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domingo, 24 de mayo de 2026

«YOYAÍSMO»

Antaño los cambios, que también se producían, llevaban otro ritmo mucho más lento, sobre todo en aspectos sociales de la vida diaria. Hogaño, a nadie se nos escapa, casi de un día para otro podemos encontramos con que cosas que hacíamos de una manera han pasado a mejor vida y hay que reeducarse. Esto ocurre especialmente en las personas que van, vamos, alcanzando una edad.

En mis estudios de psicología, hace ya muchos años y en cursos sobre los tratamientos psicológicos aplicables a la llamada tercera edad —hoy en día ya hablamos de una cuarta— una profesora cuyo nombre no recordaba (pero que de forma que luego contaré lo he obtenido) nos habló de un término curioso, que no sé si era de su propia cosecha: «YO-YA».

A medida que nos vamos haciendo mayores caemos en este asunto del «Yoyaísmo», un término que me acabo de inventar y que no figura en el DLE —Diccionario de la Lengua Española—. Habrá que proponerlo, pero mientras tanto aventuro una definición inventada: decisión voluntaria de las personas, especialmente mayores, de renunciar a conocer nuevos usos sociales o formas de hacer, especialmente en asuntos tecnológicos».

Precisamente las personas en sus últimas etapas de la vida, mayores, en general, por estar retiradas o jubiladas o por la propia dinámica de la vida, de lo que disponen o disponemos es de tiempo. El renunciar a obtener conocimiento sobre las novedades nos puede dejar fuera de muchas posibilidades que nos pueden hacer la vida más agradable y llevadera al empecinarnos en mantener antiguas concepciones o formas de actuación. Muchos hemos hecho un esfuerzo considerable por no quedarnos fuera de juego en el manejo, muchas veces superficial, de los denominados ahora teléfonos inteligentes. No tanto por nosotros mismos sino forzados por nuestros familiares o amigos para poder contactar con nosotros.

Un teléfono de hoy en día es un ordenador potentísimo que nos brinda una miríada de posibilidades no siempre sencillas de utilizar. Pero la curiosidad, lo he dicho muchas veces, es el mejor antídoto para la vejez y nos puede proporcionar con dedicación y tiempo algunas herramientas con enormes posibilidades para nuestra vida diaria. Un ejemplo para los que son conductores y aparcan en zonas O.R.A.: ¿Lleva instalada y disponible en el teléfono alguna aplicación que permita pagar el estacionamiento desde el teléfono? He visto a muchas personas luchando con las maquinitas de la O.R.A., las monedas, las matrículas, las zonas, etc. etc. cuando desde el móvil es un juego de niños, sin salir del coche, cumplir con nuestra obligación. Y con la posibilidad además de poder prolongar el tiempo desde el restaurante o la consulta médica si nos retrasamos. Yo utilizo TelPark o EasyPark, no solo en Madrid capital sino en muchas ciudades e incluso en la playa donde acudo en verano. Sí, hay que dedicar un tiempo a instalar las aplicaciones en el teléfono y aprender su manejo, pero luego es una delicia. Y esto es solo un ejemplo.

Hay aplicaciones para todo. Tenemos que ser conscientes, casi desde nuestro nacimiento, que la vida es efímera y tiene un final. Hoy en día la esperanza de vida crece sin parar, pero no lo hace de forma paralela su calidad. Por ello, es necesario tomar conciencia personal y sentar las bases que nos permitan lidiar con el día a día evitando convertirnos en «YO-YAS»: yo ya no estoy para estas cosas, yo ya no entiendo este mundillo, yo ya no puedo… yo-ya no quiero…

Esta semana he realizado el curso propuesto por la Universidad Carlos III de Madrid que figura en la imagen de esta entrada: IA inteligencia artificial aplicada a la vida real. Durante tres horas, la profesora, María del Acebo Sánchez Macián, con una paciencia increíble con los asistentes, mayores todos, nos ha introducido en los mundos de la Inteligencia Artificial dejándonos boquiabiertos, a unos más y a otros menos. Confieso que yo había hecho algunos pinitos, pocos y sencillos, con herramientas como ChatGpt (de la Fundación Open Ai) o Claude (de Antrophic) pero hay muchas más, cada una con sus características peculiares. Todas tienen un segmento inicial gratuito suficiente para iniciarse, pero, como todo en esta vida, su uso profesional requiere «retratarse» con cuotas mensuales o anuales.

