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domingo, 19 de diciembre de 2021

PROSPECTOS

Sería interesante conocer el porcentaje de personas que realmente leen los prospectos que, por ahora, se incluyen en las cajas de los medicamentos. De hecho, cuando tratas el tema, muchos coinciden en que es mejor no leerlos, primero porque no se entienden bien y segundo por si aparecen comentarios sobre los efectos secundarios que nos pueden poner los pelos como escarpias.

Una de las justificaciones de la industria farmacéutica para la toma de esta medida reza así: «A priori será algo que los ciudadanos no notarán. Los medicamentos que se dispensan en los hospitales no llegan a los pacientes en sus cajas, igual que los ciudadanos no vieron el prospecto de la vacuna de la Covid que le pusieron en su centro de salud o su “vacunódromo” de referencia».

Cuando me pusieron la primera dosis de la vacuna esta primavera en el Hospital Zendal de Madrid, solicité a la enfermera el prospecto de la vacuna que me estaba inoculando. Supongo que sería uno de los primeros sino el único en hacer semejante requerimiento, porque la cara que puso fue como para haberla hecho un retrato. Como ya esperaba, me dijo que no disponía de él y que no me preocupara y tal y tal.

Cuando llegué a casa, un rápido acceso a mi muy querida página de Vademecum me permitió consultar el prospecto en cuestión. Varias cosas serían de destacar en él, pero una de ellas era verdaderamente alarmante. Vean la imagen a continuación con un párrafo de este prospecto respecto de la efectividad de la vacuna:

Resulta que me habían puesto una vacuna, de nombre impronunciable —Vaxzevria— más conocida por el nombre del laboratorio Astrazeneka y que además el propio laboratorio reconocía que en sus ensayos no había probado en personas mayores de 55 años con lo cual desconocía su eficacia ¿Cómo es posible que se haya autorizado por los organismos (in)competentes para mi tramo de edad? Como decía mi abuela, con sus profundas convicciones religiosas, «no pasan más cosas porque Dios no quiere». Está claro que las urgencias, en cualquier cometido, otorgan una especie de patente de corso que minimiza los controles y acelera la puesta en marcha de soluciones que no están lo suficientemente testadas y probadas.

De todas maneras y como puede verse en la noticia que encabeza esta entrada, los prospectos en las cajas de medicamentos tienen los días contados. Se esgrimen razones de una y otra índole, pero no se menciona el fin primordial que van buscando: el ahorro de costes en los procesos de fabricación, amén de que muchas personas, especialmente las de cierta edad, se quedarán sin poder leer las bondades o maldades del medicamento que les ha recetado su médico. Ya hemos dicho que muy pocos lo hacían, pero alguno queda, como puede verse en la reproducción de esta carta al director de «El País» remitida Por Ana Gómez desde Santander y publicada el pasado domingo 12 de diciembre de 2021:

Parece que para leer el prospecto de cualquier medicamento que deba tomar por prescripción facultativa habré de gastarme dinero en un aparato de esos con pantallita multifunción, que ni tengo, ni deseo, ni necesito para nada. Los jóvenes informáticos tipo Silicon Valley son los que dirigen nuestras vidas. A quienes deseamos ser independientes y no plegarnos a sus intereses económicos y controladores nos convertirán en parias de la sociedad. Un mundo feliz y Farenheit 451 ya están aquí».

¿Y si no tengo un smartphone? ¿Qué ocurre con las personas mayores? Se está partiendo de la base —a mi modo de ver demasiado aceleradamente— de que todas las personas tenemos un teléfono móvil y acceso a internet y que sabemos manejarlo, lo cual no es cierto ni mucho menos en especial para personas de cierta edad que no han conseguido entrar en los mundos tecnológicos y se están quedando cada vez más desplazadas, especialmente si no cuentan con familiares o amigos que les puedan cubrir en muchos de los aspectos para los cuales no existe ya la posibilidad de otras acciones que no sean a través de internet, nubes, certificados digitales, Cl@ve y demás zarandajas que a estas personas les quedan en otro nivel no alcanzable por ellas.

