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domingo, 6 de octubre de 2019

LLAVE (1de2)




En esta semana y la siguiente voy a dar un giro a las publicaciones en este blog incluyendo un relato de ficción que escribí hace tiempo. Siempre hay que explicitar que cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia, aunque está basado en un hecho real ocurrido en el pasado. Un poco de ficción viene bien de vez en cuando para descansar y relajarse.



Como la mayoría de los días laborables desde hacía años, aquel miércoles de febrero de 1984 Víctor canceló el despertador antes de que sonara a las cinco y media de la mañana. Un rápido y silencioso paso por el baño para no desvelar a su mujer y encontrarse dormitando en el autobús interurbano camino de su trabajo en la capital. Tras cincuenta minutos de trayecto, cruzaba la calle para tomar otro autobús. Aunque su hora de entrada eran las ocho de la mañana, madrugaba para mantener una tertulia con sus compañeros en el Bar Acaldo, en las inmediaciones de su trabajo. Al calor de un café caliente con churros, hablaban de lo divino y de lo humano con la única prohibición expresa de tratar asuntos de trabajo. 


No eran todavía las siete y media cuando Víctor estaba bajando del autobús frente al bar. Cuando entró, ya tenía preparado un café a su gusto, pero reparó en un objeto que estaba en la repisa bajo la barra y que sin duda alguien había dejado olvidado. Lo cogió con disimulo y se lo guardó en el bolsillo. Era un pequeño monedero de cuero negro que tenía algo en su interior, pero no debían ser monedas pues pesaba muy poco y no se advertían al tacto a través del cuero. Era extraño que el camarero no le hubiera visto o quizá se lo hubiera dejado olvidado algún cliente más madrugador.


Llegaron sus compañeros, comenzó la tertulia y se marcharon al trabajo. Víctor seguía pensando en que tenía que haberle dado el monedero al camarero por si alguien preguntaba por él. Una vez ya en la tranquilidad de su mesa de trabajo, se dispuso a ver el contenido. Un carnet, cuatro billetes de cinco mil pesetas y una llave extraña, plateada, como la de un armario cualquiera, pero con un punzón en su parte superior. Nunca había visto una igual. El carnet era de NEKRO, una empresa de distribución alimentaria para mayoristas muy conocida y en él solo figuraba un nombre, Mencía León Lázaro, y un número que bien pudiera corresponder al de un documento nacional de identidad.


Víctor ejercía desde hacía años como programador informático en el centro de cálculo de un gran banco español. La vorágine del día con sus reuniones y sus múltiples incidencias le llevó al autobús de vuelta a casa casi sin darse cuenta. Fue entonces cuando el asunto del monedero empezó a rondarle la cabeza. Sería (casi) imposible devolvérselo directamente a su dueña, con lo que lo más seguro era dejarlo al día siguiente en el bar, pero la cantidad de dinero era importante, lo que podría tentar al camarero. Y además estaba el asunto de esa llave tan extraña…


Al día siguiente estaba casi decidido a dejar el monedero al camarero por si alguien preguntaba por él. Era como perderlo para siempre porque tanto si alguien se interesaba como si no, le perdería de vista. En el último momento, mientras tomaba café con sus compañeros se le ocurrió la idea: dijo al camarero que había encontrado «algo» en el suelo del bar el día anterior y que si alguien preguntaba lo tenía él. Para evitar oportunistas y al propio camarero, no mencionó de que se trataba.


