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domingo, 21 de noviembre de 2021

eMAIL

Se acerca la Navidad y es la única época del año en la que todavía hago uso del correo convencional para mandar las felicitaciones y el intercambio de la lotería de Navidad a una media docena de amigos. En estos días pasaré por el estanco o la oficina de Correos a adquirir los sellos necesarios. Hoy en día, esta operación no deja de tener su nostalgia, pero me gusta mantenerla para no cortar radicalmente con procedimientos que ya pertenecen al pasado. Solo uno de mis amigos me contesta por el mismo medio; puede el curioso lector imaginar de qué formas o maneras lo hacen los otros.

En los años 80 del siglo pasado tenía yo entre mis cometidos el ser secretario de una organización que aglutinaba varias empresas. Manteníamos una reunión mensual que generaba la correspondiente acta que había que mandar a los asistentes junto con los datos de la convocatoria de la siguiente reunión. Cerca de una quincena de sobres había que preparar (casi) todos los meses, franquearlos y depositarlos en el buzón, una tarea tediosa pero que iba en el cargo.

En aquellos años, no recuerdo cuando, pero debió ser a finales de los 80, empezaron a aparecer las máquinas de FAX, pura tecnología de la casi inmediatez que en mi caso aparcó los envíos postales pasando a esta nueva modalidad. Llevaba su tiempo el enviar los tres o cuatro folios con el acta y la convocatoria a los participantes de las diferentes empresas, pero era una actividad que podía hacerse cómodamente desde el despacho de la secretaria de mi director.

A mediados de los noventa llegó el correo electrónico, el email. El FAX quedó relegado rápidamente al ostracismo y yo, que seguía de secretario de aquella organización, enviaba los correos desde mi mesa a través del ordenador. Ahorro de papel, de sellos, inmediatez al máximo… todo eran ventajas.

Por aquella época el uso del email estaba prácticamente vedado a los particulares, siendo las empresas las que nos proporcionaban acceso a esta forma cómoda, rápida y efectiva de comunicarnos. Yo tuve la inmensa suerte de que mi director me autorizara, eso sí, con moderación, a hacer un uso particular de esta formidable herramienta.

Pasado el tiempo, a principios de este siglo, internet llegó a nuestras casas y con ello disponíamos de una dirección de correo particular facilitada por nuestro proveedor de internet. En aquella época yo utilizaba una dirección de correo muy ingeniosa que en realidad no existía pero que era un reboteador de los correos hacia la dirección que tú le indicaras. Se trataba de «globalmail.com», una dirección-puente que te permitía tener un correo único, virtual y global que llegaría al correo real que tú le indicases y que en mi caso era mi dirección profesional, que de esta manera quedaba oculta.

Las direcciones de correo electrónico se fueron generalizando y en los primeros tiempos se empleaban para mandarse chascarrillos, chistes y demás ocurrencias graciosas entre los amigos. En mi caso llegó a ser un verdadero dolor, porque recibía las cosas duplicadas, tripitidas… Por más que les decías a todos que no querías recibir esto, te seguían inundando tu correo con ellas. Con el tiempo y la llegada de los teléfonos móviles, esta costumbre derivó hasta la mensajería instantánea —wasap y similares— dejando más o menos libre el correo. Iba guardando aquellas cosas que me parecían interesantes; en la carpeta donde las tengo, cerca de mil quinientas, la más antigua es de 1995 y es un pequeño texto que reproduzco aquí:

CARTA A UN BOMBÓN

Estimada señorita:

Son de tal magnitud mis tremendos deseos de formalizar mis relaciones con Vd. que gozo en comunicarla a todas horas del día, que daría mi pobre corazón, perturbado ante una joven tan bella, por dar gusto a mis grandes y poderosos conocimientos que se ven atravesados por aguijones. He sido informado de que Vd. es tan pura, así como amable, modesta, simpática y bonita, que espero que no oponga resistencia a mi natural carisma, mi gallarda presencia y mi garbo, que es capaz de destrozar el más fuerte corazón, que sienta tan sólo un mínimo y leve cariño. Esperando a unirnos sentimentalmente y preferentemente sin más demora, permítame acompañarla a la hora y sitio que Vd. tenga por gusto. 