Algunos hemos tenido la suerte, por ahora, de engancharnos a las nuevas tecnologías y poder seguir lidiando con estas agresiones que lejos de redundar en un beneficio claro para todos, marginan a unos a costa de llenarse los bolsillos —siempre el fin último será el dinero en esta sociedad capitalista—.

Todos sabemos del poco tiempo del que disponen los médicos en sus consultas para atendernos y especialmente en estos últimos tiempos donde conseguir acceso a ellos es poco menos que una lotería. Cuando nos recetan un medicamento, deberían tener en cuenta algunas características personales y de nuestro historial, pero no siempre lo hacen. Por ello, una lectura detallada del prospecto puede facilitarnos datos adicionales necesarios como los momentos de la toma (antes o después de las comidas), la cantidad (según nuestro peso, por ejemplo), los efectos en la conducción o manejo de máquinas, las interacciones con otros medicamentos que estemos tomando… Muchas cosas, algunas de ellas peligrosas que dado el exiguo tiempo del que dispone nuestro galeno le pueden ser imposible de controlar.

Seguiré leyendo los prospectos incluidos en los envases y cuando ya los retiren, que lo harán, no me cabe duda, espero que siga funcionando la página de Vademecum para poder seguirme preocupando de una manera razonable por mi salud. Sigo manteniendo aquello de que el mejor y primer médico para cada persona debe ser uno mismo.



domingo, 12 de diciembre de 2021

VARADO

No recordaba haberla visto nunca, y eso que ya se acerca el cumplir los cincuenta años como conductor. Pero ahí estaba, y menos mal, porque es una pieza vital para ciertas ocasiones comprometidas en las que nos podemos ver inmersos en un abrir y cerrar de ojos sin comerlo ni beberlo. Hice la foto que preludia esta entrada del blog y, sin mencionar para nada que pertenecía a un vehículo, la mandé a varios amigos por wasap para ver si sabían de qué se trataba; solo algunos recordaron haberla visto pero sin saber para qué podría servir. El refrán dice que «a la cama no te irás sin saber una cosa más» y así me ocurrió esta semana.

Llevaba varios días lloviendo a mares en esa región cantábrica que tanto nos atrae por su verdor, pero en la queremos ver brillar el sol cuando estamos allí. Como consecuencia de las abundantes lluvias, los ríos bajan cargados de agua y con ello nos habían anunciado un verdadero espectáculo en un molino abandonado en la costa cerca de la desembocadura. Normalmente, el río lleva un hilillo de agua, pero en estos días el caudal es tremendo y ha cambiado la fisonomía del lugar.

Habíamos estado allí en infinidad de ocasiones, pues es un lugar bello y muy agradable para dar paseos o contemplar la puesta de sol. Habíamos ido por delante y por detrás, por mil y un caminos… Mira por donde fuimos a elegir el menos conveniente de ellos: un camino entre terrenos cubierto de gravilla. Craso error: debajo de la gravilla había arena que no debía estar muy apelmazada y por mor de las lluvias se había convertido en un puro barrizal, que no se veía por las piedrecillas que la cubrían por encima. Cuando lo descubrimos era demasiado tarde: ni para adelante ni para atrás, el coche se había quedado varado y cuanto más intentábamos sacarlo, más no metíamos en el fango.

Tras varios intentos no quedaba otra que pedir ayuda. Menos mal que ahora los teléfonos móviles y los servicios de grúa de las compañías aseguradoras son una bendición a la que agarrarse para que te saquen del atolladero. Como es de justicia hacer la consabida propaganda, arranqué la aplicación de la Mutua Madrileña Automovilista en mi smartphone y —menos mal que había cobertura— en un periquete estaba comunicada mi situación, mi ubicación en medio de un prado y podía seguir el acercamiento de la grúa en directo. En menos de treinta minutos se presentó en la zona.

