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sábado, 3 de abril de 2010

PENSIONES

Este texto me lo ha pasado un amigo comentando una experiencia personal recientemente acaecida. Interesante en lo que nos afecta a todos, por lo que con su permiso, ocultando algunos datos sensibles, aquí queda su testimonio

TU PENSION ESTA EN PELIGRO HOY

La discusión pública sobre el sistema de pensiones abierta por diversas instancias gubernamentales, españolas e internacionales, agentes sociales y opinantes de toda índole y condición parten de una premisa que no se cumple en más ocasiones de las que fuera razonable esperar: que la contabilidad de las aportaciones al la Seguridad Social es de fiar.

Tal vez sea usted de los que confía en que, tras una vida laboral más o menos larga, el cumplimiento de los requisitos legales le permitirá cobrar íntegra su pensión. ¡Cuidado! porque puede llevarse una desagradable sorpresa.

Con motivo de la polémica suscitada en torno a la sostenibilidad del actual sistema de pensiones, acompañada por diversas e imaginativas propuestas (sospechosamente orientadas a la reducción de las prestaciones para los trabajadores), me tomé la molestia de consultar los datos que la Seguridad Social tiene sobre mi. Concretamente y gracias a que dispongo del preceptivo certificado digital, no hace mucho consulté los datos sobre la historia de mi vida laboral y las cotizaciones que las distintas empresas en las que he prestando mis servicios han hecho a la Tesorería General de la S.S.

Pues bien, cual no es mi sorpresa al encontrar, en primer lugar, que los datos facilitados sólo se remontan al mes de agosto del año 1980, cuando mi afiliación al sistema data de 1977, cuando el sistema aún se denominaba Instituto Nacional de Previsión. No obstante esta limitación, el principal problema encontrado fue que, para mi sorpresa, existían curiosas lagunas en las cotizaciones de algunos meses. Concretamente, dos en 1990, uno en 1991, dos en 1993 y uno en 1997. En total, seis meses sin cotización registrada para un período de ocho años.

Ignoro cuántos trabajadores por cuenta ajena pueden encontrarse con lagunas en sus cotizaciones, pero si extrapoláramos (ya sé que no puede considerarse un método científico aceptado) estas lagunas al período exigido actualmente para cobrar la pensión máxima correspondiente, nos encontraríamos con más de 24 meses de cotización perdidos. ¡Más de dos años! No quisiera verme en la piel del trabajador que, llegado a los 65 años (o a los 67 como algunos pretenden), ve cómo le dicen que no puede cobrar la pensión que preveía porque alguien no hizo bien su trabajo y le faltan dos años de cotización.

Como ejercicio preparatorio, cursé la correspondiente solicitud de rectificación de mis cotizaciones por lo períodos indicados. ¿Cuál fue la respuesta recibida? Transcribo literalmente el texto del correo electrónico recibido:

"En relación con su comunicación del día XX/XX/2010 le informamos que la Tesorería General de la Seguridad Social no dispone de información suficiente para su resolución, por lo que deberá presentar en cualquiera de las oficinas de la T.G.S.S. la documentación justificativa que se indica a continuación:

- Certificado de la empresa con sus bases de cotización a la Seguridad Social por contingencias comunes y las nóminas correspondientes a los periodos referidos."

Creo que la respuesta se comenta por sí sola. Sencillamente se exige al trabajador que demuestre, con documentación que en no pocos casos puede ser imposible de obtener, que efectivamente estuvo de alta y cotizando en los períodos que pretenda le sean reconocidos.

Me gustaría precisar que las lagunas citadas más arriba no corresponden a períodos turbulentos de mi vida laboral. En absoluto, pertenecen al período de nueve años durante el que presté, de manera ininterrumpida, servicio en el Ministerio de XXXXXXXXX como personal contratado. Abandoné la Administración en 1998 para buscar mi futuro en la empresa privada en la que, de momento, sigo en activo. Desde ese año, 1998, todos los meses aparecen debidamente cotizados. ¡Como para fiarse de los que hacen las normas!

Para finalizar, me gustaría hacer las siguientes reflexiones en voz alta: ¿qué pasaría si todos los trabajadores decidiéramos consultar el registro de cotizaciones? ¿veríamos sorpresas como la que yo encontré? De ser así, creo que no deberíamos desaprovechar este argumento para atemperar los efectos que cualquier modificación en la regulación actual de las pensiones. Y aún más, deberíamos exigir a la Administración que la carga de la prueba no recaiga exclusivamente en la parte más débil, el trabajador.

PROCRASTINACION

Llevaba la palabreja unos cuantos meses olvidada en el fondo de la carpeta de asuntos pendientes, esperando su turno de salir a la luz, pero un día por otro, un blog por otro, iba quedando relegada, aplazada, es decir, procrastinada. Reconozco que la primera vez que la oí, en su forma no correcta y que se emplea normalmente, “procastinar”, no sabía lo que significaba. Pero para eso están los diccionarios, para averiguar como se escribe correctamente y conocer su significado.
Procrastinación es la tendencia que padecen algunas personas en forma sistemática a dilatar, a postergar, a posponer, a dejar para más tarde, a dejar para mañana… aquellas tareas, compromisos o actividades que deberían hacer y que tendrían necesaria y convenientemente que ser realizadas en ese momento o en un tiempo determinado y que no admiten ni hay necesidad real y objetiva para posponerlas. Tareas estas que son reemplazadas por otras actividades más irrelevantes pero transitoriamente más placenteras de realizar.
Un ejemplo claro y mundialmente conocido y sufrido son los pronunciamientos que nos hacemos a nosotros mismos con los cambios de año. Pensamos en hacer más ejercicio, adelgazar, dormir más, dejar de fumar y otro montón de cuestiones que a los pocos días quedan debidamente procrastinadas. Otro ejemplo claro es el de un estudiante y el examen de dentro de unos días. “Voy a divertirme a tope” esta tarde, pero esta noche me pongo sin falta y ya no lo dejo hasta tener toda la materia dominada. Una llamada telefónica o cualquier otro suceso hacen a nuestro querido estudiante procrastinar de nuevo y posponer la decisión hasta otro momento, eso sí, sin falta y sin ninguna excusa.
La procrastinación es una situación compleja, que puede afectar tanto a la esfera intrapersonal, para con nosotros mismos, como la esfera interpersonal en las relaciones con los demás, tanto en situaciones laborales como sociales. Pongamos una situación, en la que estamos entre amigos y uno de ellos manifiesta que se quiere comprar un coche de una determinada marca. Resulta que otro amigo se ofrece a mediar porque conoce íntimamente a un concesionario que lo va a facilitar más barato y más rápido…. Confiamos en este amigo que se ha ofrecido voluntariamente a ayudarnos y resulta que damos con un procrastinador que va dejando y dejando para más adelante la realización de la gestión porque o no tiene de verdad tanta amistad con el concesionario o por cualesquiera otras razones.
Hay diversas causas que favorecen la procrastinación. Algunas de ellas se derivan de la personalidad. Una persona muy perfeccionista y que no esté muy convencida de tener capacidad para realizar una determinada tarea al nivel que ella misma se auto exige, procrastinará. También puede darse el caso contrario, donde un exceso de autoconfianza en el desempeño hará que la persona considere la tarea fácilmente realizable y no se ponga manos a la obra de manera efectiva.
Los compromisos que hemos adquirido, con nosotros mismos y con los demás hay que acometerlos sin dilación. Muchas veces serán más fáciles de lo que habíamos pensado y otras más difíciles, pero eso solo lo sabremos cuando demos el primer paso. Si no somos capaces y no es cuestión de dedicarle más tiempo y esfuerzo, concluiremos que no podemos y por lo menos no estaremos con ese reconcome que nos genera, lo queramos o no, la procrastinación.
La procrastinación respecto de una determinada tarea tiene sus fases. Al principio no genera demasiada preocupación en el asunto que estamos postergando, porque creemos que seremos capaces de realizarlo. Pero a medida que pasa el tiempo y no acometemos de verdad, la ansiedad puede ir “en crescendo” aunque nos engañemos a nosotros mismos. Una ansiedad no controlada puede llegar a la desesperación en según de que asuntos estemos hablando; pensemos en un proyecto laboral que tenemos que entregar en una fecha determinada.
Lo que todos tenemos claro es que dejando las cosas en el cajón, salvo casos excepcionales, no se suelen hacer por arte de magia. Estamos hablando de cosas en las que tengamos que intervenir de forma activa haciendo, escribiendo o produciendo algo, para nosotros o para otros.
La persona propensa a la procrastinación puede sufrirla en tareas cotidianas y propias, esas que parecen no tener importancia y sobre las que no tiene que dar cuenta a nadie, pero la propia sensación personal puede dañar su autoestima, su motivación y su capacidad para realizar otras que si lo son.

viernes, 2 de abril de 2010

INGREDIENTES

Recuerdo que siendo pequeño no veía a mi padre, que trabajaba de sol a sol, excepto a la hora de la comida. La comida se hacía en casa al mediodía con asistencia de toda la familia. La cena ya era harina de otro costal, porque mi padre regresaba tarde de su segundo trabajo y nos encontraba a los niños cenados y acostados. La compra y la elaboración de las comidas eran un punto clave en el devenir diario del hogar. Por un lado no existían todavía los frigoríficos y en muchas casas nos teníamos que contentar con la fresquera, una caja con paredes de tela de malla metálica finita para que no pasaran los bichos y que estaba ubicada en la ventana más sombría de la casa, al objeto de preservar lo más posible los alimentos. Con esto, se deduce que la compra era diaria pues no se podían conservar con garantía la gran mayoría de las cosas de un día para otro.

Igualito que ahora. Mi madre o mi abuela, que vivían con nosotros dedicaban gran parte de la mañana a la elaboración de la comida. Por poner ejemplos sencillos, si se necesitaba mahonesa o tomate frito en la comida, no era tan sencillo como abrir un tarro y meter la cuchara: había que hacerlos. El golpeo de una paleta sobre una sartén vieja, tac. tac. tac. mientras el tomate se freía a fuego lento me retrotrae a sabores que ya han desaparecido para siempre… ¿quién hace a mano el tomate frito hoy en día? ¿y la mahonesa?

Muchos no comemos en casa y casi ni desayunamos. Cada uno por su lado, los padres en el trabajo y los hijos en el colegio, comemos lo que nos dan y nada intervenimos en hacerlo nosotros mismos. La industria de la alimentación apresa cada vez nuevos espacios en la fabricación de alimentos premanufacturados que llenan los estantes de los supermercados y grandes superficies. Las marcas, unas más conocidas y otras menos, entran en nuestros domicilios, en nuestros frigoríficos y a la postre en nuestros estómagos. Nos fiamos. Suponemos que quién tenga competencias cumplirá con su trabajo y velará por nuestra salud y nuestra seguridad. Al menos a corto plazo. A largo plazo ya se verá, pero será díficil sacar conclusiones y relaciones directas entre lo que comemos hoy y lo que nuestro cuerpo nos dirá mañana. No nos acordamos de los episodios de la colza, las vacas locas o la gripe aviar.

Y aquí viene el tema de los ingredientes. Pasaremos por alto la gran cantidad de conservantes y acidulantes autorizados, los famosos E-XXX que ya en algunos casos son E-XXXX porque con tres números no hay suficientes para describir la enorme cantidad de ellos que hay. El que la leche dure meses en su “brik” o las conservas años en sus latas o tarros de cristal no es un asunto trivial. Nos viene muy bien abarrotar de latas y productos con larga fecha de caducidad nuestra despensa, por aquello de tirar de ellos en un momento de apretón. Lo que ocurre es que cada vez más abrimos una lata o ponemos un poco de fiambre en nuestras cenas, con un yoghurt de postre para salir del paso. Y los fines de semana si podemos y tenemos posibles, una escapadita turística con restaurante en familia no está nada mal. No digo que esto sea lo normal, pero es cada vez más frecuente.