Un admirador

Pero ni mucho menos el correo electrónico ha quedado libre. Sigue siendo utilizado de forma peligrosa por enemigos de lo ajeno que buscan incautos para hacerles un agujero en sus bolsillos o en sus cuentas bancarias con diferentes técnicas cada vez más sofisticadas. Te puede llegar un correo de un amigo (al que han suplantado) adjuntando un documento o una dirección de internet para que lo abras o accedas y… ¡ya te han cazado! Eso por no hablar del maldito correo Spam que inunda los buzones electrónicos y al que hay que echar un vistazo para que no se cuele alguno bueno que de verdad te interesa. Hay que tener cuidado con los filtros activos e irlos ajustando lo máximo posible para desviar la basura a la pre-papelera.

El correo electrónico, el email, lleva cincuenta años entre nosotros. Yo le he podido disfrutar los últimos veintiocho. Usado con mesura y propiedad… ¡Qué maravilla!



sábado, 13 de noviembre de 2021

INFURCIÓN


Estamos literalmente lo que se dice cosidos a impuestos. Las maquinarias que nos dirigen y malgobiernan necesitan cada día más, porque nunca se plantean lo que en algún momento debería ser lo lógico: una reducción de gastos. Las administraciones —locales, autonómicas, nacionales y europeas— han crecido exponencialmente y cada día necesitan más parné para alimentarse, lo que se consigue… aumentando los impuestos, bien los que ya existen o… creando otros nuevos, ¡no les falta imaginación!

En este blog he hablado de una pasión descubierta por mí en los últimos años: la Historia. Repetiré, de nuevo, aún a riesgo de ser pesado, un párrafo que ya figura en este blog:

«Aquellos que no quieren aprender de la historia están   condenados a repetirla». Esta frase, que encierra mucha enjundia, fue concebida por George Santayana, seudónimo de Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, filósofo, ensayista, poeta y novelista de la primera mitad del siglo pasado. Luego ha habido muchas variaciones y acepciones de la misma, incluso llegando a aparecer en algunos sitios como un refrán, aludiendo a los errores que se han repetido y se repetirán por no echar un vistazo atrás y valorar y aprender lo ocurrido en épocas anteriores. Conocer y entender la historia de la humanidad es un hecho básico para saber cómo hemos llegado a la actualidad y de forma un tanto adivinatoria tratar de intuir lo que va a ocurrir a continuación, cual si nos convirtiéramos en adivinos y consultáramos una hipotética bola de cristal.

En este año de 2021 se cumplen quinientos del hecho que se conoce como la «Revuelta de los Comuneros». Bueno, conocerse, lo que se dice conocerse, se conoce poco o nada, porque nos hemos limitado a un par de hechos como son la derrota de los comuneros en la Batalla de Villalar y el posterior ajusticiamiento de (algunos de) sus líderes, Bravo, Padilla y Maldonado. Y la cosa tiene mucha más enjundia: ¿cómo y porqué se llegó a esa batalla? (tras otras muchas). Está claro que la historia la escriben los vencedores, especialmente en aquellos años, con lo que lo que se refleja es una visión parcial, muy buena de los «buenos» (vencedores) y muy mala de los «malos» (perdedores).

Una manera de remediar por mi parte una completa falta de desconocimiento sobre estos hechos, es haberme apuntado al magnífico curso monográfico de la Universidad Carlos III de Madrid que está teniendo lugar este cuatrimestre, titulado «V Centenario de la Guerra de las Comunidades. La construcción del poder legislativo». Pasado mañana, lunes 15 de noviembre de 2021, disfrutaremos de la séptima sesión de las quince programadas bajo la batuta del profesor Eduardo Juárez Valero, un historiador y magnífico maestro con gran facilidad para generar en sus alumnos pasión por la historia contándola con pelos y señales de modo ameno.

