Buscar este blog

domingo, 8 de febrero de 2026

LLAMAREMOS

 

Hay cuestiones que se enquistan y va pasando el tiempo sin que, por unas causas u otras, se consigan solucionar. Últimamente, en cuestiones médicas se da esto con mucha, demasiada, frecuencia.

Desde principios del verano pasado de 2025, empecé a notar con frecuencia un entumecimiento de ambas manos. Parecía no tener importancia, pero en algún momento de la noche llegué a tenerme que levantar con sensaciones de dolor. Había que tomarse en serio el asunto y no dejarlo pasar.

Tras el verano acudí a mi médico de cabecera que me diagnosticó una posible afectación conocida como Síndrome del Túnel Carpiano. Con toda lógica, me derivó al traumatólogo que era el especialista encargado de tratar esos síntomas. No voy a relatar la fecha de cita que me dieron en la Seguridad Social y, como tengo la suerte y mi dinero me cuesta, me asomé a la atención privada.

En un par de meses y con las pruebas correspondientes, a finales de noviembre de 2025 me habían confirmado las sospechas de mi médico de cabecera. Había que pasar por el quirófano, dos veces, una para cada mano. Entonces llegó la temida frase: ¡ya le llamaremos! para darle una fecha que será ya en el mes de enero de 2026. Bueno, un par de meses de demora, la cuestión no era urgente, pero uno siempre tiene ganas de quitarse de encima las cosas pendientes cuanto antes.

El estar pendiente de una llamada es un asunto de sumo estrés para mí. En estos casos suelen pedir siempre un teléfono móvil por la supuesta facilidad de localización de la persona en cualquier momento. Los teléfonos fijos de las casas, aquellos que tenían contestador, ya no se estilan y la mayoría de la gente ha prescindido de ellos.

Para empezar, diré que recibo muchas llamadas de las conocidas como spam. Cuando el llamante no está en mi lista de contactos me pongo sobre aviso porque en la mayoría de los casos son llamadas peligrosas o problemáticas que quieren venderte algo cuando no timarte directamente. Mi decisión inicial en un primer momento es no responder e investigar en la red si ese número está declarado como problemático.

¿Desde qué número me van a llamar del hospital para darme la cita de mi operación? Lo más normal es que no esté en mi listado de contactos. Con ello, cuando se está pendiente de una llamada —durante todo el mes de enero— hay que coger todas las llamadas, eso sí, con mucho cuidado.

Pero uno está al cabo de los días en muchas situaciones en las que NO SE PUEDE coger el teléfono para atender una llamada. Puedo estar en clase, en una conferencia, dando una charla o en una zona —hay muchas— sin cobertura. Si es de un conocido se le devuelve la llamada en cuanto sea posible, pero si el número es desconocido… ¿Qué hacer? Devolver la llamada no es una opción o cuando menos hay que pensárselo muy mucho.

Como resultado de todo esto, uno entra en un sinvivir a la espera de la llamada, pensando incluso que si no se la atiende le pueden poner al final de la lista de pendientes. La dependencia del teléfono, para asuntos personales o profesionales, puede llegar a ser enfermiza entrando en un estado de angustia, ansiedad, preocupación constante e intranquilidad extrema. Siempre atento al maldito móvil, siempre con batería suficiente, a nuestro lado estemos donde estemos, con el «manos libres» conectado si vamos en el coche… Muchas veces llega uno a pensar que estos avances tecnológicos traen unas dependencias exageradas que solo son consecuencia de un mal uso.

Otra cuestión añade más ansiedad a este asunto: no te puedes poner tú en contacto con «ellos». No siempre hay un teléfono, un servicio de atención al que llamar o una página web para interesarte acerca de cómo va lo tuyo. ¿Y si, por alguna razón, tienen mal mi número de teléfono? Cuando se facilita de forma verbal no se tiene la garantía que haya sido anotado correctamente: debería realizarse, en ese momento, una llamada de comprobación, cosa que, por lo general, no se hace.

