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jueves, 21 de febrero de 2008

HIPNOSIS


Quién no oído hablar o incluso tiene sus propias teorías sobre la hipnosis.Generalmente son procedentes de cuestiones leídas o vistas en medios de comunicación que suelen estar bastante alejadas de la realidad.
La hipnosis científica, como tal, sigue las reglas de cualquier disciplina científica. No es una terapia sino más bien una serie de procedimientos o técnicas que pueden ser usadas para facilitar un estado de consciencia determinado. Por tanto, podremos ver la hipnosis presente como parte de un tratamiento para conseguir unos objetivos, desde una consulta psicológica a la mesa de operaciones de un cirujano.
Las aplicaciones son muy amplias, tanto en psicología como en medicina y por ello debemos recomendar se haga uso de la misma bajo control de un profesional y no de cualquiera que ofrezca soluciones milagrosas en una sesión de dos horas.
Es importante manifestar que en el proceso hipnótico, que se facilita mediante una inducción, el sujeto mantiene en todo momento el control sobre sus acciones y pensamientos, no viéndose obligado a realizar ni pensar nada que voluntariamente no desee. Esto es importante al ser uno de los temores principales contra la hipnosis derivados de espectáculos que nada tienen que ver con la hipnosis, repito, científica.
Un libro sencillito, muy ameno. corto, escrito por una autoridad española, y mundial, en la materia, se encuentra publicado en Editorial Síntesis, Psicología Clínica, Guías Técnicas.Su título, HIPNOSIS y su autor Antonio Capafons. Otro libro que me atrevería a recomendar, para personas y profesionales interesados en profundizar en el tema es "Tratamiento del dolor mediante Hipnosis y Sugestión", una guía clínica de Joseph Barber, publicado por Descleé de Brouwer en su Biblioteca de Psicología.
En la web del Grupo de Valencia de Hipnosis Psicológica donde se puede encontrar abundante y seria información sobre el tema ( http://www.uv.es/GRUPOHIPNOSISCOP/ ).

viernes, 15 de febrero de 2008

DESAPARCAR




No soy un experto en nada, pero me gustan muchas cosas. Suelo decir que juego a todo, pero mal. La gramática y la riqueza del idioma castellano están ahí esperando que le dediquemos un poquito de tiempo y disfrutemos de ella, aún a riesgo de que los que nos rodean nos consideren unos pedantes por utilizar determinadas palabras. Cada vez más, según estudios, estamos reduciendo y estropeando el número de palabras que empleamos en nuestro vocabulario, lo que supone de alguna manera ir cerrando poco a poco nuestra mente, acomodándonos en un lenguaje pobre y repetitivo. Si unimos una generalizada falta de lectura, libros o prensa, sustituida por grandes dosis de información visual y oída, estaremos preparando un cóctel que será abono en nuestra vejez de enfermedades como el Alzheimer. Pero no se trata de anticipar el futuro, sino de comentar cosas curiosas del castellano en relación con el prefijo «des».

Un ser muy querido utiliza el mencionado prefijo con profusión. Todos habremos oído alguna vez a los niños, en sus primeros escarceos con el idioma, pronunciar palabrejas como «abrido» y «ponido», a todas luces lógicas desde su punto de vista y resultado de aplicar las mismas normas y deducciones que en «leído» o «cogido». La riqueza del castellano nos hace corregir al niño indicándole que se dice «puesto» y «abierto».

Esta generalización puede aplicarse al uso del prefijo «des». Hasta hace unos momentos, la palabreja que sirve de título a este suelto, era considerada por mí como inválida, no correcta. Un acceso al diccionario clásico ESPASA CALPE de 8 tomos más apéndices, en papel, resulta fallido en localizar la entrada y el correspondiente significado para «desaparcar».

Pero los tiempos cambian y los diccionarios en papel solo quedan para nostálgicos y para enseñar en el colegio a manejarse y practicar el abecedario. De hecho, un acceso al Diccionario Oficial de la Real Academia de la Lengua, conocido como DRAE, nos muestra que «desaparcar» existe y nos aclara su significado, que ya intuíamos en caso de ser una palabra correcta: «Retirar un vehículo de donde estaba aparcado». Lógico ¿no?

Lo peor es la cara que voy a tener que soportar cuando comunique a ese ser querido que su palabra existe y es correcta. Menos mal que algunas otras que emplea, como por ejemplo «destender», por la acción de quitar la ropa que está tendida, siguen siendo inválidas tanto en el diccionario en papel como en el electrónico. Pero esta situación puede ser temporal y puede ocurrir que en una de las futuras revisiones que hacen los académicos decidan incorporar el término: ¿Por qué no? Tan raro nos puede sonar desaparcar, que ya hemos dicho que es correcto, como «destender» que por el momento no lo es.

En estos días se puede ver un anuncio en televisión de un banco que juega con este concepto. Concretamente anuncia la «deshipoteca». Tampoco figura en el diccionario, pero todo el mundo sabe lo que quiere transmitir y además causa impacto, cuestiones importantes de fondo de un anuncio.

Puestos a hacer de ratoncillo de biblioteca y a hurgar en el diccionario, en el electrónico que es más cómodo y directo, he averiguado que el prefijo «des» tiene mucha más enjundia. No solo antepuesto a una palabra indica negación o inversión de su significado, como por ejemplo en desconfiar o deshacer. Puede transmitir la idea de -exceso o demasía- como en deslenguado, -privación- como en desyerbar, fuera de- cómo en deshora o afirmación como en despavorido. No olvidemos también que hay palabras en castellano que empiezan por «des» y en su caso son simples letras y no un prefijo, como desastre, descenso, destino o destacar.

No he sido capaz de obtener via internet una relación completa y actualizada de todas las palabras oficialmente admitidas que comienzan por des. No sé si se podrá hacer o simplemente que yo no he tenido la destreza necesaria para obtenerla. Por el contrario, en la edición en papel del diccionario antes comentado podemos encontrar 65 páginas llenas desde el “des” como prefijo hasta deszumar, que no es otra cosa que sacar o quitar el jugo como habremos podido deducir. Claro que no todo es «des» en esas páginas, pues se cuelan cuestiones que no tienen nada que ver, como «Descartes, Renato», célebre filósofo y matemático francés, o «descuernacabras» aparentemente deducido de descornar y cabra pero que es el nombre que se aplica a un viento frío y recio que sopla en el norte de España. Aún así son pocas excepciones y la gran mayoría de las acepciones de esas 65 páginas corresponden de lleno con el tema que estamos tratando.

