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domingo, 29 de enero de 2017

IDENTIDAD



Escribía en noviembre de 2014 en la entrada de este blog titulada «CLAVES» el siguiente párrafo: «El tener el usuario de correo como identificativo en varios sitios y a la vez la misma contraseña es un peligro». Tres años antes, septiembre de 2011, había escrito «CONTRASEÑAS» donde se hablaba del mismo tema y se comentaba una solución electrónica y elegante de las muchas que hay para solventar este preocupante tema, al menos para mí pero que parece que ni quita el sueño ni preocupa al común de los mortales. Pero pasan los años y…

Esta semana me he acercado a casa de un amigo, todavía lo es, para tomarme un agua con gas y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid echar un vistazo al ordenador porque tenía problemas con unos vídeos que le habían mandado a través de una de «esas» «nubes». No podía verlos porque le pedía instalar un programa y no quería hacerlo y tampoco podía descargarlos porque eran de gran tamaño y no podía transferirlos a su «nube» personal, ya que le «decía» el ordenador que no tenía suficiente espacio en la misma.

No voy a entrar en el asunto de los amigos, las cervezas y lo de mírame-esto-que-me-pasa-en-el-ordenador porque es un tema muy manido y al que ya me he referido en varias entradas de este blog. Solo como apunte, no sé si la gente llama a su amigo pintor y le invita a tomar una cerveza como excusa para que, de paso, le pinte la casa o al amigo mecánico para que le arregle una avería del coche. Dejemos este tema que me enciende. Una historia plástica y divertida sobre este asunto en este enlace.

El caso es que de los hechos que ocurrieron en esa visita se pueden sacar experiencias y conclusiones interesantes que voy a intentar de dejar plasmadas aquí. Mi amigo recibe un correo del autor de los vídeos diciendo que para que pueda verlos va a compartir con él una carpeta en una conocida nube que vamos a denominar de ahora en adelante NubeBOX. Para ello, en el correo viene un enlace que lógicamente mi amigo pulsa, ya que se fía completamente del remitente. Ante esta acción de pulsar, yo le pregunto: ¿Tú tienes una cuenta tuya personal en NubeBOX? La respuesta es muy significativa: no lo sé. Esta respuesta evita la siguiente que es conocer si recuerda la clave de acceso, ya que si no sabe si tiene una cuenta mucho menos va a ser capaz de recordar la clave.

Pero mi amigo, ni corto ni perezoso, con total desparpajo, va y me dice que no hay problema, ya que la clave que utiliza para TODO es SIEMPRE LA MISMA. Y no contento con afirmar esto con toda tranquilidad y sin despeinarse —aunque esto no es posible dada su cantidad de pelo— va y me dice la clave que es «lavr757r». Me la repitió varias veces y no se me ha olvidado, entre otras cosas porque las letras son sus iniciales y el número tiene también un trasfondo que no voy a desvelar aquí. ¡Me quedé alucinado!

Delante de él y dado que tenemos absoluta confianza, en su propio ordenador, me puse a los mandos e intenté acceder a su correo de Gmail con esa clave, cosa que hice sin problemas. A continuación y por si acaso la tenía, intenté acceder a una supuesta cuenta en la nube NubeBOX con esa misma clave y… ¡éxito! Para liar un poco la cosa, inicié la operación de cambio de clave en la nube, puse otra muy parecida y como el mecanismo que utilizan las empresas para la recuperación de claves es mandarte un correo electrónico y yo tenía acceso al mismo, cambié y autoricé la nueva clave. Vamos, que en cinco minutos podría haber montado un desaguisado de tamaño descomunal, por ejemplo cambiando la propia clave de su correo electrónico y de esta forma tener acceso a suplantar a mi amigo, operación muy peligrosa y que utilizan los ciberdelincuentes para operaciones generalmente desagradables y cuando menos costosas en términos monetarios para nosotros.

Antes de seguir adelante con este asunto, recomendar la lectura del apartado de «Historias reales» en la página web de la Oficina de Seguridad de Internauta, página muy interesante así como la oficial del Instituto Nacional de Ciberseguridad – INCIBE, en las que deberíamos curiosear de vez en cuando para estar enterados y al día de lo que se cuece por este mundillo de la seguridad informática. Nos creemos que no va con nosotros, pero estamos muy, pero que muy, equivocados.

Pero volviendo al caso de mi amigo… ¿Cómo es posible que tenga una cuenta en NubeBOX» y no sea consciente de ello? En determinadas ocasiones vamos muy deprisa pulsando botones y otorgando autorizaciones que hacen que nos encontremos con estas sorpresas. Uno de los puntos más peligrosos es el móvil, el Smartphone, ese aparatito que es un muy potente ordenador, mucho más de lo que nos creemos, que todo el mundo lleva y al que no prestamos atención. En el caso de los que portan sistemas operativos Android, la puerta de acceso es nuestro correo electrónico de Google, ese mismo que mi amigo tiene protegido con esa clave que me dijo y que es «la misma para todo». Muy probablemente hace algunos años, cuando inició las operaciones de acceso a su nuevo teléfono móvil aceptó la oferta de NubeBOX para crear una cuenta y por ello la tenía.

Para más curiosidad, la cuenta de NubeBOX es de nada menos que 2 Gb. La tenía petada –sí, el diccionario admite esta palabra— con cerca de setecientas fotografías que el verano pasado le había mandado otro amigo mientras hacía el Camino de Santiago. Lo peor de todo es que no solo no era consciente de tener la cuenta, sino también de tenerla llena con esas fotos que no recordaba y que ni siquiera había visto.

Las posibilidades en los mundos informáticos caseros, ordenadores, tabletas o Smartphones, son enormes, están interrelacionadas y no las prestamos la más mínima atención. Disfrutamos de ellas sin preocupación, sin atender a las historias que a diario aparecen en los medios y pensando que nunca nos va a tocar a nosotros. Ya lo decía en otra entrada, el problema no es que nos dejemos la puerta abierta de nuestra casa sino que en conjunción y mientras esté abierta pase alguien por allí con intenciones aviesas. El asunto es que cada vez proliferan más, y desde cualquier parte del mundo, las intenciones de hacerse con nuestros dineros. Y aun sabiendo esto, lo peor es la alegría con la que transitamos por estos mundos, como mi amigo, usando la misma clave para todo.

Haga una prueba. Acceda a la página How Secure is mypassword y teclee la clave que tiene en su correo electrónico personal. Yo he tecleado la que tiene mi amigo en todos los sitios y lo que me dice esa página es que es tan sencilla que, aun sin conocerla, un cazador de lo ajeno que no hace falta que sea muy experimentado tardaría un minuto, ¡un minuto!, en hacerse con ella.

domingo, 22 de enero de 2017

PARAMIO



Volvamos por un momento al pasado, por ejemplo, 1968, para relatar una historia real. Tengo que comprar medio kilo de bacalao para el potaje que servirá de cena a la familia y me dirijo personalmente a la tienda de ultramarinos del sr. Paramio, que muestra encima de mostrador hermosas piezas de este pescado delicioso en salazón al lado de una enorme cizalla para su corte. Elijo o elige él por mí unas piezas que va cortando con certeros golpes y poniendo en una balanza, mecánica por entonces, hasta alcanzar el peso solicitado, justo, ni más ni menos. En el papel de estraza y con el lápiz que toma de su oreja, hubiera realizado la multiplicación para saber el importe a cobrar, pero en este caso no hace falta ya que es un kilo exacto y el precio es el que es. Pago con dinero contante y sonante, me da el cambio, cojo mi compra y me voy para casa.

Pongámonos ahora en el presente. La tienda del sr. Paramio ya no existe y se ha convertido en una gran superficie donde casi todo está envasado previamente. Voy poniendo productos en mi carrito y al llegar a la caja la dependienta los va pasando por el lector de barras y automáticamente se va generando la cuenta. Cuando tenemos el importe final, ya casi ni se me pregunta cómo voy a pagar porque lo usual es que se abone con una tarjeta bancaria. Los terminales de caja están preparados y conectados para que introduzcas, últimamente algunos solo para que acerques, la tarjeta y teclees tu clave. Hago esto y recibo al instante en mi teléfono móvil el mensaje de mi banco de que he realizado una operación de tal importe con mi tarjeta en tal comercio. Con ello, procedo a retirar la tarjeta del lector.

¡La debacle! La dependienta de caja me informa de que probablemente haya retirado la tarjeta antes de tiempo, con lo que la operación de pago se ha cancelado y tengo que introducir de nuevo la tarjeta para proceder a la misma. Esto con el sr. Paramio no hubiera pasado porque cuando le dabas el billete para pagar, con muy buen criterio y para evitar problemas, le dejaba encima del mostrador bajo una pesada pieza de grueso metacrilato al objeto de que estuviera a la vista mientras te daba el cambio precisamente de «ese» billete y no de otro. Cuando estabas de acuerdo con el cambio recibido, retiraba el metacrilato e inspeccionaba, delante de ti, el billete para constatar que no tuviera marcas o cosas escritas que pudieran propiciar un timo posterior. No me extiendo pero esto era una cosa que se producía entonces.

