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sábado, 30 de julio de 2016

WIFI




Pocas son las personas, incluso desde muy jóvenes, que no llevan ya un smartphone en el bolsillo. Lo de «phone» es un derivado de su función original, que es una de las cosas que menos se utiliza hoy en día; la de hablar por teléfono. Se trata de potentes ordenadores, cada vez más, capaces de hacer muchas cosas pero que por lo general dependen para un uso completo de su conexión, de lo que todo el mundo llama «los datos». Tener un teléfono hoy en día sin posibilidad de conexión lo deja capitidisminuido en sus prestaciones y pocas personas son proclives a renunciar a esto.

Una alternativa a «los datos» es el o la wifi, un término que a todos nos suena y que vamos buscando como agua de mayo, especialmente los más jóvenes, grandes consumidores de información por el envío de fotografías y vídeos cuando no su consulta y visionado en plataformas como Youtube, Vimeo o similares, amén de redes sociales que proliferan con los días en las que la base es la imagen. Un ejemplo: yo dispongo mensualmente en mi contrato de la misma cantidad de datos que mi hija, 1 Gb, pero a mientras a mí me sobran megabytes todos los meses por el contrario a mi hija le faltan; cuando se van acercando los finales de mes, la cantinela de «papá, habilítame la wifi con tu teléfono» es constante. La diferencia está en el uso, esporádico en mi caso para ver el correo o twitter, mandar o recibir guasaps pero siempre con la opción de no descargar fotografías o vídeos salvo que yo lo indique, mientras que mi hija prolifera sus comunicaciones en las redes con mensajes de voz, fotografías y vídeos, con el consiguiente consumo alto de datos. Por ello, muchos jóvenes transitan con el teléfono como antena buscando hasta debajo de las piedras las wifi gratuitas. Ayer, sin ir más lejos, entramos en una cafetería a tomar un refresco y mi hija tardó poco en detectar que disponía de wifi y pedir la clave al camarero.

Pero… ¿Qué es wifi? Lo asociamos a la disponibilidad inalámbrica de conexión a internet susceptible de ser usada por un sinfín de aparatos electrónicos, no solo teléfonos sino también tabletas, ordenadores, e-readers y hasta cámaras fotográficas o navegadores GPS. En sus inicios era una marca, «Wireless Fidelity», aunque Phil Belanger (miembro fundador de la Wi-Fi Alliance que presidió la elección del nombre «Wi-Fi») dice que no significa nada, solo un nombre más utilizable que «IEEE 802.11b».

Cada vez es más común cuando salimos de vacaciones llevar con nosotros el ordenador portátil de forma que podamos seguir teniendo cierta capacidad de realizar ciertas operaciones que se han colado en nuestras vidas. Aún en periodo vacacional es cómodo tener acceso a la red para planificar una excursión o sacar entradas para un espectáculo. Muchas de las operaciones se pueden hacer, con ciertas incomodidades, desde el teléfono, pero seguimos estando más cómodos ante una pantalla y un tecleado, por lo que es normal cada vez más acarrear el portátil y utilizar las wifis de los hoteles en los que nos alojamos. Aunque esto representa algunos inconvenientes en los que no solemos reparar.

Uno de ellos es que por lo general estos accesos inalámbricos no llegan a las habitaciones, con lo que hay que bajarse a los anexos a la recepción para conectarse, en donde nos juntaremos según los horarios con una legión de personas que están haciendo lo mismo que nosotros y en algunos casos con problemas para encontrar un sitio físico donde estar cómodos. Mientras estemos navegando para leer el periódico, ver información de zonas geográficas próximas, atracciones o lugares recomendados, no hay problema. Pero en un momento determinado nos puede ser necesario consultar nuestra cuenta bancaria, nuestro correo electrónico o incluso utilizar nuestra tarjeta de crédito para comprar unos billetes de autobús o unas entradas a un espectáculo al que queremos asistir. En estos casos… ¡peligro! Estamos conectados en una red pública, sin ninguna seguridad y en la que si se encuentra algún hacker puede obtener nuestras claves con mucha facilidad. En algún caso hasta los propios empleados del hotel pueden estar ojo avizor para conseguir la clave de nuestra tarjeta de crédito que en pocos minutos estará siendo utilizada por alguien en un país lejano hasta desplumarnos todo lo posible.

Por ello es necesario tomar conciencia de que tipo de red estamos utilizando y para ciertas operaciones delicadas no utilizar redes públicas en hoteles, cafeterías, estaciones  o aeropuertos. En casos puntuales o esporádicos, la solución es generarnos con nuestro teléfono una red privada y con clave de acceso para esas operaciones. Si necesitamos por razones de trabajo u otras una conexión segura más prolongada, mi recomendación es hacerse con un router inalámbrico y una tarjeta SIM específica para generar esa red que nos permita trabajar cómoda y sobre todo seguramente.

En mi caso y para este verano, he optado por esta última solución y tras mucho investigar el mercado, he adquirido un router transportable, del tamaño de un paquete de tabaco y con una autonomía de alrededor de diez horas en funcionamiento gracias a su batería recargable, para el que he obtenido una SIM específica en modalidad de prepago que voy cargando en función de mis necesidades. Aunque es hacer un poco de propaganda, no me importa porque me está funcionando de maravilla, a una velocidad que despeina y el coste no me parece desproporcionado; todo sea por la seguridad y la fiabilidad, ya que funciona prácticamente en cualquier parte, incluso en el propio coche mientras vamos circulando con lo que nuestros teléfonos, tabletas y ordenadores pueden ignorar su consumo de datos y utilizar la wifi que genera este cacharrito. Al conductor le sirve de poco pero el resto de pasajeros están encantados de poder ir trasteando con conectividad fiable y segura. El router es un TPLINK M7350 en el que utilizo una tarjeta SIM de SIMYO que dispone de unos bonos de datos que me parecen muy asequibles: en estas fechas del verano de 2016, 1 Gb en horario nocturno o en fin de semana cuesta 1,99 euros y hay muchas posibilidades en función de nuestras necesidades.

Aunque yo no lo utilizo –por el momento—este router permite la inserción de una tarjeta microSD donde podemos cargar documentos, fotos e incluso películas para compartir entre todos los dispositivos que se conecten. Obviada la compra del router y de la SIM, añadir unos pocos euros al coste de nuestro viaje de negocios o vacaciones no representa un gasto desproporcionado y la fiabilidad y seguridad no tienen precio. Cuando consigo una conexión 4G, lo que ocurre la mayoría de las veces según los lugares en los que me encuentre, la conexión va como un tiro, casi mejor que en el ADSL de casa. Me tengo que pasar a la fibra, pero por el momento solo me la ofrece Timofónica y yo con ellos no quiero nada. Voy a tener que utilizar este router inalámbrico también en casa…

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domingo, 24 de julio de 2016

GARGANTA




Por muchos es conocida como «La Garganta Divina». El río Cares, en su fluir a lo largo de millones de años, ha hendido en profundidad los Picos de Europa creando un desfiladero que une las provincias de Asturias y León permitiendo al caminante contemplar uno de los más espléndidos paisajes de montaña que pueden verse. La ruta une los pueblos de Poncebos, cerca de la más conocida población asturiana de Arenas de Cabrales, con el de Caín, ya en la provincia de León. Son doce kilómetros de senda espectacular, grandiosa, que puede recorrerse por la mayoría de las personas con unas exigencias mínimas, pero que no deben desdeñarse. Mis recuerdos me han traicionado y el pasado miércoles veinte de julio de 2016, cuando la realicé completa por última vez, sufrí más de la cuenta, por mi imprevisión.