El hecho de ser padres con una hija celíaca, que no puede comer nada que contenga gluten, harinas de trigo y otros, nos ha llevado a la familia a una vuelta a costumbres antiguas, elaborando mucho más la comida en casa a partir de productos naturales y teniendo que tener mucho cuidado en los restaurantes a los que podemos ir. Hasta no hace mucho, no era obligatorio declarar el contenido de harina entre los ingredientes de los productos manufacturados, aunque la contuviera. Por eso debemos de tener mucho cuidado con los productos que se compran, como por ejemplo el tomate frito y la mahonesa, que deben ser de marcas especiales, garantizadas por la Federación de Asociación de Celíacos, como que no contienen gluten entre sus ingredientes.

Por esto me entretengo en leer con bastante frecuencia los ingredientes que figuran en los productos. En muchos de ellos parece que quieren ocultar algo. Algunos no se pueden leer claramente por estar escritos en letra muy pequeña, en caracteres claros sobre fondo oscuro con límites no muy definidos y otros muchos trucos para hacer desistir al más pintado que no tenga mucha necesidad de conocer las materias primas. Y además está el asunto no muy claro todavía de que puedan contener harina sin declararlo en sus ingredientes. Con esto de la Comunidad Económica Europea y la Globalización, es frecuente que los ingredientes figuren en varios idiomas, y esto también llama la atención. Normalmente cada cual leerá los ingredientes en su idioma y no se molestará en leerlos en los otros idiomas. Pero si lo hace a lo mejor se lleva una sorpresa, como me ocurrió a mí hace unos días, encontrándome que no figura la misma descripción de un ingrediente en castellano o en portugués.

Un ejemplo es la mejor descripción. Los yogures ACTIVIA de una determinada marca acaban la relación sus ingredientes en castellano indicando “Puede contener trazas de cereales y avellanas”, mientras que en la traducción portuguesa figura “Poder conter cereais com glúten e avela”. Los cereales castellanos son simplemente cereales pero los cereales portugueses pueden contener gluten. Cuando menos, curioso. A lo mejor es que las leyes del pais vecino son algo más estrictas que las nuestras o aún siendo iguales se hacen cumplir de forma más eficiente.

domingo, 21 de marzo de 2010

IDENTIFICACION


El propio uso de las cosas que nos son novedosas se va conformando poco, pasando en muchos casos del blanco al negro y volviendo poco a poco al gris.

Hace un tiempo, nos recomendaron a los usuarios de teléfonos móviles que diéramos de alta en nuestra agenda dos o tres entradas que comenzaran por el prefijo “ICE”. ICE es un acrónimo inglés confeccionado a base de iniciales que se traduce en “in case of emergency”, es decir, “en caso de emergencia”. Su función está muy clara: en caso de tengamos un accidente, como puede ser un desvanecimiento en un lugar público, alguien podría utilizar nuestro teléfono móvil, buscar una entrada en la agenda que pusiera ICE-ESPOSA, ICE-MARIDO, ICE-HIJO o ICE-LO-QUE-SEA, y llamar para dar la noticia y que pudieran venir a socorrernos. Con el tiempo, los puristas del lenguaje buscaron alternativas y se les ocurrió que sería mejor que las entradas comenzaran por AAA, en lugar de “ECE” que sería lo traducible. “AAA” tiene la ventaja de que se
colocaría en las primeras posiciones de la agenda con lo que sería más fácil su localización, máxime en momentos de nerviosismo y prisas dependiendo de la gravedad y consecuencias del supuesto accidente.

Todo esto está muy bien, y algunos de nosotros llevamos en nuestros teléfonos móviles ambas entradas, las “AAA” por si nos atiende un español y las “ICE”, más internacionales, por si nos atiende un no-español, que con esto de la globalización nunca se sabe.

Pero con el tiempo, disfrutando de las ventajas, se descubren los inconvenientes. No sé que tendrá de cierto pero he recibido un mensaje por correo electrónico donde se comenta que una persona recibió un mensaje desde el móvil de su pareja solicitando la clave de acceso a la común cuenta bancaria.. Esta persona, ni corta ni perezosa, pero con pocos dedos de frente pienso yo, contestó al mensaje enviando la clave…. que fue rápida y convenientemente empleada por el ladrón que había sustraído el bolso y utilizado las entradas “AAA” o “ICE” para una finalidad bien distinta de la que tenía prediseñada. Tal y como funcionamos hoy, sería buena una estadística de cuantas personas contestarían con la clave real a un mensaje de este tipo proveniente del teléfono móvil de su pareja o familia. Seguramente nos sorprenderíamos.

Y es que tenemos la manía de considerar como auténticos los mensajes, o correos electrónicos que nos llegan porque identificamos, o creemos identificar, su procedencia y con ello nos pensamos que está todo correcto. Teniendo los conocimientos suficientes, no es muy complicado mandar un correo electrónico a una persona suplantando la identidad del remitente. Es una prueba que hice hace algunos años en que esto todavía era más fácil. Unos días antes de una cena entre amiguetes, utilizando un tono algo ofensivo, mandé un correo electrónico a uno de ellos como si hubiera sido procedente de otro de los que iban a asistir a la cena. Me dediqué a observar a ambos y sí creeí notar una cierta tensión entre ellos. A mitad de la cena saqué el tema y me identifiqué como autor de ese correo con lo que se deshizo el entuerto entre ambos y todo quedó aclarado. Hoy en día han mejorado, no mucho, los sistemas de correo electrónico y los servidores suelen requerir autenticación no solo para recibir tu correo sino para emitirle, con lo que este tipo de correos falsos ha quedado ligeramente limitado. La palabra autenticación figura en el diccionario y significa identificación o acreditación por el medio que sea, generalmente con usuario y clave.

Pero la facilidad con que hoy en día se puede crear una cuenta anónima de correo en servidores gratuitos del tipo “gmail”, “yahoo”, “hotmail” o similares puede dar lugar a equívocos. Por ejemplo, supongamos que tengo un amigo que se llama Angel Miguel García López, cuyo correo oficial y que emplea normalmente es a.m.garcia.lopez@yahoo.es. En este caso trataría de abrirme una cuenta parecida en otro servidor e incluso en el mismo cambiando algo. Podría ser, por ejemplo, a.n.garcia.lopez@yahoo.es o a.m.garcia.loqez@yahoo.es o a.m.garcia.lopez.@yahoo.es que son muy similares, dado que en la mayoría de los casos nos vamos a leer el texto casi sin mirar detenidamente el remitente, además de no tener activo algún tipo de filtro que en nuestro correo nos mande los mensajes entrantes cuyos remitentes no tenemos en nuestra agenda a un buzón especial que ya nos prevenga a mirarlos con un poquito más de detenimiento.

Volviendo al tema inicial…. ¿enviaría Vd. la clave a su pareja ante un requerimiento de la misma a través de un mensaje procedente de su móvil? Estas claves no se deberían mandar nunca, pero en caso de que sea absolutamente necesario, lo que procede en este tipo de situaciones es una llamada con voz para verificar que todo está correcto. Además sería bueno tener un mecanismo oculto entre la pareja para poder hablar libremente de este tipo de cosas. Por ejemplo, si yo tuviera que facilitar a mi pareja una clave de este tipo, porque ya lo hemos acordado antes, se la facilitaría por parejas al revés, esto es, si la clave real es 126754 yo le diría o escribiría 546712. Ya se encargaría la otra parte, si es realmente quién debe ser, de darle la vuelta.

domingo, 14 de marzo de 2010

PUNTERIA


Aunque sea repetirlo de nuevo, no me canso de manifestar que la curiosidad es el mejor antídoto para la vejez. El probar nuevas experiencias, quizá aquellas que uno va a realizar una vez en la vida, es cosa buena.

Un buen amigo, cuyo nombre omito para no crear compromisos, muy aficionado a las armas y al tiro de competición me invitó a pasar la mañana de domingo en su club de tiro viendo como son las cosas, aprendiendo un poco de lo que rodea a este mundillo y de paso ejercitarme en el tiro al blanco. Dicho y hecho, a saborear la experiencia.

A las diez de la mañana estábamos camino de la galería de tiro donde los fines de semana un buen número de aficionados al tiro deportivo se ejercitan en afinar su puntería y compartir un buen rato de camaradería e intercambio de opiniones con compañeros.

Como en todas las cosas, y mucho más en el deporte, la jerga que lo rodea es de una precisión y una exclusividad que espanta. Solo oirles hablar un rato, siendo un absoluto novato como era yo, asusta y parece que es imposible llegar a dominarlo. Los calibres, los modelos, la munición, la presión de los percutores, la resistencia del gatillo, todo tiene un sinfín de posibilidades que animan al comentario y al intercambio de experiencias.

A mí me parecía imposible que una persona como yo que no había visto ni oído nada del tema se pudiera personar como invitado en una galería de tiro y liarse a pegar estacazos, eso sí a las dianas colocadas a veinticinco metros de distancia. Y digo estacazos por que el ruido continuado de los disparos molesta a los oídos, por lo que hay que llevar unos cascos amortiguadores que hay que andarse quitando y poniendo para poder charlar y en mi caso ejercer de “preguntón”. Supongo que la invitación de mi buen amigo ha venido por sus conocimientos previos sobre mí y mi manera de actuar, con precaución en cualquier asunto y mucho más en este en que el resultado puede ser de herida o incluso de muerte. Unas instrucciones iniciales acerca de cómo se desenvuelve uno en una galería de tiro, de que cosas se hacen, que cosas no se hacen y cuando y como se hacen. Hoy era un día tranquilo ya que se esperaba la asistencia de pocos tiradores debido a la existencia de una competición oficial a la que iban a asistir muchos de los habituales.

Dicho y hecho. Hemos empezado con una pistola calibre 22, evidentemente ya ajustada, tirando como digo a 25 metros de distancia. He aprendido a introducir las balas en el cargador, de cinco en cinco como se hace en la competición, a incrustar el cargador en el arma y a preparar la pistola para el disparo. Sostener el arma de forma firme sin que se mueva para ajustar el tiro ya es todo un triunfo que parece imposible de conseguir. Los agujeritos que producen las balas del 22 en el papel son más pequeños que los que se aprecian en la fotografía. Para verlos en esa distancia, los tiradores llevan un catalejo que tienen permanentemente montado en un trípode sobre una mesita auxiliar en el puesto de tiro, apuntando a la diana para comprobar donde van dando sus impactos e ir podiendo ajustar sus intentos.

A mí me parecía que al ser la primera vez en mi vida que tenía un arma en mis manos, no iba a conseguir ni acertar a la diana. Pero no, tras unos intentos iniciales de prueba, conseguía poner las balas, no en las puntuaciones altas, pero por lo menos en la diana. Supongo que habrá sido debido más a que era una buena arma y estaba bien calibrada que a mi maestría que era absolutamente inexistente.

Luego pasamos a un revólver de calibre 38, de esos que salen en las películas con su tambor rotatorio que se carga bala a bala y se tiene que amartillar a mano en cada tiro. Esto ya era otra cosa, tanto en cuanto a su peso como a su retroceso, pero la precisión en el disparo era formidable. Tras unos intentos de acomode hemos tirado cinco balas cada uno , cinco mi amigo y cinco yo. Los diez disparos están en la diana que aparece en la fotografía. Los cinco buenos son los de mi amigo y los cinco restantes son los míos. Me he quedado satisfecho, más que satisfecho.

La traca final ha sido para divertirse. Con una diana sobre una figura humana situada a diez metros y ahora con una pistola de las que se deominan “mesilleras”, vaya Vd. a saber porqué. Con el cañón más corto, la 9 mm “parabellum” ha servido para jugar un rato a tirar de forma más relajada y a mí para darme cuenta de lo díficil que es dar a alguien, incluso a esa distancia, a pesar de apuntar con cuidado y sujetar la pistola con las dos manos. Lo de las películas es otra cosa.

