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sábado, 30 de mayo de 2015

DICHOS




Ya está, pasaron y benditas vayan las elecciones municipales y autonómicas que tuvieron lugar el domingo pasado y que han dejado esto que no hay quién lo reconozca. Los que han ganado, eso dicen, no las tienen todas consigo y los que llegan nuevos tienen un mundo por delante al que enfrentarse, que hasta el rabo todo es toro. Y ya que nos ponemos a «refranear», vocablo incorrecto por el momento, me he dado una vuelta en clave política por el libro titulado «Diccionario de refranes» de Luis Junceda, haciendo una lectura rápida y seleccionando aquellos que me ha parecido que podían tener algo que ver o podían ser aplicables al mundillo que rodea a la política y los políticos. Los refranes, sentencias contundentes de la sabiduría popular, tienen sus interpretaciones y aplicaciones a diversas situaciones, así que mis criterios de selección son míos y pueden no estar en sintonía con los de cualesquiera.

He seleccionado ciento sesenta, con mejor o peor criterio, tratando de escoger entre todos ellos uno que mayormente reflejara lo vivido en estos últimos días. Tarea difícil, pues en una primera pasada me quedaron veintisiete. Pero como por alguno había que decidirse, dejando traslucir algo de mi personalidad pícara, el que pueden ver en la imagen ha sido el que se ha llevado la palma. No nació con un trasfondo de aplicación a contextos políticos, pero quién sabe, a mí me parece que algo de ello hay.

A continuación la lista de los seleccionados, sin ningún orden ni concierto, excepto que los primeros han sido los seleccionados en una primera instancia; cortesía para aquellos lectores faltos de tiempo que no quieran leerlos todos. Muchos de ellos son generales y conocidos, otros no tanto, y su aplicación al mundillo de la política y los políticos es dependiente en gran medida de los pensamientos de cada uno. Habría mucho que discutir, pero ahí quedan.

Nadie diga de esta agua no beberé.
Ahora que tengo potro pongo la vista en otro.
Bien barre la escoba nueva, pero pronto se hará vieja.
Tres españoles, cuatro opiniones.
Al alzar de los manteles, haremos cuentas y pagaredes.
Calumnia, que algo queda.
Quien quiera saber lo que vale un potro, venda el suyo y compre otro.
Al que yerra, perdónale una vez, más no después.
Aunque duela, salga la muela.
Quién amaga y no da, miedo ha.
Malos reyes, muchas leyes.
No mires quién te lo dice, sino lo que se te dice.
Alcalde de aldea, el que quiera que lo sea.
Quién con un cojo pasea, al año cojea.
¿Quieres ser muy conocido? Pues mete ruido.
Perdones hacen ladrones.
No hay cosa escondida que al cabo del tiempo no sea bien sabida.
No apruebes hasta que pruebes.
Nunca faltan rogadores para putos y malhechores.
Tanto decís que creo que mentís.
Quién de traidores se fía, lo sentirá algún día.
Parlamento, charlamento; cuanto allí se habla se lo lleva el viento.
No quiero, no quiero, pero échamelo en el sombrero.
Más enseñan los desengaños que los años.
Nada sabes si no saben que lo sabes.
Unos dicen lo que saben y otros saben lo que dicen.
Quién tiene el tejado de vidrio no lance piedras al de su vecino.
En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso.
Entre bellacos, virtud es el engaño.
Piensa el ladrón que todos son de su condición.
Primero yo, después yo, y siempre yo.
Quién malas mañas ha, tarde o nunca las perderá.
Quién más tiene más quiere.
Quién un mal hábito adquiere, esclavo de él vive y muere.
Reprende vicios ajenos quién está lleno de ellos.
Ruin habilidad, meter mentira para sacar verdad.
El truhan y charlatán, mintiendo ganan el pan.
Al agradecido, más de lo pedido.
Bien predica Fray Ejemplo, sin alborotar el templo.
Una cosa es predicar y otra dar trigo.
Amigo reconciliado, enemigo doblado.
Quién tiene dineros tiene compañeros.
Viose el perro en bragas y no conoció a su compañero.
Cuando quise, no quisiste; y cuando quieres, no quiero.
Jefes y burros viejos, lo más lejos.
A galgo viejo, echadle liebre, no conejo.
A perro viejo, no hay tus tus.
Jaula abierta, pájaro muerto.
Mal ladra el perro cuando ladra de miedo.
Por la boca muere el pez.
¡Y vuelta la burra al trigo!
Las zorras de mi lugar son como las de los demás.
Antes son mis dientes que mis parientes.
La avaricia rompe el saco.
El pan, pan; y el vino, vino.
Mudanza de tiempo, bordón de necios.
En la iglesia manda Dios y en el campo los pastores.
El que no es para estudiar, dedíquese a arar.
A las doce, el que no tenga pan, que retoce.
Dame pan y dime tonto.
De paja o heno, el pancho lleno.
Los duelos con pan son menos.
Hay más días que longanizas.
Menos mantel y más que comer.
Ni amigo reconciliado ni asado recalentado.
A camino largo, paso corto.
A lo hecho no hay remedio; y a lo por hacer, consejo.
A palabras torcidas, respuestas derechas.
A quién lo quiere celeste, que le cueste.
Antes que acabes no te alabes.
Cada uno cobre según lo que obre.
Consejos vendo, que para mí, no tengo.
Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon la tuyas a remojar.
Del dicho al hecho hay largo trecho.
Hacer bien a gente ruin, buen principio y mal fin.
Lo mejor de los dados es no jugarlos.
Manzana podrida pierde a su compañía.
Más vale prevenir que curar.
Más vale tarde que nunca.
Más vale un «toma» que dos «te daré».
Ninguno que tenga nariz llame a otro mocoso.
No te cases con tu voto, mira lo que dice el otro.
Las palabras y las piedras sueltas no tienen vuelta.
Por dónde se peca, se paga.
Quién del pez huye, contra si arguye.
Quién hace mal, que espere otro mal.
Quién mucho habla, mucho yerra.
Quién mucho te alaba, te la clava.
Quién siembra vientos recoge tempestades.
Quién te engríe, de ti se ríe.
Si conoces que vas perdido, muda consejo y camino.
Siéntate en tu lugar y así no te han de levantar.
A dineros pagados, brazos quebrados.
A la bolsa sin dinero, dígole cuero.
Administrador que administra y enfermo que se enjuaga, algo traga.
Caridad con trompeta, no me peta.
Costumbres y dineros hacen a los hijos caballeros.
Compra con el rumor y vende con la noticia.
Dinero bien huele, salga de donde saliere.
Donde hay saca y nunca pon, pronto se acaba el bolsón.
No hay tal compañero como el dinero.
De los amigos me guarde Dios, que de los enemigos ya me guardo yo.
Puta la madre, puta la hija y puta la manta que las cobija.
Haga el hombre lo que debe y venga lo que viniere.
Hombre ruin, más ruin cuanto más din.
Oficio de concejo, hora sin provecho.
Una ola nunca viene sola.
Hoy casamiento y mañana cansamiento.
Caga el rey, caga el papa; sin cagar nadie se escapa.
Como se vive se muere.
Por grande que sea el barco, se lo traga el charco.
Al mejor cazador se le escapa la liebre.
Arrieros somos y en el camino nos encontraremos.
Ayer vaquero y hoy caballero.
Maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela.
Ni al rico debas ni al pobre prometas.
Agua pasada no mueve molino.
Cada cual en su corral.
Confianza sin tasa empobrecerá tu casa.
Juega con el macaco pero no le tires de la cola.
Ni todo se ha de callar ni todo se ha de hablar.
Quién promete en deuda se mete.
El español da tiza después que pifia.
Lo que natura non da, Salamanca non presta.
No se ganó Zamora en una hora.
Quién lengua ha, a Roma va.
Quién necio es en su villa, necio es en Castilla.
Quién se fue a Sevilla perdió su silla.
Salir de Guatemala y entrar en Guatepeor.
La tierra de Jauja, donde se come, se bebe y no se trabaja.
El abad, de lo que canta, yanta.
¡Fíate de la Virgen y no corras!
Con un mucho y dos poquitos se hacen los hombres ricos.
Haz rico a un asno y pasará por sabio.
¿A mí con esas cañas, que soy el rey de las castañas?
Buen calamar, en todos los mares sabe nadar.
Cagajones y membrillos, todos amarillos.
La experiencia es la madre de la ciencia.
Nadie nace enseñado si no es a llorar.
No aprovecha lo comido, sino lo digerido.
Para aprender es menester padecer.
Unos saben lo que hacen y otros hacen lo que saben.
Nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.
Tres santas y un honrado traen al pueblo agobiado.
A tu casa no venga quién ojos tenga.
Cenizas no levantan llama.
Quién se tira de la barba solo a sí se engaña.
Al almendro y al villano, con el palo en la mano.
Mal hace quién nada hace.
Nunca faltan rogadores para putos y malhechores.
Qué bueno es no hacer nada, y luego descansar.
Quién ruin es en su casa, ruin es en la plaza.
Tan mala memoria tengo que, si te vi, no me acuerdo.
Ciegos y mancos, todos santos.
En boca del discreto, lo público es secreto.
La ingratitud embota la virtud.
No basta con ser bueno, hay que parecerlo.
Pronto y bien, rara vez se ven.
Quién guarda, halla.
Todo se pega menos lo bonito.