Allá por 1974 tuve mi primer contacto con esta ruta de leyenda. En la oficina donde trabajaba, además de compañeros de verdad, no como ahora, éramos amigos y organizábamos un sinfín de actividades, bien por las tardes a la salida del trabajo bien en fines de semana, puentes y vacaciones. En uno de ellos, un grupo al que se unieron familiares y amigos nos desplazamos a la zona para realizar la ruta, en dos días. Cargados de comida, sacos de dormir y tiendas de campaña, hicimos la ruta un día en un sentido, dormimos en Caín, y regresamos al día siguiente. Eran otros tiempos y Caín era una población pequeña, de ganaderos, que ni siquiera tenía acceso por carretera, habiendo una pista poco transitable desde la zona de León. Recuerdo que nos llovió todo lo que quiso y más, tanto que incluso un cabrero se apiadó de nosotros al ver que íbamos a montar tiendas de campaña bajo un aguacero inmisericorde y nos cedió un establo, sacando a sus cabras a dormir al raso, limpiando como pudo aquello y extendiendo paja nueva en el suelo. Dormimos a cubierto y seguramente mejor que en las tiendas de campaña, pero el olor a cabra no se me ha olvidado y yo creo que sigue en el saco de dormir que aún conservo. Experiencias inolvidables del pasado, de otros tiempos en los que las cosas eran de otra manera. Hoy Caín es un pueblo pujante, turístico, con multitud de tiendas, restaurantes, bares y hoteles, al que llega una espléndida carretera desde la localidad de Posada de Valdeón, distante nueve kilómetros.

He vuelto varias veces a la ruta, en diferentes formas y condiciones. La vez siguiente, a mediados de los años ochenta fue con un grupo de matrimonios amigos, pero esta vez de forma más cómoda. Teníamos el campamento base en el «Hotel del Oso», en la zona de Potes y Fuente Dé, y contratamos unos 4x4 que nos llevaron por unas pistas maravillosas hasta el comienzo de la ruta en Poncebos y nos recogieron en Caín para devolvernos al hotel. Fue una ruta de ida y como yo digo, con las manos en los bolsillos, un paseo, comiendo en un restaurante y casi sin despeinarnos. De forma parecida volví con mi hijo, esta vez alojados en un hotel familiar en Arenas de Cabrales y utilizando el mismo sistema de taxi 4x4 a la salida y recogida en la llegada.

Volví otra vez con un amigo de la oficina hacia 1994 o 1995, no recuerdo bien la fecha, aunque por ahí estarán las fotos que siempre son una manera de datar los sucesos, aunque no quiero ni mirarlas porque solo de recordarlo se me ponen los pelos de punta; uno de esos hechos inconscientes que uno realiza en la vida y que nunca debiera haber hecho. Estábamos haciendo rutas en bicicleta de montaña por la zona cuando en una de ellas llegamos a media mañana a Caín. Mientras tomábamos un refrigerio a mi amigo se le pasó por la cabeza: hacer la ruta del Cares en bicicleta, una acción absolutamente desaconsejada, pues ya había habido alguna muerte por caída del ciclista al vacío. Hay que tener en cuenta que el camino es lo suficientemente ancho pero irregular y transita de forma continua con un precipicio al lado en el que cualquier caída sería mortal. Nos liamos la manta a la cabeza e hicimos toda la parte llana, unos ocho o nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. No hubo ningún contratiempo y hay que decir que dada la época no nos cruzamos con nadie. Yo le había advertido a mi amigo que si veíamos a alguien deberíamos parar la bicicleta hasta que hubiera pasado, pues una cosa es que nosotros estemos un poco locos y otra es que pongamos en peligro la vida de los demás. Aquello salió bien y es una experiencia en el recuerdo que aún todavía no sé cómo pude realizar.

Y el pasado miércoles ha sido la última vez y en esta ocasión de forma académica, ida y vuelta y nada de taxis 4x4 que te llevan o te recogen. En la zona de Poncebos dos amables guías informaban a los automovilistas que llegaban y les indicaban todo lo necesario así como organizaban el exiguo aparcamiento de los coches. Es una zona muy concurrida, especialmente en verano y se me ocurre que debieran hacer algo como ya vi hace años en la Laguna Negra de Soria: un gran aparcamiento abajo y un autobús que suba y baje a los visitantes. Algo hay desde Arenas de Cabrales pero por lo que pude leer resulta poco práctico tal y como está concebido. Como he dicho al principio, los recuerdos me traicionaron y además menosprecié un poco el paseo, que no fue tal. Veinticuatro kilómetros son veinticuatro kilómetros y aunque el día estuvo delicioso, el sol pegó fuerte en algunos momentos, pero lo peor fue que no llevé calzado adecuado y las piedras se clavan en las plantas. Además no tuve la precaución de cortarme las uñas de los pies, craso error, que me ha costado perder cuatro de ellas. Pero lo peor de todo, que como digo no recordaba pues nunca la había realizado, fue a la vuelta la bajada final hasta Poncebos, un desnivel que está empedrado, con cantos sueltos, escalones y muy irregular. Menos mal que había comprado dos bastones telescópicos en Caín que me fueron de gran ayuda, pues por otro error había dejado los míos en el coche pensando que iban a ser un estorbo más que una necesidad.

A la montaña siempre hay que tenerla respeto pues las condiciones cambian de un momento para otro y lo que parece que va a ser un agradable paseo puede convertirse en un verdadero suplicio: hay que ir preparado y no fiarse de la memoria que te puede jugar una mala pasada.



domingo, 17 de julio de 2016

PERIODICIDAD






Dicen que el ser humano es un animal de costumbres. Tendemos a hacer las mismas cosas de forma repetitiva a lo largo de amplios períodos de tiempo, muchas veces casi sin darnos cuenta. Antaño las cosas eran más duraderas y había personas que mantenían los mismos hábitos a lo largo de toda su vida. Hogaño los cambios son más rápidos y las personas nos vemos sometidos a alteraciones en nuestras actividades que incorporamos para sobrellevarlos de la mejor manera posible.

Pero también tendemos a intentar regularizar todas nuestras actividades, porque en el fondo es una ventaja y una garantía que a nosotros mismos nos viene bien: las costumbres en nuestra vida nos aportan una relativa sensación de seguridad. Ahora tenemos todos cada vez más unas agendas recordatorias que llevamos permanentemente en el bolsillo durante el día y descansan en nuestra mesilla durante la noche bien cerca de nosotros. Complementariamente, nuestras enormes posibilidades de comunicación casi instantánea con cualquiera en cualquier parte del mundo y en cualquier momento nos permiten eso que se conoce como «quedar en el móvil» o «hacer una perdida cuando sea el momento».

A pesar de todo ello, es bueno periodificar nuestras actividades, no solo las personales sino aquellas en las que tenemos que entablar relación con otros, especialmente las que van más allá de una semana. Las semanales quedan muy controladas por su repetitividad: ir a clase de clarinete todos los jueves a las 20:00, asistir a un monográfico en la universidad los miércoles por la mañana o atender las conferencias del Ateneo en la mañana de los sábados son tareas que no se olvidan por repetirse semanalmente a lo largo de varios meses.

