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sábado, 4 de octubre de 2014

CHORIZOS



Y no de Cantimpalos o La Alberca, que están muy ricos. Una de las ventajas que tiene esto de juntar periódicamente unas palabras en un blog es la visita al diccionario de la lengua, una tarea entretenida e enriquecedora, en la que siempre se puede descubrir y aprender algo. En un primer momento la acepción número siete del diccionario oficial disponible en la red habla en el apartado de chorizo de «persona tonta y boba», definición que no es muy aplicable a una relación de casi un centenar de aprendices de próceres que se lo han estado llevando crudo y sin control en los últimos años. Un poco más adelante, una nueva descripción habla de «ratero, descuidero, ladronzuelo» que ya podría ser aplicable aunque no en ese formato sino con mayúsculas, no sé si con premeditación pero sí con bastante alevosía.

La noticia de esta primera semana de octubre de 2014 en todos los medios es el asunto de unas tarjetas negras que manejaban con desparpajo y maestría una serie de señores que rondaban por las altas esferas de esa empresa que fundara el Padre Piquer hace más de trescientos años, el Monte de Piedad de Madrid, y que unos desalmados rateros se han cargado en cuatro días con sus prácticas más que reprobables, algunas de las cuales se van conociendo con cuentagotas y otras muchas más que habrá por ahí y que nunca se llegarán a conocer. 

La bilirrubina se me sube a límites peligrosos. Laboré en esa Caja de Ahorros cerca de veinte años, entre 1972 y 1991. Eran otros tiempos y se hacían las cosas de otra manera, pero ya cuando me marché ciertas prácticas no demasiado éticas empezaban a anidar en los aleros de la Entidad. Varios integrantes de esa lista que luego detallaré fueron compañeros míos, aunque alguno que me consta ha estado muy cerca del capo Miguelito echo en falta, pero hay que ver cómo han progresado los condenados. Uno de ellos comenzó a prestar sus servicios como se decía entonces cuando yo me marchaba; ha aprovechado bien estos años. Pero luego volveré sobre esto, antes una pequeña historia. 

Allá a mediados de los ochenta, lo que se conoce ahora como planes de pensiones tenían un tratamiento muy opaco y por supuesto interno. Un «asunto interno» que se dice, en el que por lo general los empleados confiábamos porque la empresa y sus dirigentes eran serios y honrados. Como se dice ahora, pondríamos la mano en el fuego por ellos y era un honor decir con orgullo la empresa en la que trabajabas. El montante existente llegó a ser abundante y a algún sesudo pensante se le ocurrió que no era necesario acumular tanto y empezó a ventilar el cajón en forma de unos viajes premio más que estupendísimos para aquellos empleados que a juicio de sus jefes lo merecieran por su desempeño y dedicación. Los pelotas —acepción doce del diccionario— estaban de enhorabuena y algunos de ellos llegaron a viajar al extranjero en viajes de cuatro días «a todo tren». Ahora que ya soy malpensado, pienso que alguien trincaría de alguna forma, bien directamente o a través de la agencia de viajes contratada para diseñar y llevar a cabo esos viajes de verdadero lujo y opulencia. 

Cuando algunos compañeros habían viajado dos y tres veces, mi jefe se acordó de mí y me inscribió en la lista. La primera vez conseguí rechazar mi participación alegando que no podía ir por razones familiares. Esta misma razón mosqueó a la señorita de personal, todavía no de recursos humanos, que elevó una queja a mi irresponsable en el sentido de que parecía que me negaba. Me negué a renunciar por escrito a una cosa tangencial a mi trabajo y a mi relación laboral y tuve que aclararle que yo me iba de viaje cuando me daba la gana a mí, con mi dinero si lo tenía y mis planteamientos y sobre todo con quién o quienes me diera la gana. Bastante soportaba a algunos en horario laboral como para tener que reírles las gracias en un viaje. Es de justicia de decir que algunos compañeros, que hasta donde yo sé se cuentan con los dedos de una mano, rechazaron igualmente aquellos viajes. Algún día contaré los problemas que tuve la única vez en mi vida que quisieron darme un «sobre» y lo intenté rechazar, teniendo que admitirlo al final bajo muy altas presiones aunque alguna organización benéfica se alegró de ello, concretamente Cáritas. 

No suena ya aquello del 15M pero la indignación en la población es cada vez mayor. Uno de los eslóganes que se usaron en aquellas manifestaciones de hace unos años se me quedó grabado: «No hay pan para tanto chorizo». No son cuatro gatos, son legión los que se apuntan a aquello de «póngaseme donde haya, que ya me encargo yo de cogerlo». La lista publicada esta semana en los medios, que puede consultarse con detalle en esta entrada por el tiempo que esté disponible, arroja unos hechos que no quiero calificar como de juzgado de guardia, porque tengo claro que las leyes están para los que voluntariamente las quieran cumplir. También este vídeo en youtube establece unas comparaciones muy jugosas en sus dos minutos escasos de duración. Estos ladrones de guante blanco, trajeados, encorbatados y encochados, manifiestan sin rubor que ellos no hacían nada gastándose los cuartos en sus caprichos personales y que el problema es de la Caja que no hacía las declaraciones al fisco, que ellos sólo tenían que preocuparse de comprarse lo que les apeteciera, de darse los viajes a todo gas y comer de vez en cuando en alguna tasca un menú de 10 euros al que muchos españoles no llegan hoy en día y se comen la tartera sentados en la acera de la puerta de su empresa. 

No sé si me gustaría tener alguna charla con alguno de los presentes en la lista a los que conozco, conocía, no solo a ellos sino también sus familias y sus casas. No estoy hablando del capo Miguel y su cohorte de aduladores agradecidos comprados a base de estas prácticas sino de personas que en otra época fueron normales, trabajadoras y que ahora veo en la lista que con sueldos anuales de cerca de 600.000 euros no hayan tenido bastante y en estos diez años hayan añadido 276.000 más para «gastillos y caprichejos». Algunas, muchas, personas van necesitar toda una vida de trabajo para ganar lo que este sujeto concreto al que me estoy refiriendo se llevaba en un año y al parecer no tenía bastante. 

La condición humana no tiene parangón posible. Cuando las personas no tenemos lo que hay que tener, honradez y cabalía, no hay leyes que nos hagan entrar en razón; aquello de si robas mil euros tendrás un problema pero si robas mil millones el problema lo tendrán los otros intentando tocarte las narices mientras te partes de risa desde tu atalaya. ¿A que sí, Miguelito?


domingo, 28 de septiembre de 2014

MAESTROS



Hace unos meses un buen amigo, Manuel, me regaló una obra impresionante. Un libro en blanco y negro como corresponde a la época en la que se desarrolla la historia que no es otra que los años treinta del siglo pasado. Lleva por título «Desenterrando el silencio. Antoni Benaiges, el maestro que prometió el mar» y relata unos hechos que tuvieron lugar en un pueblecito perdido de la provincia de Burgos que aún hoy es difícil de encontrar si no fuera por las herramientas que nos brinda internet. El pueblo se llama Bañuelos de Bureba y se encuentra relativamente cerca de Briviesca, pueblo este más conocido situado en la autopista A-1 que enlaza con el País Vasco. Un maestro catalán recalado en un pueblo olvidado en los años anteriores a la Guerra Civil Española que llenó de ilusiones a sus alumnos y les prometió y les hizo ver el mar a pesar de tenerlo tan lejos. Puede verse a este hombre medio escondido entre sus alumnos en la fotografía que acompaña esta entrada. Su final fue como el de otros muchos en aquellos terribles años y algunos de sus alumnos, que viven todavía, han rescatado su memoria. Un libro impresionante y muy recomendable. En el este enlace puede disfrutarse un vídeo impactante de cinco minutos escasos de duración construido a base de fotografías de Sergi Bernal que cuenta sin palabras cómo se gestó y se hizo este libro.

La enseñanza es vital en la vida de las personas. Los dirigentes quieren formar al pueblo pero no mucho, porque eso les hace libres e independientes y por ello difícilmente controlables. Se prefiere el «borrego» que piense poco, no tenga criterio, y sea fácil de llevar con mensajes y espectáculos en los medios que ahora nos inundan por todas partes. Los programas de enseñanza cambian demasiado en los últimos tiempos y mi opinión personal, por lo que constato en mis propias carnes, es que los niveles de conocimiento han descendido de forma preocupante y alarmante. Y ya no solo es que el nivel sea bajo, sino que los chicos van pasando los cursos uno tras otro con aprobados más que discutibles y sin un conocimiento siquiera mediano de las materias. Desconocimientos que se van acumulando año tras año hasta que llega un momento en que es muy complicado aprender de mayor lo que no se ha aprendido de pequeño. Esto daría para un debate como el que se produjo un día en un club de lectura de los que asisto y que retomaré al final de esta entrada. 

