Buscar este blog

domingo, 25 de enero de 2026

ANTELACIÓN


¿Cómo es nuestra relación (personal) con el tiempo? No me refiero al tiempo atmosférico, sino al que marcan los relojes, ese que el diccionario define como «Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo».

¿Llegamos justos a nuestras citas? ¿Andamos siempre a la carrera para llegar a tiempo? ¿Nos gusta acudir con (suficiente) antelación? ¿Cuánta antelación? ¿Es ser puntual una virtud y una muestra de respeto? Las respuestas variarán según las personas y las situaciones.

Hace ya muchos años, en 2007, inauguré (casi) este blog con la entrada «PUNTUALIDAD» accesible en este enlace. Mencionaré que he aprovechado para una relectura con adaptación a las nuevas condiciones de los blogs impuestas por Google hace unos años y arreglar algunas erratas, que siempre se cuelan. En esta entrada mencionada, se cuentan algunas consideraciones acerca de como enfoco yo este asunto de la puntualidad.

El volver sobre el tema es debido a que el ser puntual tiene algunos inconvenientes, especialmente si se llega con antelación. Veamos. Hoy en día, casi todas nuestras actividades requieren concertar una cita previa. La cita, ya te lo aclaran siempre, es meramente orientativa, vamos, que no te garantizan nada en función de cómo se vayan desarrollando los acontecimientos.

Cuando no tengo una especial prisa con acudir a una cita, me prevengo de alguna manera en las demoras tratando de elegir un día cuya primera cita esté disponible. Si la persona con la que vamos a interaccionar es puntual —no siempre comienzan a la hora— nos garantizamos una atención sin mucha dilación. Como ejemplo diré que he llegado a ser atendido por mi médico de cabecera en alguna ocasión hasta una hora o más después de la fijada.

La imagen que encabeza esta entrada corresponde a una Clínica Dental. En ella, la primera cita del día es a las nueve de la mañana. La foto está tomada a las nueve menos cuarto. Se aprecia que hay personas en el interior y de hecho van llegando dentistas y auxiliares que tienen que hacer un contorneo para poder entrar. Supongo que es la única entrada. El ser puntual y llegar con antelación es la manera que tengo de asegurarme que a la hora fijada estaré allí. Pero eso conlleva una penitencia: esperar en la calle, de pie, lo que puede ser poco agradable si la temperatura se acerca a cero grados como ocurría ese día concreto. Tengo que decir que esta penitencia no solo me ocurre en esa clínica. Citado a las diez en una tienda para hacer una gestión, el dependiente apareció a las diez y diecisiete, mientras estaba medio nevando y con un frío de aúpa. Se disculpó, bien, pero el frío y el malestar no me lo quitó nadie.

Y ya que estamos, aprovecho para comentar otra situación parecida y que ya es sin cita y a cualquier hora del día. Se trata de algunas estaciones autobús e incluso las paradas en plena calle. Una de las estaciones de autobús que frecuento no tiene instalación cerrada, con lo que hay que esperar al autobús al aire libre. Hay un tejadillo que evita la lluvia, pero el frío y el viento campan por allí a su libre albedrío. El asunto es que está aparcado el autobús en una de las dársenas, con su conductor dentro y las puertas cerradas, incluso sin colocar en sus paneles el destino. Los viajeros esperando fuera en plena calle, mirando sus relojes viendo que se acerca la hora y… nada. He visto en muchas ocasiones abrir las puertas en los últimos cinco minutos e incluso en alguna ocasión a tan solo dos minutos de la hora de salida.

Digo yo que, dado que no hay un espacio cerrado donde esperar, al menos podrían tener la deferencia de abrir las puertas del autobús para que los viajeros esperaran sentados en su interior a la hora de salida. Pero se ve que no están por la labor.

La psicología saca punta a todo. En alguna corriente se menciona que la «obsesión por gestionar el tiempo perfectamente y el deseo de aprovechar cada minuto de manera eficiente reflejan una dificultad para aceptar las limitaciones inherentes a la existencia humana». Es como decir que el grupo de personas, en el que me puedo sentir incluido, son competitivas, organizadas e impacientes, como si esto fuera algo negativo o cuando menos despectivo.

Me gusta llegar a la hora convenida porque no puedo con la impuntualidad y no quiero causar una mala impresión. Siempre puede haber causas de fuerza mayor, pero hay a algunas personas que esas «causas» les sobrevienen con mucha frecuencia. La ansiedad y la tensión de llegar tarde a los sitios no van conmigo. Si el psicólogo de turno lo considera patológico… ¡qué le vamos a hacer!

Gestionar el tiempo puede ser todo un arte a la vez que un foco de ansiedad. Yo no le he leído, pero tiene buenos comentarios el libro de Oliver Burkeman titulado «Cuatro mil semanas. Gestión del tiempo para mortales». Por cierto, el autor es psicólogo.