Otra cosa son las actividades que tienen lugar de forma mensual o en períodos más amplios. Ahí si es muy recomendable echar mano de tipificarlas. Todo depende también de cuáles sean nuestras actividades, pues hay personas cuya vida social es más bien exigua y no se encuadran en actividades diversificadas y repetitivas. Bien es verdad que un poco de entropía viene bien y dejarse llevar por la sorpresa añade un poco de aliciente a la vida. Por ejemplo, sería bueno comer cuando se tiene hambre en lugar de hacerlo a unas determinadas horas simplemente porque llega la hora, pero hasta los médicos recomiendan que las actividades de comida, aseo, sueño, etc.etc. se hagan de forma regular a las mismas horas para que el organismo «carbure» mejor y tengamos una buena calidad de vida.

Se me ocurren unos ejemplos, algunos de los cuales sigo y otros pudieran ser de aplicación al común de los mortales. Tras el afeitado de los domingos, limpieza de las cuchillas de la maquinilla de afeitar retirando los restos de polvillo de toda la semana. La jarra del agua será objeto de una limpieza a fondo tras la comida del domingo, de forma rutinaria. Los primeros martes de cada mes, excepto en el periodo veraniego, reunión del club de lectura para debatir y poner en común aspectos del libro leído. En los últimos días de cada mes revisión de los movimientos de las cuentas bancarias a ver si se han cargado los recibos y todo está en orden. El segundo lunes de cada mes reunión con los colegas del grupo fotográfico para intercambiar experiencias y opiniones.

Arrancar y mover un poco una moto antigua o cortarse el pelo pueden ser tareas repetitivas a realizar cada dos meses, aunque en este periodo se pueden elegir fórmulas con una ligera complicación pero que también responden a una pauta, como por ejemplo quedar a comer con antiguos compañeros de trabajo los últimos martes de cada mes impar excepto el mes de julio por aquello de las vacaciones. Esta periodicidad da mucho juego aunque bien es verdad que alguno de los participantes tiende a olvidarse y hay que andar con el correo electrónico mandando misivas de recuerdo, que algunos son muy desmemoriados y además se niegan a recurrir a las agendas electrónicas, mientras haya otro que les avise…Y también hay eventos anuales, como es el «San Canfrán» que tiene lugar el miércoles de la semana en la que cae la fiesta de san  Isidro labrador.

Y me he dejado para el final una relacionada con la fotografía que acompaña esta entrada. Quienes hayan seguido de forma regular este blog sabrán que soy amigo de leerme de cabo a rabo los prospectos que acompañan a los cachivaches y archiperres que llenan nuestros hogares. Uno de ellos es la estación de planchado, cuyo calderín es conveniente limpiar cada dos meses. Yo lo hago tras el primer planchado de los meses impares. Me gustaría saber cuántas personas realizan esta tarea de forma regular si es que la realizan.  Basta con hacerlo una vez para darse cuenta de la importancia de la misma, si queremos mantener nuestro aparato en perfecto estado; otra cosa es que nos guste cambiarlo y la mejor manera muchas veces es dejar que se estropee.  En la foto se pueden apreciar los restos en forma de piedrecitas calcificadas que salen en la limpieza. Yo me quedo alucinado y el recuerdo de la imagen hace que no se me olvide esta rutina periódica bimensual.







domingo, 10 de julio de 2016

ASOMBRARSE




En cualquier momento puede surgir una idea que nos posibilite adentrarnos por una vía inexplorada de conocimiento que nos permita ir descubriendo cosas nuevas o diferentes aspectos de otras a las que no habíamos prestado atención. En una comida familiar esta semana, una cuñada me habló de un libro de Catherine L’Ecuyer titulado «Educar en el asombro». El título me pareció sugerente, por lo que tomé nota en mi teléfono móvil –ya pasó la época de llevar bolígrafo y papel– para evitar que la idea quedara relegada al olvido. Posteriormente, con tranquilidad y medios, léase internet, una exploración más a fondo permite descubrir nuevos mundos en los que adentrarse.

Asombrarse es sentir sorpresa, extrañeza o admiración ante algo inesperado. Lo de inesperado está en relación directa con la edad de cada uno; es muy común para las personas mayores el decir que ya no les sorprende nada pero para los niños, con todo un mundo por explorar y descubrir, todas y cada una de las pequeñas cosas que van surgiendo en su vida componen una situación novedosa que motiva su asombro y, lo que es importante, su interés y motivación por aprender.

Investigando sobre la autora antes comentada, tiene además otro segundo libro escrito titulado «Educar en la realidad». Madre de cuatro hijos, ha escrito numerosos artículos, participado en programas y medios sobre temas de educación y ha sido entrevistada en numerosas ocasiones en diarios y televisión. De todo ello tenemos cumplida información en su cuidado blog en el que liga con mucha intención otra palabra fundamental en la formación del niño: el apego.

A medida que vamos cumpliendo años y nuestro conocimiento se va llenando de sensaciones, perdemos progresivamente nuestra capacidad de asombro, lo cual a mi juicio no es bueno, porque ello conlleva una desgana en motivación e ilusión por descubrir cosas nuevas, por fomentar nuestra curiosidad, que como ya he dicho muchas veces, es el mejor antídoto para la vejez. Cualquier situación puede sugerirnos una nueva reflexión que nos permita ponernos en marcha en la búsqueda de nuevos conocimientos y nuevas sensaciones.

Anteayer esperaba pacientemente, más de media hora, la puesta de sol que puede verse en la fotografía que acompaña a esta entrada. Entre un cielo repleto de nubarrones negros y la línea del horizonte del mar solo quedaba un pequeño resquicio por el que podríamos ver el tránsito del astro rey un par de minutos a lo sumo. La espera mereció la pena para poder contemplar y disfrutar de un soberbio espectáculo, aunque la imagen no haga mucho honor a la escena. Un hecho tan cotidiano como este, que se repite machaconamente día tras día, puede ser el origen de mil y un pensamientos nuevos que nos lleven a cuestionarnos cosas que ya sabemos pero sobre las que podemos volver a reflexionar con otros puntos de vista y a la luz de nuevos conocimientos: la redondez de la Tierra, su movimiento rotacional, la distancia al sol, las noches y los días… Una pregunta para el curioso lector que a lo mejor no se ha planteado nunca: ¿Cómo es posible que cuando en el hemisferio norte es verano sea invierno en el hemisferio sur? Para incentivar la motivación y excitar el asombro, solamente recordar que la distancia de la Tierra al Sol es exactamente la misma para ambos hemisferios, con lo cual las radiaciones solares que llegan a la Tierra son idénticas.

Todas estas cuestiones enlazan con el asunto de la educación ¿Cómo puede un maestro o un padre motivar a un niño a aprender matemáticas?, una disciplina ardua y odiosa para la mayoría. El asombro puede venir en nuestra ayuda si encontramos formas de ilusionar que permitan iniciar la búsqueda y el aprendizaje por un convencimiento propio y no por una imposición. Según dice W. Edwards Deming, «las personas serán más creativas cuando se sientan motivadas principalmente por el interés, la satisfacción y el desafío del propio trabajo y no por las presiones externas». La clave está en despertar ese desafío interno que promueva un movimiento continuo hasta ser satisfecho. ¿Cómo me maravillaría yo? ¿Cómo conseguir maravillar a otros? No podemos olvidar que «Enseñar a quién no tiene curiosidad por aprender es como sembrar un campo sin ararlo», como bien nos dice Richard Whately. Y ya que hemos destapado la caja de los truenos de las matemáticas, una recomendación: «El diablo de los números», un libro precioso de Hans Magnus Enzensberger, una historia para amar las matemáticas.

