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domingo, 10 de julio de 2016

ASOMBRARSE




En cualquier momento puede surgir una idea que nos posibilite adentrarnos por una vía inexplorada de conocimiento que nos permita ir descubriendo cosas nuevas o diferentes aspectos de otras a las que no habíamos prestado atención. En una comida familiar esta semana, una cuñada me habló de un libro de Catherine L’Ecuyer titulado «Educar en el asombro». El título me pareció sugerente, por lo que tomé nota en mi teléfono móvil –ya pasó la época de llevar bolígrafo y papel– para evitar que la idea quedara relegada al olvido. Posteriormente, con tranquilidad y medios, léase internet, una exploración más a fondo permite descubrir nuevos mundos en los que adentrarse.

Asombrarse es sentir sorpresa, extrañeza o admiración ante algo inesperado. Lo de inesperado está en relación directa con la edad de cada uno; es muy común para las personas mayores el decir que ya no les sorprende nada pero para los niños, con todo un mundo por explorar y descubrir, todas y cada una de las pequeñas cosas que van surgiendo en su vida componen una situación novedosa que motiva su asombro y, lo que es importante, su interés y motivación por aprender.

Investigando sobre la autora antes comentada, tiene además otro segundo libro escrito titulado «Educar en la realidad». Madre de cuatro hijos, ha escrito numerosos artículos, participado en programas y medios sobre temas de educación y ha sido entrevistada en numerosas ocasiones en diarios y televisión. De todo ello tenemos cumplida información en su cuidado blog en el que liga con mucha intención otra palabra fundamental en la formación del niño: el apego.

A medida que vamos cumpliendo años y nuestro conocimiento se va llenando de sensaciones, perdemos progresivamente nuestra capacidad de asombro, lo cual a mi juicio no es bueno, porque ello conlleva una desgana en motivación e ilusión por descubrir cosas nuevas, por fomentar nuestra curiosidad, que como ya he dicho muchas veces, es el mejor antídoto para la vejez. Cualquier situación puede sugerirnos una nueva reflexión que nos permita ponernos en marcha en la búsqueda de nuevos conocimientos y nuevas sensaciones.

Anteayer esperaba pacientemente, más de media hora, la puesta de sol que puede verse en la fotografía que acompaña a esta entrada. Entre un cielo repleto de nubarrones negros y la línea del horizonte del mar solo quedaba un pequeño resquicio por el que podríamos ver el tránsito del astro rey un par de minutos a lo sumo. La espera mereció la pena para poder contemplar y disfrutar de un soberbio espectáculo, aunque la imagen no haga mucho honor a la escena. Un hecho tan cotidiano como este, que se repite machaconamente día tras día, puede ser el origen de mil y un pensamientos nuevos que nos lleven a cuestionarnos cosas que ya sabemos pero sobre las que podemos volver a reflexionar con otros puntos de vista y a la luz de nuevos conocimientos: la redondez de la Tierra, su movimiento rotacional, la distancia al sol, las noches y los días… Una pregunta para el curioso lector que a lo mejor no se ha planteado nunca: ¿Cómo es posible que cuando en el hemisferio norte es verano sea invierno en el hemisferio sur? Para incentivar la motivación y excitar el asombro, solamente recordar que la distancia de la Tierra al Sol es exactamente la misma para ambos hemisferios, con lo cual las radiaciones solares que llegan a la Tierra son idénticas.

Todas estas cuestiones enlazan con el asunto de la educación ¿Cómo puede un maestro o un padre motivar a un niño a aprender matemáticas?, una disciplina ardua y odiosa para la mayoría. El asombro puede venir en nuestra ayuda si encontramos formas de ilusionar que permitan iniciar la búsqueda y el aprendizaje por un convencimiento propio y no por una imposición. Según dice W. Edwards Deming, «las personas serán más creativas cuando se sientan motivadas principalmente por el interés, la satisfacción y el desafío del propio trabajo y no por las presiones externas». La clave está en despertar ese desafío interno que promueva un movimiento continuo hasta ser satisfecho. ¿Cómo me maravillaría yo? ¿Cómo conseguir maravillar a otros? No podemos olvidar que «Enseñar a quién no tiene curiosidad por aprender es como sembrar un campo sin ararlo», como bien nos dice Richard Whately. Y ya que hemos destapado la caja de los truenos de las matemáticas, una recomendación: «El diablo de los números», un libro precioso de Hans Magnus Enzensberger, una historia para amar las matemáticas.

Se pueden proponer muchas ideas acerca de todo este asunto, pero la básica y central podría ser el preguntarse uno mismo de forma continuada porque suceden las cosas, desde las más elementales hasta las más complejas. Le incito de nuevo con un hecho que me maravilla desde mis pasados estudios de biología. Haga la siguiente prueba, muy sencilla: con los ojos cerrados tóquese la punta de la nariz con el dedo índice de la mano derecha. ¿Acertó a la primera? ¿Se tocó un ojo, la frente o una oreja? ¿No le parece maravilloso? Pues si empezamos a pensar en todos los sistemas orgánicos, cerebro, sistema nervioso, músculos, etc. etc. que hemos empleado para culminar con éxito esta prueba nos podemos quedar asombrados y quizá nos dé por leer cuestiones sobre biología humana que ye le anticipo que son tremendamente interesantes. Jon Kabat Zinn, un autor con interesantes libros sobre psicología humana dice que «todo lo que nuestro cuerpo hace normalmente es maravilloso y extraordinario, aunque pocas veces se nos ocurre pensar en ello de esta manera».

Y para terminar, ya que estamos hoy con frases, recordar un par de ellas. De Charles Bukowski, la que dice que «el problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente estúpida está llena de certezas» y de Gilbert Keith Chesterton, «envejezco para todo menos para la capacidad de asombrarme». Asombrémonos, pues, todo lo que podamos y de forma cotidiana.




sábado, 2 de julio de 2016

PUCHERAZO




Demasiados ataques al diccionario en las últimas entradas, eso sí, solo a consultar y aprender, que nunca es tarde. El término elegido como título hoy tiene en el libro de los libros la acepción que iba buscando y que reza lo siguiente: «Fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos». Un tema de actualidad teniendo en cuenta que el pasado domingo 26 de junio de 2016 se han celebrado en España elecciones generales, las segundas en seis meses. Nunca hubiera pensado que en un país supuestamente avanzado en asuntos de democracia se pudiera «dar pucherazo», expresión también recogida en el diccionario y explicada como «computar votos no emitidos en una elección».

El asunto es que actuaciones que parecían inconcebibles salen a la luz día tras día, dando una imagen de la calaña de algunas de las personas que rigen nuestros destinos y que hacen que surjan dudas en cuestiones que antes se juzgaban como imposibles. El problema es que a fecha de hoy a mí me parece que algunos son capaces de eso y de mucho más.

Para muestra vale un botón. En un vídeo de cinco minutos, en inglés pero con subtítulos saltarines en castellano, a disposición de quién esté interesado en la plataforma Youtube y accesible a fecha de hoy mediante este enlace, un informático norteamericano explica ante los jueces como hace años realizó por encargo de su jefe un programa para alterar los resultados de las elecciones en el estado norteamericano de Ohio. Él dice que es muy fácil y yo, que llevo más de cuarenta años trasteando y codificando programas informáticos, digo lo mismo. ¿Quién controla esto?

Es casi imposible en una mesa electoral dar pucherazo. Se tendrían que poner muy de acuerdo el presidente, los vocales, los interventores si existen e incluso el público que puede voluntariamente asistir al escrutinio. Pudiera ocurrir, pero es altamente improbable. Se confecciona el acta, la firma todo el mundo y se lleva al juzgado. ¿Quién o como se garantiza que el papel que recibe el juzgado es físicamente el mismo que se ha generado en la mesa de votación? ¿Se puede dar el cambiazo? En todo caso este proceso tampoco sería muy viable para alterar los resultados, ya que intervienen muchas personas, muchos juzgados y sería difícil hacerlo de una forma generalizada para que surtiera efecto.

A continuación, los datos procedentes de las actas en papel son introducidos por diferentes formas en los ordenadores centrales de… ¡una empresa que se encarga de procesar todos los datos del entramado electoral! Ni siquiera es el propio Ministerio correspondiente sino que se contrata un servicio externo. ¿Qué controles se dan en esta contratación? ¿Se verifica el funcionamiento correcto de la empresa contratada, sus procesos y sus programas informáticos? ¿Existe alguna auditoría que compruebe la exactitud de los procesos y los datos? Realmente desconozco si hay respuesta a estas preguntas o solo se trata de una cuestión de confianza.

