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lunes, 25 de mayo de 2009

TARIFAS


Vivimos en un mundo de locos. Las cosas ocurren a tal velocidad que es muy díficil asimilarlas, cuando uno empieza a entender y manejar algun tema, ya le están cambiando. La telefonía móvil es uno de esos apartados donde uno acaba mareado si intenta estar al día de todas las innovaciones, habríamos de cambiarnos de teléfono cada mes, entender cuestiones como 3G, cuatribanda, bluetooth, conexión por infrarrojos, mapas interactivos, GPS y un sinfín de cuestiones que no son estrictamente únicas del mundo de la telefonía móvil, pero que poco a poco está siendo posible integrar en ese aparatito que llevamos casi todos como un apéndice y que nos sigue, y lo que es peor, suena, incluso cuando estamos en el baño haciendo nuestras necesidades fisiológicas.
Pero detrás de todo esto esta la compañía que nos provee de esos servicios. No sé si por suerte o por desgracia hay varias compañías, lo que dá una (cierta) libertad a la hora de escoger la que más nos conviene. Y aquí es donde entra el mundo de las tarifas, de lo que nos cobran por los diferentes servicios. Y en vez de ser transparentes y claras, parece que todas en mayor o menor medida buscan que el cliente se haga un lío y no sepa nunca a ciencia cierta que tarifa le conviene, que tarifa le están aplicando, o como le facturan sus conexiones a internet desde el teléfono, llámese “emoción” en Timofónica y que ya fue objeto de otra entrada anterior en este blog. Luego llega la factura a fin de mes y, a las pocas personas que la revisan más o menos concienzudamente, no les cuadra la falta de claridad y los criterios de aplicación de la supuesta tarifa a la que están adscritos.
Por aquello de las condiciones de permanencia, los últimos dieciocho meses mi proveedor era Timofónica. Me atrajeron con una buena oferta y me incorporé al contrato que ya tenía mi mujer con esa compañía. Primer error: yo he desaparecido, no existo, y el número de teléfono que yo he tenido de siempre pasó a ser de mi mujer. Para cualquier trámite, siempre vía telefónica, te piden el nombre y el DNI del titular del contrato. Yo me sé de memoria ambos pero lo que no sé es poner voz de mujer. Si lo consiguiera me haría pasar por ella sin ningún problema, pero así es ella la que tiene que llamar cuando quiero alguna aclaración de la aplicación de las “tarifas” o cualquier otro asunto.
En las facturas que se reciben mensualmente, Timofónica aprovecha para poner “letra pequeña” e ir cambiando poco a poco las condiciones del contrato sin que te enteres, bueno, te enteras en la factura siguiente, cuando ya no hay más remedio. Cosas como no compensar el consumo mínimo entre los teléfonos del mismo contrato o que las llamadas a números especiales, tipo mis cinco y cosas así, y los mensajes no computan para el consumo mínimo, fijado generalmente en nueve euros al mes, y cosas por el estilo.
Una de las cosas que más llaman la atención de estas tarifas de Timofónica, y no sé si de otras compañías, son los horarios, los tramos, los días laborables, fines de semana, festivos locales, autonómicos y nacionales, etc. etc. Pero lo que me parece VERGONZOSO de todo punto es la distinción que se hace a la hora de convertir los minutos en euros en función de la compañía proveedora del teléfono llamado. Parece ser que hay tres niveles de compañías, y según a la que pertenezca el teléfono de destino así es la tarifa, menor para los que están en su grupo y proporcionalmente desorbitada para las demás. Destrás de todo esto no está sino una competencia desleal, obligando de facto a los usuarios a estar todos en su grupo de compañías para que las llamadas salgan más baratas.
Así ya no basta con tomar la determinación de llamar a un amigo o compañero, sino que es muy importante saber a que compañía pertenece, ya que en función de ello podremos hablar más o menos tiempo en función del coste. Sé de alguna persona que en la agenda de nombres de su teléfono utiliza algún signo para identificar la compañía de destino. Así “Ana” sin más es del grupo normal, “Ana@” es del grupo dos y “Ana$” es del grupo tres y por ello más caro el llamarla. Lo del signo del dólar viene al pelo.
Harto de todas estas cosas, he abandonado el paraguas de Timofónica. Me cabe la duda de si tengo que informar a todos mis amigos y contactos, para que sepan que sus llamadas hacia mí les van a salir más caras, gracias a los tejemanejes de Timofónica y las otras grandes. Porque me he pasado a una de las compañías de “peor” nivel en la tarificación de las grandes: Monofónica. Había pensado hacerlo por correo electrónico, que es todavía gratis, o por SMS, que me costaría una pasta, incluso tal vez lo haga, en forma de denuncia encubierta, para que nadie se llame a engaño cuando reciba la factura al mes siguiente y vea que esa llamada que me ha hecho a mí le ha salido especialmente cara. O barata, porque los que estén con mi misma compañía solo pagarán el establecimiento de llamada, que invento, y tendrá los diez primeros minutos gratis total. Con esto lo que voy a conseguir que no me llame nadie, pero tendré que asumirlo como una especial lucha contra la injusticia que supone esa tarificación discriminativa en función del destino de la llamada.
Supongo que Monofónica será igual de mala o de menos buena que Timofónica y las otras. Es la cuarta compañía por la que transito y, dado mi carácter, supongo que no será la última. En este movimiento he tenido en cuenta diversos factores que me han resultado atractivos y que comento a continuación. El primero de ellos es que no hay condiciones de permanencia, me puedo marchar cuando quiera sin penalizaciones ni zarandajas. Los teléfonos que ofrecen, si se desea, son completamente libres desde el primer momento, por lo que en caso de cambio no hay que buscar ninguna tienda donde por veinte euros te liberan el móvil. Da igual tener modalidad contrato o modalidad prepago, las tarifas son las mismas y no hay un compromiso de gasto mínimo al mes, aunque lo único necesario es hacer una llamada con coste, con el coste que sea, cada seis meses para demostrar que el número está vivo y sigue en activo.
Pero lo mejor y lo que más me ha atraído de Monofónica es la tarifa. El coste de establecimiento de llamada y el coste por minuto hablado es exactamente el mismo, dentro del territorio nacional, los 365 días del año, se llame a fijo o móvil.
No he recibido todavía la primera factura. Las consultas de consumos a través de internet aprecen estar en orden y cumpliendo las expectativas. Veremos cuanto dura esto. Por el momento y por donde me muevo, la cobertura, otro elemento importante en la telefonía móvil, es buena y suficiente. Cuando me salgo de mi radio normal de movimiento, ya estoy preguntando a mi mujer, que sigue con Timofónica, acerca de la cobertura…. para comparar.

