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domingo, 21 de octubre de 2018

NEIL




En estas fechas se está celebrando el 60 aniversario de la fundación de la National Aeronautics and Space Administration, N.A.S.A., lo que traducido es Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, la institución norteamericana encargada de todo lo relacionado con el espacio y los viajes espaciales. Desde pequeño me han fascinado estos asuntos del espacio y del universo, especialmente unas dimensiones que no alcanzo a comprender.

Algunos años más tarde de su fundación, sus proyectos se plasmaron en 1969 cuando tres astronautas en la misión Apolo 11 orbitaron la luna y dos de ellos la pisaron. El primero en hacerlo fue Neil Armstrong al que podemos ver sonriente en la fotografía que acompaña esta entrada, que tiene un significado especial para mí. Neil falleció en 2012 pero su compañero de aventura, Edwin E. «Buzz» Aldrin continúa entre nosotros hoy en día, octubre de 2018. Los Estados Unidos y la entonces Unión Soviética mantenían en aquella década de los sesenta una desenfrenada carrera por ser los primeros en acercarse y pisar nuestro satélite.

Por aquel entonces, uno de los técnicos americanos que trabajaban en Robledo de Chavela era Jerónimo. Mi padre, Anastasio, era el cartero que le llevaba las cartas y que le hizo ganar una apuesta especial. Jerónimo se apostó con sus amigos americanos que era tan famoso en la zona que si le dirigían una carta en la que solo figurara su nombre y la población, la recibiría sin problemas. Mi padre, al ver una carta destinada a un escueto Jerónimo, que venía de Estados Unidos, no tuvo ninguna duda del destinatario y se la entregó, lo que le hizo ganar la apuesta. Siendo yo muy pequeño, visité las instalaciones junto con mi padre por cortesía de Jerónimo, instalaciones que he vuelto a visitar hace algunos años con motivo de actividades de la Semana de la Ciencia madrileña. Ya de mayor, he tenido la oportunidad de visitar Cabo Cañaveral, la estación de despegue de la NASA en Florida, Estados Unidos. Por pocos días no pude presenciar en directo un despegue del transbordador Atlantis, pero la visita a las instalaciones y los preparativos fueron impresionantes. Posteriormente, el año pasado visité el centro que la NASA tiene en Houston, Texas, otro deleite para los sentidos.

En la misión Apolo 11, la estación de seguimiento de la NASA en Robledo de Chavela / Fresnedillas de la Oliva tuvo una especial participación al ser el enclave de los tres que tiene la NASA en la Tierra que recibía en primicia las comunicaciones de los astronautas. Técnicos españoles fueron los primeros en escuchar la famosa frase pronunciada por Neil «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad». Uno de ellos fue Carlos González Pintado, un técnico con más de cuarenta años de experiencia al que todavía podemos escuchar en charlas que la estación de Robledo de Chavela programa de forma periódica en su Centro de Visitantes.

Volviendo a la fotografía, mi padre era un gran coleccionista de sellos. Como no podía ser de otra manera, Correos se hizo eco de la presencia del hombre en la Luna y emitió una serie conmemorativa. Ayudado por Jerónimo, mi padre envió una colección de sellos a Neil Armstrong con la petición de que se la firmara, pero recibió una amable contestación —ya es todo un detalle— diciendo que los protocolos de la NASA no se lo permitían pero que en compensación le enviaba esa foto dedicada. Un detalle como digo que hizo las delicias de mi padre.

Mi memoria me traiciona, pues recuerdo haber visto el primer paseo lunar humano retransmitido por televisión en el colegio, pero la fecha en que se produjo, 21 de julio de 1969, no es época colegial y mucho menos la hora, 02:56 UTC, así que sería uno de los posteriores. Se han escrito ríos de tinta sobre la posibilidad de que todo esto fuera un montaje, un monumental engaño, pero en los siguientes años nuevas misiones Apolo llevaron a hombres a la luna en cinco ocasiones más, alcanzando el número de doce las personas que han paseado por la luna.

El año que viene, 2019, se celebrará sin duda el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, con lo que podremos volver a recordar y disfrutar de nuevos eventos relacionados con la exploración espacial. Desde diciembre de 1972, fecha de la misión Apolo 17, ningún ser humano ha vuelto a pisar la Luna, aunque parece que el interés por hacerlo se ha suscitado de nuevo, no solo en Estados Unidos sino en otros países que tienen proyectos espaciales como Japón, China o la India e incluso empresas particulares. Veremos posiblemente un renacer del interés por visitar nuestro satélite y quién sabe si con el tiempo no se convertirá en un lugar especial para pasar las vacaciones para gente normal y corriente, eso sí, me imagino que con una cierta capacidad monetaria.

