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sábado, 29 de mayo de 2010

MONASTERIOS


Hace años tuve la oportunidad de visitar el monasterio de Santo Domingo de Silos. No era la primera vez que pasaba por allí, atraído por el canto de los monjes y sobre todo por su singular claustro. En aquella ocasión se daba la circunstancia de que estaba convaleciente de una operación de rodilla, por lo que andaba con cierta dificultad ayudado por unas muletas. Durante la visita guiada al claustro y con ocasión de que el resto del grupo visitara una dependencia-museo anexa, a la que se accedía por escaleras, obtuve el especial permiso del guía de quedarme un momento en el claustro, a solas.
Las sensaciones de aquel momento especial han quedado grabadas en mi mente para siempre y suelo recurrir a ellas en momentos de tranquilidad y sosiego. Es díficil de describir la paz, el recogimiento y el silencio, tan solo roto por el piar de los pajarillos y el gorgoteo de la fuente, que me inundaron en aquellos momentos. Por unos instantes me imaginé los cientos y cientos de monjes que habrían dado paseos alrededor del claustro a lo largo de los siglos elevando sus oraciones. Una sensación única. Los monjes, benedictinos, siguen la regla de San Benito que se resume en pocas palabras: “Ora et Labora”. La oración es fundamental y se mantiene por la llamada Liturgia de las Horas, en las que a lo largo del día el monje reza sus oraciones: Maitines, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas.
Tengo entendido que es posible hospedarse en el monasterio y pasar unos días de recogimiento, haciendo una vida todo lo parecida que deseemos a la de los propios monjes. La sociedad actual nos afixia en muchas más ocasiones de las que desearíamos y no siempre salimos airosos de ellas. Un retiro en un remanso de paz como puede ser un monasterio es un asunto que tengo pendiente pero pasan los días sin encontrar el momento oportuno para llevarlo a cabo.
La fotografía que ilustra este apunte no es de Silos. Esta semana he realizado una excursión a otro remanso de paz que se encuentra enclavado en los comienzas del madileño valle del Lozoya, cercano al pueblo de Rascafría: el monasterio de El Paular. Si bien rodeado por algunos aditamentos comerciales, el monasterio de yergue orgulloso en medio de un vergel, con sus más de seiscientos años de antigüedad resistiendo los embates de la naturaleza y de los hombres, que han dotado de vicisitudes y mermado las bellezas y el contenido del monasterio. Abandonos, incendios y desamortizaciones han escrito su particular historia.
La visita al monasterio es gratuita si bien un poco estricta. Hay que estar en el atrio de la iglesia a unas determinadas horas en punto, donde te recoge un benedictino que durante cuarenta o cincuenta minutos te conduce por iglesia, capillas y salas mostrándote las riquezas que conserva todavía el monasterio, que son muchas y bellísimas, dignas de ver y admirar. Aunque yo ya lo conocía, sorprende a todos los visitantes la zona existente tras el retablo y que no desvelaré para incitar la visita. Merece la pena.
Esta visita que refiero fue conducida por el hermano Jose Eulogio, un dechado de humanidad, simpatía, alegría y conocimiento que nos hizo pasar a las cinco personas que constituíamos la visita cincuenta minutos de agradable paseo, plagado de anécdotas y chascarrillos de todo tipo. Recuerdo un chiste que el mismo nos contó y que dejo escrito aquí para que no se me olvide. Era más o menos así:
“Resulta que una persona ingresó en un monasterio contemplativo con la intención de pasar allí el resto de sus días. El prior le dijo las normas entre las que se encontraba una de las más díficiles de seguir: No se podía hablar nada, tan solo dos palabras cada diez años para comunicarse con el prior. Destinado a una ermita, el hombre pasa sus diez primeros años y tras ellos comunica sus dos palabras permitidas: “mucha hambre”. Tras otros diez años comunica: “mucho frío”. Pasan otros diez y dice: “cama dura”. El hombre sigue aguantando y en la oportunidad siguiente refiere al prior: “me voy”. Este le contesta que ya le extrañaba a él que siguiera en la orden cuando llevaba cuarenta años quejándose sin parar".
El hermano Jose Eulogio ha celebrado su cincuenta aniversario como benedictino, lo cual significa que tiene unos años, pero no se le notan por ningún lado. Lo que no es seguro es que la visita nos la haga él.
Como todo no podía ser dichoso, el claustro no se podía visitar: estaba en obras. El monasterio ha recuperado una colección de cuadros de gran tamaño que van a ser ubicados en el claustro, para lo cual tienen que dotar al mismo de cierta calefacción para su conservación. Este será un motivo para volver a hacer la visita de nuevo dentro de un tiempo, cuando el claustro esté listo.
Como en Silos, el sistema de hospedería funciona también aquí, más o menos con las mismas reglas. Se admite un mínimo de tres días de estancia y un máximo de siete y el precio por todo incluído en estos momentos es de 35 euros día. La tranquilidad en la vida monacal está asegurada y los paseos por la zona son muchos y atractivos. Solo falta animarse y tener en cuenta que solo admiten varones.
Y ya que estamos hablando de San Benito me viene a la memoria una regla, no sé si cierta, que me vino muy bien en mi época de trabajador cuando intentaba entender lo que me mandaban mis jefes.
¿Qué deben hacer los monjes si les mandan cosas imposibles?
“Si por acaso mandaren a algún monje cosas muy difíciles o imposibles, reciba con toda mansedumbre y sumisión el precepto que se le haga. Y si viere que lo mandado excede absolutamente de sus fuerzas, representará a su prelado las causas de su imposibilidad, sin alterarse, y con la circunspección posible, no con ademanes de contradicción, resistencia o altivez; pero si después de su representación insistiere el prelado en que obedezca, tenga por cierto el monje que así le conviene; y confiando en el favor de Dios, haga lo que le manda, por caridad”.

domingo, 23 de mayo de 2010

DESECHOS


Pudiera ser que uno de los índices de progreso de un país se estableciera en función de la cantidad de desechos que genera cada habitante. En mi infancia tuve la oportunidad de vivir en dos ambientes por aquello de ir a pasar una parte amplia de las vacaciones de verano al pueblo de mi madre, un pueblo eminentemente agrícola por aquellas fechas de la provincia de Toledo. Si en aquel pueblo el índice de progreso hubiera estado en función de la basura que cada familia generaba, el progreso estaría por venir. Nada iba a la basura en el sentido en que lo entendemos hoy. Envoltorios, envases y bricks no existían, de las mondas y residuos orgánicos daban buena cuenta los marranos y las gallinas, del aceite usado se hacía jabón y el resto era buen abono para que en la huerta crecieran las hortalizas sin los abonos y pesticidas que poco a poco nos están matando a todos. Residuros cero.
En la otra vivencia, un pueblo más o menos adelantado, sí que se producía basura, pero en una cantidad mínima, fundamentalmente por lo ya comentado de que los envoltorios y envases brillaban por su ausencia. El lechero vertía directamente la leche en la cazuela casera, el aceite se compraba a granel en la tienda de ultramarinos y los yogures y bebidas tenían su preceptivo cambio de casco en la venta. La fruta se despachaba envuelta en papel de periódico que luego servía para forrar el cubo de la basura y que no se manchara mucho. ¿Qué era eso de las bolsas de plástico, y de colores, en los cubos de basura? Mejor dicho, ¿Qué era eso de las bolsas de plástico?
Hace tiempo tuve la oportunidad de hacer una visita a Valdemingómez, el vertedero de la capital. Quedé impresionado de lo que se maneja allí y como se maneja y hacia donde vamos. Debería ser una visita obligada para que todos tomaramos conciencia de lo que estamos haciendo y como no podemos seguir así, incrementando día tras día nuestros desechos. Ahora la cosa se ha invertido, las ciudades más progresistas del mundo lo que están haciendo es reducir la tasa de basura por habitante. Es curioso que lo que en una época fue signo progreso ahora lo es de des-progreso.
Las ciudades y pueblos de cierta envergadura se enfrentan ahora al problema de la recogida de la basura. En los tiempos en que antes he comentado la recogida se hacía desde un camión que llevaba los detritus al aire y que pasaba a una hora fija más o menos por los barrios. Tocaba una campanilla y las mujeres, generalmente las mujeres que vivían en casa y no trabajaban, bajaban prestas a librarse de su basura del día anterior, ya que la recogida según recuerdo era por la mañana. Con el tiempo esto del camión no era operativo y se instaba a dejar la basura en bolsas bien cerradas, ya aparecieron las bolsas, a una hora determinada en la que pasaba el servicio de basuras y las recogía. Pero esto tenía el inconveniente de la existencia de algunos animales sueltos que deshacían las bolsas en busca de sustento dejando imágenes deplorables a la puerta de las casas.
Con el tiempo llegaron contenedores donde depositar las bolsas, contenedores enormes que estaban todo el día en las esquinas y que ningún vecino quería tener delante de su casa. Contenedores sucios, llenos, con basura por fuera y que no daban una imagen agradable. Y buscando soluciones hemos llegado hoy en día a los contenedores soterrados, que cumplen la función sin aportar visiones desagradables.
Los ayuntamientos intentan mejorar día a día la vida de los ciudadanos, pero para eso tiene que haber ciudadanos que se dejen mejorar, que sean educados y que cumplan las normas. En cuanto uno o unos pocos no lo hagan, los esfuerzos serán baldíos y, en este caso, la basura volverá a florecer en calles y avenidas. No podemos tener un policía cada uno a nuestro lado las veinticuatro horas del día que nos recuerde lo que debemos y lo que no debemos hacer.
Hay un servicio de recogida de muebles y trastos viejos. Dos días al mes. Se trata de llamar a un teléfono y avisar donde vamos a dejar, esos días concretos, un mueble o trasto voluminoso para que sea retirado. La imagen, mala por ser de un teléfono móvil, que ilustra esta entrada está tomada un sábado a las ocho de la mañana, un día en el que no hay servicio de recogida. El vecino habrá cambiado su lavadora, el servicio que le trajo la nueva no ha retirado la vieja y el mejor sitio para poner el desecho es en la puerta de la calle. ¿Será un vecino de esa casa? Lo más probable es que sí, porque las lavadoras pesan lo suyo, así que no estaría de más que la policía municipal se diera una vuelta y caso de averiguar quién ha sido el depositador le infringiera una multa de tomo y lomo para que él y los demás nos lo pensáramos la próxima vez.
En el día a día, cuando vamos desde nuestra casa con la bolsa a depositarlas en los contenedores enterrados, también nos asaltan malas intenciones. Desde dejarlas fuera para evitar el abrir la tapa hasta ahorrarnos el paseo si encontramos en nuestro camino un contenedor de obra. Cualquier sitio es bueno para deshacerse cuanto antes de tan molesta compañía.

lunes, 17 de mayo de 2010

GULUSMEROS


En algún momento se ha achacado al género femenino la cualidad de ser cotilla, pero no me negarán que un poquito de ello llevamos todos dentro. Y por poner un ejemplo se me ocurre el atasco que se produce en una autopista cuando tiene lugar un accidente en el carril contrario. Los conductores, féminas y no féminas, ralentizan su velocidad hasta casi detenerse para poder olisquear lo ocurrido, a riesgo de generar un nuevo accidente y congestionando la marcha en un carril en el que no ha ocurrido nada. En otros paises, como el Reino Unido, la policía despliega unas grandes mamparas para disuadir a los curiosones.