domingo, 17 de mayo de 2009

ZAPATOS


A medida que los seres humanos vamos alcanzando una cierta edad, las manías anidan en nuestras formar de hacer y de pensar. Es lógico. Después de repetir unas cuantas veces una determinada acción, vamos adquiriendo preferencias por realizarla de una forma determinada. Estas preferencias, según en qué manías, pueden adquirir características patológicas y nos impiden pensar siquiera que hay otras formas de hacer, de sentir y de pensar.
Me repatea sobremanera el tener que comprarme unos zapatos. No es que tenga los pies delicados, pero el período de adaptación inicial se me antoja largo y pesado. Hasta que los zapatos se han adaptado a mis pies, procuro ponérmelos solo cuando estoy cerca de casa, o llevar unos usados y gastados a mano, para evitar sufrimientos y rozaduras.
Hace años, mientras paseaba un fin de semana por una capital de provincia del centro de España, pequeña y agradable ciudad, vi una tienda donde se vendían zapatos procedentes de exposiciones y muestras. Entré, y allí un amable tendero, señor mayor con gafas de culo de botella y bata gris al que le conté mis problemas con la elección de calzado, me aconsejó un par en los que las características de la suela y de la piel, las costuras, los remates y los refuerzos me iban a ir bien. Tuvo razón y esos zapatos me sentaron como un guante desde el primer momento que me los puse para ir a trabajar el lunes siguiente. Tan impresionado me quedé, que hice un viaje exprofeso el miércoles por la tarde de esa misma semana a comprar más, adquiriendo otros cuatro pares del mismo número y modelo, todos los que tenía. Durante años fui usando aquellos cinco pares de zapatos hasta que llegó el momento en que “murió” el último par. Fue una excusa para volver por allí, pero la tienda ya no existía y en su lugar había un supermercado, donde por supuesto no vendían zapatos. Realmente el hombre era muy mayor y estaría cuando menos jubilado.
Hace un par de meses, un amigo al que le indiqué estas cuitas que tenía con el calzado, me indicó que él compraba unos que llamaban de “veinticuatro horas” en la zapatería del pueblo, que no eran caros, que eran muy cómodos y que estaban recomendados para personas que por su profesión debían de pasar mucho tiempo de pié o caminando, tales como camareros, profesores, etc. etc. Vi el cielo abierto y me compré un par de ellos. Realmente eran cómodos y en cuanto al precio estaban dentro de lo normal.
Tras utilizarlos algunos días me sentí contento porque no me había costado nada la adaptación a mis pies y eran cómodos. Pero tras unos cuantos días de uso, el derecho empezó a deformarse sobremanera, desplazándose el tacón hacia un lado de forma exagerada y haciéndolo asimismo la plantilla. Tanto que al final no se podía andar con él. El izquierdo estaba bien.
Como habían tenido poco tiempo de uso, me dirigí a la zapatería a preguntar, como profesionales que se suponen que deben de ser, sobre que podía haber ocurrido por si la deformación pudiera ser debida a un fallo de fabricación y a comprarme un par nuevo. En qué hora. Todas las explicaciones que intentó darme el tendero fueron alusivas a mi peso y a mi forma de pisar, descartando de todo punto un problema en la fabricación. Le hice ver que no tenía conciencia en todos los años de mi vida de que los zapatos tuvieran una condición acerca del peso de la persona que los fuera usar, como así ocurre por ejemplo en zapatillas de deporte especializadas para corredores, donde el peso y la pisada, pronadora, supinadora o neutra, son fundamentales a la hora de elegir unas zapatillas. Por otro lado, aludí a que el zapato izquierdo estaba intacto y el peso y los posibles defectos en la pisada eran iguales para los dos pies.
Tras una discusión, en algún momento subida de tono por su parte, se avino a “hacerme un favor”, que no era otro que consultarlo con el representante que le visitaría la semana siguiente, y que volviera a ver que le había dicho. Por supuesto no compré un nuevo par y cuando salí de la tienda iba convencido de haber perdido el tiempo y de no volver por allí.
Sin embargo, a la semana siguiente decidí pasar a ver qué había ocurrido, pues necesitaba comprarme unos zapatos nuevos. En qué hora. Con una actitud prepotente, volvió a repetirme lo que ya me había manifestado la semana anterior acerca de mi peso y las condiciones de mi pisada, para acabar diciéndome que me iba a hacer un favor al dejarme escoger un nuevo par, por la mistad que le une al viajante de la casa al que había conseguido convencer para obsequiarme con un par nuevo. Con toda tranquilidad le dije que no me tenía que hacer ningún favor y evidentemente no quería un par nuevo porque no estaba seguro de que no me fuera a ocurrir lo mismo debido a que no era un problema de fabricación y “mis condiciones de peso y pisada seguían manteniéndose”. La cosa fue subiendo de tono y me dijo que cogiera otro par, el que yo quisiera. Me despedí amablemente con un “buenos días” y cuando salía por la puerta podía oírle seguir llamándome desde detrás del mostrador para que eligiera un par nuevo….
Esto es todo lo que se llama tener “vista comercial” y más en un pueblo, donde la gente comenta las cosas, poco las buenas y mucho las malas. Supongo que tendrá un negocio floreciente y se podrá permitir el lujo de perder unos cuantos clientes.