Para terminar, en estos días se ha estrenado la película «The first Man» (El primer hombre) que narra la vida de Neil Armstrong. Acudí a una sala el propio día de su estreno con mucha ilusión. Esto quizá hizo que me defraudara la película. No sabría decir por qué, pero salí algo disgustado. Habrá que verla de nuevo pasado un tiempo.


domingo, 14 de octubre de 2018

DISEÑO




Me lo han dicho últimamente en varias ocasiones, pero me resisto a creerlo, aunque vaya Vd. a saber. La persona que inventó el diseño de los sobres de azúcar que usamos en cafés e infusiones en bares y restaurantes cayó en una depresión que le llevó a quitarse la vida al comprobar que su diseño, en realidad, no servía para nada. Al parecer, se trata de una leyenda urbana, una más de esas que circulan por la red. Pero las personas somos animales de costumbres…


Hace muchos años el azúcar destinado a los cafés, infusiones o vasos de leche en bares y restaurantes se facilitaba en formato terrón compacto. Recuerdo haber sujetado el terrón con la punta de los dedos y sumergirlo un poco para observar el fenómeno de la capilaridad y como el líquido iba subiendo poco a poco por el azúcar hasta que llegaba a los dedos y había que soltarlo. Otra versión era situarlo en la cucharilla ligeramente sumergida y así podíamos aguantar más el fenómeno hasta que el terrón se deshacía completamente. Juegos de niños mientras tomabas la leche con tus padres en el bar ya que no debías intervenir en la conversación de los mayores.


Según he podido ver en internet, aunque sin dedicarle mucho tiempo, el formato del azúcar en terrones apareció en el año… ¡1841!. Por alguna razón que supongo sería práctica, aquello de los terrones desapareció y fue sustituido por los sobrecitos con el azúcar en su estado natural. Supongo que de cara a la industria sería más barato. Nos quitaron con esto el juego y lo que se hacía era sacudir los sobrecitos cogidos por una esquina para que el azúcar bajara antes de romperlos para su vertido. Hubo otros diseños menos vistos en forma triangular, pero hace no mucho tiempo empezamos a ver que los sobrecitos se habían alargado y en la actualidad siguen coexistiendo ambos formatos.


¿Un cambio de formato simplemente? Si hacemos la prueba con algún conocido —yo lo he hecho muchas veces en los últimos meses desde que me dijeron lo del suicidio— casi todo el mundo realiza con el sobrecito alargado la misma operación que con el clásico, es decir, lo coge por la parte superior, lo agita, lo rasga por donde lo tiene cogido y lo vierte en el café o lo que sea. Algunos, para generar menos unidades independientes de basura, meten el papelito pequeño en el grande antes de arrugarlo todo como conjunto y dejarlo en el lateral de la taza, cuando no tirarlo al suelo, una costumbre muy española que todavía puede verse en la barra de los bares.


En febrero de 2015 hablaba en la entrada «INNOVACIÓN» de cómo evolucionan los diseños en los paquetes para hacernos la vida más fácil cuando los manipulamos y como muchas veces no somos conscientes de estos cambios y seguimos con las prácticas de toda la vida. Esto es lo que nos ocurre con los sobrecitos alargados de azúcar, que en realidad están pensados para sostenerlos con la yema de los dedos por los extremos y partirlos por la mitad con una ligera presión de los pulgares de forma que el azúcar caiga directamente en el recipiente, sin tener que sacudir, cortar y esas manipulaciones que (casi todos) hacemos.


Por lo visto, el inventor del formato nuevo no se suicidó, sino que murió plácidamente en su cama con ochenta y muchos años. Lo que sin duda si sería verdad es que se sintiera un poco defraudado al ver que los parroquianos de bares, cafeterías y restaurantes no apreciaban sus esfuerzos por hacerles la vida más sencilla. Pero somos impredecibles, así que cada uno abrirá el sobrecito como le de la real gana: con los dientes, con un cuchillo o hasta con una radial… ¡Hay gente para todo!



domingo, 7 de octubre de 2018

ATMÓSFERA



Las personas tenemos una tendencia innata a ignorar, cuando no negar activamente, aquellos asuntos que no nos interesan. Las excusas son variopintas y otro día quizá dediquemos una entrada a hablar del negacionismo, un tema interesante y más hoy en día que tenemos que soportar un aluvión de noticias y decidir a cuáles prestar o no atención.