Ciertas profesiones tienen igualmente asociada la etiqueta de husmeadoras. Pongamos por caso a los porteros de fincas, aunque es parte de su misión eso de estar al tanto de todo lo que ocurre. También es misión de los jefes estar vigilantes de las tareas con las que se entretienen sus empleados.

A lo largo de mi vida profesional siempre he sido un trabajador de último nivel. Nunca, salvo dos únicos días en bastantes años, he tenido personas bajo mi mando o dirección. Con ello quiero manifestar que jefes, coordinadores, encargados o como queramos llamarlos si que he tenido unos cuantos. En este apartado de los fisgoneos en el que estamos inmersos, recuerdo especialmente a tres de ellos que llevaban el control de sus empleados mucho más alla de lo que parece que debería ser: eran unos auténticos gulusmeros. El haber sido mi principal profesión la de informático en centros de proceso de datos de grandes dimensiones, donde siempre trabajamos conectados al ordenador y dejando rastro preciso de nuestras acciones, ha facilitado el seguimiento.

Mi buen amigo Félix dice, con mucha razón, que lo que importa son los hechos. Las palabras se las lleva el viento. Del primero de los tres que voy a comentar no puedo demostrar nada porque por aquellos tiempos los ordenadores en casa no estaban al mismo nivel que hoy en día. Pero de los dos últimos guardo información probatoria que puede servir para demostrar el relato que viene a continuación.

El primero de ellos empleaba buena parte de las primeras horas de la mañana en fisgar nuestros ficheros de datos y trabajos para deducir en que habíamos empleado el tiempo el día anterior. No había internet ni correo electrónico por aquel entonces con lo que nuestras pantallas solo podían arrojar datos de trabajo. Nunca comentaba nada, pero con el tiempo, en alguna reunión aparecía una alusión a eso que hiciste y de lo que no te acordabas, algunas veces porque había deducido cosas que ni siquiera habían tenido lugar o habían sido empleadas para otros menesteres. De él me libré cambiandome de empresa, como hicimos cuatro de las cinco personas que por aquel entonces constituíamos el departamento bajo su mando.

El segundo jefe con personalidad entrometida que me tocó en suerte algunos años después era más un preguntón que otra cosa. Nuestras mesas estaban juntas, físicamente juntas. Cuando alguien me llamaba por teléfono, mientras estaba hablando, me pasaba notas escritas en papel con mensajes del tipo ¿quién es? ¿qué quiere? ¿dile que venga a verme a mí? y sutilezas por el estilo. Le hubiera gustado tener una orden del juez para pincharme el teléfono. No se contentaba con eso sino que en alguna ocasión en que me llegó un fax a mi nombre se permitió el lujo de decirme que lo había cogido él y lo había contestado, sin ni siquiera dejármelo ver. De este segundo jefe me libré yendo al jefe superior y planteando mi dimisión irrevocable del departamento por incompatibilidad con semejante curiosón, lo que me costó estar casi dos años en un rincón sin trabajo efectivo real al que dedicarme. Por lo menos me seguían pagando puntualmente el sueldo hasta que el fisgón fue relevado de sus funciones y su sustituto, una persona normal, me recuperó para el departamento.

El tercero ya fue peor. Era enfermizo. El sistema informático lleva un “log” donde registra línea a línea lo que todos los eventos que van ocurriendo y los usuarios que los realizan. Se lo leía entero, de cabo a rabo, y cuando algo o alguien le llamaba la atención, no solo yo, se ponía manos a la obra a enterarse hasta la última coma de lo que estaba haciendo. Cuando se quedaba satisfecho volvía al “log” y retomaba su husmeo en el punto donde lo había dejado y así prácticamente durante todo el día. Debería tener poco trabajo o no lo hacía, dada la gran cantidad de horas que dedicaba a hacer de aprendiz de pacotilla de Sherlock Holmes. Lo que él nunca supo es que yo disponía de un programa que habíamos hecho entre varios hacía algunos años y que denominabamos “mirón” y que servía para ver en tiempo real en mi pantalla una copia exacta de lo que estaba viendo en su pantalla cualquier otro usuario. De vez en cuanto activaba el “mirón” con la clave de usuario de este jefe y veía, y guardaba en mi disco duro, ahora sí, los fisgoneos que a mi o a otros realizaba. Si este hombre hubiera tenido el “mirón” hubiera sido el “rey del mambo” y hubiera disfrutado como un enano con una herramienta que parecía hecha para él y solo para él. Sigue de jefe allí por donde le dejé y supongo que seguirá fisgando a todo fisgar. Nuevamente me libré de él cambiando de departamento, aunque aguanté algunos años bajo su “controladora” dirección. Guardo montones de pantallazos y correos electrónicos que dan fé de sus actividades olfativas.

Claro que al fisgarle yo a él también me convertí en un fisgón. Pero dice el refrán, adaptado, “que quién fisga a un fisgón tiene cien años de perdón”. Otros refranes, un poco irreverentes rezan “al fisgón, cuando menos, patada en los cojones” y otro de nuestros hermanos mejicanos “al fisgón, cuando menos, un trompón”. Pues eso.

sábado, 8 de mayo de 2010

HORRORES


Quien haya seguido alguna de las entradas de este blog habrá deducido una cierta debilidad por mi parte hacia los temas del lenguaje. En estos tiempos en que se habla mal y se escribe peor, el intentar expresarse de una manera correcta se tacha con mucha frecuencia de pedantería. Con el tiempo he aprendido y cuando oigo alguna expresión incorrecta, me cuido muy mucho de informar a quién la haya manifestado, salvo que sea un buen amigo o amiga y tenga muy claro que no va a resultar una ofensa.
Podíamos explicar, que no justificar, el mal empleo que se hace de la palabra en el lenguaje escrito. El hecho de escribir en teclados de dispositivos electrónicos, muchas veces de forma rápida y atropellada, hace que se cometan faltas de ortografía o de acentuación. Bien es verdad que los correctores y diccionarios electrónicos que podemos aplicar a nuestros textos son cada vez mejores, pero no llegan al cien por cien en la detección de erorres o de expresiones incorrectamente empleadas. Con esto quiero decir que no nos escapamos de una relectura de lo que hemos escrito si queremos aumentar nuestra seguridad, y aún así nunca estaremos seguros del todo. Traigo a colación una anécdota reciente. En un libro recién publicado de una editorial que se precia y que seguramente tendrá todo tipo de profesionales para evitar sacar al mercado un producto incorrecto, se han colado una serie de erratas de las que voy a mencionar dos. Una de ellas es un párrafo completo repetido, de unas cinco o seis líneas. Si el corrector solo va corrigiendo y no siguiendo el hilo, dejará dos párrafos perfectos, pero iguales. El otro error fue la utilización de la palabra “sabia”. Estaba hablando de la “sangre” de un árbol, con lo que lo correcto sería “savia”. Ambas son correctas desde un punto de vista sintáctico pero con significados bien distintos. Empezando por el propio autor del libro, más aquellas personas a las que se haya dado a leer el libro antes de mandarlo a la editorial, a todos se les pasaron estas erratas.
El uso de mensajes cortos en los teléfonos móviles ha sido otra de las puñaladas traperas al lenguaje escrito. La verdad es que es difícil escribir a la velocidad que algunos desarrollan en esas teclas tan minúsculas, que además sirven para tres o cuatro letras a la vez. No solo los acentos, las mayúsculas, signos de puntuación, artículos o preposiciones han prácticamente desaparecido sino que por abreviar se utilizan términos como “q”, “tb” o “x” en lugar de “que”, “también” o “por”. Y si esto se quedara en los mensajes, bien estaría. Pero ya es frecuente ver apuntes de estudiantes y algun que otro correo electrónico donde se emplean estas “abreviaturas”.
Otro mundo aparte es la prensa escrita, periódicos y revistas. Aunque tienen sus libros de estilo y mucha precaución a la hora de poner en papel sus textos, es frecuente encontrar erratas, palabras mal escritas, expresiones no del todo correctas e incluso algún titular que deja mucho que desear. Tener el carnet de periodista no es garantía de una correcta utilización de los términos.
Otra afición que tengo es el coleccionar frases célebres. Muchas veces encierran grandes pensamientos y mucha filosofía en unas pocas palabras bien escogidas. Tengo varias cuentas de correo electrónico, muchas gratuitas, que procuro ver al menos una vez al día. En algún momento han tenido algún fallo, por lo que una manera de comprobar a diario que funcionan es recibir un correo electrónico en cada una de ellas. El correo debe ser de texto y corto para no sobrecargar la transmisión. Buscando encontré la web http://www.mundocitas.com/ donde puede registrarse uno y recibir a diario la frase del día, que es una forma de comprobar que nuestro correo funciona, al menos en recepción. Bien es verdad que tuve un problema en esta web, que no sé si habrán corregido, y que era que el campo donde escribir mi correo era demasiado corto, con lo que una de mis direcciones no cabía fisicamente. Buscando una solución dí con esta otra web, de similares características, de la que recibo a diario una palabra por lo general poco común y su explicación. Esta es la web http://365palabras.blogspot.com/ donde podemos suscribirnos para enriquecer nuestro acervo a diario. Otra que también utilizo es http://www.proverbia.net/ y supongo que habrá muchos más de este tipo.
A todo esto se habrá pensado que tiene que ver el título de la entrada con su contenido. Las personas con características autodidactas han encontrado en internet todo un mundo de información y posibilidades. Faltan horas en el día para ver todo lo que se puede ver, no digo ya asimilar. Las listas de favoritos se van engrosando día a día con direcciones interesantes sobre las que volver en algún momento. No sé lo que nos estará costando a cada españolito, pero una iniciativa muy sabrosa en estos temas es el Instituto Cervantes, cuya misión es divulgar el uso de nuestra lengua por todos los rincones del mundo. La dirección es http://www.cervantes.es/default.htm y en ella podemos pasarnos horas y horas curioseando y aprendiendo.
Hacia el final de la portada del Instituto, encontramos un enlace al “CVC-Centro Virtual Cervantes, donde vuelve a aparecer antes nosotros todo un mundo de datos, comunicados, foros, etc.. Aunque está un poco díficil de encontrar, dentro hay un apartado que me encanta por que es muy didáctico sobre el uso que hacemos de la lengua. Empleamos con toda naturalidad expresiones como “destornillarse de risa”, “camisa a rayas” o “contra más” entre otras, que son incorrectas. Les recomiendo una visita al “Museo de Los Horrores”, hablando de lengua, en
http://cvc.cervantes.es/ALHABLA/MUSEO_HORRORES/