Retrotrayéndonos al pasado, en los años setenta del siglo pasado tuvo lugar la explosión de los procesos bancarios; los recibos que antes se pagaban al cobrador que iba casa por casa empezaron a domiciliarse en cuentas y lo que eran tres o cuatro relativos a los servicios básicos, se han convertido en la actualidad en una montonera de pagos mensuales, bimensuales, trimestrales, semestrales o anuales que asusta. Basta con echar un vistazo a los movimientos de la cuenta bancaria de cualquier persona normal para ver el número ingente y creciente de recibos que pagamos a través del banco. En mi caso y en la carpeta donde guardo los justificantes de los cargos, extractos y demás relativa al pasado año 2015 hay 259 justificantes.

A modo de ejemplo que pudiera guardar cierta similitud, ocurrió algunas veces en aquellas épocas que avispados informáticos realizaron triquiñuelas en sus programas para detraer algunos centimillos en ciertas operaciones como por ejemplo los abonos de intereses, antes cuando había, o en función de ciertos condicionantes como la edad de las personas, la inmovilidad de las cuentas u otros para desviar esos céntimos a otras cuentas de forma que muchos pocos hicieran un mucho y conseguir lucrarse de manera ilícita. Algunos casos salieron a la luz y otros no, pues suponían una muy mala imagen para los bancos que preferían lavar los trapos sucios de forma interna y solucionarse sus problemas sin dar que hablar a la opinión pública.

Otro ejemplo que se me ocurre tiene lugar con frecuencia cuando vamos al supermercado. Llenamos el carro de cosas y pasamos por caja, donde nos dan un tique con la cuenta. Mucha gente ni lo mira, paga con la tarjeta y sale zumbando, otros repasamos por encima los artículos y los precios por aquello de detectar errores o falsas ofertas, pero… ¿quién revisa la suma a ver si es correcta? Como está hecha por una máquina, nos fiamos, pero las máquinas y los ordenadores se programan, pueden existir errores sin querer pero también queriendo. Tengo que decir que yo he comprobado en algunas ocasiones estas sumas y están correctas, pero eso no significa nada, porque si el error es intencionado, uno de los requisitos que todo malhechor sabe es que sea intermitente para hacer más difícil su detección. Por ejemplo, en los minutos 17, 35 y 55 de cada hora, el ordenador añade 10, 20 o 30 céntimos «de clavo» a la cuenta, lo que seguramente pase desapercibido.

Nos fiamos mucho de las personas y de las máquinas, demasiado en algunos casos, porque la realidad nos demuestra día a día que ciertos cargos, ciertos uniformes, ciertas empresas y ciertos programas informáticos no son de fiar e incluso pueden estar ejecutando acciones intencionadamente erróneas en su propio beneficio.

Volviendo al tema que nos ocupa, hay cierta actividad sobre este asunto en estos días, pero evidentemente fuera de los canales oficiales. Los grandes medios no se ocupan de esta posibilidad, que es descabellada para el común de los mortales: somos un país serio y estas cosas no pasan. En todo caso, el problema sería como verificar si todo está correcto, como hacer una mínima auditoría. Hay alrededor de 66.000 mesas electorales en España, lo que supone otras tantas actas que estarán depositadas unos meses en los juzgados. Comprobar que las actas son las correctas y que sus datos están correctamente reflejados en el «ordenador» de la empresa que se ha encargado del asunto es harina de otro costal y tarea más que ardua.

Si quiere Vd. seguir adentrándose en este tema de ciencia ficción, le propongo un par de vías a explorar. Una, que es la primera vez que las encuestas realizadas a pie de urna presentan una desviación tan grande y desproporcionada como la que ha tenido lugar. Otra, que la empresa que se ha encargado del escrutinio en junio de 2016 no ha sido la misma que lo hizo en las elecciones del pasado diciembre de 2015 y además parece que el cambio se ha decidido sin muchos controles tan sólo un mes antes de las elecciones. Lo malo de todo este asunto es que, probablemente sin razón, a mí me entra la duda.
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domingo, 26 de junio de 2016

ESTILOGRÁFICAS




Si nos aproximamos al diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua Española buscando la entrada «pluma», accederemos a un sinfín de descripciones, hasta diecinueve en estas fechas de junio de dos mil dieciséis, algunas de ellas ciertamente curiosas por desconocidas, como por ejemplo «cada una de las virutas que se sacan al tornear», «pieza del cerdo posterior a la presa» o «ventosidad, pedo». Una de ellas, aclarada posteriormente es la de «pluma estilográfica» que se describe como «pluma de escribir que lleva incorporado un depósito recargable o un cartucho para la tinta». En lo de cartucho se ve que el diccionario está puesto al día…

Una de las cosas que recuerdo de mi infancia es la escritura de mi padre, que era preferentemente con estilográfica. Tanto en casa como en la oficina en la que trabajaba por las tardes, la herramienta de escritura preferida era la pluma. Esto escribía hace años en otra entrada de este blog

Escribía siempre con pluma y con una letra antigua y preciosa. La gustaba mucho escribir, con lo que en casa hay montones de papeles con notas, cuentas y anécdotas. En plena época de las máquinas de escribir, con motivo de tener que redactar alguna instancia o documento oficial, le requería para que me la escribiera, para presentarla con todo orgullo en el registro oficial donde sorprendía por el hecho de que fuera escrita a mano y además con esa letra tan característica.

Cuando ya contaba con algunos años, le pedía que me la prestara para escribir parte de mis deberes y con lo que recuerdo que disfrutaba sobremanera era con la operación de carga desde el tintero. Accionar el émbolo de goma, varias veces, con lo que se cargaba y descargaba, era como un juego con el que disfrutaba mucho y que en alguna ocasión me ocasionó alguna reprimenda porque, ya se sabe, «con las cosas de escribir no se juega». En la oficina en la que coincidí con él entre mis trece y mis diecisiete años también yo tomé la costumbre de utilizar la pluma, aunque mis cometidos eran más de realizar con la máquina de escribir. Desde entonces la pluma estilográfica ha sido un objeto lejano para mí y mucho más en los últimos tiempos en que lo que se escribe se teclea directamente en el ordenador. De hecho yo creo que gran parte de los adultos hemos perdido la costumbre de escribir a mano, ya que el correo postal ha caído en desuso al ser sustituido por dispositivos electrónicos que facilitan la rapidez y la inmediatez. Y más ahora donde ya no se teclea sino que se habla directamente para que la máquina lo escriba, con algunos errores, pero poco a poco los sistemas se van perfeccionando de forma sorprendente.

En algunas clases a las que asisto en los últimos años gusto de tomar apuntes a la antigua usanza, aunque por comodidad lo hago con bolígrafos de esos de gel modernos que permiten una fluidez espectacular. En la última clase recuerdo que llené 13 caras de notas, hecho que me sirve de base para el comentario central de esta entrada. Hay alumnos que toman las notas directamente en tabletas u ordenadores, lo que les permite una mayor velocidad, amén de que cuando acaba la clase ya lo tienen todo archivado en el ordenador de forma electrónica. Yo en cuanto llego a casa lo paso por el escáner y lo guardo pero en formato imagen lo que no permite su modificación para ampliar conceptos. Otra práctica realizada por algunos y que yo también he probado aunque no me gusta, es grabar la disertación del profesor en el teléfono móvil y luego en casa ir transcribiendo al ordenador, con la posibilidad de parar la charla si no nos da tiempo a tomar todas las notas que deseamos: la tecnología a nuestros pies y a nuestro servicio.

En mi pasado cumpleaños mi mujer me regaló una pluma estilográfica, grabada con mi nombre y mi fecha de nacimiento, preciosa, sencilla, agradable al tacto y con la que sobreviene un cierto placer en su utilización. Pero… en casa yo no tengo nada que escribir con lo que su uso es muy esporádico y casi forzado. Este modelo es de las de cartucho y coincidió que puse un cartucho nuevo antes de la última clase. La carga de ese cartucho me duró exactamente las trece caras de apuntes tamaño A-4 que tomé en la clase. Menos mal, porque no llevaba otro de repuesto pensando que duraría más, nunca había escrito tanto y tan seguido en los últimos tiempos. De vuelta a casa verifiqué que solo me quedaba un cartucho de la caja de cinco que venían en el embalaje original del regalo.