Vámonos al pasado. Estamos en la década de los sesenta en un pueblo agricultor de la provincia de Toledo, en España. Mi abuela se dispone a hacer una ensalada para la cena —la comida era día sí día también cocido madrileño—. Coge de la despensa una lechuga, unos tomates y unos espárragos que habían llegado al mediodía procedentes de la huerta del tío Rafa en un saco de arpillera, los lava a fondo en un barreño —no había agua corriente en la casa en aquella época— y los trocea en una fuente —no había boles entonces o no se llamaban así—. Aceite, vinagre y sal y para que la cosa no quede tan sosa decide añadirle huevos duros —de las gallinas del corral anexo a la casa—, y unas manzanas. Una ensalada estupenda, deliciosa y nutritiva con productos de la temporada directamente llegados a la mesa, sin intermediarios, envases o procesamientos industriales por medio y, más importante, sin residuos. Cuando los había, o eran alimento para gallinas o cerdos o servían de abono para la tierra.

Vayámonos al presente y hagamos una ensalada similar. Para empezar, la lechuga que utilizo viene ya limpia, lavada, cortada y envasada en una bolsa de plástico. Cuando llega a mis manos ha sufrido unos procesos industriales que suponen un gasto de agua y energía en su lavado y envasado. También un transporte hasta el punto de venta que supone un gasto energético. Y cuando la hemos usado, nos queda en las manos la bolsa de plástico como una basura a desechar.

Mejoro mi ensalada con unos tomates que, si serán naturales ya que por lo general se venden a granel, pero pudiera ser que, en ciertos supermercados, para facilitar su manipulado y venta, estuvieran envasados en algún envase de porexpán y plástico desechable.

Decido añadir a mi ensalada unos espárragos. Nuevamente accedo a la despensa y utilizo una lata de conservas que supone un proceso industrial añadido y que deriva en un nuevo recipiente desechable, en este caso metálico, que supondrá una agresión a la naturaleza tanto si se considera basura directamente como si se produce un proceso de reciclado que requiere nuevamente un gasto energético y económico: antes para fabricarlo y después para eliminarlo. Para no dejar esta ensalada muy poco apetecible, añado un poco de atún. También utilizaré una lata de conservas que tendrá la misma consideración anteriormente mencionada para la lata de espárragos.

La comparativa entre antaño y hogaño es desoladora. Las nuevas formas de vida, las ciudades, los supermercados, la industria alimentaria… generan unos consumos de materiales y energía que se han multiplicado exponencialmente en los últimos años y que según las previsiones seguirán creciendo a medida que más poblaciones se vayan incorporando a lo que consideramos una vida moderna del primer mundo. Procesos anteriores y posteriores al hecho de comerse una ensalada esquilman el planeta en materiales y contaminan la atmósfera con sus emisiones de gases.

Aunque no prestemos atención al tema, las catástrofes por elementos naturales se han incrementado en los últimos años, no solo en frecuencia sino también en intensidad. Zonas «calientes» del globo como la costa este de EE.UU. o la costa asiática están sufriendo en los últimos años huracanes, tormentas tropicales o terremotos seguidos de tsunamis de una intensidad nunca vista y casi con frecuencia que ya roza lo anual.

Los científicos advierten del calentamiento de la atmósfera, por encima de 1º en los últimos años, lo que deviene en hechos innegables como el derretimiento de la capa de hielo de los polos con el consiguiente aumento del nivel de los océanos. Otros hechos relacionados, aunque no lo queramos ver con este cambio climático acelerado provocado por la agresión humana al planeta, son estos fenómenos atmósfericos virulentos. Los gobiernos y los poderes económicos que los controlan hacen la vista gorda en un «la cosa no es para tanto». Resulta curioso que uno de los países más agresores al medio ambiente con sus emisiones como es EE.UU. sea uno de los que sufre las mayores devastaciones en sus carnes y no quiera ver el problema. ¿Cómo lo va a querer ver una tribu africana o brasileña que sigue alimentándose de productos naturales?

La atmósfera es global. El problema es global. No hay fronteras ni nacionalismos. De nada sirve que un país decida reconfigurar sus planteamientos y su industria y logre frenar e incluso eliminar sus emisiones contaminantes. Si el resto de países no lo hace, seguirá sufriendo la acción de la naturaleza, que lleva cuatro mil quinientos millones de años de existencia y sabrá tomar sus medidas para defenderse de estos sapiens que la pueblan desde anteayer —siete millones de años— y en las últimas décadas la están tocando las narices más de la cuenta.