domingo, 2 de mayo de 2010

CORBATAS


Vaya por delante que mi relación con esta prenda ha sido de amor y odio a lo largo de mi vida. Para ser más exactos y hacer honor a la verdad, de odio más que de amor.
Por recuerdos y fotos familiares, porté por primera vez una a los seis años, con motivo de mi confirmación eclesiástica. Antes las cosas eran diferentes y ese
sacramento tenía lugar antes de la comunión, que se hacía a los siete años. No sé si es que ahora los niños son de otro grado de madurez pero en eso la Santa Madre Iglesia si ha cambiado algo y ambos sacramentos tienen lugar de forma invertida, con 16 y 10 años respectivamente.
No recuerdo verme en la tesitura de vestir corbata hasta la edad de diciesiete años, con la que accedí a un puesto de auxiliar administrativo en una oficina bancaria. Por aquellos años, al estar de cara al público era preceptivo según las normas de la entidad el ir adecuadamente vestido. Traduzcamos lo de adecuadamente por llevar chaqueta y corbata. Ya empecé a tomar animadversión a la prenda porque aparte de la imagen lo único que representaba era un estorbo al tener que estar sentado en una mesa o detrás de un mostrador realizando tareas administrativas que no se realizaban mejor ni peor por llevar la dichosa prenda alrededor del cuello.
Al cabo de un año dejé la atención al público y me trasladé a un departamento central de la misma entidad. Recuerdo el primer día en el que me presenté con mi traje y corbata pero enseguida pude apreciar que la vestimenta allí no seguía esos cánones. Algunas personas del departamento, fundamentalmente jefes y “primeros espadas” sí vestían corbata pero era por tener que asistir a reuniones con otros departamentos. Fui viendo el cielo abierto y abandonando progresivamente su uso. Yo me desplazaba en transporte público invirtiendo más de una hora en cada trayecto y la chaqueta y la corbata no eran lo más apropiado. Incluso recuerdo que hubo una vez un conato de intento por parte de nuestros jefes de obligarnos a vestir con la dichosa prenda. Al día siguiente a la perorata asistimos todos debidamente encorbatados pero uno de los compañeros, Antonio, tuvo una idea genial: una chaqueta de colorines y una corbata en tono naranja chillón con lunares de diversos colores más chillones todavía. Un buen y perfecto toque de atención. Aquello fue el determinante para que no hubiera más imposiciones aparte de las que cada uno, en función de su actividad, se quisiera autoimponer, fundamentalmente en el caso de reuniones formales con otros departamentos o incluso con otras empresas.
Con esto llegué a abandonar prácticamente el uso de la prenda, no solo en el ambiente laboral sino en el privado, en que me resitía a ella todo lo que podía. Siempre hay alguna excepción, como por ejemplo la propia boda, donde hubo que pasar por el aro aún habiendo pensado detenidamente en no hacerlo.
Pasaron muchos años hasta que se produjo un cambio de empresa. Al no saber como estaría el tema en la nueva ubicación, me tuve que proveer de chaquetas y corbatas porque a la sazón solo tenía el traje de mi boda que me entraba a duras penas. Pocos días duró la corbata de forma permanente, aunque llegamos al compromiso de disponer de una taquilla donde tenía yo de forma permanente un par de chaquetas y algunas corbatas de forma que en un determinado momento y ocasión podía transformar mi aspecto aunque fuera de forma temporal. Esto del ropero en el trabajo fue un buen invento que permitió poder llevar corbata solo en momentos muy puntuales y cuando era absoluta y estrictamente necesario.
Por aquellas fechas constituímos una asociación gastronómica alrededor del cocidito madrileño. Una vez al mes se celebraba una comida y en ella, por sus estatutos era necesario vestir con corbata. Esos días eran especiales y recuerdo acudir al trabajo de punta en blanco, encorbatado, de forma que ya los compañeros sabían que ese día era día de comida solo por el atuendo que llevaba y que chocaba de forma palpable con mi devenir diario.
Ahora trabajo por libre, haciendo algunas chapucillas por aquí y por allá. De nuevo me asalta el fantasma de la corbata. En la primera reunión de contacto con nuevos clientes no me queda otro remedio que ponerme el lazo al cuello. Pero una de las primeras cosas de las que trato, de forma abierta que sorprende, es de la obligación o no de vestir esta prenda en el desarrollo del trabajo. Hay de todo, pero por el momento me voy escapando casi completamente, aunque siempre hay algún gracioso que hace la alusión correspondiente.
En una de las empresas para las que ultimamente he trabajado tienen la imposición como empleados de vestir traje y corbata. Pero solo de lunes a jueves. El viernes se permite, y gran parte de ellos lo utilizan, el llamado “casual wear”, es decir, ropa informal. Otro asunto que me ha llamado siempre la atención es el uso de corbata con camisas de manga corta, especialmente en verano, cuando en las oficinas el aire acondicionado mantiene una temperatura igual que en invierno o incluso más fresca.
Por mucho que lo pienso solo puedo ver en la corbata una prenda decorativa. No le encuentro ninguna parte práctica, aparte de la estética. Cuando se trata de estar de pié veo bien la chaqueta y la corbata pero en cuanto que la actividad se desarrolla sentado, es más bien un impedimento y un estorbo.

sábado, 24 de abril de 2010

PROPAGANDA


El primer título que me ha venido a la cabeza para este escrito ha sido “Marketing”, que al parecer es bastante más que propaganda, aunque la propaganda sea una parte fundamental de aquel. Siempre es bueno echar una mirada al diccionario para comprobar que la palabra “marketing”, muy inglesa ella a priori, existe y remite a otra un poco más castellana cual es “mercadotecnia”, cuyo significado es descrito de la forma siguiente: “Conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda”. Ahí si encontramos una definición más exacta de “marketing” aunque lo que no dice es de que tipo son los “principios y las prácticas”, es decir si honestos o por el contrario se permiten algunas triquiñuelas que rayan en la línea de lo moralmente permisible. Ya dice el refrán que “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”, con lo que a la larga y a base de mucho experimentar en carnes propias las diferentes falacias a que desde hace unos años nos tienen sometidos, los consumidores ya nos vamos aprendiendo sus añagazas y dejamos de prestar atención a semejantes señuelos.
Los consumidores hemos cambiado mucho. Una de las cuestiones fundamentales en este cambio es el acceso a internet y a la gran cantidad de información que se nos ofrece a poco que husmeemos por allí. Un ejemplo: cuando vamos a comprar un coche o una televisión, cosa que normalmente ocurre cada cierto número de años, casi podría decirse que al llegar al concesionario o tienda conocemos bastante mejor las características del modelo que vamos a comprar, sus opciones, posibilidades y ofertas que el propio vendedor.
Las propias empresas tienen muchos problemas al decidir cómo hacernos llegar su propaganda. El tema se ha diversificado bastante de unos años a esta parte. El correo ordinario y su enorme gasto de papel ha caído en picado. Hay más cadenas de televisión, hay más periódicos, hay más revistas….. y hay muchos consumidores que no acceden o acceden poco a estos medios. Los “imperios” de los medios de comunicación se han diluido, han perdido fuerza. Las empresas empiezan a posicionarse en internet, pero un mundo tan abierto es difícil de controlar y sobre todo acertar en las formas y los contenidos. El acceso es gratuito, a cualquier hora del día o de la noche, a miles y miles, por no decir millones, de “portales y “páginas web”, pudiendo escoger con un golpe de ratón lo que nos interese. Los consumidores se organizan en foros y espacios de opinión, el número de “blogs” crece sin parar y todo esto hace muy difícil a las empresas su toma de decisiones respecto de su mercadotecnia.
Muchas empresas, sobre todo las grandes, se han permitido en estos últimos años el lujo de DESPRECIAR a sus clientes, así con mayúsculas, para que suene fuerte y profundo. En sus prácticas por hacer nuevos clientes se han olvidado de los antiguos, dando una serie de ventajas a los nuevos que ya quisieran para sí los antiguos. Las marcas clásicas de toda la vida, en lugar de generar buenos pensamientos hacia ellas, en muchos casos generan todo lo contrario. Un ejemplo de carácter personal: “TELEFONICA”, sin comentarios, que luego se me nota mucho mi aversión hacia esta compañía, una de las grandes de España, que debiera ser ejemplo de transparencia y bien hacer hacia sus clientes. Un ejemplo contrario: JAZZTEL a la que me fui por precio y me quedé por servicio, como bien dice ahora su muy acertada propaganda. Y otra entrañable desde mi infancia: COLA-CAO: lo consumo desde niño y la verdad es que hace años que no veo un anuncio suyo. ¿Qué mejor anuncio que su calidad día a día? Ya lo he dicho en alguna otra ocasión: los anuncios los hacen agencias de publicidad, muy profesionales, que los hacen muy bien, pero detrás está la cruda realidad, es decir el uso o compra de lo anunciado. Recuerdo hace años los anuncios de Renfe, con trenes maravillosos, limpios, veloces y puntuales. Esa imagen se borraba de un plumazo cuando te montabas en los cercanías de una gran ciudad para ir al trabajo.
Muchos anuncios siguen “erre” que “erre” con sus triquiñuelas. Principalmente los de coches y viajes, llenos de “asteriscos” por todos lados, con las palabras “desde” al lado de unos precios irrisorios, generalmente imposibles, con ofertas tipo 2x1 que luego no son tales dependiendo de fechas, horas o destinos, con precios muy bajos en billetes de avión que luego suben astronómicamente por mil y un conceptos, con letra pequeña o con fotos de lo ofertado que no se parece a la realidad ni por asomo, aunque esté indicado en letra pequeña en el canto del anuncio.
Ya no saben qué hacer. Y además lo tienen crudo porque los clientes tenemos memoria. Pero tampoco se preocupan por volver al cliente, por ser limpios y claros, por innovar, por ofrecer servicios adecuados, correctos, a precio adecuado y competitivo. En resumen, por no engañarnos. ¿Qué pensará un consumidor de leche de una gran marca española que ha estado este tiempo de atrás pagando por encima de un euro lo que ahora se le vende por 0,85? Beneficios sí, claro, pero con mesura y con vistas al futuro, por si vienen mal dadas.
En la imagen tienen la prueba de lo que están haciendo. Una entrada comprada a través de un servicio de compra de entradas por el que te cobran 0,90 de comisión por cada entrada, ciento cincuenta de las antiguas pesetas. Ahora resulta que la película que voy a ir a ver es “Alicia en el País de las GAS NATURAL FENOSA".
Subliminal. Y encima, una vez en el cine, tendré que soportar una serie de anuncios antes de la película, sí o sí, quiera o no. Como diría aquel, manteniendo la educación todo lo posible…. “se vayan al guano”.

martes, 20 de abril de 2010

REPUESTOS



Por establecer una división sencilla entre las muchas cosas que compramos e incorporamos a nuestros hogares, algunas de ellas necesitan respuestos y otras no. Por ejemplo, una televisión, un frigorífico, un horno microondas o un reloj despertador eléctrico solo requieren la inversión inicial y a partir de este momento, salvo averías, están funcionando in que haga falta ningún gasto adicional. Hablo de forma general, sin entrar en la polémica, en el caso de la televisión, de canales gratuitos o de pago. Otros aparatos necesitan repuestos, ahora llamados consumibles, ya que algunos de sus componentes se gastan por el uso. Pongamos como ejemplos claros una aspiradora o una impresora de ordenador.
Otros no son tan claros, pues dependerán del estado de la tecnología en el que nos encontremos. Así, una cámara de fotos puede ser de los dos tipos; si es de las antiguas, llamada ahora analógicas, necesitará que la alimentemos con carretes de fotografías que luego tendremos que revelar y positivar, mientras que si se trata de una cámara moderna o digital, las fotografías son gratis y no necesitan revelado, solo almacenarlas en el ordenador, pero sin coste o con un coste mínimo adicional de espacio en disco, bueno y de electricidad que también cuesta aunque no lo valoremos, como en el caso de la televisión o el frigorífico.