Se pueden proponer muchas ideas acerca de todo este asunto, pero la básica y central podría ser el preguntarse uno mismo de forma continuada porque suceden las cosas, desde las más elementales hasta las más complejas. Le incito de nuevo con un hecho que me maravilla desde mis pasados estudios de biología. Haga la siguiente prueba, muy sencilla: con los ojos cerrados tóquese la punta de la nariz con el dedo índice de la mano derecha. ¿Acertó a la primera? ¿Se tocó un ojo, la frente o una oreja? ¿No le parece maravilloso? Pues si empezamos a pensar en todos los sistemas orgánicos, cerebro, sistema nervioso, músculos, etc. etc. que hemos empleado para culminar con éxito esta prueba nos podemos quedar asombrados y quizá nos dé por leer cuestiones sobre biología humana que ye le anticipo que son tremendamente interesantes. Jon Kabat Zinn, un autor con interesantes libros sobre psicología humana dice que «todo lo que nuestro cuerpo hace normalmente es maravilloso y extraordinario, aunque pocas veces se nos ocurre pensar en ello de esta manera».

Y para terminar, ya que estamos hoy con frases, recordar un par de ellas. De Charles Bukowski, la que dice que «el problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente estúpida está llena de certezas» y de Gilbert Keith Chesterton, «envejezco para todo menos para la capacidad de asombrarme». Asombrémonos, pues, todo lo que podamos y de forma cotidiana.




sábado, 2 de julio de 2016

PUCHERAZO




Demasiados ataques al diccionario en las últimas entradas, eso sí, solo a consultar y aprender, que nunca es tarde. El término elegido como título hoy tiene en el libro de los libros la acepción que iba buscando y que reza lo siguiente: «Fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos». Un tema de actualidad teniendo en cuenta que el pasado domingo 26 de junio de 2016 se han celebrado en España elecciones generales, las segundas en seis meses. Nunca hubiera pensado que en un país supuestamente avanzado en asuntos de democracia se pudiera «dar pucherazo», expresión también recogida en el diccionario y explicada como «computar votos no emitidos en una elección».

El asunto es que actuaciones que parecían inconcebibles salen a la luz día tras día, dando una imagen de la calaña de algunas de las personas que rigen nuestros destinos y que hacen que surjan dudas en cuestiones que antes se juzgaban como imposibles. El problema es que a fecha de hoy a mí me parece que algunos son capaces de eso y de mucho más.

Para muestra vale un botón. En un vídeo de cinco minutos, en inglés pero con subtítulos saltarines en castellano, a disposición de quién esté interesado en la plataforma Youtube y accesible a fecha de hoy mediante este enlace, un informático norteamericano explica ante los jueces como hace años realizó por encargo de su jefe un programa para alterar los resultados de las elecciones en el estado norteamericano de Ohio. Él dice que es muy fácil y yo, que llevo más de cuarenta años trasteando y codificando programas informáticos, digo lo mismo. ¿Quién controla esto?

Es casi imposible en una mesa electoral dar pucherazo. Se tendrían que poner muy de acuerdo el presidente, los vocales, los interventores si existen e incluso el público que puede voluntariamente asistir al escrutinio. Pudiera ocurrir, pero es altamente improbable. Se confecciona el acta, la firma todo el mundo y se lleva al juzgado. ¿Quién o como se garantiza que el papel que recibe el juzgado es físicamente el mismo que se ha generado en la mesa de votación? ¿Se puede dar el cambiazo? En todo caso este proceso tampoco sería muy viable para alterar los resultados, ya que intervienen muchas personas, muchos juzgados y sería difícil hacerlo de una forma generalizada para que surtiera efecto.

A continuación, los datos procedentes de las actas en papel son introducidos por diferentes formas en los ordenadores centrales de… ¡una empresa que se encarga de procesar todos los datos del entramado electoral! Ni siquiera es el propio Ministerio correspondiente sino que se contrata un servicio externo. ¿Qué controles se dan en esta contratación? ¿Se verifica el funcionamiento correcto de la empresa contratada, sus procesos y sus programas informáticos? ¿Existe alguna auditoría que compruebe la exactitud de los procesos y los datos? Realmente desconozco si hay respuesta a estas preguntas o solo se trata de una cuestión de confianza.

Retrotrayéndonos al pasado, en los años setenta del siglo pasado tuvo lugar la explosión de los procesos bancarios; los recibos que antes se pagaban al cobrador que iba casa por casa empezaron a domiciliarse en cuentas y lo que eran tres o cuatro relativos a los servicios básicos, se han convertido en la actualidad en una montonera de pagos mensuales, bimensuales, trimestrales, semestrales o anuales que asusta. Basta con echar un vistazo a los movimientos de la cuenta bancaria de cualquier persona normal para ver el número ingente y creciente de recibos que pagamos a través del banco. En mi caso y en la carpeta donde guardo los justificantes de los cargos, extractos y demás relativa al pasado año 2015 hay 259 justificantes.

A modo de ejemplo que pudiera guardar cierta similitud, ocurrió algunas veces en aquellas épocas que avispados informáticos realizaron triquiñuelas en sus programas para detraer algunos centimillos en ciertas operaciones como por ejemplo los abonos de intereses, antes cuando había, o en función de ciertos condicionantes como la edad de las personas, la inmovilidad de las cuentas u otros para desviar esos céntimos a otras cuentas de forma que muchos pocos hicieran un mucho y conseguir lucrarse de manera ilícita. Algunos casos salieron a la luz y otros no, pues suponían una muy mala imagen para los bancos que preferían lavar los trapos sucios de forma interna y solucionarse sus problemas sin dar que hablar a la opinión pública.

Otro ejemplo que se me ocurre tiene lugar con frecuencia cuando vamos al supermercado. Llenamos el carro de cosas y pasamos por caja, donde nos dan un tique con la cuenta. Mucha gente ni lo mira, paga con la tarjeta y sale zumbando, otros repasamos por encima los artículos y los precios por aquello de detectar errores o falsas ofertas, pero… ¿quién revisa la suma a ver si es correcta? Como está hecha por una máquina, nos fiamos, pero las máquinas y los ordenadores se programan, pueden existir errores sin querer pero también queriendo. Tengo que decir que yo he comprobado en algunas ocasiones estas sumas y están correctas, pero eso no significa nada, porque si el error es intencionado, uno de los requisitos que todo malhechor sabe es que sea intermitente para hacer más difícil su detección. Por ejemplo, en los minutos 17, 35 y 55 de cada hora, el ordenador añade 10, 20 o 30 céntimos «de clavo» a la cuenta, lo que seguramente pase desapercibido.

Nos fiamos mucho de las personas y de las máquinas, demasiado en algunos casos, porque la realidad nos demuestra día a día que ciertos cargos, ciertos uniformes, ciertas empresas y ciertos programas informáticos no son de fiar e incluso pueden estar ejecutando acciones intencionadamente erróneas en su propio beneficio.