Los maestros marcan la vida de las personas. Y se recuerdan a pesar del paso de los años. Más en la infancia, en la que suelen ser únicos y por varios años, que ya en los estudios superiores. Mi recordada maestra entre los tres y los siete años era una monja concepcionista catalana de nombre sor Rosario. Si me enseñó poco o mucho no lo sé, pero sí despertó en mí las ganas de aprender por el mero hecho de conocer, de saber más. Recuerdo que el día que cumplía cinco años empezaba con mis primeras divisiones. ¿A qué edad empiezan los chavales ahora a hacer estas cuentas? No se les puede enseñar antes a los pobrecitos no vaya a ser que se nos frustren. 

La época siguiente, entre los siete y los diez años, tuve como enseñante a don Román, un maestro recio y duro que se desvivía por sus alumnos, y que utilizaba con medida y rigor el castigo físico para hacernos comprender ciertas cosas y maneras contra las que nos rebelábamos no atendiendo a razones. Sabía tratar bien mi TDAH de libro: un capón a tiempo o un reglazo en los dedos en piña hacían entrar en razón rápidamente y sin problemas al más díscolo.

Los seis largos años del bachillerato de entonces, a caballo entre los sesenta y los setenta arrojaron multitud de profesores, muchos de ellos no todo lo buenos que me hubiera gustado. Para destacar uno, mis recuerdos para el Maestro con mayúsculas de matemáticas de quinto curso, el entonces teniente coronel de la guardia civil José Rodríguez-Medel. Un maestro por vocación en un colegio de curas al que no vimos acabar el año y que ya empleaba métodos universitarios al mantener los libros sin abrir desde el primer día y dar las lecciones por apuntes. Un cura insidioso, de nombre Vicente y de mote «el feto», espiaba sus clases y se quejó al director de que este insigne maestro las comenzaba sistemáticamente con un chiste «verde», algo que no podía consentirse en un colegio religioso, por lo que fue expulsado sin miramientos a mitad de curso. La época universitaria es ya otra historia al haber transcurrido con una cierta edad y a distancia. Aun así, de las pocas clases presenciales a las que pude asistir, destacaría a Maribel Comeche entre unos pocos profesores que se cuentan con los dedos de las manos. 

Y retomando lo anunciado en un párrafo anterior, a continuación consigno el testimonio de una maestra «de las de antes», ya jubilada, que tenemos como integrante en uno de los clubs de lectura en los que estoy inmerso. Ya digo que el tema da para mucho pero por no alargar esta entrada no haré comentarios. 
Pero me ha llamado la atención una cosa que has dicho tú respecto de la escuela, yo creo que es que a veces tenemos confundido, hablo, no soy neutral, eh, he trabajado de maestra durante treinta y cinco años de mi vida con lo cual no soy neutral.
El problema de la escuela es que hoy día, también, hemos deformado el concepto de escuela; la escuela es un sitio de compensación social donde los padres, lógicamente, llevan a sus hijos no para educarlos, sino para que complementen el saber que ellos no pueden llevar, pero el problema es que no es un sitio de compensación social, porque en la escuela, como en todas partes, hay mucha gente que no es vocacional. Entonces, el problema de un maestro, de un educador, su misión es ampliar los horizontes de los niños, enseñarles a pensar y enseñarles a tener un criterio para defenderse en la vida, no que estudien una carrera. Cuando a un niño le enseñas a abrir sus horizontes, a plantearse las cosas, el niño saca sus habilidades y luego es capaz de escoger aquello que más le ha gustado en su vida. Entonces es que lógicamente tenemos un poco deformado el concepto de escuela, porque además, hoy día, y lo digo tristemente, ya digo que me he ganado la vida en ello, en la escuela pública, ojo, no he sido de la escuela privada, vamos y E…. lo sabe, pienso que también, en muchas ocasiones, se ha politizado por todos los bandos y entonces, tristemente, en la escuela no se enseña a los niños a tener unos horizontes amplios, sino que se les enseña a memorizar una serie de temitas que apenas les van a servir en su vida.
Es muy grave lo que está pasando. Yo he luchado por la escuela pública, sufrí una huelga en la que en el año ochenta y tantos me descontaron más de cien mil pesetas de los días que dejé de trabajar. He tenido la suerte de trabajar en muy buenos sitios, con muy buenos compañeros, pero reconozco que los últimos años de la escuela para mí fueron malos, y eso que tuve la suerte de concursar y pasarme a formación del profesorado y allí me he encontrado… yo conocí a E… entonces, porque yo soy mucho mayor que ella aunque le veáis con el pelo blanco, y sin embargo reconozco que la escuela se está deformando porque en la escuela muchos padres llevan a los niños a aparcarlos, porque se necesita trabajar, pero no hemos tenido el raciocinio suficiente de saber elegir que si yo me compro esta casa… pero es que estás acabando de pagar esta casa y queremos comprar una casa en la playa y además … Ha sido una esclavitud para luego estar todo el día en la carretera, no estar ni en la casa de la playa ni en la casa donde vivía, los niños se han criado en ese ambiente y entonces los niños resulta que es el desayuno escolar, a las siete de la mañana y si es posible la equitación y la esgrima hasta las diez de la noche, para que cuando el niño llegue, que se supone que podía la contar a sus padres y comentar cosas, el padre no le hace ni puñetero caso, soy muy «taquera» y la madre se tira en el sofá, el padre también...
    Yo sé lo que pasa, quién llega y dice en la página 47 a la 99 mañana, con lo que el niño llega «puteado» y cabreado, la madre se disgusta pero esto no es enseñar, perdonarme, yo he tenido Los niños trabajan más horas que un adulto, pero es que al padre le molestan en casa. Y ojo, que como regañes a un niño, los padres se te echan encima como si fueras tú la mala de la película. Yo tengo sesenta y cinco años y me jubilé a los sesenta, sinceramente digo que a mí me parece vergonzoso lo que está pasando. Un niño no tiene porqué llevar deberes a casa, pero a mí me han pedido por favor que le ponga deberes, que no saben qué hacer con él toda la tarde…

domingo, 21 de septiembre de 2014

BURBUJA



La gran mayoría de los seres vivos llevamos una burbuja a nuestro alrededor que cambia constantemente en función de las situaciones y, en el caso de los humanos, de nuestra educación y nuestra cultura. No se trata de una pompa de jabón como las que pueden verse en la imagen sino que hace referencia a las diferentes distancias en las que interaccionamos con otros seres. Un pajarillo se acercará más o menos al velador en el que estamos degustando una bebida y un aperitivo en función del hambre que tenga.

Aparte de lo puramente físico e instintivo, que también, las personas ensanchamos y estrechamos los límites de esa burbuja de forma continua y sin darnos cuenta. La proximidad de otras personas que podemos tolerar en un concurrido vagón de metro a hora punta no es la misma que cuando paseamos por un parque sin aglomeraciones. Si una persona a la que no conocemos se nos aproxima demasiado muy probablemente nos pongamos en guardia ante lo que puede derivarse en una agresión aunque solo se esté acercando a pedirnos fuego o preguntarnos por una dirección cercana.

Una conversación reciente sobre estos temas me ha retrotraído a una de las asignaturas que estudié hace años en mi carrera y que fue un verdadero deleite: antropología. El libro principal materia de estudio era de Marvin Harris y se titula "Introducción a la antropología general". Pero la verdadera joya es uno complementario de lecturas obligatorias que hace el número 119 de «Cuadernos de la Uned» y que lleva por título «Lecturas de antropología social y cultural». Puede encontrarse usado en plataformas de venta de libros por internet y supongo que también en la propia UNED. Compilado bajo la dirección del profesor Honorio M. Velasco, está compuesto por una treintena de deliciosas lecturas de artículos o extractos de comunicaciones de los más reputados autores mundiales en temas de antropología y derivados como familia, parentesco, religión, mitos, etc. etc.

