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domingo, 16 de octubre de 2022

SANIDAD


Mucho se está hablando en estos últimos tiempos de la sociedad del bienestar. Si uno echa la vista atrás a su infancia, los logros conseguidos, en general, en la última cincuentena de años son innegables pero el asunto que está aflorando con pujanza es su mantenimiento y también, por qué, no su distribución en las capas sociales. Parece que estamos abocados a asumir un retroceso en estas mejoras porque nos quieren hacer tragar que… «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades».

De nada sirve construir una carretera magnífica o plantar un jardín precioso si no se ha previsto de antemano su mantenimiento. Esto nos suena a muchas de las inauguraciones que llevan a cabo nuestros próceres representantes buscando su proyección personal y política pero que luego, con el paso del tiempo, acaban abandonados y en estados lamentables. A buen seguro que todos tenemos algunos casos bien cercanos, no hay que irse muy lejos para encontrar ejemplos.

Uno de los pilares básicos de esa sociedad del bienestar es la sanidad. Con los sucesos de los últimos años, pandemia mediante, la sanidad ha sufrido un retroceso palpable, incluso me atrevería a decir que descomunal, dejando todo lo relativo a ella patas arriba, hecho unos zorros o, como diría mi abuela, con el culo al aire. Como en España, en el caso de la Sanidad Pública, la cosa va por Comunidades Autónomas, cada españolito tendrá su propia visión del asunto. Según se puede leer en la prensa, lo cual no es sinónimo de veracidad en ningún modo, la contratación de pólizas de Seguros de Asistencia Sanitaria privados ha sufrido un incremento más que notorio en los últimos tiempos.

Por cuestiones laborales personales, he tenido la suerte/necesidad de disponer de asistencia privada desde 1978, por lo que no soy un advenedizo en este asunto, ni en lo público ni en lo privado. Al disponer de las dos modalidades, puedo optar por una o por otra según mi conveniencia. El año pasado, en plena pandemia, opté por lo público y tras ocho meses de espera me tuve que decantar por lo privado, encontrando la solución en poco más de un mes. El asunto no era grave o urgente… según se mire, pero para mí y en términos de calidad de vida, sí lo era y mucho.

Pero todo se va degradando progresivamente y el disponer ya de sanidad privada no es lo que era. El caso que me ha ocurrido esta semana es ya para caer en la depresión ante la impotencia. Llevo un tiempo con un pequeño problema en la piel, muy molesto por el escozor y picazón que me produce. Por aquello de que somos, me incluyo, muy dados a la auto medicación, ¿por qué será?, he probado con tres pomadas diferentes de las que hay por casa y nada. Se imponía buscar solución recabando la ayuda profesional de un dermatólogo.

Como ahora y dada mi disponibilidad personal no tengo problemas de tiempo, inicio la búsqueda de una solución profesional por las dos vías, pública y privada. Por la parte pública, para llegar a un especialista hay que pasar por el médico de cabecera; he conseguido cita con mi médico el lunes 24 de octubre de 2022, es decir, semana y pico de espera. Si me lo puede solucionar, mira que bién, pero si me tiene que derivar al especialista…«maremía», no quiero ni pensarlo. Ya les contaré.

Por la parte privada puedo acceder directamente a un especialista en dermatología. Se impone pedir una cita; siempre hay que pedir cita en estos casos pues no es de recibo el acudir de urgencias. Lo del asunto de las citas tiene su aquel. Buscando en todo mi entorno, en algún caso mediante esperas interminables telefónicas y en otro a través de páginas web que van implementando los centros médicos, he conseguido una cita para mediados del mes que viene, es decir, más de un mes de demora. Menos mal que no es urgente, tendré que seguir aguantando picores y escozores un mes más por lo menos.

No es menester detallar aquí los avatares en la consecución de esa cita pasando por seis centros en los que normalmente busco, solo uno en mi localidad y alguno de ellos a cincuenta kilómetros de mi domicilio. Pero a modo de ejemplo, en la imagen que encabeza esta entrada se puede ver la solicitud a través del portal de un hospital madrileño. Para su servicio de dermatología, con cualquier médico de los disponibles, la primera cita presencial disponible para cualquier hora del día que se me ofrece es el 31 de enero de 2023.¡Tres meses y medio! He vuelto a hacer la misma consulta hoy, tres días después, y la cosa progresa alcanzando el 6 de febrero de 2023 como primera cita disponible.

Que no nos pase nada no urgente, según el criterio de no se sabe quién, porque apañados estaremos: ni por un lado ni por otro parece que podamos encontrar una solución satisfactoria en un plazo de tiempo razonable. Pero no se preocupe Vd., que esto es un caso aislado y en general las sanidades, pública y privada, funcionan estupendamente. Como otras muchas cosas del estado del bienestar.


 

domingo, 9 de octubre de 2022

ESTIPENDIO

Aunque nos vayamos desarraigando de muchos usos y costumbres, algunos se mantienen por aquello de dejarse llevar por la corriente y no romper del todo. Sucesos recientes en mi entorno familiar me han llevado a toparme —y aquí topar creo humildemente que está correctemente empleado— con el vocablo que sirve de título a esta entrada.