Volvamos a la gran superficie. Le hago ver a la cajera que el importe ha sido cargado en mi cuenta, para lo que no solo le enseño el mensaje de mi banco sino que accedo a mi extracto y ya figura en él el importe de la compra. Yo ya lo he pagado, mi banco me lo ha detraído, pero la señorita insiste en que la operación se ha cancelado y que debo insertar de nuevo la tarjeta. Tras un tira y afloja y todavía no sé por qué, accedo a sus pretensiones y ocurre lo que tiene que ocurrir: el banco vuelve a cargarme de nuevo el importe, con lo que he pagado dos veces lo mismo, tal y como figura en el extracto consultado de nuevo.

Lo de siempre, que venga el encargado que mantiene que MRCDN ha funcionado bien y que tengo que ir a mi banco a requerir la devolución, que ellos no pueden hacer nada. Tras muchos tiras y afloja, accede a llamar por teléfono a sus servicios centrales informáticos, donde le confirman primero a él y con posterioridad a mí, que en los registros de MRCDN solo figura una operación y que, insiste, debo dirigirme a mi banco. Pero si mi banco ha registrado dos operaciones con varios minutos de intervalo entre ellas, es porque se han producido DOS solicitudes de cargo por parte de MRCDN. ¡O… ¿es que se lo va a inventar el banco?!

Esto no pasaba en la tienda del sr. Paramio.

Cerrados en banda el encargado de MRCDN y yo, le digo que no estoy dispuesto a marcharme de allí sin dejar constancia de los hechos. No me ofrece ninguna solución con lo que lo único que me queda es el recurso del pataleo, dicho con todo conocimiento por varias experiencias anteriores, de solicitar una hoja de reclamaciones para dejar constancia de lo ocurrido, con pelos y señales. Nombrar la hoja de reclamaciones es como nombrar la bicha de los siete males para cualquier comercio. Tuve que tranquilizarle diciéndole que yo tenía que reclamar la devolución de uno de los dos importes que me habían cargado en mi cuenta, —seguía mostrando mi extracto en el teléfono con los dos importes cargados—, y que la hoja de reclamaciones era el medio al que me veía abocado para dejar constancia del hecho acaecido. De pie, de mala manera, encima de un poyete, rellené y presenté la hoja que puede verse en la imagen.

Ni el encargado ni los servicios centrales de MRCDN a través del teléfono pudieron o supieron darme una explicación mínimamente convincente de lo sucedido: todo se volvía repetir una y otra vez que ellos lo tenían todo bien, que estaba registrada solo una operación y que… me dirigiera a mi banco, que ellos no podían hacer nada. Vaya solución. Que ocurran fallos, cuestiones, como esta puede ser normal y cada vez con más frecuencia dado el alto número de operaciones que tienen lugar. El asunto no es el fallo, sino la manera de solucionarlo, que dice mucho de las empresas, las personas y sus operativas de respuesta ante los fallos. En este caso, quitarse al cliente de encima, decirle que allí no hay nada que hacer, que se vaya y que se dirija a su banco es una forma de solucionar el problema que a mí desde luego no me satisface y deja en entredicho la profesionalidad de MRCDN en este asunto.

Al salir de allí me fui directo a mi banco, en este caso ING DIRECT, lo que suponía llamar por teléfono al servicio de atención al cliente. ¡Qué diferencia! Allí una amable y angelical operadora, de nombre Patricia, me atendió dándome pelos y señales de lo ocurrido. Tras la primera operación correcta por parte del banco, MRCDN había mandado una solicitud de anulación de la misma y a los pocos minutos una nueva operación. Todo aclarado puntualmente. ¿No me podían haber dicho esto mismo en MRCDN? ¿Lo sabían? El hecho de que la operación siguiera figurando por dos veces en mi extracto era debido a que esas anulaciones no se ejecutaban de forma inmediata, sino que tenían lugar en unos procesos llamados de «reconciliación» que tenían lugar por la noche, por lo que al día siguiente, con toda seguridad, la operación anulada habría desaparecido de mi cuenta y el importe devuelto. Y así ocurrió. Puntos positivos en la solución de problemas para ING y negativos para MRCDN. Suma y sigue.

Sr. Paramio, allá donde Vd. esté, sepa que al menos su espíritu y sus formas de hacer las cosas deberían volver, actualizadas, a muchas de las empresas de hoy en día, esas tan modernas a las que se las ven las entretelas cuando las cosas no van todo lo bien que debieran.


sábado, 14 de enero de 2017

LAGUNAS



Famosas en España son las ciudadrealeñas de Ruidera o la Negra de Soria y no tanto las zamoranas de Villafáfila o la malagueña de Fuente de Piedra entre otras, pero no es a estos «depósitos naturales de agua, generalmente dulce y de menores dimensiones que el lago» a los que me quiero referir en mis devaneos de hoy. El trasfondo de los siguientes párrafos es mucho más preocupante y hace alusión a otra acepción del diccionario que dice que se trata de un «defecto, vacío o solución de continuidad en un conjunto o una serie». Voy a comentar cosillas de otras lagunas, las denominadas «de cotización», una realidad sangrante que puede acechar a cualquier españolito sin que se entere y menoscabar o haber menoscabado su pensión de jubilación.

Estábamos comiendo apaciblemente con unos amigos en un precioso restaurante de la localidad malagueña de Mijas, famosa por sus cuestas y sus burros-taxi, cuando mi amigo Manolo hizo alusión al tema. Antes de referirme a él, aprovecho para hacer propaganda del restaurante, porque se lo merece: «La Alcazaba», un poco alto de precio pero en absoluto caro para lo que ofrece: platos, vistas, ambiente y una profesionalidad altísima y exquisita del maître y los camareros que hicieron de esta comida una de las más agradables que recuerdo en mi vida.

La historia es muy sencilla. Las dos parejas presentes en la comida nos acercamos a pasos agigantados al momento de la jubilación. En la sede electrónica de la página web de la (in)Seguridad Social hay un apartado denominado «Simulador de jubilación» que permite ir haciéndose una idea de lo que nos va a corresponder cuando nos jubilemos, eso siempre que las cosas sigan como hasta ahora, cuestión por la que no podemos poner la mano en el fuego dadas las meteduras de mano que el gobierno realiza sin ningún pudor a la bolsa, en la que ya se atisban telarañas.

Para que no nos llamemos a engaño, el texto que acompaña a este apartado del simulador dice en estos momentos lo siguiente:
«Este servicio permite simular la edad con la que se puede jubilar y la cuantía aproximada. Permite simular situaciones futuras teniendo en cuenta los datos y cotizaciones realizadas hasta el día de hoy… ».
Mi recomendación es leer de nuevo, un par de veces y detenidamente, el párrafo anterior. Hago énfasis en «teniendo en cuenta los datos y las cotizaciones realizadas hasta el día de hoy». ¿De qué datos estamos hablando? ¿Quién tiene los datos? Los trabajadores no, al menos que yo sepa, porque las empresas no están obligadas a aportar a sus trabajadores los justificantes mensuales fehacientes y detallados de las cotizaciones a la (in)Seguridad Social. ¡Cuántos fraudes se han producido y se siguen produciendo por ello! Conozco el caso de unos trabajadores interinos de un ministerio que tras 28 años de trabajo se dieron cuenta de que no estaban cotizando por ellos a la (in)Seguridad Social al transferir asuntos de su mutualidad MUFACE e ir uno de ellos al médico y decir este que no podía atenderle por no estar al corriente. Tuvieron que ir a juicio y lo ganaron, pero… Claro, no es posible, como vamos a pensar que nuestra empresa, incluso un ministerio oficial, esa en la que llevamos toda la vida cotizando o esas otras por las que hemos ido pasando no han cumplido con sus obligaciones de pago. Tenemos las nóminas, si, en el caso de que las conservemos, pero se trata de documentos que nos relacionan con las empresas y que no suponen en ningún caso un justificante de que la empresa haya satisfecho las cuotas, y lo que es peor, aunque lo hayan hecho, se encuentren debidamente registradas.

El caso real que ha ocurrido a la mujer de mi amigo es el siguiente. Según los cálculos normales por los años que lleva cotizados le hubiera correspondido una pensión alrededor de 1.400 euros, pero el simulador le arroja unos 900 euros. ¿Qué ocurre? Indagando en los datos que tiene la (in)Seguridad Social de ella aparecen tres años sin cotizar, dentro de los últimos veinte años que en 2017 se establecen como base para las operaciones. ¿No ha cotizado la empresa por ella? Extraño, porque sigue en la misma desde tiempos inmemoriales, con lo que la cosa apunta a un fallo en los procesos de la propia (in)Seguridad Social a la hora de integrar datos que probablemente estuvieran en papel en las bases informáticas que sirven para los cálculos en la actualidad. La (in)Seguridad Social es consciente de estos fallos, pero no informa de ellos a los trabajadores, que se han preocupado en estos últimos años de comprobar en la llamada «Vida Laboral» que estaban de alta. Estar de alta no sirve si no aparece la cotización efectiva, pues en el momento de los cálculos se tomará como cotización la mínima y eso en el caso del Régimen General, porque en el caso de los Autónomos es mucho peor y sangrante: se toma cero, interpretando que ese mes no han cotizado por las razones que sean. Si la (in)Seguridad Social se ha equivocado o ha tenido errores al construir sus bases de datos, el problema no es suyo, se aplica la Ley 27/2011 y Santas Pascuas.

