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domingo, 18 de octubre de 2026

GRABACIONES

A nadie se nos escapa que las cosas han cambiado de forma vertiginosa en los últimos tiempos, y siguen cambiando a una velocidad yo diría que descontrolada y que a muchos nos supera. En la imagen podemos ver una grabadora de voz con un bolígrafo conectado que en realidad es un micrófono. Es un aparato que era sofisticado hace alrededor de 20 años y que ahora no sirve para nada. Veremos.

El asunto de grabar la voz hoy en día es cosa de niños. Las capacidades de cualquiera de los teléfonos modernos que casi todos llevamos en nuestros bolsillos es enorme. Basta con activar la grabación de voz —con la pantalla apagada— y colocarlo en el bolsillo de la camisa o encima de la mesa para grabar horas y horas de lo que ocurre a nuestro alrededor, ya sea una conversación o una clase en la universidad. Esto último me trae recuerdos de hace una decena de años cuando un admirado profesor pedía, casi rogaba, por favor, que no se le grabase la clase. Si no se graban, las palabras se las lleva el viento, pero, si quedan registradas, pueden ser un arma peligrosa en poder de manos inadecuadas. Voy a reconocer que, en alguna ocasión, pocas, en las que no pude asistir a clase con este profesor, pedí a una compañera que me grabara la clase. La escuchaba posteriormente, tomaba mis apuntes y… la borraba.

Es verdad que no he hecho la prueba, pero la capacidad de memoria de un teléfono y lo poco que ocupan las grabaciones de voz, nos permitiría yo creo llevar el teléfono con la grabación activada permanentemente, batería mediante. Aunque no necesito volver a desarrollar mis antiguas actividades de espía, no estaría de más volver a probar, porque uno nunca sabe en este mundo cuando va a necesitar algo.

No vamos a descubrir nada si apuntamos que el dilema no es la tecnología, sino su uso. Mencionando gafas modernas, estas ya no solo graban sonido, sino que también graban imágenes, y todo sin que te enteres. Hay modelos que son milimétricamente iguales a unas gafas normales que pueden estar registrando todo sin que lo notes. Por no hablar de los propios relojes de pulsera con capacidad de grabación. Y por si no fuera suficiente, podemos enviar la grabación a una de las Inteligencias Artificiales puestas de moda para pedir que nos haga un resumen estructurado de los temas tratados, para no perder el tiempo en escuchar toda la grabación completa.

Pero hemos de tener en consideración que hay posibilidades enormes para casos especiales. Por ejemplo, un aparato, el que sea, que esté a la escucha, puede hacer vibrar una pulsera cuando suene una alarma, aspecto que será muy útil para una persona sorda. Como hemos mencionado, el problema no es la tecnología, es el uso que se la dé.

Con ello ya no sirve que en situaciones especiales te hagan dejar el teléfono móvil a la entrada. Sería necesario, casi, que como cuando te van a operar en un hospital, dejaras toda tu ropa en una taquilla, te quedaras completamente desnudo y usaras una simple bata para entrar a la reunión o lo que sea. Pero llegará el día, si es que no ha llegado ya, que puedas llevar algún tipo de implante bajo la piel que sirva de grabadora. Al tiempo.

Y todo esto… ¿qué tiene que ver con la imagen que encabeza esta entrada? Algo he dejado traslucir a lo largo de los años en este blog. En los primeros años de este siglo sufrí en la oficina del departamento de informática de un gran banco en el que laboraba, un mobbing —acoso psicológico en el trabajo— de libro. Relegado en un rincón, sin trabajo y con ataques e ignominias recurrentes, a uno se le pasan por la cabeza todo tipo de actuaciones. No hablemos de suicidarse o meter en un lío personal a tu jefe o algún compañero, perdón, coincidente laboral, que también, pues eran parte activa y colaborativa en el tema.

Tengo guardadas de entonces en mi disco duro bitácoras de los sucedidos, copia de correos electrónicos, pantallazos de actuaciones de mis coincidentes laborales y… algunas conversaciones. Todos los días, a la entrada a la oficina, pasaba por el baño y me colocaba en el bolsillo de la camisa el bolígrafo-micrófono que se puede ver en la imagen conectado a la grabadora. Todas mis camisas y bolsillos de los pantalones de aquella época tenían sendos agujeros para poder pasar el cable por el interior. La capacidad de horas de grabación no llegaba a cubrir toda la jornada, pero algunas conversaciones especialmente delicadas quedaron grabadas y esas eran las guardadas luego al llegar a casa, borrando la memoria del aparato para el día siguiente. Fueron meses y meses…

No recuerdo el precio que me costó el cachivache, pero no fue barato. Lo compré en una tienda especializada que había en la calle Alcalá de Madrid, llamada «La tienda del espía». No sé si seguirá existiendo allí, pero hay una página web — https://lacasadelespia.com/--- que está activa y anuncia muchos archiperres relacionados con este mundillo.

Ahora bien, si no hace falta mucha sofisticación para nuestros propósitos, basta con buscar en la mismísima Amazon o en cualquier otra similar para encontrar aparatos específicos con una capacidad de grabación enorme y tamaños tan ínfimos que pasan desapercibidos en cualquier situación. Los buenos no son baratas, pero tampoco se compra uno todos los días. Hay alguno con forma de pluma o bolígrafo y otros con hasta 40 días seguidos de grabación en alta definición: lo podemos dejar en cualquier sitio y…