Conocemos como misa de novenario aquella que se ofrecía y ofrece por el eterno descanso de un difunto a los nueve días, más o menos, de su fallecimiento. En convenciones sociales, es una segunda oportunidad para aquellos deudos del fallecido o sus familiares que no tuvieron la oportunidad de asistir al sepelio. Las inhumaciones se tienen que producir entre las 24 y las 48 horas del fallecimiento real, o más concretamente, de la hora consignada por el médico en el certificado de defunción y, además y no lo conocía, los enterramientos no pueden tener lugar cuando es de noche.

Antaño, los velatorios por los fallecidos tenían lugar en las propias casas, lo que suponía un caos tremebundo porque además de expresar a los deudos el sentimiento de pesar, los asistentes se enzarzaban en conversaciones que muchas veces no tenían nada que ver con el fallecimiento. Ahora todo es mucho más cómodo por la existencia de tanatorios, edificios construidos ad hoc que liberan a los familiares del finado de las incomodidades que producía el tener unas cuantas horas de exposición del cadáver en el salón de la casa. Aunque no en todos, la mayoría de los tanatorios modernos disponen de una capilla o zona religiosa —no todos son cristianos— donde rezar un último oficio o responso antes de proceder a separarse definitivamente del fallecido. Muchos de ellos, casi todos, disponen también de hornos crematorios para el caso de que este sea el sistema elegido para proceder con los restos.

Otra cuestión que facilita enormemente las cosas es la gestión por parte de la empresa funeraria de todo lo gestionado con la defunción, incluidos los servicios religiosos correspondientes en caso de que se deseen. Tanto si se dispone de un seguro de decesos como si se abona a tocateja, los familiares que están pasando un momento delicado quedan exentos de preocupaciones.

Pero otra cuestión son los actos religiosos posteriores. Por lo general, si se celebra una misa de novenario hay que dirigirse al párroco de la localidad —o localidades— donde se desee celebrar un acto en su memoria. Acto que daría la oportunidad, ya con más tiempo, de mostar el pésame a aquellos que por la premura no se hubieran enterado o podido asistir a los actos del propio enterramiento o cremación. Este tipo de noticias vuelan entre los familiares y amistades, pero siempre queda alguien a quién no has avisado y no se ha enterado y que te puede afear el asunto.

Y es en este momento cuando aparee el vocablo estipendio, una palabra ya quizá de las denominadas moribundas en el actual uso del español. Es uno de los muchos sinónimos que existen para hacer referencia a una paga o sueldo, siendo, posiblemente, una de las formas más antiguas para referirse a la retribución percibida por un trabajo. Proviene del latín stipendium, formado por «stips» —moneda— y «pendo» —pagar—, y hacía referencia, originalmente, a la remuneración recibida por los soldados.

La segunda acepción del diccionario define con concrección que se trata de una «tasa pecuniaria, fijada por la autoridad eclesiástica, que dan los fieles al sacerdote para que aplique la misa por una determinada intención». ¿Fijada por la autoridad eclesiástica? ¿Qué nivel de autoridad eclesiástica? No he conseguido encontrar unas tarifas fijas y si algunas recomendaciones muy generales y muy dependientes de las diferentes diócesis. Por ello, una vez encargada la misa correspondiente, la pregunta acerca del monto del estipendio es de lo más delicado.

«Una vez que un sacerdote recibe un estipendio contrae la obligación de celebrar la misa que le hayan pedido los fieles, y ésta puede dedicarse a personas que estén atravesando un momento difícil, ya sea de enfermedad o problemas económicos, o bien que hayan fallecido recientemente, aunque los temas posibles son muchos y variados.»

«Las misas no valen dinero, puesto que no es un servicio que puedas adquirir como tal, no es posible comprar una eucarístia. La Iglesia no tiene permitido estipular unas tarifas bases para realizar ningún tipo de sacramento. Estos son servicios que los sacerdotes deben dar completamente gratis a los fieles y de manera servicial.

Siempre es bueno colaborar con algún donativo —estipendio— al sostenimiento de los templos y sacerdotes. Si no te dan indicación alguna… ¿con cuanto contribuir? Una de las formas es poner el monto que desees en un sobre anónimo y depositarlo en el cepillo a la entrada de la iglesia, de forma que el párroco no sepa cuál ha sido tu contribución. Aunque hay muchas formas de saberlo, y eso cuando los cepillos no son electrónicos y hay que pagar con tarjeta de crédito, que ya se van imponiendo en muchas iglesias. La verdad es que muchas veces es preferible que las cosas estén debidamente reguladas, con lo que las tomas o las dejas, amén de evitar malos entendidos.

En suma, la celebración de una misa de novenario o de aniversario es la manera más común de establecer un lugar de encuentro entre los familiares, amigos y conocidos. ¿Podría ser en otro lugar sin tratarse de un acto meramente religioso? Al tiempo, porque muchas de las personas que asisten a estos actos, religiosos, no son de pasar por las iglesias de forma regular y tienen que aguantar el tipo y muchas veces algún improperio del sacerdote que aprovecha el hecho de tenerlos a mano para lanzar algunas puyitas. De todo hay en la viña del Señor.