 



 

domingo, 18 de enero de 2026

MALGASTO

Del asunto que traigo hoy a colación saben mucho nuestros representantes políticos, además de otros mandamases en donde quiera que se encuentren. La frase descriptiva es «tirar con pólvora de rey». Como curiosidad diré que la frase se cree tuvo su origen en los Tercios Españoles en los que cada soldado debía pagar la pólvora de su bolsillo, lo que significaba automáticamente el condurarla. Cuando la pólvora la pagaba el rey… «ancha es Castilla». Imagino que todo el mundo sabe su significado —aplicada en estos tiempos actuales, especialmente en los ámbitos políticos—: gastar alegremente los dineretes que no son suyos, especialmente en asuntos de dudosa utilidad para la ciudadanía.

Hace muchos años, unos veinte, a un amigo le cayó en suerte el nombramiento de presidente de su comunidad. Él, y casi todos los vecinos, estaban ya bastante entrados en edad y la casa tenía sus entretelas pues era un enorme bloque de pisos de Madrid, diez u once. Menos mal que él solo se encargó de su portal y aunque participaba en la mancomunidad de varios portales, había otro presidente general. Peleó con denuedo en numerosos frentes, consiguiendo algunos como cambiar la caldera central de carbón por una de gas, con lo que se quitó de en medio aquellos episodios de descargar los camiones en la acera y meterlos por un ventanuco a un sótano donde estaba la caldera. El gas ciudad era más limpio, quizá también más costoso, pero mucho más fácil de gestionar.

Una de las cuestiones que más le costó, pero que consiguió al final, fue el asunto del alumbrado de la escalera. Él pensaba, con acierto, que era un gasto innecesario el que, al llegar un vecino al portal y pulsar el interruptor, se encendieran todas las luces tanto del portal como de todos los descansillos de los pisos. Además, por la distribución de los interruptores en los descansillos, había que mantener la luz encendida para permitir al vecino tomar el ascensor y darle tiempo a llegar a su piso. Echen cuentas si era el vecino del décimo.

En aquella época era una novedad la utilización incipiente de los sensores de movimiento que hoy en día están tan generalizados. Sé de algunas personas que los utilizan en el interior de sus casas en zonas de paso para evitar tener que pulsar el interruptor parea encender y apagar. Todo automático. Comodidad.

Yo tuve esta lucha, infructuosa en mi comunidad durante muchos años. Son «solo» seis pisos… Al final, hace unos años, se convencieron los suficientes vecinos, al menos en mi portal, para instalar los detectores de movimiento. Cuando entras al portal y ya hay poca luz por estar atardeciendo o anochecido, se encienden solo los fluorescentes del portal. Cuando sales del ascensor en tu piso se encienden los de ese descansillo. Si subes o bajas andando por las escaleras, una buena manera de hacer ejercicio y mantenerse, se van encendiendo y apagando de forma automática según vas pasando por ellos.

Pero hay de todo en la viña del señor. Cada uno dentro de su casa hace o deshace lo que quiere, pero… ¿en las zonas comunitarias?

Hace años, por un tema de seguridad para caso de problemas en los ascensores, la Comunidad de Madrid obligó por ley a dotarlos de una línea telefónica, lo que supuso un dispendio para hacer llegar los cables telefónicos a cada ascensor (no estaba previsto) además de la cuota mensual a abonar a la compañía telefónica. Desconozco el número de veces que algún vecino se ha quedado encerrado y ha tenido que utilizar el servicio. Antes se hacía sonar un timbre con bastante estruendo y algún vecino que lo oía llamaba a la compañía de ascensores.

Aparte de comentar la imagen que encabeza esta entrada, vean la siguiente imagen...

...que corresponde al techo del ascensor. Sí, ¡siempre encendido!, las veinticuatro horas del día y siete días a la semana, se esté usando o esté parado ¿Qué tal un sensor de movimiento para encender y apagar? No debe costar…

Pero ya, para remate de fiesta, hace poco la compañía, en este caso OTIS, ha cambiado el viejo sistema de informar con un número el piso en el que estabas o ibas pasando y lo ha sustituido —ver imagen de cabecera— por una tableta que se tira las veinticuatro horas del día con una musiquita de ambiente y ofreciendo noticias de actualidad, me imagino que utilizando esa conexión telefónica que se puso para otro menester, pero ya que está, a machacar al usuario. Yo no la miro, pero la musiquita me fastidia sobremanera, no por ella en sí, sino por lo que supone de un gasto innecesario por el que no se preocupa nadie.

Por lo menos, en los garajes de mi comunidad si se consiguió que se iluminaran al utilizar el mando a distancia para manejar la apertura y cierre de puertas o con pulsadores manuales temporizados. Pero en el garaje de la comunidad donde vive un hijo mío, dos plantas de garaje enormes, con unas cuarenta plazas cada una, decenas de fluorescentes permanecen encendidos las veinticuatro horas.

Uno ya se cansa de luchar contra los elementos, dicho sin ofender y sin referirme a mis convecinos, Dios me libre. Dentro de mi casa ya luché y sigo luchando con desenchufar todo lo que no es necesario. Para aquellos interesados, remito a la entrada «DESENCHUFAR» de abril de 2022 accesible en este enlace. Ahí se cuenta lo que nos puede subir la factura de la luz por no preocuparnos y ocuparnos del asunto de los pilotos encendidos en aparatos como televisiones, regletas u otros que no apagamos del todo y los dejamos —perdón por el vocablo— en standby. Para utilizar mandos a distancia para nuestra comodidad.

