Antaño los cambios, que también se producían, llevaban otro ritmo mucho más lento, sobre todo en aspectos sociales de la vida diaria. Hogaño, a nadie se nos escapa, casi de un día para otro podemos encontramos con que cosas que hacíamos de una manera han pasado a mejor vida y hay que reeducarse. Esto ocurre especialmente en las personas que van, vamos, alcanzando una edad.
En mis estudios de psicología, hace ya muchos años y en cursos sobre los tratamientos psicológicos aplicables a la llamada tercera edad —hoy en día ya hablamos de una cuarta— una profesora cuyo nombre no recordaba (pero que de forma que luego contaré lo he obtenido) nos habló de un término curioso, que no sé si era de su propia cosecha: «YO-YA».
A medida que nos vamos haciendo mayores caemos en este asunto del «Yoyaísmo», un término que me acabo de inventar y que no figura en el DLE —Diccionario de la Lengua Española—. Habrá que proponerlo, pero mientras tanto aventuro una definición inventada: decisión voluntaria de las personas, especialmente mayores, de renunciar a conocer nuevos usos sociales o formas de hacer, especialmente en asuntos tecnológicos».
Precisamente las personas en sus últimas etapas de la vida, mayores, en general, por estar retiradas o jubiladas o por la propia dinámica de la vida, de lo que disponen o disponemos es de tiempo. El renunciar a obtener conocimiento sobre las novedades nos puede dejar fuera de muchas posibilidades que nos pueden hacer la vida más agradable y llevadera al empecinarnos en mantener antiguas concepciones o formas de actuación. Muchos hemos hecho un esfuerzo considerable por no quedarnos fuera de juego en el manejo, muchas veces superficial, de los denominados ahora teléfonos inteligentes. No tanto por nosotros mismos sino forzados por nuestros familiares o amigos para poder contactar con nosotros.
Un teléfono de hoy en día es un ordenador potentísimo que nos brinda una miríada de posibilidades no siempre sencillas de utilizar. Pero la curiosidad, lo he dicho muchas veces, es el mejor antídoto para la vejez y nos puede proporcionar con dedicación y tiempo algunas herramientas con enormes posibilidades para nuestra vida diaria. Un ejemplo para los que son conductores y aparcan en zonas O.R.A.: ¿Lleva instalada y disponible en el teléfono alguna aplicación que permita pagar el estacionamiento desde el teléfono? He visto a muchas personas luchando con las maquinitas de la O.R.A., las monedas, las matrículas, las zonas, etc. etc. cuando desde el móvil es un juego de niños, sin salir del coche, cumplir con nuestra obligación. Y con la posibilidad además de poder prolongar el tiempo desde el restaurante o la consulta médica si nos retrasamos. Yo utilizo TelPark o EasyPark, no solo en Madrid capital sino en muchas ciudades e incluso en la playa donde acudo en verano. Sí, hay que dedicar un tiempo a instalar las aplicaciones en el teléfono y aprender su manejo, pero luego es una delicia. Y esto es solo un ejemplo.
Hay aplicaciones para todo. Tenemos que ser conscientes, casi desde nuestro nacimiento, que la vida es efímera y tiene un final. Hoy en día la esperanza de vida crece sin parar, pero no lo hace de forma paralela su calidad. Por ello, es necesario tomar conciencia personal y sentar las bases que nos permitan lidiar con el día a día evitando convertirnos en «YO-YAS»: yo ya no estoy para estas cosas, yo ya no entiendo este mundillo, yo ya no puedo… yo-ya no quiero…
Esta semana he realizado el curso propuesto por la Universidad Carlos III de Madrid que figura en la imagen de esta entrada: IA inteligencia artificial aplicada a la vida real. Durante tres horas, la profesora, María del Acebo Sánchez Macián, con una paciencia increíble con los asistentes, mayores todos, nos ha introducido en los mundos de la Inteligencia Artificial dejándonos boquiabiertos, a unos más y a otros menos. Confieso que yo había hecho algunos pinitos, pocos y sencillos, con herramientas como ChatGpt (de la Fundación Open Ai) o Claude (de Antrophic) pero hay muchas más, cada una con sus características peculiares. Todas tienen un segmento inicial gratuito suficiente para iniciarse, pero, como todo en esta vida, su uso profesional requiere «retratarse» con cuotas mensuales o anuales.
En las tres horas escasas que duró el curso nos quedamos ojipláticos con propuestas tales como confeccionar un menú a partir de una foto de nuestra propia nevera con restricción para un invitado celíaco o preparar un viaje de tres días en Francia por la región de Carcassonne con indicaciones de hoteles, restaurantes, visitas a monumentos, etc. etc. También restaurar o colorear fotos antiguas o incluso preguntar a la I.A. qué sabe de nosotros mismos o de algún conocido, lo que sin duda sorprenderá. Hay que hacer mención a que las respuestas no son de fiar, por lo que hay que tener mucho cuidado en temas médicos, por ejemplo. Contó algunos casos espeluznantes como un caso real de suicidio inducido por la I.A.
Me conmino a mi mismo a dedicar más tiempo a este asunto. Hay cursos por todos lados, gratuitos en plataformas como Youtube o de pago en academias o instituciones. Manuales, documentos y libros para aburrir. Pruebe, pruebe, si se atreve, a hacer alguna búsqueda en Youtube o en Amazon y se sorprenderá de la ingente oferta informativa.
Este mundo gira a una velocidad vertiginosa, especialmente en asuntos tecnológicos. Como he mencionado, las personas mayores tienen o tenemos la ventaja de disponer de tiempo. Lo que hay que desarrollar son las ganas de meterse en los fregados por lo menos hasta un cierto nivel que nos compense.
La Inteligencia Artificial ofrece numerosas ventajas. Entre ellas destacan la automatización de tareas, el aumento de la eficiencia, la capacidad de analizar grandes volúmenes de datos y la mejora en la toma de decisiones, aunque plantea desafíos importantes: impacto en el empleo, temas éticos, privacidad…
La Inteligencia Artificial no es una tecnología del futuro lejano, sino una realidad presente que está transformando el mundo a gran velocidad. Su capacidad para aprender, analizar y tomar decisiones la convierte en una herramienta extremadamente poderosa, con aplicaciones en prácticamente todos los sectores. Comprender qué es la IA, cómo funciona y cuáles son sus implicaciones es fundamental para adaptarse a un entorno cada vez más digitalizado. Más que una sustitución de la inteligencia humana, la IA puede entenderse como una ampliación de nuestras capacidades, siempre que se utilice de forma responsable y consciente.
Mencionaré aquí otro tema al que no me he asomado y debería hacerlo: el mundo de los BitCoin y las monedas virtuales. Ahí lo dejo.
Como el lector avezado que ha llegado hasta aquí, habrá deducido la forma en que he conseguido recordar el nombre de aquella profesora de psicología que me introdujo en el mundo de los «Yo-Yas» y que no es otra que María Soledad Ballesteros Jiménez, catedrática de la UNED. Recordado… preguntando a la I.A.