Deberemos tener cuidado de ahora en adelante. Aplicar la regla no sirve. Si lo hiciéramos, diríamos o pensaríamos que un deslenguado es uno al que le han cortado la lengua y sin embargo es todo lo contrario, la tiene puesta, bien puesta, y la usa con profusión y desatino. Puestos a buscar curiosidades nos encontramos con que «deshabitar» no es lo mismo que «desabitar» aunque suene igual. La bitas son los soportes de hierro o madera que se encuentran cerca de la proa de un barco y que sirven para enrrollar o desenrrollar la cadena o cabo del ancla. ¿somos capaces de aventurar lo que significa «desabitar»?

Reiterando nuestro respeto a nuestro reciente amigo «des» y cuidado que no es todo como parece, desasnemos nuestro cerebro, desapolillemos nuestra entelequia, no desaprendamos lo que ya conocemos, echemos fuera la desgana, desgravemos todo lo que legalmente podamos, no desimaginemos lo que bonito y bello hayamos imaginado, no nos desmadremos ni desmejoremos, no nos desmoronemos ante algunas adversidades, seamos cuidadosa y graciosamente desordenados y/o desorganizados, no desfallezcamos o desistamos, no seamos destructivos y desarrollemos y despejemos todo lo que podamos nuestra mente, con esta u otras cuestiones parecidas.

En suma y fuera de diccionario español, pero sí dentro del mejicano, «desaburrámonos» lo máximo posible. Y para contribuir a ello y por alusiones anteriores, desyerbar, desherbar y desgatar tienen significados muy aproximados o incluyentes aunque no lo parezca y la última de las tres nada que ver con esos simpáticos animalitos.

sábado, 9 de febrero de 2008

K-K


Léase ca-ca y piénsese en “caca”, por ejemplo, caca de perro. Un producto natural que, desgraciadamente, se encuentra con cierta asiduidad en las aceras y calles de nuestros pueblos y ciudades.
En las últimas vacaciones, un cuñado mío, poseedor de un can, con el que por cierto intimó mi hija más de lo estrictamente necesario, nos sugirió la posibilidad de sacarlo a dar un paseo, que el perro necesitaba, y que su dueño, por estar ocupado no podía satisfacer esa necesidad. Como novedad y por complacer a la niña me pareció una idea interesante, con lo que mi cuñado nos facilitó la correa correspondiente, dado que en todo momento yo aduje la idea de llevarlo atado. Anudada en la correa se encontraba una bolsa de plástico negra, que yo había visto con anterioridad y que sabía a que estaba destinada. Mi cuñado me dijo que no era probable que “Mus”, así se llama el can, hiciera sus necesidades fisiológicas durante el paseo, pero que nunca se sabe. Se me debió subir la bilirrubina hasta límites insospechados ante la posibilidad de tener que recoger, caso de producirse, el detritus por el procedimiento que había visto en otras ocasiones de meter la mano en la bolsa invertida, recoger el elemento orgánico y depositarlo en una papelera o contenedor. A todo se tiene que acostumbrar el ser humano y un hecho como este, desagradable de por sí, necesita unas dosis superiores de estudio e interiorización.
¿Dirá Vd. que “Mus” hizo sus cositas en plena calle?. Pues sí, las hizo, lo cual fue una experiencia por mi parte, no muy agradable pero que tuve que hacer al fin y al cabo. Solo tenía una bolsa, por lo que esperé que no hubiera una segunda deposición a lo largo del paseo.
Cuando paseo o voy a hacer un recado por mi pueblo, me molesta enormemente tener que ir preocupado de mirar al suelo de forma constante para evitar pisar una de las múltiples “bombas” que se encuentran a los largo de calles y aceras. No digamos de las que se ubican en parques, setos y jardines que no son peligrosas para el viandante pero si para la vista y supongo que para el jardinero que las tenga que limpiar cuando proceda. Si el paseo se produce acompañado de mi hija pequeña la vigilancia debe ser redoblada, tanto por donde paso yo como por donde pasa ella.
Supongo y deseo que habrá unas cuantas normas municipales que prohíban y castiguen esta deplorable acción. Acción que no es culpa del can sino del dueño que lo sustenta y acompaña. Se va generalizando el uso de la bolsita y la recogida, pero a juicio de la cantidad de ellas que se pueden encontrar en las calles, no parece que los ciudadanos poseedores de perro, al menos una parte de ellos que se me antoja muy numerosa, comprendan y asuman la obligación de no enguarrinarnos nuestros zapatos y no contribuir al deterioro del medio en el que tenemos que vivir y desenvolvernos.
Es evidente que no puede haber un guardia que se ponga a la sombra de cada ciudadano que inicia su paseo diario para recodarle su obligación y multarle en caso de que no la cumpla. Pero muchos de nosotros hemos visto acciones caninas en plena calle que no iban seguidas de la correspondiente acción humana destinada a remediar el hecho y dejar la vía pública en perfecto estado de revista para posteriores viandantes.
Poco a poco las personas se irán concienciando, pero no estaría de más que los ciudadanos llamáramos la atención a estos desalmados, a los conductores del animal, aún a riesgo de sufrir enfrentamientos, para concienciarles de sus obligaciones y deberes para con la sociedad. Otro sistema, más callado, sería utilizar nosotros la bolsita, recoger la deposición, seguir al dueño a modo de detective y depositarle el desecho en el portal de su casa o delante de su puerta, a ver qué opinaba cuando saliera al rato o al día siguiente y en sus propios dominios se viera con sus zapatos pringados de su propia medicina, en este caso, de la de su querido animal de compañía.
Y hay casos más flagrantes. Cerca de mi casa hay un parque infantil, llenito de tierra para que jueguen los niños. Aparte ser de pura lógica, hay un cartel bien grande a la entrada prohibiendo la entrada de animales, perros sobre todo, porque es el sitio ideal para hacer lo que estamos comentando en estas letras. Pues bien, en dos ocasiones que yo haya visto he tenido que enfrentarme con propietarios de canes para afearles su conducta, preguntarles si no sabían leer, y amenazarles, móvil en mano, con llamar a la Policía Municipal si no sacaban inmediatamente al animal del lugar. Tengo que reconocer que en ambos casos el animal fue retirado sin más, porque me cabe la duda si la policía hubiera acudido a mi llamada ante “semejante tontería” e incluso si hubiera habido alguna consecuencia para el infractor. Supongo que seguirán metiendo al perro en el parque infantil y cuando lo hagan tendrán un recuerdo no muy grato hacia mí, ese “atontado” que un día les recriminó por una acción tan normal y ciudadana como es que su perro defeque en un sitio donde al poco rato van a estar jugando los niños.
Como le gusta decir a una persona muy querida, la “des-educación” nos persigue.