Si vamos sumando gastos innecesarios como los descritos, en el conjunto de la humanidad, ¿cuánta energía estamos derrochando inútilmente? Pero este malgasto —disipar el dinero, gastándolo en cosas malas o inútiles—… ¿a quién preocupa?


 

domingo, 11 de enero de 2026

TÉRMINOS

Si la memoria no me traiciona, el primer libro que recuerdo haber leído, hacia mis diez años y a mediados de los sesenta del siglo pasado, fue «Ben-Hur», de Lewis Wallace, en aquella colección de Joyas Literarias Juveniles de Bruguera en la que el texto se entremezclaba con páginas que contenían la historia en viñetas. Blanco y negro todo, como correspondía a la época. Desde entonces he tenido mis épocas, unas con más intensidad y otras con menos, pero nunca he dejado de leer.

Me hubiera gustado llevar un diario en el que hubiera anotado los libros que iba leyendo, pero no lo hice hasta entrado este siglo XXI, cuando en 2003 comencé a anotar en una hoja Excel todas las lecturas con la fecha y un pequeño comentario de recuerdo y valoración. Desde entonces y hasta hoy, 1.225 libros aparecen antologados, si bien algunos están repetidos por tratarse de relecturas. En los últimos tiempos, cada año he leído alrededor de sesenta, aunque algún año, como ocurrió en 2013, la cifra alcanzó los ochenta.

En 2009, un amigo abrió el blog «A leer que son 2 días» invitándome a hacer reseñas en él de los libros leídos. Durante muchos años, prácticamente todos los libros leídos y que no estuvieran previamente reseñados en el blog, tuvieron su correspondiente reseña por mi parte. El blog tuvo su esplendor y ahora ya está languideciendo: solo escribo yo en él y no todos los libros que leo, pues el tiempo y las ganas no están en disposición. En todo caso contiene, en estos momentos de enero de 2026, 963 entradas; quitando una veintena de ellas que se refieren a noticias, encuentros con autores o felicitaciones de Navidad, hay más de 900 libros reseñados.

Cuando acabo de leer un libro me surge un verdadero problema al elegir el siguiente. Diré que soy incapaz de leer varios libros a la vez: me concentro en uno hasta que lo acabo o lo dejo. Salvo que el libro tenga que ser leído por «obligación» —clubs o clubes de lectura, por ejemplo—, no tengo el más mínimo reparo en abandonar la lectura si alcanzado un cierto porcentaje en los digitales o un número de páginas en los convencionales en papel, no me atrae. Lo dejo y a otra cosa mariposa, que hay muchos que leer y poco tiempo para hacerlo.

Leo en el diario «El País» un artículo titulado «Fernando Bonete, el influencer que lee 140 libros al año: “No es que los jóvenes lean poco. La sociedad española lee poco”». Este titular me lleva a reflexionar sobre la ambigüedad que supone el hablar de «número» de libros leídos al año.

En tiempos pasados, impresos en papel, la tochez de los libros era relativa a cuestiones físicas; básicamente el número de páginas, aunque había que tener en cuenta el tamaño y gramaje del papel, el tipo de letra, los márgenes y otras consideraciones. En el conteo de libros leídos, suma lo mismo un librito de 50 páginas que uno de 800 o 1.000, que también los hay. Porque… ¿cuántas páginas son realmente necesarias para que un conjunto de hojas sea considerado un libro y no un folleto o artículo?

Veamos un ejemplo con un clásico que muchos tenemos pendiente de leer: «Ulises», de James Joyce. En la ficha técnica de este libro encontrada en la Casa del Libro y en la traducción de José Salas Subirat figuran 816 páginas con un dato curioso adicional: un tiempo de lectura estimado en 19 horas y 35 minutos teniendo en cuenta una velocidad media de lectura de 200 palabras —subrayo palabras— por minuto. Si echamos cuentas, el total de palabras serían 235.000, lo que no es correcto, porque… En una versión digital encontrada por ahí de este libro y de este traductor, el conteo de palabras, o vocablos, o términos es de 376.170. No hay coincidencia. Por cierto, y como curiosidad, el número de palabras de nuestro «Quijote» anda por ahí, por las 380.000 según las ediciones existentes en formato digital.

Antaño, el conocer por las editoriales el número de vocablos era muy complicado por no decir imposible. Entiendo que los autores presentarían a las editoriales sus textos manuscritos o como mucho escritos a máquina de escribir. ¿Quién se iba a poner a contar aquello? Hogaño, todo se presenta en formatos electrónicos, con lo cual es un juego de niños el conocer el número de palabras.

Y aquí es adonde quiero llegar: ¿por qué las editoriales no nos indican el número de palabras o vocablos que contiene un libro actual, aunque esté editado en papel? Nos permitiría hacernos una idea del tiempo de lectura adaptado a nosotros en función de nuestras experiencias lectoras anteriores. No se desarrolla la misma velocidad lectora en un libro de aventuras o entretenimiento que un ensayo o libro técnico.

