Si la memoria no me traiciona, el primer libro que recuerdo haber leído, hacia mis diez años y a mediados de los sesenta del siglo pasado, fue «Ben-Hur», de Lewis Wallace, en aquella colección de Joyas Literarias Juveniles de Bruguera en la que el texto se entremezclaba con páginas que contenían la historia en viñetas. Blanco y negro todo, como correspondía a la época. Desde entonces he tenido mis épocas, unas con más intensidad y otras con menos, pero nunca he dejado de leer.
Me hubiera gustado llevar un diario en el que hubiera anotado los libros que iba leyendo, pero no lo hice hasta entrado este siglo XXI, cuando en 2003 comencé a anotar en una hoja Excel todas las lecturas con la fecha y un pequeño comentario de recuerdo y valoración. Desde entonces y hasta hoy, 1.225 libros aparecen antologados, si bien algunos están repetidos por tratarse de relecturas. En los últimos tiempos, cada año he leído alrededor de sesenta, aunque algún año, como ocurrió en 2013, la cifra alcanzó los ochenta.
En 2009, un amigo abrió el blog «A leer que son 2 días» invitándome a hacer reseñas en él de los libros leídos. Durante muchos años, prácticamente todos los libros leídos y que no estuvieran previamente reseñados en el blog, tuvieron su correspondiente reseña por mi parte. El blog tuvo su esplendor y ahora ya está languideciendo: solo escribo yo en él y no todos los libros que leo, pues el tiempo y las ganas no están en disposición. En todo caso contiene, en estos momentos de enero de 2026, 963 entradas; quitando una veintena de ellas que se refieren a noticias, encuentros con autores o felicitaciones de Navidad, hay más de 900 libros reseñados.
Cuando acabo de leer un libro me surge un verdadero problema al elegir el siguiente. Diré que soy incapaz de leer varios libros a la vez: me concentro en uno hasta que lo acabo o lo dejo. Salvo que el libro tenga que ser leído por «obligación» —clubs o clubes de lectura, por ejemplo—, no tengo el más mínimo reparo en abandonar la lectura si alcanzado un cierto porcentaje en los digitales o un número de páginas en los convencionales en papel, no me atrae. Lo dejo y a otra cosa mariposa, que hay muchos que leer y poco tiempo para hacerlo.
Leo en el diario «El País» un artículo titulado «Fernando Bonete, el influencer que lee 140 libros al año: “No es que los jóvenes lean poco. La sociedad española lee poco”». Este titular me lleva a reflexionar sobre la ambigüedad que supone el hablar de «número» de libros leídos al año.
En tiempos pasados, impresos en papel, la tochez de los libros era relativa a cuestiones físicas; básicamente el número de páginas, aunque había que tener en cuenta el tamaño y gramaje del papel, el tipo de letra, los márgenes y otras consideraciones. En el conteo de libros leídos, suma lo mismo un librito de 50 páginas que uno de 800 o 1.000, que también los hay. Porque… ¿cuántas páginas son realmente necesarias para que un conjunto de hojas sea considerado un libro y no un folleto o artículo?
Veamos un ejemplo con un clásico que muchos tenemos pendiente de leer: «Ulises», de James Joyce. En la ficha técnica de este libro encontrada en la Casa del Libro y en la traducción de José Salas Subirat figuran 816 páginas con un dato curioso adicional: un tiempo de lectura estimado en 19 horas y 35 minutos teniendo en cuenta una velocidad media de lectura de 200 palabras —subrayo palabras— por minuto. Si echamos cuentas, el total de palabras serían 235.000, lo que no es correcto, porque… En una versión digital encontrada por ahí de este libro y de este traductor, el conteo de palabras, o vocablos, o términos es de 376.170. No hay coincidencia. Por cierto, y como curiosidad, el número de palabras de nuestro «Quijote» anda por ahí, por las 380.000 según las ediciones existentes en formato digital.
Antaño, el conocer por las editoriales el número de vocablos era muy complicado por no decir imposible. Entiendo que los autores presentarían a las editoriales sus textos manuscritos o como mucho escritos a máquina de escribir. ¿Quién se iba a poner a contar aquello? Hogaño, todo se presenta en formatos electrónicos, con lo cual es un juego de niños el conocer el número de palabras.
Y aquí es adonde quiero llegar: ¿por qué las editoriales no nos indican el número de palabras o vocablos que contiene un libro actual, aunque esté editado en papel? Nos permitiría hacernos una idea del tiempo de lectura adaptado a nosotros en función de nuestras experiencias lectoras anteriores. No se desarrolla la misma velocidad lectora en un libro de aventuras o entretenimiento que un ensayo o libro técnico.
Hace unos años, en febrero de 2018, dedicaba una entrada en este blog a estos asuntos titulada precisamente «VOCABLOS» accesible desde este enlace.
Las nuevas tecnologías en el mundo del libro, con los libros electrónicos o ebook, nos permiten disponer de un dato mucho más fiable a la hora de estimar la tochez de un libro y poder estimar el tiempo que nos va a llevar leerlo. En mi caso, en novelas ando por las 12.000 palabras a la hora. Con ello, el último libro de mi admirado Lorenzo Silva, titulado «Afanes sin provecho», que cuenta con 68.824 vocablos, cayó en algo menos de seis horas de lectura, por cierto, continuada, el mismo día que se publicó. Para curiosos, una reseña del mismo en el blog amigo antes aludido en este enlace.
Volviendo al tema del número de libros leídos en un año, como dato personal diré que el pasado 2025 he leído 54 libros siendo 5 de ellos en papel. Los 49 restantes, digitales. En cuanto al número de vocablos, se mueven en una horquilla de 236.000 vocablos el más profuso hasta 12.756 el más liviano.
Por todo lo anteriormente expuesto, hoy en día cada vez va teniendo menos sentido contar los libros por unidades para decir que… «he leído tantos libros al año». Si dispusiéramos del dato del número de vocablos —Editoriales, ¡por favor!— tendríamos una idea mucho más fiable de nuestra actividad lectora. Si lo que queremos es incrementar la cuenta para «presumir» ante nuestros seguidores o amistades, se trataría de ir eligiendo lecturas con el menor número de páginas o menor número de vocablos, para subir la cuenta estratosféricamente.
Retomando la pregunta del número de páginas que debe contener un libro para que sea considerado como tal, no hay una definición clara y rotunda. Algunos «defienden la necesidad de una extensión mínima» pero otros «argumentan que la verdadera esencia de un libro reside en la profundidad de su historia, la riqueza de su conocimiento o la emoción que es capaz de transmitir, independientemente de su volumen.». En este enlace de la Librería La Tijera, del que está sacado el texto anterior, se exponen un montón de consideraciones sobre tamaños. En todo caso, la UNESCO —Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura— ha definido el límite de 50 páginas para considerar libro a una publicación. Pero siempre podemos sacar punta al asunto: páginas… ¿de qué tamaño? ¿Con qué tipo de letra? ¿con qué marginalia?