Vivimos en la cultura del usar y tirar. Yo no sé como se las apañan los fabricantes de trastos que lo hacen de tal manera que estos funcionan perfectamente y a entera satisfacción hasta poco tiempo después de que cumpla la garantía. Y encima muchos de ellos no tienen arreglo. He tenido la experiencia con una pantalla plana de ordenador, que en su día costó 250 euros. A los dos años y dos meses se fué al garete, cuando ya estaba sin garantía. Intenté ver la posibilidad de arreglarla y me dijo el fabricante que no tenía reparación, que la solución era tirarla y comprar una nueva, cosa que no tuve más remedio que hacer, aunque no fué de la misma marca.

Algunas cosas de las antiguas funcionan bien durante años. Me cuesta mucho trabajo tirar o cambiar una cosa mientras va tirando. Los aparatos nuevos suelen tener más prestaciones y menores consumos, lo que muchas veces hace que la publicidad nos cautive y nos haga cambiar por aquello de acceder a mejores prestaciones. Yo tengo guardado en una armario un vídeo, un reproductor de CD’s y un amplificador que funcionan perfectamente y que están ahí por si algún día hacen falta pero que han sido sustuídos por aparatos más modernos.

El dilema que yo quería plantear aquí, volviendo al tema de los repuestos, es la paradoja que se produce cuando tenemos algún aparato que va cumpliendo años y que necesita repuestos, algunos consumibles y otros por rotura. A medida que pasa el tiempo, estos repuestos son cada vez más díficiles de localizar, estrategia que también usan los fabricantes para abocarnos al cambio.

Al frigorífico, con cerca de veinte años de funcionamiento, se le ha acabado rompiendo el tirador de abrir la puerta. He buscado el tirador por todos lados sin éxito. En la tienda oficial me salieron con aquello de ¿pero ese modelo tan antiguo aún sigue funcionando? asombrados ellos mismos y pensando seguramente que habían hecho un mal negocio conmigo al venderme un aparato que lleva tantos años funcionando a la perfección. No ha habido problema, un poco de pegamento y, estética aparte en el tirador, sigue funcionando.

Pero en el caso de los consumibles el asunto es más peliagudo. Por ejemplo, la aspiradora, también de la misma època y con casi veinte años de funcionamiento, necesita bolsas de repuesto, que son díficiles de encontrar, por lo que cuando las encontré, acaparé. Tenía dos cajas enteras y otra por la mitad cuando la aspiradora ha dicho basta: se ha quemado el motor. Evidentemente un modelo tan antiguo o no tiene arreglo o no merece la pena, con lo que las dos cajas y pico de bolsas han ido a la basura pues la nueva tiene otro modelo. Mejor no hablemos sobre los miles de modelos de bolsas de aspiradora que están disponibles en el mercado, como las gomas de los parabrisas de los coches y los propios parabrisas: un perfecto galimatías.

Hablando con un amigo el otro día, me dijo que ha comprado un paquete de diez pilas de botón de un modelo determinado. Ante mi extrañeza me dijo que el mando a distancia de un disco duro multimedia, que es igual al mío, lleva dos de esas pilas y las ha encontrado a un precio barato. Tendré que pensar si hago yo lo mismo. Por todo esto me ha dado por revisar que aparatos tengo en casa, de estos que ya son antiguos y que tengo repuestos comprados en cantidad por aquello de que son díficiles de encontrar.

Y me he dado cuenta de que tengo una impresora EPSON que va ya para diez años y que sigue funcionando. He revisado el tema de los cartuchos de tinta y tengo tres juegos completos de blanco y negro y color en el “almacén” por que me costó trabajo encontrarlos la última vez que me hicieron falta. Vamos, que tengo una inversión pues cada juego pasa de los 60 euros. Como se me rompa la impresora, cosa que puede ocurrir en cualquier momento, me veré obligado a tirar cerca de 200 euros a la basura, así que me voy a poner a imprimir como un loco, lo que hará que se rompa la impresora antes, un círculo sin fín o la pescadilla que se muerde la cola.

Con esta reflexión y el coste que tiene una impresora nueva y moderna, he decidido que cuando se me acaben los respuestos, la impresora pasará a mejor vida y me haré con una nueva que no me obligue a almacenar cartuchos de tinta. Por si acaso.

martes, 13 de abril de 2010

GARAJES


Mal día para ponerse a escribir y además sobre un tema a priori espinoso. Lo digo porque da la coincidencia de que hoy es martes y trece, cuestión que se repite de vez en cuando y que tiene significado para algunos españoles más o menos supersticiosos. A los anglosajones les dá igual pero porque ya tienen su correspopndiente viernes y trece.

Vaya por delante que esto no es una queja contra nadie. De hecho me consta que mi vecina hace todo lo posible por minimizar los hechos que voy a comentar, pero no siempre lo consigue, unas veces mejor y otras peor. Yo sé que lo siente, porque me lo dice y yo siempre procuro quitarle importancia al hecho, aunque tengo que reconocer que en algunas ocasiones yo también llego con prisa, o cansado, o harto del jefe o en otras muchas situaciones a las que hay que añadir el estrés de tener que meter el coche con calzador en la plaza de garaje.

Puestos a buscar culpables me gustaría saber quién ha diseñado y establecido las medidas mínimas que debe tener una plaza de garaje. Y no solo la plaza, que es importante, sino los pasillos de circulación que también lo son al ser el espacio del que disponemos para hacer las maniobras Los dos coches que se ven en la fotografía son de tamaño medio e incluso hoy en día en que proliferan los monovolúmenes y los cuatroxcuatro son, si se quiere, de los pequeños. No me imagino a mi vecina de plaza y a mí con dos de esos grandotes, nos tendríamos que turnar para utilizar las dos plazas como una sola, yo los días pares y ella los impares o viceversa.

Pero a lo que vamos, partiendo de la base de que las plazas son rídiculas, como puede apreciarse en la fotografía, dado que los dos coches están apoyados literalmente en la pared del fondo, en la plaza de la derecha, a la sazón la mía, se produce un hecho que agrava la situación sobremanera: está la pared, una pared maciza y completa que si bien no quita metros cuadrados a la plaza complica las maniobras y la accesibilidad al vehículo. Vamos, hablando en claro, que me obliga a aparcar de frente salvo que me dedique cada vez que tenga que entrar o salir del coche a saltar desde el asiento del copiloto, gimnasia que en este coche, por su diseño, les puedo asegurar que no es nada fácil.
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Al tener que aparcar de frente y dada la anchura del pasillo de circulación, es vital disponer del máximo espacio para reducir el número de maniobras hacia adelante y hacia atrás, que ya en las mejores condiciones son unas cuantas y que se incrementan en función de que el coche vecino de plaza deje más o menos espacio, por supuesto de su plaza, para facilitarme las maniobras. Vamos que si en vez de una raya hubiera un muro, me sería imposible aparcar de frente.
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Cuando llego al garaje y el coche de mi vecina se encuentra aparcado hay días y días. Esta vez ocurre que por algún motivo que desconozco el coche lleva tres o cuatro días sin moverse, y además a mí me ha tocado tenerlo que sacar y meter varias veces al día, con lo que las operaciones de aparcar y desaparcar son un suplicio. Dentro de un rato tengo que salir a hacer un recado y le voy a pedir el coche a mi mujer solo por no tenerlo que mover, que sacarlo también cuesta lo suyo. Menos mal que estos coches modernos disponen de dirección asistida, que si no la fuerza a emplear tendría que ser considerable.
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Yo procuro arrimar el coche a la pared de la derecha todo lo posible. De hecho he comprado e instalado unas almohadillas autoadhesivas para evitar raspones de tanto como lo acerco. Ello es con la intención de dejar el mayor espacio posible al centro para que podamos abrir las puertas sin dar “golpecitos”, cuestión que suele ser muy frecuente en los aparcamientos en batería y que hace que la chapa esté llena de picaduras. Gracias a Dios, tanto mi vecina como yo somos cuidadosos a la hora de abrir la puerta y nuestros coches, al menos por acciones en este garaje, están impecables, cosa que no pueden manifestar otros vecinos.
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Conozco una comunidad en que las plazas de garaje son comunitarias y no propiedad individual de nadie. La solución a la que han llegado es a la rotación. Cada mes el usuario pasa a la plaza siguiente. Me parece un buen sistema para que cada propietario vaya pasando por los diferentes tipos de plazas que los arquitectos diseñan en los planos y que luego a la hora de utilización real pone de los nervios a los sufridos conductores y conductoras.
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Dicen que se aprende practicando. Yo creo que mi vecina, por mucho que lo intente, no llega a imaginarse el suplicio que supone aparcar de frente en espacio reducido. Le voy a proponer la alternancia de plazas en función de meses pares e impares pero no creo que cuele.

sábado, 3 de abril de 2010

PENSIONES

Este texto me lo ha pasado un amigo comentando una experiencia personal recientemente acaecida. Interesante en lo que nos afecta a todos, por lo que con su permiso, ocultando algunos datos sensibles, aquí queda su testimonio

TU PENSION ESTA EN PELIGRO HOY

La discusión pública sobre el sistema de pensiones abierta por diversas instancias gubernamentales, españolas e internacionales, agentes sociales y opinantes de toda índole y condición parten de una premisa que no se cumple en más ocasiones de las que fuera razonable esperar: que la contabilidad de las aportaciones al la Seguridad Social es de fiar.

Tal vez sea usted de los que confía en que, tras una vida laboral más o menos larga, el cumplimiento de los requisitos legales le permitirá cobrar íntegra su pensión. ¡Cuidado! porque puede llevarse una desagradable sorpresa.

Con motivo de la polémica suscitada en torno a la sostenibilidad del actual sistema de pensiones, acompañada por diversas e imaginativas propuestas (sospechosamente orientadas a la reducción de las prestaciones para los trabajadores), me tomé la molestia de consultar los datos que la Seguridad Social tiene sobre mi. Concretamente y gracias a que dispongo del preceptivo certificado digital, no hace mucho consulté los datos sobre la historia de mi vida laboral y las cotizaciones que las distintas empresas en las que he prestando mis servicios han hecho a la Tesorería General de la S.S.

Pues bien, cual no es mi sorpresa al encontrar, en primer lugar, que los datos facilitados sólo se remontan al mes de agosto del año 1980, cuando mi afiliación al sistema data de 1977, cuando el sistema aún se denominaba Instituto Nacional de Previsión. No obstante esta limitación, el principal problema encontrado fue que, para mi sorpresa, existían curiosas lagunas en las cotizaciones de algunos meses. Concretamente, dos en 1990, uno en 1991, dos en 1993 y uno en 1997. En total, seis meses sin cotización registrada para un período de ocho años.

