Al principio de los años ochenta del siglo pasado, cuando llegaban las vacaciones de verano, el ritual era llenar el coche de comida no perecedera, añadir la tienda de campaña y hacer kilómetros por las carreteras europeas, toda una aventura. Recuerdos especiales como aquel viaje de treinta días recorriendo más de trece mil kilómetros hasta sobrepasar el Círculo Polar Ártico y disfrutar del inolvidable “Sol de Medianoche” o galopadas de mil ochocientos kilómetros para llegar a casa desde Interlaken, en el corazón de Suiza, en una sola jornada, cuando el tramo entre Zaragoza y Madrid, los últimos trescientos y pico kilómetros, eran de carretera normal, llena de camiones.
Pero esta introducción me desvía del interés en este escrito. En esta semana me he visto obligado a hacer 54 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, a media mañana, por carreteras locales de la Comunidad de Madrid. Un verdadero calvario, enorme suplicio, especialmente cuando hay que atravesar múltiples poblaciones como fue el caso.
Los camiones y furgonetas de reparto, que hacen su trabajo como pueden, los camiones de retiradas de los contenedores de basura, verdes, amarillos o azules, que paran y realizan sus funciones cuando les toca, el autobús de línea que mientras está parado recogiendo y dejando viajeros corta el tráfico, el turista despistado que para a preguntar, el conductor mayor que va lentísimo, el que aparca y desaparca ….. una serie de pequeños caos que te pueden hacer el viaje de lo más desagradable.
Pero esto es parte del juego. El tráfico es así y hay que adaptarse, bien eligiendo otros horarios o bien poniendo buena música en la radio y disfrutando del "paseo", eso sí, saliendo con suficiente tiempo para tardar hora y cuarto en un trayecto que normalmente se hace en cuarenta y cinco minutos.
Los conductores, hablando en términos generales, nos hemos dedicado durante muchos años a ignorar las señales de tráfico, unos más y otros menos, y adaptarlas a nuestras peculiares visiones. El aparcar bajo una señal de prohibido, siempre que “no se molestase”, era y sigue siendo habitual, así como otras cuestiones menores y no tan menores, que quitaban valor a las señales y permitían adaptar el Código de la Circulación a la visión particular de cada uno. Otras cosas de más calado, como velocidad, conductas inadecuadas, conducir en estado de embriaguez, saltarse los semáforos o señales peligrosas como un “stop”, empezaban a denotar un relajamiento en la observación de las normas que conducía a efectos muy dañinos y perniciosos, tales como muertos y heridos que no paraban de crecer y engrosar las estadísticas siniestras semana tras semana.
A estas alturas en las que estamos, solo el “jarabe de palo” aplicado con contundencia parece la única posibilidad de meternos a todos en vereda. El Carnet Por Puntos, la subida desproporcionada de las multas, radares fijos y móviles que van apareciendo como setas en todas las carreteras y acciones similares parece que están empezando a surtir efecto a tenor de lo que reflejan las estadísticas. Conducimos con demasiado miedo para no incurrir en falta.
Pero me quiero referir a otros “jarabe de palo” que afean nuestros pueblos y ciudades, que nos cuestan mucho dinero, que destrozan nuestros vehículos y que ponen a prueba nuestra paciencia. Son restricciones físicas tales como bolardos en las aceras, bordillos levantados, caceras, zanjas, barreras y ….. “guardias tumbados”. Ya que no nos pueden poner un guardia real a cada conductor las veinticuatro horas del día, nuestras autoridades se han dedicado a sembrar los pueblos, como si de una auténtica plaga se tratase, de estas elevaciones de la calzada, algunas realizadas con poco criterio y que representan un suplicio diario para miles y miles de conductores.
En el viaje que he comentado anteriormente, para distraerme, me dediqué a contar los “guardias tumbados” que iba sobrepasando. Solo aguanté en las tres primeras poblaciones, donde registré respectivamente 9, 13 y 12. Luego ya lo dejé por aburrimiento. Treinta y cuatro saltitos “tachín-tachán” con el coche a la ida y otros treinta y cuatro saltitos a la vuelta solo en esas tres poblaciones.
Desde luego que cumplen su función, que es reducir la velocidad de los vehículos. A la fuerza obligan. Al parecer a tanto ha llegado la cosa que el Ministerio de Fomento, el pasado mes de Noviembre, ha emitido una nota técnica que regula e informa de las medidas y tamaños que se deben tener en cuenta al construir estos “impedimentos” tan molestos. Porque parece que llega el albañil del ayuntamiento correspondiente y los hace según le venga la idea o tenga ganas, repito, parece. Algunos se asemejan a bordillos atravesados en la calzada, como el de la fotografía, y son terroríficos para los coches y no digamos ya para autobuses o camiones, que a pesar de pasar prácticamente parados se dejan los bajos, la amortiguación y la paciencia de sus conductores.
El otro día hice una prueba, pero solo una, ya que no estoy por la labor de destrozar el coche. En un tramo que estaba señalizado a 50 como velocidad máxima, puse el coche a esa velocidad exacta utilizando el limitador y acometí decidido uno de ellos. Casi me quedo allí. El pasarlos a 30 kilómetros por hora, repito en un tramo señalizado a 50, ya es en algunos casos como para tener que llamar a la grúa y que venga a recogernos.
Al final es lo de siempre, como hay algunos conductores, entiendo que una minoría que no cumplen las normas, pongamos obstáculos para hacérselas cumplir a estos pocos, y de paso castigamos a la mayoría que no tendría por qué sufrir estos inconvenientes.
Y lo más lamentable es la cuestión de fondo, olvidada ya, y que recupero:
¿porqué no es suficiente con las señales de limitación de velocidad?