Pero la mujer de mi amigo se ha dado cuenta del problema antes de que llegue. ¿Cómo justifica que su empresa sí ha pagado esos años y el problema es de la (in)Seguridad Social y de sus datos erróneos? La solución que le han dado es presentar un certificado de la empresa adjuntando los justificantes de haber pagado. Pero no olvidemos que la espada de Damocles de estos asuntos está en cinco años: las empresas, suponiendo que sigan existiendo, no tienen teóricamente obligación de guardar papeles más allá de los cinco años, cuestión que bien que emplean algunas de ellas para escabullirse ante los procesos judiciales, eso en el caso de que sigan existiendo, pues como es sabido, abrir y cerrar empresas es una práctica extendida para eludir responsabilidades. ¡Cuántos empleados cambian de empresa cada año sin moverse de su puesto de trabajo! ¡Cuántas constructoras desaparecen a los cinco minutos de acabar sus promociones urbanísticas aunque la Ley determina un mínimo de diez años para hacer frente a responsabilidades!

«Pleitos tengas y los ganes» reza el dicho popular. Como puede verse en la imagen, en mi registro de 1990 aparecen dos meses en los que NO CONSTA BASE y estoy casi seguro al 100% que la empresa, en aquella época por lo menos, no era sospechosa de no cumplir con sus obligaciones. Entre este año de 1990 y el más antiguo del que constan datos, 1980, de forma salpicada en algunos años faltan uno, dos y hasta tres meses sin cotizar. Para mí que existió la cotización pero hay fallos en la recogida de datos que tienen como resultado estas omisiones.

A mí parece que no me va afectar en el cálculo, porque cuando me jubile llevaré cotizados cuarenta y ocho años y los relativos a los últimos años están bien, excepto dos meses que no saben, no contestan. El asunto flagrante es cuantos de los jubilados en los últimos tiempos están cobrando pensiones por debajo de las que legalmente les hubieran correspondido por estos fallos y la subsanación de un plumazo, en contra de sus intereses, por una ley más que discutible. Al final, «al perro flaco, todo son pulgas» y el inocente tiene que cargar con los incumplimientos empresariales en unos casos o la desidia de la (in)Seguridad Social en controlar sus datos en otros.
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domingo, 8 de enero de 2017

COTORRA



La cotorra es, como todo el mundo sabe, «un ave prensora americana, parecida al papagayo, con las mejillas cubiertas de pluma, de cola y alas largas y puntiagudas, y colores varios, en que domina el verde». Pero en los usos del español, por extensión y de forma familiar se usa el término para referirse a una persona habladora. Con ello, el título de esta entrada del blog no resulta muy adecuado, porque me quiero referir a máquinas y no a personas.

Hacía tiempo que no utilizaba el Metro de Madrid pero las fechas en las que estamos y el hecho de acompañar a la familia en las compras de última hora por el centro de la ciudad me hicieron presenciar un hecho que no recordaba. Hace ya años que las pantallas se instalaron en las estaciones de Metro pero hasta donde yo recordaba eran mudas, estaban continuamente vomitando noticias, recomendaciones y anuncios pero no eran molestas, ya que se trataba de no prestarlas atención y punto. En mis viajes en transporte público, desde los tiempos inmemoriales, me han acompañado los libros porque cualquier momento era bueno para devorar unas cuantas páginas. Las esperas en el andén eran momentos adecuados para la lectura.

En su día ya lo pensé. Era cuestión de tiempo que la mudez pasará a mejor vida y las pantallas empezaran a bombardear a los viajeros; salvo que te armes de unos tapones para los oídos, cuestión poco recomendable porque es necesario poder oír ciertos ruidos simplemente por seguridad. Por mucho que te quieras retraer y aunque no mires la pantalla no te puedes escapar de la cháchara a la que te quieran someter los irresponsables que gobiernan las noticias, pues ya se ocupan de establecer el sonido a un volumen lo suficientemente alto para aturdirte los oídos para que, salvo que tengas una capacidad de abstracción profunda, te resulte imposible sustraerte a los mensajes.

Las agresiones en las zonas públicas a las personas son cada vez menos evitables, especialmente en las zonas de las ciudades o sus accesos con concentración alta de público. Supongo que en las plazas del Puerto de San Vicente o Villa te Empujo de Abajo no se le ocurrirá a ningún pensante poner pantallas porque pasan cuatro personas a lo largo del día por ella y no van a conseguir nada con ello. Hace años retiraron de las carreteras los anuncios publicitarios con la excusa de que distraían a los conductores que se podían ensimismar leyendo los anuncios y con ello dejar de prestar atención a la conducción y provocar accidentes. Incluso uno de los símbolos por antonomasia españoles en nuestras carreteras, el famoso toro de Osborne, estuvo a punto de sucumbir a la piqueta cuando ya me dirán Vds. la distracción que podía producir en los chóferes. Con el tiempo se ha visto que todo era una añagaza para alterar el statu quo comercial de los anuncios en carretera. Ahora se pueden ver enormes pantallas con imágenes brillantes y, lo que es peor, continuamente cambiantes, que sí que distraen y de qué manera a los conductores. Incluso en autopistas donde los atascos a ciertas horas son continuos, como por ejemplo la famosa cuesta de las Perdices en el acceso a Madrid por la carretera de La Coruña.

La foto que acompaña está imagen está tomada en la estación de Argüelles del Metro de Madrid. La pantalla que se ve en ella no es la única de la estación y en la foto no se puede escuchar la propaganda que yo calificaría de política con la que nos castigaron a todos los viajeros. Para gustos hay colores y habrá viajeros que disfruten con ello ya que les sirve de distracción, pero hoy en día cada uno llevamos nuestra distracción encima, generalmente en forma de teléfono inteligente, libro o revista, con lo que por lo general estas alocuciones lo único que hacen es molestar en la mayoría de los casos. Las noticias aparecen en texto en la parte inferior de las pantallas, con lo cual el que está interesado puede leerlas.

La cosa no se queda aquí. Estas agresiones en forma de pantalla no se limitan a espacios cerrados y más o menos privados. Cuando se transita por las aceras de ciudades y pueblos, especialmente en momentos de poca luz al atardecer, la agresión luminosa vuelve a las andadas en forma de pantallas en los escaparates y anuncios luminosos, por lo general en movimiento, que convierten en un suplicio el paseo. Por poner un ejemplo con los que más me chirrían y me molestan, los de las farmacias, esas cruces verdes y rojas, de gran tamaño, haciendo dibujitos con sus apagados y encendidos que lo que me dan es ganas de volver a mis tiempos de chaval, coger una piedra, cargar el tirachinas y apagarlos para siempre. No sé a ciencia cierta si de regular estos luminosos se ocupan y preocupan las ordenanzas municipales, pero deberían hacerlo para hacer las calles más agradables a los peatones.

Hace ya muchos años, quedé sorprendido en la plaza de Times Square en Nueva York por la cantidad de pantallas de gran tamaño que arrojaban imágenes continuamente que embobaban a los transeúntes que las prestaban atención. En esta semana he visto la situación repetida en la plaza de Callao de Madrid o en el Paseo de la Castellana esquina a José Atascal, perdón, Abascal, en que estaría yo pensando. Las cosas que ocurren en Estados Unidos acaban llegando tarde o temprano a España, con independencia de que sean buenas o malas.


domingo, 1 de enero de 2017

TÍTULOS



Aficionadillo como soy al mundo del libro, me ha dado por pensar en los mecanismos que utilizan los autores para decidir un título para los libros que escriben. A poco que uno piense en ello se da cuenta de que es una decisión difícil, pues en el título de alguna forma, además de en la imagen de portada, debe estar un «veneno» concentrado que sea capaz de capturar en un primer momento la atención de un posible futuro lector y además tener algo que ver con la historia. Me encantan los libros que vas leyendo sin encontrar una razón al título hasta que te topas con la frase o la situación adecuada que le dan todo el sentido. Salvo casos especiales que habrá, el título será una de las últimas cosas a decidir y estará en función de cómo avance la escritura del texto, de forma que el autor vaya confeccionando una lista con posibles. Claro está que en los casos de escritores famosos, la editorial tendrá mucho que decir en el remate final en función de variables que al autor ni se le habrán pasado por la imaginación. Un ejemplo: «el Paciente». Nótese que la «e» del artículo está escrita en minúscula y la «P» inicial de paciente lo está en mayúscula.