Unas buenas migas del pastor, un buen chorizo picante y unas cervezas alrededor de una mesa y buena compañía, han servido para dar fin a una mañana emocionante y de lo más entretenida en mi caso, aunque supongo que para mi amigo ha sido más de relax que de otra cosa.

sábado, 13 de marzo de 2010

PROFESIONES

Ya lo hemos comentado muchas veces: el tiempo pasa actualmente a mucha velocidad. De un día para otro, sin darnos cuenta, los cambios en nuestra vida son tan drásticos y tan profundos que lo que ayer era importante e imprescindible, hoy ya no se considera como tal porque ha sido reemplazado por otras formas de ver o hacer las cosas.
Un cambio profundo, por aparición y desaparición, se está produciendo en las profesiones que desarrollamos. Hablando en el terreno de la educación, en los años sesenta del siglo pasado era impensable en nuestro país tomar como profesión la de profesor de inglés, siendo sin embargo mucho más recomendable la de profesor de religión e incluso la de profesor de “formación del espíritu nacional”. La lógica evolución de la sociedad nos ha traído nuevas profesiones y ha hecho desaparecer otras. Por mencionar alguna de las “modernas” traeríamos a colación la de “informático” aunque hemos de saber que desde mediados del siglo pasado esa profesión ya existía, aunque en un entorno muy reducido, ya que se popularizó a raiz de que IBM sacara al mercado de uso doméstico su famoso PC a principios de los años ochenta. ¿Cuántas profesiones existen hoy alrededor de los ordenadores?
Pero me quiero referir a las profesiones que yo he conocido y han desaparecido con motivo de los nuevos usos y tiempos. Resulta evidente que todas las que existían se han modificado por mor de la aplicación de la tecnología, y si no echemos un vistazo a la actividad de un labrador subido ahora en su moderno tractor o a un empleado de banca moviendo el ratón de su ordenador en lugar de utilizar el lápicero y la calculadora.
Los colchones de hoy en día no son como los de antes. Entre otras cosas ahora son de usar y tirar. Nos recomiendan mantenerlos diez años como máximo, por aquello de las deformaciones y los ácaros, pero no siempre hacemos caso. Antiguamente los colchones eran de lana, y duraban “toda la vida”, pero con un adecuado mantenimiento, mantenimiento que era realizado por el profesional colchonero. El que yo conocí tenía como apodo familiar “el jarero” porque su familia tenía algún tipo de actividad relacionada con las jaras y el carbón. Cuando era llamado, acudía a casa, bajaba el colchón a la calle, lo descosía, extraía la lana y la vareaba con unas varas con extremo en curva para “desapelmazarla” y quitarla todo el polvo acumulado. Posteriormente extendía y distribuía primorosamente la lana sobre la tela, la antigua o una nueva, y se sentaba lateralmente en el santo suelo a coserlo puntada a puntada. Lo realmente valioso del colchón era la lana y por eso se cuidaba y se mantenía. No hay punto de comparación entre dormir en un colchón actual y los de lana antiguos, pero era lo que había.
Del nombre del lechero si me acuerdo, Damián, y creo recordar que ha aparecido referenciado anteriormente en este blog. A diario aparecía por casa el buen Sr. Damián, con sus cántaros metálicos, a dejar la leche directamente en la cazuela que luego utilizaría mi madre para hervirla. Abajo en la calle había quedado el burro con sus alforjas que le acompañaba pacientemente casa por casa a distribuir la mercancía. Hoy la leche la compramos en los supermercados, envasada y tratada para que se conserve durante mucho tiempo. La leche fresca del día es un bien escaso, casi inexistente y creo que hasta prohibido y del que solo disfrutaran quienes tengan vacas propias y puedan seguir haciéndolo, eso sí, sin que les vean. Yo lo he intentado en Cantabria, en plan amiguete y se niegan en redondo al estar más que prohibida la distribución de leche fresca obtenida directamente de la vaca. “Hay que tratarla” dicen las leyes, cuando lo que yo precisamente quiero es que no la “traten” para poder disfrutar de su sabor original.
De vez en cuando aparecían con su desvencijada bicicleta emitiendo un sonido característico que no soy capaz de nombrar ni recordar. Eran los afiladores, que recababan por las casas los cuchillos, tijeras y utensilios susceptibles de ser afilados y se ponían en la puerta de la calle, con la bicicleta suspendida sobre su propio trasportín a dar pedales para mover la rueda de afilar en la que apoyar delicadamente el cuchillo o la tijera y sacar un reguero de chispas que era muy relajante de mirar y observar. Aunque siguen existiendo los afiladores a nivel industrial, el callejero se ha extinguido, por lo menos en pueblos de cierto tamaño y por lo que a mí respecta o no se afilan las cosas o lo de siempre, se compran nuevas.
Aunque supongo que habrá muchas más, por no extenderme haré mención de una última profesión desaparecida. La de cobrador. Se pagaban pocos recibos en las casas, tales como agua o luz básicamente y los más pudientes teléfono. Yo recuerdo uno muy especial que yo y mis hermanos llamábamos “el de los muertos”. Recuerdo perfectamente su figura, aunque no su nombre, cuando pasaba puntualmente a cobrar el recibo de Finisterre o Santa Lucía para tener asegurado todo lo relacionado con el posible deceso de algún miembro de la familia. Hoy todo se hace por banco, sí o sí, habiendo desaparecido estos visitantes mensuales que podían trabajar porque otra profesión, que se mantiene con muchos cambios, como era la de ama de casa, mantenía a las madres o abuelas siempre en casa.

domingo, 28 de febrero de 2010

BANCOS


Hay ciertas vivencias de la infancia y adolescencia que se quedan grabadas para siempre en la memoria. Una de ellas es la conversación que tuve con un compañero de colegio, Salva, acerca de la importancia de un pueblo. El era natural de Turégano, un pueblo de Segovia, y me dijo que su pueblo era muy importante porque tenía doce bancos en la plaza. Mentalmente me puse a contar los bancos que había en mi pueblo por aquella época y si no recuerdo
mal eran tres más una caja de ahorros, y no estaban todos en la plaza, por lo que reconocí que su pueblo era más importante que el mío. Con una amplia sonrisa me dio una palmadita en el hombro y me aclaró que en la plaza de su pueblo había doce bancos ….. para sentarse. Se había estudiado ese día las palabras polisémicas en la clase de lengua.

Bromas aparte y refiriéndonos a los “bancos” de verdad, esas entidades o empresas que ocupan un amplio espacio en nuestras vidas actuales, ha cambiado mucho su función desde aquellos pasados años de mediados del siglo XX. Otra vivencia que recuerdo, anterior a la referida, es el día que mi padre apareció por casa con una hucha transparente de color ámbar y base metálica que le habían dado en la caja de ahorros al abrirme una libreta, destinada a que empezara a ahorrar de la exigua paga que recibía los domingos, que era de veintidós pesetas, dos de las cuales empleaba en comprar el tebeo de “Roberto Alcázar y Pedrín”. Esa hucha tenía un rejilla de pestañas en su boca que permitía el paso de las monedas pero no su extracción, operación que solo podían hacer en la caja de ahorros con una llave especial para ingresar el dinero en la cartilla.
En aquellos años y para los particulares, los bancos eran meros depositarios del dinero e incluso te daban un interés por él. Las operaciones básicas de la gente corriente eran las imposiciones y los reintegros, aquellas bienvenidas y con poco control y estas no tan bien vistas y con mucho control. No vendían vajillas ni cuberterías, no anunciaban viajes, no hacían seguros, no daban entradas para el fútbol y no necesitaban de anuncios en la televisión. Lo más que te regalaban a fin de año, y eso solo algunos, era un calendario para la pared de la cocina salvo que fueras un cliente muy importante y con ello quizás una agenda del ama de casa.

Con ello me viene a la memoria otra anécdota, esta ya de más mayor siendo empleado de una oficina, cuando recibimos seis agendas para obsequiar a los clientes. El director de la oficina estableció el criterio de que se entregaran a los seis clientes con mayor saldo al 31 de Diciembre en sus cuentas. Una de las personas seleccionadas fue el arquitecto de la localidad haciéndose la entrega de la agenda a su mujer que era la que iba por la oficina, con el ruego de que “no se lo dijera a nadie” porque no había suficientes agendas para todos. La señora, ni corta ni perezosa, se fue a la peluquería y mientras se hacía la permanente sacó la agenda y se puso a hojearla. Al poco rato teníamos la oficina llena de señoras a pedir “su” agenda.

Anécdotas aparte, la intención es hacer una reflexión sobre cómo ha cambiado nuestra relación con los bancos. Hoy en día es prácticamente imposible no tener una cuenta bancaria, que además de tener nuestro dinero sirve para recibir nuestra nómina o pensión y como vehículo de pago a los recibos, multitud de ellos que pagamos por los servicios personales y de nuestros domicilios. ¿Ha contado Vd. cuantos recibos paga al año a través de su cuenta o cuentas bancarias? Una enormidad. Salvo casos muy especiales, es imposible contratar muchos de esos servicios sin dar una cuenta para el cargo de los recibos. Aunque al parecer la ley no obliga a domiciliar los recibos en una cuenta bancaria, la práctica ha hecho que no lleguemos ni siquiera pensar en contemplar esa posibilidad. La figura del cobrador de recibos que aparecía por casa mes a mes hace años que quedó eliminada, una profesión como otras sobre las que también se podía reflexionar un poco.

Poco a poco van consiguiendo que cada vez un número mayor de sus clientes no aparezcan por las oficinas, con el consiguiente ahorro para ellos, que no traducen en beneficio para el cliente. ¿Hay mayor beneficio en algo para un cliente que no recibe correspondencia física por haberse suscrito a la electrónica que para un cliente que sigue recibiendo sus comunicaciones en papel? La gasolina cuesta lo mismo en las gasolineras en las que te la pones tú que en las, pocas, en las que te lo pone un empleado. Pues eso, lo mismo en los bancos. A través de los servicios telefónicos y de internet, los clientes cada vez más realizamos nuestras operaciones con nuestro teléfono, nuestro ordenador, nuestro internet, nuestro tiempo…. en aras a una mayor comodidad por nuestra parte, pero que les ahorra unos gastos, que no revierten en nosotros, sino todo lo contrario, ya que hemos pasado de recibir algo de interés a ser saeteados por comisiones de todo tipo.

Recuerdo en el año 1978 cuando una entidad empezó a promocionar las tarjetas tan comunes hoy en día para utilizar en los cajeros electrónicos, que ya no nos acordamos empezaban en España por aquella época. En una primera tirada se mandaron cerca de dos millones de tarjetas a los clientes, sin que estos la solicitaran, gratis. Ahora que ya han conseguido que no podamos vivir sin ellas….. ¿son gratis? Ahora incluso te pueden mandar a casa una tarjeta sin que tú la hayas solicitado, gratis o no durante un tiempo, obligándote a hacer trámites no deseados si quieres darla de baja. Igualmente recuerdo cuando empezaban a promocionar los servicios por internet, todo eran facilidades, se empezaban a poner de moda las transferencias y estas eran gratis por internet. Duró poco esto, al poco tiempo tenían su comisión.

Podíamos seguir mencionando cambios en los usos, pero no se trata de ser exhaustivo. Lo que sí que me parece, a modo de reflexión personal, es que las entidades de crédito, bancos y similares, han pasado con el paso de los años a ser unos compañeros tan necesarios como incómodos en nuestro devenir diario y que cada vez más van a la pura relación económica sin importarles un ápice su imagen. Buscamos al final trabajar con los menos malos porque buenos no hay.

domingo, 21 de febrero de 2010

RESGUARDOS

Si bien es una palabra que tienen variadas acepciones, me quiero referir a una de ellas muy concreta. Según se puede leer en el diccionario es la que reza así: “Documento acreditativo de haber realizado determinada gestión, pago o entrega.”

