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domingo, 10 de septiembre de 2017

RECARGA





La fotografía que ilustra esta entrada es un remedo de la que originalmente llamó mi atención y que no tomé en un primer momento. Al volver, la situación había cambiado y ya no era posible. Ocurrió durante mi reciente viaje a EE.UU, hace unos meses, cuando iba a visitar a unos familiares en una urbanización en las afueras de Orlando, en el Estado de Florida. Bien es verdad que era una urbanización cerrada y particular, pero el hecho es casi el mismo. De un balcón en una primera planta salía un cable que estaba conectado a un vehículo aparcado en la calle, en la misma línea del balcón si bien un poco retirado por los jardines. Hay que reconocer que no era lugar de paso, no había aceras y por tanto no había peligro alguno de que nadie se enredara con el cable.

Como se habrá podido figurar el coche era eléctrico, cien por cien eléctrico, concretamente uno de la marca Tesla que están tan de moda ahora llamando la atención. La urbanización no disponía de garajes particulares, estando los coches de todos los residentes aparcados en la calle.

La historia de los coches que utilizan derivados del petróleo como combustible es ya bastante larga y estable. Si mi memoria no me traiciona, allá por el año 1973 del siglo pasado tuvo lugar la primera gran crisis del petróleo, en la que los precios se dispararon y ya se vió que la dependencia de la sociedad de las gasolinas y los gasóleos era enorme al estar basada su economía en estas fuentes de energía y por ello con una total dependencia de los países productores de petróleo que podían abrir o cerrar el grifo a su antojo comprometiendo los desarrollos y la vida de la llamada sociedad occidental.

Desde entonces han pasado casi cincuenta años y prácticamente todo sigue igual en lo que se refiere al parque de automoción. Se supone que durante todos estos años se debería de haber buscado una alternativa, o varias, que permitieran a los vehículos y a la industria independizarse de esta fuente de energía, que por otra parte es finita además de altamente contaminante por generar gases de combustión que afectan seriamente a la atmósfera y a su capa de ozono. Pero flotaba en el ambiente que las poderosas empresas que rodeaban el mundo de los combustibles hacían lo posible y lo imposible para frenar cualquier tipo de investigación en la búsqueda de una alternativa. Era cuando menos extraño que las casas fabricantes de automóviles no estuvieran investigando seriamente durante todos estos años para posibilitar el movimiento de sus vehículos con otra fuente de energía.

Sin embargo, en los últimos años parce que la tendencia ha dado un giro brusco y las empresas automovilistas se han puesto las pilas y se han subido al carro del cambio para poner en el mercado vehículos híbridos o puramente eléctricos. En estos momentos, septiembre de 2017, los precios son todavía algo elevados, pero esto es ley de vida para las innovaciones, que con el paso del tiempo se generalizan llegando a más compradores y abaratando consecuentemente los precios. Los precios de los coches son muy variables pero en la actualidad podemos encontrar un coche de tipo medio de gasolina o diésel en unos quince mil euros. En el mercado hay algunos vehículos de estos mismos tipos medios y puramente eléctricos en veintidós mil euros y con autonomías que rondan los trescientos cincuenta kilómetros por carga. La diferencia no es mucha si se tiene en cuenta que su utilización no va a generar los mismos gastos al no tener que visitar la gasolinera.

Ahora bien, hay voces que llevan varios años abogando por otro tipo de combustibles entre los que podemos citar el gas o el hidrógeno. El gas tiene parecidos inconvenientes a los combustibles fósiles mientras que el hidrógeno sería un tipo de energía con muchas ventajas en su uso diario. No parece que la investigación vaya por ahí, especialmente por los problemas de almacenaje y distribución. Propuestas interesantes en este sentido hay muchas y alguna puede leerse en el muy recomendable libro de Jeremy Rifkin titulado «La economía del hidrógeno» del cual puede leerse una reseña en el blog amigo de A leer que son dos días haciendo clic en este enlace. La energía eléctrica es limpia, pero no lo es tanto su producción, especialmente si para generarla se emplean a su vez combustibles fósiles como el carbón, derivados del petróleo o energía atómica ya que por el momento procedimientos limpios como los hidráulicos o por medio del viento o el sol están por desarrollar para poder cubrir la creciente demanda.

Supongamos que el coche eléctrico se generaliza en los próximos años. El problema diario sería la recarga del mismo. Como se puede ver al salir a la calle, miles de coches están aparcados diariamente en las calles y no siempre debajo de la ventana o balcón de su propietario. ¿Nos imaginamos una maraña de cables saliendo por las ventanas hasta alcanzar los vehículos? Solo aquellos que dispongan de garaje propio por vivir en una casa individual o adosada no tendrán problema en este asunto. Pero el resto de los mortales, incluso aquellos que dispongan de garajes comunitarios en sus viviendas tendrán un problema a la hora de recargar sus vehículos en sus domicilios, pues las comunidades no creo que estén dispuestas a asumir el incremento en el gasto por estas recargas personales. 

La alternativa será la recarga en puntos públicos del tipo de las gasolineras actuales, pero eso llevaría un tiempo que por el momento supera los treinta minutos, perfectamente asumible en un desplazamiento largo pero no en el trasiego diario. Si nos compramos un vehículo eléctrico… ¿cómo solucionamos el asunto de las recargas?