Se imponía la adquisición de respuestos, para lo que me dirigí a una papelería de la localidad donde me informaron debidamente que esa marca utiliza únicamente repuestos originales, que hasta donde ellos sabían no había compatibles y que el precio de la cajita conteniendo cinco cartuchos era de 3,40 euros. Aunque me parecía una enormidad, adquirí uno e inmediatamente, uno que es así, deduje que la toma de apuntes, las doce más una caras de A-4 me habían costado en el apartado de tinta la friolera de 0,70 euros, que parece una nimiedad pero…«si mi padre levantara la cabeza con sus pesetas…»

He indagado en otras papelerías locales y en superficies más grandes y el precio oscila entre 3,40 y 3,70 euros. Por internet he llegado a descender hasta 2,99 euros pero hay que añadir los costes de envío si solo vamos a pedir eso. Me resisto a este consumismo de desechables por la comodidad a un precio exorbitado. Indagando en foros y empresas de papelería, he visto que existe la posibilidad de utilizar cartuchos recargables de la marca, con su émbolo o pistón que no queda claro, de forma que pueda volver al clásico tintero y retomar las operaciones que tanto me divertían cuando era pequeño, amén de ahorrarme unos eurillos para retomar el placer de escribir con estilográfica.



domingo, 19 de junio de 2016

DESPLAZAMIENTO




El realizar a diario el mismo trayecto conduciendo en solitario un vehículo particular puede llegar a ser tremendamente aburrido, especialmente si uno no comulga mucho con este tipo de desplazamientos regulares pero no queda otro remedio si la alternativa que pasa por utilizar el transporte público convierte un trayecto de cuarenta minutos en uno de más de dos horas. Y dejemos claro que esto es tanto a la ida como a la vuelta, con lo que no es de recibo invertir casi cuatro horas y media diarias en un viaje para laborar siete. Puede considerarse un caso especial motivado por que los transportes entre la periferia de la gran ciudad son prácticamente inexistentes y todo trayecto pasa por alcanzar la ciudad y volver a salir de ella.

Esta semana me he dedicado un par de días a transitar académicamente tanto a la ida como a la vuelta los 50 kilómetros que aproximadamente separan mi domicilio de la sede de la empresa en que presto mis servicios. Por lo indicado en el párrafo anterior, se puede deducir que utilizo algunas carreteras locales para el desplazamiento, y también otras de circunvalación. Con lo de «académicamente» me refiero a respetar escrupulosamente todas las señales de tráfico, especialmente las limitaciones de velocidad, una cuestión que no es nada fácil llevar a cabo. Es una manera de entretenerse en el viaje y en este sentido recuerdo otro entretenimiento que intenté y conseguí hace unos años en un trayecto de características muy similares y que consistió en llegar desde mi domicilio al centro de trabajo sin tocar en ningún momento el freno del coche. Lo conseguí en un par de ocasiones de varios intentos, ya que en esta operación de «no frenar con los frenos» y «sí controlar con el motor del coche» se depende muy mucho de las condiciones del tráfico, de lo que hagan los demás conductores y de unos semáforos que encontraba al principio y al final el trayecto que frustraron, ellos solitos y en el caso de la llegada, algunos de mis intentos.

Los coches modernos aportan soluciones tecnológicas en esto del control de la velocidad. El mío actual dispone de una pantalla táctil, como la que se ve en la imagen, donde se pueden establecer seis valores prefijados, tanto de velocidad como de limitación, para gobernar de forma automática el coche. Tardan un tiempo en responder, en ambos casos, por lo que en las operaciones de aceleración y frenado no las he utilizado para ajustarme a las velocidades indicadas en los diferentes tramos por los que circulo en este viaje y que a continuación comento. Es pertinente añadir que el velocímetro del coche marca de forma algo inexacta la velocidad, por lo que le he calibrado con dos GPS de confianza, además de con mi teléfono, y por ello los límites que pueden observarse en la imagen son, por ejemplo, de 103 kilómetros por hora para conseguir 100 kilómetros por hora reales.

Añado que el tráfico a las horas que voy es fluido y permite atender escrupulosamente la señalización. El primer tramo de 14 kilómetros transcurre entre dos localidades. Es una buena carretera local, con arcén, pero con un trazado delicado de curvas y cambios de rasante, limitado en general a 90 km/h. En este caso estimo que es la velocidad adecuada al trazado, aunque en algunos momentos puntuales de rectas o curvas amplias pudiera circularse más deprisa con seguridad. A lo largo de este tramo hay varias entradas a urbanizaciones a uno y otro lado con límite a 60 y algunas rotondas limitadas a 40. Bajar a 60 varias veces, bueno, pero lo de bajar a 40 para negociar las rotondas, amplias y con buena visibilidad es un dolor y pocos conductores lo hacen.

La localidad comentada se circunvala y hasta la siguiente localidad hay un nuevo tramo de 16 km. Características similares aunque ya sin acceso a urbanizaciones, buen trazado y firme, pero con prohibición durante todo el tramo de efectuar adelantamientos. La velocidad máxima a 90 km/hora me parece correcta para el tipo de vía y sus condiciones.

Pero ahora viene lo bueno. Los siguientes 12 kilómetros, entre esta localidad y el acceso a una vía de circunvalación de la gran ciudad, son una autovía moderna, perfecta, bien trazada, con buen firme y buenas condiciones, pero limitada a 100 km/hora. E incluso en un corto tramo en los que hay unas curvas y un puente, la limitación baja a 80 Km/hora. ¡En una autovía! Lo que ocurre cuando yo he circulado a reglamento es que salvo tres coches un día y dos otro, el resto me adelantan a más velocidad y algunos, como se dice en el argot, «como balas», las limitaciones no van con ellos, ni siquiera en el tramo de 80, que hay que decirlo, es donde se coloca en algunas ocasiones un «pájaro azul y amarillo» que desde el cielo extenderá, supongo, las correspondientes «recetas» a estos chicos y chicas díscolos. Francamente no comparto el establecimiento de la velocidad a 100 pero eso es lo que ponen las señales.

Y llegamos al último tramo de unos 8 kilómetros por una gran vía de circunvalación de una gran ciudad limitado a 120 km. por hora. Hay más tráfico y sin contar a los vehículos pesados, algunos aunque muy pocos respetan la velocidad, yendo siempre un poquito por encima de lo permitido. Y en un tramo que hay un túnel y la velocidad que da en 100, más de lo mismo, se aminora un poco la velocidad, pero no todo lo establecido por la ley.

De todo lo expuesto, yo deduzco que las limitaciones establecidas, en alguno de los casos como en la autovía y la autopista están puestas asumiendo que algunos van a circular «por encima». Entenderán que si suben, en el caso de la autovía de 100 a 110 o 120, algunos van a ir ese poquito por encima y eso puede ser peligroso. Pero si esto es así, ¿Qué ocurre con los que cumplen? Por todo ello, mi opinión es que las señales están para cumplirlas, académicamente, y la autoridad competente, en este caso la Guardia Civil de Tráfico, debería de hacer todo lo posible, con los medios educativos o intimidatorios que sean necesarios, porque se cumplan. Y si no es así…retirarlas o cambiarlas. Por similitud, en la zona donde trabajo, con problemas de aparcamiento, hay una zona cercana a la oficina con señales de prohibido aparcar que a media mañana está hasta los topes. Cuando yo llego a primera hora hay sitio en ella, pero me desplazo un poco hasta una zona permitida. Como observo, día tras día, que no hay «consecuencias» para los infractores, la pregunta es obvia: ¿Debería yo aparcar también en esa zona prohibida? Y si se consiente, insisto en que es día tras día, que se aparque en ella… ¿por qué no se retiran las señales de prohibido?




domingo, 12 de junio de 2016

MERCADOTECNIA





Buena palabreja donde las haya, pero es que las de «publicidad» y «propaganda» ya han sido utilizadas como título en este blog y no es cuestión de repetirse, que la lengua española es muy rica en sinónimos. Y de paso una visita al diccionario para ver que mercadotecnia se refiere al «conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda». Digamos que los principios, aunque hay que tenerlos, no me importan mucho para el comentario de esta entrada mientras que por el contrario las prácticas es el apartado en el que puesto mayormente mi atención. Se trata por todos los medios que el consumidor consuma un determinado producto y para ello hay que llegar a él por todos los medios posibles. A lo largo de los últimos años la propaganda se ha diversificado y se ubica en numerosos medios escritos, radiofónicos, televisivos, y en la red.

Recuerdo que hace unos años hubo una campaña para retirar los anuncios que en grandes paneles proliferaban en los laterales de las carreteras; se pretendió que podían despistar a los conductores y provocar situaciones de accidente. Hasta el más famoso de los anuncios de carretera, el conocido «toro» de Osborne se vio amenazado por la voracidad eliminatoria de la administración y aunque al final fue digamos indultado, creo que algunos de ellos desaparecieron.