Uno de esos artículos viene a mi memoria de vez en cuando. Si bien está centrado en la cultura norteamericana, habla comparativamente de otras y muestra en poco más de seis mil vocablos una verdadera fotografía del comportamiento verbal y no verbal de los humanos en sus relaciones y como se ven estas fuertemente influidas por la cultura y el contexto. El artículo se titula «Los sonidos del silencio» y apareció en junio de 1971 en la revista Playboy Magazine. A pesar de los años transcurridos sigue plenamente vigente siendo lo más llamativo para mí la definición de las cuatro distancias —burbujas—, a saber, íntima, personal, social y pública, eso sí, referidas a los norteamericanos mayores de edad y blancos, pero perfectamente aplicables o adaptables a los demás. Y lo mejor es reproducir a continuación las definiciones originales extractadas del artículo comentado: 

Cada una de estas distancias tiene una fase próxima y otra distante y se acompaña de cambios en el volumen de la voz.
La primera zona distancia íntimavaría del contacto físico directo con otra persona a una distancia entre tres y ocho centímetros, y se usa para las actividades más privadas —acariciar o hacer el amor. A esta distancia, uno es inundado por impulsos sensoriales procedentes de la otra persona —el calor del cuerpo, la estimulación táctil de la piel, la fragancia del perfume, hasta el sonido de la respiración—, todo lo cual literalmente te envuelve. Incluso en la fase distante es aún posible tocar con comodidad. En general, la utilización de la distancia íntima en público entre adultos es reprobada. Es también una distancia excesivamente próxima entre desconocidos, excepto en condiciones de aglomeración extrema. 
En la segunda zona —distancia personal— la fase cercana se sitúa entre los cincuenta y los setenta centímetros; es a esta distancia a la que se colocan en público las mujeres casadas respecto de sus maridos. Si otra mujer entra en esa zona, es probable que la esposa se incomode. La fase lejana —entre setenta y ciento veinte centímetros— es la distancia usualmente utilizada para mantener a alguien «a mano», y es la distribución espacial más frecuente para conversar.
La tercera zona —distancia social— se emplea durante los tratos de negocios o los intercambios con un empleado o un dependiente. Las personas que trabajan juntas suelen mantener una distancia social próxima —de ciento veinte centímetros a dos metros. Esta es también la distancia propia de la conversación en encuentros sociales. Mantenerse a esta distancia con alguien que está sentado tiene un efecto dominante (v.g., el profesor al alumno, el jefe a la secretaria). La fase distanciada de esta tercera zona —entre dos y tres metros y medio— es la que adopta la gente cuando alguien dice «aléjate para que pueda verte». Esta distancia imprime su tono formal a los negocios y al discurso social. En una oficina, el mostrador sirve para mantener al público a esta distancia. 
La cuarta zona —distancia pública— es la que usan los profesores en cl aula o los oradores en una reunión pública. Su fase más alejada —de siete metros en adelante— es la que se guarda ante figuras públicas importantes, y su violación puede acarrear serias complicaciones. Durante su visita en 1970 a los Estados Unidos, el presidente francés, Georges Pompidou, fue hostigado en Chicago por unos piquetes a los que se permitió que llegaran casi a poder tocarle. Como a los piquetes en Francia se les mantiene tras controles a una manzana de distancia como mínimo, el presidente estaba indignado por ese insulto a su persona y el presidente Nixon se vio obligado a comunicar su preocupación por el incidente y ofrecer sus excusas de forma personal.
Como digo, un artículo muy interesante para leer completo y además de vez en cuando. Es relativamente difícil de encontrar en la red pero puede leerse en la digitalización de libros de Google en el siguiente enlace. Usuarios más avezados y que estén realmente interesados en leer el artículo completo de forma más cómoda, pueden encontrar una publicación digital en ámbitos estrictamente privados.



sábado, 13 de septiembre de 2014

MANGUITOS



En estos últimos tiempos las cosas cambian a gran velocidad, pero no siempre hacia adelante. Cuestiones que deberían poder resolverse casi de forma automática mediante la utilización de la informática, son relegadas de forma voluntaria a un ostracismo que es casi imposible de entender. Mariano José de Larra fue un conocido escritor y periodista que a pesar de morir muy joven por voluntad propia, a los 27 años, dejó su impronta en el mundo literario como uno de los mayores exponentes del romanticismo español. Uno de sus libros se titula «Vuelva Vd. mañana» y es la frase icono que se utiliza con profusión hoy en día para referirnos a los departamentos de las empresas procrastinadoras, que hay muchas y que no son todas de la administración pública, ya que muchas de las privadas se han subido a este carro.

El diseño de los departamentos de atención al cliente es esperpéntico. En lugar de atacar de raíz el problema y poner todos sus esfuerzos en atender las solicitudes de sus clientes, diseñan unos complicados encajes de bolillos para poner trabas e impedimentos que sacan de quicio al más pintado aunque tenga más paciencia que el santo Job. Las estrategias convierten los procesos en verdaderas pistas americanas que no siempre son fáciles de sortear y sobre todo que te ponen en unas diatribas y unos estados que te sacan de quicio sí o sí. Cuando te dicen aquello de «no se preocupe» o «ya le avisaremos» entras en un estado de indefensión y de duda que no recomiendo al más pintado.

Lo de pedir papeles y más papeles para cualquier gestión viene de la noche de los tiempos. Te piden cosas que incluso tienen ellos pero es más cómodo que se las facilites de nuevo que buscarlas en sus archivos. La palabra «compulsada» me saca de quicio e indica que por lo general todos somos unos mentirosos y las fotocopias que presentamos para cualquier trámite son meras falsificaciones. A pesar de enseñar el original del DNI en el momento de presentar la documentación, una fotocopia del mismo no vale, tiene que ir «debidamente» compulsada por alguna autoridad. Increíble, ni de sus propios empleados o funcionarios se fían.

En estos últimos meses y para un tema que no viene al caso he tenido que presentar una documentación en la Comunidad de Madrid. No procede entrar en detalles del latín y griego que hay que saber para rellenar todos los «documentos correspondientes»; creo que es imposible hacerlo bien por mucho que te esfuerces, además de la considerable cantidad de tiempo en preparar todos los anexos y cantidad de papeles que te piden, muchos de los cuales obran ya en poder de la administración y no deberían solicitarte. Cuando ya tienes todo preparado y con mucho miedo te diriges al departamento correspondiente dispuesto a esperar la cola para por lo menos, en un primer intento, saber que documentos faltan o cuáles están erróneos o no son los adecuados para rehacerlos y volver de nuevo. Pero no, la documentación no se puede presentar allí, hay que llevarla al «registro».

Simplificando, el «registro» no es otra cosa que un departamento donde se presenta la documentación ante una persona que no sabe ni quiere saber nada de nada y simplemente se limita a darte un resguardo y derivar los papeles al departamento correspondiente, donde ya los verificarán y te dirán lo que sea. La administración es una campeona en eso de tenerte en ascuas. Presenté el pasado 20 de junio de 2014, casi tres meses, toda la retahíla de papeles solicitados y a día de hoy estoy esperando la resolución. No se puede ir a preguntar a ningún sitio, no hay manera de verificar la marcha del expediente, no hay plazos para su resolución... todo a favor del contribuyente que ve cómo tras pasar por todo lo que se le pide y pagar la tasa correspondiente, su solicitud queda en el limbo.

Y lo más gracioso es que la forma de seguir adelante es recibir la carta correspondiente en la que se te comunica la resolución. Si es favorable bien, pero si no lo es te dan un plazo de diez días para volver a presentar la documentación que estuviera errónea y que te indicarían en la carta. ¿Ha habido carta? Si la ha habido no ha llegado a su destino, con lo que se habrán pasado los diez días y yo sigo aquí esperando sin poder hacer nada. Pero lo que si se puede comprobar es que el resultado buscado de todo este papeleo no se ha conseguido, porque si está consultable en internet una lista y en ella todavía no estoy incluido. El expediente seguirá en marcha o estará cerrado sin que yo me entere.

Es muy curioso ir a un ayuntamiento a solicitar algo y que te pidan un certificado del padrón, un padrón que tiene y custodia el mismo y que puede consultar informáticamente en cualquier momento. Pues no, vete a otro departamento, pide un certificado, espera a que te lo den y con el papelito vuelve para continuar los trámites.

En muchos aspectos vamos para atrás como los cangrejos. Las colas y los papeleos siempre han estado presentes pero por lo menos antes cuando conseguías entregarlos, alguien competente lo revisaba y en el momento te decía y se estaba bien o no, lo que faltaba o sobraba y la forma de arreglarlo. En todo momento tenías un cierto control de la situación. Los tiempos han cambiado y ahora la cola no la haces físicamente ante un mostrador sino que estás al teléfono con la retahíla de «todos nuestros operadores están ocupados…»


domingo, 7 de septiembre de 2014

ESTACIONANDO



Hacía tiempo que no me salía la vena automovilista en mis escritos en este blog. A riesgo de repetirme en alguna cosa, voy a plasmar mis impresiones sobre algunos aspectos del mundo del automóvil referidos al modo de estacionar que tenemos los humanos. El título es un sinónimo de «aparcando» debido a que ya hace unos años hice una reflexión de corte parecido.

Las relaciones de cada persona con su vehículo o vehículos pueden llegar a ser muy particulares, desde un desapego total hasta un afecto profundo. Yo me inclino más hacia la segunda acepción, sin exagerar, y procuro cuidar mi coche dentro de unos límites razonables. Ello implica que, en el momento de aparcar no lo deje en cualquier parte y busque aparcamientos que a mi juicio dispongan de una cierta seguridad, física, para el coche. Por ejemplo, huyo de los aparcamientos en batería, en los que con mucha posibilidad puedan llenarte las puertas de «abolloncitos» debido al descuido de los que aparquen a tu lado y abran la puerta sin excesivo cuidado, especialmente si son niños. En numerosas ocasiones no es posible evitar el aparcamiento en batería, como en grandes superficies, pero siempre podemos minimizar este tipo de incidencias buscando una columna o aparcando el coche un poco más lejos en zonas menos concurridas o que tarden más tiempo en llenarse.