En las tres horas escasas que duró el curso nos quedamos ojipláticos con propuestas tales como confeccionar un menú a partir de una foto de nuestra propia nevera con restricción para un invitado celíaco o preparar un viaje de tres días en Francia por la región de Carcassonne con indicaciones de hoteles, restaurantes, visitas a monumentos, etc. etc. También restaurar o colorear fotos antiguas o incluso preguntar a la I.A. qué sabe de nosotros mismos o de algún conocido, lo que sin duda sorprenderá. Hay que hacer mención a que las respuestas no son de fiar, por lo que hay que tener mucho cuidado en temas médicos, por ejemplo. Contó algunos casos espeluznantes como un caso real de suicidio inducido por la I.A.

Me conmino a mi mismo a dedicar más tiempo a este asunto. Hay cursos por todos lados, gratuitos en plataformas como Youtube o de pago en academias o instituciones. Manuales, documentos y libros para aburrir. Pruebe, pruebe, si se atreve, a hacer alguna búsqueda en Youtube o en Amazon y se sorprenderá de la ingente oferta informativa.

Este mundo gira a una velocidad vertiginosa, especialmente en asuntos tecnológicos. Como he mencionado, las personas mayores tienen o tenemos la ventaja de disponer de tiempo. Lo que hay que desarrollar son las ganas de meterse en los fregados por lo menos hasta un cierto nivel que nos compense.

La Inteligencia Artificial ofrece numerosas ventajas. Entre ellas destacan la automatización de tareas, el aumento de la eficiencia, la capacidad de analizar grandes volúmenes de datos y la mejora en la toma de decisiones, aunque plantea desafíos importantes: impacto en el empleo, temas éticos, privacidad…

La Inteligencia Artificial no es una tecnología del futuro lejano, sino una realidad presente que está transformando el mundo a gran velocidad. Su capacidad para aprender, analizar y tomar decisiones la convierte en una herramienta extremadamente poderosa, con aplicaciones en prácticamente todos los sectores. Comprender qué es la IA, cómo funciona y cuáles son sus implicaciones es fundamental para adaptarse a un entorno cada vez más digitalizado. Más que una sustitución de la inteligencia humana, la IA puede entenderse como una ampliación de nuestras capacidades, siempre que se utilice de forma responsable y consciente.

Mencionaré aquí otro tema al que no me he asomado y debería hacerlo: el mundo de los BitCoin y las monedas virtuales. Ahí lo dejo.

Como el lector avezado que ha llegado hasta aquí, habrá deducido la forma en que he conseguido recordar el nombre de aquella profesora de psicología que me introdujo en el mundo de los «Yo-Yas» y que no es otra que María Soledad Ballesteros Jiménez, catedrática de la UNED. Recordado… preguntando a la I.A.


 


domingo, 17 de mayo de 2026

HUEVOS

 
¡Manda huevos! Es una expresión que tomó cierta viralidad hace unos años cuando fue pronunciada, ni más ni menos, que por un presidente del Congreso de los Diputados de España. En un blog hay que aclarar de donde es el Congreso porque puede estar siendo leído desde cualquier parte del mundo. Ocurrió en marzo de 1997: Federico Trillo, sin ser consciente de que su micrófono estaba abierto dijo aquello de ¡Manda huevos!, alto y claro, como expresión del hastío a que estaba siendo sometida la sesión parlamentaria. La frase no es nueva ni fue acuñada por Trillo. De siempre se ha dicho como una coletilla con connotación negativa de aquello de lo que se está hablando. Parecido a «tiene narices la cosa», «vaya hartazgo» o algunas otras de corte similar.