En este caso y me temo que, en muchos otros, la única solución es pedir una cita de nuevo para acudir al médico. Eso hice yo el 15 de enero —no me han llamado a lo largo del mes de enero— obteniendo la primera cita el 5 de febrero. Si me hubieran llamado antes de la cita siempre la hubiera podido anular. Pues no me llamaron.

El médico quedó sorprendido por la situación, deshaciéndose en pedirme disculpas y manifestar que no se lo explicaba. Tomó nota de nuevo, verificó mi teléfono que estaba correcto y…¡otra vez!… ¡Le llamaremos!


 

domingo, 1 de febrero de 2026

INVESTIGADORES

Hay imágenes que se quedan grabadas en la retina de forma indeleble y resisten el paso del tiempo contra viento y marea. Una de ellas es esta. Está tomada hace unos cuantos años, en 2010.

Durante muchos años, unos treinta, formé parte del Grupo Fotográfico Escurialense, ya desaparecido y que tuvo sus comienzos en 1988. Un grupo de aficionados a la fotografía nos dedicamos durante aquellos años a dejar plasmadas primero en negativos y posteriormente en discos duros muchas imágenes circunscritas a la localidad madrileña y española de San Lorenzo del Escorial y la vida de sus gentes. De ello queda constancia en los archivos municipales a los que cedimos nuestros trabajos en el momento de la disolución del Grupo. También en el canal de Youtube pueden contemplarse gran parte de las exposiciones anuales ─insisto en que todas ellas de alcance local─ en el siguiente enlace.

Uno de esos años, 2010, que no figura en la secuencia de Youtube por temas de Copyright y permisos, el tema elegido fue el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. De la mano del padre prior de la Comunidad Agustiniana por aquel entonces, Antonio Iturbe Saiz, recorrimos en varias jornadas la parte conventual y eclesiástica del monasterio descubriendo zonas desconocidas e impactantes, que no se visitaban ─ni se visitan─. Una de las zonas fue la Biblioteca del Monasterio, compuesta de varias salas y salones entre las que está, como no, el imponente Salón Principal que es conocido y visitable por el público. Pero hay otras salas… Acompañados por el citado padre prior y por el padre José Luis del Valle hicimos un recorrido pormenorizado por otras muchas estancias, entre las cuales podemos citar el Salón de Manuscritos, la Sala de Cantorales y… la Sala de Investigadores, que es la que puede contemplarse en la fotografía que encabeza esta entrada.

Han pasado más de quince años desde entonces y el padre José Luis del Valle sigue siendo el alma de una Biblioteca magníficamente conservada, inventariada y con muchos documentos digitalizados y accesibles en su esmerada página web. La Sala de Investigadores continúa hoy en día ─2026─ exactamente igual que antaño. Una conferencia pronunciada por el padre José Luis del Valle nos da una idea general de las riquezas de esta Biblioteca que fundara el Rey Felipe II: puede disfrutarse en este enlace.

A mediados de los años diez del actual siglo XXI, añadí una más a las curiosidades que revolotean en mi sesera: la paleografía, el interés por esas «letras del demonio» que dirían mis amigos y maestros Eduardo Juárez Valero y Diego Navarro Bonilla. De forma autodidacta, realizando cursos MOOC sobre el tema (se pueden encontrar diversos cursos MOOC utilizando en el buscador las palabras «"MOOC Deciphering secrets"» o «"MOOC UC3M Paleografía"»), consultando páginas web, con clases presenciales en la Universidad Carlos III de Madrid y con cursos telemáticos de la Asociación de Amigos del Archivo Histórico Nacional y de la Asociación de Archiveros de Castilla y León fui adquiriendo ciertas (in)competencias paleográficas para defenderme con una cierta dignidad en la transcripción de manuscritos. Con ello podría llegar a cumplir un sueño…

En estos días estoy accediendo como investigador a esa comentada Sala de Investigadores de la Biblioteca del Monasterio. Siguiendo las detalladas instrucciones de la página web se puede solicitar una cita de acceso y los documentos que se quieren consultar. Su muy detallado índice bibliográfico en la página web permite centrar el foco en los documentos deseados. Yo, realmente, no alcanzo a considerarme un «investigador» en el estricto o académico sentido de la palabra, pero la satisfacción de manejar documentos escritos hace más de cuatrocientos años no se puede explicar con palabras.