Como he adelantado, las cosas no ocurren de buenas a primeras, de un día para otro y porque sí. La «revuelta», en realidad una verdadera «revolución», se produjo por causas que nadie menciona y que se están desgranando en clase para permitirnos comprender como unos cuantos desharrapados campesinos liderados por algunos hijosdalgo e incluso algún noble llegaron a plantar cara al rey Carlos I que quería llegar demasiado lejos en sus aspiraciones europeas, para lo que hacía falta, antes y ahora, dineros. Por cierto, todos tenemos in mente aquella fecha de 1789, en la que tuvo lugar la Revolución Francesa, que parece que fue la primera en la Historia, cuestión nada más lejos de la realidad si concedemos el título de «Revolución» a esta de las Comunidades Españolas. Además, otra revolución, la de Estados Unidos, ocurrió antes que la francesa, en 1765. Pero la Historia es más cómo nos la cuentan que como realmente ocurrió… ¿Conocemos el asunto de la Leyenda Negra? ¿Conocemos quién fue Blas de Lezo?

En aquella época de primeros del siglo XVI existían los impuestos, muchos impuestos. En el curso el profesor nos ha detallado los existentes; reproduzco a continuación los ordinarios…

Por APROVECHAMIENTO: alfarda, herbaje, montazgo, pontazgo, primicias, terrazgo, alhondigaje, infurción, banalidades, …

Por EXENCIÓN: fonsadera, apellido, anubda, aposentamiento, …

Por PRIVILEGIO: diezmo, tercias reales, luctuosa, cena, chapín de la reina, …

Por ACTIVIDAD: alcabala, sisa, portazgo, cuatropea, sextaferia, almojarifazgo,  

Vamos, que el asunto de los impuestos ya es viejo. Y por si fueran pocos, cuando el rey necesitó más dineros para sus aspiraciones europeas, convocó las Cortes y pretendió vaciar más los depauperados bolsillos de sus vasallos. Nunca hay una única causa, pero la suma de muchas llega a colmar el vaso.

Todos estos impuestos ordinarios llaman la atención, por su nombre o por su función. Pero me he quedado con uno de ellos para titular esta entrada: «Infurción». Según reza el diccionario y nos explicó el profesor se trata del «tributo que en dinero o especie se pagaba al señor de un lugar por razón del solar de las casas». ¿Nos suena? Ha pasado el tiempo, ha cambiado de nombre, pero el impuesto sigue en nuestros días como uno de tantos con el nombre de «IBI», Impuesto sobre Bienes Inmuebles. Un impuesto cuya evolución en los últimos años ha presentado unos altibajos, más bien «alti» que «baji», porque está basado en parámetros (valores catastrales actualizados, tipos impositivos…) que manejan los alcaldes y que han supuesto unos incrementos descomunales en los últimos tiempos.

No es cuestión de entrar en números. Compré mi casa actual hace treinta años y tengo anotados los importes por la casa, y aparte por el garaje, de todos estos años, anotando al lado los porcentajes de subida oficial del coste de la vida comparado con la subida que ha supuesto cada anualidad del impuesto. Cuando no se puede hacer nada, lo mejor es no preocuparse, no tomar notas, agachar la cabeza y pagar. Pero hace quinientos años los comuneros no agacharon la cabeza y se levantaron en armas contra su rey… 

 



domingo, 7 de noviembre de 2021

RM

Me han hecho varias a lo largo de mi vida debido a mis múltiples problemas en las rodillas, pero no todas son iguales. Esta última semana lo he pasado mal durante una prueba que me ha prescrito el médico y que, con todos los respetos, tengo mis dudas de que realmente fuera necesaria. Por pruebas que no quede, pero muchas veces se generan incomodidades en los pacientes que (posiblemente) no están justificadas, aunque no soy yo quién, un profano, para valorarlo.

Las pruebas en ocasiones anteriores, más de media docena, eran de rodilla. Todas ellas tuvieron lugar, la última en enero de este mismo año 2021, en aparatos de los convencionales, de los de primera generación. Los hay más avanzados, de mayores dimensiones en el tubo central e incluso ya los hay abiertos, pero yo no he tenido, hasta ahora, la suerte de caer en uno de ellos y la verdad, me gustaría no tener que entrar nunca más en ninguno porque significaría que estoy sano, razonablemente sano, y no hacen falta más pruebas de estas.