Hace unos años, en febrero de 2018, dedicaba una entrada en este blog a estos asuntos titulada precisamente «VOCABLOS» accesible desde este enlace.

Las nuevas tecnologías en el mundo del libro, con los libros electrónicos o ebook, nos permiten disponer de un dato mucho más fiable a la hora de estimar la tochez de un libro y poder estimar el tiempo que nos va a llevar leerlo. En mi caso, en novelas ando por las 12.000 palabras a la hora. Con ello, el último libro de mi admirado Lorenzo Silva, titulado «Afanes sin provecho», que cuenta con 68.824 vocablos, cayó en algo menos de seis horas de lectura, por cierto, continuada, el mismo día que se publicó. Para curiosos, una reseña del mismo en el blog amigo antes aludido en este enlace.

Volviendo al tema del número de libros leídos en un año, como dato personal diré que el pasado 2025 he leído 54 libros siendo 5 de ellos en papel. Los 49 restantes, digitales. En cuanto al número de vocablos, se mueven en una horquilla de 236.000 vocablos el más profuso hasta 12.756 el más liviano.

Por todo lo anteriormente expuesto, hoy en día cada vez va teniendo menos sentido contar los libros por unidades para decir que… «he leído tantos libros al año». Si dispusiéramos del dato del número de vocablos —Editoriales, ¡por favor!— tendríamos una idea mucho más fiable de nuestra actividad lectora. Si lo que queremos es incrementar la cuenta para «presumir» ante nuestros seguidores o amistades, se trataría de ir eligiendo lecturas con el menor número de páginas o menor número de vocablos, para subir la cuenta estratosféricamente.

Retomando la pregunta del número de páginas que debe contener un libro para que sea considerado como tal, no hay una definición clara y rotunda. Algunos «defienden la necesidad de una extensión mínima» pero otros «argumentan que la verdadera esencia de un libro reside en la profundidad de su historia, la riqueza de su conocimiento o la emoción que es capaz de transmitir, independientemente de su volumen.». En este enlace de la Librería La Tijera, del que está sacado el texto anterior, se exponen un montón de consideraciones sobre tamaños. En todo caso, la UNESCO —Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura— ha definido el límite de 50 páginas para considerar libro a una publicación. Pero siempre podemos sacar punta al asunto: páginas… ¿de qué tamaño? ¿Con qué tipo de letra? ¿con qué marginalia?


 

domingo, 4 de enero de 2026

CREENCIAS

 
Como manifiesta con acierto y profundidad mi buen amigo y maestro Eduardo Juárez Valero en sus clases, «es mejor conocer que creer». Sin embargo, ciertos aspectos de nuestras vidas permanecen, queramos o no, en la esfera del creer porque nunca se podrán conocer: estaríamos en el ámbito de la fe, ese «conjunto de creencias de una religión» si nos atenemos a una de las acepciones definidas en el diccionario.
 
Ya lo advertí hace unos meses (noviembre de 2025) con motivo de las elecciones a la alcaldía de Nueva York, en las que al final se impuso Zohran Mamdani. Me llamó mucho la atención la insistencia machacona en resaltar sus creencias musulmanas en la gran mayoría de los titulares de los medios. Estos días, con motivo de la toma de posesión efectiva, vuelta la burra al trigo, han aflorado de nuevo los titulares insistiendo en su condición de musulmán. Aclaremos, aunque entiendo que no hace falta, que musulmán, o mahometano, es la persona cuyo credo religioso es el islam, una religión monoteísta cuyo dios es Alá siendo Mahoma su profeta.
 
Antes de regresar a este asunto, he recuperado algunos textos vertidos en entradas de este blog y referidos al tema de la religión… 
La religión católica en mi infancia y adolescencia lo fue por obligación, no solo paterna sino también colegial, pues misas o rosarios eran de un obligado cumplimiento con pase de lista y castigo en caso de detectarse ausencia. 
Se trata de un tema que no conviene ni tocar, pues las discusiones o conversaciones sobre el mismo acaban, sí o sí, como el «rosario de la Aurora» … salvo que todos los intervinientes cojeen de la misma pata.

La religión pertenece, debe pertenecer, a la esfera de lo privado de cada persona, de lo estrictamente privado. Es una cuestión personal a la que cada uno se adscribirá, de forma voluntaria, en función de lo que perciba como provechoso para su espíritu en la observancia de una determinada creencia. Imponer ideas por la fuerza no es de recibo en ningún estamento y mucho menos desde los poderes del Estado, que se deben a mejorar y cuidar la vida de sus CIUDADANOS en cuanto tales, para que estos, en su faceta de CREYENTES, puedan optar por la religión que deseen sin presiones ni discriminaciones de ningún tipo por ello. Tomás Moro, en una época eminentemente religiosa (siglo XVI), abogaba por una neutralidad del estado y estaba convencido de que era en interés del propio Estado el fomentar la libertad de culto.

Insistiendo, las CREENCIAS en sí mismas no producen daños a terceros, por lo que podrán ser constitutivas de pecado, pero en ningún caso de delito. El forzar las conciencias solo producirá ciudadanos fingidores que seguirán pensando para sus adentros lo que les dé la gana, aunque actúen con disimulo de cara a la galería. Recordemos aquellos judíos conversos en la Edad Media que en realidad seguían siendo fieles a su religión en su intimidad. Lo que decimos, ciudadanos hipócritas.