jueves, 7 de mayo de 2009

TIEMPO

He dicho muchas veces, y también he oído, la frase de “no tengo tiempo”. “Tempus fugit” es un clásico. Ese concepto inmaterial en el que todos estamos inmersos, que nos envuelve en todo momento y que fluye y se nos escapa entre los dedos de las manos como si fuera un gas a velocidad de tornado. No es mi caso, pero hay gente que se aburre, el tiempo no transcurre para ellos y desearían que fuera más deprisa, más para huir del presente que para llegar a algún fin.

Mi opinión es que la percepción que tenemos del tiempo es congruente con lo que estemos haciendo y de cómo lo percibamos. Cuando estamos inmersos, en mente y cuerpo, en alguna tarea que nos agrada y requiere toda nuestra atención, el tiempo vuela mucho más deprisa de lo que quisiéramos. Y esto es aplicable a los diferentes ámbitos de nuestra vida, en lo personal, en lo social y en lo profesional. Parece que anduviéramos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, a contrarreloj, que no nos podemos permitir “perder” el tiempo.

Una manera de poner orden es coger rutinas. Levantarse diez minutos antes puede ser suficiente para las operaciones matutinas de aseo y desayuno. Salir con suficiente tiempo de casa para ir a nuestras obligaciones de manera relajada y tranquila es otra buena opción. Ya en nuestra ocupación diaria tomarse diez minutos cada cierto tiempo para no hacer ni pensar nada es muy positivo y mejora nuestra concentración y nuestras capacidades. La vuelta a casa sin prisa es una buena medida para la transición de lo laboral a lo personal.

Los días son todos de veinticuatro horas y las semanas de siete días. Al final la cuestión es muy sencilla. Aunque no nos demos cuenta, no queramos reconocerlo y parezca que nos dejamos llevar, tomamos decisiones acerca de qué hacer y qué no hacer a lo largo del día. Como todo, estas decisiones requieren un poco de planificación y organización. Si no lo hacemos así, estaremos haciendo algo pero con la cabeza puesta en lo siguiente. A mí me ocurre a veces en el siguiente ejemplo. Salgo a correr y a estar en contacto con la naturaleza. En vez de disfrutar de la carrera, de las sensaciones, del paisaje, del trino de los pajaritos, de un tiempo propio para pensar y relajarme, me dedico a pensar lo que voy a hacer a continuación: cuando llegue a casa me ducho deprisa, me visto rápido y a ver si llego antes de la hora tal a tal o cual sitio….. Terapias con nombre actual pero con mucha historia abogan por vivir el momento presente y disfrutar en cada momento de lo que estamos haciendo con todos los sentidos. Incluso concentrando nuestra atención en el hecho de lavar la vajilla puede ser positivo si conseguimos admitirlo como una tarea que estamos haciendo, que hemos decidido hacer y que podemos disfrutar al hacerlo.

¿Qué cosas son importantes? ¿Qué cosas no lo son? Si no nos paramos a tomar decisiones que son importantes acabaremos agobiados y angustiados. Esa ansiedad de que hablan los profesionales. Y repito, esto en casa, en el ocio y en el trabajo. Es una asignatura que parece estar siempre pendiente: como hacer un buen uso de nuestro tiempo. Actividades que son superfluas y que realmente no nos llenan pueden evitar que acometamos otras más placenteras, que cambien esas micro angustias por placeres y esto de una forma natural, como hábitos, sin que nos demos cuenta.