Como pasa con todo, el tiempo da y quita razones y aquello se nos revela ahora como una renovación de las concesiones ya que las carreteras vuelven a estar pobladas de paneles con anuncios. Qué ocurre, ¿es que ahora no despistan a los conductores? Y es que además, por si fuera poco, muchos de ellos no son estáticos sino que son verdaderas pantallas gigantes que te saltan a la vista con anuncios cambiantes a los que es muy difícil resistirse a mirar, lo cual sí que es peligroso. Supongo que habrá normativa relativa al tipo de imágenes y la movilidad de las mismas que se puedan utilizar en este tipo de anuncios pero ya se sabe que las normas están para saltárselas porque siempre es más barato pagar la multa correspondiente si llega a imponerse y la comparamos con los beneficios obtenidos.

Ciertas prácticas deberían estar prohibidas y retiradas de la circulación. Cuando ya se habían conseguido eliminar gran parte de los anuncios destinados a los automovilistas, vuelve y con fuerza; es de suponer que como en todo existe un trasfondo económico muy poderoso que fomenta esta actividad y máxime ahora con las enormes posibilidades que suponen las pantallas cuyo contenido se puede cambiar a distancia y adecuarlo en función de los parámetros que se estimen oportunos. Cuando antaño eran estáticos, teníamos la garantía de que si pasábamos todos los días por el mismo punto, el anuncio era el mismo durante meses, ya que su sustitución a base de papeles pegados por operarios era bastante costosa.

Pero la clave de esta entrada me ha surgido en las propias carnes por una práctica que aunque ya no es muy utilizada sí que surge de vez en cuando sobre todo a niveles locales. Me refiero al uso de papeles sujetos a los limpiaparabrisas del coche. Supongo que serán campañas pero llevo ya unos días, quizá semanas, que cuando acudo a recoger mi vehículo tras el trabajo me tengo que molestar en retirar la propaganda de un restaurante que han abierto en la zona. Todos los días lo mismo, ya me lo sé de memoria desde el primer día y lo que consiguen en lugar de que me entren ganas de ir a él, es un cabreo mayúsculo y que le ponga la cruz de por vida.

¿Qué piensa Vd. que ocurre con esos papeles de propaganda? Yo me molesto en recogerlos y cuando llego a casa los pongo en la bolsa que tenemos para el reciclado de papel. Pero la mayoría de los conductores o bien no lo retiran del parabrisas, con lo que se vuela al poco tiempo de iniciar la marcha o, lo que es peor y lo he visto con mis propios ojos, lo cogen y sin siquiera leerlo lo tiran al suelo. Los alrededores de la zona donde aparco están llenos de estos restos.

Pero hay otro peligro en este asunto: que llueva. Como se puede ver en las dos fotografías, numerosos coches de la zona han quedado marcados como si fueran reses por unas manchas blancas resultado de haberse quedado pegadas al cristal las tintas de los papeles de propaganda. Y hay que decir que cuesta mucho quitarlos, teniendo que emplear una rasqueta, agua caliente y un buen rato de dale que te pego, acordándose del restaurante de marras, la clínica que ofrece tratamientos, el gimnasio cercano o establecimientos similares.

Como digo, ciertas prácticas deberían estar prohibidas, de forma rotunda y tajante. Si la policía municipal pasa por una zona donde muchos coches están «atacados», debería haber una ley que les permitiera tomar una fotografía, retirar esa propaganda de uno de los vehículos y personarse en el comercio o empresa correspondiente para levantarles un acta sancionadora y obligarles a que pasen por todos los coches y retiren las hojas. El suelo de los alrededores y los servicios de limpieza de la zona se lo agradecerían y los conductores, al menos los que piensen como yo, también. Pero como todo en esta vida tiene dos caras, las imprentas que se dedican a este tipo de anuncios no se alegrarían tanto.


domingo, 5 de junio de 2016

VEJEZ




Cuando uno ha superado ciertas fronteras vitales y quemado, casi, la etapa laboral tal y como se entiende actualmente, es bueno poner el magín a dilucidar qué hacer en el futuro, donde en teoría el tiempo libre se incrementará de manera significativa, eso sí, acompañado de una merma en los ingresos que pueden condicionar las decisiones, aunque también existen en este momento, aunque peligran de cara al futuro, ciertas facilidades para los mayores en lo que se ha dado en llamar el estado del bienestar en temas como asistencia a museos, viajes, excursiones, vacaciones, obras de teatro, etc. etc.

Los cambios vertiginosos a los que no estamos acostumbrados pero que se producen de un día para otro están cambiando de forma profunda los usos sociales. Hasta no hace muchos años, incluso ahora, la educación en nuestra época de adolescentes y jóvenes se preocupaba principalmente de dotarnos de herramientas y conocimientos para incorporarnos al mundo laboral. Para nada esta educación contemplaba la inevitable fase posterior, tras la jubilación, que bien es verdad y por lo general en caso de los hombres solía durar muy poco, pues las expectativas de vida no eran como ahora y la percepción de habernos convertido en ciudadanos inservibles, «abuelos», aceleraba nuestro abandono de este mundo.

Según estadísticas, los españoles tenemos en estos momentos una media de dieciocho años de vida tras nuestro retiro. Son muchos años para estar mano sobre mano, por lo que ya que no nos llenaron la mochila en nuestra época de estudiantes para afrontar con garantías esta etapa, bien haremos en procurarnos por nosotros mismos entretenimientos y actividades en las que emplearnos que nos permitan transitar por esta etapa de la vida con suficientes mimbres para mantener un interés y una curiosidad que alejen de nosotros la monotonía y el aburrimiento.

Siempre se aprende de la historia. Y en este asunto lo mejor es observar a los que nos rodean o han rodeado de nuestras propias familias y amigos para ir tomando nota de, sobre todo, lo que no debemos de hacer. Por otro lado, y teniendo en cuenta como se negocian por parte de nuestros políticos los montantes dedicados a nuestras coberturas futuras, léase pensiones, más vale que nos planteemos ciertas cuestiones con la suficiente antelación para no tener que sufrir situaciones adversas cuando ya no tengamos capacidad de reacción. Cada vez se habla más de una «vejez activa y productiva» que permita llevar una vida placentera siempre que la salud nos lo permita.

Conozco varios ancianos que pasan el día somnolientos o, como dicen ellos, despiertos con los ojos cerrados, sin nada que hacer. Bien en sus casas o en residencias, sus aficiones y su vida no les han dotado de entretenimientos que les permitan desarrollar actividades gratificantes, con lo que toda actividad es una televisión emitiendo imágenes y sonidos a la que no prestan atención pero no apagan. Cuando tienen la oportunidad de hablar con alguien, familiares o amigos, su comunicación es reiterativa hasta la saciedad, repitiendo una y otra vez los mismos hechos, muy pocos hechos, que por lo general versan sobre lo mal que está el mundo, lo que han sufrido en sus tiempos y sus problemas físicos y los de los que le rodean. Y esto lo digo por experiencia propia, pues aunque he reiterado hasta la saciedad a mi madre que no me hable de historias y problemas de gente que no conozco, su conversación trata únicamente de estos temas, los mismos, una y otra vez. Es mi madre y no me queda más remedio que estar con ella en las visitas y lidiar como puedo con sus mensajes.

Nuevamente me tengo que referir al extraordinario curso sobre los Desafíos y Retos del Siglo XXI que estamos a punto de finalizar bajo las extensas explicaciones del profesor Antonio Rodríguez de las Heras. Nos comentó una de sus metáforas que son de lo más acertadas. Nos mostró una serie de anuncios de los años 50-60 del siglo pasado en España, donde se podía ver siempre a la mujer en un entorno hogareño en su papel de casada y eficiente compañera del marido, en actitudes a todas luces que hoy en día están pasadas de moda. La mujer en aquella época era considerada como era considerada y más si recordamos que en España hasta los años treinta no podía ejercer su derecho al voto y hasta bien entrados los setenta necesitaba el permiso de su marido para abrir una cuenta bancaria. Las mujeres de aquella época estaban en «estado de exclusión social». Pues bien, ahora, los ancianos, viejos, abuelos, tercera, cuarta o quinta edad, son considerados de similar manera, personas que están entre nosotros pero que… estorban. Se obvian sus papeles de consumidores como los que más, de cuidadores, de hacedores de recados y solo se pone el foco en que ya han cumplido su papel y, como se hacía antes en las sociedades de cazadores recolectores, lo que deberían hacer es retirarse al bosque para finalizar sus días. De forma parecida ahora, los mayores están en «riesgo de exclusión social».