sábado, 2 de febrero de 2008

RESPETO



Resisto la tentación de acercarme al diccionario a indagar en el significado real de esta palabra, tan usada y tan denostada por unos y otros. La entiendo como tener admiración y comportamiento apropiado con las personas tanto por sí mismas como por sus obras.
También deberíamos tener respeto hacia nosotros mismos. No estoy muy seguro de que lo hagamos o al menos tanto como debiéramos. Y si no lo hacemos con nosotros mismos, habremos de revisar como lo hacemos con los demás, aunque este caso no es paradójico y de hecho existen personas que no se respetan a sí mismas y sin embargo, por el qué dirán o por la deseabilidad social, se comportan de manera adecuada “puertas para fuera”.
Si viviéramos solos en una isla desierta, el respeto hacia los demás no podría producirse. Nos quedaría el respeto a nosotros mismos y a la naturaleza, animal – vegetal –mineral, que nos rodease. Más nos valdría auto-respetarnos con esmero, tanto en lo material como en lo mental, para salir adelante.
En las sociedades modernas los parámetros son cambiantes. Y últimamente a una velocidad de vértigo, que asusta. Lo que es válido hoy y ahora, no lo es dentro de un momento o al día siguiente. O lo que es peor, sigue siendo válido…. pero con matices. Son necesarias más y más normas que regulen la convivencia y la interacción entre las personas, siempre que las observemos y …. respetemos.
Hoy en día se estudia todo. Es raro encontrar un tema que no haya sido objeto de profundo debate por unos y otros. Me llama la atención el concepto de “auto-engaño”. Aquellas cosas que nos decimos a nosotros mismos para justificar ciertas actitudes y acciones que no nos parecen correctas del todo, pero que “obligados” por las circunstancias, acabamos haciendo.
Hace algunos años estaba de alguna manera bien visto no tener respeto a la Hacienda Pública, es decir, defraudar. Incluso se podía escuchar en alguna cena o reunión de amigos la explicación con todo detalle de como se había logrado semejante hazaña. O como se habían realizado determinadas acciones de “falseo piadoso” de documentación para ganar puntos en una oposición o en el acceso de nuestros hijos a las plazas escolares. Hay muchos ejemplos, aunque en la actualidad, los términos han cambiado y si se hacen determinadas cosas, ya no se manifiestan tan abiertamente o se busca obtener la aquiescencia y aprobación de los demás por “nuestras especiales” circunstancias. Hay muchos ejemplos pero no se trata de ser exhaustivo. Como el de aquel profesional que tenía como deporte, sin necesidad, el ir a sustraer ropa a unos agrandes almacenes o aquel amigo que te encuentras de pronto en la lista de profesores de un master de renombre figurando como licenciado en derecho y tu sabes de buena tinta que lo más que ha hecho en ese tema es matricularse de varias asignaturas de primer curso en la UNED y ni siquiera se presentó a los exámenes.
Sostengo la teoría de que en ciertos comportamiento sociales se reflejan estos conceptos. Uno de ellos, salvando las diferencias, es en el tráfico, con sus normas, reglamentos y señales. Hace unos días, durante un paseo hice una pequeña comprobación. Me aposté distraídamente en un punto en el que podía observar como realizaban los vehículos un STOP de salida de una calle a una carretera, con algo de visibilidad a la izquierda y con nula a la derecha. Me impuse un número de coches a modo de estadística que fijé en cincuenta. ¿Sabe Vd. cuantos vehículos respetaron la señal realizando académicamente, como mandan las normas, el STOP?. Pues solamente cuatro, un escaso ocho por ciento para los aficionados a las estadísticas.
Lo interesante sería hacer un estudio serio y poder preguntar a cada conductor, obteniendo una respuesta sincera, las razones de no respetar la señal. Sería curioso ver como se auto engaña cada uno con respuestas del tipo “esa señal está mal”, “debería ser un ceda-el-paso”, “a estas horas no viene nadie” y otras parecidas.
Por eso, en otro ejemplo, no basta con poner una señal de prohibido aparcar para que los coches no aparquen. Las señales están de adorno, porque no se hacen cumplir. Tenemos que llenar las aceras de bolardos, feos, costosos, que rompen coches y rodillas, porque la señal no se respeta. Y donde no se pueden instalar barreras físicas, el diseñador de las señales incorpora un lastimero cartel indicando “giro del autobús” o “paso del camión de limpieza” para evocar la compasión de los conductores. Ni por esas, siguen aparcando debajo. Solo falta apostar las veinticuatro horas del día un policía municipal, de rodillas, en actitud de oración que suplique y ruegue a los conductores que respeten la señal.
Tengo la sensación, y es personal, que tenemos muchas normas, que no se cumplen y que no se hacen cumplir. Un poquito de “por favor” como se puso de moda hace un tiempo. El resultado es que con el tiempo, se vuelven a hacer nuevas normas que modifican las anteriores y que tampoco se cumplirán.

viernes, 18 de enero de 2008

TIENDAS

Vivo en un pueblo, ya de cierta entidad, en las cercanías de una gran capital. En el aspecto del comercio es un entorno complicado ya que hoy en día nos desplazamos mucho, por trabajo o por ocio, incluso por compras, con lo que es relativamente fácil, y corriente, vivir en una localidad y hacer el gasto, diario o extraordinario en otra. Muchas personas, que se desplazan a sus quehaceres laborales en coche, optan por la comodidad, precio o conveniencia en parar un momento en el trayecto de regreso a casa y hacer las compras.

El hecho que voy a comentar en este suelto ya me ha ocurrido en más de una ocasión. Hace unos días en el grupo al que pertenezco por afición decidimos comprar unas estanterías para ordenar y dejar con mejor aspecto el local en el que nos reunimos, trabajamos y tenemos nuestras cosas y archivos. Hay ciertas cosas que le tocan a uno y esta fue una de ellas: encargarme de mirar y comprar lo más conveniente.

Dirigirse a una tienda del pueblo en el que vives y te conocen tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Te desplazas andando, te conocen y atienden bien y con amabilidad pero tienes que comunicar lo que quieres. Desde ese momento el comerciante sabe de tu necesidad y si al final no le compras el producto a él puede pensar en mil razones y sentir cierto malhumor. En este caso mi intención era ver si disponían de las estanterías y su precio. Me dieron un presupuesto y me dijeron que no las tenían en el almacén, si no que había que pedirlas y tardarían unos días. Repito e insisto, “unos días”.

Con motivo de un desplazamiento de los que hemos comentado, paré y entré en uno de esos grandes centros comerciales donde tienen de todo, donde se aparca fácilmente y donde con un carrito, por lo menos hasta el coche, te puedes llevar montones y montones de cosas casi sin esfuerzo. Por descontado que disponían de las estanterías que necesitábamos y de todos los aditamentos necesarios, debidamente embalados y preparados. El precio era también inferior, no mucho, así que estaba todo a “pedir de boca” para cargar con las estanterías, pagar con la tarjeta, cargarlas en el coche y llevarlas directamente al local.