Los usos en los últimos tiempos han reducido los resguardos a la mínima expresión. Hace algunos años teníamos cajones y carpetas en las casas llenas de resguardos obtenidos en nuestras relaciones con los diferentes estamentos públicos y privados. Un resguardo de haber certificado una carta, de haber enviado un burofax o de haber presentado un determinado escrito en la oficina de registro de una entidad u organismo, tanto público como privado. El sello autentificaba el documento que debíamos conservar en nuestro poder por un tiempo, o bien hasta que se solucionaba el asunto u obteníamos lo solicitado o bien hasta que transcurrían esos cinco años que al parecer son reglamentarios en los que te pueden solicitar un documento.

Gran parte de estos resguardos se han convertido en electrónicos. Se intenta a toda velocidad reducir o eliminar el envío por correo de las comunicaciones de bancos y empresas, de facturas y cartas, de propaganda, etc. etc. sustituyendo el papel por el correo o la descarga electrónica. En algunas ocasiones se esgrime el concepto de que es más ecológico y se evita el consumo de papel, lo que es cierto, pero para nada ese descenso en los costes se hace llegar al usuario, que en algunos casos se ve obligado a imprimir en su propia impresora, con su propia tinta y su propio papel el resguardo. Un ejemplo es el recibo bancario del seguro del coche, que todo propietario debe llevar en el vehículo, amén de rezar para que sea admitido por el policía o guardia civil de turno, que nos puede comentar eso de que no es “original”, a pesar de que tienen instrucciones de admitir ya este tipo de documentos.

Pero lo peor de todo es la sustitución del resguardo clásico por la nada, por la ausencia de resguardo, que ha sido adoptado por muchas compañías que utilizan la llamada telefónica como sustituto. Si bien te dicen que la conversación, por motivos de seguridad, puede ser grabada, se llaman andanas si tu intentas recuperar una de esas grabaciones donde has encargado y te han confirmado una determinada acción tal como cambiar un servicio o darte de baja. Yo he probado a grabar por mi parte este tipo de instrucciones pero luego no sirve para nada, salvo que vayas a un juicio y estaríamos por ver si el juez admite como prueba tu propia grabación.

Como siempre, la mejor ilustración es un ejemplo. Solicitamos hace dos años en los servicios sociales del ayuntamiento la asignación de una residencia para mis padres. Ni un papel. A lo largo de estos dos años, comunicaciones telefónicas, pero ningún papel. La comunicación de concesión de lo solicitado ha sido igualmente telefónica y las instrucciones de cómo llevar a cabo todo también por teléfono. Ni un solo papel, ni un solo resguardo. Nos han dicho que nos enviarían una carta, pero que tuviéramos paciencia, que se demoraría uno o dos meses y que lo de usar el teléfono es para agilizar, para no tener que estar esperando a los papeles, que retrasan mucho las cosas. El teléfono es más dinámico. Si, de acuerdo, pero no queda constancia de nada, en caso de que haya que argumentar en el futuro, todo se queda en que me crean o no, o me quieran creer o no, lo que estoy diciendo.

Las empresas que a mi juicio han llevado hasta las últimas consecuencias esta eliminación de constancias han sido las telefónicas y proveedoras de servicios de internet. A lo más que llegan es a grabar tu consentimiento de forma hablada con un formato estándar. Lo único que les sirve es que la voz sea del género que dice ser. Yo me puedo hacer pasar por mi hermano y mi mujer por su madre con tal de que la voz sea masculina o femenina. Esto lo digo con conocimiento de causa porque sabiendo unos cuantos datos adicionales de mi hijo, he podido hacerme pasar por el sin ningún problema a la hora de efectuar cambios o contratación o modificación de servicios. Hacerme pasar por mi mujer es más difícil, pues la operadora al otro lado detecta por el tono de voz que no soy una mujer y no me admite.

Reconozco que últimamente me he hecho adicto al burofax. Es cómodo hacerlo vía internet, pero lo que no es es barato. Según para que cosas puede sustituir con creces a la carta certificada, dado que queda constancia no solo del envío sino del contenido del mismo. Antiguamente un resguardo de una carta certificada dejaba constancia de que la carta había llegado a su destino pero siempre se podía argumentar que dentro había un recorte de periódico.

En otra ocasión comentaremos la necesidad de tener guardado durante un tiempo el embalaje original de los artículos que compramos para obtener la devolución o cambio de los mismos en los plazos fijados.

sábado, 20 de febrero de 2010

INTERMEDIARIOS

Entre las muchas vivencias que se agolpan en mi mente tras unos cuantos años de vida, están los recuerdos de mi niñez acerca de las “vacaciones” pasadas los veranos en el pueblo de mi madre, un pueblo de la provincia de Toledo cuya principal actividad por aquellos años era la agricultura. Íbamos un hermano y yo con mi abuela a pasar los días de las fiestas y algunos más. Mi tío Rafa se dedicaba a la agricultura. Tenía una huerta que era su medio de vida. Aparte de sembrar un poco de todo para el consumo familiar y un pequeño puesto de venta, montado a diario a la puerta de su casa y atendido por mi tía Palmira, su principal objetivo era la producción de unos tomates en forma de pera que iban destinados a ser embotados como conservas.

Mi tío Rafa se ocupaba de todo, ponía la tierra, la preparaba, la semillaba, la abonaba, la cuidaba, la regaba, la limpiaba, hacía la recolección y la cargaba en un camión, alquilado por él, para llevarla a un almacén. Todo esto con permiso de la climatología y las plagas que podían hacer que un determinado año la cosecha fuera buena, regular o mala. En todo caso, lo que contaba al final eran los kilos de tomates entregados al almacén, por lo cuales le pagaban un precio muy exiguo.

Recuerdo sus comentarios acerca del papel del intermediario. Solo se ocupaba de recoger en el almacén los productos de diversos agricultores de la zona para transportarlos a su vez a las fábricas, donde el precio obtenido por cada kilo de producto era muy superior a lo pagado al agricultor. Resumiendo, mi tío ponía todo su trabajo y su riesgo a lo largo de muchos días y el intermediario iba a tiro hecho, trabajaba con el producto final, pagando un poco por él y cobrando un mucho. Por lo que se puede oír hoy en día en las noticias, estos hechos se siguen repitiendo, corregidos y aumentados, y tenemos que ver como los consumidores finales pagamos en el mercado una cantidad por un kilo de patatas que contrasta en gran manera por lo abonado por ese mismo kilo al agricultor que las ha sacado de la tierra.

Este tipo de actividad, llamémosla de “intermediario” se ha extendido por la sociedad como un río de lava sin control, quemando y arrasando todo a su paso. La denominación más socorrida es la de “empresas de servicios” o “empresas de gestión”. Una buena red de conocidos y un teléfono es todo lo que se necesita para poner en contacto quién produce con quién necesite ese producto, sean bienes o servicios. Y por ese “poner en contacto” los beneficios son pingües, y lo que es mejor, casi sin riesgo.

Seguro que todos conocemos muchos casos para ilustrar este pensamiento, pero voy a referir uno que me ha ocurrido en primera persona. No lo digo como queja sino como exposición de cómo son las cosas hoy en día.

Tras una vida laboral como empleado, he pasado en estos últimos tiempos a trabajar como autónomo haciendo trabajos de consultoría a empresas. El pasado año, concretamente en el mes de Julio, una empresa de las más grandes de este país me llamó para encargarme un trabajo. Tras unos contactos directos con la persona y departamento que requería mis servicios, llegamos a un acuerdo sobre los honorarios que se devengarían. La parte técnica y de trabajo efectivo estaba clara, pero quedaba por aclarar la parte económica. Un verdadero calvario. Esta gran empresa tiene un departamento especializado para las relaciones con los “proveedores”. Resulta que soy un “proveedor” de servicios para la misma. Y además, este departamento tiene una serie de empresas homologadas que son las únicas con las que puede tratar a la hora de efectuar pagos. Estas empresas son de un cierto tamaño y se requieren una serie de condiciones para poder ser homologado, condiciones que un autónomo no cumple ni de lejos.

La solución es la de la empresa intermediaria. Para los efectos económicos hay que hablar con la empresa intermediaria, llamémosla “I” que se encargará de los cobros y los pagos. Como resulta evidente, “I” no va a hacer todo esto sin añadir una “pequeña” cantidad por sus “servicios”. Yo ya no pienso en estas cosas y valoro mi trabajo por lo que creo que vale y así lo demando. Lo que ponga el intermediario de más es problema de la empresa que paga al final una cantidad muy superior a la que podría haber pagado si el contrato fuera directo conmigo, pero supongo que ese es el peaje por tener más “control” sobre su propio personal y sus “proveedores” para evitar que se les cuelen facturas falsas o con cantidades en demasía.

A lo que vamos. La empresa “I” realizó todos sus trámites de solicitud y cuál es mi sorpresa cuando me entero que en el mes de noviembre del pasado año ha cobrado la totalidad del importe por un trabajo que estaba desarrollando yo y que todavía no había sido entregado al cliente, entrega que tuvo lugar a finales de diciembre.

Con motivo de esta entrega y con la total satisfacción por el trabajo realizado, procedo a cumplir mi parte de contrato emitiendo con fecha dos de enero una factura por la MITAD del importe total, dado que la otra mitad no se cobrará hasta la implantación en real, prevista, por ahora, para mediados del próximo mes de abril. Es anecdótico, pero además los trámites administrativos internos de la empresa “X” hacen que a estas alturas de febrero todavía no haya cobrado “mi” factura por la mitad del importe, cuando “I” tiene la totalidad en sus cuentas desde el pasado mes de noviembre.

Cada cual que saque sus reflexiones. Un trabajo realizado a lo largo de los meses de octubre y noviembre del pasado año será cobrado en su mitad en marzo y en su otra mitad en ya veremos cuando, pero por lo menos mayo como muy pronto. Y la empresa que no ha hecho nada del trabajo, solo la parte de intermediación, ya lo tiene en su poder desde hace meses. Interesante sistema de funcionamiento.

Desconozco el importe total que por mi trabajo haya abonado la empresa que me lo encargó. Procuraré enterarme con tranquilidad para mi propio conocimiento. Pero lo que sí es cierto que en un caso anterior a este, la empresa intermediaria cobró 2,8 veces el importe que cobré yo. Si bien es verdad que en este caso hicieron algo más en la preparación del proyecto, es como el chiste del chatarrero. “Yo compro la chatarra a dos pesetas kilo y la vendo a cuatro. Con ese dos por ciento voy tirando”.

Así que, cuando llamemos a un pintor para que pinte en casa, tengamos cuidado de hablar con el que realmente va a aparecer con los cubos y las brochas, no vayamos a hablar con un intermediario y luego pretendamos que el nivel del trabajo este acorde con lo que pagamos.

domingo, 7 de febrero de 2010

DESIDIA


No sé si es que son los tiempos modernos pero da toda la impresión de que el gusto por el trabajo bien hecho se está perdiendo a pasos agigantados. No es ya que tu jefe o responsable te lo exija y controle, sino que por las formas de trabajo, las prisas, los cometidos o qué sé yo que zarandajas, los propias personas no se preocupan lo más mínimo, a nivel personal, por hacer las cosas medianamente bien.

Esta historia tendría una similitud en aquellos mensajes que alguna vez alguien metía en una botella, la cerraba a conciencia, y, sin destinatario, la lanzaba al mar para que este la llevara a cualquier parte del mundo sin importar si llegaba o no. Algunas de estas historias han tenido un final e incluso en alguna película de corte romántico se ha tratado este tema.