sábado, 23 de mayo de 2015

MutuaMadrileñaAutomovilista



Transcurrían los primeros años de la década de los setenta del siglo pasado cuando tras un año de trabajo me encontré con posibilidades de adquirir mi primer coche, un Seat 127 que costaba por aquel entonces poco más de cien mil de las antiguas pesetas, si los recuerdos no me traicionan. Una de las cosas fundamentales en este asunto es la contratación de un seguro, obligatorio por otra parte, aunque ahora más de uno circula sin él a pesar de los esfuerzos de los estamentos oficiales en detectar, sancionar e inmovilizar a los infractores. Nunca ha sido esto más fácil con el desarrollo de la informática, pero parece que no se quiere o no se dedican los esfuerzos suficientes a localizar a estos desalmados que transitan por las carreteras y calles españolas sin un seguro en vigor que cubra al menos los daños a terceras personas. La Dirección General de Tráfico, un estamento oficial, tiene registrado el parque móvil con permiso de circulación en activo, con los vehículos identificados en cuanto a sus propietarios. Las compañías de seguros, no sé si están obligadas, deberían comunicar a Tráfico los pormenores de las pólizas en vigor referidas a vehículos: un programa informático sencillo que case estas dos informaciones y… «voilá», detectados los vehículos con capacidad de poder circular y sin seguro: a por ellos. Es de suponer que en la realidad no es tan fácil aunque en mi modesto pensar lo que pasa es que además de no dedicarse suficientes esfuerzos a ello, las penas por no cumplir la normativa no son lo suficientemente contundentes para disuadir a los infractores.

Como me ocurre de vez en cuando, me he ido por las ramas. Volviendo al tema de los seguros, se trataba de la compra de primer coche y yo no tenía referencias de ninguna compañía, pues en la familia mi padre no tuvo nunca coche. La primera recomendación vino del entonces mi jefe; laboraba yo en una oficina de la extinta o transformada Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid y él me recomendó que sin ninguna duda contratara el seguro de mi flamante coche nuevo con una empresa llamada Mutua Madrileña Automovilista, una especie de cooperativa dedicada por entonces a facilitar este asunto entre sus clientes, sus mutualistas. Era necesario que te presentara un mutualista y fue él mismo, Carlos García Rubiales, el que me avaló e incluso me acompañó personalmente a las antiguas oficinas de la calle Almagro de Madrid a contratar el primer seguro de automóvil de mi vida.

Han pasado más de cuarenta años de aquello, han pasado varios coches por mis manos y pies y nunca he tenido el más mínimo problema, además de que pienso, aunque no lo he verificado, que el precio del seguro es de los más ajustados sino el más bajo entre las compañías aseguradoras del panorama nacional, pues a medida que pasa el tiempo la cuota anual se va bonificando. Bien es verdad que el número de partes por siniestro que he dado a lo largo de mi vida han sido pocos y por lo general de cuestiones menores en cuanto a pequeños golpes de chapa, rotura de lunas y cuestiones por el estilo, vamos, que creo que he sido un cliente rentable para esta compañía.