De vuelta al trabajo, el reconcome de intentar localizar a Mencía León Lázaro seguía rondando la cabeza de Víctor. Consultó la base de datos de clientes del banco, pero no halló ninguna persona con ese nombre o esos apellidos, ni tampoco ese carnet de identidad. Víctor asistía de forma bimestral a unas reuniones entre empresas en las que intercambiaba información acerca de su trabajo, siendo además el secretario encargado de su convocatoria y la redacción de las actas, lo que le había llevado a trabar una cierta amistad profesional con muchos de los asistentes a las reuniones: informáticos de grandes empresas de la banca, la industria, la distribución comercial o el Estado participaban en ellas, pero NEKRO no figuraba en la lista. De pronto, una idea peregrina le vino a la cabeza: llamaría por teléfono a Juan Carlos, el representante de Hacienda en las reuniones y le pediría ayuda para localizar a su misteriosa Mencía. Dicho y hecho, planteó a Juan Carlos el verse por la tarde a la salida del trabajo, para comentarle un asunto que no podía ser tratado por teléfono y que serían dos minutos. Intrigado, Juan Carlos le citó a las siete de la tarde en un bar cercano a su domicilio.


Víctor llamó a su mujer para decirle que regresaría tarde a casa por un asunto profesional. A la salida del trabajo, tomó el Metro para acudir con tiempo al encuentro acordado. Llegó veinte minutos antes, pero cuando entró en el bar, Juan Carlos le estaba esperando sentado en una mesa al fondo del local. Con el ruido ambiental de las partidas de mus y dominó, Víctor le aseguró a Juan Carlos que no se trataba de nada turbio, que le garantizaría por supuesto el anonimato en toda circunstancia y le pidió ayuda para localizar a Mencía si existía en las bases de datos de Hacienda y coincidía con el número del carnet. Solo necesitaba una dirección o un teléfono para ponerse en contacto con ella. Charlaron un poco de otros asuntos mientras apuraban las cervezas y se despidieron con un apretón de manos.


Al llegar a casa ese jueves, mientras cenaban, Víctor contó a su mujer toda la historia y cómo estaba intentando localizar a la propietaria del monedero para devolvérselo. Mostró la extraña llave a su mujer, pero tampoco había visto nunca. Con su máquina fotográfica, donde tenía a medias el carrete de 36 con algunas fotos de la última excursión, tomó una foto de la llave, pero a saber cuándo acabarían el carrete y podrían llevarlo al laboratorio para su revelado.


Al día siguiente, viernes, a primera hora, Víctor recibió una llamada de Juan Carlos. Como habían convenido, la comunicación fue escueta. Mientras hablaban de asuntos profesionales de cara a la siguiente reunión, Juan Carlos hizo una pausa y dijo: Orbajosa, Segovia, calle Mayor, 10, no hay teléfono. Siguieron hablando y Víctor agradeció efusivamente al final a Juan Carlos todo lo comunicado, muy importante para su trabajo.


Presa de gran excitación, Víctor se dirigió al departamento de administración para consultar la guía telefónica de la provincia de Segovia. Se trataba sin duda de un pueblo muy pequeño, pues en Orbajosa apenas figuraban cinco teléfonos, ninguno del ayuntamiento o sitio oficial y todos de particulares, de los que ninguno tenía por apellidos León o Lázaro. Cabía la posibilidad de llamar a alguno al azar, pero mientras esta idea rondaba su cabeza se le ocurrió otra más directa.


Durante la cena del viernes, comentó con su mujer las pesquisas realizadas. El sábado era día laborable para ambos, por lo que propuso hacer una excursión tranquila el domingo a Orbajosa a visitar en persona la casa de Mencía o tratar de hablar con algún vecino o pariente que pudiera conocerla. Orbajosa distaba sesenta y cinco kilómetros en coche y podrían aprovechar para hacer algo de turismo por la provincia de Segovia a la vuelta. Su mujer le dijo que se estaba volviendo un poco paranoico con el asunto, pero accedió gustosa a la excursión.


Como era costumbre en sus caminatas por el monte, Víctor preparó los bocadillos de pan recién hecho con lomo adobado, lonchas de queso y rodajas de tomate natural y añadió a la mochila una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate de almendras y las cantimploras. Un poco antes de las doce llegaban a Orbajosa, un pueblo muy pequeño donde no se apreciaba ningún edificio que sobresaliera como la iglesia o el ayuntamiento. Todo eran casas de una planta. No se veía un alma, pero cuando aparcaron el coche a la entrada estaban ya en la calle Mayor según rezaba una placa bajo el alero de la primera casa del pueblo.