“Que paren este mundo, que me bajo”. El estrés no causa directamente ninguna enfermedad, pero baja nuestras defensas, poco a poco, sin que lo percibamos. Y cuando estamos bajos las llamadas enfermedad psicosomáticas pueden aparecer y agravarse: molestias gastrointestinales, hipertensión, taquicardias, caída del cabello….

Un buen punto de comienzo puede ser llevar durante unas semanas un diario lo más exhaustivo posible de lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a la cama. Lo ideal sería que contuviera también apuntes de lo que “pensamos” mientras “hacemos”. Con datos podremos tomar decisiones de ir ajustando nuestras actividades, insisto, no solo físicas sino también mentales, para conducirnos a estados mejores en los que estemos más a gusto con nosotros mismos y con nuestros intereses.

El tiempo es lo que es. Lo que puede no agradarnos es el uso que hacemos de él. Seguirá fluyendo como lo viene haciendo desde hace millones de años, una cantidad que se escapa a nuestro intelecto. Nuestra vida es muy corta y por mucho que nos esforcemos no conseguiremos hacer todo lo que nos propongamos, porque cuando acabemos una cosa ya estaremos iniciando otra. Por mucho que lo intentemos no podremos leer todos los libros que existen, así que escojamos los que leemos y disfrutemos de su lectura.

Antes de ayer estábamos tomando las uvas y pasado mañana entraremos en el verano. Lo importante es que seamos felices y hayamos disfrutado de estos cuatro días que van desde el final de un año hasta el verano del siguiente.

Dejo para otro día un concepto que puede ir asociado al uso del tiempo y que genera no pocas insatisfacciones a las personas que lo sufren: “procrastinación”.

jueves, 30 de abril de 2009

CUCO

Hace ya casi una treintena de años tuve la suerte de poder realizar un viaje en coche por centroeuropa, un viaje inolvidable. En una de sus etapas recalé en la ciudad o pueblo de Triberg, en pleno corazón de la Selva Negra alemana. Dos imágenes permanecen en la memoria, a pesar del paso del tiempo, de esta preciosa ciudad. Una de ellas es una hermosa y alta catarata que forma el río, de cuyo nombre no puedo acordarme, y otra es la preciosa calle central, en cuesta, plagada de tiendas, muchas de las cuales estaban especializadas en el producto estrella de esta zona: los relojes de cuco. Recuerdo con deleite el entrar y salir casi de todas ellas y admirar las excelentes piezas de talla de madera, las formas y los colores, los péndulos y pesas de cientos y cientos de relojes que han adoptado el nombre de este simpático pajarito por utilizar una imitación de su canto para darnos las horas y las medias.

Parece ser que el reloj de cuco no fue inventado allí, pero desde hace cientos de años la zona de la Selva Negra es un foco de fábricas y artesanos que se dedican a la construcción de este tipo de relojes. Recuerdo de muy pequeño que existía uno sencillo en casa de mis padres, y sigue existiendo. La función de dar la hora no es la primordial en este tipo de relojes, sino más bien la de acompañar a los habitantes de la casa con sus trinos a lo largo del día…. y de la noche. Se dice, y en mi caso es así, que te llegas a acostumbrar a estos sonidos repetitivos. Lo que también es cierto es que, cuando no suenan, se produce un vacío y se nota la ausencia de ellos. Parece que te falta algo, se echan de menos. Los relojes de cuco acompañan.

En esta época del todo automático y que funcione por si solo durante el mayor tiempo posible, gracias a las pilas y baterías, el reloj de cuco pone su impronta y con su corazón mecánico huye de los automatismos y cultiva una relación especial con sus dueños. Normalmente están pensados para que la cuerda que permite su marcha y sus cantos sea suficiente durante veinticuatro horas como máximo. Para ello es necesario situarlos en una zona alta de la pared de modo que las cadenas que soportan las pesas y contrapesas tengan recorrido suficiente hasta el suelo de la habitación. En mi caso he optado no situarlo tan alto con lo que es necesario acercarse a él en dos ocasiones al día.

El viajar en tu propio coche desde tu domicilio permite realizar algunas compras sin tenerse que preocupar de cómo se van a acomodar en la maleta. Con solo situarlas estratégicamente en el fondo del maletero, se dejan de ver hasta el regreso. Compré el reloj que se ve en la fotografía en aquel viaje. Si bien no recuerdo el precio, si recuerdo que fue bastante dinero, máxime teniendo en cuenta la relación entre la peseta y el marco, monedas de aquellos tiempos hoy relegadas por el euro. EL reloj ha pasado por muchas vicisitudes a lo largo de los años. Como puede apreciarse en la fotografía, en alguna de ellas perdió el “tejadillo” que decoraba su parte superior.