Pero …. de vez en cuando se hacen cosas sin saber muy bien porqué. Realmente el asunto no corría una prisa enorme, aunque hay muchas cosas empantanadas en el local pendiente de su ordenación. Siempre está bien preocuparse por tus convecinos e intentar mantener las tiendas abiertas que bien que acudimos a ellas cuando necesitamos algo con cierta inmediatez. Así que volví a la tienda y encargué las estanterías. Tomaron nota y me dijeron que ya me avisarían. Pregunté que cuando, más o menos, lo que hizo que se molestara un poco mi buen amigo el tendero. Al final, no obtuve una respuesta clara, simplemente “que ya me llamaría” cuando estuvieran.

Ha pasado una semana desde que hice el encargo. No me han avisado y he cometido la “indelicadeza” de ir a preguntar, …. sin haberme llamado. Con cierto tono de molestia poco más o menos he entendido que no habían hecho el pedido, que tenían que esperar porque no podían pedir eso solo y alguna cosilla más que no he podido o no he querido entender.

Y yo me pregunto ¿no podría haberme informado de esto cuando encargué las estanterías?

Seguiremos esperando, ya no queda otro remedio, salvo salir a malas. Algún día me avisará y tendré que ir a recoger las estanterías. No se puede aparcar en las inmediaciones así que o echarle cara y parar el coche en medio de la calle hasta que cargue el material, por supuesto sin carrito, o hacer viajes al coche aparcado lo más cerca posible.

Y cuando esto ocurra, lo más probable es que se me quede una cara de haba y piense si no he hecho el tonto al no comprar las estanterías en el centro comercial, mucho antes, más baratas y con más comodidad.

Repito que esto me ha ocurrido en otras ocasiones. Una vez fue con un libro que vendían en la librería enfrente de mi oficina y que por los mismos motivos encargué en la tienda del pueblo. Fueron tres semanas lo que tardó en llegar. Otra vez con un cuadro que si no llego a pasar por la tienda y cambiar la moldura, no lo habrían hecho nunca porque no encontraban la moldura que me habían ofrecido.

No sé la solución, si la hay, pero las tiendas y sus tenderos deberán poner más imaginación para paliar o amortiguar estos hechos en la medida de lo posible. Por lo menos con una información veraz y ajustada. Si no lo hacen, incluso aquellos como yo que tomamos decisiones “raras” desde el punto de vista de la comodidad y del coste dejaremos de hacerlo y optaremos por lo que más convenga a nuesros intereses sin mostrar nuestra vena altruista.

miércoles, 16 de enero de 2008

TRES CARRILES


Cuando yo empezaba a conducir, hace ya algunos años, e incluso antes cuando me fijaba en los conductores, solo había en las inmediaciones de mi residencia una autovía dotada de tres carriles. El resto era o de dos o bien carreteras normales con circulación en ambos sentidos.
Una cuestión me resultaba curiosa: algunos conductores, nada más incorporarse a la autovía y sin haber tráfico, se incorporaban inmediatamente al carril central y allí permanecían impasibles, vista al frente, hieráticos, hasta que llegaban a su destino o se acababan los tres carriles.
En la autoescuela nos habían enseñado, por activa y por pasiva, que se circulaba por la derecha, siempre por la derecha. Había otros países, Gran Bretaña por ejemplo, donde la circulación era por la izquierda y por ello sus coches están adaptados, con el volante en la parte derecha de los vehículos.
Cuando lo comentaba con alguna persona mayor y conductora, incluso con algunos que realizaban esa, repito que para mí curiosa, operación, salían por los cerros de Úbeda alegando cuestiones tan peregrinas como seguridad, que el carril derecho estaba machacado por los camiones, que ya había un tercer carril para que les adelantaran y zarandajas por el estilo. Normalmente las personas, cuando realizamos alguna acción indebida, soslayamos los “contras” y buscamos todo tipo de justificaciones para los “pros”, refugiándonos en afirmaciones que nosotros sabemos que no son válidas pero que defendemos a capa y espada incluso ante nosotros mismos, en un juego que no deja de ser una especie de autoengaño autoconsentido.
Han pasado ya bastantes años. Hay mucho más tráfico, muchas más autopistas y autovías, mucha más información, las autoescuelas disponen de más medios y los alumnos salen teóricamente más preparados para enfrentarse a la jungla que es el tráfico.
Ya disponemos en el entorno en el que me he referido al principio de este escrito de varios kilómetros de autopistas con cuatro carriles en cada sentido. Curiosamente muchos conductores y conductoras siguen realizando la misma operación. Cuando se incorporan a la autopista se desplazan sin dilación al tercer carril. Con la autopista vacía, se instalan cómodamente en él y ahí me las den todas, incluso a velocidad anormalmente baja, por debajo del límite autorizado. La autopista vacía y el cochecito circulando por el tercer carril sin ningún pudor. Pero es que es frecuente ver a muchos camiones y autobuses, y no digamos las furgonetas de reparto esas que van como balas, circulando por el segundo carril, dejando libre el de la derecha, como si estuviera de adorno.
Entonces, cuando tu vas circulando por la derecha y avistas una de estas situaciones… ¿Qué hacer? Si sigues por el carril derecho y adelantas a los que claramente circulan infringiendo las normas, tú también pasas a tu vez a infringirlas, con el consiguiente peligro que supone adelantar por la derecha si los que circulan mal deciden un cambio y lo hacen sin mirar a los espejos y sin avisar con antelación mediante el uso de esos eternos olvidados que son los intermitentes. La solución es pasar del primer carril al cuarto, adelantar y volver a tu carril derecho como mandan las normas. Una veces se hace y otras no.
El resultado es que en una autopista con varios kilómetros de cuatro carriles en cada sentido la circulación es espesa, densa y ….. peligrosa. Me atrevería de calificarla de muy peligrosa, dado que todo el mundo circula por donde le parece, cambia de carril, adelanta por la derecha o por la izquierda, en fin, lo que podía llegar a ser y es un caos.
He tenido la suerte, ahora y desde hace años, de hacer bastantes kilómetros por carreteras europeas. En las autopistas alemanas, donde más placer he sentido en la conducción, hay enormes carteles de vez en cuando que te recuerdan el que debes circular por la derecha. En Gran Bretaña es un placer ver como todo el mundo en general circula por su izquierda cambiando de carril cuando es necesario adelantar y volviendo al izquierdo en cuanto es posible. En fin, en todos sitios habrá de todo y en otras caras de la moneda, Portugal o Grecia son un poco caos en sus carreteras y en sus modos de conducir, a mi modesto entender. Espero que hayan ido mejorando.
Hoy día tenemos palabras para todo. La conducción insegura y con miedo se denomina “amaxofobia”. He disfrutado mucho y disfruto conduciendo pero en esas autopistas de cuatro carriles, incluso con poco tráfico, cuando esos conductores circulan como les viene en gana, llevando su retrovisores de adorno y más pendientes de la radio o incluso el teléfono móvil, no dejo de sentir un poco de amaxofobia en la conducción.
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viernes, 11 de enero de 2008