Siendo yo muy pequeño, era frecuente el ser comisionado por mi madre para hacer diferentes recados por las tiendas del pueblo. Pequeños encargos en la tienda de ultramarinos del señor Paramio, la pescadería de Quemada, la mercería de «El Globo», la lechería de Demetrio o la panadería del tío Tijeras, que realmente se llamaba Tejero de apellido. Era curiosa esa panadería porque, en un pequeño apartado, la mujer del despachante, de nombre Marcelina, ejercía de fisioterapeuta con unas manos prodigiosas que te hacían ver las estrellas, pero te curaba esguinces y torceduras en un periquete.

Pues bien, a esta panadería cercana a mi casa acudía a por pan, tortas, yogures y… huevos. Mencionaré que en casa éramos seis personas pues todavía no había llegado el último hermano y el consumo de huevos era de dos docenas en dos docenas. Hay que aclarar que en aquella época de los años sesenta del siglo XX, las mercancías se vendían al por mayor, en este caso de los huevos, por unidades, por lo que podrías comprar ocho, trece o diecisiete. No hace falta decir lo que ocurre ahora…

Las había de mimbre, pero la que utilizábamos en casa era de alambre, parecida a la de la imagen que encabeza esta entrada. Eso sí y espero que la memoria no me traicione, todos los huevos eran de color blanco, no habían aparecido los actuales de color crema; los blancos han desaparecido de la faz de la tierra, aunque se pueden encontrar en granjas a las que acudo cuando estoy en la campiña y compro los huevos directamente al granjero. En Cantabria a este tipo de huevos, de gallinas criadas al aire libre, se les conoce por picasuelos y en verdad tienen,  o a mí me lo parece, una coloración de la yema y un sabor distintos.

Antaño, todavía en una pollería que había en el Mercado Municipal se podían comprar los huevos que la dependienta llamaba «de cesta» de forma individual, aunque nunca he visto acudir a nadie con la cesta de alambre. Hogaño, en los comercios y supermercados habituales a los que acudo, lo de comprar los huevos por unidades ha pasado a mejor vida. Los venden ya envasados en paquetes de media, una docena e incluso dos docenas. Aunque hay varios formatos de plástico, cartón o combinados, el más corriente es de dos hueveras de cartón enfrentadas. ¿Suficiente protección?

A veces, al llegar a casa y desenvolver el paquete para guardar los huevos en el sitio asignado en la puerta de la nevera, me veo en la obligación de entonar el ¡manda huevos! 


Reviso concienzudamente los paquetes en el propio lineal del supermercado, porque algunas veces están rotos allí. Pero si cuando llego a casa me encuentro con el panorama de la anterior fotografía, me queda claro que he sido yo en el transporte, en la bolsa, en el coche, del aparcamiento a casa…

Y es que siempre ha sido un inconveniente, pero no es lo mismo hace unos meses cuando la docena costaba 2,10 euros que ahora que la docena —última comprada monta como dirían en la Edad Media, ni más ni menos que 4,60 euros. Eso quiere decir, con una simple división, que van a destinarse a la basura 0,38 euros que no es moco de pavo. Y es que ahora hablamos de euros como si nada, pero para los mayores estamos hablando de más de sesenta de las antiguas pesetas. ¡Casi !

Así que… ¡a tener mucho más cuidado en el transporte!, para no tener que recuperar aquel dicho parlamentario de ¡manda huevos! Pero, por cierto, y como comentario curioso, uebos se puede escribir sin hache y con be, aunque el significado es diferente, aunque ya anuncia el diccionario que está en desuso, que se trata de un arcaísmo: «Necesidad, cosa necesaria». La pregunta es… ¿Qué dijo Trillo? ¿Manda huevos? o ¿manda uebos? Y ya mucho más irreverente… ¡Manda cojones!, que me lleva a referenciar aquí un vieja entrada de febrero de 2011 con ese título que se puede leer en este enlace.


