Buscar este blog

domingo, 10 de enero de 2021

TELARAÑA

No nos es desconocido desde hace ya mucho tiempo que los servicios gratuitos en internet no son tales: estamos trabajando para grandes corporaciones recopilando datos, nuestros y de nuestros contactos, que son oro puro en los sistemas actuales de estudios de mercado e inteligencia artificial. Las llamadas redes sociales, los servicios de grandes corporaciones como Google, Microsoft o Yahoo son en realidad una fuente inestimable y cuasi gratuita de información.

Tras el verano pasado, me auto impuse la tarea de «escapar» de los servicios de correo de estas grandes empresas, es decir, abandonar progresivamente mis correos electrónicos tipo «@gmail.com», «@hotmail.com», «@outlook.com» o «@yahoo.com» entendiendo esta relación como mero ejemplo.

La alternativa es posible, de forma básica, en dos direcciones. Una y la más sencilla es utilizar el servicio que nos puede brindar nuestro propio servidor de internet, con lo cual según el que tengamos contratado podemos tener direcciones de correo del tipo «@telefonica.net» o «@wanadoo.es» a modo de ejemplo. Esta primera opción tiene el inconveniente de que perderíamos nuestra dirección de correo electrónico si decidimos atender una oferta de las muchas que circulan por la red y nos cambiamos a otra plataforma.

La alternativa más plausible es estudiar el mercado y contratar una plataforma independiente, de pago claro está, que nos ofrezca unas ciertas garantías, cuyo coste sea asumible por nosotros y que tenga una estabilidad en el tiempo. Hay varias en el mercado y tras un estudio concienzudo decidí apostar por PROTONMAIL. Tiene ciertos inconvenientes, resueltos eso sí, en el uso del componente OUTLOOK de OFFICE para acceder a sus correos, pero su interfaz para acceso a través navegadores y del propio teléfono móvil está muy conseguida y es fácil de implementar y utilizar. Su coste, dependiendo de los plazos de contratación y para un usuario particular, puede estar entre los 3 y los 5 euros mensuales.

Probada su utilización gratuita durante un mes, contratado el servicio de pago por otro mes, al final me decidí por ello efectuando el contrato por dos años. Empezaba la ardua tarea de migrar todos mis correos esparcidos por el mundo digital a esta nueva dirección de correo, que en realidad son dos diferenciadas, pues la plataforma en su uso contratado permite disponer de hasta cinco direcciones de correo diferentes que en realidad son la misma, pero permite diferenciar la que facilitas a conocidos personales o a empresas.

Han pasado tres meses, el esfuerzo es agotador y al final es casi imposible escaparse de la red tejida desde hace muchos años por estas grandes empresas, que son como arañas con una gran red que capturan, devoran, procesan y guardan para la posteridad todo lo que pillan. Me ha venido a la mente un texto en relación con las telas de araña que María José Blanco Barea colocó hace años, en 2002, en el foro de una plataforma de afectados por acoso moral en el trabajo, «mobbing», y que reproduzco aquí.

LA TELA DE ARAÑA

 

Así lo veo yo: una TELA DE ARAÑA, y no precisamente porque yo fuese una mosquita moribunda, todo lo contrario, me defendía, pero he ahí el error:  cuanto más me movía y más me defendía, más me enredaba, y más desgastada me estaba quedando. Un día, un buen psicólogo, que me vio, empezó a enseñarme a darme cuenta de que, si hacia tal movimiento se me enredaba la pierna, y si hacia el otro me atrapaba el cuello, entonces aprendí que la única manera de salir de allí era aprender cual es el juego de la araña, aprender cuáles son sus técnicas, cuando esta como dormida y sin embargo sigue tirando de los hilos para tensar el nudo que me aprieta el alma. Aprendí a verme a mí misma como lo que soy, y a saber que soy libre, tan libre, que ninguna tela de araña podía atraparme. Aprendí a ver a la araña desde cerca y desde lejos y  a ver que la tela en la que estaba la había tejido enteramente la araña, y que ahí caí yo, es decir, que a mí no me había tejido la araña, así que en  una gota de rocío me vi reflejada una madrugada, era YO, no era una mosca, y ya no tenía aracnofobia, y la tela de araña se podía deshacer o no -eso se  lo dejo a la araña- pero mi libertad y mi dignidad esas estaban sin atrapar,  esas son intangibles, así que cogí todas las fuerzas del mundo, todo el  coraje, y toda la dosis de humor y ternura que había olvidado tenia, y respiré hondo y volé, me alcé, sin más esfuerzo me desprendí de la tela de  araña y allí la dejé.

 

Sé que mi error era luchar contra la tela de araña, cuando el enemigo era la araña. Me dediqué durante muuuuucho tiempo a ver la geometría de la tela y perdí tanto tiempo en su análisis y comprensión sin ver que el origen de todo estaba en el sujeto araña.