DOS AMIGOS


Esta pequeña historia de dos amigos pretende transmitir la importancia que tiene la actividad física diaria en la vida de las personas. De forma intencionada he utilizado la palabra actividad en lugar de ejercicio para no hacer una distinción pormenorizada entre sus significados. Lo ideal es que todos hiciéramos algo que obligue de alguna manera al cuerpo a mantener el tono físico, dado que hoy día, debido a las nuevas formas de trabajo y de desplazarse, algunas personas pasan jornadas completas prácticamente sin moverse. Como premio adicional, la actividad, o el ejercicio si queremos considerarlo como una actividad más intensa, aportan un grado más o menos importante de optimismo en el afrontamiento de los problemas diarios, dependiendo del carácter y la personalidad de cada cual, y permite o incluso garantiza un mejor descanso.
Uno de ellos, Anastasio, fué cartero urbano hasta su jubilación con 63 años. Cartero de los de antes, de la saca al hombro, llena de cartas, periódicos, giros y reembolsos, de ir andando a repartir, incluyendo varias idas y venidas a la cartería para rellenar la cartera dado que en un viaje no cabía todo el trasiego diario. Puedo asegurar que la saca pesaba lo suyo, principalmente debido al periódico ABC que era el que más suscriptores tenía en el pueblo, dado que en alguna ocasión y durante mis vacaciones escolares de verano le acompañaba, lo cual fue una experiencia enriquecedora. Nunca estuvo enfermo y alguna fotografía hay suya en pleno reparto con la nieve hasta las rodillas. Eran otros tiempos donde los carteros tenían a gala, y lo cumplían, que no se quedaría ningún envío sin repartir pese a viento, marea e inclemencias del tiempo. A última hora, dado que no tenía carnet de conducir, consiguió que le asignaran primero una “velosoles” y luego una “rieju”, pequeñas motocicletas que le ahorraban buena parte de sus paseos.
El otro amigo, Julián, dos años mayor, se jubiló con 65 años y por tanto al mismo tiempo. Julián era un caso opuesto, ya que sus labores administrativas en una multinacional le hacían pasar la jornada laboral sentado poco más o menos todo el día.
En el momento de la jubilación, quizá con el peso de sus respectivas profesiones, se invirtió la tendencia. Julián empezó a andar, a salir, a moverse, en suma, a incrementar grandemente su actividad física. Incluso se trasladó a una ciudad a nivel de mar, con clima más templado durante los meses de invierno, que le permitía incluso bañarse todos los días del año así que apareciera un poco el sol. Un bañito, secado de toalla, cambio a un bañador seco, camiseta, y a pasear. Luego en verano, regresaba los dos meses a la montaña, para saludar a sus amigos y paisanos, huir de los veraneantes de la playa y aprovechar el clima menos caluroso para seguir con sus ejercicios y paseos. Perdió a su mujer hace algunos años, pero la vida sigue y el la vive intensamente, vamos, que está hecho un chaval. Vive solo en la ciudad de la costa, a cientos de kilómetros de sus hijas, se organiza su vida y su principal problema son las conversaciones con sus hijas que se le quieren traer cerca para atenderle y “por si pasa algo”. Cuando surge la ocasión, por Navidad o con motivo de algún evento, coge su tren y se viene, unos días, pero una vez aquí está deseando marcharse. Dice que no se encuentra, que no le dejan hacer nada, algún recadillo, pero que echa de menos su devenir diario.
Han pasado 23 años desde aquellas jubilaciones. Para atisbar un poco de que va esta historia, solo decir que ya me gustaría a mí, mucho más joven, tener el aspecto, la vitalidad y las ganas de vivir de Julián. Parece que el tiempo no pasa para él.
En la otra cara de la moneda, Anastasio, dos años más joven, fue reduciendo drásticamente la actividad física que le imponía su profesión. Hoy día se encuentra con muchos problemas físicos y por ende y poco a poco, mentales. Con motivo de una caída hace un par de años, empezó a tener problemas de movilidad llegando a permanecer en casa, de la cama al sillón y del sillón a la cama, sin apenas andar unos pocos pasos al día. Al ser una persona activa toda su vida y dedicada al trabajo, no tiene aficiones que pueda desarrollar sentado, tales como la lectura, música, fotografía, o incluso y que Dios me perdone, la televisión. El tema del ordenador le ha llegado tarde y no comprende que es eso de la “internet”. Esta falta de actividad física y mental acaba con el más pintado, por lo que poco a poco se presentan más complicaciones, digamos enfermedades, que van minando sistemáticamente las ganas de vivir y de luchar.
Un “viejo” profesor de psicología comentó en una de sus clases que, en lo tocante a la salud “es muy fácil tomar decisiones cuando caemos enfermos pero es muy difícil tomar las mismas cuando estamos sanos para evitar la posible enfermedad”.
Por si queda alguna duda, nos tenemos que aplicar el cuento. Y además seriamente. Esas conductas que nos repiten machaconamente los profesionales de la salud, y que nosotros interiorizamos, comprendemos y, lo que es peor, posponemos, nos pueden garantizar una mejor calidad de vida, incluso un alargamiento de la misma. El bajarse un par de paradas de autobús antes, aparcar más lejos del trabajo, ir a hacer los recados andando, beber menos, fumar nada, hacer ejercicio físico suave pero regular ciertos días a la semana, comer mejor, leer, viajar, ir al gimnasio o a nadar, aprender a tocar algún instrumento musical, girar una visita diaria a la biblioteca, asistir a una subasta de ganado aunque no seamos ganaderos, ver museos, apuntarse a bailes de salón, recibir clases de encuadernación, macramé o pintura, aprender un idioma …. son ejemplos de actividades que podemos desarrollar y que nos van a insuflar un mejor optimismo y una mejor calidad de vida actual y futura. Podemos seguir engañándonos a nosotros mismos con que no tenemos tiempo, pero lo que en realidad nos pasa es que no hemos visto “las orejas al lobo”. Pensemos que quizá cuando se las veamos ya será tarde y pongamos manos a la obra desde ahora mismo para ir “ahorrando” para el futuro.
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martes, 8 de enero de 2008