 


 

domingo, 10 de mayo de 2026

DESBORDAMIENTO

No son nuevas en este foro electrónico mis alusiones a la curiosidad como uno de los mejores antídotos para la vejez, mejor dicho, para el envejecimiento mental. La frase «El día que dejas de aprender, empiezas a envejecer» nos enfrenta a una realidad incómoda. Pero antes de tirar por esta senda siempre atractiva, hoy en día, hay que hacer un verdadero ejercicio de control mental, eligiendo muy bien los charcos en los que meterse. El acceso a todo tipo de información, hogaño, tiende al infinito, con lo que… ¿A qué asomarse? ¿Qué curiosear? ¿Qué guardar para después?

Desde prácticamente su nacimiento y debido a mi profesión, he estado en contacto con los ordenadores personales. Bien en la oficina y desde muy pronto en casa, he dispuesto de PC con lo cual mi curiosidad en muchos y variados temas me ha llevado a almacenar una cantidad inmensa de ficheros informáticos con documentación sobre los asuntos más variopintos. Aunque no fue mi profesión principal, solo sobre psicología tengo en estos momentos cerca de 7.000 archivos en 480 carpetas. Como ocurre con muchos de los libros que tenemos en nuestras estanterías, algunos no los habré leído, pero en algún momento me han parecido interesantes para futuras consultas y ahí están, han quedado archivados. De mi profesión principal, la de informático, conservo unos 4.000 archivos de variada documentación.

Me he dado una vuelta por los discos duros que me rodean y, sin entrar en exactitudes, entre ficheros personales y familiares, tengo la friolera de… «tropecientos» archivos. Mejor no lo pongo que yo mismo me he asustado. Es verdad que muchos de ellos son fotografías, vídeos, música… Todos ellos, aclaro, de carácter personal porque si los pierdo me sería muy difícil por no decir imposible recuperarlos de nuevo.

Y volviendo al tema de la curiosidad, yo creo que los charcos me persiguen, se me ponen delante de mis narices como a Felipe II y no tengo capacidad para renunciar. Un ejemplo. Entre mis muchas aficiones está la astronomía, el firmamento, las estrellas y esas cosas. Antaño hice algunos cursos y prácticas, aunque ahora lo tengo un poco olvidado. Pero este año tenemos en España un evento imponente: el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026, visible en una franja importante de nuestra piel de toro: desde La Coruña-Bilbao en círculo hasta Valencia-Tarragona. Yo estaré, si no acontece nada imprevisto, en Cantabria, con la posibilidad de disfrutar al completo del evento. Ya tengo preparados mis visores especiales para mirar al Sol de frente, elegido el lugar en un monte solitario —eso espero— y voy leyendo y coleccionando información sobre el asunto. ¿Y ya está?

Resulta que la UNED de Segovia ha programado un curso especial titulado «12 de agosto de 2026: eclipse total de sol». Como puede suponer, querido lector, no me he resistido. No tengo tiempo debido a otras actividades, pero el curso se puede seguir de forma telemática e incluso en diferido. Ya lo haré o veré cuando pueda, pero…¿cómo no apuntarse? Maldita curiosidad.

Muchas veces no entro ni siquiera a leer anuncios de plataformas, entidades, asociaciones, fundaciones, etc. a los que estoy suscrito por temor a considerar interesantes, seguro que lo son, ,sus conferencias, charlas, visitas… Veamos. Desde hace muchos años, mi querido maestro y amigo Antonio Rodríguez de las Heras, que nos dejó hace ya casi seis años por el COVID, me recomendó suscribirme a una publicación que llega puntual y gratuitamente todos (todos) los días a las ocho de la mañana al correo electrónico titulada «The Conversation España» ( https://theconversation.com/es ). Un puñado de artículos, cada cual más interesante, sobre variados temas de todo tipo. Leo algunos, ignoro otros y guardo los más interesantes. Por citar alguno de los que han llegado hoy, nueve de mayo de 2026, «Por qué seguimos necesitando el latín», «La pasión por Grecia de los viajeros españoles modernos», «El arte Medieval no es obscuro ni bárbaro» o «La utilidad de lo que no parece tenerla, según Nuccio Ordine». Mucha y muy variada e interesante información a diario. Colaboro con ellos con una aportación, voluntaria, anual. ¿Y ya? Pues no…

En los cursos de este verano de 2026 en Santander de la UIM-Universidad Internacional Menéndez Pelayo, aparece programado el curso «La aventura de divulgar ciencia en español con éxito: claves y herramientas. V edición» dirigido por Elena Sanz Pérez de Guzmán, codirectora del proyecto «The Conversation España». ¿Resistirse? Imposible. Allí estaré si no surge nada.