Ignoro cuántos trabajadores por cuenta ajena pueden encontrarse con lagunas en sus cotizaciones, pero si extrapoláramos (ya sé que no puede considerarse un método científico aceptado) estas lagunas al período exigido actualmente para cobrar la pensión máxima correspondiente, nos encontraríamos con más de 24 meses de cotización perdidos. ¡Más de dos años! No quisiera verme en la piel del trabajador que, llegado a los 65 años (o a los 67 como algunos pretenden), ve cómo le dicen que no puede cobrar la pensión que preveía porque alguien no hizo bien su trabajo y le faltan dos años de cotización.

Como ejercicio preparatorio, cursé la correspondiente solicitud de rectificación de mis cotizaciones por lo períodos indicados. ¿Cuál fue la respuesta recibida? Transcribo literalmente el texto del correo electrónico recibido:

"En relación con su comunicación del día XX/XX/2010 le informamos que la Tesorería General de la Seguridad Social no dispone de información suficiente para su resolución, por lo que deberá presentar en cualquiera de las oficinas de la T.G.S.S. la documentación justificativa que se indica a continuación:

- Certificado de la empresa con sus bases de cotización a la Seguridad Social por contingencias comunes y las nóminas correspondientes a los periodos referidos."

Creo que la respuesta se comenta por sí sola. Sencillamente se exige al trabajador que demuestre, con documentación que en no pocos casos puede ser imposible de obtener, que efectivamente estuvo de alta y cotizando en los períodos que pretenda le sean reconocidos.

Me gustaría precisar que las lagunas citadas más arriba no corresponden a períodos turbulentos de mi vida laboral. En absoluto, pertenecen al período de nueve años durante el que presté, de manera ininterrumpida, servicio en el Ministerio de XXXXXXXXX como personal contratado. Abandoné la Administración en 1998 para buscar mi futuro en la empresa privada en la que, de momento, sigo en activo. Desde ese año, 1998, todos los meses aparecen debidamente cotizados. ¡Como para fiarse de los que hacen las normas!

Para finalizar, me gustaría hacer las siguientes reflexiones en voz alta: ¿qué pasaría si todos los trabajadores decidiéramos consultar el registro de cotizaciones? ¿veríamos sorpresas como la que yo encontré? De ser así, creo que no deberíamos desaprovechar este argumento para atemperar los efectos que cualquier modificación en la regulación actual de las pensiones. Y aún más, deberíamos exigir a la Administración que la carga de la prueba no recaiga exclusivamente en la parte más débil, el trabajador.

PROCRASTINACION

Llevaba la palabreja unos cuantos meses olvidada en el fondo de la carpeta de asuntos pendientes, esperando su turno de salir a la luz, pero un día por otro, un blog por otro, iba quedando relegada, aplazada, es decir, procrastinada. Reconozco que la primera vez que la oí, en su forma no correcta y que se emplea normalmente, “procastinar”, no sabía lo que significaba. Pero para eso están los diccionarios, para averiguar como se escribe correctamente y conocer su significado.
Procrastinación es la tendencia que padecen algunas personas en forma sistemática a dilatar, a postergar, a posponer, a dejar para más tarde, a dejar para mañana… aquellas tareas, compromisos o actividades que deberían hacer y que tendrían necesaria y convenientemente que ser realizadas en ese momento o en un tiempo determinado y que no admiten ni hay necesidad real y objetiva para posponerlas. Tareas estas que son reemplazadas por otras actividades más irrelevantes pero transitoriamente más placenteras de realizar.
Un ejemplo claro y mundialmente conocido y sufrido son los pronunciamientos que nos hacemos a nosotros mismos con los cambios de año. Pensamos en hacer más ejercicio, adelgazar, dormir más, dejar de fumar y otro montón de cuestiones que a los pocos días quedan debidamente procrastinadas. Otro ejemplo claro es el de un estudiante y el examen de dentro de unos días. “Voy a divertirme a tope” esta tarde, pero esta noche me pongo sin falta y ya no lo dejo hasta tener toda la materia dominada. Una llamada telefónica o cualquier otro suceso hacen a nuestro querido estudiante procrastinar de nuevo y posponer la decisión hasta otro momento, eso sí, sin falta y sin ninguna excusa.
La procrastinación es una situación compleja, que puede afectar tanto a la esfera intrapersonal, para con nosotros mismos, como la esfera interpersonal en las relaciones con los demás, tanto en situaciones laborales como sociales. Pongamos una situación, en la que estamos entre amigos y uno de ellos manifiesta que se quiere comprar un coche de una determinada marca. Resulta que otro amigo se ofrece a mediar porque conoce íntimamente a un concesionario que lo va a facilitar más barato y más rápido…. Confiamos en este amigo que se ha ofrecido voluntariamente a ayudarnos y resulta que damos con un procrastinador que va dejando y dejando para más adelante la realización de la gestión porque o no tiene de verdad tanta amistad con el concesionario o por cualesquiera otras razones.
Hay diversas causas que favorecen la procrastinación. Algunas de ellas se derivan de la personalidad. Una persona muy perfeccionista y que no esté muy convencida de tener capacidad para realizar una determinada tarea al nivel que ella misma se auto exige, procrastinará. También puede darse el caso contrario, donde un exceso de autoconfianza en el desempeño hará que la persona considere la tarea fácilmente realizable y no se ponga manos a la obra de manera efectiva.
Los compromisos que hemos adquirido, con nosotros mismos y con los demás hay que acometerlos sin dilación. Muchas veces serán más fáciles de lo que habíamos pensado y otras más difíciles, pero eso solo lo sabremos cuando demos el primer paso. Si no somos capaces y no es cuestión de dedicarle más tiempo y esfuerzo, concluiremos que no podemos y por lo menos no estaremos con ese reconcome que nos genera, lo queramos o no, la procrastinación.
La procrastinación respecto de una determinada tarea tiene sus fases. Al principio no genera demasiada preocupación en el asunto que estamos postergando, porque creemos que seremos capaces de realizarlo. Pero a medida que pasa el tiempo y no acometemos de verdad, la ansiedad puede ir “en crescendo” aunque nos engañemos a nosotros mismos. Una ansiedad no controlada puede llegar a la desesperación en según de que asuntos estemos hablando; pensemos en un proyecto laboral que tenemos que entregar en una fecha determinada.
Lo que todos tenemos claro es que dejando las cosas en el cajón, salvo casos excepcionales, no se suelen hacer por arte de magia. Estamos hablando de cosas en las que tengamos que intervenir de forma activa haciendo, escribiendo o produciendo algo, para nosotros o para otros.
La persona propensa a la procrastinación puede sufrirla en tareas cotidianas y propias, esas que parecen no tener importancia y sobre las que no tiene que dar cuenta a nadie, pero la propia sensación personal puede dañar su autoestima, su motivación y su capacidad para realizar otras que si lo son.

viernes, 2 de abril de 2010

INGREDIENTES

Recuerdo que siendo pequeño no veía a mi padre, que trabajaba de sol a sol, excepto a la hora de la comida. La comida se hacía en casa al mediodía con asistencia de toda la familia. La cena ya era harina de otro costal, porque mi padre regresaba tarde de su segundo trabajo y nos encontraba a los niños cenados y acostados. La compra y la elaboración de las comidas eran un punto clave en el devenir diario del hogar. Por un lado no existían todavía los frigoríficos y en muchas casas nos teníamos que contentar con la fresquera, una caja con paredes de tela de malla metálica finita para que no pasaran los bichos y que estaba ubicada en la ventana más sombría de la casa, al objeto de preservar lo más posible los alimentos. Con esto, se deduce que la compra era diaria pues no se podían conservar con garantía la gran mayoría de las cosas de un día para otro.

Igualito que ahora. Mi madre o mi abuela, que vivían con nosotros dedicaban gran parte de la mañana a la elaboración de la comida. Por poner ejemplos sencillos, si se necesitaba mahonesa o tomate frito en la comida, no era tan sencillo como abrir un tarro y meter la cuchara: había que hacerlos. El golpeo de una paleta sobre una sartén vieja, tac. tac. tac. mientras el tomate se freía a fuego lento me retrotrae a sabores que ya han desaparecido para siempre… ¿quién hace a mano el tomate frito hoy en día? ¿y la mahonesa?

Muchos no comemos en casa y casi ni desayunamos. Cada uno por su lado, los padres en el trabajo y los hijos en el colegio, comemos lo que nos dan y nada intervenimos en hacerlo nosotros mismos. La industria de la alimentación apresa cada vez nuevos espacios en la fabricación de alimentos premanufacturados que llenan los estantes de los supermercados y grandes superficies. Las marcas, unas más conocidas y otras menos, entran en nuestros domicilios, en nuestros frigoríficos y a la postre en nuestros estómagos. Nos fiamos. Suponemos que quién tenga competencias cumplirá con su trabajo y velará por nuestra salud y nuestra seguridad. Al menos a corto plazo. A largo plazo ya se verá, pero será díficil sacar conclusiones y relaciones directas entre lo que comemos hoy y lo que nuestro cuerpo nos dirá mañana. No nos acordamos de los episodios de la colza, las vacas locas o la gripe aviar.

Y aquí viene el tema de los ingredientes. Pasaremos por alto la gran cantidad de conservantes y acidulantes autorizados, los famosos E-XXX que ya en algunos casos son E-XXXX porque con tres números no hay suficientes para describir la enorme cantidad de ellos que hay. El que la leche dure meses en su “brik” o las conservas años en sus latas o tarros de cristal no es un asunto trivial. Nos viene muy bien abarrotar de latas y productos con larga fecha de caducidad nuestra despensa, por aquello de tirar de ellos en un momento de apretón. Lo que ocurre es que cada vez más abrimos una lata o ponemos un poco de fiambre en nuestras cenas, con un yoghurt de postre para salir del paso. Y los fines de semana si podemos y tenemos posibles, una escapadita turística con restaurante en familia no está nada mal. No digo que esto sea lo normal, pero es cada vez más frecuente.

El hecho de ser padres con una hija celíaca, que no puede comer nada que contenga gluten, harinas de trigo y otros, nos ha llevado a la familia a una vuelta a costumbres antiguas, elaborando mucho más la comida en casa a partir de productos naturales y teniendo que tener mucho cuidado en los restaurantes a los que podemos ir. Hasta no hace mucho, no era obligatorio declarar el contenido de harina entre los ingredientes de los productos manufacturados, aunque la contuviera. Por eso debemos de tener mucho cuidado con los productos que se compran, como por ejemplo el tomate frito y la mahonesa, que deben ser de marcas especiales, garantizadas por la Federación de Asociación de Celíacos, como que no contienen gluten entre sus ingredientes.