Los tradicionales relojes tenían los mecanismos interiores realizados en madera. Ya más adelante se optó también por realizarlos en metal, que permitía una mayor producción y una mayor durabilidad y precisión. Esto está en el interior y yo opté, con vistas a largo plazo, por uno con tripas y huesos metálicos para asegurarme una mayor duración. Realmente la belleza está en el interior pero el interior no se ve.

Aunque durante un período de estos años lo perdí de vista, el reloj lleva dando vueltas unos cuantos. Sufrió una reparación y puesta a punto hace unos diez años y desde entonces ahí sigue. Como puede verse en la fotografía, este reloj tiene además del cuco un mecanismo circular que se activa en las horas y en las medias y presenta unos muñecos que dan vueltas bailando al tiempo que se oye una melodía, distinta para las horas que para las medias. Primero sabe el cuco por la ventanilla superior y a continuación danzan los figurantes y los pájaros situados en la parte inferior realizan un movimiento en el que simulan alimentar a sus crías que están en el nido.

Cualquiera que tenga una relación con este tipo de relojes sabe que es una misión imposible mantenerlos en hora. La forma de hacerlo es subir una hoja de parra que llevan en el péndulo de forma que corran más o menos, esto es, que adelanten o atrasen. Evidentemente, este adelanto o atraso se va incrementando con el paso de las horas y hace que en poco tiempo, días, el reloj empiece a dar las horas “cuando le da la gana”.

Hay una frase que reza así “Como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Yo sabía que era imposible mantener a raya un reloj de este tipo, pero desde hace más de un año llevo intentando meterlo en vereda. Estoy realmente contento porque lleva un par de semanas en que la diferencia con uno digital de esos que llevan la hora a reglamento y pitan presenta una desviación arriba y debajo de más menos diez segundos. Lo de que sea arriba y abajo es un triunfo ya que demuestra que el reloj tiene su corazoncito y responde a las fluctuaciones de temperatura en la habitación entre el día y la noche pero no se desvía.

Intente subir durante días la parra arriba y abajo sin éxito, así que opté por adherirle en la parte posterior del péndulo un mecanismo casero consistente en un tornillo sin fin con una tuerca. Tras semanas y semanas de micro ajustes a base de subir y bajar la tuerca, he llegado a poner tres tuercas y conseguir que se mantenga. Otra cuestión que he averiguado y que es muy importante es que el reloj esté fijado a la pared de forma que al limpiarlo o darle cuerda no se desplace horizontalmente. En las fotografías de más abajo, malas de solemnidad, se puede apreciar la fijación a la pared y el mecanismo que he adosado al péndulo.
