Pero vamos un poco más lejos en nuestra imaginación. Supongamos que yo sea un escritor aficionado que está escribiendo su libro en absoluta soledad y que va a auto publicarlo sin ninguna ayuda en alguna de las plataformas a su alcance. Asumo que el título tendré que cocinármelo solito. ¿Cómo se hace? Surgirán mil variables a considerar tales como de qué va la historia, alguna situación o diálogo clave en la misma, personajes principales o secundarios, sus profesiones, sus imaginaciones, situaciones, etc. etc. Luego habré de considerar el número de vocablos que conformarán el título porque si opto por uno único, como hago yo para los títulos de las entradas de este blog, tendré más dificultades en encontrar un término que exprese la idea, amén de que podré encontrarme con que ya existe otro u otros libros con ese título. ¿Podré utilizarlo yo también?

Esto último es el verdadero quid que me ha inspirado a escribir estas líneas. Antaño sería difícil para un autor conocer a ciencia cierta si un determinado título está ya «pillado», no solo en un idioma sino en todos los posibles. Hogaño es relativamente más fácil con la abundante información que nos aporta internet. Pero siempre puede ocurrir que dos autores estén a la vez trajinando en un libro y en su título, cada uno en su cocina y con su editorial, de forma que en el momento de salida se produzca el encontronazo. ¿Puede ser esto lo que ha ocurrido con «Cicatriz»? Juan Gómez Jurado publicó su «Cicatriz» en 2015 pero también en ese mismo año Sara Mesa publicaba el suyo. ¿Cómo ocurrió? Y si nos ponemos a indagar buscando más «cicatriz o cicatrices» podemos aburrirnos y dejar de investigar cuando la lista alcance dieciocho libros con este mismo título. Entrar en los portales de Amazon o Casa del Libro y buscar por cicatriz nos dará una idea de esto.

La verdadera incitación a escribir esta entrada me vino por lo siguiente: un autor al que conozco muy bien e incluso personalmente, Javier Ruescas, publicó en 2010 un libro titulado «Tempus fugit», idéntico título a otro aparecido este año 2016 de otro autor llamado Carlos Sisí. Pero ahí no se acaba todo porque si nos ponemos a buscar más libros con este título podemos encontrar sin mucho esfuerzo otros tres de autores tales como Ignacio Pajón, María Asunción Razquín o Jon Alexander publicados con mucha anterioridad incluso al de Javier Ruescas.

Una fórmula clásica que da mucho juego y que emplean autores conocidos como Carlos Ruiz Zafón o Antonio Cabanas es la de «El tal de tal»; «La sombra del viento» del primero o «El ladrón de tumbas» del segundo siguen esta pauta como la mayor parte de sus libros. Javier Ruescas también la empleó en los títulos de sus trilogías de «Cuentos de Bereth» y «Crónicas de Fortuna», aunque en otras dos, «Play» y «Electro» ha optado por un único vocablo como título. Podemos irnos a la parte opuesta y optar por títulos largos y sorprendentes como los que utiliza Jonas Jonasson en sus libros,  «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», «El matón que soñaba con un lugar en el paraíso» o «La analfabeta que era un genio de los números», o los muy llamativos de la trilogía «Creadores del Pensamiento» de Consuelo Sanz de Bremond que originalmente se titulaban «Traficantes de mentiras o Cuando las moscas se equivocan», «Entrenadores de voluntades o Cuando por un borrego se juzga la manada» y «Eyaculadores de palabras o Cuando un perro no quiere pulgas». Tambien podemos utilizar juegos de palabras, refranes, refranes adaptados, nombres de personajes célebres en acciones imposibles y otras muchas posibilidades que podemos deducir de los miles y miles de títulos que están a nuestro alcance consultables en la red.

No recuerdo haber comprado un libro nunca solamente por la portada o la cubierta, aunque reconozco que esa primera atracción es importante para poder hojearlo un poco, leer su sinopsis, la biografía del autor y recomendaciones en blogs y revistas, aunque esto no es garantía de que un libro nos vaya a gustar porque como decía el gran Isaac Asimov «Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros».

He participado como coautor en un par de publicaciones en las que el asunto del título no nos trajo de cabeza a los autores porque se trataba de temas concretos: «Mobbing, volviendo a vivir» y «Tres mujeres vilipendiadas por la historia» aunque de las portadas de ambos me encargué yo personalmente y tuve que estrujarme hasta dar con alguna que me gustaba. Ahora tengo en mi disco duro una carpeta titulada «AAAA BBBB CCCC» llena de notas, personajes, situaciones, capítulos y estructuras que conformarían el que sería mi primer libro de narrativa escrito de forma individual. Hace dos años que duerme el sueño de los justos esperando cobrar vida y es posible que algún día empiece a tomar cuerpo; en ese momento habrá que ir pensando en cambiar las aes, bes y ces por un título conveniente y adecuado y que a ser posible no se repita con alguno conocido.


domingo, 25 de diciembre de 2016

LOTERÍA



Aunque no verán la luz hasta el sábado o el domingo por seguir la tradición de publicación, escribo estas líneas el jueves anterior mientras suenan en los altavoces del ordenador los tradicionales cánticos de los niños de San Ildefonso interpretando la partitura que se repite todos los años el 22 de diciembre relativa al sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Dicen muchas cosas positivas de este sorteo apelando a la tradición, a la amistad, a compartir con familiares y compañeros, etc. etc. pero se callan otras que no son tan positivas. Y además desde hace pocos años, las negativas dieron un salto cualitativo que se suponía que era temporal, pero tiene la pinta de que ha llegado para quedarse y por lo menos este año y el que viene no hay ninguna intención de retirarlo. Me refiero a esa quita especial del 20% que antes no existía.

Durante toda mi vida he participado en este sorteo, generalmente de forma compartida con familiares, compañeros de trabajo y amigos. El intercambio de participaciones exigía casi en los últimos tiempos llevar una contabilidad y tener exquisito cuidado con los décimos comprados, su cuantía y custodia y con quienes se habían compartido porque, no toca nunca, pero todos los años oímos en las noticias asuntos feos de personas que compartieron y o bien no tenían suficiente montante para responder o bien se largaron sin decir esta boca es mía. Claro, esto solo ocurre cuando toca, porque si no toca todos estos chanchullos quedan sin salir a la luz.

Lo sabemos todos: la de Navidad es una de las peores loterías, sino la peor, del año. Hay estadísticas de todo tipo en las que se constata que las probabilidades son mínimas, los premios son menores, etc. etc. pero los españolitos no desistimos de acudir a la llamada del organismo oficial de Loterías que ya puso de moda un fenomenal anuncio que todos los años impacta y de qué forma en la sociedad. A comprar lotería todos. De ilusión también se vive aunque cueste unos eurillos. Es la tradición.

Hará unos tres años que digo aquello de que en este sorteo «me toca todo lo que juego» porque no compro nada. En años anteriores había llegado casi a los cien euros de gasto por atender los ofrecimientos de amigos, departamentos o asociaciones que con su buena intención no quieren dejarte fuera en caso de que la suerte sonría. Se corre el riesgo de que toque en uno de los décimos o participaciones ofertadas, pero si llega el caso me alegraré por los premiados y yo seguiré con mi convencimiento de no participar.

No es del todo exacto que no gaste nada, porque tengo que reconocer que sigo haciendo un gasto de, exactamente, doce euros en la actualidad. Hay una cofradía de Semana Santa que emite participaciones de tres euros, de los que se juegan dos y medio en un número que todos los años es el mismo. Mi padre ya compraba estas participaciones para cada hermano desde que éramos niños y yo he seguido con la tradición pues no olvidemos que el número es todos los años el mismo. No toca nunca, algunas veces el reintegro y en pocas ocasiones que yo recuerde la pedrea. Si se trata del reintegro es una buena noticia para la cofradía porque muchos no hacen efectivo el cobro lo que supone un ingreso extra y extraordinario en las cuentas del año. Sin duda el lector pensará porqué compro cuatro participaciones y no una. Una me la reservo para mí y las otras las intercambio con tres amigos, dos de Sevilla y uno de Almería con los que llevo haciendo esto desde hace cuarenta años, con lo que no sería de recibo cortar esta rutina y sobre todo por tratarse del mismo número de siempre.

Pero este año de 2016 he caído en la trampa y he comprado dos décimos, cuarenta euros, por dos cuestiones un poco extraordinarias. Uno de ellos ha sido porque he tenido la ocurrencia de compartirlo con una familia norteamericana a la que nos une gran amistad. La cosa ha resultado curiosa para ellos que están expectantes con el resultado del sorteo que está teniendo lugar en estos momentos. En principio les dije que el premio si nos tocaba el «gordo» era de doscientos mil dólares aproximadamente para cada familia, si tenemos en cuenta un cambio del dólar a la par como está en estos días, pero inmediatamente tuve que rectificar por la negatividad cualitativa desde hace unos años que supone el impuesto extraordinario y directo del 20% que se aplica en el momento del cobro para todos los premios superiores a dos mil quinientos euros. Así de un plumazo, si te toca el gordo y vas a hacer efectivo tu décimo a una entidad bancaria, te dirán que te corresponden cuatrocientos mil euros de premio pero en el mismo instante te aplicaran el impuesto y te quitarán setenta y nueve mil quinientos, un impuesto directo, fijo e inmediato para todos, sean ricos o pobres. Y me asalta la duda ¿para extranjeros también? Si toca tendré que enterarme, pero por si acaso ya le he dicho a la familia amiga americana que de doscientos mil dólares para cada familia nada, que con el impuesto se queda en ciento sesenta mil dólares. Lo más difícil ha sido explicarles lo que significa eso del «gordo» en un sorteo.