Por esto me entretengo en leer con bastante frecuencia los ingredientes que figuran en los productos. En muchos de ellos parece que quieren ocultar algo. Algunos no se pueden leer claramente por estar escritos en letra muy pequeña, en caracteres claros sobre fondo oscuro con límites no muy definidos y otros muchos trucos para hacer desistir al más pintado que no tenga mucha necesidad de conocer las materias primas. Y además está el asunto no muy claro todavía de que puedan contener harina sin declararlo en sus ingredientes. Con esto de la Comunidad Económica Europea y la Globalización, es frecuente que los ingredientes figuren en varios idiomas, y esto también llama la atención. Normalmente cada cual leerá los ingredientes en su idioma y no se molestará en leerlos en los otros idiomas. Pero si lo hace a lo mejor se lleva una sorpresa, como me ocurrió a mí hace unos días, encontrándome que no figura la misma descripción de un ingrediente en castellano o en portugués.

Un ejemplo es la mejor descripción. Los yogures ACTIVIA de una determinada marca acaban la relación sus ingredientes en castellano indicando “Puede contener trazas de cereales y avellanas”, mientras que en la traducción portuguesa figura “Poder conter cereais com glúten e avela”. Los cereales castellanos son simplemente cereales pero los cereales portugueses pueden contener gluten. Cuando menos, curioso. A lo mejor es que las leyes del pais vecino son algo más estrictas que las nuestras o aún siendo iguales se hacen cumplir de forma más eficiente.

domingo, 21 de marzo de 2010

IDENTIFICACION


El propio uso de las cosas que nos son novedosas se va conformando poco, pasando en muchos casos del blanco al negro y volviendo poco a poco al gris.

Hace un tiempo, nos recomendaron a los usuarios de teléfonos móviles que diéramos de alta en nuestra agenda dos o tres entradas que comenzaran por el prefijo “ICE”. ICE es un acrónimo inglés confeccionado a base de iniciales que se traduce en “in case of emergency”, es decir, “en caso de emergencia”. Su función está muy clara: en caso de tengamos un accidente, como puede ser un desvanecimiento en un lugar público, alguien podría utilizar nuestro teléfono móvil, buscar una entrada en la agenda que pusiera ICE-ESPOSA, ICE-MARIDO, ICE-HIJO o ICE-LO-QUE-SEA, y llamar para dar la noticia y que pudieran venir a socorrernos. Con el tiempo, los puristas del lenguaje buscaron alternativas y se les ocurrió que sería mejor que las entradas comenzaran por AAA, en lugar de “ECE” que sería lo traducible. “AAA” tiene la ventaja de que se
colocaría en las primeras posiciones de la agenda con lo que sería más fácil su localización, máxime en momentos de nerviosismo y prisas dependiendo de la gravedad y consecuencias del supuesto accidente.

Todo esto está muy bien, y algunos de nosotros llevamos en nuestros teléfonos móviles ambas entradas, las “AAA” por si nos atiende un español y las “ICE”, más internacionales, por si nos atiende un no-español, que con esto de la globalización nunca se sabe.

Pero con el tiempo, disfrutando de las ventajas, se descubren los inconvenientes. No sé que tendrá de cierto pero he recibido un mensaje por correo electrónico donde se comenta que una persona recibió un mensaje desde el móvil de su pareja solicitando la clave de acceso a la común cuenta bancaria.. Esta persona, ni corta ni perezosa, pero con pocos dedos de frente pienso yo, contestó al mensaje enviando la clave…. que fue rápida y convenientemente empleada por el ladrón que había sustraído el bolso y utilizado las entradas “AAA” o “ICE” para una finalidad bien distinta de la que tenía prediseñada. Tal y como funcionamos hoy, sería buena una estadística de cuantas personas contestarían con la clave real a un mensaje de este tipo proveniente del teléfono móvil de su pareja o familia. Seguramente nos sorprenderíamos.

Y es que tenemos la manía de considerar como auténticos los mensajes, o correos electrónicos que nos llegan porque identificamos, o creemos identificar, su procedencia y con ello nos pensamos que está todo correcto. Teniendo los conocimientos suficientes, no es muy complicado mandar un correo electrónico a una persona suplantando la identidad del remitente. Es una prueba que hice hace algunos años en que esto todavía era más fácil. Unos días antes de una cena entre amiguetes, utilizando un tono algo ofensivo, mandé un correo electrónico a uno de ellos como si hubiera sido procedente de otro de los que iban a asistir a la cena. Me dediqué a observar a ambos y sí creeí notar una cierta tensión entre ellos. A mitad de la cena saqué el tema y me identifiqué como autor de ese correo con lo que se deshizo el entuerto entre ambos y todo quedó aclarado. Hoy en día han mejorado, no mucho, los sistemas de correo electrónico y los servidores suelen requerir autenticación no solo para recibir tu correo sino para emitirle, con lo que este tipo de correos falsos ha quedado ligeramente limitado. La palabra autenticación figura en el diccionario y significa identificación o acreditación por el medio que sea, generalmente con usuario y clave.

Pero la facilidad con que hoy en día se puede crear una cuenta anónima de correo en servidores gratuitos del tipo “gmail”, “yahoo”, “hotmail” o similares puede dar lugar a equívocos. Por ejemplo, supongamos que tengo un amigo que se llama Angel Miguel García López, cuyo correo oficial y que emplea normalmente es a.m.garcia.lopez@yahoo.es. En este caso trataría de abrirme una cuenta parecida en otro servidor e incluso en el mismo cambiando algo. Podría ser, por ejemplo, a.n.garcia.lopez@yahoo.es o a.m.garcia.loqez@yahoo.es o a.m.garcia.lopez.@yahoo.es que son muy similares, dado que en la mayoría de los casos nos vamos a leer el texto casi sin mirar detenidamente el remitente, además de no tener activo algún tipo de filtro que en nuestro correo nos mande los mensajes entrantes cuyos remitentes no tenemos en nuestra agenda a un buzón especial que ya nos prevenga a mirarlos con un poquito más de detenimiento.

Volviendo al tema inicial…. ¿enviaría Vd. la clave a su pareja ante un requerimiento de la misma a través de un mensaje procedente de su móvil? Estas claves no se deberían mandar nunca, pero en caso de que sea absolutamente necesario, lo que procede en este tipo de situaciones es una llamada con voz para verificar que todo está correcto. Además sería bueno tener un mecanismo oculto entre la pareja para poder hablar libremente de este tipo de cosas. Por ejemplo, si yo tuviera que facilitar a mi pareja una clave de este tipo, porque ya lo hemos acordado antes, se la facilitaría por parejas al revés, esto es, si la clave real es 126754 yo le diría o escribiría 546712. Ya se encargaría la otra parte, si es realmente quién debe ser, de darle la vuelta.

domingo, 14 de marzo de 2010

PUNTERIA


Aunque sea repetirlo de nuevo, no me canso de manifestar que la curiosidad es el mejor antídoto para la vejez. El probar nuevas experiencias, quizá aquellas que uno va a realizar una vez en la vida, es cosa buena.

Un buen amigo, cuyo nombre omito para no crear compromisos, muy aficionado a las armas y al tiro de competición me invitó a pasar la mañana de domingo en su club de tiro viendo como son las cosas, aprendiendo un poco de lo que rodea a este mundillo y de paso ejercitarme en el tiro al blanco. Dicho y hecho, a saborear la experiencia.

A las diez de la mañana estábamos camino de la galería de tiro donde los fines de semana un buen número de aficionados al tiro deportivo se ejercitan en afinar su puntería y compartir un buen rato de camaradería e intercambio de opiniones con compañeros.

Como en todas las cosas, y mucho más en el deporte, la jerga que lo rodea es de una precisión y una exclusividad que espanta. Solo oirles hablar un rato, siendo un absoluto novato como era yo, asusta y parece que es imposible llegar a dominarlo. Los calibres, los modelos, la munición, la presión de los percutores, la resistencia del gatillo, todo tiene un sinfín de posibilidades que animan al comentario y al intercambio de experiencias.

A mí me parecía imposible que una persona como yo que no había visto ni oído nada del tema se pudiera personar como invitado en una galería de tiro y liarse a pegar estacazos, eso sí a las dianas colocadas a veinticinco metros de distancia. Y digo estacazos por que el ruido continuado de los disparos molesta a los oídos, por lo que hay que llevar unos cascos amortiguadores que hay que andarse quitando y poniendo para poder charlar y en mi caso ejercer de “preguntón”. Supongo que la invitación de mi buen amigo ha venido por sus conocimientos previos sobre mí y mi manera de actuar, con precaución en cualquier asunto y mucho más en este en que el resultado puede ser de herida o incluso de muerte. Unas instrucciones iniciales acerca de cómo se desenvuelve uno en una galería de tiro, de que cosas se hacen, que cosas no se hacen y cuando y como se hacen. Hoy era un día tranquilo ya que se esperaba la asistencia de pocos tiradores debido a la existencia de una competición oficial a la que iban a asistir muchos de los habituales.

Dicho y hecho. Hemos empezado con una pistola calibre 22, evidentemente ya ajustada, tirando como digo a 25 metros de distancia. He aprendido a introducir las balas en el cargador, de cinco en cinco como se hace en la competición, a incrustar el cargador en el arma y a preparar la pistola para el disparo. Sostener el arma de forma firme sin que se mueva para ajustar el tiro ya es todo un triunfo que parece imposible de conseguir. Los agujeritos que producen las balas del 22 en el papel son más pequeños que los que se aprecian en la fotografía. Para verlos en esa distancia, los tiradores llevan un catalejo que tienen permanentemente montado en un trípode sobre una mesita auxiliar en el puesto de tiro, apuntando a la diana para comprobar donde van dando sus impactos e ir podiendo ajustar sus intentos.

A mí me parecía que al ser la primera vez en mi vida que tenía un arma en mis manos, no iba a conseguir ni acertar a la diana. Pero no, tras unos intentos iniciales de prueba, conseguía poner las balas, no en las puntuaciones altas, pero por lo menos en la diana. Supongo que habrá sido debido más a que era una buena arma y estaba bien calibrada que a mi maestría que era absolutamente inexistente.

Luego pasamos a un revólver de calibre 38, de esos que salen en las películas con su tambor rotatorio que se carga bala a bala y se tiene que amartillar a mano en cada tiro. Esto ya era otra cosa, tanto en cuanto a su peso como a su retroceso, pero la precisión en el disparo era formidable. Tras unos intentos de acomode hemos tirado cinco balas cada uno , cinco mi amigo y cinco yo. Los diez disparos están en la diana que aparece en la fotografía. Los cinco buenos son los de mi amigo y los cinco restantes son los míos. Me he quedado satisfecho, más que satisfecho.

La traca final ha sido para divertirse. Con una diana sobre una figura humana situada a diez metros y ahora con una pistola de las que se deominan “mesilleras”, vaya Vd. a saber porqué. Con el cañón más corto, la 9 mm “parabellum” ha servido para jugar un rato a tirar de forma más relajada y a mí para darme cuenta de lo díficil que es dar a alguien, incluso a esa distancia, a pesar de apuntar con cuidado y sujetar la pistola con las dos manos. Lo de las películas es otra cosa.

