¿Cascos? ¿Envases? ¿Envoltorios? ¿Latas? ¿Bolsas? ¿Residuos? Cuando uno mira hacia atrás en el tiempo se da cuenta de cómo han cambiado las cosas, pero nunca se sabe si para mejor o para peor. Pero diferentes sí que son, vaya que lo son.
En los años 60 del siglo pasado vivía yo en un pueblo la mayor parte del año, pero pasaba un mes en otro pueblo en la provincia de Toledo, del que era originaria mi madre. Este pueblo de Toledo, Torrijos, era eminentemente agrícola, dedicado a las tareas del campo. Mi tío tenía una huerta y algunos animales (cerdos, gallinas, mulas) de los que vivía la familia todo el año.
Los residuos producidos en esta casa de cara a una inexistente recogida municipal de basuras eran inexistentes. Los alimentos no estaban envasados y los pocos restos orgánicos iban a parar a las gallinas o a los cerdos que daban buena cuenta de ellos. Algún periódico o cartón que rara vez aparecían por la casa alimentaban la cocina de carbón y leña que servía para para la cocción diaria del cocido que se comía en esa casa todos los días del año. Resumiendo: residuos, cero patatero. Inexistentes.
El otro pueblo, en el que vivía y sigo viviendo, de la provincia de Madrid, era de servicios, muy poco industrial y enfocado mayormente al turismo. Sí que había un llamado «camión de la basura» que pasaba a diario casi siempre a la misma hora por las calles del pueblo. Mi madre llevaba al camión el cubo de la basura, sin bolsas como ahora, forrado con papeles de periódico y un señor que iba en la caja del camión, descubierta, lo volcaba directamente. No vamos a entrar en temas de higiene y esos asuntos. Lo normal y a diario es que el cubo de la basura de nuestra vivienda estuviera lleno en una cuarta parte con restos puramente orgánicos: huesos, mondas de verduras o frutas, cáscaras de huevo y similares. Nada de plásticos, cartones, papeles o… envases.
Y no es que no existieran los envases, pero eran retornables. Por poner un ejemplo, los yogures de Danone de la época, comprados en la panadería del barrio venían en frascos de cristal. Había que llevarlos los bien lavaditos y limpios para que Segundo Tejero te los cambiara por unos llenos sin tener que abonar nada por el casco. Porque los cascos costaban dinero. Diré que las compras se hacían a diario porque eso de tener un frigorífico en casa todavía no había llegado. Como mucho, una fresquera, definida por el diccionario como «cámara frigorífica casera, especie de jaula que se coloca en sitio ventilado para conservar frescos algunos líquidos o comestibles». Ubicada en la ventana más sombría de la casa solo en casos especiales se utilizaba hielo comprado en barras en la fábrica de hielo de los hermanos Pérez de Villar.
Lo de tener bebidas en casa era ciencia ficción: gaseosa «La Casera» comprada fresca a la hora de la comida en el bar «El Pasiego» situado en los bajos de la casa de enfrente mezclada con un poco de vino —solo para mi padre—. Pasados los años y por mor del progreso, los frigoríficos empezaron a aparecer en las casas como un electrodoméstico imprescindible, que facilitaba la conservación y no tener que hacer la compra diaria. Una de las ¿ventajas? de los frigoríficos era poder disponer de bebidas frescas en ellos. Recuerdo en casa algunos refrescos y cervezas guardados en la nevera. Con el tiempo el número y variedad de las bebidas fueron creciendo y hoy en día hay quién tiene un segundo frigorífico en el trastero o en la despensa solo para contener bebidas.
Volviendo a antaño, las bebidas, al igual que los yogures, estaban contenidas en envases o cascos retornables. Un par de bodegas existentes en la localidad dispensaban las bebidas con sus envases de cristal contra entrega de los cascos vacíos correspondientes, que a diferencia de los yogures no había que limpiar. Excursiones a la bodega llevando con mi hermano la caja de botellines de cerveza para renovar ocurrían con cierta frecuencia. Con el tiempo también refrescos.
Fuera de ello, otros productos no requerían envases. La leche era vertida directamente por el lechero, Damián, en la cacerola en la que mi madre la cocía hasta que subía tres veces. El aceite se compraba a granel en la tienda de ultramarinos de Paramio llevando una lata exclusiva para tal fin. La fruta como mucho se envasaba en papel de periódico y eso de las bolsas de plástico todavía no estaba inventado.
Pero llegaron las grandes superficies, que no estaba dispuestas a tener un espacio para almacenar los cascos hasta que fueran recogidos por los fabricantes. La idea cundió rápido: convertir los envases en «no retornables». Abonados por el comprador, claro, y desechados en la basura. Fuera cristal en muchos de ellos y bienvenido el plástico. Hasta el agua de los grifos caseros era dudosa y comprábamos el agua en los supermercados.
Más adelante llegaron las latas, no solo para las bebidas sino también para verduras, sardinas, etc. etc. Más desechos. Y después el acabose, el todo, carne, pescado, embutidos, congelados… todo envasado con restos por doquier. Era, y sigue siendo, insostenible. Recomendaría aquí una visita guiada a Valdemingómez, el depósito de residuos sólidos urbanos (vertedero) de la ciudad de Madrid. Una visita que es muy interesante y sirve para tomar conciencia de cómo está el asunto hoy en día.
Y entonces llegó el invento del reciclado de envases. Contenedores de basura de colorines: verde para el vidrio (no cristal), amarillo para envases (ciertos envases que no todos), rojo para el aceite, azul para el papel, marrón para lo orgánico… No solo hay que hacer un cursillo para determinar correctamente la selección de desechos, sino que hay que tener sitio y contenedores en casa para poder ubicarlos correctamente. Nosotros tenemos cuatro en casa.
Pero he aquí que esto del reciclaje por ahora, al menos en España es voluntario. En unas vacaciones pasadas hace muchos años en el Reino Unido, los cubos en las viviendas individuales o en urbanizaciones eran obligatorios, con grandes multas si no se utilizaban de forma correcta.
Así que, otra manera de convencer a la gente es ofrecer una pequeña compensación, monetaria, por un correcto reciclado. La foto de la imagen está tomada en Irlanda en estos tiempos de junio de 2026. Es muy pequeña la cantidad, que se va acumulando en una tarjeta. Me ha recordado los tiempos en los que los chicos estábamos a la caza de cascos por doquier para convertirlos en unas pesetillas con las que comprar golosinas.