miércoles, 22 de abril de 2009

ACHIPERRES


Es una palabra rara, pero que se oye de vez en cuando. Mi hijo tiene mucha costumbre de pronunciarla para referirse a trastos, cachivaches, cacharros y cosas que andan por ahí sin un fin concreto pero que nadie toma la decisión de quitarlas de en medio, bien sea buscando un sitio adecuado y definitivo para ellas, bien sea depositándolas en la basura, que es uno de los mejores sitios para cosas que no tenemos muy claro para que sirven.
No se molesten en buscarla en el diccionario oficial de la Real Academia, no viene. Un “diccionario” mucho más amplio es la propia internet, donde los buscadores encuentren casi cualquier cosa que les solicitemos. Algunos diccionarios populares la definen con el mismo o parecido concepto al que he aludido: Objeto de poco valor cuya utilidad se desconoce.
No son achiperres en sí, pero me quiero referir a la cantidad de trastos que cada vez más nos vemos obligados a llevar encima. Me explico.
De siempre ha habido grandes diferencias entre hombres y mujeres, hablando en términos generales. Es costumbre en ellas portar bolso, generalmente lleno de cosas “por si acaso” entre las que además de la cartera y las llaves de casa y coche, se incluían productos de cosmética, de costura, de acicalado,….. Los hombres llevaban la cartera y las llaves y aquellos que fumaban el tabaco y las cerillas o mechero. Eso era antes. Ahora ellas fuman y también tienen que llevar tabaco.
Hubo un tiempo en que se pusieron de moda las “mariconeras” que eran generalmente utilizadas por hombres cuando tenían necesidad de incrementar el número de objetos que llevaban encima y no querían, sobre todo en verano, llevar los bolsillos abultados y llenos de cosas. ¿Se imaginan, los que fumaban en pipa, llevar esta en el bolsillo de la chaqueta?
Otra cosa que ambos llevaban era el reloj, pero este es un artilugio pequeño, aunque puede ser un mazacote que viste mucho, y salvo caballeros con modelos de cadena y bolsillo, se lleva de siempre en la muñeca. Casi se ha convertido en un apéndice más del organismo, máxime desde que son acuáticos y a prueba de agua, con lo cual muchas personas, entre ellas yo, no se lo quitan ni para ducharse o dormir.
Durante décadas las cosas han estado así. Pero últimamente se van añadiendo achiperres a llevar encima a diario. Uno de ellos es el teléfono móvil. Casi todo el mundo lleva uno. Colgados del cuello, en el bolso, en la mano, en el cinturón …. vamos todos cargando con el teléfono. Hubo una época en que se fueron reduciendo de tamaño y peso, para facilitar su acarreo, pero últimamente, al incorporarles nuevas funcionalidades, como por ejemplo GPS, mapas, acceso a internet y servicios telemáticos, el tamaño, y lo que es peor el peso, vuelve a aumentar de nuevo.
Bueno, esto no es muy problemático. En el bolso o en la cintura un móvil no molesta mucho. Pero seguimos haciendo acopio de trastos y viéndonos obligados a llevarlos encima de un sitio para otro. Y aquí llegamos al punto al que quiero referirme. El desplazamiento al trabajo, sobre todo en las grandes ciudades, en muchas ocasiones se realiza en transporte público. Me estoy fijando últimamente y cada vez es más frecuente observar personas que llevan a cuestas ordenadores portátiles. ¿Ha llevado Vd. alguno alguna vez a cuestas? Les puedo garantizar que pesan lo suyo, y acaba uno harto de accarrearlos. Últimamente se ha anunciado uno que sobrepasa los cinco kilos, aunque lo normal es que sean alrededor de tres kilos. ¿Cómo llevarlos? Si nos fijamos en esto hay a grandes rasgos varios tipos. No se puede generalizar, pero observo que las mujeres suelen llevarlos en carritos con ruedas, parecidos a las maletas últimamente en boga. No olvidemos que además del maletín con el ordenador siguen llevando su bolso …. pleno de de trastos. En cuanto a los caballeros se observan dos tendencias. La más clásica es la bolsa de bandolera, pero con esto se acaba con el hombro, o ambos hombros, doloridos y cansados. Más en boga y más moderno está el uso de mochilas adaptadas a llevarlos, pero aquí son mayoritarios los jóvenes, aunque ya cada vez más los mayores van sucumbiendo a la comodidad y optan por las mochilas.
Tenemos que aplicarnos lo de “ande yo caliente y ríase la gente”. Al final lo que se trata es de soportar estos achiperres que vamos añadiendo a nuestro transporte diario de la forma más cómoda posible. Hubo una época en que se pusieron de moda los maletines de mano, especialmente en los ejecutivos, pero debe ser que estos van en coche a su trabajo y no se ven ya los maletines en los transportes públicos.
Aunque somos muy dados a importar con retraso las ideas de los americanos, no ha calado aquí el ir por la calle perfectamente trajeados o arregladas con zapatillas deportivas que nos permitan ir cómodos aunque nos tengamos que cambiar al llegar al trabajo, sobre todo si este requiere un tipo de vestimenta que no incluya las deportivas.
Yo utilizo la bolsa de bandolera, pero ya estoy harto. Lo bueno es que en contadas ocasiones necesito llevar el portátil a cuestas. Pero cuando llega una de esas semanas como esta, que ando con él a cuestas de lunes a viernes, empiezo a pensar a tomar alguna determinación que me haga más llevadero este martirio.

miércoles, 15 de abril de 2009

NUMEROS


Esperando hace unos días la llegada del tren a la estación de Torrelavega, en Cantabria, me fijé en el reloj de la estación. Un reloj con el aspecto de llevar muchos años marcando el tiempo atrajo mi atención por los números de la corona principal, que como se puede ver en la foto son “romanos”. Curiosamente, la segunda corona son cifras “árabes”, las que usamos normalmente.
Recordé las instrucciones y reglas que aprendimos en el colegio, no recuerdo el curso porque han pasado ya muchos
años, acerca de cómo construir los números romanos y se me antojó que el número cuatro del reloj estaba mal escrito siendo su notación correcta “IV”. Mi teoría se reafirmó en esos momentos al ver la regla correctamente aplicada en el caso el número “9”, anteponiendo “I” a “X”.
Así quedó la cosa pero cuál sería mi sorpresa al entrar al día siguiente en un restaurante y ver en la pared un reloj de propaganda de una conocidísima marca de refrescos, que también estaba construido con números romanos y presentaba la misma notación, “IIII” en lugar de la que yo suponía como correcta “IV”. Desde ese día me persiguen los relojes con numeración romana, o es que yo me fijo más en ellos, llegando ayer a ver uno en una mercería realizado manualmente en punto de cruz y que curiosamente también presentaba la misma notación así como un anuncio en una revista de uno de pulsera con idéntica apariencia.
No ha quedado más remedio que investigar lo que para mí era novedoso y extraño. Un acceso a internet ha revelado un montón de información sobre el asunto, lo que quiere decir que el tema no es nuevo y se ha hablado mucho y escrito sobre ello.
Aunque hay algunas opiniones divergentes, académicamente y siguiendo las reglas, el número árabe “4” se escribe como “IV” en la notación romana. Pero se aventuran algunas teorías, entre las que he sacado las siguientes, para justificar el porqué esta licencia en la construcción de los relojes:
- IV representa al dios romano Júpiter, por lo que se consideraba una especie de irreverencia y se sustituyó por IIII.
- Dado que el número VIII que figura en la parte opuesta de la corona del reloj tiene una amplitud física considerable, por razones de simetría visual se consideró utilizar IIII y que no quedara la imagen descompensada.
- Un relojero suizo entregó un reloj que su soberano le había encargado, pero cometió el error de representar el número 4 como IIII y no usando el IV. El monarca, indignado, hizo ejecutar al desafortunado artesano, y desde ese momento, a modo de protesta y homenaje, todos sus colegas comenzaron a usar el IIII en vez de IV (tomado de Wikipedia).
- Parece ser que al principio los propios romanos adoptaron el sistema de sus antecesores etruscos, conocido como método aditivo, en el lo correcto era “IIII” para “4” y “VIIII” para “9”, si bien luego pasaron al definitivo conocido como método sustractivo.
- El Rey Luis XIV de Francia, al parecer de forma caprichosa, ordenó a sus relojeros que lo hicieran así y esa costumbre ha permanecido.
Probablemente existan algunas teorías más y serán o no ciertas como estas que hemos comentado. Pero lo que es un hecho es que gran parte de los relojes siguen esa norma. Hay uno muy famoso que ha optado por poner los números romanos “como Dios manda”: el Big Ben que preside el parlamento londinense y cuya fotografía está en la parte inferior.
La numeración romana es engorrosa de leer y utilizar, mucho más si lo que queremos es realizar operaciones matemáticas. No contempla el cero y no admite la representación de grandes cantidades, teniendo que utilizar tildes al estilo de la “eñe” cuando queremos escribir grandes cantidades. Y aquí grandes son los números superiores al 3899.
Sin embargo la numeración romana ha llegado hasta nuestros días, no solo por los muchos monumentos que se conservan de esa época sino porque es costumbre utilizarla para la numeración de reyes y papas, en obras de teatro o en los capítulos de los libros… además de en los relojes.
Según escribía esto he recordado un reloj que regalaron hace años cuando me despedí en una empresa tras casi veinte años en ella. Le utilizo poco, solo en ocasiones señaladas, ya que es muy bonito y sencillo. Lo curioso del caso es que la numeración está realizada con números romanos y tiene su correspondiente “IIII”. Y yo sin darme cuenta.