Podría estar comentando hechos como estos que me surgen por todos lados. Acabaré con uno: sábado 12 de junio de 2026, la UNED de Calatayud convoca en Daroca, Zaragoza, el seminario titulado «¿Se puede falsificar la historia? Gratuito, en la bella ciudad de Daroca, un fin de semana, con ponentes como José Luis Corral Lafuente, uno de mis novelistas de novela histórica de cabecera, Eduardo Juárez Valero, maestro y amigo, Nieves Concostrina… y algún reputado historiados más. ¿Es posible rehusar este bombón? Yo, al menos, no he sido capaz.

Después de todo esto y algunas actividades más que no he mencionado, se impone tomar determinaciones radicales que eviten el desbordamiento continuo a que me veo sometido en los últimos tiempos. El diccionario, en su segunda acepción referida a personas, lo pone claro: «Dicho de un asunto: Sobrepasar la capacidad intelectual o emocional de alguien.  Pues eso, a ver si soy capaz de aplicarme el cuento.


 


 

domingo, 3 de mayo de 2026

VEZ

Los más mayores recordarán aquella acción popular de pedir la vez cuando se llegaba a un sitio en el que era necesario guardar el turno para ser atendido. Sigue vigente en algunos sitios, como en algunos establecimientos en los que no expenden tickets y la cola se organiza con el antiguo sistema. Quedan pocos, pero todavía es necesario en la carnicería o pescadería a las que acudo en la actualidad.

Siendo yo muy pequeño —años 60 del siglo XX—, la asistencia médica en mi pueblo era de aquella manera. No existían los centros de salud y médicos y practicantes (las inyecciones eran lo normal) iban a las casas particulares previo aviso. Mi padre tenía una iguala para la atención familiar tanto con el médico como con el practicante. En el caso del médico, don Ricardo, aparte de ir a casa cuando era necesario, pasaba consulta a las cinco de la tarde en una dependencia anexa a su casa. Cuando llegabas allí, era necesario pedir la vez y a su vez darla al siguiente, quedando pendiente de cuando entraba la persona que te había dado la vez para acceder a continuación a la consulta.

Como para muchos el concepto de iguala pudiera ser desconocido, aclararé que se trataba de una especie de seguro particular con el propio médico o sanitario, lo que luego se ha convertido en medicina privada con grandes organizaciones como Asisa, Sanitas, Adeslas y otras muchas que han proliferado como setas en el bosque.

El practicante era muy curioso. No tenía consulta en casa por una razón peculiar: era Guardia Civil y vivía en dependencias del cuartel. Se llamaba Pereira, gallego él, completamente calvo, de cara sonrojada y siempre con una sonrisa, que yo calificaría de malévola cuando te iba a pinchar a ti, lo recuerdo bien. Muchas veces acudía a casa vestido de benemérito, con su maletín de cuero muy gastado. Lo primero que hacía era dejar su tricornio encima de la mesa del salón y dentro de él la pistola. Sacaba de su maletín una especie de plumier metálico, lo llenaba de alcohol, lo encendía y allí esterilizaba la jeringuilla y la aguja que posteriormente iba a buscar por lo general tu trasero.