Ayer cambié de coche, lo que implicaba un cambio en la póliza. Pensaba ir personalmente a las oficinas cuando el propio vendedor del coche nuevo me disuadió de hacerlo, recomendándome realizarlo por teléfono cómodamente desde casa, sin tener que llamar a un maldito «902». No soy muy dado a realizar estas cuestiones, que además se hacen pocas veces en la vida, por teléfono, porque uno está más que asqueado de aquello de «todos nuestros operadores están ocupados, espere» y lindezas por el estilo. Al final me convenció y me alegro mucho de ello.

Inicié la llamada poco antes de las nueve de la mañana. Tras unas directrices de indicar mediante el teclado numérico la gestión que quería realizar y facilitar mi DNI a través del mismo, en menos de un minuto de espera una más que amable operadora, de nombre Mónica, me dijo aquello de «buenos días, sr. xxxxxx, ¿en qué puedo ayudarle?. En pocos minutos pasé mi coche antiguo a la póliza antigua de mi hijo y actualicé el vehículo nuevo en la mía. Pero no solo eso, antes de finalizar la conversación tenía en mi correo electrónico el documento oficial de la compañía certificando que mi coche nuevo estaba asegurado y listo para circular. Una maravilla. Y no me hicieron la encuesta para calificar la atención porque saben que no es necesaria dado que sus operadores funcionan a las mil maravillas.

La cosa es que en estos más de cuarenta años de mutualista, algo más que cliente, en los que las cosas han cambiado mucho, la atención ha sido siempre exquisita, sin ningún problema en cambios de pólizas, partes, arreglos del coche: todo bien o mejor que bien, excelente. Además, dada mi antigüedad, dispongo de una tarjeta «platino» que me permite realizar otras gestiones, algunas de ellas gratuitas, como por ejemplo los trámites para la renovación del carnet de conducir que son un pequeño problema y coste para los automovilistas. Y por si fuera poco, la empresa se ha diversificado y ampliado sus coberturas a otros tipos de seguro como vida, vivienda y demás. Es justo mencionar también a su fundación, Fundación Mutua, que patrocina numerosos actos culturales, conferencias, conciertos musicales, etc. etc. de forma gratuita y con un nivel de calidad altísimo del que puedo dar fe al asistir con regularidad a alguno de los actos patrocinados siempre que me es posible. El magnífico auditorio de su flamante edificio sito ahora en el Paseo de la Castellana de Madrid merece la pena aunque sea solo verlo.

Es irrelevante con el asunto central de este tema, pero aprovecho para comentar un hecho curioso: el coche nuevo es el mismo modelo de la misma marca que el anterior, con las mismas características y niveles de equipamiento, eso sí, actualizado y remodelado tras diez años. Pero lo curiosos es el precio: me ha costado, insisto que tras diez años, dos mil cien euros menos que el anterior, de 18.800 que costó antaño a los 16.700 de hogaño. Con ello uno puede pensar que ahora los regalan o que antes se pasaban en los precios. La evolución y la competencia tienen estas cosas. Y como consecuencia de esto, al actualizar la póliza del seguro encima me ha abonado ciento y pico euros. Alguna alegría tenía que tener el pobre que ve como mes tras mes sus salarios, cuando los tiene, son mermados a pasos agigantados.

Y ya como colofón, si esta empresa de nombre Mutua Madrileña Automovilista funciona así de bien y desde hace tanto tiempo, como es que «otras», con mucha más capacidad y potencia, funcionan cada vez peor en sus atenciones telefónicas, en sus trámites en oficinas, en muchas otras cosas… ¿será que sus dirigentes tienen algunos fines crematísticos o espurios más importantes a los que dedicar sus esfuerzos que a mejorar el servicio prestado a sus clientes?, porque si no, no me lo explico. Cada cual que saque sus conclusiones pero ya me gustaría que muchos estamentos oficiales y privados se imbuyeran del espíritu que parece presidir esta compañía desde hace décadas en la que el servicio y la atención a los clientes es su primera razón de ser. No dudo que tendrá sus entresijos y habrá quién la critique, por ejemplo, por gastar sus dineros en organizar torneos de tenis, pero en mi caso… chapó. Otros patrocinan carreras de coches o partidos de fútbol y no funcionan tan bien, aunque, como todo, esto es opinable. 


sábado, 16 de mayo de 2015

15-M





Se cumplen ahora cuatro años desde que surgieron en España aquellas manifestaciones de indignación en las que la población se rebelaba contra las formas de hacer de nuestros dirigentes políticos. Las muchas manifestaciones ocurridas en toda la geografía nacional acabaron en acampadas populares en muchas plazas emblemáticas de las principales ciudades españolas. La más emblemática de todas por su trascendencia fue la ocurrida en Madrid, en la mismísima Puerta del Sol, que se mantuvo bastante tiempo y de la que es una muestra la imagen que acompaña a esta entrada.

En principio, y aunque es muy difícil su desligamiento, aquello nació de forma apolítica. Estaban muy cerca, como ahora, unas elecciones autonómicas y municipales pero en ningún momento, al menos en sus inicios y en su esencia, se pretendieron consignas políticas ni que el movimiento se concretase en ningún partido o formación capaz de concurrir a las inminentes elecciones. Se trataba de un movimiento de ciudadanos, hartos de todo y de todos, que se rebelaba contra una situación que deterioraba la convivencia y que ponía en peligro el futuro social en todos los ámbitos.