 

Desde entonces, cuando veo a alguien tejiendo a mi alrededor, me inflo de dignidad y libertad, y esto debe ser un maravilloso insecticida, porque descubren que no me van a enredar y aunque dejan su asqueroso hilo o rastro en alguna esquina, no consiguen atraparme.

 

Desde entonces, cuando veo a alguien que construye con pilares firmes y paredes maestras, con puertas y ventanas abiertas de par en par sin trampa ni cartón, a la entrada y a la salida, ambientes de buen humor, de buenas intenciones, de generosidad, de solidaridad, de cariño, de compromiso, me  uno a su ejército de buenas gentes y nos vamos al campo de la vida de excursión a dejarnos enredar por las estrellas porque desde la serenidad de  la seguridad en uno mismo y en los que nos rodean, se puede llegar a tocar  el cielo con las manos.

 

Perdona si esto ha salido así, es que me siento libre y me siento bien.  Salí del infierno sin la cola del diablo ni el tridente en la mano, por eso no soy diablo ni mato, ni pego, y trato de no insultar ni de maldecir, salí del infierno y no quiero, no quiero, no quiero, llevar ni una llamarada por donde vaya. Salí del infierno y me gustaría que los que están atrapados en él, puedan disfrutar de la emoción de pertenecer a un ejército de guerrilleros que luchemos con otras herramientas, con las nuestras, no con las suyas, para no enredarnos más en la tela de araña.  

Llevo utilizando direcciones de correo «Gmail» desde 2007, trece años largos. Aunque me abrí una segunda dirección para contactos y registros con empresas que se me llena de Spam a diario, mi dirección personal aparece por infinidad de sitios, la tienen muchas de mis amistades y conocidos y ha sido utilizada para registro en empresas. ¿Quién inventó eso de que la dirección de correo sea el «usuario» de acceso? Ahora me doy cuenta de que no es una idea acertada especialmente cuando tratas de cambiar la dirección de correo que es a la vez el usuario de acceso. Varias empresas lo tienen bien planteado haciendo el cambio de forma profesional pidiendo autorización y verificando la nueva dirección, pero la gran mayoría de ellas entran en un caos que sería más largo que el Quijote describir.

Lo seguiré intentando, pacientemente, sin enredarme. Respecto de los amigos y empresas que «ignoran» el cambio de correo electrónico que les he solicitado, optaré por hacerme el «sueco» aunque vea sus correos porque mantendré mi antigua cuenta por un año completo para evitar que me haya dejado algo en el tintero. Y después, cuando cierre la cuenta, vendrá el apagón y aquellas personas o empresas que intenten contactar conmigo por este conducto electrónico tendrán que mostrar interés y buscarse las habichuelas.

Al igual que me he abierto una dirección nueva de correo, podría contratar un número de móvil nuevo, pero eso no garantiza escapar del control, porque correo y número novedosos estarán en las agendas de mis contactos, con lo cual seguiré en el candelero. La araña, la red…

Otro aspecto serán las cuestiones relativas a servicios en los que se utiliza el correo electrónico como base de acceso, como por ejemplo un teléfono Android o sus aplicaciones como Whatsapp o Twitter entre otras, por no hablar de Blogs y similares. ¿Cómo se cambia de cuenta de correo sin perder todo el historial que nos puede ser interesante o vital conservar?




 

miércoles, 6 de enero de 2021

EL BUZÓN DE PEPE


Cuento de Navidad

Pasaba todos los días en su camino al colegio por delante de ese escaparate en el que compartían espacio juguetes y armas. Le llamaba la atención que en una misma tienda se vendieran cosas tan dispares, pero el pueblo era pequeño y había que diversificar la oferta a los clientes. «Juguetería-Armería de los herederos de José del Callejo» rezaba un rótulo como título del establecimiento ubicado en una de las plazuelas más coquetas y céntricas del pueblo. Él no era muy de juguetes y mucho menos de armas, pero algún vistazo fugaz se escapaba al pasar por delante observando que su contenido cambiaba con frecuencia.

Todos los 22 de diciembre de los pocos años que llevaba en este mundo recordaba el cambio drástico que acontecía en ese escaparate: armas y juguetes desaparecían como por arte de magia para dejar un sitio de honor a aquella figura tan especial. Era una pieza hermosa que simulaba un paje real construido con esmero por algún ebanista y que sostenía en sus manos una pequeña caja con un orificio para depositar las cartas en su interior.