Hace unos días recibía en mi apartado de correos la carta que está reproducida en la imagen que se acompaña. Para preservar un poco el anonimato, no vayamos a incurrir en algún aspecto prohibido de la ley de Protección de Datos, he ocultado el número del apartado con una mancha naranja y el código postal con una mancha azul.

La carta procede del Reino Unido, concretamente de la ciudad de Glasgow. Una de las cosas que daba autenticidad a las cartas era la fecha del matasellos. He buscado sin éxito esa fecha, por todos lados, y supongo que en aras de la velocidad y los tiempos modernos, he sido incapaz de encontrarla, por lo que desconozco si ha venido de forma veloz y eficiente o por el contrario de forma lenta y torpe. En todo caso no va dirigida a mí, sino a una empresa denominada ECOMARINE LIMITED y a nombre de Samoli Liavdi, pues supongo que esto es un nombre, que desde luego queda muy lejos de ser el mío.

Hay que decir que todo el problema está en el origen. La persona o empresa emisora de la carta, cuyo nombre también no es desconocido, ha consignado una dirección inválida, que ahora comentaremos, por lo que puede tener cierta lógica que los servicios de despacho del correo, y las personas que ha intervenido en ellos, hayan cometido el error de mandarla a un sitio equivocado. En el remite solo aparece un texto en inglés que dice que en caso de no poder ser entregada se devuelva a un PO BOX de Glasgow, que es como allí denominan a los apartados de correos.

La localidad a la que va destinada tiene por toda identificación “Cephalonia”. Tengo que reconocer que no tenía ni idea de donde está o que es Cephalonia. En principio debería ser una localidad por lo que faltaría por lo menos el país. Me ha servido para culturizarme un poco y a través del maravilloso mundo de internet averiguar que es una isla Griega. ¿Por qué ha venido la carta hasta una localidad española?.

Puestos a conjeturar, lo más probable es que el empleado de correos escocés, desconocedor como yo de que era Cephalonia, lo haya confundido con Catalonia. Quizá sea un seguidor del Barça o veranea en Cataluña, vaya Vd. a saber, pero lo cierto es que la carta, marcada por un código de barras por arriba y por medio iría a caer en la saca con destino a España. Una vez aquí, los medios mecánicos, que también pueden ser desidiosos, o los medios humanos han hecho caso omiso de otro dato que no sea el código postal, que en este caso coincide con el mío y han encaminado la misiva, esta vez sí de forma eficiente, a la localidad correspondiente.

Pero una vez en el destino, vuelve la desidia. Algún empleado de la estafeta en el momento de hacer la selección por zonas o distritos para el reparto, ha destinado la misma a la zona de apartados, siendo luego otro o él mismo el que ha tenido que coger la carta, leer la dirección y depositarla física y manualmente en la cajita del apartado. Probablemente sea un empleado muy eficiente, que desarrolla su trabajo a gran velocidad y tiene una vista selectiva para enfocar solo lo que le interesa en este momento y que es el número de apartado. Se me ocurre como lógica esta interpretación de los hechos para explicar que tenga esa carta entre las manos.

Ahora hay que tomar la decisión correspondiente. También yo puedo ser desidioso en este asunto y tomar una serie de decisiones que me impliquen más o menos tiempo, dedicación y dinero. La primera que he desechado es “archivar” la carta, que sería la más cómoda. Una segunda opción ya un poco más incómoda es personarme de nuevo en la estafeta de correos y devolver la carta al empleado manifestando que la he encontrado en el apartado y no va dirigida a mí. Podría preguntarle que iba a hacer con la carta y podría contestarme o no, aunque me temo que salvo excepciones y siendo un poco mal pensado sería “archivada”. La siguiente opción que se me ocurre, que ya no solo me costaría tiempo, sino dinero, es meter la carta en un sobre y en la dirección añadir el país, GRECIA en este caso ya que la reemisión sería desde España aunque podría poner eso de GRECIA-GREEK que queda más mono. Con esta última opción la carta probablemente llegue a su destino pero me queda la comezón de no estar haciéndolo bien, ya que soluciono el problema de esta carta pero no de las siguientes si el remitente escocés sigue poniendo mal la dirección.

Así que he tomado otra decisión, que es mandar dos cartas, o sea que me voy a gastar unos eurillos. Una a su destinatario para que el hombre reciba la misiva que está esperando. Lo mismo la considera propaganda y sin abrirla la “archiva”. Otra al PO BOX de Glasgow, con una fotocopia de la carta pidiéndoles que corrijan sus archivos o sus programas informáticos y tengan la precaución de añadir el país de destino y no hagan pruebas de desidia.

Como los mensajes en botella que las olas llevan y traen… ¿Qué pasará con la carta?

domingo, 31 de enero de 2010

JUBILACIONES

Llevan mucho tiempo diciendo que no es necesaria ninguna reforma laboral. Llevan mucho tiempo diciendo que el sistema de pensiones está garantizado hasta no sé qué año y que goza de buena salud. La gran cantidad de nuevas afiliaciones de trabajadores de los últimos años han conllevado unos sustanciosos ingresos a sus arcas. Pero es lo de siempre, “donde dije digo Diego”. En los últimos días se han descolgado con una propuesta, solo es una propuesta pero que peligro tiene, que aboga por alargar la fecha de jubilación dos años, pasando de los sesenta y cinco de toda la vida a sesenta y siete.

Tras mucho tiempo sin reunirse ni establecer “peoras”, que es lo único que al parecer saben hacer, los agentes sociales están a punto de iniciar nuevas reuniones para decidir el futuro de los trabajadores, en un clima pretendido de consenso y entendimiento. Difícil es esto si lo único que se pone de forma básica encima de la mesa de negociación es que es necesario el despido libre. Huele a falta de imaginación y para distraer el ambiente desde el propio Gobierno, que tiene sus ideas, se lanza la cortina de humo del retraso en la edad de jubilación. Una corta conversación con mi buen amigo José María saca a colación mucha enjundia tras estas decisiones. Solo a modo de documentación, por si no lo hemos pensado, los trabajadores estamos representados por los sindicatos, que se desvelan por nosotros.

Parece que la sociedad se dedica a cultivar los contrasentidos. En unos momentos en que el paro avanza a marchas forzadas, que las relaciones laborales modernas deterioran la convivencia y endurecen las condiciones de trabajo, que el ritmo de vida ha colocado a los trabajadores a muchos minutos de distancia entre su residencia y su puesto laboral, que el empleo se precariza por empresarios aprovechados de la situación ofreciendo salarios propios de una esclavitud, que surgen nuevas formas de acoso laboral para conseguir fines de forma ilícita, que muchas empresas están prejubilando a sus trabajadores con poco más de cincuenta años e incluso menos, que existe poca ilusión por el trabajo bien hecho y con vistas al futuro, que mucho ordenador pero las cosas no van mejor que antes, que …., que …., que…. van y se nos descuelgan, nada menos, con retrasar dos años la edad de jubilación.

Cada cual pensará como le afecta o le puede afectar esta medida si es que tiene suficientes conocimientos para ello. Por de pronto la jugada, básicamente, es perfecta. Retraso dos años el inicio del pago de pensiones para un montón de personas y a la vez estas mismas personas me están ingresando las cuotas. Repito, jugada perfecta. Luego está la realidad de los estudios que dicen que la edad de jubilación efectiva, sin contar las prejubilaciones, está en torno a los 63 años. Claro, es que desde los sesenta podemos optar a la jubilación anticipada, eso sí, con una merma importante en la pensión que nos va a quedar. Pero muchos trabajadores están tan desesperados por las condiciones personales y laborales en su ambiente de trabajo que prefieren dejarlo aún a riesgo de ver disminuidos sus ingresos en lo que les queda de vida.

Las muestras de apoyo de los de la “voz de su amo” argumentan cuestiones tan peregrinas como que la esperanza de vida se ha prolongado muchos años, como queriendo dejar a entender que no es justo que estemos cobrando tantos años la pensión después de jubilarnos. Pero no dicen cosas como que antiguamente muchas personas empezaban a cotizar con catorce años y se daba el caso de jubilarse a los sesenta y cinco con más de cincuenta de cotización. Hoy día la edad de acceso al mercado laboral está muy por encima de esa cifra y no es frecuente una cotización continuada y constante en el tiempo, ya que las formas de trabajo han cambiado. Pero seguimos en la injusticia de que lo que computa para el cálculo de la pensión son los quince últimos años cotizados. Con esto hay personas que manejan bien este extremo y parece que solo han trabajado desde los cincuenta a los sesenta y cinco. Pero también en estos últimos tiempos, esas edades son en las que los trabajadores encuentran más problemas para mantener el empleo y la cotización. Triquiñuelas de todo tipo, como por ejemplo los E.R.E.’s a los que muchas empresas se apuntan aprovechando la coyuntura, están minando la cotización de muchas personas, eliminándola o reduciéndola. ¿De qué sirve haber estado cotizando por la base máxima toda la vida si en los últimos quince años no hemos podido mantener este nivel?

Luego hay otras grandes diferencias entre empresarios, autónomos y asalariados a la hora de manejar estas contingencias. Un asalariado no tiene ningún control, ya que su empleador decide una base y abona su importe. Un autónomo puede decidir, por ejemplo, cotizar por la mínima, poco más de 250 euros de cuota, y los aproximadamente 700 euros más que necesitaría para alcanzar la cuota máxima manejarlos a su antojo, invirtiendo, guardándolos en el colchón o lo que sea, pero en todo caso teniendo un control personal sobre su dinero y no dejándolo en manos de gestores que nos pueden sorprender con cualquier decisión a la vuelta de un telediario.

Me he enrolladlo un poco y no me queda espacio para tratar lo que iba a ser fundamental, y es respecto de las prejubilaciones. Los trabajadores en este estado han firmado un contrato de suspensión de empleo con su empresa por la que esta se compromete a unos pagos hasta…. ¿Cuándo?. Lo suyo es que en esos contratos figurara como fecha final el momento de la jubilación, fuera la que fuera. ¿Es esto así?. Parece ser que no. Si lo sabían o no lo sabían las empresas cuando prejubilaban a sus trabajadores no es la cuestión, pero muchos de ellos tienen como fecha de final el día en que cumplen sesenta y tres o sesenta y cinco años. ¿Es Vd. prejubilado? ¿Cuándo finaliza su contrato? Seguramente en una fecha concreta que será su cumpleaños, y en la que teóricamente Vd. debería dirigirse a tramitar el pase a pensionista y empezar a cobrar su pensión. Si esta “propuesta” sigue adelante, ese día dejará de cobrar lo que su antigua empresa le pagaba, no se podrá jubilar, y lo que es peor, tendrá que seguir afrontando un tiempo de su propio peculio las cuotas de la Seguridad Social, para no menoscabar el importe por aquello de los últimos años cotizados. Vamos, que toca empezar a ahorrar para esta nueva contingencia o “mejora” que nos ha llovido del cielo.

domingo, 24 de enero de 2010

BANDOLEROS

Ya no saltean por los caminos ni hace falta ir a Sierra Morena para verlos de cerca. Están en los despachos, salen por la televisión y hacen y deshacen a su antojo. Se mueven por sus endogámicos parámetros y sin hacer caso a lo que ocurre en la calle y a quienes afectan en sus decisiones. En la sociedad actual, individualista cada vez más y sojuzgada por unos laberintos económicos en los que todos, queriendo o sin querer, nos vemos atrapados en mayor o menor medida, las protestas son mínimas, simbólicas y a los que van dirigidas les resbalan, como el agua de la ducha por la piel. Es como una tela de la araña en la que hemos caído y que cuanto más nos revolvamos más aprisionados estaremos mientras la araña nos contempla con paciencia, esperando a que estemos maduritos.