Y el otro décimo… He visto muchas cosas respecto de la lotería en general y de esta en particular, pero me ha sorprendido una forma nueva de compartir en la oficina en la que estoy laborando actualmente. En lugar de comprar el mismo número para todos, lo que se hace es aportar un décimo cada uno de los que quieren participar como fondo común, que ha llegado a los 30 décimos, todos diferentes y procedentes de multitud de puntos de la geografía nacional. La idea es que todos los décimos estuvieran depositados y custodiados por una comisión, pero la distancia, los tiempos, las vacaciones y otros impedimentos han hecho esto imposible, con lo que se han utilizado los medios modernos, wasap y correo electrónico, como certificado de compromiso al enviar una foto de los mismos a la comisión gestora. El sistema me ha parecido curioso y me he animado a participar por esta vez y sin que sirva de precedente.

En este fondo hay décimos de todas las terminaciones, con lo que algún reintegro está asegurado y quizá haya suerte y corresponda alguna pedrea, con lo que habrá algo para reinvertir en el siguiente sorteo del Niño y quizá en alguno más hasta que se acabe perdiendo todo, que es lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos, especialmente si los premios no son cuantiosos.

Como curiosidad, investiguen y lean de qué ocurre con el asunto de los impuestos cuando los décimos son compartidos entre varias personas…


domingo, 18 de diciembre de 2016

HORARIOS



En estos días han puesto (de nuevo) de moda el tema. Es un asunto recurrente que cada cierto tiempo sale a la palestra y en este caso es una buena excusa para lanzar una cortina de humo en la que todos los españolitos nos enrollamos y que permite dejar en segundo plano otros asuntos de más calado: mientras estamos en la empresa, en la familia, en el bar con los amigos y en otros tantos y tantos sitios hablando del tema, del que todos entendemos un montón, no hablamos de otras cosas como por ejemplo el asunto de las pensiones. Cada vez tengo más claro que manejar la (des)opinión pública es tarea sencilla, y cada vez más con la ayuda de las redes sociales y los medios que entran al trapo a nada que se les mencione una cuestión.

Se hace énfasis en que se trata de debatir acerca de los horarios laborales, pero a nadie se le escapa que estos horarios están estrechamente ligados a los «demás» horarios. Un escueto comentario a lo manifestado por la ministra en los medios diciendo que si salimos del trabajo a las seis de la tarde podemos hacer otras muchas cosas, entre ellas, conciliación familiar o deporte. Respecto de lo primero habrá que ver si queremos hacerla y de lo segundo parece que se olvida que si está hablando de un gimnasio o un polideportivo, los encontraremos cerrados si los empleados de estos establecimientos TAMBIÉN finalizan a las seis. ¿Estamos hablando de TODOS los horarios laborales o solo de los de grandes empresas e incluso de los de oficinas? ¿Nos hemos planteado entonces que los horarios de los empleados que salen antes, por ejemplo a las tres de la tarde, tienen que ser ampliados hasta las seis para que todos seamos igualitos?

Llevo más de cuarenta años, concretamente cuarenta y ocho, laborando en diferentes empresas y diferentes sectores y los horarios se han ajustado a las necesidades del negocio. Mi primer cometido tuvo lugar en una empresa de construcción, en una oficina, y el horario era de siete a diez de la tarde-noche y los sábados por la mañana, que no olvidemos que antiguamente se trabajaba los sábados. Esto era así porque los obreros acababan los tajos a esa hora y pasaban por la oficina a dar los partes que había que procesar a mano. No es cuestión de hablar de horarios alternativos porque el jefe, que era el que pagaba, lo quería así.

Con posterioridad accedí a un puesto administrativo en el sector de banca. En aquellos tiempos, en peleas enconadas con la «autoridad», que en aquellos años era mucha y apabullante pues estábamos en época de Franco, se consiguió el horario continuado para la banca, de ocho de la mañana a tres de la tarde, sábados incluidos. Vaya por delante mi opinión de que un horario de siete horas diarias, treinta y cinco a la semana aunque antes eran cuarenta y dos por los sábados, es el mejor horario posible. Pero claro, siempre y cuando nos dediquemos realmente a trabajar, no a dormitar o jugar al Candy Crash como hacen algunos próceres que se permiten sentar cátedra sobre el tema. Una persona que empieza duro a las ocho de la mañana, dedica veinte minutos escasos a desayunar y vuelve a la carga, cuando son las tres de la tarde está para el arrastre, para irse a su casa, cambiar de ambiente y recuperar fuerzas para el día siguiente entreteniéndose con la familia, el ocio, el deporte, el bricolaje o cualquiera de las muchas actividades placenteras que existen. Tengo que reconocer que durante muchos años el trabajo fue también una actividad placentera para mí en la que disfrutaba enormemente, con lo cual rendía mucho y se me pasaban las horas sin enterarme.

Pero es que hay un asunto que no distinguimos muy bien los españolitos, y es la diferencia en el trabajo entre «estar estando» y «estar trabajando». Muchas horas se pasan los trabajadores «estando» en el puesto de trabajo lo que no significa que estén «trabajando». Esto viene de los tiempos inmemoriales de tipo funcionarial, donde lo que contaba era la presencia física, el fichaje y el estar disponible por si el jefe te llamaba. Lo del trabajo por objetivos, lo de los horarios libres o flexibles, lo de trabajar desde casa y asuntos similares es un tema pendiente del que no se habla y que es el verdadero quid de la cuestión.

En una de mis épocas, de esas de la jornada de siete horas, se rendía a tope. A las ocho de la mañana, nada más comenzar el trabajo, una reunión operativa del departamento de no más de quince minutos sobre lo que íbamos a hacer en el día cada uno, de lo que íbamos a necesitar unos de otros, y todo el mundo a laborar de verdad hasta las tres. Muchas veces me he quedado por la tarde por mi propia iniciativa personal, por acabar algo que tenía entre manos o por simple reordenación personal de mis cometidos. Lo que sí que me ha costado mucho, y pocas veces lo he hecho, ha sido quedarme cuando me lo mandaban, en algunas ocasiones sin justificación y por negligencia de otros, que habían dedicado la mañana a «estar estando» y cuando faltaban quince minutos para marcharnos les entraban las prisas; más de un problema he tenido a lo largo de mi vida laboral por que se me cayera el lápiz a la hora si yo no consideraba que lo que se me pedía fuera de horario era ajustado a los contextos.

Pero aquello acabó. Una compra de empresas a principios de los noventa del siglo pasado terminó con la jornada continuada. Se entraba más tarde, una hora para comer, se salía a las cinco y media de la tarde y claro, ya no había ninguna prisa en la salida para irse a casa a comer y con ello se inventaron los alargamientos no retribuidos de jornada, el quedarse en la oficina por si acaso hasta que se hubiera marchado el jefe e incluso a la salida tomar con los compañeros una cervecita o más de una. Luego se llegaba a casa a las tantas procurando que los niños estuvieran acostados y quejándose a la mujer de lo mucho que habíamos trabajado y lo cansados que estábamos. En aquellos tiempos eso de la «conciliación familiar» todavía no se había inventado.

Desde que el mundo del comercio ha abogado por la liberalización y por tener las tiendas abiertas a todas horas, incluso los festivos, los horarios son un caos porque no olvidemos que muchas personas trabajan en el comercio, algunas por ejemplo solamente los fines de semana, que es cuando el resto de su familia y amigos tienen libre. Y hay muchos tipos de trabajo, especialmente en el mundo del ocio ¿puede un croupier de un casino, un empleado de un cine o un camarero de un restaurante acabar su jornada a las seis de la tarde? Es que a esa hora ni han empezado entre otras cosas porque sus negocios dependen de personas que hayan acabado su jornada y puedan acceder a esos servicios de ocio.

Las cosas se ajustan y desajustan con los años, los usos y las costumbres, si bien es verdad que ciertas condiciones afectan a este ajuste, como por ejemplo la decisión en su día de permitir la apertura de centros comerciales en domingos y festivos. La revolución que provocó esta medida trastocó todo lo existente en temas de horarios, no solo en el comercio, sino en un montón de empresas que no tenían nada que ver con el tema. Otro paso fue la generalización del horario continuado, no cerrando a mediodía, que se ha extendido como la espuma y que habría que analizar a ver si merece la pena.