Aunque pareció no hacer falta pues seguramente no éramos los únicos en esa situación en los últimos días, le contamos la situación a un amable conductor que me dejó helado cuando me pidió la anilla de remolcado de mi coche. ¿Anilla de remolcado? ¿Qué es eso? Debí de poner cara de haba con lo que pasó a la acción y me pidió abrir el maletero, yéndose directo a la bolsa donde estaba el gato, la llave de las ruedas y esa pieza que aparece en la imagen. Yo creo que no he pinchado nunca con este coche que tiene ya cerca de seis años y por tanto no había visto ninguna de las herramientas, entre las que se encontraba, ¡menos mal!, la anilla de remolcado.

Quitó una pieza de plástico cuadradita en el parachoques delantero, insertó la pieza, nos remolcó con su cable y en un par de maniobras ejecutas con presteza y gran destreza nos había devuelto al camino, a una parte que ya estaba practicable y de la que pudimos salir sin novedad. Para disfrutar más de la tecnología, en unos segundos tenía en mi correo electrónico el parte de la asistencia con todos los detalles e incluso fotos para el recuerdo que, con los nervios, ni me molesté en tomar.

Tecnología por todos los poros para solventar situaciones. Algo parecido me ocurrió hace treinta años en Irlanda cuando no había móviles y la solución tuvo que venir de un agricultor de las cercanías que enganchó una cincha al paragolpes de mi coche alquilado para tirar de ella con su tractor. El método es el mismo, pero la tecnología —y las comunicaciones— evolucionan para hacernos la vida a todos un poco mejor.

En su día, cuando compré el coche, me leí el manual de utilización de cabo a rabo: casi quinientas páginas llenas de información. Y en la página 265 se trata de este asunto bajo el título «Remolcado del vehículo» donde aparece con todo detalle esta pieza, su ubicación y las instrucciones para su uso. Se ve que, aunque seguramente pasé por esa página, no lo recordaba.

Volveré a leer el manual. Seguro que descubro alguna cosa interesante.



domingo, 5 de diciembre de 2021

OPORTUNIDADES

Hace ya muchos años, más de treinta, en la presentación de un curso formativo de IBM oí a su directora general para España por aquel entonces, Amparo Moraleda, pronunciar la siguiente frase: «todo cambio trae consigo oportunidades». Desconozco si la frase era de su cosecha personal o por el contrario la había visto u oído en algún otro foro. El caso es que desde entonces ha tenido gran significado para mí porque la he visto corroborada a lo largo del tiempo, muchas veces con consecuencias positivas. Es indudable que las oportunidades surgen y que seremos nosotros los que tendremos que «gobernarlas» para tomar decisiones que nos beneficien con el paso del tiempo. Los humanos, dicen, somos animales de costumbres y por ello presentamos una cierta resistencia a los cambios, que nos producen desazón cuando estamos instalados en cómodos nichos porque nos obligan a salir de nuestra zona de confort y explorar nuevos caminos, lo que puede disparar la ansiedad y el miedo ante lo desconocido.

Imaginemos una persona de una cierta edad, pongamos 70 años o más, que en marzo de 2020 asistía plácidamente a sus clases (presenciales, matizo) para mayores en el campus de una universidad. De pronto, un cambio provocado de forma ajena, en ese mismo mes, cierra la posibilidad de asistencia a clase y tras una rápida reconversión, la única forma viable de continuar con las clases que se presenta es hacerlo de forma telemática a través de medios informáticos como el ordenador, tableta o teléfono, medios en los que esa persona mayor está poco versada amén de tener un cierto rechazo visceral hacia la tecnología. La diatriba está servida: o adaptarse al cambio o perder las clases que sigue con tanto entusiasmo y aprovechamiento.

Ha trascurrido más de un año y medio y durante ese tiempo, las clases telemáticas y por tanto «ausenciales» han sido la única forma de seguir en la brecha, satisfaciendo la curiosidad y explorando nuevas áreas de conocimiento que mantienen vivas a las personas y las preparan para tratar de comprender un poco mejor este mundo. Me viene a la memoria una entrada de este blog, ya antigua, de marzo de 2015, titulada «INTONSOS» en la que me hacía eco de la importancia de la educación como medio de sacarnos de la incultura y de la ignorancia.