sábado, 4 de abril de 2009

ESPÁRRAGOS

¡Vete a freir espárragos!

Seguro que hemos dicho u oído esta frase muchas veces a largo de nuestra vida. El sentido de la misma es claro y significa generalmente que estamos hartos de una determinada persona y con esta corta y contundente expresión le conminamos a que se aleje de nosotros y nos deje tranquilos. A modo de matización, el diccionario indica que es despedir a alguien con aspereza, enojo y sin miramientos.

Eso es lo que nos hizo hace unos días Félix, gran amigo y compañero de trabajo, solo que no se atuvo estrictamente a lo indicado en el diccionario y se vino con nosotros. Nos invitó a una jornada de campo y camaradería en su pueblo natal, sito en zona sureste de Madrid. Como estamos en la época, reunió a doce personas con la excusa de ir a recoger espárragos al campo.

La excusa resultó muy buena para, además de aprender a detectar las esparragueras y localizar los apéndices comestibles, dar un largo y bonito paseo por una zona cercana a la vega del río Tajo. Se trataba de llegar a un promontorio especial denominado “La Cárcava” desde donde teóricamente se podía contemplar una hermosa vista. Lamentablemente, el acceso a la misma se encontraba vallado y aunque no era difícil el soslayar la valla, por arriba, por abajo o por en medio, llegamos un poco tarde y acordamos que sería motivo para intentarlo otro día.

Sin ser una zona llana, tampoco es abrupta, con ligeras ondulaciones que hacen el paisaje agradable. Caminos y veredas, tierras en barbecho, eriales, plantaciones de trigo o campos de almendros u olivos fueron apareciendo y desapareciendo de nuestra vista a medida que avanzábamos, en un silencio agradable solamente roto por nuestras conversaciones. Algunas liebres y conejos se sorprendieron a nuestro paso y pusieron tierra de por medio sin esperan a comprobar nuestras intenciones. El día fue muy agradable, soleado, con un poco de fresquito, y contribuyó a hacer la mañana llevadera y placentera.

Y tras el paseo, ya se sabe como acaban generalmente estas cosas, con buena comida, mejor bebida y agradable charla. Antes del paseo nos habíamos divido en grupos que se encargaron de hacer el acopio: unos al supermercado a por las chuletas, chorizos, morcillas, tomates y lechugas, vino y gaseosa y en general todos los ingredientes para poner la parrilla en marcha y dar cuenta de ello. Otro grupo se acercó a la tahona del pueblo a por el pan y unos bollitos para el café, mantecaditos y “pastas-flora”. Un producto típico de la localidad.