Cuando pueden llegar tiempos en que la movilidad de las personas se vea reducida y comprometida, hay que recordar que se puede escribir un blog, leer un libro, se puede conversar por Skype o similares, se pueden realizar cursos MOOC por internet… entre otras actividades enriquecedoras que permitirán al mayor seguir teniendo un proyecto de vida con ilusiones por seguir en este mundo el máximo tiempo posible. Pero como todo, se necesita una educación y entrenamiento para esta etapa que la sociedad hoy por hoy no proporciona ni fomenta y que habrá de buscarse cada uno por su cuenta. Y ¡ay! de aquellos que no lo hagan.

El número de personas mayores va en aumento en sociedades que no les valoran y que no pueden o no quieren invertir en ellas. Ante esto solo queda apelar a la imaginación y evolucionar adaptándonos a los tiempos: como estemos esperando que otros, incluso nuestros familiares, se preocupen y ocupen de nosotros, estamos listos.



domingo, 29 de mayo de 2016

SOPORTES




Se estima que hace algo más de siete millones de años, las crías de unos chimpancés presentaron rasgos ligeramente diferenciados a los de sus progenitores, lo que supuso los inicios de una nueva especie que ha derivado en lo que hoy somos los humanos. Los esqueletos más antiguos hallados de esta larga etapa se cifran en una antigüedad superior a los tres millones de años, siendo una genuina representante de los mismos la conocida como «LUCY» a la que dedicamos una entrada en este blog en octubre de 2015. «Las palabras se las lleva el viento» y por ello no quedan registros de la evolución del lenguaje desde los sonidos guturales que hoy en día exhiben los chimpancés y afines hasta el habla humana. La transmisión oral de pensamientos e ideas se pierde en la profundidad de los tiempos y se supone que era suficiente en las pequeñas bandas de cazadores y recolectores que formaban los grupos humanos.

En algún momento hace cuarenta mil años, algunos homo neanderthalensis o sapiens sintieron la necesidad de plasmar esas ideas en un soporte de forma que adquiriesen una materialización que perdurase en el tiempo una vez ellos no estuvieran presentes y pudieran ser contempladas o aprendidas por otros seres. Me estoy refiriendo a las primeras pinturas denominadas rupestres en las que aparte del mayor o menor arte del autor y de los materiales empleados, era necesario un soporte que en este caso se trataba de la piedra de los techos o paredes de las cavernas o refugios en los que moraban. Me he quedado sobrecogido al contemplar algunas de estas expresiones en cuevas de Cantabria, por desgracia no en la original Altamira, o en sitios especiales como el barranco de la Valltorta en Castellón.

Con la transformación en sociedades agrícolas y el nacimiento de las ciudades, las necesidades de registrar fehacientemente las cosas propiciaron uno de los mayores inventos de la humanidad: la escritura, que apareció de forma concurrente en varias zonas del planeta, siendo las más antiguas manifestaciones las sumerias registradas sobre un soporte imperecedero y, muy importante, transportable: las tablillas de arcilla, que una vez cocidas eran muy perdurables, habiendo llegado algunas de ellas hasta nuestros días. Una vez visto que la palabra y las ideas podían ser plasmadas dejando testimonios para la posteridad, la elección de los soportes ha sufrido una continua evolución.

Dos mil años antes de Cristo, la civilización egipcia optó por el papiro, fabricado a partir de la planta del mismo nombre y que permitía fabricar rollos continuos más o menos largos que se enrollaban en torno a varillas de madera.

Los romanos utilizaron un soporte más volátil para sus transacciones diarias como eran las tablillas enceradas, pero se cuidaron de dejar textos para la posteridad en la piedra de muchos monumentos o piezas de bronce o metal. También otras manifestaciones artísticas habían ido quedando en madera, hueso o incluso telas como la seda u otras.

Es en la ciudad griega de Pérgamo y alrededor de trescientos años antes de Cristo cuando los griegos empezaron a utilizar el pergamino para dejar constancia de hechos y opiniones. Realizado con piel de animales permitía una encuadernación a base de coser sus lomos en una anticipación de lo que podríamos considerar un libro. Durante mucho tiempo este soporte, el pergamino, fue utilizado como base de escritos y códices, permitiendo el progreso del conocimiento y el avance de la civilización.

Pero se debe a la cultura china, doscientos años después de Cristo, el descubrimiento del papel, que fue dado a conocer en la cultura occidental hacia el año ochocientos de nuestra era al ser importado por los árabes. De menor durabilidad y consistencia que el pergamino, su facilidad de fabricación y su menor coste hizo de él un soporte por excelencia, que adquirió una profundidad excepcional con la invención de la imprenta por Gutenberg al permitir la generación de un número indeterminado de copias que podían llegar a cualquier rincón del Globo.

El papel sigue plenamente vigente hoy en día como soporte básico para todo tipo de comunicaciones, pero no hace muchos años en esta línea del tiempo que venimos comentado aparecieron otros soportes denominados magnéticos: con la ayuda de un ordenador podíamos dejar constancia de nuestras ideas en discos duros o en CD's, DVD's y ahora más recientemente en «pendrives», tarjetas de memoria o incluso en el propio teléfono móvil. Pero una idea que conocimos hace años de la mano de un libro de Enrique Dans titulado «Todo va a cambiar», referenciado en la entrada «VERTIGINOSOS» de este blog, hablaba de la disociación entre el continente y el contenido, entendiendo como continente la hoja de papel, el disco o el celuloide y como contenido lo que realmente está escrito o grabado y las ideas que se nos quieren transmitir. Hasta hace muy poco, ambos conceptos estaban indisolublemente unidos siendo necesario disponer de forma física del soporte-continente para poder acceder a su contenido.

La digitalización ha permitido que los contenidos, esas series de ceros y unos grabados en algún soporte magnético, sean consultados a través de dispositivos desde cualquier parte por esa maravilla que es la red. Se habla de que los contenidos están en la «nube» y solo hace falta un acceso y una prótesis para consultarlos y disfrutar de ellos en cualquier parte del mundo, incluso ponerlos en papel si lo deseamos y disponemos de una impresora. No hacen falta copias físicas materiales para que una idea se difunda a los cinco continentes en un santiamén. Las tablillas que los escribas sumerios confeccionaban pacientemente eran únicas pero lo que escribe hoy cualquiera en el teclado de un ordenador y pone a disposición general es repetible casi infinitamente de forma instantánea. El último soporte por ahora es una pantalla donde podemos visualizar enormes cantidades de información.


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domingo, 22 de mayo de 2016

DATOS




La semana pasada escribía en este mismo blog la entrada «DUPLICADOS» en la que hacía referencia a la importancia de tener un cierto control sobre la información que voluntariamente ponemos en la red, dado que una vez fuera de nuestro control es impredecible a dónde puede llegar, las manos en las que puede caer y el uso que se pueda hacer de ella. Pero no siempre depende de nosotros el tener cuidado pues con que haya otras personas descuidadas, o empresas, el problema podrá ocurrir igual. Oímos hablar de la existencia de una Agencia de Protección de Datos que vela por las buenas prácticas en estos asuntos, pero nos encontramos con demasiada frecuencia hechos que escapan a su control.

Quién no tiene redactado y actualizado lo que se conoce con el latinajo de curriculum vitae o de forma más abreviada C.V., ese documento que contiene referencias completas a los datos personales, estudios, desempeños profesionales, aficiones y algún que otro dato específico en función de nuestros intereses o los de las empresas a las que se lo vayamos a remitir. Una información preciosa en estos tiempos actuales donde el manejo de la información es un valor creciente que puede reportar a las empresas numerosas incentivos para sus campañas publicitarias o de estudios de mercado con los fines más variados. ¿Qué hacen las empresas con los C.V.? Deberían destruirlos en la trituradora de papel en el momento en que ya no sean de su interés o en caso de conservarlos de cara al futuro extremar de forma celosa la custodia de los mismos.

Hace unos años recibí una llamada directa de una empresa sevillana que tenía una información completa sobre mí al disponer, según me comentaron, de mi propio y personal C.V. Yo nunca había mandado ese documento a esa empresa, desconocida para mí, y que me llamaba interesándose por la posibilidad real de que, dado mi lejano domicilio a esa ciudad, desplazarme a la misma para prestar un desempeño laboral en un contrato con una duración estimada de cuatro años. Aparte de indignarme de forma educada ante el hecho de que estuvieran en posesión de mis datos, les indiqué que en ningún caso entraba dentro de mis proyectos desplazarme a Sevilla. Por buenas composturas y de forma educada, conseguí que me dijeran de que iba el asunto: se trataba de un concurso que habían abierto para subcontratar el mantenimiento de parte de sus funcionalidades. En el pliego de presentación de candidaturas requerían el C.V. de los empleados que, caso de ganar el concurso, serían destinados a laborar en esa empresa sevillana.