PILAS


Buscando hace unos días con mi hija pequeña palabras que tuvieran varios significados, nos topamos con la palabra pila. Utilizando el símil, nos “pusimos las pilas” para encontrar, sin tirar de diccionario, algunos significados.
Aunque actualmente ya no se llevan mucho, las pilas han sido un elemento básico en la cocina de las casas. Ahora, han perdido un poco su nombre y pasan a llamarse fregaderos encastrados, de uno o dos senos, y con varias formas, tamaños e incluso colores.
Otra acepción a la que llegamos es la de montón. Una pila de libros como ejemplo clásico. Pero tampoco es este significado el que será objeto de comentario en este suelto.
Y para entrar en materia, permítaseme dar un pequeño rodeo. Era yo muy pequeño, pero me acuerdo perfectamente de ello, cuando murió un tío mío. Yo contaba tres años y diecisiete días en ese momento y tenía una relación especial con él. Aparte de llamarnos igual, se encontraba postrado en cama de forma continua por una terrible enfermedad, que acabó al final con su vida. Al ser vecinos de vivienda, puerta con puerta, entraba varias veces al día a estar con él. Su compañía era muy grata, charlaba y charlaba, contando animosamente historias interesantes para un niño como yo ávido de aprender y conocer.
Un día, ese verano antes de su muerte, entré a saludarle y decirle adiós pues me encaminaba al parque a tener mi ración matutina de juegos con el resto de los niños del pueblo. Recibí un regalo, lo recuerdo perfectamente, un molino hecho de cartón, con todo su cariño, desde su cama, con sus aspas, sus puertas y ventanas y…. un curioso mecanismo adosado en la parte de atrás: una tolva. No sé si lo habrán adivinado, pero al verter arena con una pala en la tolva, las aspas del molino giraban a toda velocidad. Parecía cosa de magia. Lógicamente no sé donde acabó aquel molino pero recuerdo como lo mostraba orgulloso a los compañeros de juegos, dejándoles echar tierra por la tolva, pero que quedara muy claro que me lo había hecho mi tío.
Y todo ello….. ¡sin pilas! ¿existían las pilas en aquella época de finales de los cincuenta del siglo pasado? Creo recordar que ya por aquella época había algún transistor, portátil pero de gran tamaño, y también las linternas de pila de petaca. No puedo precisar las fechas aunque seguramente sea fácil de encontrar en los anuncios de la época.
Y esto viene un poco a cuento de un juguete que recibió mi hija en la pasada fiesta de Reyes. Seis pilas AA y una pila de 9 voltios, y encima a los Reyes se les olvidó incluir la tanda de baterías en el obsequio. Supongo que les resultaría oneroso y aunque no creo que costaran más que el juguete, les confesaré en secreto que la de nueve voltios costó más allá de cuatro euros y cada una de las otras seis salieron a cerca del euro porque interesaba que fueran alcalinas. En fin, más de diez euros de baterías que acabaran gastándose no dentro de mucho, según el trote que mi hija le dé al cochecito y que irán a la basura, eso sí ecológica, que las pilas contaminan mucho. Los coches de antes no tenían pilas, andaban a base de empujarlos o tirar de una cuerdecita con ellos. En fin, los tiempos cambian, las modernidades traen estas cosas.
Aquí, en esta festividad, se redunda la palabra, por la “pila de pilas” que hubo que comprar para poder poner numerosos cachivaches en funcionamiento, que parece que si no no sirven para nada y no se puede jugar con ellos. No sé si es el niño el que juega con el juguete o al revés, el juguete el que juega con el niño.
Y a raíz de esto me dio por hacer un repaso a las pilas o baterías que tenemos en las casas. Esto es un ejercicio de hacer una lista, que puede resultar aburrido, pero ahí va: reloj cuenta-atrás para el horno de la cocina, báscula de cocina, juguetes de los niños, teléfonos móviles, teléfono inalámbrico de casa, cámaras de fotos analógicas y digitales, motores de cámara, flash, linternas, llaveritos con luz para atinar en la cerradura, MP3, discman, Ipod, despertadores, relojes de pulsera, ordenadores fijos y portátiles, mandos a distancia de todo tipo de aparatos, termostato de la calefacción, estación meteorológica y su sensor exterior, medidor de la tensión, estimuladores eléctricos musculares, grabadora, afeitadora y corta-pelos, báscula de baño, transistor, termómetro, batería del coche, mando a distancia del garaje, herramientas como taladradoras y atornilladores, ….
Seguro que se me olvida alguno o varios aparatejos que se quedarán “sin vida” cuando se les gaste la pila hasta que se le sustituya.
¿Podemos vivir sin pilas?
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domingo, 6 de enero de 2008

ENVOLTORIOS

Este año sus Majestades han dejado los regalos sin envolver. Bueno, lo de sin envolver es un decir. Lo que no ha habido es el envoltorio final, de papel de colores y “papel cello” en abundancia, que todos, sobre todos los niños, nos tiramos a romper y deshacer toda velocidad para acceder al contenido. Este papel tiene la magia de ocultar hasta el último momento lo que nos han regalado.

En reuniones multitudinarias, alguien de la familia tiene que tomar una bolsa grande para ir guardando el batiburrillo de papeles y cartones que se produce. Los niños muchas veces prestan más atención a la caja que al contenido, consecuencia lógica en estos tiempos de recibir un sin número de regalos, desde luego más de uno, muchos de los cuales acabarán en una estantería recibiendo poca o ninguna atención.

Aún así, sin ese envoltorio final, multitud de cajas, bolsitas de plástico, porexpanes, cablecitos, plastiquitos ….. cubren el producto final. Todo esto, que recordemos tiene un coste, acaba en la basura. Hace años me dijeron que el coste de una lata de refresco, de esas tan corrientes y extendidas hoy en día, costaba 13 pesetas. Supongamos que hoy ronda los 10 cts. de euro y que va a la basura con cada refresco que se toma. Y no es lo malo el precio, sino que el hecho de ir a la basura deriva un nuevo coste en transporte, reciclado y en caso de llegar al basurero, un problema para la madre naturaleza que no sabe como absorber e integrar tanta basura como producimos hoy en día.

No hace mucho tiempo, las casas no generaban casi basura. En la ciudad algo más, pero en el campo todo se utilizaba, las sobras de comida para los animales, los restos orgánicos como abono en los sembrados. El brick, la botella de plástico y las bolsas de plástico inexistían. El simple hecho de ir a comprar yogurt a la panadería de la esquina implicaba el coger una cestita de alambre con los cuatro cascos vacíos y cambiarlos por los llenos. La cestilla era similar al ir por huevos. Los cascos de cristal iban y venían como moneda de trueque para obtener los productos. Y tenían un coste, que había que abonar la primera vez o cuando se rompía alguno. Otros productos, tales como la leche y el aceite no generaban residuos. La leche era vertida directamente por el lechero en casa todos los días desde su cántara al cazo donde se hervía a continuación. El aceite era dispensado en las tiendas y economatos, en la cantidad que se solicitase, desde unos émbolos gigantescos a modo de surtidores de gasolina, que succionaban el aceite desde un depósito oculto bajo el suelo y lo servían en el recipiente aportado por el cliente.