De cuestiones de política y de otras como la religión es mejor no hablar. Opiniones tenemos todos, pero si nos las guardamos nos evitaremos algún que otro disgusto o enfrentamiento que además quedará grabado a sangre y fuego para siempre en el ADN de los intervinientes y conducirá nuestras interacciones futuras. 
El color de la piel o el lugar donde has nacido no se elige. Pero hay otras cuestiones que sí elegimos a lo largo de nuestra vida y alguna de ellas tienen mucho que ver con el título de esta entrada. A modo de ejemplo, elegimos nuestra ideología política, nuestra religión o nuestro equipo de fútbol. Son cuestiones que pueden ir evolucionando e incluso cambiando a lo largo de nuestra vida. Pero siempre deberemos tener claro, nosotros y los demás, que pertenecen a nuestra esfera de lo privado. Y con ello, ni nosotros ni nadie debe imponerlas mediante coacción o fuerza alguna.

La religión es un invento humano. De hecho, se calcula que hay más de siete mil religiones en el mundo y continuamente aparecen unas y desaparecen otras. Conocemos algunas como la cristiana, judía, mahometana, budista, hindú… pero hay muchas más. En todo caso, la religión es un asunto estrictamente individual, como ser seguidor de un equipo de fútbol. Con ello, todos deberíamos tener claro que no puede imponerse, aunque a lo largo de la historia esto de la imposición de una determinada religión ha sido una constante y muchas veces con métodos violentos.

Retomando el asunto de la religión que profesa el alcalde Nueva York, no entiendo que tiene que ver su religión con el cargo político. Cometeríamos un error si supusiéramos consecuencias directas en su actuación política derivadas de la religión que profesa. Evidentemente el talante de las personas estará influido por sus creencias, pero no siempre hay una relación directa. Yo, en tiempos, tuve un jefe muy católico, mucho, que en las relaciones laborales era un perfecto cabrito.

Está siempre en estos asuntos sobrevolando el problema de la identidad de las personas, que pueden responder a varias acepciones sin tener que circunscribirse a una única. La identidad personal es el conjunto de características —varias aclaro— que definen a un individuo y le permiten reconocerse a sí mismo como un ente distinto y diferenciado de los demás. «La identidad es una construcción que se compone de valores, metas y creencias, con las que la persona establece un compromiso. Incluye la personalidad, el carácter y los rasgos personales, configurando así la “esencia” de un individuo». «La construcción de la identidad personal es un proceso complejo que comienza en la infancia del individuo y continúa a lo largo de toda su vida».

¿Se puede ser católico y comunista? ¿Y si en los próximos días el alcalde de Nueva York abjura de su religión musulmana y se hace budista o ateo?


 


 

domingo, 28 de diciembre de 2025

MASIFICACIÓN

 

Llegadas estas fechas señaladas de finales de un año y comienzo del siguiente, tienen lugar eventos que se repiten y que pudieran ser considerados como clásicos. Cada localidad tiene sus manifestaciones, tanto de índole religiosa como laica. Son momentos de alegría, quizá también de algunos días de asueto para aprovechar a visitar a familiares o hacer algunas vacaciones. Nunca olvidaré el fin de año de 1981 pasado en San Petersburgo, que entonces se llamaba de otra manera, con una temperatura de 24 grados bajo cero. Hubo paseo nocturno en trineo tirado por renos. Para no olvidar.

En mi paraíso particular hay muchos actos programados por el ayuntamiento, asociaciones y comunidades. Hoy me voy a referir a dos de ellos a los que me gusta asistir anulmente pero que cada vez se está poniendo más díficil. Vaya por delante que este año, aún intentándolo, no he podido asistir a ninguno de los dos. Es de suponer que tiene que haber alguna solución pero estos eventos culturales por mor de ser gratuitos y haber alcanzado un considerable nivel, se han masificado de tal manera que es muy costoso acceder a ellos, y no estoy hablando de dinero pues insisto en que son gratuitos.

Uno de ellos está protagonizado por un coro local: Coral Cantoría, un grupo dirigido por Román Clemente que traspasa lo meramente aficionado y prodiga sus actuaciones por toda la geografía nacional con algunas intervenciones en el extranjero. Este concierto tuvo lugar en Real Coliseo de Carlos III de San Lorenzo de El Escorial, Madrid. Aunque en el anuncio del ayuntamiento ponía «entrada libre hasta completar el aforo», con toda lógica había que proveerse de localidades que estaban disponibles en taquilla de forma gratuita y limitada desde unos días antes, si bien en unos horarios reducidos. Cuando accedí a la taquilla, se ve que no lo hice con la suficiente antelación, las localidades estaban agotadas. Concierto de 2025 perdido. Habrá que ser más previsor al año que viene.