Anduvieron a lo largo de la calle hasta alcanzar el número 10. Una puerta central y dos ventanas, una a cada lado, con rejas y cubiertas con persianas de lamas de un color verde desvaído. No había timbre, pero si una bella aldaba representando una mano. Víctor llamó varias veces. Todo estaba en silencio, nadie respondió a la llamada. Lo intentó de nuevo con más golpes y más fuertes. Nada. El pueblo seguía desierto, no se veía a nadie a quién preguntar ni señal alguna de vida en las casas. Cuando ya iban a marcharse a recorrer el pueblo a la búsqueda de alguien, se abrió la puerta de la casa de enfrente y salió una anciana, vestida completamente de negro con una toquilla sobre los hombros y el pelo blanco recogido en un moño.


—Buenos días, —les dijo—. Les he visto a través de los visillos y me ha parecido que tenían interés en esa casa. ¿Buscan Vds. a alguien?


—Hola, muy buenos días, respondió Víctor. Muchas gracias por atendernos, parecía que en este pueblo no había nadie. 


—Poca gente hay ya desde luego y todos metidos en sus casas a resguardo del frío. Pero… ¿que se les ofrece? 


—Estamos buscando a una persona llamada Mencía y nos han dado esta dirección. ¿La conoce Vd.?


—Claro, como no la voy a conocer. Es una de las dos hijas de Ricardo y Andrea. Ricardo León era Guardia Civil y murió ya hace mucho tiempo en un accidente. Andrea Lázaro, la madre, vive en Santander con Aldonza, su otra hija y ya no vienen por aquí desde hace años. Mencía viene muy de tarde en tarde, pero solo a dar una vuelta a la casa y se marcha enseguida. 


—Pues verá. Esta semana hemos encontrado en Madrid una cosa que seguramente Mencía ha perdido y nos gustaría devolvérsela. Pero ya vemos que va a ser difícil.


—Mencía trabaja en Madrid y como digo viene de Pascuas a Ramos por aquí, manifestó la anciana. 


—¿No conocerá Vd. a algún familiar o alguien que pueda contactar con ella? —preguntó Víctor. 


—Sí, conozco a alguien. Todos los días pasa el panadero del pueblo de al lado con la furgoneta a traernos el pan y algunas cosas, aquí ya no hay tienda. Hoy ya ha pasado, pero él si la conoce, incluso creo que es algo familia suya, aunque lejana. 


—Pues si fuera Vd. tan amable, le voy a dejar un papel con mi nombre y el teléfono de mi trabajo en Madrid, para que se lo hagan llegar a Mencía y me llame por teléfono. Le quedaría muy agradecido. 


—Lo haré encantada, déjeme el papel y mañana se lo doy al panadero.
  

Salieron del pueblo sin cruzarse con nadie, comentando la suerte que habían tenido con la anciana, que les había salvado casi con toda seguridad de un viaje fallido. Ya de regreso a su pueblo, pararon a comer los bocadillos en una loma ante la espléndida vista del castillo de Turégano y dieron un paseo muy agradable por los jardines de la Granja de San Ildefonso.

(Continuará y finalizará en la entrada de la semana próxima)


domingo, 29 de septiembre de 2019

SAPIENCIA




Vivimos en una sociedad de contrastes. Siempre los ha habido, pero ahora se acentúan más y más hasta límites impensables. Gente con cincuenta años que tiene como máxima aspiración alcanzar una prejubilación para dejar de trabajar y gente con más de setenta que sigue en la brecha. No tenemos remedio: cada vez es más frecuente ver como la experiencia y los conocimientos se arrinconan cuando no se ignoran directamente por aquello de que quienes los detentan son ya… «mayores» y hay que mandarlos al retiro forzoso para dejar paso a jóvenes que entran como elefante en cacharrería.