Como ocurre en este tipo de manifestaciones públicas, los intereses son diversos y cada cual tiene los suyos. También están las formas y tengo que decir que si bien simpatizaba con las ideas no me parecieron adecuadas muchas de las formas empleadas en materializarlas. Hubo algunas manifestaciones que trataron de ser pacíficas pero que acabaron en alguna ocasión con palos y carreras, aunque nunca sabremos si quienes las provocaron fueron las propias fuerzas de seguridad del estado, como quedó demostrado en el caso de Barcelona, en donde los manifestantes grabaron vídeos identificando a los alborotadores y provocadores que tenían toda la pinta, como así quedó demostrado al menos para mí, que eran integrantes de las fuerzas de seguridad del estado y sus propios compañeros uniformados tuvieron que acudir en su rescate ante el acorralamiento al que los sometieron los manifestantes.

Como digo, formas aparte que no siempre son adecuadas al gusto de cada uno, la esencia del fondo de la cuestión estaba clara: indignación a raudales con lo que estaba sucediendo. Han pasado cuatro años y … nada ha cambiado, más de lo mismo, corrupción por todos lados en el mundo de la política y de la gran empresa, empobrecimiento en general de grandes sectores de la población, deterioro sistematizado y generalizado de los servicios públicos y especialmente los de índole social. Pero los españolitos seguimos «tirando» y según nos quieren hacer creer «viviendo muy bien y por encima de nuestras posibilidades». Parece que ahora España repunta en términos de estudios económicos, pero eso no se traduce en términos reales en los muchos parados y en los que sin estarlo, sufren en trabajos basura, mínimamente retribuidos, sin ninguna garantía de futuro y, lo que es peor, sufriendo todo tipo de abusos por parte de los empresarios con la amenaza del despido a la mínima, que al menos antes no era gratis pero ahora casi casi.

Los motivos básicos de la indignación se mantienen en mi opinión, no sé si modesta. Han pasado cuatro años, ha habido un cambio del gobierno de la nación, que ha hecho lo que ha podido y, fundamentalmente, lo que ha querido dada su mayoría absoluta. Las manifestaciones que fueron in crescendo y que adquirieron cierto grado de violencia nunca sabremos debido a qué, han sido reguladas por una «ley mordaza» que poco más o menos te conmina a quedarte en casita. Nuestros políticos se llenaron la boca de decirnos que para manifestar nuestra opinión tenemos las urnas cada cuatro años, que la democracia es eso, ir a votar cada cuatro años y aguantarnos a continuación. Una frase interesante, con cierto alcance y que se convirtió en estrella en las redes sociales fue aquella de «disfruten lo votado». Pues eso hemos hecho, todos, disfrutar de lo votado, lo hayamos votado o no.

Estamos en año electoral, de nuevo. Se han de renovar en pocos días los estamentos municipales y autonómicos —-¿cómo es posible que sigan vivas las autonomías?—y en unos pocos meses los estatales. Algunos de aquellos movimientos de indignación se han concretado en formaciones políticas que concurren a las elecciones, pero… 

Aunque la misión de todos es acercarnos a las urnas a depositar nuestro voto de forma libre, las campañas electorales se encargan, con toda lógica, de intentar mediatizarlo, de las formas más peregrinas y una de ellas es el miedo. Los partidos de toda la vida quieren que vayamos a votar libremente pero que les votemos a ellos, a esos dos que llevan treinta y tantos años en el machito, en cuidada alternancia, y nos meten miedo si se nos ocurre votar a otros a los que acusan de todo tipo de inexperiencias, inexactitudes y nos auguran una catástrofe sin precedentes en caso de que salgan elegidos, porque, resumiendo, no tienen ni idea y les falta la experiencia que ellos si tienen después de tantos años.

Aunque, siendo práctico, yo no espero mucho, tras ver como partidos con claros signos de corrupción concurren de nuevo a las elecciones y son votados mayoritariamente … Ya lo decía hace cuatro años en este mismo blog con esta frase: «Vayamos adquiriendo todo el “ajo”, “agua” y “resina” del que seamos capaces. Quizá también y perdón por la irreverencia que sugiere, nos venga bien pasar por la farmacia y hacer acopio de vaselina. Mucho me temo que nos va a hacer (seguir haciendo) falta.»


sábado, 9 de mayo de 2015

BELLACOS



Especialmente en estas fechas en las que estamos metidos de lleno en precampañas electorales… ¿se debería cambiar la expresión «mentir como un bellaco» por «mentir como un político»? Y conste de antemano que no voy a meterme en contubernios políticos porque es un asunto que no me merece la pena y en el que no quiero ni perder siquiera un segundo. El adjetivo bellaco hace referencia —según el diccionario oficial— a «una persona mala, ruin, pícara aunque también astuta y sagaz», pero en el diccionario Vox se amplía el significado con «que es malo moralmente y ruin; en especial, que comete delitos: poca valentía demuestran los bellacos que, cual cazadores furtivos, asesinan a ancianos por la espalda, tienden cebos explosivos junto a niños y rematan a las madres en presencia de sus criaturas”. Aplicando estos conceptos a la expresión «mentir como un bellaco» se trataría de una persona que «cuenta grandes mentiras, de una manera cobarde, astuta y sin avergonzarse de hacerlo».

En estos días estoy leyendo, releyendo, un libro con el que he realizado por primera vez una acción en todos mis años de lector empedernido: según he finalizado su lectura he empezado a leerle de nuevo, despacio, sin prisa, saboreando sus frases y sus enseñanzas. Por lo que a mí respecta lo declaro convertido en mi catecismo particular de enseñanzas básicas que todo humano actual debería saber y me comprometo a leerlo al menos una vez al año para disfrutarlo y recordar esos conceptos básicos que todos sabemos pero se nos olvida aplicar a nuestra vida diaria. El autor del libro es Yuval Noah Harari y su título «De animales a dioses (Sapiens). Una breve historia de la humanidad». La inversión de once con treinta y nueve euros realizada en la compra de su versión digital es nimia en relación al placer que me está procurando su lectura. Aunque seguramente volveré con más calma sobre este libro, un resumen rápido del mismo sería que desvela las tonterías ingentes sobre cuestiones básicas que tenemos asumidas los homo sapiens y las pone en su sitio, a las teorías y a los sapiens, en base a cuestiones básicas de antropología y desarrollo.