Se pueden realizar algunas fotografías de los documentos con el teléfono móvil, pero son meros recordatorios porque las condiciones y la iluminación no son idóneas. A continuación, una de las fotografías tomadas

Gracias a la deferencia de los responsables de la biblioteca, en estos días estoy manejando documentos de los años 1562 a 1565. La primera piedra del Monasterio de El Escorial se colocó oficialmente en abril de 1563. Pero desde tiempo antes, la actividad preparatoria era incesante. Es increíble el detalle de los escribanos en plasmar en la documentación todas las transacciones que iban teniendo lugar con un detalle sumo de nombres, lugares, profesiones y cantidades. Los maravedís y sus equivalencias en reales y ducados nos permiten conocer escrituras de compra, el precio de las carretadas de piedra, el valor de las herramientas y carros, el coste de alquilar un prado, los acopios de madera y hasta el precio de los bueyes que por toda la comarca fueron siendo adquiridos para transportar la ingente cantidad de materiales necesarios para «la obra de Su Magestad». Pueblos de la región, cercanos, pero también distantes como Segovia o Talavera de la Reina, aparecen referenciados en varias ocasiones en los apuntes.

En un mismo documento son varios los escrivanos que plasman los asientos, con lo que se pueden apreciar varios tipos de letra: cortesana, procesal, procesal encadenada, humanística… que no dejan de ser un reto para un neófito. Poco a poco me voy haciendo a ellas, aunque algunas palabras no hay manera de hincarlas el diente. ¿Abreviaturas? ¿En desuso actualmente? Las voy coleccionando en imágenes para algún día consultar libros y manuales o acabar dando la lata a quién sabe.


 

domingo, 25 de enero de 2026

ANTELACIÓN


¿Cómo es nuestra relación (personal) con el tiempo? No me refiero al tiempo atmosférico, sino al que marcan los relojes, ese que el diccionario define como «Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo».

¿Llegamos justos a nuestras citas? ¿Andamos siempre a la carrera para llegar a tiempo? ¿Nos gusta acudir con (suficiente) antelación? ¿Cuánta antelación? ¿Es ser puntual una virtud y una muestra de respeto? Las respuestas variarán según las personas y las situaciones.

Hace ya muchos años, en 2007, inauguré (casi) este blog con la entrada «PUNTUALIDAD» accesible en este enlace. Mencionaré que he aprovechado para una relectura con adaptación a las nuevas condiciones de los blogs impuestas por Google hace unos años y arreglar algunas erratas, que siempre se cuelan. En esta entrada mencionada, se cuentan algunas consideraciones acerca de como enfoco yo este asunto de la puntualidad.

El volver sobre el tema es debido a que el ser puntual tiene algunos inconvenientes, especialmente si se llega con antelación. Veamos. Hoy en día, casi todas nuestras actividades requieren concertar una cita previa. La cita, ya te lo aclaran siempre, es meramente orientativa, vamos, que no te garantizan nada en función de cómo se vayan desarrollando los acontecimientos.

Cuando no tengo una especial prisa con acudir a una cita, me prevengo de alguna manera en las demoras tratando de elegir un día cuya primera cita esté disponible. Si la persona con la que vamos a interaccionar es puntual —no siempre comienzan a la hora— nos garantizamos una atención sin mucha dilación. Como ejemplo diré que he llegado a ser atendido por mi médico de cabecera en alguna ocasión hasta una hora o más después de la fijada.

La imagen que encabeza esta entrada corresponde a una Clínica Dental. En ella, la primera cita del día es a las nueve de la mañana. La foto está tomada a las nueve menos cuarto. Se aprecia que hay personas en el interior y de hecho van llegando dentistas y auxiliares que tienen que hacer un contorneo para poder entrar. Supongo que es la única entrada. El ser puntual y llegar con antelación es la manera que tengo de asegurarme que a la hora fijada estaré allí. Pero eso conlleva una penitencia: esperar en la calle, de pie, lo que puede ser poco agradable si la temperatura se acerca a cero grados como ocurría ese día concreto. Tengo que decir que esta penitencia no solo me ocurre en esa clínica. Citado a las diez en una tienda para hacer una gestión, el dependiente apareció a las diez y diecisiete, mientras estaba medio nevando y con un frío de aúpa. Se disculpó, bien, pero el frío y el malestar no me lo quitó nadie.