Para muestra bien valen dos botones. Uno de ellos es la desproporcionada subida que la Comunidad de Madrid ha aplicado desde primeros de años al transporte colectivo. Haciendo caso al famoso “divide y vencerás”, ha aplicado el rejonazo solo a una parte de los usuarios, concretamente a aquellos que utilizamos el bono de diez viajes para metro y autobús, con una subida superior al veinte por ciento lejos de toda lógica y de todos los índices económicos que el pasado año de 2009 nos ha dejado como rastro. Y este tipo de actuaciones arbitrarias, que dividen en este caso a los viajeros en dos grupos, no son nuevas y llueven sobre mojado. Si leyó una entrada en este blog titulada “Precios” publicada en Enero de 2009 caerá en la cuenta de que estos bandoleros no son facinerosos, malencarados, malhablados o malvestidos sino todo lo contrario y ni siquiera tienen que mirarnos a la cara para hurgarnos en nuestros bolsillos muchas veces a lo largo del año. Hagamos lo que hagamos no nos escapamos pues de sobra saben ellos, por sus estudios y asesores, donde meter la mano. Es lo mismo de siempre, subiendo incluso mucho los impuestos al rey de este país, que solo hay uno, poco botín podríamos conseguir, así que dejemos al rey tranquilo y apliquemos el torniquete donde más y a más podamos exprimir.

El otro botón al que voy a referirme es al organismo o lo que sea oficial de Correos de España, con muchos años de funcionamiento que no de mejora. Hace más de treinta años me hice con un apartado de correos, ya se sabe, esos buzones que se encuentran ubicados en la propia oficina postal y que son utilizados en general por empresas y organismos que reciben mucha o voluminosa correspondencia, como a mí me ocurría por aquellos años en que recibía revistas, fotografías, libros y paquetes en general. El beneficio era mutuo, por un lado el cartero se evitaba de ir cargado con todo hasta mi domicilio y por otro lado no se quedaban las cosas muchas veces fuera de los buzones que existen en los portales pensados exclusivamente para cartas y no muy grandes. Es común ver las revistas o propaganda que recibimos en esos buzones sobresaliendo de los mismos, dobladas o contraídas cuando no directamente encima, dispuestas para ser sustraídas por algún vecino o repartidor que pase por allí.

Por aquel entonces, el precio anual del alquiler del apartado era simbólico. No lo recuerdo porque lo abonaba directamente mi padre y no me lo cobraba siquiera. Con el paso del tiempo, el precio ha sido subiendo “para adecuarse a los tiempos actuales” hasta los cincuenta y tres euros con treinta y seis céntimos que es la cuota a abonar para el presente año de dos mil diez. Un gasto más a añadir a los que tenemos las familias aunque en este caso es por un servicio voluntario. Parece que ya no le interesa a Correos que sus funcionarios se eviten cargar con cartas y paquetes y ha cambiado el chip pasando a entender los apartados como un gran servicio que requieren los clientes y que hay que cobrar. Bueno, hasta ahí de acuerdo, pero hay que ser masoquista para, pudiendo recibir las cartas en casa cómodamente, pagar por un servicio para que no te las lleven y tengas que ir tú a por ellas. Para que todo no sea negativo hay que decir que desde hace unos años las oficinas de correos abren por las tardes lo que nos permite a vaciar el apartado hasta las veinte treinta, por lo menos en la oficina en la que yo tengo alquilado, por el momento, mi agujerito.

Sin entrar en si este precio es mucho o poco, este año han dado una vuelta de tuerca más. A algún bandolero de despacho le habrá parecido que se saca poco por este concepto y que hay que sacar más. En mi caso recibíamos la correspondencia los miembros de mi familia en número de tres. Poco a poco hemos ido dirigiendo la correspondencia en papel que no hemos podido eliminar a ese apartado al que nos acercamos de vez en cuando dando un paseo ya que está cerca de casa. Siempre que he podido, por ecología y comodidad, he renunciado con las empresas que lo ofrecen a recibir correspondencia en papel, sustituyéndola por electrónica, con el consiguiente ahorro de papel y costes, que no siempre, es decir, nunca, nos suponen una rebaja en los precios. A lo que vamos, que nos estamos desviando, los bandoleros del organismo han decidido, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, que no es suficiente con disponer del apartado, que para poder recibir la correspondencia es necesario hacerse “suscriptor” del mismo y con un máximo de cinco por apartado. Hasta ahí ningún problema si no fuera porque cada suscripción cuesta…. cincuenta y tres con treinta y seis euros.

Cuando hace unos días el funcionario me informó de que tenía que formalizar la suscripción de las personas que recibían correspondencia en el apartado, mi mujer y mi hijo, so pena de que las cartas fueran devueltas, y pasó a indicarme el precio, no sé si mi estado de cabreo me permitió enterarme bien y esos casi ciento sesenta euros de suscriptores son además del precio del apartado o no. Tengo que volver para enterarme y para dejar libre el apartado que supongo que es lo que van buscando. En todo caso y por lo menos, la subida es de más del doscientos por cien para el mismo uso que estábamos haciendo el año pasado. Lo que yo digo, bandoleros, palabra hasta musical y bonita, por no emplear otras que me vienen a la mente, bastante menos educadas y bastante más malsonantes.

En los próximos días hay que contactar con las empresas y personas que nos mandan correspondencia al apartado para modificar la dirección no vaya a ser que nos empiecen a devolver nuestras cartas y comunicados. Alguna caerá. Y mientras tanto el cartero que reparte a domicilio verá como un buzón que rara vez recibía cartas comienza a usarse.

sábado, 23 de enero de 2010

MOVILES

Aunque últimamente se ha generalizado su uso como sustantivo, la palabra móvil es un adjetivo que en una de sus más amplias acepciones significa “que puede moverse o se mueve por sí mismo”. El uso actual al que me refiero es la abreviatura aplicada a un dispositivo que cada día de forma más frecuente nos acompaña a todos y a todas incluso en los momentos más íntimos y delicados. No en vano ha habido alguna indicación atribuida a operadores de centros de atención al cliente de que las personas tengan a bien no atender el teléfono cuando están en el excusado, ya que los “ruidos” se escuchan también a través de los sofisticados micrófonos de que están dotados estos aparatos y no son nada agradables como fondo de una conversación.

Así pues cuando decimos “móvil” estamos ahorrando saliva evitando decir “teléfono móvil” o aparato portátil de un sistema de telefonía móvil. También podríamos decir CAU o CAC cuando nos referimos a un centro de atención a clientes o usuarios pero esto está menos generalizado.

De siempre he sido alérgico al aparatito ese. Me he resistido todo lo que he podido a portar uno de forma permanente pero los nuevos usos y costumbres y además un cambio en mi actividad profesional me han casi forzado a llevar uno acoplado al cinturón de forma permanente. En sí el trasto no es malo, como tampoco es mala una pistola, estribando el problema en el uso que le demos según en qué circunstancias o contextos. Reconozco que brinda al usuario unas posibilidades enormes de hablar y conectarse con el mundo pero a la vez brinda a los demás la posibilidad de “disponer” de mí en cualquier momento y lo que es peor, en cualquier lugar como ya he comentado anteriormente. ¿O es Vd. de los que deja el móvil encima de la mesa cuando va al servicio? Si se lo lleva al servicio o sitio similar, ya sabe que según la conocida ley de Murphy será en el momento exacto en el que suene.

Suelo utilizarlo con toda la mesura que puedo, tanto cuando llamo yo como cuando me llaman a mí. Más que nada por las exorbitadas y guadianesas tarifas que han marcado las operadoras. Sin embargo hay situaciones en las que he caído en la trampa. No siempre se puede atender el teléfono en cualquier momento, ya que hay algunos en los que la educación para con los que te estás relacionando exige no prestarle atención. El otro día sin ir más lejos estaba en una reunión cuando recibí la llamada de un cliente. Me enteré por la vibración, que listos son con esto de la vibración pues en otro caso estaría apagado, pero no pude y no quise prestarle la más mera atención, así que vibró y vibró hasta que el interlocutor de otro lado se cansó o comprendió que no podía atenderle. Esto es un poco frustrante y tendemos a pensar que nuestro destinatario ha identificado la llamada y simplemente no quiere cogerlo.

Pero ya se encarga de recordarte que “hay una llamada perdida” de tal o cual número y o persona. Así que al salir de la reunión llamé y tuve que estar, con todo el dolor de mi corazón, más de veinticuatro minutos hablando, lo que supondrá unos cuantos euros en la factura de fin de mes, factura que la gente paga alegremente sin protestar y sin hacer nada en pos de una rebaja en unas tarifas a todas luces abusivas y desorbitadas.

Estos “paratos” se han colado en todos lados. Es relativamente frecuente estar asistiendo a los oficios religiosos del domingo o a una conferencia o incluso en el cine y ver como la gente se levanta y se sale comenzando la conversación antes incluso de abandonar el recinto, eso cuando no hablan sin moverse. Es de suponer que son llamadas urgentes, ineludibles e inexcusables y que les va la vida en ello. Yo me pregunto cómo se hacía antes cuando uno se iba al cine y disfrutaba de la película de principio a fin sin que nadie tuviera la posibilidad de interrumpirle, ni siquiera mediante una sugestiva vibración. Yo simplemente apago el aparato cuando me veo en situaciones como las comentadas y otras que surgen como estar dando clase durante varias horas o estar en procesos de terapia de grupos donde no parece ni medio educado atender una vibración o una llamada, ni siquiera para ver quién llama.

Me gusta aprovechar mi desplazamiento diario en el transporte público para dedicarme a mi afición favorita: la lectura. Pero cada vez es más difícil, pues la gente aprovecha para darle a la lengua, generalmente en tonos de voz más altos de lo normal, y contar sus interioridades para que todo el mundo las oiga y a mí me distraiga de mi lectura. Antes esto solo ocurría en el autobús, pero las empresas se han debido dar cuenta de que la gente se aburre en los transportes públicos y ha dotado al metro también de cobertura por lo que tampoco en este medio se puede leer con tranquilidad. Suele ser frecuente la llamada inicial a la persona con la que se quiere contactar diciendo que acaba de iniciar el viaje y que le devuelva la llamada. ¿Quién paga estas llamadas? Me temo que no siempre los que hablan y hablan minutos y minutos.

Otra de las cosas a las que asocio el aparatito este es la improvisación. A modo de ejemplo, cuando antiguamente en mi trabajo había que preparar cosas con antelación para que las llevaran a cabo otros, la minuciosidad y el detalle si se quería que todo funcionase rayaba en lo espartano. Con la llegada de los teléfonos móviles y la posibilidad de estar localizado en cualquier momento y lugar, la improvisación ha llegado: si ocurre algo no previsto se llama y se soluciona en el momento.

Para las citas ocurre lo mismo, “quedamos en el móvil” o “cuando llegue te hago una perdida” son frases de lo más corriente en lugar de establecer una hora y un lugar como se hacía antaño. En esto hemos….. ¿mejorado?

Y luego está todo el negocio alrededor de ellos: servicios, ofertas, posibilidad de comprar y pagar, etc.etc. Yo llevo varios días recibiendo un mensaje diciendo que tengo disponible un mensaje MMS que no puedo recibir porque no tengo activo el servicio, por lo que debo de mandar yo uno de ese tipo para activarlo. Van listos, se van a gastar un tiempo y un dinero en seguir mandándome el mensajito, pues yo ni sé lo que es un mensaje MMS ni, lo que es peor, quiero saberlo, por lo que me extraña mucho que intente mandar uno. Pero reconozco que soy un espécimen raro en este asunto y que fomento mi alergia hasta límites que se vuelven en contra mía al no “disfrutar” de las posibilidades que me ofrecen estos “paratos” y que van mucho más allá de la pura telefonía y que yo me empeño en rechazar.

domingo, 10 de enero de 2010

SEGUROS

“Pleitos tengas y los ganes”, reza un dicho popular, que es más bien una maldición, atribuido a la etnia gitana. Dios nos libre todo lo posible de tenernos que pasar por algún litigio en los tribunales, pues aunque obtengamos sentencia a nuestro favor, habremos perdido.