Pero centrémonos en el tema que nos ocupa. ¿Quién o qué es el banco de Santander? Si atendemos a las explicaciones del libro diríamos que es una simple entelequia, un concepto, eso sí, admitido y mantenido por miles o millones de humanos que le damos contenido a una «cosa» que no existe. Como hacen los seguidores de un club de fútbol o los adeptos a una determinada religión. En el libro se desarrolla este concepto con el ejemplo del «mito Peugeot», un concepto en forma de empresa fundado hace más de cien años que se mantiene, actúa, produce, vende es conocido y utilizado por millones de personas en todo el mundo. No dejen de leerlo, por favor.

Resulta que el banco de Santander, que recordemos tiene presencia enteléquica pero no física, parece por la noticia que miente como un bellaco, a sabiendas de que lo hace. Aunque no es muy conocido, el acusado en un juicio puede mentir largamente siempre y cuando sea en su defensa y para evitar auto inculparse. En estos últimos tiempos estamos asistiendo a toda una cohorte de mentirosos —no quiero pensar en que sean ignorantes o desmemoriados— en las cortes judiciales que manifiestan sin que se les caiga la cara de vergüenza que no saben o no recuerdan. Y los tenemos de todo tipo: personas con cualidades masculinas que declaran con evasivas ante los jueces en sus implicaciones en vergonzosos casos de alcance nacional como Noos o Gurtel o personas con cualidades femeninas que manifiestan desconocer lo que hacían sus maridos aunque bien que se beneficiaban de ello. Pero por si no fuera suficiente con personas físicas, también las jurídicas utilizan la mentira a sabiendas como en este caso en que se llega a manifestar que una persona ha muerto para entorpecer la acción de la justicia, llamarse andanas y evitar las consecuencias de su nefasta acción. ¿Pueden los jueces meter en la cárcel al banco de Santander? Y entiéndase como un ejemplo que sería equivalente para otros muchos conceptos-empresas de renombre del panorama nacional o internacional que no se distinguen precisamente por sus buenas prácticas, ni para con sus empleados ni para con la sociedad.

Y yo me pregunto ¿tiene algo que ver que el empleado haya fallecido o siga vivo? El responsable del desaguisado es el concepto «banco Santander» y es ese concepto el que debe responder de sus malas acciones y ser castigado si se demuestran, con independencia de que la acción haya sido realizada físicamente por un empleado infiel o un ordenador atolondrado y mal programado. Por hacer el asunto extensivo, me hago de cruces cuando la entelequia de un partido político intenta poner el foco en las personas de sus tesoreros por haber estado realizando prácticas delictivas en su gestión. No señor, el responsable de esas prácticas ante la sociedad que mantiene esa entelequia es el partido o la empresa y luego, después, que el partido o la empresa se las arregle metiendo en cintura a sus empleados díscolos, que por lo general no lo son tanto y actúan siguiendo las instrucciones de otros más altos en la jerarquía o por lo menos con conocimiento y anuencia de los mismos. ¿A quién quieren engañar? ¿Se creen que somos tontos o nos chupamos el dedo?

Como bien se nos recuerda en el libro aludido, los homo sapiens hemos perdido el norte y olvidado nuestra razón de ser. Los conceptos que vamos creando y asumiendo para una mejor convivencia se vuelven contra nosotros y nos procuran todo lo contrario: sinsabores e inseguridad.

sábado, 2 de mayo de 2015

HONDA



Hace ya casi dos años titulaba una entrada de este blog como «PROFUNDA». Reproduzco aquí el primer párrafo de esa entrada: «Más que profunda, honda y oscura. Ya hace años que se acuñó el término de «La España profunda» para designar no solo hechos sino lugares que parecían detenidos en el tiempo y que por mucho que el resto avanzase, lentamente, hacia un poco de modernidad, se resistían contra viento y marea. Estamos ya bien entrados en el siglo XXI y uno se hace de cruces cuando encuentra, en los sitios más insospechados, situaciones que parecía que estaban erradicadas desde hace años».

El asunto es más de lo mismo comentando un par de hechos que me han ocurrido estos días pasados y en los que uno por más que medita sobre ellos no puede menos que hacerse cruces y pensar que muchas veces estamos transitando por un camino muy estrecho con precipicios a ambos lados en los que podemos caer en cualquier momento. Se oye mucho últimamente la palabra corrupción, pero me parece que es un hecho instalado en todos y cada uno de nosotros, que ejercitamos unos más y otros menos en la medida de nuestras posibilidades. No parece haber en las farmacias suficiente jarabe de ese llamado de palo que nos haga entrar en razón, ni por las buenas ni por las malas.

El primero de los hechos al que quiero referirme es sobre un asunto de alojamiento. Pretendía pasar un fin de semana placentero lejos de la gran ciudad. Reservo el alojamiento con tiempo, generalmente un par de meses y como hay que ser justos y agradecidos a aquellas cosas que funcionan bien, mencionaré aquí que lo suelo hacer a través de la plataforma www.booking.es; funciona bien, no es necesario ningún adelanto pecuniario, puedes cancelar sin coste hasta unos días antes y la oferta es amplia y variada. Lo único menos bueno, algo tenía que haber, es que hay que facilitar una tarjeta Visa que cubra la no presentación en el establecimiento el día de la reserva sin haber efectuado una cancelación previa. Pero bueno, VISAS las hay de todos los tipos y para todas las circunstancias…y no digo más.

Otro planteamiento que suelo hacerme es intentar reservar el alojamiento en alguna localidad o pueblo pequeño a corta distancia de la ciudad que quiero visitar. Por poner un ejemplo positivo, hace un tiempo y con ocasión de mi visita a Zamora, reservé en un hotel rural espectacular en la cercana localidad de El Perdigón, a ocho kilómetros de Zamora. El inconveniente del desplazamiento con el coche queda soslayado de largo con la facilidad de aparcamiento y la tranquilidad que te depara un pueblo pequeño. Cuando me retiro a descansar no necesito hacerlo en la gran ciudad donde por lo general suele haber más problemas a la hora de aparcar el coche, viéndote en muchas ocasiones obligado a reservar, y abonar, la correspondiente plaza de aparcamiento.