Llegada la Navidad, su padre le imponía como al resto de los hermanos la escritura de la consabida carta a los reyes antes de fin de año. El más pequeño todavía no sabía escribir y era el padre el que plasmaba sus deseos con su estilográfica y una letra preciosa. Traía de la juguetería un papel impreso en cuya cabecera había espacio para poner el nombre del niño bajo un dibujo que se repetía año tras año y que representaba a los tres Reyes Magos de Oriente. El propio papel se plegaba dos veces sobre sí mismo según unas indicaciones en los márgenes y se pegaba mojando una tira engominada dejando visible el nombre. Su padre siempre les recordaba la prohibición de utilizar la lengua y preparaba un mojasellos con una esponja humedecida en su interior. Una tarde, siempre antes de que acabara el año, la familia en caravana iba a la tienda a depositar las cartas en el buzón.

Pero él se iba acercando a esa edad en la que las cosas empiezan a no encajar, si bien no se está seguro del todo. ¿Cómo iban a entrar, por muy magos que fueran, por las ventanas de todas las casas cerradas a cal y canto en el duro invierno? ¿Y… a todos los niños del mundo a la vez en la misma noche? Aquel año estaba dispuesto a descubrir lo que ocurría. Se las ingenió para pasar por la tienda y pedir directamente un papel de carta al tendero y en la intimidad del cuarto de baño escribió su deseo: una caja de juegos reunidos de GEYPER. En la familiar sesión de escritura con sus hermanos se las arregló para escribir otro regalo y en el último momento dar el cambiazo.

Solo quedaba esperar al despertar del día de Reyes y descubrir si el regalo que realmente deseaba era el dejado en su zapato o por el contrario había llegado el que había escrito en la carta con sus hermanos que finalmente hizo trizas. Las tres copas con champán y la bandeja de turrón y polvorones para los reyes estaban vacías como también lo estaba el pequeño barreño con agua para los camellos. ¿Entraban también los camellos por la ventana? Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que una flamante caja con 55 juegos reunidos GEYPER estaba en su zapato. Nadie le había visto cuando escribía la carta con esa petición, que había sido cerrada a cal y canto en la intimidad del cuarto de baño. Realmente los Reyes Magos eran muy listos y él quedó chafado en su conato de aprendiz de Sherlock Holmes para pillar a los reyes.

Era el mayor de los hermanos y al año siguiente todo quedó claro: los reyes eran... otros, pero incluso así no le cuadraba lo ocurrido el año anterior. La única explicación posible era que Pepe, el juguetero-armero, no cursara las cartas a Oriente y se las entregara a los padres que así podían tener constancia clara de las peticiones de sus hijos incluso aunque estos no les hubieran dejado ver lo que escribían.

El paje-buzón siguió apareciendo muchos años en el escaparate recibiendo las cartas de los niños. Con el tiempo y ya con una cierta edad preguntó a Pepe el proceso que seguía con las cartas: todos los días vaciaba el buzón y las guardaba a mano para entregárselas a algún padre si se acercaba a pedirlas. Todos se conocían en el pueblo, y al final de las Navidades, cuando el paje-buzón desaparecía del escaparate, todas las misivas que no habían sido recogidas eran pasto de las llamas en la cocina de su casa.


 

domingo, 3 de enero de 2021

HABA

Estamos en unas fechas en que el título de la entrada y una de sus tradiciones me viene al pelo para comentar un sucedido de esta misma semana. Aunque ahora se colocan figuritas o piezas de cerámica o cristal, era tradición antaño colocar en el interior de los Roscones de Reyes un haba. Hay una larga historia que nada tiene que ver con el cristianismo ni la llegada de los Reyes Magos y que ya se remontaba a una tradición existente en el pueblo romano mucho antes de la «invención» del cristianismo. Estaba asociada a los Saturnales, una fiesta pagana conocida como «de los esclavos» que se celebraba en diciembre: se repartían unas tortas elaboradas con dátiles, higo y miel entre los esclavos y el que tenía la dicha de encontrar el haba disfrutaba de unos días de libertad durante las saturnales. Hogaño, en reuniones de familia o amigos y al menos figurativamente, al que se encuentra en su porción la figurita de cristal o cerámica se le queda «cara de haba» porque tiene que pagar el roscón.

A mí se me ha quedado cara de haba de sorpresa en tres ocasiones en mi vida que voy a relatar. La primera sucedió a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Habían aparecido los CDs musicales y estaba en el proceso de abandonar los tradicionales vinilos e irlos cambiando por el nuevo soporte, más cómodo de manejar, almacenar y utilizar. Para actualizar mi «set» de música clásica, me dirigí a El Corte Inglés, menos mal que a ese establecimiento, y compré una colección de 10 CDs titulada «Grandes Maestros de la Música Clásica», una selección muy cuidada de diez de los grandes maestros que hoy todavía sigo escuchando, si bien no desde el CD sino desde su traslación digital almacenada en un disco duro.