Y ya que estamos, aprovecho para comentar otra situación parecida y que ya es sin cita y a cualquier hora del día. Se trata de algunas estaciones autobús e incluso las paradas en plena calle. Una de las estaciones de autobús que frecuento no tiene instalación cerrada, con lo que hay que esperar al autobús al aire libre. Hay un tejadillo que evita la lluvia, pero el frío y el viento campan por allí a su libre albedrío. El asunto es que está aparcado el autobús en una de las dársenas, con su conductor dentro y las puertas cerradas, incluso sin colocar en sus paneles el destino. Los viajeros esperando fuera en plena calle, mirando sus relojes viendo que se acerca la hora y… nada. He visto en muchas ocasiones abrir las puertas en los últimos cinco minutos e incluso en alguna ocasión a tan solo dos minutos de la hora de salida.

Digo yo que, dado que no hay un espacio cerrado donde esperar, al menos podrían tener la deferencia de abrir las puertas del autobús para que los viajeros esperaran sentados en su interior a la hora de salida. Pero se ve que no están por la labor.

La psicología saca punta a todo. En alguna corriente se menciona que la «obsesión por gestionar el tiempo perfectamente y el deseo de aprovechar cada minuto de manera eficiente reflejan una dificultad para aceptar las limitaciones inherentes a la existencia humana». Es como decir que el grupo de personas, en el que me puedo sentir incluido, son competitivas, organizadas e impacientes, como si esto fuera algo negativo o cuando menos despectivo.

Me gusta llegar a la hora convenida porque no puedo con la impuntualidad y no quiero causar una mala impresión. Siempre puede haber causas de fuerza mayor, pero hay a algunas personas que esas «causas» les sobrevienen con mucha frecuencia. La ansiedad y la tensión de llegar tarde a los sitios no van conmigo. Si el psicólogo de turno lo considera patológico… ¡qué le vamos a hacer!

Gestionar el tiempo puede ser todo un arte a la vez que un foco de ansiedad. Yo no le he leído, pero tiene buenos comentarios el libro de Oliver Burkeman titulado «Cuatro mil semanas. Gestión del tiempo para mortales». Por cierto, el autor es psicólogo.


 



 

domingo, 18 de enero de 2026

MALGASTO

Del asunto que traigo hoy a colación saben mucho nuestros representantes políticos, además de otros mandamases en donde quiera que se encuentren. La frase descriptiva es «tirar con pólvora de rey». Como curiosidad diré que la frase se cree tuvo su origen en los Tercios Españoles en los que cada soldado debía pagar la pólvora de su bolsillo, lo que significaba automáticamente el condurarla. Cuando la pólvora la pagaba el rey… «ancha es Castilla». Imagino que todo el mundo sabe su significado —aplicada en estos tiempos actuales, especialmente en los ámbitos políticos—: gastar alegremente los dineretes que no son suyos, especialmente en asuntos de dudosa utilidad para la ciudadanía.

Hace muchos años, unos veinte, a un amigo le cayó en suerte el nombramiento de presidente de su comunidad. Él, y casi todos los vecinos, estaban ya bastante entrados en edad y la casa tenía sus entretelas pues era un enorme bloque de pisos de Madrid, diez u once. Menos mal que él solo se encargó de su portal y aunque participaba en la mancomunidad de varios portales, había otro presidente general. Peleó con denuedo en numerosos frentes, consiguiendo algunos como cambiar la caldera central de carbón por una de gas, con lo que se quitó de en medio aquellos episodios de descargar los camiones en la acera y meterlos por un ventanuco a un sótano donde estaba la caldera. El gas ciudad era más limpio, quizá también más costoso, pero mucho más fácil de gestionar.