El aparcamiento en la calle tiene otras connotaciones. En numerosas ocasiones doy más vueltas de las que daría el común de los mortales buscando un sitio, primero donde no esté prohibido y segundo que existan unas condiciones mínimas de seguridad ante abolladuras. Nunca estaremos seguros de que no llegue uno de estos conductores que aparcan por contacto y oído y además sentados en un opulento 4x4 dotado de bola trasera para el remolque y que no dudan en incrustarte en tus paragolpes, esos que ahora son de plástico y ceden razonablemente un poquito o se parten a la menor presión.

La imagen superior izquierda es relativamente frecuente en esa esquina. El paragolpes arrancado de cuajo, el retrovisor colgando y roto, la aleta abollada o el lateral debidamente decorado a rayas. El motivo es muy sencillo: en una calle estrecha de una sola dirección se permite el aparcamiento a ambos lados. Cuando las ruedas de los coches están en perfecto contacto con la acera, queda un exiguo espacio donde los coches pasan «vaya-vaya», las furgonetas con dificultad y otros vehículos de mayor tamaño… golpean o arrancan. Y muchas veces se largan, como ocurrió en este caso, sin dejar una nota al propietario que al regresar se encuentra con este pastel.

Yo nunca dejaría el coche en esa calle, u otras similares, porque en cuanto que el vehículo de enfrente no haya sido cuidadoso y se haya arrimado bien a la acera, el estrechamiento del paso solo puede acabar en algún destrozo, como sucede, ya digo, con harta frecuencia. La Policía Municipal lo sabe, las Autoridades también, pero se trata de poner a disposición de los conductores la mayor cantidad de plazas disponibles, aún a riesgo de la integridad de los vehículos. Quizá en otros países se pudiera pedir daños y perjuicios al Ayuntamiento ante un hecho de estos por conocer la situación y no tomar medidas. Aquí lo único que cabe es tener un seguro a todo riesgo y que no te cancele la póliza o aumente la prima por dar muchos partes aunque tú no hayas tenido la culpa o haya un contrario identificado.

Algunos conductores, que conocen el percal, insisten en aparcar en esa zona, como puede verse en la imagen superior derecha. Para evitar los destrozos, suben el coche a la acera, invadiendo el paso de los peatones, que cobran venganza a su vez doblando los espejos o limpiaparabrisas cuando no utilizando una llave y decorando a rayas el lateral que supuestamente queda protegido. La solución está clara: ampliar una de las aceras y dejar aparcamiento únicamente en un lado de la calle. Pero el tiempo pasa y la vida sigue…

Claro que, en esto del aparcamiento, otros son muy suyos, como puede verse en la imagen inferior izquierda. En un sitio donde caben perfectamente dos coches, aparcan bien en medio sin preocuparse y se marchan tan tranquilos. Aunque a lo mejor es una manera de reservar un sitio a un amiguete que venga detrás diciéndole donde tienes tu coche y cuando llegue que te ponga un «guasap» para moverlo y dejarle sitio, pero no creo que sea este el caso; parece más como que el que venga detrás que se aguante y siga buscando sitio.


sábado, 30 de agosto de 2014

SOSTRIBARSE



Hace un par de años escribía dos entradas en este blog tituladas «MOMENTOS» (1de2 y 2de2) en las que hacía referencia a cinco momentos especiales de mi vida. En estos últimos días he añadido uno más a esa colección tan personal de cada uno que puede servir como una fuente de relax instantáneo con solo evocarlos.

«Roque» es una palabra muy utilizada en las islas Canarias cuyo significado no podemos encontrar en el diccionario de la Real Academia, donde se hace mención a la torre como pieza del ajedrez o un carro de dos ruedas con lanza y varas. Internet brinda todo tipo de referencias, aunque no sean oficiales, y por ello podemos encontrar en la página de una Academia Canaria de la Lengua la siguiente definición: «elevación rocosa y muy escarpada, que puede encontrarse en tierra o en el mar» «Designa una especie de monolito natural, resto erosivo aislado que destaca sobre una cumbre. En otros topónimos canarios designa una especie de peñón sobre el mar». No existe constancia de que la palabra "roque" se emplee con este significado en algún otro territorio de habla española».

El que probablemente sea el más famoso de todos los roques se encuentra en la isla de Tenerife, al pie del Teide, y es conocido con el nombre de «Roque de García» aunque los más puritanos le dicen «Roque Cinchado». Figuró durante muchos años en los billetes verdes españoles, los de mil pesetas. En la isla vecina de Gran Canaria, el roque más afamado lleva por nombre “Roque Nublo”; un enorme pedrusco de 80 metros de altura situado en la cima de una elevación de mil ochocientos metros, que no parece mucho comparado con los tres mil setecientos dieciocho metros que presenta el Teide, la mayor elevación española. «Chicharreros» y «Canariones» andan siempre en una permanente disputa por todo lo que se menea, pero los que lo vemos desde la distancia apreciamos todas las bellezas de ambas islas sin detenernos a establecer comparaciones que siempre resultan odiosas.

El pasado quince de agosto de dos mil catorce, guiados por mi sobrino Javier, nacido peninsular pero afincado ya como canario, hicimos la preciosa ruta de cerca de dos kilómetros de distancia y ciento sesenta y seis metros de desnivel, perfectamente indicada, que separa el aparcamiento en la carretera GC600 de la base del Roque Nublo, una planicie en las alturas. La hora escogida era crucial, pues al llegar a la base faltaba algo menos de un cuarto de hora para el escamoteo del astro rey, una ocultación especial y espectacular. Tuvimos mucha suerte, pues el día estaba límpido y permitió ver con toda claridad la desaparición del sol tras un lateral del Teide, como puede apreciarse en la imagen que acompaña a esta entrada. Según mi sobrino, que ha subido multitud de veces en su vida en busca de momentos como este, no recordaba haberlo visto nunca con tanta claridad, siendo muy común que la neblina cuando no la niebla o nubes bajas impidan una visión tan limpia y clara. En la zona baja de la fotografía, entre las dos islas, donde está el océano Atlántico, lo que se aprecia es un mar de nubes que oculta el agua del mar.

Sabíamos que la distancia entre las dos islas era de unos cien kilómetros pero una vez más la red pone a nuestra disposición herramientas para calcularla con precisión, justo desde donde estábamos hasta el Teide. Solo hace falta conseguir las coordenadas GPS de ambos puntos para con unos cálculos sencillos y que se facilitan aquí saber que estábamos disfrutando del momento a ciento siete kilómetros y doscientos setenta metros de la cúspide de la montaña más alta de España.

Como digo, un momento precioso y sublime para recordar.


Por cierto, «sostribarse», palabreja que da título a esta entrada, tampoco existe en el diccionario. Un acceso a «san google» con la palabra escrita con «v» solo brinda dos únicas entradas, en las que no se aclara si su escritura correcta es con «b» o con «v». Se trata de una palabra usada en el «castellano jarandillano» y que significa «Apoyarse, debido al cansancio o edad. Ej. mi tío julio con 60 años, necesita un báculo para sostribarse». Como vemos, hace mención a un apoyo que es de lo que me servirá el recuerdo de esta puesta de sol memorable.


domingo, 24 de agosto de 2014

RESTAURANTES



Mis relaciones con el sector de la restauración han transitado por diferentes fases de cercanía y alejamiento a lo largo de mi vida. En estos momentos diría que en principio no me apetece mucho aunque las relaciones humanas, y más en España, casi siempre son alrededor de la bebida o la comida. Cuando uno está metido en diferentes mundillos, desde un club de lectura a una escuela de música, casi siempre todos ellos acaban, comienzan o se desarrollan alrededor de comidas y cenas. Por ello sigo visitando esos centros del comer y el beber sin mucho aprecio porque no queda más remedio que relacionarse con el personal salvo que quieras acabar como un ermitaño en un cenobio perdido en las montañas.

Hace ya muchos años, un buen amigo, Rafa, que sé por dónde anda pero hemos perdido el contacto, me metió en el mundillo de la restauración. Con nuestras respectivas parejas y dos veces por mes, escogíamos alternativamente un restaurante dentro de la provincia para ir a comer o cenar: unas veces acertábamos y otras no, pero a lo largo de varios años, mientras nuestras economías no lo permitieron, fuimos conociendo multitud de sitios de todo tipo y condición.