El segundo caso me dolió más. Se trataba del clásico concierto de Navidad de la Escolanía en el incomparable marco de la Basílica del Monasterio de El Escorial. Un martes a las 20:00 horas. Aquí si que era oficial y al pie de la letra lo de «Entrada libre hasta completar el aforo». Más información en este enlace a la página web de Patrimonio Nacional. Como comentario, este mismo concierto se impartió en la sala Fernán Gómez del Teatro Cultural de la Villa (de Madrid) con entradas a 18 euros como para cualquier otro espectáculo pero que también se agotaron. ¡Masificación! Pero, claro, no es lo mismo tener que pagar unos euros, tener que desplazarse a Madrid y no vamos a establecer comparaciones, que son odiosas, entre un teatro y la Basílica del Monasterio.

Como preveía el tumulto que se iba a formar, llegué a las 19:12 a la puerta del Monasterio. El concierto tenía fijado su comienzo a las 20:00 horas. Hacía un frío que pelaba y todavía me quedé más helado al ver la hilera de personas que querían asistir y que puede apreciarse en la fotografía que encabeza esta entrada. Una cola ni mucho menos en filia india sino a mogollón. ¿Cúal es el aforo del Monasterio? Supongo que al final entrarían todos, de pie, sentados en los bancos o en el propio suelo. Yo sopesé el pasar un buen rato hasta acceder y… desistí, me fui a casita a leer. Concierto perdido. Eso sí, al año que viene… ¿A qué hora hay que ponerse en la hilera?

Y además, en este tipo de situaciones es de aplicación la frase atribuída a aquel famoso político: «España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles». La picaresca florece en estas situaciones en las que cada uno se busca la vida como puede. Aquello de otra famosa frase que decía «Aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío». Hay alguna más, pero voy a relatar aquí dos que se observan en estos actos. 

Quién más quién menos tiene «conocidos» en la cola. Cuando se va aproximando tira de teléfono móvil con una pregunta: ¿Dónde estáis? Pero sin ninguna intención, no vayamos a pensar que los que «están» tienen un sitio guardado. Somos muy de «guardar el sitio». De hecho cuando consigues entrar en la Basílica, los bancos aparecen llenos de abrigos, bolsos, bufandas y demás prendas reservando sitios para los que vendrán, hayan esperado la cola o no.

Otro hecho curioso es relativo a los bancos reservados a las autoridades y personalidades relevantes. Generalmente se trata de una reserva generosa de plazas en previsión de que no falten sitios, pero cuando empieza el acto no se han cubierto todas las plazas. El personal encargado retira los carteles de «reservado» y los avispados, que conocen esto y merodean por las cercanías, se lanzan codo en ristre a hacerse con uno de estos asientos tan privilegiados.

No vamos a hablar de que en un pueblo nos conocemos (casi) todos y tenemos nuestros contactos, unos mejores y otros peores, En el caso de este concierto no se pueden obtener localidades por anticipado. Pero sí que se puede, conociendo a alguien, entrar con antelación o por otra puerta, que el monasterio tiene muchas.

 


 


domingo, 21 de diciembre de 2025

DISPENDIO


Lo normal es que todos cumplan con este requisito, pero esto es un poco como los folletos de los medicamentos: ¿los miramos antes de…?

En España, todos los bares y restaurantes están obligados a exhibir la lista de precios de sus productos y servicios de forma visible y legible, según el Real Decreto 3423/2000. Esta obligación legal promueve la transparencia y protege los derechos de los consumidores, permitiéndoles conocer el coste de los productos antes de realizar cualquier consumo.

Además, la lista exhibida tiene que cumplir con criterios de visibilidad, legibilidad, ubicación, claridad, precios finales —incluyendo el IVA— y algunos detalles adicionales como la diferencia de precios, si la hay, entre consumir en barra, salón o terraza.

En este mundillo de la restauración—que poco me gusta esta palabra que me suena a otros menesteres— ha habido muchos «anteses» y muchos «despueses». Muchos recordaremos aquel paso de la peseta al euro cuando los cafés de los bares subieron de golpe más de un 50%. El café en la barra de un bar, que costaba una moneda de 100 pesetas pasó de la noche a la mañana a costar una moneda de euro o lo que es lo mismo 166,38 pesetas. Pero, ¿quién se acuerda ya de las pesetas?

Tras salir de la pandemia de COVID sufrida en 2020, ya se van a cumplir seis años, pareció que nos volvimos todos locos con salir de casa y recuperar la libertad para refugiarnos en bares, cafeterías y restaurantes. Lo de las terrazas fue una explosión en cualquier época del año y aún hoy en día podemos ver en pleno invierno, con temperaturas cercanas a los cero grados, la gente arrebujada de frío en terrazas exteriores. Es verdad que en algunos sitios prestan una manta y en otros siembran la terraza de estufas que calientan, un poco, al que está al lado.

Las costumbres cambian con los años. Viviendo como vivo en un sitio turístico, recuerdo de pequeño y joven como muchos de los turistas utilizaban los bancos de calles o parques para consumir a la hora de la comida sus tarteras, bocadillos o lo que trajesen. Había restaurantes y bares en las inmediaciones, pero muchas economías no daban para aquellos por entonces lujos o cuando menos fuertes dispendios.