Podríamos acuñar otra frase de corte parecido, que desconozco si existe ya, que dijera algo así como “Seguros tengas, pagues y no utilices” y cuyo significado es autoexplicativo. Las compañías de seguros son una constante en nuestras vidas ya que de forma obligatoria, si tenemos un vehículo, estamos obligados a contratar un seguro y además es muy corriente tener algún tipo de seguro más, entre los que podemos citar de vida, médicos privados, de pago de hipoteca, de nuestra vivienda, y últimamente alguno de corte más moderno como el sufragado para disponer de un bufete de abogados.

Alguno más y que va servir de referencia a estas líneas: el seguro de deceso o de fallecimiento, que cubre los gastos, que son cuantiosos, derivados del fallecimiento de una persona. Es un seguro que se paga mes a mes, de una cuantía no desdeñable, y que tiene la fundamental justificación de liberar a la familia de los numerosos pasos que tiene que dar a la muerte de un finado, desde la preparación del entierro o incineración hasta los trámites legales en el Registro Civil, Padrón Municipal, Seguridad Social, Hacienda y demás organismos oficiales y privados con los que la persona fallecida pudiera tener alguna relación, obligatoria o voluntaria. Resulta evidente que al que deja este mundo le preocupan poco estas cosas, aunque el hecho de tener contratada una póliza de este tipo dice mucho en su favor por no dejar, o al menos aliviar, problemas a sus seres queridos en momentos tan delicados.

Yo no tengo seguro de este tipo. Lo tuve allá por los años 80 y tras estar pagando un par de años una cantidad nada desdeñable caí en la cuenta de que el seguir con este tipo de seguros era gastar una gran cantidad que podría acumular yo mismo si tuviera la constancia de guardar aparte el importe de los recibos. Por supuesto nunca lo hice y eso supone que el día que fallezca mi familia tendrá que afrontar los gastos. Estos gastos dependen de muchas cosas, una de ellas y fundamental es la localidad donde se vaya a “residir” para la posteridad. No es lo mismo ser enterrado o incinerado en Bollullos del Condado que en Aldea de Calatrava por citar dos pueblos que me vienen en este momento a la cabeza y de los que desconozco sus entresijos enterratorios. Depende muy mucho de la voracidad recaudatoria de curas y alcaldes que suelen controlar los cementerios, municipales o parroquiales, en caso de enterramiento clásico o los tanatorios en caso de las más modernas incineraciones. También es un problema añadido si el fallecimiento se produce en una localidad distinta, ya que en este caso hay que añadir todos los problemas y gastos del traslado del cadáver, que no son baladíes. En otra ocasión referiré los problemas acaecidos en el entierro de mi abuela, hace más de treinta años, derivados de competencias entre forenses y del mal trazado del camino a recorrer por la comitiva fúnebre ya que en aquella época, no sé ahora, se pagaba un tanto a cada iglesia de los pueblos por los que debía de pasar el cadáver camino de su destino final. Parece sacado de la España profunda, pero así era.

El caso es que el pueblo donde resido es uno de los más caros en costes de defunción. Según me han comentado en la compañía de Seguros, alrededor de los 3000 euros cuesta morirse aquí, un poco menos si te incineras y un poco más si te entierras. La semana pasada falleció mi padre. Tenía contratada una póliza de este tipo con la compañía Santa Lucía, cuyo nombre menciono pero no precisamente para hacer propaganda, sino todo lo contrario. Hasta donde recordemos sus familiares, mi padre estuvo pagando está póliza, en la que estaba incluida mi madre y tres hijos, desde que se casó, a mediados del siglo pasado. A efectos de dato documentario, el coste mensual de esta póliza es en estos momentos de 47 euros y eso porque “era la barata”, del tipo I-T. Yo nunca hubiera sabido lo que significaba I-T pero ahora me he enterado bien, pero que muy bien.

Las convicciones religiosas de mi padre le impedían comprender el hecho de la incineración que ahora está tan de moda y que es utilizado cada vez más. Nunca tuvo casa propia, ni coche ni otro seguro que esta póliza de deceso, pero si se preocupó muy mucho de tener su plaza propia, a perpetuidad que se dice, tanto para él como para mi madre, en el cementerio parroquial de la localidad así como la póliza que cubría todos los gastos. En el fragor de los momentos iniciales tras el fallecimiento, contactamos con la empresa funeraria de servicios que nos atendió muy bien y en todo momento y que se puso en contacto con Santa Lucía para ocuparse de todo lo relativo al hecho, que no voy a citar aquí, pero que son una serie muy variada de cuestiones que yo antes solo acertaba atisbar. Al poco tiempo, y estando mi madre y mis hermanos presentes, el empleado de la funeraria viene y nos dice que hay un pequeño inconveniente, que la póliza que tenemos es una póliza I-T. ¿Y qué narices significa eso? Pues que es una póliza de incineración y no de enterramiento. A mi madre se le cayó el alma a los pies y tuvimos que quitarle de en medio mientras el cabreo iba subiendo de tono en nosotros.

Por lo comentado es imposible que mi padre tuviera suscrita de forma consciente una póliza I-T y dado que, en los tiempos inmemoriales en los que mi padre suscribió la póliza no existía la modalidad de incineración, la póliza debería haber sido cambiada a posterioridad. Se pudo arreglar con buenas composturas el entierro en lugar de la incineración, aunque hemos tenido que aportar al final una pequeña cantidad de dinero superior a los 200 euros. No es mucho, pero con todo lo que mi padre había pagado a lo largo de su vida no se merecía esto sino un entierro con corceles negros y banda de música. Seguros, pólizas y modalidades.

Buscando datos en los archivos de mi padre, hemos encontrado como fecha más antigua de la póliza demostrable el año 1976, aunque tenemos la convicción de que es más antigua. Pero hete aquí que en el año 2006 de produjo el cambio a la modalidad I-T y además está firmado por mi padre. ¿Leyó mi padre la letra pequeña de la nueva póliza que le presentaban? ¿Sabía mi padre lo que era la modalidad I-T? ¿Le engañó algún agente avispado? ¿Le sugirieron este cambio desde la compañía para abaratar el coste y no se dio cuenta? Nunca lo sabremos pero lo que si podemos aseverar sin ningún género de duda es que NO, que mi padre no hubiera firmado de forma consciente un cambio a incineración de ninguna manera, ya digo, por sus propias convicciones religiosas y por disponer de su plaza, a perpetuidad, en el cementerio.

La compañía no nos puede, porque no la tiene o porque no quiere, aportar información sobre el cambio. Está firmado y realizado y en estos momentos poco importa ya. Lo que si hemos tenido que hacer es cambiar la póliza a la modalidad SP-T, sepelio y traslado, para mi madre y dar de baja a los hijos que tendrán que buscarse la vida por su cuenta. Si usted que está leyendo estas líneas tiene una póliza de este tipo contratada, o de cualquier otro tipo, le sugiero que se lea la letra pequeña de pé a pá, para no encontrarse, en el momento de necesitarlo, con sorpresas desagradables.

“Seguros tengas, pagues y no utilices”

domingo, 3 de enero de 2010

ANASTASIO



“Madre no hay más que una” reza el dicho popular. No sé si de aquí se puede deducir que padres puede haber muchos aunque todos sabemos que también solo hay uno. El primer día del año, recién estrenado el 2010, a las siete de la mañana, Anastasio, mi padre, nos dijo adiós para ir con toda seguridad al cielo y descansar para siempre. Sus 88 años de vida le permitieron conocer y vivir los numerosos cambios que se han producido en el ya pasado siglo XX y los albores de este.

La guerra civil española, esa de la que los algo más jóvenes hemos oído hablar pero no llegamos más que a hacernos una idea, le sorprendió
con quince años y tuvo que pasarla lejos de su casa y de su familia, en Alaquàs, un pueblo de Valencia que siempre recordó con cariño. La vuelta a casa supuso un cambio radical en su vida, ya que su padre quedó para siempre descansando en tierras valencianas y nunca volvió a su hogar. La recuperación y puesta en marcha de nuevo del negocio familiar, una sastrería, ocupó sus primeros años juveniles, aunque pronto se dio cuenta de que no era bueno trabajar en asuntos familiares y de forma autodidacta y sin haber ido casi a la escuela, sacó sus oposiciones de cartero urbano. Todavía de muy mayor recitaba de corrido y con cantinela los pueblos que componían los distritos postales de cada una de las provincias españolas. No obstante nunca olvidó su profesión de sastre y daba gusto ver como de vez en cuando, para la familia e incluso para algunos amigos como dn. Ricardo, el médico del pueblo, metía las mangas de algunas chaquetas, los bajos de algunos pantalones o recomponía las hechuras de algún abrigo.

Como la familia aumentaba y el sueldo de cartero llegaba a fin de mes con muchos apuros, dedicó a las tardes a trabajar como administrativo de empresas, primero en una de jardinería y viveros y finalmente hasta su retiro en una de construcción. Con ello no llegaba a casa hasta más allá de las diez de la noche, con lo que sus hijos le veíamos en la comida familiar y los domingos. Eso sí era trabajar de sol a sol. Desde mis trece a mis diecisiete años estuve trabajando con él en esa empresa de construcción, donde aprendí muchas cosas aunque fue duro tener a tu padre como tu encargado, ya que me regañaba y me corregía, por mi bien, mucho más que el propio jefe de la empresa. Uno de sus compañeros de esta empresa, Miguel, el chófer el camión, le apodó como “cabalito”, un mote que no le gustaba nada, peo que reflejaba el cuidado y pulcritud en su forma de hacer las cosas.

Ya con más de cincuenta años estudió y aprobó una plaza para cajero en la Caja de Ahorros. Cuando le llegó el nombramiento y tenía que pedir la baja en el cuerpo de Correos, se lo pensó dos veces y renunció a una plaza calentita en una oficina bancaria para seguir bregando con sus cartas, su reparto diario y su contacto con la gente.

Escribía siempre con pluma y con una letra antigua y preciosa. La gustaba mucho escribir, con lo que en casa hay montones de papeles con notas, cuentas y anécdotas. En plena época de las máquinas de escribir, con motivo de tener que redactar alguna instancia o documento oficial, le requería para que me la escribiera, para presentarla con todo orgullo en el registro oficial donde sorprendía por el hecho de que fuera escrita a mano y además con esa letra tan característica.

Hace un par de años escribía una entrada en este blog titulada “Dos amigos”
( http://sensacionesinciertas.blogspot.com/2008/01/dos-amigos.html ) donde relataba como en los últimos años, tras una caída se fueron agravando sus problemas físicos hasta quedar en una silla de ruedas. Julián, el otro protagonista de esta historia sigue hecho un chaval y asistió al sepelio muy compungido. Anastasio fue un hombre activo, de hacer recados, de salir y entrar, que se llevaba bien con todo el mundo y era muy apreciado en el pueblo, empezó a decaer al no tener actividad y dejar de tener ganas de estar entre nosotros. Poco a poco se ha ido apagando hasta que se nos ha marchado.

Fue un hombre muy querido por sus paisanos. La masiva afluencia a la misa funeral celebrada antes de su entierro y las numerosas muestras de cariño que recibimos sus hijos y familiares así lo atestiguan. Desde ayer sus restos reposan en el camposanto muy cerca de su querido Cristo de la Buena Muerte que preside la capilla del cementerio. La parte final de la oración, obra de Josá María Pemán, que como responso se rezó antes de su inhumación, fue especialmente emotiva. Dice así

Señor, aunque no merezco
que tu escuches mi quejido,
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que te pido.
A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.
Y a cambio de esta alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena.
¡Cristo de la Buena Muerte¡

Descanse en Paz.

lunes, 28 de diciembre de 2009

PC

Cuando en 1981 la empresa IBM puso en el mercado el primer “Computador Personal”, estaba sentando las bases de llevar a los hogares lo que hasta ese momento había estado reservado a grandes empresas: la posibilidad de disponer de un ordenador a nivel personal para almacenar información y realizar diferentes procesos de forma automatizada y rápida.