Unas buenas migas del pastor, un buen chorizo picante y unas cervezas alrededor de una mesa y buena compañía, han servido para dar fin a una mañana emocionante y de lo más entretenida en mi caso, aunque supongo que para mi amigo ha sido más de relax que de otra cosa.

sábado, 13 de marzo de 2010

PROFESIONES

Ya lo hemos comentado muchas veces: el tiempo pasa actualmente a mucha velocidad. De un día para otro, sin darnos cuenta, los cambios en nuestra vida son tan drásticos y tan profundos que lo que ayer era importante e imprescindible, hoy ya no se considera como tal porque ha sido reemplazado por otras formas de ver o hacer las cosas.
Un cambio profundo, por aparición y desaparición, se está produciendo en las profesiones que desarrollamos. Hablando en el terreno de la educación, en los años sesenta del siglo pasado era impensable en nuestro país tomar como profesión la de profesor de inglés, siendo sin embargo mucho más recomendable la de profesor de religión e incluso la de profesor de “formación del espíritu nacional”. La lógica evolución de la sociedad nos ha traído nuevas profesiones y ha hecho desaparecer otras. Por mencionar alguna de las “modernas” traeríamos a colación la de “informático” aunque hemos de saber que desde mediados del siglo pasado esa profesión ya existía, aunque en un entorno muy reducido, ya que se popularizó a raiz de que IBM sacara al mercado de uso doméstico su famoso PC a principios de los años ochenta. ¿Cuántas profesiones existen hoy alrededor de los ordenadores?
Pero me quiero referir a las profesiones que yo he conocido y han desaparecido con motivo de los nuevos usos y tiempos. Resulta evidente que todas las que existían se han modificado por mor de la aplicación de la tecnología, y si no echemos un vistazo a la actividad de un labrador subido ahora en su moderno tractor o a un empleado de banca moviendo el ratón de su ordenador en lugar de utilizar el lápicero y la calculadora.
Los colchones de hoy en día no son como los de antes. Entre otras cosas ahora son de usar y tirar. Nos recomiendan mantenerlos diez años como máximo, por aquello de las deformaciones y los ácaros, pero no siempre hacemos caso. Antiguamente los colchones eran de lana, y duraban “toda la vida”, pero con un adecuado mantenimiento, mantenimiento que era realizado por el profesional colchonero. El que yo conocí tenía como apodo familiar “el jarero” porque su familia tenía algún tipo de actividad relacionada con las jaras y el carbón. Cuando era llamado, acudía a casa, bajaba el colchón a la calle, lo descosía, extraía la lana y la vareaba con unas varas con extremo en curva para “desapelmazarla” y quitarla todo el polvo acumulado. Posteriormente extendía y distribuía primorosamente la lana sobre la tela, la antigua o una nueva, y se sentaba lateralmente en el santo suelo a coserlo puntada a puntada. Lo realmente valioso del colchón era la lana y por eso se cuidaba y se mantenía. No hay punto de comparación entre dormir en un colchón actual y los de lana antiguos, pero era lo que había.
Del nombre del lechero si me acuerdo, Damián, y creo recordar que ha aparecido referenciado anteriormente en este blog. A diario aparecía por casa el buen Sr. Damián, con sus cántaros metálicos, a dejar la leche directamente en la cazuela que luego utilizaría mi madre para hervirla. Abajo en la calle había quedado el burro con sus alforjas que le acompañaba pacientemente casa por casa a distribuir la mercancía. Hoy la leche la compramos en los supermercados, envasada y tratada para que se conserve durante mucho tiempo. La leche fresca del día es un bien escaso, casi inexistente y creo que hasta prohibido y del que solo disfrutaran quienes tengan vacas propias y puedan seguir haciéndolo, eso sí, sin que les vean. Yo lo he intentado en Cantabria, en plan amiguete y se niegan en redondo al estar más que prohibida la distribución de leche fresca obtenida directamente de la vaca. “Hay que tratarla” dicen las leyes, cuando lo que yo precisamente quiero es que no la “traten” para poder disfrutar de su sabor original.
De vez en cuando aparecían con su desvencijada bicicleta emitiendo un sonido característico que no soy capaz de nombrar ni recordar. Eran los afiladores, que recababan por las casas los cuchillos, tijeras y utensilios susceptibles de ser afilados y se ponían en la puerta de la calle, con la bicicleta suspendida sobre su propio trasportín a dar pedales para mover la rueda de afilar en la que apoyar delicadamente el cuchillo o la tijera y sacar un reguero de chispas que era muy relajante de mirar y observar. Aunque siguen existiendo los afiladores a nivel industrial, el callejero se ha extinguido, por lo menos en pueblos de cierto tamaño y por lo que a mí respecta o no se afilan las cosas o lo de siempre, se compran nuevas.
Aunque supongo que habrá muchas más, por no extenderme haré mención de una última profesión desaparecida. La de cobrador. Se pagaban pocos recibos en las casas, tales como agua o luz básicamente y los más pudientes teléfono. Yo recuerdo uno muy especial que yo y mis hermanos llamábamos “el de los muertos”. Recuerdo perfectamente su figura, aunque no su nombre, cuando pasaba puntualmente a cobrar el recibo de Finisterre o Santa Lucía para tener asegurado todo lo relacionado con el posible deceso de algún miembro de la familia. Hoy todo se hace por banco, sí o sí, habiendo desaparecido estos visitantes mensuales que podían trabajar porque otra profesión, que se mantiene con muchos cambios, como era la de ama de casa, mantenía a las madres o abuelas siempre en casa.

domingo, 28 de febrero de 2010

BANCOS


Hay ciertas vivencias de la infancia y adolescencia que se quedan grabadas para siempre en la memoria. Una de ellas es la conversación que tuve con un compañero de colegio, Salva, acerca de la importancia de un pueblo. El era natural de Turégano, un pueblo de Segovia, y me dijo que su pueblo era muy importante porque tenía doce bancos en la plaza. Mentalmente me puse a contar los bancos que había en mi pueblo por aquella época y si no recuerdo
mal eran tres más una caja de ahorros, y no estaban todos en la plaza, por lo que reconocí que su pueblo era más importante que el mío. Con una amplia sonrisa me dio una palmadita en el hombro y me aclaró que en la plaza de su pueblo había doce bancos ….. para sentarse. Se había estudiado ese día las palabras polisémicas en la clase de lengua.

Bromas aparte y refiriéndonos a los “bancos” de verdad, esas entidades o empresas que ocupan un amplio espacio en nuestras vidas actuales, ha cambiado mucho su función desde aquellos pasados años de mediados del siglo XX. Otra vivencia que recuerdo, anterior a la referida, es el día que mi padre apareció por casa con una hucha transparente de color ámbar y base metálica que le habían dado en la caja de ahorros al abrirme una libreta, destinada a que empezara a ahorrar de la exigua paga que recibía los domingos, que era de veintidós pesetas, dos de las cuales empleaba en comprar el tebeo de “Roberto Alcázar y Pedrín”. Esa hucha tenía un rejilla de pestañas en su boca que permitía el paso de las monedas pero no su extracción, operación que solo podían hacer en la caja de ahorros con una llave especial para ingresar el dinero en la cartilla.
En aquellos años y para los particulares, los bancos eran meros depositarios del dinero e incluso te daban un interés por él. Las operaciones básicas de la gente corriente eran las imposiciones y los reintegros, aquellas bienvenidas y con poco control y estas no tan bien vistas y con mucho control. No vendían vajillas ni cuberterías, no anunciaban viajes, no hacían seguros, no daban entradas para el fútbol y no necesitaban de anuncios en la televisión. Lo más que te regalaban a fin de año, y eso solo algunos, era un calendario para la pared de la cocina salvo que fueras un cliente muy importante y con ello quizás una agenda del ama de casa.

Con ello me viene a la memoria otra anécdota, esta ya de más mayor siendo empleado de una oficina, cuando recibimos seis agendas para obsequiar a los clientes. El director de la oficina estableció el criterio de que se entregaran a los seis clientes con mayor saldo al 31 de Diciembre en sus cuentas. Una de las personas seleccionadas fue el arquitecto de la localidad haciéndose la entrega de la agenda a su mujer que era la que iba por la oficina, con el ruego de que “no se lo dijera a nadie” porque no había suficientes agendas para todos. La señora, ni corta ni perezosa, se fue a la peluquería y mientras se hacía la permanente sacó la agenda y se puso a hojearla. Al poco rato teníamos la oficina llena de señoras a pedir “su” agenda.

Anécdotas aparte, la intención es hacer una reflexión sobre cómo ha cambiado nuestra relación con los bancos. Hoy en día es prácticamente imposible no tener una cuenta bancaria, que además de tener nuestro dinero sirve para recibir nuestra nómina o pensión y como vehículo de pago a los recibos, multitud de ellos que pagamos por los servicios personales y de nuestros domicilios. ¿Ha contado Vd. cuantos recibos paga al año a través de su cuenta o cuentas bancarias? Una enormidad. Salvo casos muy especiales, es imposible contratar muchos de esos servicios sin dar una cuenta para el cargo de los recibos. Aunque al parecer la ley no obliga a domiciliar los recibos en una cuenta bancaria, la práctica ha hecho que no lleguemos ni siquiera pensar en contemplar esa posibilidad. La figura del cobrador de recibos que aparecía por casa mes a mes hace años que quedó eliminada, una profesión como otras sobre las que también se podía reflexionar un poco.

Poco a poco van consiguiendo que cada vez un número mayor de sus clientes no aparezcan por las oficinas, con el consiguiente ahorro para ellos, que no traducen en beneficio para el cliente. ¿Hay mayor beneficio en algo para un cliente que no recibe correspondencia física por haberse suscrito a la electrónica que para un cliente que sigue recibiendo sus comunicaciones en papel? La gasolina cuesta lo mismo en las gasolineras en las que te la pones tú que en las, pocas, en las que te lo pone un empleado. Pues eso, lo mismo en los bancos. A través de los servicios telefónicos y de internet, los clientes cada vez más realizamos nuestras operaciones con nuestro teléfono, nuestro ordenador, nuestro internet, nuestro tiempo…. en aras a una mayor comodidad por nuestra parte, pero que les ahorra unos gastos, que no revierten en nosotros, sino todo lo contrario, ya que hemos pasado de recibir algo de interés a ser saeteados por comisiones de todo tipo.

Recuerdo en el año 1978 cuando una entidad empezó a promocionar las tarjetas tan comunes hoy en día para utilizar en los cajeros electrónicos, que ya no nos acordamos empezaban en España por aquella época. En una primera tirada se mandaron cerca de dos millones de tarjetas a los clientes, sin que estos la solicitaran, gratis. Ahora que ya han conseguido que no podamos vivir sin ellas….. ¿son gratis? Ahora incluso te pueden mandar a casa una tarjeta sin que tú la hayas solicitado, gratis o no durante un tiempo, obligándote a hacer trámites no deseados si quieres darla de baja. Igualmente recuerdo cuando empezaban a promocionar los servicios por internet, todo eran facilidades, se empezaban a poner de moda las transferencias y estas eran gratis por internet. Duró poco esto, al poco tiempo tenían su comisión.