Como botón de muestra un par de casos. Comencé mi labor como técnico informático de Grandes Sistemas en una empresa del sector de la banca hoy tristemente desaparecida o cambiada de nombre cuando tenía 18 años. Cursos de formación en IBM y sobre todo formación interna de los compañeros con más experiencia y años en la profesión fueron los mimbres para empezar a desarrollar conocimientos y experiencia en mi trabajo, una labor que por aquel entonces ni siquiera se enseñaba en la universidad. En aquellos años setenta y ochenta del siglo pasado asistí a reuniones de intercambio de información con otras grandes empresas españolas e incluso acudí a alguna reunión internacional representando a España. También por mi inquietud publiqué algunas colaboraciones sobre aspectos técnicos en revistas inglesas o estadounidenses y en el último tramo de mi vida laboral, con internet empezando a ser una poderosa herramienta comunicativa, participaba en foros de intercambio de ideas y programas. Transité por varias empresas, todas ellas del sector de la banca española, hasta que, con 51 años casi recién cumplidos, un departamento de esos llamados de recursos humanos me llamó para decirme que me tenía que marchar, sí o sí, por aquello de la renovación de plantillas, las sinergias y no sé qué otras zarandajas modernas que no comprendía pero que me pusieron fuera de la circulación.

Seguí trabajando varios años ya como autónomo en el sector desarrollando proyectos para varias empresas. Curioso es que algunas de las que había estado como empleado me requirieron, más de una vez, para desarrollarles algunas piezas a través de empresas interpuestas: ¡el mundo del revés! Pero a lo que vamos, tras casi cuarenta años de experiencia en un sector muy reducido, muy especializado, mis conocimientos si es que tenía alguno quedaron dormidos para siempre sin capacidad de transmisión a nuevas generaciones que podían haberlos aprovechado. Y no creo que esto sea ningún atisbo de prepotencia por mi parte.

En la imagen que encabeza esta entrada puede ver a Antonio Rodríguez de las Heras. A poco que tecleen su nombre en cualquier buscador recibirán un aluvión de información de las muchas actividades en las que desarrolla su labor. En estos momentos, septiembre de 2019, tiene 72 años y es Catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid en la que sigue impartiendo sus clases, sus cursos para mayores y dirigiendo tesis doctorales. Su labor está centrada en cómo afectan las emergentes tecnologías, no ahora sino desde hace décadas, en la educación. He tenido oportunidad de seguir sus seminarios y en ellos siempre se aprende y se recolocan las ideas sobre lo que puede suponer la educación en el futuro, cada vez más inmediato, y sugerencias de cómo podemos afrontar el reto de «llenar la mochila» de los estudiantes para su circulación futura por el mundo.

Una de las posibilidades que ofrece la tecnología es la formación a través de internet. La imagen de esta entrada responde a una de las actividades de su magnífico curso MOOC titulado «Utopedia. Educación para una sociedad del conocimiento» en el que plasma una miríada de ideas sobre el tema. En la parte inferior de la fotografía aparecen varios alumnos en la primera edición de este curso, de varios países del mundo, interaccionando en una sesión en directo con el profesor aprovechando las facilidades de la red. Una innovadora forma de educación que ahorraría muchos desplazamientos y que puede sustituir, al menos en parte, las clases presenciales. Le sugiero que aproveche para inscribirse en la séptima edición del mismo que comienza el próximo día 15 de octubre de 2019 en la plataforma EDX. Yo ya lo he hecho para asistir virtualmente al curso por tercera vez.

Como digo y sin establecer comparaciones, que siempre son odiosas: unos en la brecha a pesar de los años y otros en el dique seco. Como dice el profesor en una de sus acertadas definiciones de vejez: «vejez es cuando el mundo que te rodea se te hace ajeno, te desajusta». Y siguiendo con sus ideas, ahora tenemos ABUNDANCIA de información —contrastada o no—, pero como no podemos con todo, andamos PICOTEANDO, lo que puede conducirnos a la DESAFECCIÓN que puede llevar al DESPILFARRO que puede conducir a la CONTAMINACIÓN.