Evidentemente no conseguí que me dijeran el nombre de la empresa que había tenido la desfachatez de facilitar mi C.V. sin consultarme. Solo era una mera curiosidad pues poco parece que los mortales de a pie podamos hacer para evitar estas prácticas. Entiendo que de ganar el concurso realmente, cualquier excusa sería suficiente para dar el cambiazo de las personas, con lo cual de poco sirve la anticipación de los C.V. si luego no hay una garantía real de que sean las personas exactas las que van a desempeñar la labor. Numerosas empresas por diferentes motivos tienen mi C.V., eso si no se lo han pasado entre ellas como en este caso y poco control puedo tener yo sobre el asunto.

La mañana del jueves de esta semana, cerca de donde aparco mi coche en una zona empresarial, pude observar un montón de papeles esparcidos por el suelo cerca de un contenedor de basura. Recogí uno de ellos por curiosidad, que es el que figura en la imagen que acompaña a esta entrada. Se ve que el viento y los elementos han jugado con los papeles pues en este precisamente han quedado marcadas varias huellas de neumáticos. Se han desfigurado los datos para evitar su reconocimiento, pero se trata de un C.V. completo donde podemos conocer datos de Lucía B.R., domicilio, teléfono, documento de identidad, correo electrónico, su formación académica y dónde ha sido obtenida, su experiencia laboral, los idiomas que domina e incluso que dispone de coche propio, carnet de conducir, se maneja con las cuestiones básicas de informática y es «capaz de trabajar en equipo, extrovertida, resolutiva, dinámica, con afán de conocimiento y capacidad de aprendizaje». Además, como corresponde, tenemos su fotografía.

Es relativamente frecuente el hecho de encontrar en las papeleras y contenedores de basura documentos sensibles como el que nos ocupa. Había decenas de ellos revoloteando por la zona, por lo que supongo que una empresa sin demasiados escrúpulos ni control de sus actividades ha depositado un montón de C.V. directamente en la basura convencional, sin preocuparse de pasarlos por una trituradora de papel de forma que se conviertan en inservibles. Poco cuidado y pocas garantías para los confiados demandantes de un puesto en esa empresa receptora de los C.V. En otras ocasiones los documentos han sido facturas, con numerosos datos de empresas y actividades o hasta historiales médicos encontrados desperdigados en las inmediaciones de un hospital. Pasa el tiempo y no aprendemos a extremar las precauciones.

Ante esto… ¿Qué podemos hacer los simples mortales? ¿Negarnos a facilitar nuestros C.V. a las empresas que nos lo pidan? ¿Dotarlos de un mecanismo de autodestrucción a los xx días? Estamos apañados e indefensos ante estas prácticas que van desde una falta de cuidado a conductas verdaderamente delictivas según la ley vigente que escapan a nuestro control pero por las que podemos sufrir consecuencias y vernos afectados sin remedio ni posibilidad alguna de reacción por nuestra parte.
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sábado, 14 de mayo de 2016

DUPLICADOS




Cada vez con más frecuencia estamos asistiendo a una digitalización galopante de todo lo que nos rodea, lo que implica hacer todo lo posible por convertirlo en una secuencia de ceros y unos, los llamados «bits», que permiten su almacenamiento en dispositivos electrónicos, léase «pendrives» o discos duros de nuestros ordenadores o más últimamente en la llamada «nube», donde estarán disponibles para nosotros en cualquier momento y lugar con la condición de tener disponible un aparato y disponibilidad de acceso a la RED para recuperarlos.

No hace mucho tiempo, la fotografía era analógica y en su decurso no había llegado al mundo digital, con lo que era necesario hacer las tomas con el correspondiente carrete o rollo fotográfico, llevarlo a revelar y obtener los negativos y sus copias en papel o en su caso las diapositivas que permitían su proyección. En interés de lo que estamos tratando en este tema, decir que era complicadillo obtener duplicados de los negativos y diapositivas aunque si se podían obtener en papel. Digamos con esto que los laboratorios fotográficos o alguno de sus operarios siempre podían copiar de alguna forma esa foto especial que les gustase por las razones que fueran.

Hoy en día, lo analógico en el mundo de la fotografía y la imagen en general es bastante residual. Todavía quedan personas que siguen con sus carretes pero cada vez es más difícil encontrar laboratorios industriales que te los revelen y te hagan las copias a papel e incluso el obtener los líquidos y aparatos para el hágaselo Vd. mismo en casa es bastante complicado, pues pocas tiendas comercializan lo necesario al ser una actividad prácticamente inexistente. Queda la posibilidad, que yo utilicé muchas veces en mis tiempos, de comprar los productos químicos en la droguería y con báscula y paciencia fabricárselos artesanalmente.

El hecho de que acudamos con nuestro «pendrive» a la tienda o incluso enviemos vía «ftp» a través de la RED nuestras fotografías al laboratorio implica que no son en su formato base más que unos archivos digitales que, para el tema que nos ocupa, permiten su copiado varias veces sin dejar rastro. Por ello, no tenemos ninguna garantía de que la tienda o laboratorio, ellos o algún empleado desalmado, se quede con copias de nuestras fotos, repito que sin dejar rastro; unas copias que por ser digitales son exactamente iguales, idénticas, sin ninguna diferencia entre original y copia. Hay medios de encriptar en las fotos marcas de copyright pero salvo que lo hagamos de una forma particular, también hay formas de quitarlas, está todo inventado.

Este ejemplo comentado con el mundo de la fotografía o la imagen, se hace extensible a otros muchos aspectos que han pasado a la digitalización, como la música, el cine, los libros, etc. etc., lo que implica un cierto descontrol en su circulación y distribución. Mientras tengamos nuestros archivos en el disco duro interno de nuestro ordenador o en un disco externo debidamente controlado, incluso cifrado, no hay peligro de que caigan en manos ajenas salvo que un espía o agente capacitado asalte nuestro domicilio y haga eso que no es tan sencillo pero parece fácil tal y como todos habremos visto alguna película o serie en las que alguien se cuela en el ordenador de otro y copia sus datos.

Cada vez más los datos están en la «nube», que es tanto como decir alojados en algún sitio desconocido y fuera de nuestro control. Cuando ponemos algún archivo nuestro en la «nube» estamos aceptando que puede ser copiado sin que nos enteremos y aparecer en donde menos se espere. Los llamados «hackers» están a la orden del día y si no que se lo digan, es un ejemplo, a los de Mossack Fonseca que deben estar pensando como más de once millones de sus archivos han sido puestos esta semana a consulta pública.

Para ilustrar un poco el tema, relato un hecho que me ha sucedido personalmente con un archivo que tengo alojado en la «nube» y mucho me temo que si ha ocurrido con ese será una práctica generalizada. Se trata de una nube de esas de empresas grandes como Microsoft, Dropbox, Google, SugarSync, Box… Hay muchas y aunque el hecho me ha ocurrido en una de ellas, que no concreto, lo más probable es que sea generalizado y si no lo es bien pudiera serlo. Todos los archivos en la nube tienen una especie de matrícula, una clave de identificación como por ejemplo «6eb482f5f898.6EA712F9EC8!10244» que permite a los ordenadores referirse a él de forma más precisa que utilizando su nombre. Pues bien, hace unas semanas borré un fichero, incluso de la papelera asumiendo y mostrando expresamente mi conformidad con la imposibilidad de su recuperación. Si intento acceder al fichero por el nombre me dice con toda lógica que no existe pero, ¡oh maravilla!, si intento acceder por su matrícula me lo recupera perfectamente, y eso que se supone que ya no existía.

Por seguir indagando en este tema, procedo a borrar el fichero por su nombre, a lo cual obtengo la respuesta, lógica, de que el fichero no existe, pero, ¡otra vez oh maravilla!, cuando lo intento borrar por su matrícula me dice, toma castaña, que ese fichero no es mío y que no tengo autoridad para borrarlo. La deducción es lógica y meridiana: el fichero realmente no ha sido borrado, sigue existiendo en algún lugar pero ya fuera de mi control, con lo que aunque yo crea que no existe esto no es cierto, una copia o más del mismo siguen estando «por ahí». El fallo gordo está en que el propietario de la «nube» siga dejando acceder por la matrícula a un archivo teóricamente borrado pero que sigue vivito y coleando con sus ceros y unos en algún lugar fuera de mi control.