Esto ha sido una constante a lo largo del tramo final del pasado siglo XX. Los hogares se han ido llenando de aparatos que los que antes era impensable disponer a nivel casero. Un ejemplo de ello es el vídeo, que empezó también por los años 80 a introducirse para poder disponer en el momento que deseáramos de programas de televisión y películas. La música había llegado antes a través de los discos de vinilo y los radiocasetes. Pero poco más había en un domicilio que la televisión, en blanco y negro hasta finales de los setenta, y el tocadiscos, además de por supuesto la radio que llevaba mucho tiempo como reina del contacto del hogar con el exterior.

Ahora estamos invadidos de “cacharros” que nos sirven para hacer multitud de cosas y que en teoría nos hacen la vida mucho más confortable. Pero también pagamos un precio por ello, no solo económico sino en tiempo y dedicación.

Volviendo al tema del Personal Computer, los primeros Sinclair, Commodore y Amstrad, utilizando el televisor como pantalla, empezaron a dejarnos hacer nuestros pinitos en la informática, no solo por la posibilidad de iniciarnos en lenguajes de programación, tales como basic o logo, sino por la posibilidad de generar imágenes e incluso música. Recordemos que el precio de un PC de IBM por aquellas fechas era de un millón de las antiguas pesetas y que los pequeños no eran precisamente baratos. Mi primer PC fue un Commodore-64 que compramos entre tres compañeros de la oficina y del que disponíamos semanalmente por turnos.

Ya a principio de los 90 con el desarrollo y la producción en serie de PC el precio fue abaratándose poco a poco al tiempo que se fueron desarrollando nuevos sistemas operativos y programas para hacer todo tipo de trabajos, tanto profesionales como de ocio. El desarrollo de la internet que explosionó a mediados de los años 90 fue el espaldarazo definitivo para que todos, o casi todos, tengamos la necesidad de poner un PC en nuestras vidas, y no solo de ponerlo sino de utilizarlo más tiempo del que quizá debiéramos. He oído con cierta frecuencia a mujeres decir de sus maridos que “se pasa todo el día en el ordenador”.

En la línea que hemos hablado de llevar todo al confín casero, el ordenador es hoy en día un punto central. Se parte de la base de que todos tenemos ordenador en casa y con conexión a internet, preferiblemente ADSL con una cierta velocidad. Y basados en esto, las empresas y desarrolladores nos envuelven en una dinámica cada día más creciente de utilizar el ordenador como base de todo. Vamos a poner algunos ejemplos, que si bien todavía no son generalizados pueden ser la base de lo que ocurrirá en el futuro no muy lejano.

Lo primero que llegó al ordenador fue la música. La digitalización de la música tradicional en los conocidos MP3 y otros formatos similares, empezó a llenar los discos duros de los ordenadores. La posibilidad de conectar el ordenador con el amplificador y el equipo de música tradicional ha ido relegando los CD’s a los trasteros y lo irá haciendo cada vez más al disponer hoy en día de discos duros multimedia que situamos al lado de la televisión y el equipo de sonido y que permiten disponer de cientos de CD`s sin ocupar espacio y disponibles con solo encender la televisión y utilizar el mando a distancia para seleccionar carpetas que pueden contener cientos de horas de música sin tener que andar cambiando los discos de forma física.

Luego le llegó el turno a la imagen, que también sucumbió a la digitalización. En cuanto a la fotografía, las cámaras de película van desapareciendo paulatinamente y dejando paso a potentes y modernas cámaras digitales con las que tomamos cientos y cientos de imágenes apenas sin coste que acaban siendo archivadas, como no, en el disco duro de nuestro ordenador. Al igual que la imagen estática de una fotografía, la imagen en movimiento de una película ha pasado por el mismo proceso de digitalización. Los vídeos tradicionales en cinta van muriendo poco a poco dejando paso a grabadores digitales en DVD o en disco duro, cuando no los propios discos duros multimedia situados al lado del televisor hacen esta función. El medio físico, disco, cinta, CD, DVD…. Tiende a desaparecer y dejar paso a la grabación en disco duro. En mi caso tengo que decir que es así.

El proceso que está explosionando en estos momentos es el del libro electrónico. Se creía que no le iba a llegar el turno, pero está ahí. Yo ya tengo varios amigos que leen libros, revistas y periódicos en su lector digital y yo mismo entraré en ese mundo en unos días si los Magos de Oriente tienen a bien acceder a mi petición. Como todo cuando empieza, los aparatos son caros, hay multitud de formatos y posibilidades y la cosa está liada, pero he decidió meterme en ella y que me quiten lo "bailao".

Este es un proceso imparable. La industria seguirá desarrollando ordenadores más potentes, discos duros más capaces y fiables y nosotros iremos metiendo todo esto en nuestros hogares para disponer cada vez de más y más información y hacer las cosas de diferente manera a como las hacíamos hasta ahora.

En tono un poco jocoso, que se preparen los churreros, que dentro de poco estaremos haciendo los churros con el ordenador de nuestra casa.

domingo, 13 de diciembre de 2009

FUGAS


El momento de escribir estas pequeñas disquisiciones mentales es una buena excusa para echar un vistazo al diccionario. Con acceso a internet es muy cómodo y de paso se puede aprender siempre algo nuevo. La palabra del título tiene varias acepciones. La que a mí me parecía más normal, por aquello de las muchas películas que han tratado el tema, la de escaparse de una prisión no aparece muy contemplada en el diccionario.

Yo aquí me voy a referir a otras mucho más caseras, más cercanas y más fastidiantes.

El mundo de internet ha revolucionado nuestras vidas. Por lo menos la mía, Y para pequeño botón de muestra esta historia que les voy a relatar. Tomé contacto con internet hace ya trece años con motivo de mi trabajo y a través de conexiones en la empresa. No había tanta información como ahora pero el correo electrónico ya supuso un salto cualitativo que te permitía contactar en minutos con personas que estaban a miles de kilómetros. El teléfono también lo permite, pero no es lo mismo.

Hoy día, con mucha, muchísima más información, bien es verdad que buena, mala y regular, podemos buscar y encontrar solución a nuestros problemas, aunque en algunas ocasiones no resulta fácil y hay que tener un poco de tesón y convencimiento en la búsqueda, tratando de no darse por vencido a las primeras de cambio.

Y Vd. dirá que qué tiene esto que ver con las fugas. La acepción que me interesa del diccionario reza así; “Salida de gas o líquido por un orificio o por una abertura producidos accidentalmente”. La llegada a nuestras casas de servicios como el gas o el agua hace que tengamos la posibilidad de que se produzcan fugas. En la casa del pueblo de mi abuela, hace cuarenta años, donde el agua corriente era a base de ir con cubos a la fuente pública, pocas fugas de este tipo se podían producir.

Hace poco más de dos años tuve una fuga en el circuito de la calefacción, ese que hace unos años dejaban enterrado bajo baldosas, azulejos y parquets como si fuera eterno. Pues no, no es eterno y con el paso del tiempo se producen fugas. Fue una locura y menos mal que la parte pecuniaria corrió a cargo de la compañía de seguros. Para complicar la cosa vivo en un piso donde no hay vivienda humana debajo. Supongo que los animales que moren allí, ratas o similares, no van a subir a quejarse si detectan que les cae agua procedente de la fuga del circuito de mi calefacción, cosa que sí hice yo con mi vecino de arriba cuando le ocurrió a él y el agua me caía a mí. Estoy especialmente sensibilizado con esto, ya que hace años, en una época temporal en la que vivía una casa antigua, se rompió una tubería en el baño a media mañana que dejó las casas de los vecinos de abajo pasadas por agua y remojadas, y hasta tuvieron que cortar el agua de todo el edificio llamando a los empleados municipales ya que yo estaba fuera y no me pudieron localizar.

Como digo, hace dos años sufrí la misma avería. Lo difícil es localizarla para lo que hubo un primer intento fallido en una habitación que costó levantar el suelo de parquet, ponerlo de nuevo y acuchillar y barnizar. Una locura. Al segundo intento se localizó la avería en la terraza, justo en la salida de la caldera y la cosa fue menos engorrosa.

Pero otra vez no, tener que volver a lo mismo de nuevo en tan poco tiempo. Como la pérdida no era muy grande, solo cuando la calefacción estaba puesta, rellenaba y rellenaba el circuito, a veces hasta en tres ocasiones al día para evitar la falta de presión. Paralelamente me puse a investigar en internet a ver si había alguna solución “no cruenta” a este asunto. Realmente iba buscando un sistema de inyectar líquido especial en el circuito y tratar de localizar la fuga con una aparato de rayos-X pero ya me dijeron y lo constaté que esto solo funcionaba con tuberías con gran presión, y la nominal de un circuito de calefacción, alrededor de 1,2 en mi caso, no es suficiente para que este sistema de RAYOS-X funcione.

No me di por vencido y de vez en cuando atacaba a Mr. Google buscando y buscando información sobre fugas, fontanería, calefacciones, circuitos, etc. etc. La constancia fue premiada. En una web alemana ( http://www.sks-sotin.de ) encontré información en castellano acerca de una serie de productos líquidos que podían ser mezclados con el agua del circuito y corregían las fugas. No me lo podía creer, ni que existiera esto ni que además funcionara. Abierta esta línea de investigación, el asunto era conseguir el producto y utilizarlo. La representación en España está radicada en Barcelona y en una llamada telefónica a esa empresa no vi posibilidades reales de que me facilitaran alguna dirección en Madrid o que me mandaran por correo o courier el preciado líquido al ser yo un particular.

Vuelta a investigar de nuevo hasta que por fin encontré un gran almacén en Madrid (http://www.suner.es/ ) en el que disponían, por el momento, de una última botella del “preciado líquido”. Una llamada telefónica, una reserva y tras abonar el precio, que no es pequeño, tuve la botella de 1 litro en mi poder. Lo más importante estaba conseguido, pero ahora había que hacer lo más fácil, en teoría, que era introducir el líquido en el circuito de calefacción. Lo suyo era llamar a un fontanero, exponerle el caso y conseguir que viniera a casa.

Después de haber estado investigando e investigando, no estaba de más seguir investigando acerca de métodos y formas para hacer esto. No fue tampoco fácil, pero en un foro vi una entrada de una persona que sugería lo que yo acabé realizando: Desmontar el purgador de un radiador, preferentemente en cocina o baño por aquello del agua que se pueda salir, vaciar un poco el circuito y poco a poco introducir el líquido. Para facilitar esto me preparé un invento casero como el que se puede apreciar en la fotografía a base de un canuto de silicona y un embudo. Comentándolo con un amigo me habló de haber comprado en la farmacia unas jeringuillas de gran tamaño que me hubieran servido igualmente. Tarea conseguida.

El proceso estaba realizado. Ahora quedaba ver si funcionaba, pues yo no las tenía todas conmigo. Pues….. ¡ FUNCIONA ¡ Han pasado ya varios días y el circuito no ha perdido ni una gota, se mantiene exacto en su presión nominal de 1,2.

Se me antoja que este es un producto revolucionario y que solucionaría de forma limpia y elegante problemas de este tipo que son frecuentes en instalaciones antiguas que discurren por debajo de los suelos. Al parecer ahora se ubican en los techos bajo escayola que es más fácil de destrozar y reponer, además de verse enseguida donde está la fuga.

Como de internet he obtenido información, este es mi granito de arena al devolver, a internet, esta información.