Pero volvamos a lo de pedir la vez. Hoy en día está en completo desuso porque ha sido sustituido por el mundo de las citas, que ya las hay para todo. Vas con tu cita a la hora que te han comunicado con la advertencia de que es orientativa, cuestión que por lo general tiene lugar porque los retrasos es cosa común. Y eso quiero comentar aquí, no a modo de crítica sino de hechos. Nunca sabes qué está ocurriendo y por qué tu cita se retrasa, a veces horas…

El pasado verano de 2025 me diagnosticaron el síndrome del túnel carpiano en ambas manos: se me entumecían especialmente por las noches con dolor. Unas manoplas dejaban pasar la noche tranquila y por el día me apañaba moviendo los dedos. La intervención quirúrgica es sencilla, ambulatoria, pero no deja de ser en un quirófano si bien con anestesia local. Hace dos meses me operaron de la mano izquierda y fue como un paseo militar, llegué, me metieron al quirófano sin espera y a la media hora estaba de vuelta hacia casa.

Esta semana me han operado de la segunda mano, la derecha en este caso. En la sala de espera previa al quirófano iban y venían personas, entraban y salían, pero tres estábamos allí como si se hubieran olvidado de nosotros. Pasaba el tiempo y… nada. Al final entablas conversación y descubres, asombrado, que los tres estábamos para el mismo cirujano y que a los tres nos habían dado la cita a la misma hora. «Habrá tenido algún contratiempo el doctor», era la única explicación que nos podíamos ofrecer unos a otros, porque claro, como es costumbre en estas situaciones nadie te informa de nada. Hay que tener en cuenta que era ya por la tarde y llevábamos sin comer ni beber un montón de horas, requisito necesario para la operación.

Pasadas dos horas de la hora de cita llaman a una persona de las tres. No fui yo, con lo cual tocaba seguir esperando a que acabara con ella, pero sin saber quién de los dos restantes que quedábamos iba a ser el siguiente. Tuve suerte y me tocó a mí. Bueno, en media hora estaría fuera. Hay que decir, en estos tiempos que corren, que en la antesala yo al menos estaba sin teléfono ni reloj porque se los había dejado a mi mujer que estaba en otra sala fuera, esperando. El tiempo pasaba lentamente. Otra vez me llevaré el teléfono o un libro que dejaré en la taquilla con la ropa, por lo menos para aprovechar el tiempo.

Pero… segundas partes no tienen que ser igual que las primeras. Según comentó el doctor a mi mujer la cosa estaba más complicada, con lo que en lugar de media hora fueron casi dos, a añadir al tiempo de espera. La media hora de la primera vez se convirtió en cuatro horas y media. ¡Cómo para haber hecho planes!

Todo fue muy bien, como la vez anterior, pero quedaba una rémora. Amén de algunos esquinces, he sufrido operaciones de huesos en varias ocasiones a lo largo de mi vida: rotura de clavícula, luxación de codo y en las rodillas varias de menisco con prótesis incluida. Menciono las de huesos porque conllevan una cierta o completa inmovilización. En este caso concreto, la inmovilización es pequeña porque afecta a la muñeca únicamente, con lo cual te deja los dedos libres. Pero había un daño colateral oculto que no descubres hasta que llega el momento.

No se aprecia muy bien en la fotografía, pero la palma de la mano, bajo la venda, tiene un abultamiento protector de los puntos. Esa venda puede ser retirada a los tres días y sustituida por una simple gasa con esparadrapo dejando la mano completamente libre. ¿Por qué comento esto?

Paso mucho tiempo al cabo del día escribiendo, bien a mano o en el ordenador. La escritura a mano está bastante dificultada pero lo del ordenador es un suplicio, una tortura china: no puedo manejar con soltura el ratón. Lo he intentado con la mano izquierda y es peor que imposible, a lo mejor es que soy un patán, pero en mi vida de informático, tras más treinta años que existen los ratones de ordenador he tenido impedida mi mano derecha. A ver si se pasan los tres días… Es verdad que, si hubiera tenido la mano escayolada o el brazo en cabestrillo, lo del ordenador hubiera sido dejado de lado, pero así, en un quiero y no puedo, cada vez que tengo que usar el ratón no sé cómo ponerme.

En alguna ocasión he intentado sin verdadera necesidad escribir con la izquierda, como los zurdos, pero nunca he llegado a dominarlo siquiera medianamente. Ahora habrá que añadir el aprender a manejar el ratón con la izquierda por si llega la ocasión aquella de obligado te veas.