De esto se deduce que mucho ojo con los ceros y unos que ponemos fuera de nuestro ordenador, subiéndolos a una «nube» o enviándolos por correo, «ftp» o cualquier otro medio electrónico. Es como el dicho aquel, que reza que «serás dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras». Una vez que la piedra ha salido de nuestra mano hemos perdido el control sobre ella y la RED, cada vez más últimamente, nos está demostrando que su memoria es casi infinita y sus tentáculos muy largos.


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domingo, 8 de mayo de 2016

PRÓTESIS




Avanzamos viento en popa a toda vela en el magnífico curso titulado «Claves y desafíos del siglo XXI» que bajo la dirección del profesor Antonio Rodríguez de las Heras está teniendo lugar dentro de los monográficos de la Universidad Carlos III de Madrid. Llevamos consumidas diez sesiones de las quince previstas y los conceptos y los conocimientos se acumulan proporcionando una sensación de vértigo con connotaciones agradables si nos da por pensar en positivo y disfrutar de los adelantos tecnológicos a los que estamos asistiendo cada día. Desde que el homo sapiens camina sobre la superficie de la Tierra, y de esto hace unos cuantos miles de años, no paramos de incorporar lo que el profesor llama «prótesis» a nuestra endeble estructura humana para hacerla cada vez más potente: nace así el que pudiéramos denominar «homo sapiens protéticus».

El concepto es muy amplio y no podemos circunscribirle únicamente a adelantos tecnológicos. El hecho de llevar encima un vestido no deja de ser un aditamento para hacer nuestra vida más agradable supliendo carencias o deficiencias que presenta nuestro cuerpo para combatir el frío o el calor. Nos ponemos o nos quitamos la ropa en función de la sensación térmica que percibimos y con ello podemos manejar mejor las condiciones que la naturaleza nos impone. Preparados en nuestros orígenes para vivir no más allá de tres o cuatro decenas de años, alcanzamos en las sociedades desarrolladas siete o más y no para de subir la esperanza de vida, lo que significa una necesidad cada vez mayor de prótesis que van desde un simple bastón hasta los modernos exoesqueletos que empiezan a aparecer y permiten movimientos impensables hasta hace pocos años.

A la salida de clase comentaba con mi compañero y amigo Luis el concepto de «Tecnología» como una redefinición y asentamiento de la inundación de conceptos que estamos recibiendo en el curso. Si nos acercamos a las definiciones oficiales en el diccionario oficial de la Real Academia, tecnología es el «Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico» o bien el «Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto». Pasando por encima de estas definiciones académicas, podríamos considerar en terrenos más prácticos como innovación en tecnología aquello que no existía en un momento determinado y de pronto llega a disposición generalizada de los humanos como forma de mejorar su calidad y condiciones de vida. Con este planteamiento, un aparato de televisión sería tecnología para mí pues en mi infancia y principio de la adolescencia no estaba a mi alcance, pero no lo sería para mi hija que desde que habita este mundo es un aparato que para ella siempre ha estado ahí. Podríamos referirnos a una montonera de cachivaches o archiperres, prótesis, pero sería repetir una entrada en este mismo blog titulada «TECNOLOGÍA» que data de diciembre de 2010.

De las cosas puramente mecánicas como puede ser un carro para transportar mercancías en vez de llevarlas a cuestas, una lanza para mejorar nuestras posibilidades de caza, una brújula para orientarnos o un microondas para cocinar nuestros alimentos hemos pasado a nuevos aparatos que la industrialización creciente nos acerca permitiendo extender nuestras capacidades de una forma exponencial, jamás imaginada, lo que plantea nuevos retos en todos nuestros ámbitos. Un ejemplo: la memoria. Cuando un estudiante hace no tantos años acababa sus estudios, tenía que llevar en su cabeza todos los conocimientos necesarios, siendo la manera de ampliarlos el acudir a artefactos físicos generalmente en papel tales como apuntes o libros en su biblioteca personal o en la pública. La memoria humana, potente pero limitada, era la única fuente a la que acudir. Ahora, mediante una prótesis transportable como es un «smartphone» o una fija como es un ordenador, este estudiante moderno puede acceder a la RED y recuperar una vasta información, suya propia o de otros, prácticamente en cualquier lugar del mundo y al instante. En suma, que puede llevar sus apuntes y sus notas consigo, y muchas más de otros a cualquier parte a la que se desplace. No es memoria cerebral propiamente dicha pero podemos recuperar la información de esta «memoria externa». A nosotros nos parece ahora normal pero díganselo a cualquier persona de mediados del pasado siglo y no digamos ya si nos retrotraemos hacia atrás. Es casi ciencia ficción ahora mismo a poco que meditemos sobre ello.

Con todos estos planteamientos, con lo que parece cercano a corto plazo como llevar un «smartphone» injertado en la piel, con acceso a la RED en cualquier parte, el profesor planteaba el concepto de «Una educación sin memoria». Yo aprendí a hacer manualmente operaciones de raíces cuadradas que todavía recuerdo porque las practico por puro placer de vez en cuando. Pero, ¿es esto transferible al inmediato futuro? ¿Es necesario que un estudiante, pongamos que no sea gallego, retenga en su memoria neuronal los ríos de Galicia? ¿O basta con que sepa consultarlos en la RED?

Entrando en términos médicos, esta semana acompañaba a mi madre anciana para cambiar sus audífonos, pues ya sin ellos oye con dificultad. Aunque no era lógico para una persona mayor, nos hablaron de modelos controlados inalámbricamente desde el teléfono. Micro audífonos implantados en los oídos permiten mejorar la audición pero este tipo de aparatos lleva tiempo entre nosotros y no nos impresiona tanto su evolución. Pero supongamos un parche colocado en nuestra piel que se comunica constantemente vía «bluetooth» con nuestro teléfono y este con el ordenador del hospital y entre ellos se transmiten nuestras constantes vitales de forma instantánea. Estamos pensando en temperatura, pulsaciones, tensión arterial o similares, las más corrientes, pero no sólo esas; una píldora que ingiere el paciente varias veces al día lleva un contenido biónico con nanotecnología que es capar de enviar imágenes y tomar medidas de sus efectos en el interior del cuerpo por donde se va desplazando. Y si nos olvidamos de tomarla, el ordenador o nuestro teléfono es capaz de recordárnoslo.

El problema de todo esto es el uso de los medios tecnológicos. Es fundamental que el centro de todo sea el hombre y su mejoramiento y no ocurra como muchas veces al revés, en que se obliga a cambiar al hombre para adaptarse a la tecnología en una vorágine de cambios que acaba por trastocarnos por el vértigo inducido.

Como colofón mencionar un comentario jocoso sobres estos aspectos. Supongamos que disponemos de un frigorífico conectado a internet que se encarga de conectarse al supermercado y hacer la compra para reponer los artículos. Ojo a si también se conecta a nuestra báscula inteligente, esa que nos «obliga» a pesarnos todas las mañanas, y entre los dos, frigorífico y báscula, se ponen «de acuerdo» para no reponer  cervezas hasta que no bajemos de peso…


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domingo, 1 de mayo de 2016

RELECTURAS




He finalizado esta semana la lectura de un libro de esos considerados universales. Se trata de uno de los que contribuyeron a que Gabriel García Márquez obtuviera el premio Nobel en 1982 y no es otro que «Cien años de soledad», considerado como uno de los grandes de la llamada literatura hispanoamericana y que vio la luz en 1967. Ha sido mi segunda lectura de este libro, forzada por un hecho que más tarde comentaré y solo decir que ha sido un dolor. Lo leí anteriormente en diciembre de 2007 y como comentario en esa fecha tengo la anotación siguiente: «Sin comentarios. No me ha gustado nada de nada, pero algo tendrá si le han valorado como para un premio Nobel».

Con estos planteamientos y con todo lo que tengo pendiente de leer, se me hacía muy cuesta arriba la tarea de acometer de nuevo su lectura, tarea que me había sobrevenido por haber sido elegido en uno de los clubs de lectura en los que participo. Nunca hasta ahora he acudido a las reuniones de recensión sin haber leído recientemente el libro propuesto y no iba a ser esta la primera vez en los casi cinco años que llevo en este particular club. Pues tras esta segunda lectura mi opinión no ha cambiado mucho, me he dedicado a disfrutar del lenguaje, de las situaciones, de los personajes y del libro en general pero sin entusiasmo y casi con sufrimiento y unas ganas de acabarlo cuanto antes, tarea no fácil si tenemos en cuenta los más de ciento cuarenta mil vocablos que contienen sus páginas.