Este fin de semana he podido constatar en estos temas la España Profunda. Cuando viajo en fin de semana y salgo un viernes por la tarde después del trabajo, suelo avisar telefónicamente al hotel de mi hora de llegada. Por mera precaución y por meter un poco de ruido, suelo decir que llegaré una o dos horas más tarde de lo que realmente pienso que ocurrirá, por aquello de cubrirme las espaldas y poder parar a disfrutar de algún paisaje espectacular o cubrir algún pequeño inconveniente en el viaje. En este caso, mis llamadas a lo largo del viernes, a varias horas del día, resultaron infructuosas: no me descolgaban el teléfono ni para atrás. Una cosa que me puso en guardia es que se trataba de un teléfono móvil, algo no habitual y quizá sospechoso para un establecimiento hotelero. Por ello no pude comunicar telefónicamente la hora, aunque al hacer la reserva había puesto en las anotaciones que permite la página web que llegaría sobre las 21:00 horas.

Llegamos realmente a las 19:45 y lo que vimos nos dejó atónitos. El establecimiento reservado aparecía cerrado con una cadena como pueden ver en la imagen izquierda. Entramos dentro brincando por encima de la cadena exterior y todo estaba cerrado con verjas y cadenas, a oscuras… nadie. La imagen era descorazonadora. Intentamos una nueva llamada y que si quieres arroz Catalina, nada de nada. Ante el panorama, y viajando con una niña pequeña, optamos por tirar de teléfono, hacer una reserva en la localidad cercana que realmente queríamos visitar, tomar una foto documental del hecho [1] y largarnos con viento fresco de allí.

A las 21:30 recibo una llamada en mi móvil, que había facilitado al hacer la reserva, preguntando si íbamos a acudir. Omito los detalles y creo que al final el interlocutor entendió que ciertas cosas tienen unos mínimos de funcionamiento y que intentar hacerlo de otro modo es inviable: no se puede no coger el teléfono, no se puede tener un establecimiento hotelero cerrado y algún intercambio de opiniones más que no vienen a cuento y que luego indagué sobre este establecimiento que me hacen pensar que hice muy bien al marcharme de allí, además de que deberé aprender en el futuro sobre efectuar reservas en ciertos establecimientos por muy avalados que estén por páginas de internet sin haber indagado algo antes. No sé si intentarían, sin conseguirlo claro, cobrar algo por mi ausencia sobre la Visa que les había facilitado…

Y el segundo hecho es del mismo corte que el referido en la anteriormente mencionada entrada «PROFUNDA». Un pueblo perdido en la provincia de Guadalajara, con una cierta fama por una atracción turística desconocida para mí pero de muy recomendable visita: Recópolis. Un restaurante con muy buena pinta, muy acogedor, con una buena relación calidad precio y al que volvería y recomendaría, aunque omito aquí su nombre por razones obvias, aunque es fácil deducirlo si se pone un poco de interés. Con una amabilidad exquisita, el maître nos indicó que no tenían carta, que la carta era él, y que nos ayudaría en nuestra elección. Todo bien, salvo que por experiencias pasadas que no quiero volver a revivir, le tuve que ir preguntando uno a uno los precios de los platos en los que estaba interesado: las sorpresas al final de una comida en la cuenta no son agradables si te dedicas a pedir cosas cuyo precio desconoces. No se lo tomó mal, ni en los platos ni en los postres, nos invitó al clásico chupito y la comida estaba muy bien, muy agradable y la relación precio calidad más que aceptable. Estamos hablando de un coste de 31 euros por persona, que no es moco de pavo.

Al pedir la cuenta, nos trajeron el «COMPROBANTE» [2] que se puede ver a la derecha de la imagen superior: ni nombre de la empresa, ni C.I.F., ni datos de dirección, ni nombre del camarero… más escueto imposible: fecha hora e importe de los platos. ¿Con I.V.A.? ¿Sin I.V.A.? Vaya Vd. a saber. Para la próxima vez que me ocurra esto de asistir a una carta parlante, además de preguntar el precio me anoto que tengo que preguntar, cuando me respondan, si es con o sin I.V.A.

Por más que lo intento, no alcanzo a entender cómo establecimientos con una cierta trayectoria y que parecen funcionar muy bien se arriesgan a que algún día un comensal, ante tamaño despropósito en el «comprobante», ponga en el plato, en este caso un cofrecito muy mono, un carnet de inspector de Hacienda en lugar de dinero o una tarjeta de crédito… 


sábado, 25 de abril de 2015

QUIJOTE




 Haciendo un ejercicio muy sencillo podríamos dividir la humanidad de forma dicotómica en aquellas personas que han leído "El Quijote" y aquellas que no lo han leído. Afortunadamente aunque desde hace poco tiempo, me encuentro entre los que lo han leído. Era una tarea pendiente desde hace muchos años que nunca se llegaba a acometer. El cumplimiento este año de los cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de este libro universal trajo consigo una atractiva iniciativa por parte de la biblioteca local de formar un club de lectura especial en el que se dividió el libro en seis partes que dieron origen a otras tantas reuniones en las que algo más de una veintena de personas intercambiamos opiniones y pareceres sobre los trescientos sesenta mil vocablos que narran las andanzas de Quijote y Sancho, tanto monta, porque el uno sin el otro no tienen razón de ser.

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre este libro universal y poco o nada tengo yo que añadir. Solo que su fama es absolutamente merecida —tantas personas en el mundo no pueden estar equivocadas— y que lamento la tardanza en haberlo leído. Si algo puedo recomendar a quién esté leyendo estas líneas y se encuentre en la parte de la humanidad que no ha disfrutado de sus páginas, deje lo que esté haciendo o leyendo y se ponga a ello, pues sin duda alguna le compensará. Si se me obligara a destacar una única de entre sus muchas virtudes, optaría por su rabiosa actualidad: parece que esté escrito en la época actual y los comentarios y enseñanzas que los dos personajes nos transmiten son de aplicación a nuestros días.