Hoy en día me he convertido en una persona quisquillosa cada vez que voy a comer fuera de casa. Los restaurantes son oficinas de venta, de ganar dinero, pero los hay con estilo y los hay con artimañas para sacarte los cuartos. Algunas acciones surgieron en el pasado y ya van siendo erradicadas pero de vez en cuando te topas de bruces con ellas. Hay varias, pero me voy a referir a dos que me enervan sobremanera cuando las sufro, eso por no mencionar la existencia de cartas con los precios sin I.V.A. que te sorprenden al final con un añadido.

Hace muchos años, en 1981, cuando íbamos camino del Cabo Norte en las lejanas tierras de Noruega, paramos en un restaurante de carretera del País Vasco por aquello de hacer una última comida sana antes del periplo que iba a durar casi un mes. Tras leer la carta y decidir lo que íbamos a comer, el maître nos salió con aquello de… «Además de lo que figura en la carta tenemos fuera de ella esto, eso, y aquello…». Caímos en la trampa y pedimos dos platos de bacalao con tomate. Estaba buenísimo, pero se nos indigestó al recibir la cuenta; nos cobraron un dineral y no pudimos protestar porque no sabíamos el precio al no figurar en la carta. Recuerdo que nos cobraron al tuntún, pues fue una cantidad del orden de dos raciones, seiscientas quince pesetas, con lo cual cada plato salía a trescientas siete con cincuenta, muy raro lo de los cincuenta céntimos en el precio de un plato. Pagamos, callamos, nos fuimos y… no aprendimos. Algún tiempo después volví a caer en la trampa, está vez en un restaurante de Albarracín, en la provincia de Teruel. Nos ofrecieron cordero asado fuera de la carta, picamos, lo pedimos y… nos clavaron de lo lindo.

Hay restaurantes que añaden a la carta un «papelito» con los platos especiales del día, pero por lo general sin el precio. Como uno ya está escamado, si a mí o a alguno de mis acompañantes les da por pedir alguno de esos platos cuyo importe desconozco, salto como un resorte y solicito al maître el precio. Las reacciones han sido de todos los tipos, desde el darme amablemente la razón por una petición lógica a todas luces hasta mostrarse contrariados por semejante solicitud, más que nada porque ni ellos mismos lo saben, ya que ahora lo hacen todo las maquinitas y se tienen  que marchar temporalmente a preguntarlo. Y encima cuando vuelven con el precio, si es para mí, no pido ese plato, con lo cual su cabreo es doble y se lo toman como una ofensa.

Otra práctica, con la que me he encontrado recientemente es la de los aperitivos que te ponen al principio mientras llega la comida, que te crees que es una deferencia de la casa y luego al revisar la cuenta te los encuentras debidamente cobrados y facturados, como es el caso de la nota cuya imagen acompaña a esta entrada. Para cinco comensales trajeron junto con el pan y los cubiertos, que también cobraron, cuatro tapas de alioli que tengo que decir que estaban muy ricas. Me pregunto porque cuatro y no tres o cinco. Al final, en la cuenta, nos cobraron las tapas a ochenta céntimos de euro, a los que hay que añadir un siete por ciento de impuesto. La broma de los aperitivos servidos y no solicitados nos costó unos tres euros y medio que no es moco de pavo. Debido al tipo de comida que se trataba y por ser un sitio donde no voy a volver seguramente en mi vida, no monté el numerito negándome a abonar, con toda educación, los más o menos tres euros y medio facturados por un plato no solicitado por nosotros.

De todos es sabido que los restaurantes controlan los precios en los platos y se ceban en todo lo demás, especialmente bebidas y postres. Aunque pidas una botella de agua, el sablazo en la misma está asegurado. Por eso, cuando me huelo estas prácticas, agua del grifo, que en muchos sitios te niegan alegando cuestiones sanitarias y de postre un café o nada de nada.

Sigo yendo a restaurantes con comidas de amigos, clubes, peñas, familiares y demás, pero me sigo cabre… digo enfadando cuando veo que ciertas prácticas siguen vivas. Pero ya digo que soy un quisquilloso…



sábado, 16 de agosto de 2014

PHISHING



Un término inglés de reciente acuñación, ligado al mundo de la informática casera, de los ordenadores personales y de los teléfonos inteligentes, cuya traducción normal al español sería «pesca» pero que en el argot informático tiene otras connotaciones muy peligrosas si no somos precavidos, nos dejamos llevar por su contenido por lo general atractivo y «mordemos al anzuelo» que nos tienden. Por más que lleva mucho tiempo en el «mercado», las nuevas y masivas incorporaciones de personas en todo el mundo a los procesos informáticos de correo electrónico, cuentas bancarias y demás aplicaciones mantienen está práctica en plena juventud. El hecho de que siga en activo es el mayor y mejor indicador de que sigue proporcionando beneficios a los cibercriminales que diseñan los engaños y se aprovechan de los incautos. 

Por más que uno haya visto cientos y cientos de formas de engaño, siempre aparece alguna nueva que nos sorprende. Que me vengan a la memoria son los correos electrónicos de una supuesta persona rica de un país africano que necesita tu ayuda para sacar fondos de su país y te recompensará adecuadamente, ofertas de trabajo maravilloso que empiezan por qué sueltes de entrada algunos dineros, promesas y ofertas de viajes o premios a los que no te puedes resistir, artículos de rabiosa actualidad a precios imposibles…

La forma más corriente es un correo electrónico en el que nos invitan a realizar una acción que comienza, ahí está el peligro, por un enlace en el que debemos de hacer clic para iniciar la operativa. El texto o las imágenes del enlace están cuidadosamente estudiados para que pensemos que estamos yendo a un sitio conocido y facilitemos nuestros usuarios y claves de acceso a diferentes servicios, principalmente bancos o entidades de manejo de fondos.

Por lo general, los usuarios son confiados y una vez que deciden que lo que han recibido tiene validez, entregan todo tipo de datos sin sospechar que le están buscando las vueltas. Aunque no es una caso que pudiera entrar en el término «phishing» voy a referir aquí un suceso real ocurrido hace unos años. Llegaron un día unos operarios debidamente vestidos e instalaron en el área de salidas internacionales de un concurrido aeropuerto un cajero automático con el logotipo de uno de los bancos más conocidos. Nadie reparó en ello y nadie verificó si esa operación había sido autorizada. Muchos pasajeros que estaban esperando la salida de su vuelo no encontraron otra forma de matar el aburrimiento que ir a este cajero automático a consultar el saldo de su cuenta. La respuesta era la misma: «por problemas técnicos no podemos atenderle en ese momento. Por favor, inténtelo más tarde». El «aparatito» apuntaba cuidadosamente las identificaciones de las tarjetas y los «pines» de los incautos, cuyas cuentas empezaron a vaciarse rápidamente mientras ellos estaban de viaje a un país extranjero y tardarían un tiempo en ver lo ocurrido con escasas posibilidades de relacionarlo con la consulta de su saldo en el aeropuerto. Cuando se descubrió el engaño, cientos de personas habían caído en la trampa.

Tras conocer relatos como este, cada uno es muy libre de operar en cajeros que no estén instalados en oficinas bancarias. Centros comerciales y de ocio cuando no áreas de servicio en cualquier autopista nos ofrecen como una mejora este tipo de servicios pero no tenemos ninguna garantía de que estén debida y realmente conectados a la entidad bancaria que dice patrocinarlo.

Lo más buscado son los datos bancarios y de tarjetas de crédito porque se traducen de forma rápida en un asalto a nuestros ahorros en cualquier parte del mundo, y muchas veces por mucho cuidado que tengamos nos la pueden jugar. Otro ejemplo: la mujer de un amigo mío estaba comprando en una tienda de una localidad cercana a Madrid y al pagar con su tarjeta el comercio recibió una llamada del centro autorizador de VISA solicitando que retuviera al cliente lo más posible hasta que llegara la policía que había sido avisada y se dirigía al establecimiento. En ese mismo momento otra persona estaba comprando con esa misma tarjeta, un duplicado, en un comercio de Valencia. Mi amiga que no sospechó nada y que tenía todo «en regla» sufrió la espera hasta que llegó la policía, mientras que la clienta de Valencia en cuanto vio que la cosa se complicaba dejó el asunto y salió zumbando. Con el tiempo se descubrió que a mi amiga le habían duplicado su tarjeta en una gasolinera próxima a su domicilio, pero mientras tanto sufrió «desperfectos» en su cuenta del orden de los dos mil euros que al final recuperó pero le llevó su tiempo y sus disgustos.

Por mucho cuidado que tengamos nos la pueden acabar jugando, pero si tenemos poco caeremos como unos lechuguinos. Ahora están de moda las redes WIFI gratis en muchos sitios, a las que la gente se conecta con sus teléfonos que interaccionan y reciben correos cuando no consultas y datos de las más variadas aplicaciones. Todo este tráfico de información es debidamente guardado por el «malo» que lo empieza a utilizar casi de forma inmediata para sus intereses, que no son precisamente caritativos ni convenientes con los nuestros.