Los supermercados y la prisa han traído los envoltorios. Y los envoltorios ya no son sencillos, hay toda una industria detrás de ellos, en su fabricación y marketing, en hacer su diseño más atractivo a los ojos del comprador. AL final todos acaban en la basura o en el reciclaje, pero mientras cumplen su función y se pavonean de contener lo que realmente hemos ido a comprar.

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jueves, 3 de enero de 2008

TARJETAS

Las hay de muchos tipos, formas y colores. En alguna ocasión cayó en mis manos un código que se aplicaba a las tarjetas de visita y que consistía en doblar una o varias esquinas, de variadas formas, para indicar a la persona visitada nuestra intención. Las hay también de felicitación, de Navidad, profesionales … y las de plástico.

Estas últimas se han colado en nuestras vidas. Es casi imposible resistirse a llevar alguna en la cartera. Personalmente me admiro cuando, en la cola del supermercado, la señora precedente abre su monedero y en él se pueden ver, perfectamente alineadas, multitud de tarjetas de plástico de una infinidad de colores.

Si, lo ha adivinado, me refiero a las tarjetas bancarias, esas que nos permiten ir por el mundo sin dinero clásico, contante y sonante, monedas y papeles, y acceder a todo tipo de servicios y compras que son sufragados con la simple presentación de la tarjeta y una firma. La primera que tuve en mi poder fue a finales de los años setenta. Una conocida Caja de Ahorros estampó, en un sitio muy secreto y muy protegido al que pude acceder, cerca de dos millones de tarjetas que hizo llegar a sus clientes, de forma gratuita por supuesto. Una buena manera de ir creando necesidad que ha tenido sus frutos porque, ahora, treinta años después, son imprescindibles en nuestras vidas. No podemos llevar mucho dinero encima, no merece la pena, nos han convencido de lo práctico que resulta el uso de las tarjetas. Ya existen incluso algunos servicios que solo pueden obtenerse contra presentación de una tarjeta, tales como pagos por internet o reservas en determinadas cadenas de hoteles o alquiler de coches.

Independientemente de colores, son todas igualitas. La forma está establecida y fijada desde hace años y todos se atienen a ella. Incluso han proliferado las no estrictamente bancarias y que nos acreditan como socios de un determinado club, nos facilitan descuentos en tiendas y restaurantes o nos permiten ir acumulando puntos para viajes o estaciones de servicio.

Ahora bien, dentro de las bancarias las hay de crédito y de débito. Las primeras permiten gastar sin tener que disponer del dinero en ese momento. Al final de mes ya veremos, cuando venga la liquidación, podremos demorar el pago y, si no tenemos cuidado, meternos en una espiral peligrosa de deudas y más deudas.

Yo utilizo la de débito. En el mismo momento en que se produce la transacción, el dinero es retirado de tu cuenta, siempre que haya. En caso contrario no se autoriza el pago y habrá de buscarse otra tarjeta u otra forma de satisfacer la deuda. Y en estos últimos meses me he dedicado a observar un hecho muy curioso… y preocupante.

Con el estado actual y la evolución de los ordenadores, casi cualquiera en su domicilio particular puede grabar la banda magnética de una tarjeta. Los amigos de lo ajeno utilizan curiosos y variados sistemas para obtener los códigos y duplicar las tarjetas. Ya no hace falta aquel sitio de alta seguridad y secreto que confeccionaba las tarjetas en los primeros tiempos. Duplicar una tarjeta es cosa de niños. En el restaurante o la tienda donde dejamos la tarjeta para satisfacer la cuenta, en un segundo y fuera de nuestra vista, puede un empleado deshonesto obtener una copia de la banda magnética. Es cuestión de minutos transferir dicha banda por correo electrónico a un colega, grabarla en otra u otras tarjetas y empezar a utilizarla a muchos cientos o miles de kilómetros de distancia. Cuando tras la estupenda comida y un hermoso paseo por el parque lleguemos a casa y encendamos el ordenador para comprobar nuestro estado financiero, se nos quedará la cara a cuadros al comprobar cómo nuestra cuenta ha sido vaciada con pequeñas compras simultáneas en poblaciones muy distantes, pongamos como ejemplo Valencia y Cantabria. ¿Cómo es posible esto? Pues ya lo ven, no es demasiado complicado, más bien relativamente fácil.

Vamos demasiado tranquilos usando la tarjeta por doquier. No se trata de estar absolutamente preocupado o incluso dejar de usarla, pero si es conveniente observar unas mínimas precauciones cuando tengamos que dejar la tarjeta en manos ajenas. Una de ellas es no perderla nunca de vista, aunque esto es difícil. Cada vez están más de moda los terminales telefónicos inalámbricos que permiten a un restaurante cobrarte en la mesa, pero en otras ocasiones, el empleado se la lleva y por instantes o minutos desaparece de tu vista. Esto no es ciencia ficción, ocurre, aunque no sea una cuestión que, por razones obvias, se divulgue, lógico para no crear sensación de alarma. Pongo un ejemplo que sirva de ejercicio personal. ¿Mira Vd. “su” tarjeta cuando se la devuelven? ¿Verifica que es la suya? Si le dieran la tarjeta de otra persona del mismo banco, ¿se daría cuenta? Yo creo que no.

Y esto ocurre porque se han relajado las costumbres. De qué sirve pedir un documento identificativo si solo se mira por encima o si te devuelven la tarjeta nada más pasarla por el terminal, no pudiendo entonces comprobar la firma que figura en el reverso. Y lo digo por mis propias actuaciones. Desde el verano pasado nunca firmo con mi firma, ni siquiera mi nombre y apellidos, las notas que me dan en comercios, restaurantes y gasolineras, vamos, la firma no se parece en nada a la que figura en la tarjeta por detrás. En algunos sitios te piden el carnet de identidad, no siempre, pero incluso en esos casos y salvo honrosas excepciones, casi siempre personales, la revisión que hacen es “por encima”. Haga una prueba, pida prestado el carnet de identidad a un hermano para que por lo menos figuren sus mismos apellidos cuando vaya a comprar al supermercado y enséñele al empleado de caja, luego haga una firma que ni se le parezca. Yo he llegado a utilizar la tarjeta de crédito de mi mujer, con mi dni y una firma inventada. Sin problemas.

Evidentemente hay nuevos sistemas desarrollados mucho más seguros y difíciles de copiar y duplicar. Pero todo en esta vida está en función de los costes. Los nuevos sistemas implican un cambio de terminales lectores en todos los comercios y puntos donde actualmente se puede utilizar la tarjeta. Y esto a nivel mundial. Y estos nuevos terminales tienen un coste. ¿Quién paga? ¿Cuándo se hace esto? ¿Cómo se hace? Preguntas con muchas respuestas, pendientes hoy día pero que requieren una solución más o menos inmediata para que podamos volver a tener la confianza necesaria en las tarjetas y usarlas con confianza y sin prevención.

