para ripear el CD con los cantos gregorianos que hasta el momento no he podido escuchar.

Semana Santa que comienza para mí de «Pasión», teniendo que recuperar desde cero un PC que había puesto en marcha hace unos meses, diciembre de 2023, y que ya fue un «Calvario» como relaté en la entrada «TRASPASO». A repetir la «Penitencia» tocan.



domingo, 17 de marzo de 2024

«WASAGRU»

No quiero levantar polémica con los lectores de este blog, algunos de ellos fieles seguidores y muy amigos, pero no puedo por menos de hacerme eco, eco personal, de este asunto al que soy (muy) alérgico. Como habrá supuesto el lector avezado, por el título y la imagen, se trata de los grupos de esa conocida aplicación de mensajería instantánea que no falta en nuestros teléfonos móviles.

Hace ya diez años empezaba mis pasos en esta archiconocida aplicación utilizada a diario por millones de personas, lo que reflejé en noviembre de 2014 en la entrada «WASAPS» de este blog con algunas consideraciones.

Como digo, tengo alergia declarada a los grupos de wasap: me parece que son cuando menos peligrosos y capaces de alterar nuestras emociones. No es lo mismo una conversación directa persona a persona en la que puedes controlar tus mensajes y los suyos, que poner el altavoz en un grupo, más o menos numeroso, donde las reacciones pueden ser muy dispares según las personas: el mensaje es idéntico para todos, pero las reacciones al mismo…

Los he contado, ahora mismo, y estoy encuadrado en ocho grupos, ninguno de los cuales he creado yo. Me he salido de muchos en los que me han incluido y confieso que de alguno de estos ocho he tenido la tentación, aunque no lo haya hecho… por el momento. Evidentemente los tengo silenciados, de forma que no me molesten con pitiditos, avisos y sobresaltos y pueda revisar sus mensajes en ciertos momentos del día. Si alguien quiere algo o es importante, que me lo diga, mejor en vivo y en directo, persona a persona. De los ocho grupos, dos son familiares, dos son educacionales, tres son por pertenencia a asociaciones y uno que ya es residual por motivo de un viaje realizado hace ya más de año y medio, que no se cierra, pero tampoco se mueve.

Estar constantemente «conectados» a través de emails, textos y redes sociales es una garantía para experimentar ansiedad y generar distracciones y sobresaltos en nuestra vida personal o laboral. Hay por ahí informaciones que preconizan el poner el teléfono en modo avión durante varios periodos al día para desconectar del mismo. Los mensajes, avisos o llamadas que llegan al teléfono, algunas de forma insistente, no respetan tus actividades: imaginemos un profesor que está dando su clase y consecuentemente no puede atender el teléfono, aunque ya he visto, con demasiada frecuencia en esta misma situación como los alumnos descuelgan y se marchan de la clase atendiendo la llamada, que supongo que debe ser muy importante, más que la clase, e ineludible: ¿falta de respeto al profesor o resto de compañeros? Habrá opiniones para todos los gustos.

¿Tenemos que estar permanentemente disponibles? ¿Cómo era antes cuando no había teléfonos móviles? En los inicios de los años setenta del siglo pasado no había teléfono en la casa de mis padres. En todo el barrio solo había un teléfono fijo: el de la carbonería de Félix. Cuando familiares de Madrid o Toledo tenían algún aviso, generalmente alguna desgracia, llamaban al teléfono de la carbonería, y el pobre de Félix o alguno de sus empleados salía corriendo, se colocaba debajo de la ventana de mi casa y… ¡Avelinaaaaaaaa… al teléfono! Mi madre dejaba todo lo que estuviera haciendo al cuidado de mi abuela y salía como alma que lleva el diablo en bata y zapatillas corriendo a la carbonería a ver qué ocurría. Son escenas impensables hoy en día pero que eran frecuentes en aquella España de los años 60 o 70 del siglo pasado.

Al final, el teléfono acabó llegando a casa justo cuando yo cumplía los dieciocho años y por imposición. Comencé a trabajar en una oficina de Madrid —con nocturnidad y guardias— en la que me pidieron el teléfono para poderme llamar a cualquier hora del día o de la noche, laborables o festivos, y claro, no era cuestión facilitar el teléfono de la carbonería. Aunque las incidencias eran pocas, alguna había y algún timbrazo a altas horas de la madrugada se produjo.

Ahora, ante la más mínima situación, se tira de teléfono móvil y se llama muchas veces sin considerar si el interlocutor buscado estará disponible según sus obligaciones personales y laborales. Y esto es válido para empresas y vendedores que lo intentan una y otra vez de forma inmisericorde. Yo procuro tener el teléfono en silencio cuando estoy en alguna actividad de forma que si veo una llamada la rechazo y si puedo pongo un mensaje diciendo que no puedo atenderla, que estoy en clase o en una reunión y que llamaré yo al finalizarla. Pero no siempre es posible hacerlo, con lo que el llamante tendrá que esperar. ¿Cómo de estrictos somos en estos casos?

El problema de los grupos de wasap surge cuando los integrantes no tienen claro, muy claro, extremadamente claro, la finalidad del grupo. Como ya es sabido, en reuniones no se debe de hablar de ciertas cuestiones —política, religión…— so pena de acabar como el Rosario de la Aurora. Pues esto mismo debe observarse en los grupos de wasap que no dejan de ser reuniones virtuales. En un grupo de alumnos de la clase de dulzaina no se pueden poner mensajes comerciales, por ejemplo, y deben quedar reservados para comunicaciones del profesor o de algún alumno con respecto, estrictamente, a cuestiones relacionadas con las clases o las actividades musicales. Pero no siempre lo tenemos claro: ¿Qué opinamos de las felicitaciones de cumpleaños por grupos? ¿Tenemos que felicitar todos y cada uno? ¿El que no felicita… queda señalado?

Los grupos virtuales pueden generar lazos estrechos entre familiares, amigos o compañeros, pero también pueden ser el origen de fuertes discusiones por temas que no deberían haberse tratado en el grupo y que no tienen nada que ver con la esencia del mismo. No hacen falta ejemplos, todos los hemos sufrido en mayor o menor medida en relación con la cantidad de grupos en los que estemos inmersos. Y es que es muy difícil ver ciertos mensajes y no contestar con el contrario, aunque sea solo por generar polémica: si tú pones un mensaje incendiario a favor del Betis, yo contesto con otro más subido de tono a favor del Sevilla. Y ya la tenemos montada. Ya apostilló el psicólogo Mark Dombeck que… «Cuando la gente entra en nuestro territorio y son poco respetuosos, tenemos derecho a defendernos». Asertividad y equilibrio emocional, o en su defecto ignorar, siempre que sea posible y no nos saquen de nuestras casillas: ¿Merece la pena librar esta batalla? ¿Es mejor salirse del grupo?

Antes que se me olvide, wasap, wasaps y wasapear, con «w» y no con «gu», son acepciones castellanizadas o españolizadas admitidas en nuestra lengua, según puede verse en esta entrada de la FUNDEU, Fundación del Español Urgente.