Volviendo al tema que nos ocupa, hay cierta actividad sobre este asunto en estos días, pero evidentemente fuera de los canales oficiales. Los grandes medios no se ocupan de esta posibilidad, que es descabellada para el común de los mortales: somos un país serio y estas cosas no pasan. En todo caso, el problema sería como verificar si todo está correcto, como hacer una mínima auditoría. Hay alrededor de 66.000 mesas electorales en España, lo que supone otras tantas actas que estarán depositadas unos meses en los juzgados. Comprobar que las actas son las correctas y que sus datos están correctamente reflejados en el «ordenador» de la empresa que se ha encargado del asunto es harina de otro costal y tarea más que ardua.

Si quiere Vd. seguir adentrándose en este tema de ciencia ficción, le propongo un par de vías a explorar. Una, que es la primera vez que las encuestas realizadas a pie de urna presentan una desviación tan grande y desproporcionada como la que ha tenido lugar. Otra, que la empresa que se ha encargado del escrutinio en junio de 2016 no ha sido la misma que lo hizo en las elecciones del pasado diciembre de 2015 y además parece que el cambio se ha decidido sin muchos controles tan sólo un mes antes de las elecciones. Lo malo de todo este asunto es que, probablemente sin razón, a mí me entra la duda.
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domingo, 26 de junio de 2016

ESTILOGRÁFICAS




Si nos aproximamos al diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua Española buscando la entrada «pluma», accederemos a un sinfín de descripciones, hasta diecinueve en estas fechas de junio de dos mil dieciséis, algunas de ellas ciertamente curiosas por desconocidas, como por ejemplo «cada una de las virutas que se sacan al tornear», «pieza del cerdo posterior a la presa» o «ventosidad, pedo». Una de ellas, aclarada posteriormente es la de «pluma estilográfica» que se describe como «pluma de escribir que lleva incorporado un depósito recargable o un cartucho para la tinta». En lo de cartucho se ve que el diccionario está puesto al día…

Una de las cosas que recuerdo de mi infancia es la escritura de mi padre, que era preferentemente con estilográfica. Tanto en casa como en la oficina en la que trabajaba por las tardes, la herramienta de escritura preferida era la pluma. Esto escribía hace años en otra entrada de este blog

Escribía siempre con pluma y con una letra antigua y preciosa. La gustaba mucho escribir, con lo que en casa hay montones de papeles con notas, cuentas y anécdotas. En plena época de las máquinas de escribir, con motivo de tener que redactar alguna instancia o documento oficial, le requería para que me la escribiera, para presentarla con todo orgullo en el registro oficial donde sorprendía por el hecho de que fuera escrita a mano y además con esa letra tan característica.

Cuando ya contaba con algunos años, le pedía que me la prestara para escribir parte de mis deberes y con lo que recuerdo que disfrutaba sobremanera era con la operación de carga desde el tintero. Accionar el émbolo de goma, varias veces, con lo que se cargaba y descargaba, era como un juego con el que disfrutaba mucho y que en alguna ocasión me ocasionó alguna reprimenda porque, ya se sabe, «con las cosas de escribir no se juega». En la oficina en la que coincidí con él entre mis trece y mis diecisiete años también yo tomé la costumbre de utilizar la pluma, aunque mis cometidos eran más de realizar con la máquina de escribir. Desde entonces la pluma estilográfica ha sido un objeto lejano para mí y mucho más en los últimos tiempos en que lo que se escribe se teclea directamente en el ordenador. De hecho yo creo que gran parte de los adultos hemos perdido la costumbre de escribir a mano, ya que el correo postal ha caído en desuso al ser sustituido por dispositivos electrónicos que facilitan la rapidez y la inmediatez. Y más ahora donde ya no se teclea sino que se habla directamente para que la máquina lo escriba, con algunos errores, pero poco a poco los sistemas se van perfeccionando de forma sorprendente.

En algunas clases a las que asisto en los últimos años gusto de tomar apuntes a la antigua usanza, aunque por comodidad lo hago con bolígrafos de esos de gel modernos que permiten una fluidez espectacular. En la última clase recuerdo que llené 13 caras de notas, hecho que me sirve de base para el comentario central de esta entrada. Hay alumnos que toman las notas directamente en tabletas u ordenadores, lo que les permite una mayor velocidad, amén de que cuando acaba la clase ya lo tienen todo archivado en el ordenador de forma electrónica. Yo en cuanto llego a casa lo paso por el escáner y lo guardo pero en formato imagen lo que no permite su modificación para ampliar conceptos. Otra práctica realizada por algunos y que yo también he probado aunque no me gusta, es grabar la disertación del profesor en el teléfono móvil y luego en casa ir transcribiendo al ordenador, con la posibilidad de parar la charla si no nos da tiempo a tomar todas las notas que deseamos: la tecnología a nuestros pies y a nuestro servicio.

En mi pasado cumpleaños mi mujer me regaló una pluma estilográfica, grabada con mi nombre y mi fecha de nacimiento, preciosa, sencilla, agradable al tacto y con la que sobreviene un cierto placer en su utilización. Pero… en casa yo no tengo nada que escribir con lo que su uso es muy esporádico y casi forzado. Este modelo es de las de cartucho y coincidió que puse un cartucho nuevo antes de la última clase. La carga de ese cartucho me duró exactamente las trece caras de apuntes tamaño A-4 que tomé en la clase. Menos mal, porque no llevaba otro de repuesto pensando que duraría más, nunca había escrito tanto y tan seguido en los últimos tiempos. De vuelta a casa verifiqué que solo me quedaba un cartucho de la caja de cinco que venían en el embalaje original del regalo.

Se imponía la adquisición de respuestos, para lo que me dirigí a una papelería de la localidad donde me informaron debidamente que esa marca utiliza únicamente repuestos originales, que hasta donde ellos sabían no había compatibles y que el precio de la cajita conteniendo cinco cartuchos era de 3,40 euros. Aunque me parecía una enormidad, adquirí uno e inmediatamente, uno que es así, deduje que la toma de apuntes, las doce más una caras de A-4 me habían costado en el apartado de tinta la friolera de 0,70 euros, que parece una nimiedad pero…«si mi padre levantara la cabeza con sus pesetas…»

He indagado en otras papelerías locales y en superficies más grandes y el precio oscila entre 3,40 y 3,70 euros. Por internet he llegado a descender hasta 2,99 euros pero hay que añadir los costes de envío si solo vamos a pedir eso. Me resisto a este consumismo de desechables por la comodidad a un precio exorbitado. Indagando en foros y empresas de papelería, he visto que existe la posibilidad de utilizar cartuchos recargables de la marca, con su émbolo o pistón que no queda claro, de forma que pueda volver al clásico tintero y retomar las operaciones que tanto me divertían cuando era pequeño, amén de ahorrarme unos eurillos para retomar el placer de escribir con estilográfica.



domingo, 19 de junio de 2016

DESPLAZAMIENTO




El realizar a diario el mismo trayecto conduciendo en solitario un vehículo particular puede llegar a ser tremendamente aburrido, especialmente si uno no comulga mucho con este tipo de desplazamientos regulares pero no queda otro remedio si la alternativa que pasa por utilizar el transporte público convierte un trayecto de cuarenta minutos en uno de más de dos horas. Y dejemos claro que esto es tanto a la ida como a la vuelta, con lo que no es de recibo invertir casi cuatro horas y media diarias en un viaje para laborar siete. Puede considerarse un caso especial motivado por que los transportes entre la periferia de la gran ciudad son prácticamente inexistentes y todo trayecto pasa por alcanzar la ciudad y volver a salir de ella.