¡Cuántas colecciones y libros tendremos en nuestras estanterías pendientes de escuchar o leer! Para que eso no ocurriese, me hice el firme propósito de disfrutar de un disco cada día. Manos a la obra, fueron pasando los días y cual no sería mi sorpresa al abrir el disco que hacía el número 6 de la colección, dedicado a Chopin, y comprobar que la caja estaba vacía: ¡no había disco! Un fallo de empaquetado en la fábrica, supongo, pero… ¿Cómo proceder? Aunque habían pasado unos días desde la compra con fin de semana por medio, conservaba el tique, pero claro, cómo convencer al dependiente que la caja venía vacía. Comprobé el resto de discos por si acaso y estaban todos.

Personado en El Corte Inglés, cuando referí el hecho la sorpresa de la dependienta que me atendió fue mayúscula. No sé si mis explicaciones resultaron convincentes, pero parece que asumió que yo no era un jeta que trataba de hacerse con disco nuevo y yo creo que, porque se trataba de ese establecimiento en concreto, accedió a cambiarme la colección completa por una nueva. Como era lógico, la dependienta y yo abrimos una por una las cajas de los diez discos para comprobar que estaban todos.

Solemos confiar, especialmente cuando los embalajes vienen precintados, en que su contenido está completo, pero no siempre es así. Hay fallos como el anteriormente descrito y otro que relato a continuación, sucedido hace algunos años. Compré una tarde en una tienda por aquella época muy famosa y que no sé si sigue existiendo, Menaje del Hogar, un disco duro multimedia. No sé si por las prisas o por un exceso de confianza, pero al llegar a casa vi que el precinto de la caja estaba abierto. Y no era eso lo peor, ¡la caja estaba vacía! Estaba el transformador, cables y demás, pero faltaba lo esencial: el disco duro. Repetición de la jugada.

Personado en la tienda a primera hora del día siguiente, tuve la fortuna de que el mismo dependiente que me atendió la tarde anterior pudo comprobar que me habían dado la caja del último ejemplar que tenían en existencia y que se correspondía con el disco que estaba en la exposición. Para no andar con esperas a uno completamente nuevo, decidí llevarme el que estaba expuesto, mucho uso no tendría, aunque algo de polvo sí, y dar el asunto por concluido.

Y como dice el refrán que no hay dos sin tres, esta semana me ha vuelto a ocurrir. Y esta vez es mucho más delicado porque no hay tienda y no hay dependiente: se trata de una compra de esas que ahora se llevan mucho, por internet. Aunque tengo envío gratuito por suscripción, pedí dos artículos de forma conjunta a ese gigante que empieza por «A» para ahorrar costes y cartones. Cuál no sería mi sorpresa cuando abrí el paquete y solo venía uno de los artículos; el otro estaba ausente.

Me imagino que no seré el primero que pase por esto. Tuve la oportunidad de visitar el centro logístico de «A» en San Fernando de Henares y pude comprobar, dada su organización interna, lo complicado que resulta el poner dos artículos en un mismo paquete, casi es un ejercicio de malabarismo. No es cuestión de explicarlo aquí, pero así es: hay que tener verdaderamente mucha suerte para que los dos artículos pedidos lleguen al centro de empaquetamiento a la vez y puedan ser enviados juntos.

El caso es que en el paquete solo venía uno. Buscando y rebuscando por la página web de «A» no hay un sitio claro donde exponer este sucedido. Tocaba la tan temida experiencia de «hablar con un operador» y referirle los hechos de forma convincente para tener una solución. No es lo mismo ir personalmente a una tienda y hablar cara a cara con un dependiente que hacerlo a través del teléfono. Al final encontré en la página web la forma de que me llamaran por una incidencia en relación con ese pedido concreto y una muy amable operadora de nombre Jackeline que Dios sabe dónde estaría, pero con un acento suramericano melodioso, entendió mi problema, me creyó y me hizo un abono en mi cuenta que me permitió al cabo de unas horas volver a pedir el producto. Eso sí, esta vez, de forma individual.

Incidencias puede haber en cualquier aspecto comercial, pero ahora con estos sistemas de venta y distribución, algunas de estas incidencias se convierten en especiales porque abocan a situaciones que no son fácilmente demostrables. En este último caso, es prácticamente imposible de demostrar, salvo que vayas con el paquete precintado a un notario y lo abras delante de él para que pueda testificar el contenido en el momento de abrirlo. Y la cosa puede ser peor: imaginemos que hemos solicitado la entrega en un armario o taquilla electrónica, se entiende mejor con el anglicismo «locker», y cuando vamos a recogerlo y se nos abre la puerta de nuestro cubículo, este estuviera vacío. ¡Horror!