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lunes, 31 de diciembre de 2007

PUNTUALIDAD


Es esta una palabra que va evolucionando con los tiempos. Inclusive entiende de nacionalidades. Hemos oído muchas veces hablar de la «puntualidad alemana» haciendo referencia a una exactitud que raya en lo patológico. Por algunos ejemplos la cosa no debe ser tan exacta hoy en día.

Muchos de mis amigos se sonríen cuando tienen que establecer una cita conmigo. Mi contestación suele ser del tipo «a las ocho y siete». Este tipo de aseveración es posible desde que se pusieron de moda los relojes digitales. Mi primer reloj digital era de aquellos de los «números rojos», comprado a mediados de los setenta del siglo pasado. No nos fijamos en ello, pero una de las «maldades» que aportan los digitales es la pila, tanto en cuanto a su coste y consumo como a su posterior reciclaje. Teníamos un sistema de saber la hora totalmente ecológico, cúal era el sistema de cuerda de toda la vida, y ganamos una «peora» con los digitales y sus pilas.

Con los relojes analógicos, que recuerdo fueron siendo paulatinamente sustituidos en los años finales del siglo XX, se quedaba a horas en punto, medias o cuartos. También empleábamos preposiciones, tales como «hacia» las siete o «entre» siete y siete y cuarto.
 
Ahora todo ha cambiado. Por principio, la puntualidad es una virtud que no se lleva. El uso de los teléfonos móviles ha venido a añadir una visión nueva y unas maneras nuevas a la hora de establecer un horario. Frases tales como «quedamos en el móvil», «cuando llegues me haces una llamada perdida», «si ves que no puedes me llamas al móvil» y similares son frecuentes y denotan un dejar las cosas en el aire, un dejar las cosas para después y no establecer compromisos. Parece que teniendo la posibilidad de utilizar el teléfono móvil, los compromisos son más o menos amoldables a las situaciones.

Yo sigo en mis ocho-cero-siete. Suelo llegar puntual, incluso generalmente antes, porque valoro mi tiempo y el tiempo de los demás como si fuera oro. Y me parece muy bien cuando llego tarde que se hayan marchado y no me esperen. Por ello, en las citas me hago acompañar de algo para leer, libro, revista, periódico... que me permita entretener la espera en caso de que se produzca. Utilizo una técnica para decidir el tiempo de espera, antes de marcharme tranquilamente. Dependiendo de la persona con la que he quedado, decido hasta que momento voy a estar esperando. Sin acritud y sin enfadarme. Cumplido ese plazo me voy, pero evito el desasosiego que produce la incertidumbre de si vendrá.

Como he dicho antes, la puntualidad es una cuestión que está pasada de moda. Y me voy a referir a tres ejemplos, personalmente constatados de situaciones en las que la relajación en la asistencia se produce, y solo en una de ellas con consecuencias negativas para el, digámoslo así, infractor.

La primera es la misa dominical. El sacerdote suele ser puntual, pero no así los fieles. Personalmente me gusta llegar cinco minutos antes, lo que deporta múltiples ventajas, tales como tener un momento para estar a solas con uno mismo, elegir sitio, evitar aglomeraciones de última hora en la entrada y algunas parecidas. Es normal que empiece la misa con «cuatro gatos» pero poco a poco va llegando el personal y se van completando los bancos. Siempre hay alguien que llega a última hora y quiere tener buen sitio, no dudando en apretujar a los que ya estábamos instalados. Suelen ser, cosas del destino, personas mayores que según dicen lo que más tienen es tiempo. Estos hechos, constatados desde dentro, también se observan desde fuera. El pasado domingo andaba yo comprando el periódico en el quiosco frente a la iglesia, alrededor de las doce. La misa había empezado y seguía llegando gente. Opté por esperarme a observar como se producía el acceso y aguanté hasta las 12:19, momento en que mi capacidad de sorpresa se colmó: en esa hora entraron una pareja por un lado y otro matrimonio con un niño por otro. Teniendo en cuenta que la misa suele durar treinta y cinco o cuarenta minutos... ¿No sería mejor que dieran un paseo y oyeran misa de una completa? ¿o que incluso no fueran a misa? Porque asistir a misa a esa hora, cuando probablemente el evangelio haya sido leído y la plática del sacerdote esté a punto de finalizar, no tiene mucho sentido. La solución es fácil y aquí queda propuesta: en el momento en el que el sacerdote empiece la misa, cerrojazo a las puertas. Con hacerlo un par de veces la gente aprendería lo que significa puntualidad, de una forma gráfica, y sin tener que comprarse un diccionario.

La segunda situación a la que me voy a referir es un espectáculo de teatro. La ubicación de los asistentes en sus butacas numeradas necesita un tiempo, tiempo que hay que minimizar asistiendo cuanto antes. Pero tampoco aquí hay problema. A la hora de comienzo de la representación, de la que se había vendido todo el aforo, más de la mitad de las butacas estaban vacías. Pasados siete minutos, todavía con la platea clareada, suena una musiquita que nos anuncia «señoras, señores, faltan cinco minutos para que comience la representación». Echando cuentas y sabiendo sumar, sería entonces a las siete y doce cuando realmente se apagarían las luces y daría comienzo el espectáculo. A esa hora ya se encontraba todo el mundo acomodado, pero aún así la representación empezó a las siete y catorce. Ventajas de los relojes digitales a la hora de controlar el tiempo. Lo peor de todo fue tener que contestar a la pregunta de mi hija pequeña: ¿papá, porqué venimos tan pronto si hasta que no están todos no empieza?.

La tercera supuso una cierta satisfacción personal, una victoria pírrica, si bien me enteré a la salida por un amigo. Se trataba de un concierto de órgano que se celebraba en una iglesia. El concierto empezó con puntualidad exquisita, digna del pitido más largo de Radio Nacional que fija académicamente la hora. Y en ese momento se cerraron las puertas de la Iglesia. Esto me lo comentó mi amigo a la salida, puesto que como he dicho no pudo escuchar el concierto. Además, para que el aprendizaje fuera rápido e intenso, no permitieron la entrada en el descanso que hubo a mitad de concierto, dado que según comentaron no estaba programado.

Sería muy interesante el sistema este del cerrojazo. Aprenderíamos todos rápidamente. Aunque no soy aficionado, creo que en los eventos taurinos también se utiliza. De paso descubriríamos que ir tranquilamente a los sitios, con tiempo, relajados, dando un paseo, es una práctica sana y buena para la mente y el espíritu.
 
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