Tengo que reconocer que yo y mi familia, en la actualidad, seguimos practicando esto del bocadillo, y no tanto por cuestiones económicas sino por resultarnos más agradable el comer en la naturaleza y no andar reservando, cuando se puede, en los restaurantes o haciendo cola para entrar al comedor. En viajes que realizamos con cierta frecuencia a la costa, conocemos varios sitios encantadores en medio de la nada. Cuando el tiempo es agradable y lo permite, un buen bocadillo de lomo, queso y tomate natural, una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate con almendras y alguna fruta representan, devorados en plena naturaleza, un placer añadido lejos de agobios y ruidos. ¿Por qué la gente habla tan alto en los restaurantes o bares? Después, ya cada vez menos, paramos en algún pueblo a tomar un café o la mayoría de las veces seguimos viaje.

Y es que, como reza el refrán, muchos quieren hacer el agosto en cualquier mes del año y «se están subiendo a la parra». Si uno se sube a la terraza superior de un hotel de lujo de Madrid a tomarse una Coca-Cola y disfrutar de un buen ambiente y magníficas vistas, tiene que estar dispuesto a que le «soplen» diez euros por el refresco e incluso más (sucedido). Pero que una terrazucha normal o ni siquiera llegando a eso te sacudan cinco euros por una tónica no es de recibo. Pero toca pagar y aguantarse, porque antes de pedirla no hemos echado un vistazo a los precios con lo que asumimos lo que nos pueda pasar.

Hablando de parecidos lances, ya escribía yo la entrada «FUERAdeCARTA» accesible en este enlace.

Esta semana me ha ocurrido. En la barra de la cafetería de un hospital, un sitio que debería tener una cierta mesura en los precios, porque muchos de los acompañantes de los pacientes se ven obligados a acudir para un tentempié rápido y volver a la habitación. Iba con prisa porque se me echaba encima la hora de la consulta, cuando vi en la misma barra una fuente de ensaladilla rusa que tenía muy buena pinta. Pedí una ración que resultó sino exigua casi, aunque es justo reconocer que estaba deliciosa. Lo malo fue cuando llegó la cuenta y vi lo que me iba a costar la racioncita de marras. Es verdad que en este mundo actual te pueden cobrar lo que quieran, pero siempre que figure en la carta de precios, esa que no miramos. ¿Quién iba a pensar en ese precio en la barra?

Nada me impide sentirme indignado y calificar de abusivo un precio como este de la ensaladilla. Se asumía antaño que en sitios turísticos se sableaba al turista, pero es que ahora esas prácticas son generalizadas seas turista o no. Lo de hacer reuniones con los amigos en las casas va a ser una opción a la que habrá que considerar muy seriamente volver. Uno no va a poder sentarse sin antes haber revisado la lista de precios o preguntar al camarero por el precio, especialmente si es un sitio que no frecuentas.

La próxima vez seré precavido y tanto en ese hospital como en otros —pagan justos por pecadores— miraré con cuidado los precios antes de dejarme llevar por la vista o me iré al bar de enfrente. O mejor, me llevo un sándwich desde casa y me lo como en el coche o en un parque. Hay que evitar estos productos tan dispendiosos.


 


domingo, 14 de diciembre de 2025

SEÑUELOS


Recibo esta semana en mi teléfono móvil una llamada —entre muchas, demasiadas— de un teléfono que no tengo reconocido en mi agenda. Y encima a la hora de la siesta, un «deporte» que yo no practico, pero no deja de ser un fastidio. No estoy esperando llamada alguna en la que yo esté interesado, lo que motiva que me ponga en guardia al decidir cogerla.

—Dígame (Nunca se responde SÍ, por si las moscas).
—Buenas tardes. ¿Ángel Luis?
—Pudiera ser, ni se lo confirmo ni se lo desmiento.
—Le llamo de «su» banco XXXX.
—No atiendo este tipo de llamadas, buenas tardes. Y cuelgo.

Al ratito veo en el móvil que tengo un mensaje del gestor en la aplicación de mi banco XXXX con una queja, educada y formal, de que le he colgado en una llamada a mi número de teléfono móvil hace unos minutos. Le explico las causas y concierto una cita para la próxima semana para tratar este asunto de la interrupción de la llamada y ver lo que realmente era objeto de su llamada. Antes de seguir, aclaro que, a un amigo, hace unos meses, le «levantaron» siete mil quinientos euros de su cuenta de ese mismo banco XXXX con una llamada aparentemente real.

Desde hace ya tiempo y por otros «sucedidos» que han afectado a mis peculios he decidido no atender directamente ninguna petición en la calle ni ninguna llamada, correo electrónico, SMS, guasap o similares. En caso de que suene interesante, seré yo el que inicie las operaciones para contactar con la empresa o persona que me ofrece cosas.

Hay algunas entradas en este blog tratando temas colaterales al asunto de los engaños, timos, xxxhing y similares. Confieso que he escapado a muchos a lo largo de mi vida, no todos, pero esta semana he vuelto a caer. Han sido poco más de 25 euros pero no es la cantidad, es el hecho. Tengo que reconocer que estaba muy bien preparado y me gustaría saber cuantos más han caído en ello.