Esta semana me he dedicado un par de días a transitar académicamente tanto a la ida como a la vuelta los 50 kilómetros que aproximadamente separan mi domicilio de la sede de la empresa en que presto mis servicios. Por lo indicado en el párrafo anterior, se puede deducir que utilizo algunas carreteras locales para el desplazamiento, y también otras de circunvalación. Con lo de «académicamente» me refiero a respetar escrupulosamente todas las señales de tráfico, especialmente las limitaciones de velocidad, una cuestión que no es nada fácil llevar a cabo. Es una manera de entretenerse en el viaje y en este sentido recuerdo otro entretenimiento que intenté y conseguí hace unos años en un trayecto de características muy similares y que consistió en llegar desde mi domicilio al centro de trabajo sin tocar en ningún momento el freno del coche. Lo conseguí en un par de ocasiones de varios intentos, ya que en esta operación de «no frenar con los frenos» y «sí controlar con el motor del coche» se depende muy mucho de las condiciones del tráfico, de lo que hagan los demás conductores y de unos semáforos que encontraba al principio y al final el trayecto que frustraron, ellos solitos y en el caso de la llegada, algunos de mis intentos.

Los coches modernos aportan soluciones tecnológicas en esto del control de la velocidad. El mío actual dispone de una pantalla táctil, como la que se ve en la imagen, donde se pueden establecer seis valores prefijados, tanto de velocidad como de limitación, para gobernar de forma automática el coche. Tardan un tiempo en responder, en ambos casos, por lo que en las operaciones de aceleración y frenado no las he utilizado para ajustarme a las velocidades indicadas en los diferentes tramos por los que circulo en este viaje y que a continuación comento. Es pertinente añadir que el velocímetro del coche marca de forma algo inexacta la velocidad, por lo que le he calibrado con dos GPS de confianza, además de con mi teléfono, y por ello los límites que pueden observarse en la imagen son, por ejemplo, de 103 kilómetros por hora para conseguir 100 kilómetros por hora reales.

Añado que el tráfico a las horas que voy es fluido y permite atender escrupulosamente la señalización. El primer tramo de 14 kilómetros transcurre entre dos localidades. Es una buena carretera local, con arcén, pero con un trazado delicado de curvas y cambios de rasante, limitado en general a 90 km/h. En este caso estimo que es la velocidad adecuada al trazado, aunque en algunos momentos puntuales de rectas o curvas amplias pudiera circularse más deprisa con seguridad. A lo largo de este tramo hay varias entradas a urbanizaciones a uno y otro lado con límite a 60 y algunas rotondas limitadas a 40. Bajar a 60 varias veces, bueno, pero lo de bajar a 40 para negociar las rotondas, amplias y con buena visibilidad es un dolor y pocos conductores lo hacen.

La localidad comentada se circunvala y hasta la siguiente localidad hay un nuevo tramo de 16 km. Características similares aunque ya sin acceso a urbanizaciones, buen trazado y firme, pero con prohibición durante todo el tramo de efectuar adelantamientos. La velocidad máxima a 90 km/hora me parece correcta para el tipo de vía y sus condiciones.

Pero ahora viene lo bueno. Los siguientes 12 kilómetros, entre esta localidad y el acceso a una vía de circunvalación de la gran ciudad, son una autovía moderna, perfecta, bien trazada, con buen firme y buenas condiciones, pero limitada a 100 km/hora. E incluso en un corto tramo en los que hay unas curvas y un puente, la limitación baja a 80 Km/hora. ¡En una autovía! Lo que ocurre cuando yo he circulado a reglamento es que salvo tres coches un día y dos otro, el resto me adelantan a más velocidad y algunos, como se dice en el argot, «como balas», las limitaciones no van con ellos, ni siquiera en el tramo de 80, que hay que decirlo, es donde se coloca en algunas ocasiones un «pájaro azul y amarillo» que desde el cielo extenderá, supongo, las correspondientes «recetas» a estos chicos y chicas díscolos. Francamente no comparto el establecimiento de la velocidad a 100 pero eso es lo que ponen las señales.

Y llegamos al último tramo de unos 8 kilómetros por una gran vía de circunvalación de una gran ciudad limitado a 120 km. por hora. Hay más tráfico y sin contar a los vehículos pesados, algunos aunque muy pocos respetan la velocidad, yendo siempre un poquito por encima de lo permitido. Y en un tramo que hay un túnel y la velocidad que da en 100, más de lo mismo, se aminora un poco la velocidad, pero no todo lo establecido por la ley.

De todo lo expuesto, yo deduzco que las limitaciones establecidas, en alguno de los casos como en la autovía y la autopista están puestas asumiendo que algunos van a circular «por encima». Entenderán que si suben, en el caso de la autovía de 100 a 110 o 120, algunos van a ir ese poquito por encima y eso puede ser peligroso. Pero si esto es así, ¿Qué ocurre con los que cumplen? Por todo ello, mi opinión es que las señales están para cumplirlas, académicamente, y la autoridad competente, en este caso la Guardia Civil de Tráfico, debería de hacer todo lo posible, con los medios educativos o intimidatorios que sean necesarios, porque se cumplan. Y si no es así…retirarlas o cambiarlas. Por similitud, en la zona donde trabajo, con problemas de aparcamiento, hay una zona cercana a la oficina con señales de prohibido aparcar que a media mañana está hasta los topes. Cuando yo llego a primera hora hay sitio en ella, pero me desplazo un poco hasta una zona permitida. Como observo, día tras día, que no hay «consecuencias» para los infractores, la pregunta es obvia: ¿Debería yo aparcar también en esa zona prohibida? Y si se consiente, insisto en que es día tras día, que se aparque en ella… ¿por qué no se retiran las señales de prohibido?




domingo, 12 de junio de 2016

MERCADOTECNIA





Buena palabreja donde las haya, pero es que las de «publicidad» y «propaganda» ya han sido utilizadas como título en este blog y no es cuestión de repetirse, que la lengua española es muy rica en sinónimos. Y de paso una visita al diccionario para ver que mercadotecnia se refiere al «conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda». Digamos que los principios, aunque hay que tenerlos, no me importan mucho para el comentario de esta entrada mientras que por el contrario las prácticas es el apartado en el que puesto mayormente mi atención. Se trata por todos los medios que el consumidor consuma un determinado producto y para ello hay que llegar a él por todos los medios posibles. A lo largo de los últimos años la propaganda se ha diversificado y se ubica en numerosos medios escritos, radiofónicos, televisivos, y en la red.

Recuerdo que hace unos años hubo una campaña para retirar los anuncios que en grandes paneles proliferaban en los laterales de las carreteras; se pretendió que podían despistar a los conductores y provocar situaciones de accidente. Hasta el más famoso de los anuncios de carretera, el conocido «toro» de Osborne se vio amenazado por la voracidad eliminatoria de la administración y aunque al final fue digamos indultado, creo que algunos de ellos desaparecieron.