Sigamos hablando de este tema mientras descuidamos otros realmente importantes y preocupantes…


martes, 13 de diciembre de 2016

NEANDERTALES



La palabra científica correcta para describir esta especie humana extinguida es «Homo neanderthalensis». El nombre fue asignado al descubrir los primeros restos fósiles en el valle alemán de Neander en 1856. Convivieron con nosotros los «Homo sapiens» durante miles de años pero se extinguieron hace treinta mil años de las zonas europeas y asiáticas donde residían. Como ocurre con muchos vocablos técnicos o científicos, acaban por ser usados con insinuaciones despectivas y utilizados como insultos para referirse a personas rudas, toscas e incluso carentes de rasgos de inteligencia humana, cuestión bastante lejos de la realidad.

A lo largo del tiempo han existido muchas connotaciones infundadas sobre esta especie. Los modernos estudios, especialmente los de genética, van poniendo las cosas en su lugar para determinar de forma más fehaciente las características de esta especie y actualizar los conocimientos en cuanto a su aspecto físico, sus formas de vida y sus capacidades, en suma, su cultura. La propia fisonomía que durante años se asemejaba más a simios que a humanos, ha sido dulcificada y acondicionada a tenor de los nuevos descubrimientos, presentando unas formas humanas bastante similares a las actuales. Es obligado mencionar que los sapiens compartimos con ellos parte de nuestros genes.

Hay veces que se tienen las cosas muy cerca y uno no se entera, a pesar de un demostrado interés por estos temas. Resulta que en el valle del Lozoya, muy cerca de Madrid, en el pueblo de Pinilla del Valle, existe un yacimiento en el que moraron neandertales durante miles de años y que está en estudio activo con realización de excavaciones anuales. Uno de los directores es el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, que también participa en el más famoso yacimiento de Atapuerca al que dediqué una entrada que se puede consultar en este enlace, siendo los otros codirectores el arqueólogo Enrique Baquedano y el geólogo Alfredo Pérez-González. Actualmente es visitable, de forma gratuita, con guías expertos que procuran un agradable paseo por un entorno privilegiado y hacen las delicias de grandes y pequeños con sus esquemas, sus indicaciones y sus explicaciones. Es necesario reservar la visita con antelación, lo que se puede hacer a través de la página web del yacimiento donde hay más información.

Aprovechando las festividades españolas de la semana pasada, el dedicado a conmemorar la Constitución fue un buen día para evadirse de la ciudad y dedicarse a enriquecer la cultura personal y ensanchar un poco el espíritu en contacto con la naturaleza. Elegimos como hora de visita las 12:30 aunque es un poco tarde como pudimos descubrir después, ya que acabamos cerca de las tres, buena hora si hubiéramos sido previsores y nos hubiéramos llevado comida campestre pero un poco tarde para los restaurantes. Desde el punto de encuentro con los guías en la localidad de Pinilla, perfectamente descrito en la página web y en el correo electrónico de confirmación que te remiten, hay un paseo de cerca de media hora por los alrededores del embalse que el guía aprovechó para ilustrarnos sobre las condiciones geográficas y orográficas de la zona. Una vez llegados al yacimiento, cuya entrada puede verse en la fotografía que acompaña a esta entrada, se nos pasó el tiempo volando siguiendo las explicaciones sobre la especie, el yacimiento, la cultura, las herramientas, las formas de vida y mil y una anécdotas y comparaciones que hicieron las delicias de todos los participantes.

Acabada la visita, el paseo de retorno no fue tan agradable por la premura de tiempo y lo tarde que se hacía para buscar un restaurante, aunque los propios guías nos recomendaron algunos en Pinilla y en la cercana localidad de Lozoya. En resumen, una visita muy recomendable que deberíamos tratar de hacer con buen tiempo ya que toda la visita transcurre al aire libre.


domingo, 4 de diciembre de 2016

CORTESÍA



Cada vez me encuentro con más frecuencia cuando asisto a actos públicos, tales como conferencias o presentaciones de libros, con que el acto no da comienzo a la hora señalada. Suelo ser puntual y quizá un poco exagerado en la antelación con la que suelo llegar, de forma que pueda pulsar el ambiente, escoger sitio y en algunos casos interaccionar con los organizadores o incluso los ponentes si son conocidos y aunque no lo sean por lo general se prestan a tener una pequeña conversación mientras esperan a que dé comienzo el acto.

Por desgracia, ocurre con demasiada frecuencia que el acto no dé comienzo a la hora anunciada. No siempre, pero algunas veces se escucha aquello de que «vamos a dar diez minutos de cortesía para que vaya llegando el público». Cuando escucho esta frase o similares se me encienden todas las alarmas, se me eriza el vello, se me ponen los cabellos como escarpias y siempre que me es posible contesto con la antagónica «esos minutos de cortesía para los que llegan tarde son igualmente de descortesía para los que ya estamos aquí». Por lo general, esto incomoda y mucho, pues no se espera que nadie conteste. Sin embargo, en alguna contada ocasión he recibido la respuesta de «tiene Vd. razón, vamos a comenzar…».

Cortesía es, entre otros significados, «demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona». En una de las primeras entradas escritas en este blog hace ya nueve años y titulada «PUNTUALIDAD» me hacía eco de esa descortesía que suelen tener algunas personas no asistiendo con puntualidad a los actos. La puntualidad es una de las normas básicas de la buena educación, de lo que podemos deducir sin temor a equivocarnos que la impuntualidad es una falta de educación. Blanco y en botella. No faltan los que dicen que llegar tarde es un signo de distinción, pero esto es rotundamente falso y supone, siempre y sin excepciones, una falta de respeto a los anfitriones y a los presentes, que se han preocupado de llegar con la suficiente antelación para ocupar sus asientos y no trastocar la organización del acto. Claro, tampoco es bueno llegar con demasiada anticipación que no estén puestas ni las luces. «La puntualidad es: deber de caballeros, cortesía de reyes, hábito de gente de valor y costumbre de personas bien educadas. Quienes se hacen esperar en sus citas o no llegan puntuales a sus compromisos, revelan su debilidad de carácter y un desprecio absoluto a sus semejantes».

Pero es que encima de que llegan tarde no tienen la deferencia de quedarse en los últimos puestos —siempre que la entrada sea por la parte posterior de la sala—,sino que avanzan decididos hasta posiciones delanteras aun sin haber visto que haya sitio disponible, lo que provoca no pocas distracciones en el ponente o en los oyentes. Ponía varios ejemplos en la entrada aludida, entre los que no se encuentran las conferencias o presentaciones de libros, pero da lo mismo. Disculpas las hay de todos los tipos invocando al tráfico, al aparcamiento, a los accesos e incluso al sursuncorda pero otro gallo nos cantaría si a la hora programada dieran comienzo los actos e incluso me atrevo a sugerir que se cerraran las puertas y se impidiera físicamente el acceso a los retrasados en términos de tiempo que no en connotaciones de personalidad, en justo premio a su desconsideración hacia los que ya ocupan la sala y están pendientes del desarrollo del acto. Y es que todo esto tiene una contrapartida. Si como resultado de un comienzo tardío el acto se alarga, es posible que alguien se vea obligado a abandonarlo para atender otras obligaciones, con lo cual el que ha sido puntual queda señalado por la desconsideración que supone el marcharse antes de tiempo además de perderse parte del acto que hubiera podido seguir de comenzar a la hora. Como en otros muchos casos, el que cumple puede salir perjudicado además de señalado. Supongo que será la edad, pero a medida que voy cumpliendo años todas estas historias me importan un bledo y de hecho ya me he marchado de algún acto antes incluso de su comienzo molesto por la demora y la falta de consideración a los presentes.

En todo caso, siempre puede uno verse envuelto en situaciones incómodas por desconocimiento. En este sentido recuerdo un hecho que nos ocurrió a mi mujer y a mí en una iglesia de la ciudadrealeña Puertollano, hace ya muchos años. Eran las doce y media cuando nos asomamos a la puerta de la iglesia para intentar oír misa y constatamos que estaba todo el mundo en silencio. Digamos, para más inri, que la entrada estaba en un lateral entre el altar y los feligreses. Entramos y nos dirigimos hacia las posiciones finales donde había más sitio, bajo la atenta y penetrante mirada de los asistentes. Nada más sentarnos, el sacerdote otorgó la bendición y dio por terminada la celebración. ¿Qué pensarían de nosotros?

sábado, 26 de noviembre de 2016

CLORHEXIDINA



En los primeros meses del año 2012, las cadenas oficiales o nacionales de radio y televisión sufrieron una remodelación bestial por cambios de los profesionales que dirigían o realizaban los diferentes programas. Como comentaba en mi entrada «RADIO»,  yo era en aquellos tiempos y desde hacía años un asiduo de Radio Nacional y en concreto de algunos programas, uno de los cuales sigo recordando y sigo convencido que tendrá que pasar mucho tiempo hasta que haya otro similar: «Asuntos propios», un programa fresco y sobre todo tolerante con las opiniones y las opciones de los entrevistados conducido de forma magistral y exquisita por un profesional como la copa de un pino cual era y supongo sigue siendo Toni Garrido. La política tiene estas cosas y los nuevos gobernantes elegidos en las urnas a finales de dos mil once metieron la mano hasta el corvejón. El tiempo ha sido testigo de las consecuencias de aquella maniobra brutal y la caída de las audiencias en RTVE y RNE han sido espectaculares, tanto que costará mucho tiempo que se vuelvan a recuperar si es que alguna vez ocurre, aunque eso poco importa.