¿Cual ha sido el problema? Pues el título de esta entrada: el señuelo. Dice el diccionario en su acepción 4.ª que es «cosa que sirve para atraer, persuadir o inducir, con alguna falacia». Los peces, pobrecitos, no muerden el anzuelo si no se les engaña con un señuelo que atraiga su atención poderosamente. A los humanos nos puede pasar lo mismo.

En este caso ha sido a través de un correo electrónico, correctamente escrito, procedente —teóricamente de una empresa con la que tengo relaciones, dirigiéndose a mí por mi nombre —es verdad que solo figuraba mi nombre y ningún dato sensible más— y más tarde indicaré el mecanismo adicional que me ha hecho picar.

Continuamente estamos siendo advertidos de intrusiones en las empresas por hackers que entran hasta el fondo del almacén y arramblan con todo lo que pueden. En los mundos electrónicos, lo que se roba son datos, datos que son oro para confeccionar bases de datos de personas que se venden en los mundos oscuros a enemigos de los bolsillos ajenos que cada vez diseñan los timos con mayor fineza y puntería. ¿Por qué? Porque tienen los datos. A mí me han llamado de una compañía eléctrica, que no es la mía, diciéndome mis datos de nombre, domicilio y potencia contratada con otra compañía para que me cambie a la suya. ¿Cómo tienen esos datos? En otro caso ocurrió, en teoría, con una llamada de mi operador de telefonía móvil. Sabían cuál era mi número de teléfono, mi compañía y mi nombre… Insisto ¿cómo lo sabían?

Las empresas, por lo general, no reconocen que les han entrado hasta la cocina. Y las pocas que lo reconocen lo hacen parcialmente, me temo que nunca dicen «toda» la verdad porque incluso ni ellas mismas lo saben. La última, Iberia. Una anterior que recuerde, El Corte Inglés. Y algunas que no lo han reconocido, como la DGT, mucho me temo que también.

En todo caso, es muy fácil saber tu nombre y con que banco trabajas. Cualquier comerciante al que abonas con tarjeta lo puede saber. Y averiguar un domicilio, incluso un DNI, es tarea de niños. Con todos estos datos se genera un perfecto señuelo que te puede hacer creer que quién te llama o te escribe es quién dice ser, pues no en vano tienen todos tus datos… jajaja

Hay que tener mucho cuidado y aplicarse la norma a sangre y fuego ya relatada un poco más arriba: no atender directamente ninguna petición en la calle o sitios públicos, ni ninguna llamada, correo electrónico, SMS, guasap o similares. No hacer CLIC en ningún enlace.

¿Se puede denunciar esta estafa que he sufrido de tan poca cantidad? ¿Merece la pena el calvario de poner la denuncia?

Además de los señuelos, hay que indicar la mala pasada que nos pueden jugar los juegos de caracteres informáticos. Veamos el siguiente ejemplo escrito con el juego de caracteres CALIBRÍ: 

angel.luis@gmail.com
angel.Iuis@gmail.com

¿Son iguales? ¿O solo lo parecen? Vamos a escribirlo de nuevo con el mismo juego de caracteres, pero en mayúsculas

ANGEL.LUIS@GMAIL.COM
ANGEI.IUIS@GMAII.COM

La diferencia, sibilina, que se aprecia en el caso de las mayúsculas pasa completamente inadvertida en el caso de las minúsculas con la letra «ele». Si aplicamos esto a multitud de casos, podemos creer que estamos recibiendo un correo o un mensaje de guasap de un sitio que en realidad está camuflado. 

Antes de concluir esta entrada, por que creo que no es lo suficientemente conocido y al menos en el caso del mundialmente utilizado correo de Google, dan igual las mayúsculas que las minúsculas, e incluso que haya separaciones por puntos o no las haya. Todo funciona. Las siguientes direcciones de correo electrónico son idénticas a efectos prácticos

Pedro.Perez.Barragan@gmail.com
PEDRO.PEREZ.BARRAGAN@gmail.com
PeDrO.pErEz.BaRrAgAn@gmail.com
PE.DRO…pe.REz…BA.rra.GA.n@gmail.com

Nuestros datos circulan, masivamente me atrevo a apostillar, por los mundos informáticos. La gran mayoría de las veces los hemos facilitado nosotros mismos porque no en vano son el precio que tenemos que pagar para usar esos servicios en la red que nos creemos que son gratuitos. Pero es que, además, las empresas con las que nos relacionamos tienen bastante poco cuidado, al menos no todo el necesario, para que nuestros datos no sean cazados por los amigos de lo ajeno y utilizados para crear esos señuelos perfectos que nos harán caer en la trampa con facilidad. Eso cuando no son datos ultrasensibles que permiten acciones directas como por ejemplo el caso de las tarjetas de crédito bancarias. Retomo el caso: ¡IBERIA! ¿Estás ahí? ¿De verdad que los datos que te han pillado son solo los que nos has comunicado?

Los bancos utilizan cada vez más y mejores mecanismos para evitar fraudes. Biometrías, mensajes al móvil de autorización, segundos factores de autentificación… Pero con un buen señuelo, seremos nosotros mismos los que facilitemos el acceso a los malos. Y yo conozco algunos ejemplos de primera mano.