Tras el verano quedé con unos antiguos compañeros de trabajo a comer de forma presencial. Llevábamos mucho tiempo sin poderlo hacer por aquello de la COVID-19 y de que vamos teniendo unos años en los que el miedo, o el respeto, se incrementa. Hacía tiempo que no nos veíamos cara a cara, desde enero de 2020, y uno de ellos presentaba un aspecto demacrado que llamaba la atención. La pregunta devino inevitable: ¿Te ocurre algo? Ya estaba fuera de peligro, pero en estos meses había pasado por un calvario al haberle detectado, tarde, un cáncer de próstata. Ya sabéis, los que vamos teniendo unos añitos… Nos refirió sus pruebas, medicación y avatares desde sus inicios hasta la fecha en que ya veía la luz fuera de peligro y podía recuperar su vida normal.

La recomendación fue inevitable: ¿Os hacéis una revisión anual de vuestra próstata? En mi caso, no me lo había planteado ya que no me duele nada y los niveles de PSA en mis análisis de sangre no alcanzaban el valor 4.0, por lo que no tenía ninguna razón para preocuparme por el tema, pero nuestro buen amigo insistió en que se trata de un cáncer que no da señales hasta que está bien avanzado y que es fundamental detectar lo antes posible.

Las revisiones médicas son cuando menos peligrosas. Acudes al médico sin que te duela nada, solo por precaución y las pruebas son inevitables, con toda lógica, corriendo el «peligro» de resultar no estar enfermo, pero sí en un período de pre-enfermedad por algunas señales y, sobre todo, por el «agravante» de la edad. Pastillas al canto. Acudí al urólogo con mi reciente análisis de sangre bajo el brazo y todo estaba aparentemente bien, pero… vamos a hacer una prueba para descartar posibles complicaciones: una resonancia magnética. Bueno, ya conocía la prueba y es indolora… ¿indolora? No del todo.

Llegado el día, el lunes de esta semana de noviembre de 2021, me avisa el operador que el médico ha solicitado una prueba sin y con contraste. Lo del contraste implica tener una vía pinchada en la vena en un brazo para, en un momento determinado, inyectar el contraste. Estoy acostumbrado a los pinchazos en las venas —he sido donante de sangre toda mi vida mientras podía serlo— pero no dejaba de ser un añadido a la prueba que suponía un puntito más de desagradabilidad. Tumbado en la camilla, con mascarilla, con la vía en el brazo, los brazos paralelos al cuerpo, me veo atado literalmente en la zona del tronco para evitar movimientos indeseables que hicieran fallar la prueba. La máquina era de las antiguas, cilindro estrecho, abierta por ambos lados, pero dada mi poca estatura me veo introducido completamente en el tubo: solo veo un poco por encima de mi cabeza la abertura trasera de la máquina…

Te dan una perilla que tienes permanentemente en tu mano para avisar si tienes algún problema y que es lo que, virtualmente, te evita que se te disparen las alarmas durante la prueba por problemas de ansiedad claustrofóbica. Estás tentado en algunas ocasiones de presionar el avisador y acabar con el martirio, pero no lo haces, primero porque tienes la posibilidad de hacerlo en cualquier momento y segundo porque invalidarías la prueba y tendrías que pasar por ella otra vez, pero no por falta de ganas.

Cuando parecía que todo había terminado, una voz a través de unos altavoces te informa de que ha finalizado la primera fase de la prueba, la de sin contraste, y que te van a introducir el contraste en las venas por lo que es normal que sientas frío en el brazo y en general en el cuerpo… Tomas conciencia de que estás en la mitad de la prueba, te queda por pasar otro tanto… Pierdes la sensación del tiempo transcurrido.

La cosa duró tres cuartos de hora. Resultó bastante agobiante, con el plus de la mascarilla encima. Esperemos que la prueba sea positiva y que haya merecido la pena. Esto de la «RM», resonancia magnética, no deja de tener un puntito de encuentro con la claustrofobia…