El confinamiento de marzo de 2020 por mor de la COVID-19 potenció de forma exponencial las clases y conferencias telemáticas, lo que abrió un campo enorme de posibilidades al poder asistir a una miríada de ellas desde casa. Ha pasado el tiempo, estamos en diciembre de 2021, y parece que la vuelta a las clases presenciales se está recuperando lentamente. Pero el cambio hace que la presencialidad pueda no ser la única opción, ya que facilita las relaciones personales en el aula, y en los pasillos y en la cafetería, pero restringe posibilidades a personas que por distancia o enfermedad no puedan acudir a clase.

Para muestra, un ejemplo. Asisto en estos meses a un magnífico curso de la Universidad Carlos III de Madrid titulado «V Centenario de la Guerra de las Comunidades. La construcción del poder legislativo», impartido telemáticamente por el profesor Eduardo Juárez Valero. El curso comenzó en septiembre de 2021 y desde sus inicios se planteó como «ausencial», es decir, telemático. Pero la situación ha ido cambiando y se están recuperando las clases presenciales, con lo que muchos alumnos expresaban su deseo de volver a asistir a las aulas y dejarse de ordenadores, pantallas, chats y micrófonos. La dirección de los cursos se hizo eco de esta petición y planteó clases híbridas ─presenciales y telemáticas─, para tratar de ir volviendo a la (antigua) normalidad.

En este caso concreto, el profesor impartía las clases desde su casa, con lo el cambio suponía para él un desplazamiento al campus, que en su caso no está precisamente cerca. Pero todo sea por el contacto humano. Las dos primeras clases con esta modalidad mixta resultaron un auténtico fiasco: la asistencia fue de 7 y 5 alumnos respectivamente de un total de más de 80. «Todos» queremos volver a las aulas, pero en el momento de hacerlo preferimos quedarnos en casita, calentitos. Trato de ponerme en la piel del profesor, con lo que supone el desplazamiento y el tener que dar una clase complicada ─la forma híbrida no está muy conseguida todavía─ para unos pocos alumnos en el aula. Como resultado y tras la experiencia se ha vuelto a las clases a distancia y espero no oír decir a nadie eso de que quiere volver a la presencialidad.

Pero las clases telemáticas han posibilitado opciones antes insospechadas. En mi caso personal, he podido seguir cursos de la Universidad de Alcalá de Henares que me hubiera sido imposible atender por la distancia. Cuando se vuelva a la presencialidad, mis opciones en esa y en otras universidades distantes desaparecerán, pero no olvidemos que las podían seguir alumnos desde cualquier parte del mundo. Lo mismo en conferencias interesantes y charlas que proliferan usando la red.

Estas son las oportunidades que conlleva el cambio motivado por la COVID-19 y que ha supuesto un salto tecnológico de varios años en la educación y en otros sectores como el trabajo desde casa. Pero no es oro todo lo que reluce: hay otros (posibles) problemas. Vea el curioso lector la imagen que encabeza esta entrada del blog: dos ordenadores atendiendo a dos clases diferentes al mismo tiempo porque puestos a disfrutar de las posibilidades esta es una de ellas. Claro está que una de las sesiones está siendo grabada para un visionado posterior y se atiende a la otra, lo que puede derivar en problemas de ansiedad y estrés que antes no se tenían.

En el momento de escribir esta entrada tengo unas diez clases grabadas por diferentes motivos, que hubiera perdido en caso de ser presenciales al no poder asistir a ellas. Eso sí, tengo que buscar unas cuantas horas para recuperarlas, con una ventaja adicional que ya atisbara mi querido y desaparecido profesor Antonio Rodríguez de las Heras: al ver las clases grabadas se puede ganar tiempo acelerando la reproducción… Y es que hay profesores y conferenciantes que hablan muy despacio….