Lo repiten por activa y por pasiva. Nada de correos ni operaciones de crédito desde nuestro teléfono o portátil conectado a una red WIFI que no conozcamos, aunque sea la del hotel en que nos alojamos. Nada de dejar fuera del alcance de nuestra vista nuestras tarjetas de crédito o nuestras tarjetas de identificación personal tales como el d.n.i. en ningún momento, ni siquiera en las recepciones de los hoteles; podemos ser previsores y llevar una fotocopia como la de la imagen, mejor en blanco y negro, en la que habremos sobreimpreso una marca de agua indicando el propósito o el nombre del establecimiento, de forma que no pueda ser usada de forma posterior en alguna acción malintencionada. Nada de hacer clic en ningún enlace que recibamos o veamos por ahí para acceder a una supuesta página web y mucho ojo al facilitar de forma online nuestros datos. Empresas que te venden un helado por internet te solicitan hasta el tamaño del calcetín que no sé para qué lo querrán. Nada de utilizar ordenadores desconocidos de recepciones de hoteles o «cibercafés» para otra cosa que no sea leer el periódico o buscar información de la hora de misa en la parroquia más cercana.

Mi familia y mis amigos me tachan de exagerado y habrá que ver cómo se parten de risa sin algún día me pillan, lo cual no tendría nada de extraño dado mi alto índice de uso de compras por internet y modernas tecnologías. Pero, mientras tanto, me preocupo por estar al día y minimizar en todo lo posible el riesgo.


sábado, 9 de agosto de 2014

VIAJAR



De siempre he sido, y aún lo sigo siendo, un viajero impenitente. Me ha vuelto loco el simple hecho de ponerme en marcha aunque sea para ir al pueblo de al lado, especialmente si era novedoso para mí. Cualquier excusa es buena para ponerse al volante y devorar kilómetros, habiendo sido este modo de transporte el que más especialmente utilizo, incluso por encima de lo estrictamente razonable hoy en día en que lo más cómodo, en teoría, es tomar el avión o el tren y alquilar un coche en el punto de destino caso de ser necesario.

El hecho de salir desde tu casa con tu propio coche tiene sus ventajas a la hora de llevar el equipaje y también a la hora de volver, donde es más sencillo transportar cosas que has podido ir adquiriendo por el camino y que solo tienes que dejar en el fondo del maletero y olvidarte de ellas hasta tu regreso. El reloj de cuco que da las horas en la pared de mi salón vino así hace más de treinta años desde una tienda en Triberg, un pueblecito en el corazón de la selva negra alemana. A modo de ejemplo, prefiero ir a Córdoba en mi coche que tomar el tren, aunque sea más cansado, pero no siempre es más rápido o económico, ya que hay que tener en cuenta los desplazamientos hasta y desde las estaciones y el coste del billete según el número de ocupantes. Otro ejemplo de más alcance es un viaje a Munich, distante dos mil quinientos kilómetros de Madrid y por lo tanto dos días de ida y dos de vuelta en coche. Parece que aquí la opción sería el avión más el alquiler frente a tu propio coche. Insisto, en mi caso, prefiero el coche porque me permite conocer ciudades en el itinerario. Incluso para ir a Escocia preferí embarcar mi coche en el ferry en Santander y atravesar todo el Reino Unido, aprovechando para ver sitios emblemáticos como Oxford y Stonehenge por poner un ejemplo, que no hubiera sido posible si hubiera tomado un avión directamente a Edimburgo. 

Empecé a deambular por Europa a principios de los ochenta. El cargar el coche con la tienda de campaña, latas de sardinas, leche y demás alimentos no perecederos y lanzarse a las carreteras europeas en viajes que en algún caso alcanzaron los catorce mil kilómetros fueron experiencias inolvidables. Alcanzar puntos como el Cabo Norte en Noruega o la isla griega de Mikonos en tu propio coche es algo que recomiendo aunque hoy en día se opte por las alternativas que hemos comentado. Y hay que recordar que en aquellos tiempos todo era mucho más complicado que ahora: no existía el euro, no había internet y por no poner más ejemplos había que cambiar el aceite del coche cada cinco mil kilómetros, con lo cual uno o dos cambios había que hacerlos en los talleres de países donde te pillara o en alguna gasolinera como en alguna ocasión hubimos de hacer sin más remedio. 

Siempre me quedé con las ganas de haber conducido mi coche por Rusia. Lo pensamos dos veces, una de ellas entrando desde Polonia y otra desde Finlandia pero la obtención de permisos era tan complicada que desistimos. Con ello ha sido el único país de la Europa continental que no he hollado con las ruedas de mis propios vehículos. En la parte insular, Islandia tampoco e Irlanda sí pero con coche alquilado. 

Otra cosa a la que me resisto es a los viajes organizados. Suelen llevarte a las partes más comunes y más turísticas pero no te permiten, salvo excursiones programadas, salirte de lo establecido, con lo cual puedes estar a un paso de sitios deliciosos y quedarte con las ganas. Por ejemplo, muy cerca de Innsbruck, en el Tirol austríaco hay un pueblecito encantador que conocí a principios de los ochenta que se llama Hall in Tirol. Estaba fuera de todos los planes de agencias pero yo pude visitarle y disfrutar de él al tener mi propio coche y tomar la decisión de ir a él. 

Hoy en día, y ese el quid de la cuestión de esta entrada, el preparar un viaje es casi coser y cantar. Ponerte al teclado del ordenador y empezar a tomar decisiones de vuelos, trenes, hoteles, alquiler de coches e incluso entradas a espectáculos es cosa de tiempo y paciencia. Tengo unos buenos amigos que se marchan dentro de unos días a Corea y se han preparado todo ellos mismos a base de internet, como ya habían hecho en ocasiones anteriores a Israel o Estados Unidos. Cualquier país del Mundo está a nuestro alcance a poco que dispongamos del dinerito suficiente y una conexión a internet que nos permita ir haciendo las reservas correspondientes. Las agencias de viajes son una comodidad pero no siempre resultan adecuadas ni baratas, además que no tenemos ninguna garantía de que la cosa vaya a funcionar bien, cuestión que digo por experiencias personales y de amigos, contratando viajes con agencias reputadas que luego estuvieron llenos de inconvenientes. 

Según con qué aerolíneas, podemos incluso imprimir desde casa los billetes de embarque y las etiquetas para la facturación del equipaje, que incluso algunas ofertan recogértelo de casa el día anterior para que vayas al aeropuerto con las manos en el bolsillo. Eso por no hablar de prescindir totalmente del papel y llevar un código QR en nuestro teléfono móvil que nos permita acceder al avión, tren o barco con solo mostrarlo. Yo lo he probado con las entradas al cine pero con el avión prefiero el papel además del QR por si acaso. Tanta modernidad es buena y encantadora cuando funciona, pero de vez en cuando falla y te quedas con una cara de haba que para qué. 

Siempre que uno se pone de nuevo a la caza y captura de ofertas y posibilidades se pueden descubrir nuevas posibilidades. En los últimos tiempos, por recomendaciones, he conocido dos sitios que me he utilizado y me han parecido eficaces y eficientes, a la par que sencillos: GOLDCAR para el alquiler de coches y BOOKING para la reserva de hoteles y apartamentos. Cada vez tenemos más posibilidades: se trata de explorarlas y usarlas en nuestro beneficio.


lunes, 4 de agosto de 2014

Colesterol



Toda la vida peleando con la dichosa palabrita. Un término médico que podemos encontrar en el diccionario definido como «Alcohol esteroídico, blanco e insoluble en agua. Participa en la estructura de algunas lipoproteínas plasmáticas y a su presencia en exceso se atribuye la génesis de la aterosclerosis». Lo que se nos queda es que un exceso de esta sustancia puede ir taponando poco a poco las «tuberías» internas de nuestro organismo por las que discurre la sangre y llegar a producir infartos o ictus que pueden acabar con nuestra vida, darnos un buen susto o dejarnos medio alelados. La cosa no es para tomársela a broma.

Siendo un viejo conocido, hace mucho tiempo que se habla de él en muchos sentidos y direcciones. Recuerda un poco aquellos vaivenes de la alimentación en que hubo momentos en que la ingesta de sardinas era malísima para la salud para pasar luego a ser muy recomendadas por contener aceites Omega-3. Con los niveles de colesterol en sangre ha pasado lo mismo. Hace años los límites estaban en 250, luego pasaron a 220 y más tarde se fijaron en 200. 