Y como ya van apareciendo soluciones a todo esto, se puede encargar misas por internet a precios establecidos en https://encargaunamisa.com/.  Curioso cuando menos.




 

domingo, 2 de octubre de 2022

«DECALUSTRO»


Nadie está a salvo de ser tocado por la nostalgia en muchos momentos de su existencia. Exactamente un día como hoy, 2 de octubre, hace cincuenta años, un suceso tuvo mucha influencia en mi vida. A las ocho quince de la mañana traspasaba la puerta de una oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid para presentarme al director en aquel entonces, Carlos García Rubiales, como nuevo empleado administrativo.

A comienzos de 1972 cursaba yo estudios de COU. Tras ellos, en el siguiente curso académico, lo lógico hubiera sido iniciar una carrera universitaria. Eran otros tiempos y los estudios superiores no estaban al alcance de todas las familias. Mi padre me alentaba a seguir con un «ya nos apañaremos» pero la economía familiar no daba para ello. Se imponía buscar una alternativa que no era otra que abandonar los estudios, al menos por el momento, y pasar al mundo laboral. En previsión de ello, compré en una academia madrileña los manuales para preparar las oposiciones a banca y cajas de ahorro: cálculo mercantil, contabilidad, derecho mercantil, geografía, historia… incluso algo que nunca se me olvidará, los 27 puntos de la Falange de José Antonio.

En los ratos que me quedaban libres tras asistir a clase y laborar unas horas como administrativo en una empresa de construcción, me entregaba a estudiar por mi cuenta aquellos manuales, preparando una posible oposición para después del verano. Mi padre habló con un amigo suyo, el señor Romo, que era corresponsal de banca en la localidad y regentaba una cacharrería. Cuando él y yo podíamos, en la trastienda me daba unas charletas exprés sobre temas de contabilidad, ya se sabe, el debe y el haber, los libros mayor y  diario...

Pasó el verano y me matriculé en la carrera de Arquitectura, solicitando la beca correspondiente y con la intención de seguir laborando en la empresa de construcción, pero no parecía que la cosa fuera a prosperar, al tratarse de una carrera exigente y con un desplazamiento de cincuenta kilómetros. A principios de septiembre me enteré de la convocatoria de dos oposiciones: Banco Español de Crédito y Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid. Me presenté a las dos con buen resultado en ambas, pues saqué plaza. Tocaba decidirse por una de ellas y renunciar a la otra.

Cuando estaba inmerso en esa indecisión, recuerdo que un día a las tres de la tarde, mientras estábamos comiendo toda la familia, se presentó en casa un buen amigo de mi padre, Andrés Pascual Bravo (q.e.p.d.), director a la sazón de la oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid en la localidad. Se había enterado de mi aprobado en las dos entidades y argumentó hasta el infinito sus razones para que no atendiera la plaza de Banesto y eligiera la Caja. Le hice caso y directamente me citó, ya, para el día siguiente, en el departamento de personal de la Caja sito en la Plaza del Celenque de Madrid y al que corresponde la portada que ilustra esta entrada.

Personado allí, me recibió directamente el director de personal, Eloy Rivas Fresnedo que me felicitó por la oposición realizada y me dijo, no se me olvidará nunca, que mientras él estuviera al frente de ese departamento no existirían los «enchufes». Luego pude comprobar, ya como empleado, la veracidad de esta aseveración, que me confirmó otro empleado de personal, Esteban Jiménez Caloto, con el que entablé cierta amistad al jugar ambos en un equipo de baloncesto aficionado.

La vida da muchas vueltas. De la oficina como administrativo pasé un año más tarde al centro de proceso de datos como programador y veinte años después, en 1992, abandoné la Caja buscando nuevas ilusiones y, dicho sea de paso y como comentario, perdiendo bastante dinero en el sueldo.

Parecía que la Caja iba a ser una empresa para «toda la vida». El Monte de Piedad había sido fundado por el padre Francisco Piquer en 1702 y en 1838 el marqués viudo de Pontejos impulsó la adición de la Caja de Ahorros. Con una operativa bancaria restringida, que se amplió en los años setenta del siglo pasado, ya todos sabemos el devenir de aquella empresa centenaria: se convirtió en Bankia y después fue fagocitada por la Caixa. Desapareció.

Tras esa portada churrigueresca que vemos en la imagen y que fue salvada de su emplazamiento original en otro edificio, hoy ya no queda vestigio alguno de aquella Caja, Banco, Monte o lo que fuera. Un moderno hotel ofrece sus servicios a los turistas y visitantes de la ciudad de Madrid.

Por cierto, el vocablo «decalustro» no figura en el diccionario y por ello utilizo las comillas. Podría ser una combinación de deca diez y lustro cinco años. Reconozco que me ha sorprendido gratamente la palabra.