Una de las cuestiones que más le costó, pero que consiguió al final, fue el asunto del alumbrado de la escalera. Él pensaba, con acierto, que era un gasto innecesario el que, al llegar un vecino al portal y pulsar el interruptor, se encendieran todas las luces tanto del portal como de todos los descansillos de los pisos. Además, por la distribución de los interruptores en los descansillos, había que mantener la luz encendida para permitir al vecino tomar el ascensor y darle tiempo a llegar a su piso. Echen cuentas si era el vecino del décimo.

En aquella época era una novedad la utilización incipiente de los sensores de movimiento que hoy en día están tan generalizados. Sé de algunas personas que los utilizan en el interior de sus casas en zonas de paso para evitar tener que pulsar el interruptor parea encender y apagar. Todo automático. Comodidad.

Yo tuve esta lucha, infructuosa en mi comunidad durante muchos años. Son «solo» seis pisos… Al final, hace unos años, se convencieron los suficientes vecinos, al menos en mi portal, para instalar los detectores de movimiento. Cuando entras al portal y ya hay poca luz por estar atardeciendo o anochecido, se encienden solo los fluorescentes del portal. Cuando sales del ascensor en tu piso se encienden los de ese descansillo. Si subes o bajas andando por las escaleras, una buena manera de hacer ejercicio y mantenerse, se van encendiendo y apagando de forma automática según vas pasando por ellos.

Pero hay de todo en la viña del señor. Cada uno dentro de su casa hace o deshace lo que quiere, pero… ¿en las zonas comunitarias?

Hace años, por un tema de seguridad para caso de problemas en los ascensores, la Comunidad de Madrid obligó por ley a dotarlos de una línea telefónica, lo que supuso un dispendio para hacer llegar los cables telefónicos a cada ascensor (no estaba previsto) además de la cuota mensual a abonar a la compañía telefónica. Desconozco el número de veces que algún vecino se ha quedado encerrado y ha tenido que utilizar el servicio. Antes se hacía sonar un timbre con bastante estruendo y algún vecino que lo oía llamaba a la compañía de ascensores.

Aparte de comentar la imagen que encabeza esta entrada, vean la siguiente imagen...

...que corresponde al techo del ascensor. Sí, ¡siempre encendido!, las veinticuatro horas del día y siete días a la semana, se esté usando o esté parado ¿Qué tal un sensor de movimiento para encender y apagar? No debe costar…

Pero ya, para remate de fiesta, hace poco la compañía, en este caso OTIS, ha cambiado el viejo sistema de informar con un número el piso en el que estabas o ibas pasando y lo ha sustituido —ver imagen de cabecera— por una tableta que se tira las veinticuatro horas del día con una musiquita de ambiente y ofreciendo noticias de actualidad, me imagino que utilizando esa conexión telefónica que se puso para otro menester, pero ya que está, a machacar al usuario. Yo no la miro, pero la musiquita me fastidia sobremanera, no por ella en sí, sino por lo que supone de un gasto innecesario por el que no se preocupa nadie.

Por lo menos, en los garajes de mi comunidad si se consiguió que se iluminaran al utilizar el mando a distancia para manejar la apertura y cierre de puertas o con pulsadores manuales temporizados. Pero en el garaje de la comunidad donde vive un hijo mío, dos plantas de garaje enormes, con unas cuarenta plazas cada una, decenas de fluorescentes permanecen encendidos las veinticuatro horas.

Uno ya se cansa de luchar contra los elementos, dicho sin ofender y sin referirme a mis convecinos, Dios me libre. Dentro de mi casa ya luché y sigo luchando con desenchufar todo lo que no es necesario. Para aquellos interesados, remito a la entrada «DESENCHUFAR» de abril de 2022 accesible en este enlace. Ahí se cuenta lo que nos puede subir la factura de la luz por no preocuparnos y ocuparnos del asunto de los pilotos encendidos en aparatos como televisiones, regletas u otros que no apagamos del todo y los dejamos —perdón por el vocablo— en standby. Para utilizar mandos a distancia para nuestra comodidad.

Si vamos sumando gastos innecesarios como los descritos, en el conjunto de la humanidad, ¿cuánta energía estamos derrochando inútilmente? Pero este malgasto —disipar el dinero, gastándolo en cosas malas o inútiles—… ¿a quién preocupa?