Como pasa con todo, el tiempo da y quita razones y aquello se nos revela ahora como una renovación de las concesiones ya que las carreteras vuelven a estar pobladas de paneles con anuncios. Qué ocurre, ¿es que ahora no despistan a los conductores? Y es que además, por si fuera poco, muchos de ellos no son estáticos sino que son verdaderas pantallas gigantes que te saltan a la vista con anuncios cambiantes a los que es muy difícil resistirse a mirar, lo cual sí que es peligroso. Supongo que habrá normativa relativa al tipo de imágenes y la movilidad de las mismas que se puedan utilizar en este tipo de anuncios pero ya se sabe que las normas están para saltárselas porque siempre es más barato pagar la multa correspondiente si llega a imponerse y la comparamos con los beneficios obtenidos.

Ciertas prácticas deberían estar prohibidas y retiradas de la circulación. Cuando ya se habían conseguido eliminar gran parte de los anuncios destinados a los automovilistas, vuelve y con fuerza; es de suponer que como en todo existe un trasfondo económico muy poderoso que fomenta esta actividad y máxime ahora con las enormes posibilidades que suponen las pantallas cuyo contenido se puede cambiar a distancia y adecuarlo en función de los parámetros que se estimen oportunos. Cuando antaño eran estáticos, teníamos la garantía de que si pasábamos todos los días por el mismo punto, el anuncio era el mismo durante meses, ya que su sustitución a base de papeles pegados por operarios era bastante costosa.

Pero la clave de esta entrada me ha surgido en las propias carnes por una práctica que aunque ya no es muy utilizada sí que surge de vez en cuando sobre todo a niveles locales. Me refiero al uso de papeles sujetos a los limpiaparabrisas del coche. Supongo que serán campañas pero llevo ya unos días, quizá semanas, que cuando acudo a recoger mi vehículo tras el trabajo me tengo que molestar en retirar la propaganda de un restaurante que han abierto en la zona. Todos los días lo mismo, ya me lo sé de memoria desde el primer día y lo que consiguen en lugar de que me entren ganas de ir a él, es un cabreo mayúsculo y que le ponga la cruz de por vida.

¿Qué piensa Vd. que ocurre con esos papeles de propaganda? Yo me molesto en recogerlos y cuando llego a casa los pongo en la bolsa que tenemos para el reciclado de papel. Pero la mayoría de los conductores o bien no lo retiran del parabrisas, con lo que se vuela al poco tiempo de iniciar la marcha o, lo que es peor y lo he visto con mis propios ojos, lo cogen y sin siquiera leerlo lo tiran al suelo. Los alrededores de la zona donde aparco están llenos de estos restos.

Pero hay otro peligro en este asunto: que llueva. Como se puede ver en las dos fotografías, numerosos coches de la zona han quedado marcados como si fueran reses por unas manchas blancas resultado de haberse quedado pegadas al cristal las tintas de los papeles de propaganda. Y hay que decir que cuesta mucho quitarlos, teniendo que emplear una rasqueta, agua caliente y un buen rato de dale que te pego, acordándose del restaurante de marras, la clínica que ofrece tratamientos, el gimnasio cercano o establecimientos similares.

Como digo, ciertas prácticas deberían estar prohibidas, de forma rotunda y tajante. Si la policía municipal pasa por una zona donde muchos coches están «atacados», debería haber una ley que les permitiera tomar una fotografía, retirar esa propaganda de uno de los vehículos y personarse en el comercio o empresa correspondiente para levantarles un acta sancionadora y obligarles a que pasen por todos los coches y retiren las hojas. El suelo de los alrededores y los servicios de limpieza de la zona se lo agradecerían y los conductores, al menos los que piensen como yo, también. Pero como todo en esta vida tiene dos caras, las imprentas que se dedican a este tipo de anuncios no se alegrarían tanto.


domingo, 5 de junio de 2016

VEJEZ




Cuando uno ha superado ciertas fronteras vitales y quemado, casi, la etapa laboral tal y como se entiende actualmente, es bueno poner el magín a dilucidar qué hacer en el futuro, donde en teoría el tiempo libre se incrementará de manera significativa, eso sí, acompañado de una merma en los ingresos que pueden condicionar las decisiones, aunque también existen en este momento, aunque peligran de cara al futuro, ciertas facilidades para los mayores en lo que se ha dado en llamar el estado del bienestar en temas como asistencia a museos, viajes, excursiones, vacaciones, obras de teatro, etc. etc.

Los cambios vertiginosos a los que no estamos acostumbrados pero que se producen de un día para otro están cambiando de forma profunda los usos sociales. Hasta no hace muchos años, incluso ahora, la educación en nuestra época de adolescentes y jóvenes se preocupaba principalmente de dotarnos de herramientas y conocimientos para incorporarnos al mundo laboral. Para nada esta educación contemplaba la inevitable fase posterior, tras la jubilación, que bien es verdad y por lo general en caso de los hombres solía durar muy poco, pues las expectativas de vida no eran como ahora y la percepción de habernos convertido en ciudadanos inservibles, «abuelos», aceleraba nuestro abandono de este mundo.

Según estadísticas, los españoles tenemos en estos momentos una media de dieciocho años de vida tras nuestro retiro. Son muchos años para estar mano sobre mano, por lo que ya que no nos llenaron la mochila en nuestra época de estudiantes para afrontar con garantías esta etapa, bien haremos en procurarnos por nosotros mismos entretenimientos y actividades en las que emplearnos que nos permitan transitar por esta etapa de la vida con suficientes mimbres para mantener un interés y una curiosidad que alejen de nosotros la monotonía y el aburrimiento.

Siempre se aprende de la historia. Y en este asunto lo mejor es observar a los que nos rodean o han rodeado de nuestras propias familias y amigos para ir tomando nota de, sobre todo, lo que no debemos de hacer. Por otro lado, y teniendo en cuenta como se negocian por parte de nuestros políticos los montantes dedicados a nuestras coberturas futuras, léase pensiones, más vale que nos planteemos ciertas cuestiones con la suficiente antelación para no tener que sufrir situaciones adversas cuando ya no tengamos capacidad de reacción. Cada vez se habla más de una «vejez activa y productiva» que permita llevar una vida placentera siempre que la salud nos lo permita.

Conozco varios ancianos que pasan el día somnolientos o, como dicen ellos, despiertos con los ojos cerrados, sin nada que hacer. Bien en sus casas o en residencias, sus aficiones y su vida no les han dotado de entretenimientos que les permitan desarrollar actividades gratificantes, con lo que toda actividad es una televisión emitiendo imágenes y sonidos a la que no prestan atención pero no apagan. Cuando tienen la oportunidad de hablar con alguien, familiares o amigos, su comunicación es reiterativa hasta la saciedad, repitiendo una y otra vez los mismos hechos, muy pocos hechos, que por lo general versan sobre lo mal que está el mundo, lo que han sufrido en sus tiempos y sus problemas físicos y los de los que le rodean. Y esto lo digo por experiencia propia, pues aunque he reiterado hasta la saciedad a mi madre que no me hable de historias y problemas de gente que no conozco, su conversación trata únicamente de estos temas, los mismos, una y otra vez. Es mi madre y no me queda más remedio que estar con ella en las visitas y lidiar como puedo con sus mensajes.