A lo largo de mi vida laboral, las empresas en las que he trabajado me han realizado una revisión médica, anual en los primeros tiempos y bianual en los últimos. Los índices de colesterol total han estado siempre por encima de la media. Hago hincapié en esto del colesterol total, porque desde hace un tiempo se subdivide este elemento en dos tipos: el llamado LDL o malo y el HDL o bueno. En mi caso, el HDL siempre ha estado bien pero no así el otro LDL que presentaba valores por encima de los índices fijados por la ciencia médica. El hecho de que estos índices varíen con el tiempo es una consecuencia de los avances médicos y por tanto mejores estudios sobre el particular. Pero uno se queda con la mosca detrás de la oreja: ¿es realmente esto así o se trata de que todos estemos «enfermos»? La deducción inmediata es que a mayor número de enfermos, más medicamentos a la venta.

Nunca he tomado ninguna medicación para bajar el colesterol hasta hace un par de años. En una revisión rutinaria, mi doctora, a la que no visitaba desde hacía por lo menos veinte años, me detectó un valor de 263 que estaba por encima del valor admitido entonces. Consideraciones acerca de la edad y el peligro que suponía me hicieron engrosar la lista de los muchos miles de personas en el mundo que toman de forma diaria las famosas estatinas. Los niveles de colesterol se han ido normalizando pero otros índices sanguíneos, que siempre habían estado bien, se han trastocado: ácido úrico, bilirrubina, glucosa y… CK (Creatinquinasa). En la última visita a conocer los resultados del último análisis, allá por marzo de este año, el valor de CK era de 348, muy por encima de los 204 que fijan los límites. A la vista de ello, la doctora me preguntó si sufría dolores musculares inespecíficos o problemas en las articulaciones, hechos que eran ciertos y que son detectados y consecuencia de ese índice tan alto.

Entramos en una espiral de violencia: me rebaja un poco la dosis de estatinas y me añade un medicamento, Ezetrol, para contrarrestar estos efectos. Yo soy muy contrario a la «medicación» sistemática y de por vida, por lo que esta doble pastilla diaria me encendió las alarmas. Convine con ella un período de seis meses hasta el siguiente análisis pero le dije claramente que prefería tener el colesterol alto a que se me dispararan otros índices sanguíneos.

Una vez un profesor nos dijo que tu mejor médico eres tú mismo, especialmente en «enfermedades» de larga duración. Si uno se lee los posibles efectos secundarios de las estatinas puede acabar de los nervios. Algunas de ellas me han surgido, como alteraciones en el sueño, durmiendo poco y mal, hinchazón de tobillos, cansancio generalizado, dolor muscular y aumento de índices sanguíneos especialmente en transaminasas. Si uno sigue investigando más y ve los efectos secundarios que pueden resultar de la combinación de estatinas con ezetimiba, principio básico del Ezetrol, la cosa es como para «mear y no echar gota» que decían los antiguos.

Si uno empieza a investigar un poco, tiene toda la pinta de que las reducciones en los índices de colesterol son promovidos por la industria médica para vender más pastillas. Otras voces preconizan que índices de hasta 300 e incluso 350 en deportistas son correctos. ¿Deportistas? Si, pues al parecer estos necesitan altos índices de cortisol en su organismo, que es una consecuencia del colesterol alto. Un colesterol bajo, como indican los efectos secundarios de las estatinas, implica cansancio generalizado, falta de energía, como consecuencia de la pérdida de cortisol.

Como muestra un par de ejemplos. En el libro «La mentira del colesterol», Walter Hartenbach insiste en este gran engaño facilitando opiniones de varios investigadores y sus propias conclusiones. Lo más significativo de este libro es que sus conclusiones coinciden con… mi propia experiencia personal a lo largo de varios años, en los que me he encontrado perfectamente, haciendo deporte, durmiendo como un lirón, con la tensión arterial correcta y con mis análisis de sangre limpios excepto colesterol. Otro ejemplo es la web titulada «The international network of Cholesterol skeptics», « La red internacional de los escépticos de colesterol» ( http://www.thincs.org/ ) donde se pueden leer, en inglés, montones de consideraciones acerca de los engaños y manipulaciones sobre el colesterol.

Por mi parte, se acabó la toma de medicamentos. Si los índices están altos, que le vamos a hacer, pero no quiero consecuencias secundarias, diarias por lo demás, que alteren mi vida, como el no dormir bien, cansancio generalizado o dolores musculares que no me permiten desarrollar una vida normal. Haré caso a mi buen amigo Juan e incluiré en mi alimentación las dosis correspondientes de lecitina de soja y aceite de germen de trigo, movilizadores naturales de las grasas en la sangre y mantendré la costumbre de tomar nueces de forma diaria. ¿Qué hacemos con los huevos fritos, ese manjar tan delicioso? Pues dan ganas de hacer caso al profesor Hartenbach que dice que « … y la renuncia a ingerir huevos no tiene ninguna influencia sobre el nivel del colesterol…»


domingo, 27 de julio de 2014

DESAFECCIÓN



En estos últimos tiempos cambios profundos han afectado a la sociedad española en su conjunto, pero han apretado los cinturones más a unos que a otros, lo cual es lógico y ha sido siempre así. El malestar ha ido in crescendo a raíz de las medidas tomadas por nuestros dirigentes que, como nunca llueve a gusto de todos, no son bien vistas por algunos. La indignación, palabra maldita, ha sacado a más de uno a la calle en protestas y manifestaciones que algunas veces no han transcurrido por cauces de normalidad pero que se han magnificado, interesadamente, para deslegitimar no solo esa forma de protesta sino todo lo demás; que es todo lo demás, pues eso, todo.

Ante ello, nuestros dirigentes se han llenado la boca de decirnos que estamos en democracia y que las legítimas decisiones de la ciudadanía solo es posible expresarlas en las urnas. No han añadido que cada cuatro años y bajo la forma existente de la Ley Electoral, que es una de las cosas que también está en tela de juicio, como otras muchas hoy en día. Un gobierno surgido de las urnas con mayoría absoluta en el Congreso tiene patente de corso para hacer, literalmente, lo que le venga en gana durante los cuatro años siguientes. Y todo funciona mejor si los ciudadanos están calladitos, en su casa viendo la tele o el campo de fútbol viendo dar patadas a un balón.

Pero mira tú por donde que algunos ciudadanos, en número superior a un millón se han aplicado el cuento de que su única forma de expresión democrática son las urnas y en las últimas elecciones celebradas han restado unos cuantos votos a los «dos principales». No han hecho más que seguir las instrucciones que han recibido acerca de cómo debe ser entendida la democracia y como participar en la misma. El resultado ha sido un ligero terremoto en los partidos principales, esos dos, que no han aceptado muy deportivamente el resultado y han puesto todas sus huestes a trabajar de forma torticera para desacreditar a los «nuevos». Esto es un aviso muy serio y ya no dicen que hay que arreglarlo en las urnas, sino que nos recuerdan situaciones de lo más variopinto, entre ellas la de Italia donde la fragmentación de partidos la hacen ingobernable. A ver, que no me entero: hemos de tener muchos partidos para que la democracia sea creíble, pero debemos de votar solo a dos para que la democracia sea viable.

No debemos de extrañarnos pues esto ya era así en la cuna de la democracia, Grecia, donde por lo general dos «familias» estaban en la cumbre, ora unos ora otros. Yo admito perder el poder siempre que lo coja mi alternativo que ya se guardará de no decir ni hacer nada en contra mía porque dentro de un tiempo lo volveré a coger yo y cierre del ciclo. Por eso, migajas aparte, que no se meta nadie más no nos vaya a descuajaringar el invento.

Miedo da pensar que en las siguientes elecciones esta tendencia de desafección con «esos dos» se incremente, cosa bastante posible, y surja un tercero con suficiente fuerza. No quiere esto decir que se nos garantice nada a los ciudadanos, porque pueden pasar muchas cosas, desde que el resultado no sea aceptado deportivamente por los «otros dos», que los nuevos «aprendan» rápidamente a ser como los «otros dos» e incluso les mejoren, que libres de ataduras anteriores se dediquen a trabajar y sobre todo a «remover», que…


En todo caso, los de abajo siempre serán o seremos los perjudicados. Doscientos años de nuestra pasada historia así lo atestiguan. Desde que a principios del siglo XIX los franceses nos invadieron y obtuvieron una respuesta conjunta y rotunda de los ciudadanos españoles me parece que no nos hemos vuelto a poner de acuerdo. Y como ya no nos invaden desde fuera, al menos militarmente, nos dedicamos a buscar diferencias entre nosotros discutiendo por el sexo de los ángeles o cualquier otra zarandaja que se nos ponga a tiro. Y mientras nos despistamos con cosas fútiles, nos van cercenando lo poco que en los últimos tiempos hemos ido ganando y encima nos quieren convencer de que es por nuestro bien. Pintan bastos.




domingo, 20 de julio de 2014

UTILIDAD



«La experiencia es la madre de la ciencia» reza un conocido dicho popular. Una de las fuentes principales del conocimiento humano es la experimentación de situaciones de las que siempre se puede sacar algún aprendizaje que sirva para el futuro. Las experiencias personales suelen fijarse de forma más intensa que las adquiridas por medio de otras personas o fuentes como pueden ser los libros. No aprende lo mismo un niño que no se deben meter los dedos en un enchufe si los mete y recibe un zurriagazo que si sus padres le dicen por activa o por pasiva que no se debe tocar eso por ser peligroso.