Para conmemorar el día del libro de este dos mil quince, y como colofón a este club de lectura, la biblioteca organizó un emotivo acto en el que cada uno de los integrantes del club procedió a la lectura pública de un texto seleccionado. Todos y cada uno hubiéramos, sin duda, seleccionado el libro entero, pero el tiempo de lectura hubiera sido excesivo. Cada cual optó por aquellos párrafos que más le habían llamado la atención y explicó al comienzo de su intervención la razón de su selección. En los siguientes párrafos he hecho el ejercicio de seleccionar una frase, corta, de cada uno de los textos que se leyeron en ese emotivo acto. Es evidente que quedan fuera de su contexto, pero aun así tienen la suficiente fuerza como para que saquemos nuestras propias conclusiones, amén de incitarnos, si tenemos alguna duda, a poner en nuestras manos este libro universal y enfrascarnos en su lectura. Dejaré pasar un tiempo y volveré a leerlo, sin duda, para disfrutar entre otras cosas de su vocabulario que resuena cuatrocientos años después como música celestial. Recomiendo su lectura en un libro electrónico con diccionario automático o en su defecto, con un diccionario al lado o, más cómodo, la utilización de alguna edición con comentarios explicativos de palabras y hechos, como por ejemplo la de Francisco Rico.

Veinticuatro lectores, me incluyo entre ellos, hicieron las delicias del público que se dio cita en el acto. He aquí veinticuatro frases entresacadas de los textos que se seleccionaron. Y, aviso a navegantes, ojo al lenguaje, que hay palabras que pueden resultar extrañas o con faltas de ortografía en el lenguaje actual: las lentejas de hogaño eran «lantejas» antaño.

Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio.

En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

No le mana, canalla infame –respondió don Quijote encendido en cólera–, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero: La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo así, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.

Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste ni solicito aquél; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas de estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dalle nombre? Digo, ¿un túho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún curioso guantero? —Lo que sé decir –dijo Sancho– es que sentí un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa. —No sería eso –respondió don Quijote–, sino que tú debías de estar romadizado o te debiste de oler a ti mismo, porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído.—Todo puede ser –respondió Sancho–, que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.

Mira, Sancho –dijo don Quijote–: dondequiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen de él que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho.

Mala me la dé Dios, Sancho –respondió el bachiller–, si no sois vos la segunda persona de la historia, y que hay tal que precia más oíros hablar a vos que al más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga que anduvistes demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el gobierno de aquella ínsula ofrecida por el señor don Quijote, que está presente.

De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma, con toda la caterva (si es que se le puede dar este nombre) de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será posible hallar ahora ninguno de sus descendientes, y si le hallásemos sería en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que solos aquéllos parecen grandes e ilustres que lo muestran en la virtud y en la riqueza y liberalidad de sus dueños.

Yo iré y volveré presto –dijo Sancho–; y ensanche vuestra merced, señor mío, ese corazoncillo, que le debe de tener ahora no mayor que una avellana, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay tocinos, no hay estacas; y también se dice: «Donde no piensa, salta la liebre».Dígolo porque si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de mi señora, ahora que es de día los pienso hallar, cuando menos los piense; y hallados, déjenme a mí con ella.

Y volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho: ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo: sin duda creo que es terrible la aventura que ahora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.

Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien de ellas, y no aquellas que de todo en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la jurisdicción de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón, desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trescientos azotes, que no hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el discurso del tiempo.

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador, más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre, y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios.

En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían de guardar, que es lo mismo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio;…

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador estaba alegre, ahora que soy escudero de a pie no estoy triste, porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza.

…pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo «el pastor Quijótiz» y tú «el pastor Pancino», nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos. Daranos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos.

¡Ay! –respondió Sancho llorando–. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.


viernes, 17 de abril de 2015

COSTO



Es este un tema recurrente aunque con otro título, precios, que para algo están los sinónimos. Tras más de siete años de escritura semanal ininterrumpida en este blog, tiene cierta lógica que algunos temas se repitan, como la vida se repite, aunque generalmente con diferentes matices. Nunca he pertenecido ni he laborado en el ramo del comercio pero a tenor de lo que observo debe de ser algo complicado el tema de establecer los precios de los productos a la venta.

Pienso que últimamente y en términos generales desconocemos bastante los precios de los productos que adquirimos. También es verdad que cambian de la mañana a la tarde, especialmente en las grandes superficies, que utilizan mil y una argucias para atraerte y que compres, en la confianza que en muchos casos ni siquiera vas a verificar que el coste es el prometido. Por ejemplo, es corriente recibir en el buzón de casa propaganda con precios y ofertas; por lo general llega dos o tres días antes del período en que va a tener lugar la oferta. Si nos llama la atención algo y nos dirigimos esa misma tarde a comprarlo, podemos pagar por ello bastante más de lo anunciado. Si nos damos cuenta, cosa que por lo general no sucederá porque no miramos los tickets, nos harán ver que el período de la oferta no ha llegado todavía y que el precio cobrado es correcto. ¿Podemos sentirnos estafados? Seguramente no, pero sí engañados en nuestra buena intención. Conste que esto me ocurrió personalmente en una ocasión, pero ya lo aprendí y no me volverá a pasar.

Pero el tema de hoy no es de grandes superficies sino del comercio del barrio, del de toda la vida. Conocí al matrimonio de tenderos cuando yo era niño y conozco a los que lo regentan ahora: sus hijos. Aunque reconozco comprar en grandes superficies, por comodidad y por ser un castigo divino que procuro pasar cuanto antes y de la mejor manera posible, trato de comprar el mayor número de pequeñas cosas, que no son de consumo masivo, en las tiendas y en el mercado cercano a casa. Por ello, estas cosas me llegan al alma y me ponen en una diatriba que hace muy difícil tomar una decisión sobre el camino a seguir. Pero contemos primero los hechos.