Sin embargo, al menos un programa y desconozco si alguno más, sobrevivió a aquella caza de brujas y sigue haciendo las delicias de los oyentes: «No es un día cualquiera» conducido por Pepa Fernández y que los fines de semana llena las mañanas de muchos oyentes. Yo no puedo por lo general escucharle en directo, pero la magia de internet me brinda la opción de escuchar de forma selectiva ciertos apartados a través de los «PODCASTS». En todo caso y para aquellos que no se manejen en estos mundos que pueden parecer modernos pero que llevan ya unos años entre nosotros, la página web de RTVE denominada «ALACARTA» permite volver a ver y escuchar todos los programas de las cadenas nacionales. Y en el caso de este programa de radio, que dura cinco horas, con la enorme ventaja de estar fraccionado y permitir seleccionar los apartados que nos resulten interesantes y que son los podemos descargar a nuestro teléfono móvil para ir escuchando poco a poco a lo largo de la semana, bien en la radio del coche bien en el transporte público con auriculares para no molestar a nuestros compañeros de viaje.

Como digo, selecciono diferentes secciones del programa. Una que temporalmente ha finalizado por la entrada en política de su conductor y que me gustaba mucho era «Verba volant», en el que un profesor nos deleitaba tomando como base diferentes latinismos, su etimología, su uso y su influencia en nuestro lenguaje actual. Eran poco más de diez minutos semanales que como digo han desaparecido por el momento. Además de entrevistas y otros, escucho el titulado «Concohistorias» en el que una humorística y didáctica Nieves Concostrina nos ilustra con piezas curiosas de la historia.

Ahora ando enganchado a uno nuevo, desconozco su título, en el que la boticaria del programa Marian García nos trae a colación historias prácticas de la vida de su farmacia, chascarrillos y sobre todo información muy jugosa sobre aspectos prácticos de la medicina y las enfermedades comunes. El programa del sábado pasado versaba sobre heridas, antisépticos y desinfectantes y me ha resultado tremendamente revelador, al venirse abajo todas mis concepciones acumuladas por la experiencia a lo largo de unas cuantas décadas de vida.

Cuando de pequeños resultábamos heridos, lo normal era un buen lavado de la herida con agua oxigenada seguido de un buen unte de Mercromina. Los niños españoles, especialmente en verano y por los juegos en la calle, llevábamos decorados codos y rodillas con tintura roja un día sí y otro también. ¿Qué ha sido de la Mercromina? Era la reina de la cura casera de heridas pero hace ya años que desapareció de los botiquines por la irrupción del Betadine, que al parecer era mucho mejor y más apropiado para la desinfección de heridas superficiales que no requieran puntos de sutura. Sin embargo, la Mercromina sigue estando disponible en las farmacias españolas si bien ya con muy poca demanda por el público, aunque ha sido retirada en EE.UU. país desde donde se importó en los años treinta del pasado siglo veinte.

Pero el tiempo no perdona y a tenor de lo comentado en el programa referido, el Betadine tiene que dejar paso por diferentes motivos a la clorhexidina y jubilar de una vez por todas al alcohol, agua oxigenada, Mercromina o Betadine en el tratamiento de heridas: un buen lavado de la herida con agua y jabón y la correspondiente ración de clorhexidina es lo que procede en los tiempos actuales, aunque con el tiempo será destronada para dar paso a nuevos productos, caerá en desuso y desaparecerá por las leyes de la vida o del comercio. Su principal ventaja a decir de los entendidos es que no enmascara el color del tejido, de la piel, y permite seguir de forma más fiable la evolución de la herida. Claro que la Mercromina no solo se usaba para las heridas y precisamente era su coloración roja lo que perseguía un cliente de la botica de Marian que demandaba «agua colorá» para marcar a sus gallinas y poderlas encontrar y demostrar que eran suyas cuando se escapaban de su gallinero.

domingo, 20 de noviembre de 2016

BREGA



 Ya aviso de antemano que la entrada de esta semana va a ser un poco técnica y con toda seguridad muchas personas abandonarán su lectura a la primera de cambio. Me gusta, como documentación personal, dejar constancia en este blog de sucedidos que han sido importantes para mí y uno de ellos ha tenido lugar desde el final de la semana anterior hasta mediados de esta. Una verdadera brega contra los elementos, en este caso el sistema operativo de los ordenadores personales conocido por Windows. Para fijar términos y aunque brega es generalmente conocido, me quedo con la acepción cuarta del diccionario que reza «luchar con los riesgos y trabajos o dificultades para superarlos». La definición empieza por lucha, palabra mucho más popular que la anterior, pero no está de más asomarse al diccionario que siempre aporta y para este caso quedarse con la acepción séptima que dice «afanarse, resistir o trabajar continuadamente por conseguir algo, o para vencerlo o sujetarlo».
Como mucha gente conoce, porque lo sufre, los ordenadores personales necesitan un sistema operativo para gobernarlos, hacerlos funcionar e interaccionar con los usuarios. La mayor parte de los que tenemos en nuestras casas, teléfonos inteligentes o tabletas aparte, están subyugados a las decisiones en materia de sistemas operativos de esa empresa conocida como Microsoft y que conocemos por Windows. En este momento el personal en los mundos caseros lidia con las versiones XP, VISTA, 7, 8 y 10, salvo error u omisión por mi parte. Los dos primeros, XP y VISTA, están ya condenados y virtualmente retirados de la circulación al haberse anunciado por activa y por pasiva que están fuera de mantenimiento por la empresa e incluso el Windows 7, el mejor para mí modesto entender de todos los que han existido, está amenazado. Todo son facilidades para que el mundo transite a Windows 10 ya que el paso por Windows 8, también a mi modesto entender, ha sido un completo fracaso. Windows 10 es lo que se lleva en estos momentos y lo que todos debiéramos tener, siempre hablando dentro del mundo Windows, pues como se sabe hay otros mundos a los que podemos cambiarnos, al menos en teoría, siempre que estemos dispuestos a la inversión en tiempo y recursos que necesitaríamos. Por poner un ejemplo de estos mundos: Linux o MAC.

Pero hay muchos ordenadores en el mundo trabajando a entera satisfacción de sus usuarios bajo Windows XP. Los usos que muchas personas le dan y los frutos que obtienen de ellos en sus interacciones son suficientes y no quieren cambiarlos; para ver el correo, leer el periódico, hablar por Skype con sus amigos y familiares o consultar páginas web son suficiente. Y cambiar el sistema operativo Windows XP por Windows 10 generalmente, dada la antigüedad de sus «cacharros», supone un dinero que no es lo único malo, sino cambiar el ordenador, con todo lo que ello implica: cambiar el «hardware» y también el «software». Y esto último es un verdadero problema.

Pocos usuarios saben cómo han llegado a la situación en la que se encuentran, pocos conservan los programas que han ido instalando, ellos o sus vecinos o amigos, pocos saben lo que son los drivers, pocos saben en qué carpetas del disco duro tienen sus datos personales ni siquiera los datos que tienen. Por supuesto la gran mayoría no tiene copias de seguridad y se piensan que el ordenador, ese que compraron en los primeros años del milenio les va a seguir funcionando indefinidamente. Suerte han tenido si no han tenido algún problema en el disco duro o les ha entrado algún virus que haya hecho de las suyas. La solución para ellos pasa porque algún amigo decidido o algún profesional les dé ayuda para acometer, o mejor les haga, ese traslado de un aparato a otro y de los programas y de los datos. Pero no siempre es sencillo ni gratuito, y no estoy hablando solo de dinero. Algunas amistades he perdido en intentos de que yo me encargue de estos traslados.

La semana anterior tuve que hacer una modificación a un programa codificado por mí y que pretendo por cabezonería que funcione en «todos» los niveles de Windows, pues no quiero ser yo el que fuerce un cambio, que por otra parte sería lo más cómodo: hacer como Pilatos, lavarme las manos y decir que XP y VISTA ya no están soportados. Resulta que tras la modificación ejecutada el viernes de la semana anterior, el programa empezó a fallar en Windows XP y Windows Vista. No tenía lógica pero falló, aunque no debería. En este mundillo hay muchas variables a tener en cuenta y una de ellas, que antes del verano me pasó desapercibida por no tener bien presente aquello de que «al papel y a la mujer hasta el culo has de ver» y responder sin cabeza a una actualización de uno de los lenguajes que intervienen en el programa conocido como Python. Este error desencadenó una serie de pruebas en los diferentes niveles de Windows hasta encontrar la causa. Solucionada esta, todo se arregló pero en el entorno de XP se seguían produciendo errores.