En los clubs de lectura me he visto en la tesitura de releer algunos libros por segunda vez, es lo que tiene ser un letraherido. Desde el año 2004 llevo anotando puntualmente en una hoja excel los libros que voy devorando, con una pequeña calificación y comentario a los mismos. Los comentarios son en algunos momentos y desde hace algunos años extensos por realizar una pequeña reseña en el blog amigo «A leer que son dos días». Según estas notas son 683 obras las leídas hasta el momento, algunas de ellas en más de una ocasión. Concretamente los club de lectura me han llevado a segundas lecturas en estos libros: «Infancia» de John Maxwell Coetzee, «El lector» de Bernhard Schlink, «Rojo y negro» de Stendhal, «El hereje» de Miguel Delibes, «El curioso incidente del perro a medianoche» de Mark Haddon, «Traficantes de mentiras o cuando las moscas se equivocan» de Consuelo Sanz de Bremond, «Brooklyn follies» de Paul Auster e «Intemperie» de Jesús Carrasco. No han sido muchos y en algunas de estas segundas lecturas he podido disfrutar de nuevo pues como ya dijo Isaac Asimov… «Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros», cuestión que me atrevo a hacer extensible y aplicable a cuando un mismo lector hace una relectura, pues su vida y sus apreciaciones habrán cambiado.

En alguna ocasión he escuchado la frase que dice que un libro que no merece ser leído dos veces no puede ser bueno. Como siempre las excepciones vienen a confirmar la regla pues todo es relativo. Por ejemplo, el libro «Intemperie» de Jesús Carrasco no admite a mi entender una segunda lectura porque una gran parte de su magia es la atmósfera que va creando página a página y que si se sabe de antemano le deja sin gracia. Siempre se obtienen nuevas sensaciones pero conocer el desarrollo y el final le quita mucho atractivo.

Aparte de lo comentado anteriormente de segundas lecturas «por una cierta obligación», a lo largo de mi vida he leído algunos libros varias veces y me propongo hacer un recuerdo de ellos en esta entrada. Como siempre las listas son malditas pero he hecho el ejercicio de recuperar de mi memoria y de mis notas tres de los libros que he leído varias veces y que sin duda volveré a leer y son los que figuran en la imagen que encabeza esta entrada: «El juego de Ender», de Orson Scott Card, «La sustancia interior» de Lorenzo Silva» y «El ladrón de tumbas» de Antonio Cabanas. Aunque no en tantas ocasiones como los anteriores, hay muchos más que volveré a leer como por ejemplo «De animales a dioses» de Yuval Noah Harari, un libro que leí en tres ocasiones el año pasado y que me encantó por sus enseñanzas prácticas. Otras relecturas han sido el clásico «Los pilares de la Tierra» de Ken Follett, «El significado de la noche» de Michael Cox, «El conde de Montecristo» de Alejandro Dumas, «Ben-Hur» de Lewis Wallace, «Espartaco» de Howard Fast, «Pigmalion» de George Bernard Shaw o «El salón dorado» de Jose Luis Corral Lafuente. En algún momento hay que parar porque la lista podía ser interminable.

En los próximos días y por una nueva indicación de uno de los clubs de lectura voy a ponerme con la relectura de un libro que tenía pendiente, que leí muy deprisa en octubre de 2013 y del que se pueden sacar buenas enseñanzas con una lectura pausada. Se trata de «El funcionario prudente», una auto publicación de mi buen amigo Ricardo Ruiz de la Sierra, que si todo sigue como se ha planteado asistirá a la reunión del club de lectura a finales de junio. Me conmino a leerlo pausadamente y aprovechar sus muchas indicaciones para comentarlas en vivo y en directo con el propio autor. Una relectura que estaba pendiente y que me apetece enormemente.





domingo, 24 de abril de 2016

EDUCACIÓN




Nunca recuerdo en mis épocas de colegio cuando era niño y adolescente unas especiales instrucciones relativas al comportamiento en sociedad que debemos mantener todas las personas si deseamos que la convivencia sea sino placentera cuando menos llevadera. Las propias vivencias y la observación de lo que hacían los demás, el llamado aprendizaje por imitación o vicario era suficiente para tener bien claro lo que había que hacer y fundamentalmente lo que NO había que hacer.

Si vamos por la carretera abriendo las ventanillas del coche y lanzando al arcén todo tipo de objetos, acción que es realizada de forma generalizada y con una reiteración insólita, los niños que viajen en esos coches aprenderán esto como una norma de conducta que repetirán de mayores. Y la prueba de que esto ocurre es que con bastante frecuencia vemos en los arcenes de las carreteras unas bolsas de basura como las de la imagen repletas de residuos que la gente arroja desde sus vehículos. Y es que uno de los espacios en los que más se muestra la educación o la falta de la misma es en todo lo relacionado con el mundo de la circulación.

Es evidente que en los espacios públicos en los que nos relacionamos con los demás es donde más se hace necesario el exhibir una correcta educación y respeto por las normas. El tirar cosas en la vía pública era una cosa que antaño no se llevaba pero parece que ahora está de moda y a poco que nos fijemos podemos contemplar todo tipo de restos y desechos en la vía pública lanzados sin ningún pudor. Y por muchos empleados de limpieza que existan no podemos tener uno para cada uno detrás nuestra que vaya recogiendo nuestra basura. La mejor limpieza es la que se deriva de no ensuciar.
En este tramo final de mi vida laboral tránsito por diferentes empresas en pequeños proyectos de colaboración que duran algunas semanas. Los espacios comunes como suelen ser la cafetería, el comedor o los baños son un fiel indicativo del nivel de educación. Muchas veces me pregunto si algunas acciones que se realizan en esos espacios se realizan también en la intimidad, por ejemplo en nuestro hogar.

Es relativamente frecuente ver a personas con la espalda en la pared con una pierna al estilo cigüeña apoyando completamente la suela del zapato en la misma. Como consecuencia de ello, marcas ennegrecidas jalonan los bajos de las paredes al modo de un cuadro modernista, pero no es el caso. Me quedo con las ganas de preguntar a alguno de estos personajes si hacen lo mismo en las paredes de su casa o consideran que la suciedad que se deriva de su acción no tiene importancia.

En algunas empresas hay un servicio continuo de limpieza en los comedores o salas habilitadas para que cada cual se lleve la correspondiente tartera, que no están los tiempos para dispendios diarios en consumir el menú. Lo normal es que no sea así y sorprende ver en qué estado quedan las mesas cuando se levantan los comensales; parece que en ellas hubiera estado comiendo una piara de cerdos en lugar de un grupo de personas. En el caso concreto de la empresa en la que estoy pensando hay servilletas, papeleras y en general todo lo necesario para que cuando se deje la mesa libre quede en unas condiciones mínimas para ser utilizada por los que vengan a continuación.


Pero es en los aseos en donde se muestran las condiciones más deplorables. Estoy hablando de empresas de alto nivel, con oficinas modernas y donde se supone que laboran personas cualificadas y teóricamente no sospechosas de falta de educación. Hay agua por el suelo, las toallitas de papel para secarse las manos acaban por todos lados fuera de las papeleras habilitadas al efecto, quedan en las encimeras de los lavabos restos de todo tipo, tales como crema de dientes cuando no algún tubo vacío que alguien se ha dejado olvidado porque debe suponer un esfuerzo desmesurado el depositarlo en la papelera. Estoy hablando de los baños de caballeros, porque evidentemente en los de señoras no he entrado.

Pero lo peor es si te ves necesitado de entrar a la zona de aguas mayores. Como esté avanzada la mañana hay casi que ir abriendo una por una las puertas para poder tomar una decisión. Aun existiendo urinarios de pared, parece que hay algunos que prefieren el WC y no se molestan ni siquiera en levantar la tapa con lo cual dejan aquello hecho una guarrería, eso cuando no han hecho sus cosas mayores y se marchan sin tirar de la cadena y utilizar la escobilla pensando que ha sido el último y que nadie va a venir detrás de él.

Me imagino que el personal que limpia a diario los baños tendrá un rosario de anécdotas de lo que se va encontrando en el desarrollo de su labor. De ahí me imagino que vienen esos carteles pegados en las puertas y que en un principio pueden parecer exagerados aunque me temo que no lo sean tanto a tenor de lo que se puede observar. Yo intento evitar por todos los medios mi acceso a estos lugares pero cuando estás ocho horas de forma continuada en una oficina es imposible no acceder al baño en más de una ocasión. No es la primera vez que he tenido que subir a la planta de arriba o bajar a la de abajo para poder «disfrutar» de unas condiciones mínimamente soportables.


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