Nuevamente me tengo que referir al extraordinario curso sobre los Desafíos y Retos del Siglo XXI que estamos a punto de finalizar bajo las extensas explicaciones del profesor Antonio Rodríguez de las Heras. Nos comentó una de sus metáforas que son de lo más acertadas. Nos mostró una serie de anuncios de los años 50-60 del siglo pasado en España, donde se podía ver siempre a la mujer en un entorno hogareño en su papel de casada y eficiente compañera del marido, en actitudes a todas luces que hoy en día están pasadas de moda. La mujer en aquella época era considerada como era considerada y más si recordamos que en España hasta los años treinta no podía ejercer su derecho al voto y hasta bien entrados los setenta necesitaba el permiso de su marido para abrir una cuenta bancaria. Las mujeres de aquella época estaban en «estado de exclusión social». Pues bien, ahora, los ancianos, viejos, abuelos, tercera, cuarta o quinta edad, son considerados de similar manera, personas que están entre nosotros pero que… estorban. Se obvian sus papeles de consumidores como los que más, de cuidadores, de hacedores de recados y solo se pone el foco en que ya han cumplido su papel y, como se hacía antes en las sociedades de cazadores recolectores, lo que deberían hacer es retirarse al bosque para finalizar sus días. De forma parecida ahora, los mayores están en «riesgo de exclusión social».

Cuando pueden llegar tiempos en que la movilidad de las personas se vea reducida y comprometida, hay que recordar que se puede escribir un blog, leer un libro, se puede conversar por Skype o similares, se pueden realizar cursos MOOC por internet… entre otras actividades enriquecedoras que permitirán al mayor seguir teniendo un proyecto de vida con ilusiones por seguir en este mundo el máximo tiempo posible. Pero como todo, se necesita una educación y entrenamiento para esta etapa que la sociedad hoy por hoy no proporciona ni fomenta y que habrá de buscarse cada uno por su cuenta. Y ¡ay! de aquellos que no lo hagan.

El número de personas mayores va en aumento en sociedades que no les valoran y que no pueden o no quieren invertir en ellas. Ante esto solo queda apelar a la imaginación y evolucionar adaptándonos a los tiempos: como estemos esperando que otros, incluso nuestros familiares, se preocupen y ocupen de nosotros, estamos listos.



domingo, 29 de mayo de 2016

SOPORTES




Se estima que hace algo más de siete millones de años, las crías de unos chimpancés presentaron rasgos ligeramente diferenciados a los de sus progenitores, lo que supuso los inicios de una nueva especie que ha derivado en lo que hoy somos los humanos. Los esqueletos más antiguos hallados de esta larga etapa se cifran en una antigüedad superior a los tres millones de años, siendo una genuina representante de los mismos la conocida como «LUCY» a la que dedicamos una entrada en este blog en octubre de 2015. «Las palabras se las lleva el viento» y por ello no quedan registros de la evolución del lenguaje desde los sonidos guturales que hoy en día exhiben los chimpancés y afines hasta el habla humana. La transmisión oral de pensamientos e ideas se pierde en la profundidad de los tiempos y se supone que era suficiente en las pequeñas bandas de cazadores y recolectores que formaban los grupos humanos.

En algún momento hace cuarenta mil años, algunos homo neanderthalensis o sapiens sintieron la necesidad de plasmar esas ideas en un soporte de forma que adquiriesen una materialización que perdurase en el tiempo una vez ellos no estuvieran presentes y pudieran ser contempladas o aprendidas por otros seres. Me estoy refiriendo a las primeras pinturas denominadas rupestres en las que aparte del mayor o menor arte del autor y de los materiales empleados, era necesario un soporte que en este caso se trataba de la piedra de los techos o paredes de las cavernas o refugios en los que moraban. Me he quedado sobrecogido al contemplar algunas de estas expresiones en cuevas de Cantabria, por desgracia no en la original Altamira, o en sitios especiales como el barranco de la Valltorta en Castellón.

Con la transformación en sociedades agrícolas y el nacimiento de las ciudades, las necesidades de registrar fehacientemente las cosas propiciaron uno de los mayores inventos de la humanidad: la escritura, que apareció de forma concurrente en varias zonas del planeta, siendo las más antiguas manifestaciones las sumerias registradas sobre un soporte imperecedero y, muy importante, transportable: las tablillas de arcilla, que una vez cocidas eran muy perdurables, habiendo llegado algunas de ellas hasta nuestros días. Una vez visto que la palabra y las ideas podían ser plasmadas dejando testimonios para la posteridad, la elección de los soportes ha sufrido una continua evolución.

Dos mil años antes de Cristo, la civilización egipcia optó por el papiro, fabricado a partir de la planta del mismo nombre y que permitía fabricar rollos continuos más o menos largos que se enrollaban en torno a varillas de madera.

Los romanos utilizaron un soporte más volátil para sus transacciones diarias como eran las tablillas enceradas, pero se cuidaron de dejar textos para la posteridad en la piedra de muchos monumentos o piezas de bronce o metal. También otras manifestaciones artísticas habían ido quedando en madera, hueso o incluso telas como la seda u otras.

Es en la ciudad griega de Pérgamo y alrededor de trescientos años antes de Cristo cuando los griegos empezaron a utilizar el pergamino para dejar constancia de hechos y opiniones. Realizado con piel de animales permitía una encuadernación a base de coser sus lomos en una anticipación de lo que podríamos considerar un libro. Durante mucho tiempo este soporte, el pergamino, fue utilizado como base de escritos y códices, permitiendo el progreso del conocimiento y el avance de la civilización.

Pero se debe a la cultura china, doscientos años después de Cristo, el descubrimiento del papel, que fue dado a conocer en la cultura occidental hacia el año ochocientos de nuestra era al ser importado por los árabes. De menor durabilidad y consistencia que el pergamino, su facilidad de fabricación y su menor coste hizo de él un soporte por excelencia, que adquirió una profundidad excepcional con la invención de la imprenta por Gutenberg al permitir la generación de un número indeterminado de copias que podían llegar a cualquier rincón del Globo.

El papel sigue plenamente vigente hoy en día como soporte básico para todo tipo de comunicaciones, pero no hace muchos años en esta línea del tiempo que venimos comentado aparecieron otros soportes denominados magnéticos: con la ayuda de un ordenador podíamos dejar constancia de nuestras ideas en discos duros o en CD's, DVD's y ahora más recientemente en «pendrives», tarjetas de memoria o incluso en el propio teléfono móvil. Pero una idea que conocimos hace años de la mano de un libro de Enrique Dans titulado «Todo va a cambiar», referenciado en la entrada «VERTIGINOSOS» de este blog, hablaba de la disociación entre el continente y el contenido, entendiendo como continente la hoja de papel, el disco o el celuloide y como contenido lo que realmente está escrito o grabado y las ideas que se nos quieren transmitir. Hasta hace muy poco, ambos conceptos estaban indisolublemente unidos siendo necesario disponer de forma física del soporte-continente para poder acceder a su contenido.

La digitalización ha permitido que los contenidos, esas series de ceros y unos grabados en algún soporte magnético, sean consultados a través de dispositivos desde cualquier parte por esa maravilla que es la red. Se habla de que los contenidos están en la «nube» y solo hace falta un acceso y una prótesis para consultarlos y disfrutar de ellos en cualquier parte del mundo, incluso ponerlos en papel si lo deseamos y disponemos de una impresora. No hacen falta copias físicas materiales para que una idea se difunda a los cinco continentes en un santiamén. Las tablillas que los escribas sumerios confeccionaban pacientemente eran únicas pero lo que escribe hoy cualquiera en el teclado de un ordenador y pone a disposición general es repetible casi infinitamente de forma instantánea. El último soporte por ahora es una pantalla donde podemos visualizar enormes cantidades de información.


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