Como se indica en el título, la brega ha sido titánica hasta conseguir el jueves por la mañana aislar el problema, una función de Windows desconocida para mí, y que dudo que mucha gente conozca, que me ha traído por la calle de la amargura y me ha hecho dedicarle muchas horas hasta acorralarla y vencerla. Y aun así me quedan las dudas y tendré que seguir investigando hasta encontrar la razón de lo que sucede, extraño en mi manera de ver las cosas, pero que a lo mejor está documentado y es así y lo que ocurre que yo soy un analfabeto en este mundillo. Seguramente se tratará de esto último.

Para no alargar esto, pongo a continuación de manera esquemática el quid de la cuestión, que como ya he advertido al principio será chino para personas ajenas a este mundillo de las «ventanas» y los sistemas operativos que corren en los ordenadores personales.

  • Tenemos un programa que denominaremos PEPITO alojado en una carpeta que llamaremos [AA] y que al ejecutarlo nos da el mensaje «Unsupported Windows versión».
  • En una de las muchas pruebas realizadas, activamos la pestaña de compatibilidad en el apartado de PROPIEDADES-COMPATIBILIDAD para tratar de mediar en el comportamiento del programa. Probamos y probamos y sigue sin funcionar
  • Hacemos cambios en el programa PEPITO, lo probamos desde otros directorios y carpetas y funciona correctamente.
  • Lo COPIAMOS sobre la carpeta inicial [AA] REEMPLAZANDO el existente. Obviamente, el recién creado PEPITO no tiene activada ninguna pestaña de compatibilidad ni nada. Lo probamos en su ubuicación en [AA] y FALLA estrepitosamente. ¡Inaudito!.
  • Vamos a ver las COMPATIBILIDADES de este PEPITO que hemos reemplazado y resulta que conserva la marca que habíamos dejado en el antiguo. Bueno, como lo que hemos hecho ha sido un reemplazo, es posible que se mantengan esas marcas…
  • BORRAMOS PEPITO de la carpeta [AA] e INICIALIZAMOS el ordenador, para evitar Cachés e insrucciones en memoria que pudieran estar actuando.
  • Con el ordenador recién arrancado y PEPITO ausente de la carpeta [AA], verificamos que el nuevo PEPITO que tenemos preparado no tiene ningún tipo de marca de COMPATIBILIDAD.
  • COPIAMOS el nuevo PEPITO a la carpeta original [AA]. Miramos las marcas y ¡voilá! Han aparecido de nuevo, las tiene puestas, con lo cual si hacemos pruebas, por muchos cambios que hayamos hecho, fallará una y otra vez. Y nos volverá locos, añado yo.
No sé si este modo de funcionamiento es una «mejora» de Windows en el intento de mantener las marcas de un programa a otro siempre que tengan el mismo nombre y se ubique en la misma carpeta. Pero a mí parece catastrófico y a las pruebas y las horas empleadas me remito. Si no se conoce este modo de funcionamiento te puedes volver loco y todavía no sé cómo lo he averiguado. Supongo que un poco de suerte, mucha constancia y muchas horas de no darme por vencido.

Ahora todavía me queda buscar en la web y en la documentación a ver si este modo de trabajar del «ventanas», en cualquiera de sus versiones por cierto, es así.



domingo, 13 de noviembre de 2016

SALUD




Desde el preciso instante en que nos asomamos a este mundo no hay mayor responsable directo de nuestra salud que nosotros mismos. En alguna ocasión he dicho que no hay mejor médico personal que la propia persona que no en vano está todo el día presente en las diferentes acciones que llevamos a cabo. Todo requiere una especialización pero la observación directa de las actividades que realizamos a lo largo del día nos compete a nosotros y a poco que nos esforcemos podremos tomar parte activa en condicionar nuestra salud. Ya hace tiempo que se abandonó aquello que la salud es la ausencia de enfermedad para ir mucho más allá. Todos conoceremos personas que no tienen enfermedad alguna diagnosticada pero no por ello gozan de lo que pudiéramos considerar como una buena salud.

Un viejo profesor mío de psicología, dicho lo de viejo con todo el cariño porque ya se ha jubilado, mantenía que era muy difícil asumir conductas de salud cuando no estamos enfermos, mientras que por el contrario tras una enfermedad y mucho más si es especialmente grave, se asumen con toda celeridad. El médico nos puede estar aconsejando que no fumemos, que perdamos peso, que hagamos ejercicio, que cuidemos nuestra alimentación y un sinfín de «cosillas» que hacemos mal con frecuencia pero seguramente atenderemos poco o nada estos consejos. Eso sí, si nos arrea un infarto de miocardio o un ictus y salimos de ello, la observación pulcra de todas estas indicaciones y alguna más será una constante en nuestra vida. Esto por regla general, porque siempre hay excepciones que no hacen caso a los avisos y siguen con su rutina como si nada hubiera pasado.

La profesión médica tiene sus problemas como todas. No hay soluciones técnicas, eminentemente técnicas, a problemas políticos y mucho de esto hay en el mundillo de los hospitales y de los médicos, continuamente acosados por las multinacionales farmacéuticas para que, sin dejar de observar su juramento a Hipócrates, receten tal o cual medicamento en lugar de otro. En este blog he comentado varios pensamientos míos acerca de uno de los males actuales con que más nos bombardean, el colesterol y que pueden verse en este enlace y en este otro.

Una de las enfermedades actuales que más asustan hoy en día son los problemas cardiovasculares, que son la principal causa de muerte en el mundo. Todos conocemos a alguien que los ha sufrido sin que aparentemente estuviera predispuesto a ello. Con ello tenemos la sensación de que cualquier día nos puede ocurrir a nosotros mismos incluso aunque sobre el papel nuestras probabilidades sean bajas.

Nuestro comportamiento en nuestras actividades diarias es vital para incidir en mejorar aspectos básicos de nuestra salud. Ya comentaba en las entradas referidas mi negativa absoluta a tomar ningún tipo de Estatina para bajar mis niveles de colesterol que de toda la vida he tenido altos. En la época en que me dejé convencer por mi médico y los estuve tomando conseguí arreglarme el colesterol –según los índices generales médicos—pero me estropeé todo los demás: sueño, vista, azúcar en sangre con peligro de diabetes, ácido úrico, bilirrubina, triglicéridos, amén de un disparo al alza descomunal en la enzima llamada CK-Creatikinasa que es sinónimo de destrucción muscular y que me tenía todo el día apocado sin ganas de levantarme del sofá. Váyanse al guano las Estatinas y su complementarias Ezetimibas y arriba el colesterol como mi cuerpo decida y por lo menos el resto de mi analítica quedaba en parámetros.

Pero todo esto no quita para que de forma complementaria modificara mis hábitos alimenticios. No hablo de sedentarismo porque es un deporte que no practico a pesar de mis maltrechas rodillas, poniéndome en marcha en cuanto puedo para dar caminatas por el campo o pequeñas carreras suaves. Tampoco puedo hablar de retirarme de la bebida o de fumar porque son actividades que tampoco practico así como de otro tipo de cuestiones peligrosas como la hipertensión arterial que de momento, toquemos madera, no me afecta como puedo comprobar cuando acudo cada cuatro meses a donar sangre. De las que andan flotando por ahí me quedaba la obesidad como uno de los riesgos que se comentan para el asunto de las enfermedades cardiovasculares y con ella ando lidiando, bajando y subiendo kilos con todo el esfuerzo del mundo, pues los que somos de coger peso así que respiremos un fin de semana, el «Michelín» se pone a cien. Cámbiese lo de respirar por engullir más de la cuenta en cualquiera de las muchas actividades sociales en las que participamos, donde todo se realiza o finaliza alrededor de una mesa. Tradición cultural.

Lo ideal sería incorporar conductas de salud desde que somos niños, pero siempre es difícil aunque nunca es tarde para empezar. Los beneficios serán acordes a nuestro estado, a nuestra constancia y a la intensidad con que nos apliquemos a la tarea antes de que ocurran las desgracias. Pero no nos engañemos, además de empezar nuevas conductas lo importante es mantenerlas en el tiempo. Ya lo manifiesta así el eminente cardiólogo español Valentín Fuster, «los datos confirman que aunque la formación y educación en hábitos saludables son importantes y tienen un impacto sobre la salud, si no se mantienen con el tiempo, pierden su eficacia».

No pretendamos empezar a cepillarnos a diario los dientes cuando ya los hemos perdido o a realizar ejercicios de flexibilidad en nuestras piernas cuando estemos en una silla de ruedas. También sería interesante influenciar en la medida de lo posible en nuestro entorno para que la observancia de conductas de salud sea generalizada, aunque los condicionamientos sociales y los usos actuales hacen que sea difícil de lograrlo. Un ejemplo, vamos en coche hasta el aparcamiento más cercano al trabajo en lugar de dejarlo a una cierta distancia y caminar y luego por la tarde nos apuntamos a un gimnasio. Las actividades de la vida diaria aportan suficientes componentes para incorporar conductas apropiadas si queremos y sabemos utilizarlas.