Las dos cremas para los pies que pueden verse en la fotografía son idénticas. Uno va teniendo ya sus achaques de mayor y me han recomendado el uso de cremas para los talones para evitar que la piel se seque, se endurezca y se agriete. No es un medicamento, pero casi, aunque lo mismo podríamos decir de la pasta de dientes o del champú para la ducha, productos que hay que usar a diario. Si se fijan en la de la izquierda, su precio aparece en la etiqueta: 2,25 euros. Me lo vendió el tendero masculino hace unos veinte días. En esta semana he ido a reponer y ocurrieron dos cosas: no estaba el tendero, sino la hermana tendera, y la crema no estaba marcada cuando la cogí de la estantería para dirigirme a la caja y pagar. Como la veo todos los días un par de veces durante el ejercicio físico de contorsionista para aplicármela, me acordaba perfectamente del precio. ¿Se sabe la dependienta, dueña en este caso, todos los precios de memoria? La di un billete de cinco euros y estuve atento a las vueltas, porque en ningún momento me dijo el precio, que no consultó en ningún sitio. Resultado, 2,95 euros. Con una distancia temporal de menos de un mes, una diferencia de precio del 40%. Se me antoja que no es de recibo.

Aunque en caliente iba a comentárselo, al final lo pensé mejor y no dije nada. Las cosas en caliente no son buenas y es mejor meditar las acciones y estrategia a seguir. Cuando dentro de otros veinte días vuelva a por un nuevo envase, veremos lo que ocurre: si está marcado, si no, si me lo vende la tendera, si me lo vende el tendero, y en función de ello obraré en consecuencia.

La vez anterior que me ocurrió una cosa así en otra tienda se lo manifesté al dependiente, con lo que  acabamos sino discutiendo si tremendamente enfadados de tal forma que no he vuelto por allí. Por suerte los comercios abundan y salvo algún producto muy artesanal, los de uso corriente pueden encontrarse en otros sitios y en este caso seguro que más baratos en cualquier híper.

Uno hace sus esfuerzos por mantener funcionando los pequeños comercios, pero no siempre estos están a la altura; si es la buena atención y directa al cliente es lo que pueden aportar frente a las frías estanterías donde uno se sirve solo, y no lo aplican con esmero, apañados estamos. 


sábado, 11 de abril de 2015

INMEDIATEZ



Voy a empezar este entrada con una frase a la que suelo recurrir con frecuencia, pronunciada si no estoy equivocado por el escritor mejicano Jorge Volpi:
«La posibilidad de que cualquier persona pueda leer cualquier libro en cualquier momento resulta tan vertiginosa que aún no aquilatamos su verdadero significado cultural»
Otro autor comunicador que se mueve como pez en el agua de la red desde hace años es Enrique Dans. En un libro suyo de distribución gratuita titulado «Esto va a cambiar» dejaba muy clara la distinción entre CONTINENTE y CONTENIDO. Desde que es posible, hace ya varios años, la digitalización de contenidos en temas musicales, fotográficos o de libros entre otros y su transmisión a través de la red, no necesitamos disponer de soportes físicos para oír una canción, ver unas fotografías o leer un libro.

Insistiendo en ello y acercándome al ejemplo que quiero poner, lo que ahora puede resultar fundamental es si disponemos o no de una conexión a internet. Ya hablábamos en julio de dos mil doce en la entrada «CONECTIVIDAD» de este blog sobre las posibles comunicaciones que nos permiten nuestro acceso a la red, ya incluso desde nuestro teléfono móvil. En la imagen que acompaña a esta entrada se puede ver encuadrada en rojo el tipo de conexión «H+» indicativa de «High Speed Downlink Packet Access» que es una de las mejores que se puede conseguir de forma general hasta que la «4G» esté más extendida.

Pues eso, que si estamos en cualquier punto del planeta en el que dispongamos de conexión y además es de este tipo, tendremos acceso relativamente rápido a todo un mundo digital, de ceros y unos, que pueden ofrecernos un amplio abanico de posibilidades de disfrutar de múltiples contenidos.

Y vamos al grano. Esta semana, concretamente anteayer jueves, aparecía publicado el libro «Música para feos» de mi admirado Lorenzo Silva, un autor comprometido con la publicación en digital además de la de en papel. Pongo este libro como ejemplo pero podría ser un disco, una película o cualquier otra cosa susceptible de tener una entidad como «contenido» y no necesitar un «continente». Si yo quiero comprar ese libro cuanto antes, las posibilidades son absolutamente diferentes si lo quiero en formato digital o en formato papel. Si soy de los que leen en papel, resulta crítico el lugar en el que me encuentro, ya que no sería lo mismo vivir en una gran ciudad, cerca de una librería surtida que vivir en un pueblo perdido o incluso estar haciendo camping en medio del Pirineo oscense. Pero en este último caso, siempre y cuando tenga conectividad a internet, puedo comprar el libro a partir de las 00:00 horas del día en que aparece, es decir, varias horas antes de que abran las tiendas normales; no en vano internet está abierto las veinticuatro horas del día de los siete días de la semana.

Yo soy desde hace varios años de los de lectura en electrónico, así que hice una compra anticipada del libro el día anterior y a las 00:03 del propio jueves, recordemos día de su aparición, ya lo tenía cargado en mi lector electrónico presto y dispuesto, como decía antaño el periodista deportivo José María García, para su lectura. No empecé a leerlo en ese mismo momento pero sí sin levantarme de la cama y a primera hora de la mañana; en menos de tres horas me lo había devorado, mucho antes de que hubiera tenido la posibilidad de adquirirlo en papel en una librería. Por cierto y aprovechando, un libro recomendable que cuenta una historia interesante y puede servir como homenaje a los hombres uniformados que prestan sus servicios lejos de la patria y del puede verse una reseña en este enlace.

Esto es solo un ejemplo y se trata quizá de una excentricidad por mi parte. Pero supongamos que este conocido autor español tiene un admirador en medio de la Patagonia, en Melbourne, en Omsk o en cualquier parte del mundo; si este incondicional tiene acceso a internet podrá disfrutar de sus libros desde el primer momento de su aparición en edición digital, salvo que alguien haya puesto puertas al campo o ventanas al cielo para impedir su compra, aunque esto siempre es soslayable.

Retomando la frase del principio, cualquier persona, en cualquier momento y yo añadiría, en cualquier parte del mundo, siempre que tenga acceso a internet, podría tener acceso al verdadero valor de un libro, un película o una canción, que no olvidemos no es su envoltorio sino lo que nos transmite en su interior.