Podíamos seguir mencionando cambios en los usos, pero no se trata de ser exhaustivo. Lo que sí que me parece, a modo de reflexión personal, es que las entidades de crédito, bancos y similares, han pasado con el paso de los años a ser unos compañeros tan necesarios como incómodos en nuestro devenir diario y que cada vez más van a la pura relación económica sin importarles un ápice su imagen. Buscamos al final trabajar con los menos malos porque buenos no hay.

domingo, 21 de febrero de 2010

RESGUARDOS

Si bien es una palabra que tienen variadas acepciones, me quiero referir a una de ellas muy concreta. Según se puede leer en el diccionario es la que reza así: “Documento acreditativo de haber realizado determinada gestión, pago o entrega.”

Los usos en los últimos tiempos han reducido los resguardos a la mínima expresión. Hace algunos años teníamos cajones y carpetas en las casas llenas de resguardos obtenidos en nuestras relaciones con los diferentes estamentos públicos y privados. Un resguardo de haber certificado una carta, de haber enviado un burofax o de haber presentado un determinado escrito en la oficina de registro de una entidad u organismo, tanto público como privado. El sello autentificaba el documento que debíamos conservar en nuestro poder por un tiempo, o bien hasta que se solucionaba el asunto u obteníamos lo solicitado o bien hasta que transcurrían esos cinco años que al parecer son reglamentarios en los que te pueden solicitar un documento.

Gran parte de estos resguardos se han convertido en electrónicos. Se intenta a toda velocidad reducir o eliminar el envío por correo de las comunicaciones de bancos y empresas, de facturas y cartas, de propaganda, etc. etc. sustituyendo el papel por el correo o la descarga electrónica. En algunas ocasiones se esgrime el concepto de que es más ecológico y se evita el consumo de papel, lo que es cierto, pero para nada ese descenso en los costes se hace llegar al usuario, que en algunos casos se ve obligado a imprimir en su propia impresora, con su propia tinta y su propio papel el resguardo. Un ejemplo es el recibo bancario del seguro del coche, que todo propietario debe llevar en el vehículo, amén de rezar para que sea admitido por el policía o guardia civil de turno, que nos puede comentar eso de que no es “original”, a pesar de que tienen instrucciones de admitir ya este tipo de documentos.

Pero lo peor de todo es la sustitución del resguardo clásico por la nada, por la ausencia de resguardo, que ha sido adoptado por muchas compañías que utilizan la llamada telefónica como sustituto. Si bien te dicen que la conversación, por motivos de seguridad, puede ser grabada, se llaman andanas si tu intentas recuperar una de esas grabaciones donde has encargado y te han confirmado una determinada acción tal como cambiar un servicio o darte de baja. Yo he probado a grabar por mi parte este tipo de instrucciones pero luego no sirve para nada, salvo que vayas a un juicio y estaríamos por ver si el juez admite como prueba tu propia grabación.

Como siempre, la mejor ilustración es un ejemplo. Solicitamos hace dos años en los servicios sociales del ayuntamiento la asignación de una residencia para mis padres. Ni un papel. A lo largo de estos dos años, comunicaciones telefónicas, pero ningún papel. La comunicación de concesión de lo solicitado ha sido igualmente telefónica y las instrucciones de cómo llevar a cabo todo también por teléfono. Ni un solo papel, ni un solo resguardo. Nos han dicho que nos enviarían una carta, pero que tuviéramos paciencia, que se demoraría uno o dos meses y que lo de usar el teléfono es para agilizar, para no tener que estar esperando a los papeles, que retrasan mucho las cosas. El teléfono es más dinámico. Si, de acuerdo, pero no queda constancia de nada, en caso de que haya que argumentar en el futuro, todo se queda en que me crean o no, o me quieran creer o no, lo que estoy diciendo.

Las empresas que a mi juicio han llevado hasta las últimas consecuencias esta eliminación de constancias han sido las telefónicas y proveedoras de servicios de internet. A lo más que llegan es a grabar tu consentimiento de forma hablada con un formato estándar. Lo único que les sirve es que la voz sea del género que dice ser. Yo me puedo hacer pasar por mi hermano y mi mujer por su madre con tal de que la voz sea masculina o femenina. Esto lo digo con conocimiento de causa porque sabiendo unos cuantos datos adicionales de mi hijo, he podido hacerme pasar por el sin ningún problema a la hora de efectuar cambios o contratación o modificación de servicios. Hacerme pasar por mi mujer es más difícil, pues la operadora al otro lado detecta por el tono de voz que no soy una mujer y no me admite.

Reconozco que últimamente me he hecho adicto al burofax. Es cómodo hacerlo vía internet, pero lo que no es es barato. Según para que cosas puede sustituir con creces a la carta certificada, dado que queda constancia no solo del envío sino del contenido del mismo. Antiguamente un resguardo de una carta certificada dejaba constancia de que la carta había llegado a su destino pero siempre se podía argumentar que dentro había un recorte de periódico.

En otra ocasión comentaremos la necesidad de tener guardado durante un tiempo el embalaje original de los artículos que compramos para obtener la devolución o cambio de los mismos en los plazos fijados.

sábado, 20 de febrero de 2010

INTERMEDIARIOS

Entre las muchas vivencias que se agolpan en mi mente tras unos cuantos años de vida, están los recuerdos de mi niñez acerca de las “vacaciones” pasadas los veranos en el pueblo de mi madre, un pueblo de la provincia de Toledo cuya principal actividad por aquellos años era la agricultura. Íbamos un hermano y yo con mi abuela a pasar los días de las fiestas y algunos más. Mi tío Rafa se dedicaba a la agricultura. Tenía una huerta que era su medio de vida. Aparte de sembrar un poco de todo para el consumo familiar y un pequeño puesto de venta, montado a diario a la puerta de su casa y atendido por mi tía Palmira, su principal objetivo era la producción de unos tomates en forma de pera que iban destinados a ser embotados como conservas.

Mi tío Rafa se ocupaba de todo, ponía la tierra, la preparaba, la semillaba, la abonaba, la cuidaba, la regaba, la limpiaba, hacía la recolección y la cargaba en un camión, alquilado por él, para llevarla a un almacén. Todo esto con permiso de la climatología y las plagas que podían hacer que un determinado año la cosecha fuera buena, regular o mala. En todo caso, lo que contaba al final eran los kilos de tomates entregados al almacén, por lo cuales le pagaban un precio muy exiguo.

Recuerdo sus comentarios acerca del papel del intermediario. Solo se ocupaba de recoger en el almacén los productos de diversos agricultores de la zona para transportarlos a su vez a las fábricas, donde el precio obtenido por cada kilo de producto era muy superior a lo pagado al agricultor. Resumiendo, mi tío ponía todo su trabajo y su riesgo a lo largo de muchos días y el intermediario iba a tiro hecho, trabajaba con el producto final, pagando un poco por él y cobrando un mucho. Por lo que se puede oír hoy en día en las noticias, estos hechos se siguen repitiendo, corregidos y aumentados, y tenemos que ver como los consumidores finales pagamos en el mercado una cantidad por un kilo de patatas que contrasta en gran manera por lo abonado por ese mismo kilo al agricultor que las ha sacado de la tierra.

Este tipo de actividad, llamémosla de “intermediario” se ha extendido por la sociedad como un río de lava sin control, quemando y arrasando todo a su paso. La denominación más socorrida es la de “empresas de servicios” o “empresas de gestión”. Una buena red de conocidos y un teléfono es todo lo que se necesita para poner en contacto quién produce con quién necesite ese producto, sean bienes o servicios. Y por ese “poner en contacto” los beneficios son pingües, y lo que es mejor, casi sin riesgo.

Seguro que todos conocemos muchos casos para ilustrar este pensamiento, pero voy a referir uno que me ha ocurrido en primera persona. No lo digo como queja sino como exposición de cómo son las cosas hoy en día.

Tras una vida laboral como empleado, he pasado en estos últimos tiempos a trabajar como autónomo haciendo trabajos de consultoría a empresas. El pasado año, concretamente en el mes de Julio, una empresa de las más grandes de este país me llamó para encargarme un trabajo. Tras unos contactos directos con la persona y departamento que requería mis servicios, llegamos a un acuerdo sobre los honorarios que se devengarían. La parte técnica y de trabajo efectivo estaba clara, pero quedaba por aclarar la parte económica. Un verdadero calvario. Esta gran empresa tiene un departamento especializado para las relaciones con los “proveedores”. Resulta que soy un “proveedor” de servicios para la misma. Y además, este departamento tiene una serie de empresas homologadas que son las únicas con las que puede tratar a la hora de efectuar pagos. Estas empresas son de un cierto tamaño y se requieren una serie de condiciones para poder ser homologado, condiciones que un autónomo no cumple ni de lejos.

La solución es la de la empresa intermediaria. Para los efectos económicos hay que hablar con la empresa intermediaria, llamémosla “I” que se encargará de los cobros y los pagos. Como resulta evidente, “I” no va a hacer todo esto sin añadir una “pequeña” cantidad por sus “servicios”. Yo ya no pienso en estas cosas y valoro mi trabajo por lo que creo que vale y así lo demando. Lo que ponga el intermediario de más es problema de la empresa que paga al final una cantidad muy superior a la que podría haber pagado si el contrato fuera directo conmigo, pero supongo que ese es el peaje por tener más “control” sobre su propio personal y sus “proveedores” para evitar que se les cuelen facturas falsas o con cantidades en demasía.

A lo que vamos. La empresa “I” realizó todos sus trámites de solicitud y cuál es mi sorpresa cuando me entero que en el mes de noviembre del pasado año ha cobrado la totalidad del importe por un trabajo que estaba desarrollando yo y que todavía no había sido entregado al cliente, entrega que tuvo lugar a finales de diciembre.

Con motivo de esta entrega y con la total satisfacción por el trabajo realizado, procedo a cumplir mi parte de contrato emitiendo con fecha dos de enero una factura por la MITAD del importe total, dado que la otra mitad no se cobrará hasta la implantación en real, prevista, por ahora, para mediados del próximo mes de abril. Es anecdótico, pero además los trámites administrativos internos de la empresa “X” hacen que a estas alturas de febrero todavía no haya cobrado “mi” factura por la mitad del importe, cuando “I” tiene la totalidad en sus cuentas desde el pasado mes de noviembre.

Cada cual que saque sus reflexiones. Un trabajo realizado a lo largo de los meses de octubre y noviembre del pasado año será cobrado en su mitad en marzo y en su otra mitad en ya veremos cuando, pero por lo menos mayo como muy pronto. Y la empresa que no ha hecho nada del trabajo, solo la parte de intermediación, ya lo tiene en su poder desde hace meses. Interesante sistema de funcionamiento.

Desconozco el importe total que por mi trabajo haya abonado la empresa que me lo encargó. Procuraré enterarme con tranquilidad para mi propio conocimiento. Pero lo que sí es cierto que en un caso anterior a este, la empresa intermediaria cobró 2,8 veces el importe que cobré yo. Si bien es verdad que en este caso hicieron algo más en la preparación del proyecto, es como el chiste del chatarrero. “Yo compro la chatarra a dos pesetas kilo y la vendo a cuatro. Con ese dos por ciento voy tirando”.

Así que, cuando llamemos a un pintor para que pinte en casa, tengamos cuidado de hablar con el que realmente va a aparecer con los cubos y las brochas, no vayamos a hablar con un intermediario y luego pretendamos que el nivel del trabajo este acorde con lo que pagamos.