En estos tiempos los cambios se producen a enorme velocidad y no dejan de sorprendernos. Las empresas y los investigadores están dándole al cerebelo a todas horas para realizar nuevos descubrimientos que mejoren nuestras vidas y de paso las cuentas de resultados, cuestión lícita si se hacen las cosas por las claras y no mediante engaños, muchas veces auspiciados cuando no fomentados por la legislación vigente, que suele ser confusa para el ciudadano medio.

Pero esta entrada no va de engaños sino de una cuestión muy simple que es aquella de que las cosas no son lo que parecen a primera vista; algo que en un principio nos parece bueno y atractivo puede convertirse en menos bueno cuando nuestro conocimiento en su uso vaya creciendo a base de experiencia. Otro refrán popular reza así: «Al papel y a la mujer hasta el culo le has de ver» para insistir en no ceder a nuestras apreciaciones recogidas en un primer vistazo. Se diría aquello de que todo o casi todo viene con «letra pequeña».

Llevamos años en casa utilizando el clásico rollo de papel de cocina como el que puede verse en la imagen. Antiguamente eran lisos, continuos sin puntos de corte, con otra textura… Con el paso del tiempo y a base de comprar siempre la misma marca en el supermercado uno va notando cambios. Tengo que decir que restringimos su uso al máximo por aquello de la ecología y la tala de arbolitos, una cuestión altamente reñida con la comodidad. De siempre utilizábamos en las comidas servilletas de trapo, aquellas que se meten al finalizar en un aro distinto para cada miembro de la familia de forma que puedan ser reutilizadas en varios días antes de ir a parar a la lavadora, que también supone un gasto de agua más luego de plancha… En ocasiones es difícil valorar un coste y se puede sucumbir a la comodidad con cierta facilidad.

El hecho es que desde hace tiempo utilizamos como servilletas en las comidas este papel de cocina. Hasta hace un tiempo, los micro cortes perforados que vienen de fábrica permitía su corte limpio en cuadrados de aproximadamente 24 x 24 cms., que nos parecían demasiado para su uso, por lo que procedíamos manualmente a partirlos por la mitad para su utilización como servilletas individuales.

Desconozco si alguien del departamento de I+D de la fábrica nos observaba por una cámara oculta en estas operaciones divisorias, pero desde hace unos meses el papel trae una nueva línea de micro cortes justo en el centro entre las anteriores, es decir, que permite obtener trozos de papel de 12 x 24 cms. De forma limpia y perfecta. Pueden observarse en la imagen adjunta las líneas rojas, micro cortes antiguos cada 24 cms. y las nuevas líneas verdes, cada 12 cms.

El primer día que vi esta novedad me llevé una gran alegría, pues es aquello de que al final llega algo que estabas haciendo tú con anterioridad y que en el fondo viene a solucionarte la vida, aunque sea en una tontería como es este caso. Pero la cosa, con el tiempo, no es como parece. Muchas veces nos llegamos al rollo colgado en una pared de la cocina con las manos sucias u ocupadas, intentando disponer de algo con lo que limpiarnos antes de seguir manchando más. Un tirón seco permitía obtener un trozo de los antiguamente normales de 24x24. Ahora, y es mi experiencia continuada, se obtiene uno de 24x36, vamos, que se gasta más papel que antes.

Lo que en principio parecía una ventaja se puede convertir en desventaja y eso no lo sabremos hasta que pase el tiempo y nuestra experiencia de uso vaya asentándose. En el tema de las servilletas hemos mejorado pero en otros usos podemos estar gastando un 50% más de lo debido. Siendo honrado, no creo que sea un estudio premeditado de la empresa fabricante para incrementar el gasto, sino simplemente un daño de los que ahora se llaman «colaterales» y que habrá que minimizar. Ahí queda la experiencia.


sábado, 12 de julio de 2014

LEGADO



No es una cuestión nueva para los seguidores de este blog que cada día que pasa me está fascinando más la Historia, como ya apuntaba hace ahora un par de años, en marzo de 2012, en esta entrada. Un descubrimiento fascinante que me hace tener las antenas atentas y mis lecturas focalizadas en estos temas con lo que relego a un segundo plano otro tipo de lecturas más comunes o de actualidad. Y por aquello de las lagunas, los dos siglos pasados de la historia de España, y más especialmente el XX, atraen poderosamente mi atención a la hora de elegir en que vocablos pongo mis ojos. En estos últimos meses me he acercado un poco a lo que se ha dado en llamar la Transición, leyendo entre otros «El triángulo de la transición” de Ana Romero o «La gran desmemoria» de Pilar Urbano.

Y en estas estábamos cuando hete aquí que, en el periódico local de la zona en la que estoy pasando unas vacaciones, descubro que el no muy lejano ayuntamiento de Torrelavega ha programado unas jornadas bajo el título «El legado de Adolfo Suárez: Transición democrática y futuro constitucional», a celebrar durante cinco días seguidos a las ocho de la tarde. El día en las vacaciones da para mucho y la familia me dio todo tipo de facilidades para escaparme a ellas. No lo hice todos los días, escogiendo las dos conferencias que me parecieron más interesantes, pues no era cosa tampoco de abusar. Elegí la primera y la última por los ponentes, cuya historia indagué un poco en internet y averigüé que se trataba de dos personas que habían vivido en carnes propias y cercanamente aquellos acontecimientos.

La primera de ellas, celebrada el lunes de esta semana, resultó fascinante. El ponente era nada menos que Aurelio Delgado Martín, más conocido por «Lito», cuñado de Adolfo Suárez y que estuvo todo el tiempo en el gabinete de presidencia en un equipo formado por seis personas, otros dos hombres y tres mujeres, una de ellas Carmen Díaz de Rivera, formando lo que pudiéramos denominar la guardia pretoriana del presidente. La semblanza que reflejó a lo largo de su intervención fue la de un hombre entregado a llevar adelante la ingente labor que España necesitaba, luchando contra todo y todos, atacado y cuestionado desde todos los ángulos, rehaciendo todas las estructuras del franquismo que seguían vigentes desde su propio interior, lo que se conoce vulgarmente como hacerse el harakiri. Su estilo y su educación quedaron patentes a lo largo de una excelente y exquisita comunicación que no trato de resumir aquí. Pero me llamó la atención lo que dijo sobre la dimisión que se produjo en 1981, a mitad de una legislatura para la que había sido democráticamente elegido: nadie le presionó, porque no habrían podido hacerlo, primero porque la Constitución no lo contempla y segundo por el propio carácter y personalidad de Adolfo. Una de las razones que más poderosamente le indujo a ello, en opinión actual de Lito, fue la acogida que dio el entonces rey Juan Carlos a multitud de comunicados de todas las fuerzas sociales, políticas y militares en el sentido de que era absolutamente necesario un cambio de gobierno.

La segunda, ayer viernes, estuvo a cargo de José Ramón Saiz, que tituló la conferencia como «Mirada a la transición: ¿revisionismo?». El ponente es periodista y escritor y en aquellas fechas trabajaba en el madrileño diario «Pueblo», una amalgama de todas las tendencias posibles e imposibles, cubriendo la información política y participando y narrando muchos actos del presidente y de la familia real. Dedicó el principal de su charla a una revisión histórica ajustada del devenir de Adolfo Suárez aquellos dos años escasos transcurridos entre la muerte de Franco en noviembre de 1975 y las primeras elecciones del quince de junio 1977, para al final apuntar algunas cuestiones que en su opinión «quedaron mal cerradas». Una de ellas, no podía ser de otra manera, fue la cuestión Autonómica, que estos días se revuelve en Cataluña olvidando interesadamente los pactos de aquellos años y, en un ejercicio de deslealtad, buscando los intereses propios intentando desmembrar España.


Es de sobra sabido que no se deben ni se pueden juzgar hechos pasados con planteamientos y conocimientos actuales. Hoy no tienen sentido esas autonomías uniprovinciales pero, como dijo el ponente, cuando se crearon las Autonomías intentando dar cabida en una habitación pequeña a una jauría de intereses y despropósitos, la distancia entre Santander y León o Asturias era de varias horas y ahora es de poco más de una. También planteó que la educación no debería ser «autonomizable» dejando abiertos unos interrogantes que nos ocuparán los próximos tiempos. Es autor del libro «Adolfo Suárez: la memoria del silencio» al que habrá que asomarse para tener un nuevo punto de vista, periodístico, sobre el tema.