La casa de los padres de Félix está en el centro del pueblo. Una casa con más de quinientos años que conserva el sabor tradicional de antaño. De las de muros generosamente anchos que guardan el calor en invierno y mantienen el ambiente fresquito en verano a poco que las persianas detengan la luz del sol. Me recuerda a la casa de mi abuela en un pueblo de Toledo, si bien esta es de dos plantas y aquella era de una. Félix organizó una excursión a través de una trampilla a la guardilla o desván, parte alta de la casa, inmediatamente debajo del tejado y que suele destinarse a guardar objetos inútiles o en desuso. Allí pudimos contemplar las vigas de madera que llevan más de quinientos años cumpliendo su función de sujetar las ripias sobre las que descansan las tejas. Aunque la luz se colaba por innumerables resquicios, no así el agua. Nos comentó Félix que tienen previsto hacer una remodelación completa del tejado en la que tendrán que decidir si las vigas son reemplazadas por el más moderno material de hierro.

La colecta de espárragos no fue grande pero si suficiente para preparar un aperitivito que añadir a la clásica cerveza y las patatas fritas mientras el fuego cogía tono para asar las carnes. Tiene algo de ancestral el preparar, cocinar y comer algo que has recolectado en el campo. Habría una época que este era el modo de subsistencia de las personas, aunque nosotros lo tenemos olvidado: nuestro campo es el mercado y los productos distan mucho de ser tan naturales.

Una vez estuvieron las ascuas a pleno rendimiento, desfilaron por encima de la parrilla las carnes y de ahí a la mesa, donde reposaban poco antes de ir a parar a los estómagos hambrientos de los comensales. Ya al final, cuando llegaron las chuletas, andaba la gente un poco llena y sobraron algunas. Con el café y no sin esfuerzo, pudimos degustar los mantecaditos y las “pasta-flora”, delicadas y exquisitas. Algunos nos añusgamos al forzar nuestra tragaderas a engullir más de lo que debíamos. Sobraron algunas que hubo que repartir entre los asistentes, no porque no estuvieran deliciosas, sino porque ya no podíamos más.

Un ambiente inmejorable de camaradería prolongó la sobremesa, y sin partida de mús, hasta más allá de las seis de la tarde. Se imponía el recoger y volver a casa. Un día inolvidable y para repetir. Félix está sugiriendo que se le da muy bien hacer gachas y mucho me temo que los demás haremos todo lo posible y lo imposible por estar dispuestos a que nos mande de nuevo “a freir gachas”… siempre que se venga con nosotros.


Fotografías cortesía de Luis F.P. y Benja


























martes, 31 de marzo de 2009

DNI


Hablando de españolitos y españolitas, todos sabemos el significado de este acrónimo ya que lo tenemos que utilizar muchas veces a lo largo de nuestra vida. En teoría y en la práctica la mayoría de las veces es el documento que acredita nuestra personalidad de cara a los trámites que tanto con empresas oficiales como particulares nos vemos obligados a hacer o hacemos motu proprio.
El DNI se “inventó” al parecer en un decreto de 1944, pero no se emitió el primero hasta 1951. Llevaba el número 1 y no haría falta decir a quién perteneció. Francisco Franco. Desde esa fecha se generalizó y todo español mayor de una cierta edad, que creo que son 14 años tiene la obligación de obtenerlo, aunque se le puede hacer, cosa muy recomendable, a un niño recién nacido. Ya que vamos a estar fichados, cuanto antes mejor.
A lo largo de los años ha sido un objeto codiciado por enemigos de lo ajeno y personas que se dedicaban a hacer negocios muy limpios. A pesar de estar impreso con papeles especiales emitidos por la Fábrica de Moneda y Timbre y tratado con toda clase de miramientos, era fácil falsificar el modelo antiguo plastificado. Hoy en día se emite ya el modelo electrónico, con su chip, y presentando más dificultades para su duplicación, pero como se sabe ya por experiencia, todo es cuestión de tiempo.
Siempre se ha dicho que tenemos la obligación de llevarlo siempre encima, para mostrarlo cuando nos sea requerido por una Autoridad Competente o en multitud de ocasiones. Por ejemplo, cuando queremos acceder a un Centro Oficial o Privado de un cierto tamaño, de esos que tiene vigilante de seguridad, se nos insta a mostrar el DNI o algún documento equivalente como el pasaporte o el carnet de conducir. Incluso en algunos sitios hacen una fotocopia del mismo, cuestión que no parece muy legal ni mucho menos ética, pero lo hacen.
Hay algunos mitos alrededor del DNI, que al parecer no son ciertos. Uno de ellos es el que dice que cuando a uno que lo obtiene por primera vez le corresponde un número bajo es debido a que anteriormente esa numeración pertenecía a una persona fallecida. Según parece esto no puede ocurrir ya que un número tiene que pertenecer a una única persona por motivos legales. Eso puede chocar con la lógica, dado que en casi sesenta años emitiendo DNI’s y con una población actual rondando los cuarenta millones de españoles, deberían de aparecer carnets con numeraciones cercanas a los 100 millones.
Toda esta pequeña investigación ha venido por dos situaciones que se dan con cierta frecuencia en el devenir diario y que devalúan el valor del DNI. Obtener un número de DNI y el nombre de su titular es una cosa relativamente fácil hoy en día: pruebe a invocar a Mr. Google con su carnet de identidad, yo me he llevado una sorpresa de las veces que aparezco por diferentes motivos. Otra forma es darse una vuelta por una Universidad o Edificio Público y echar un vistazo a los tablones de anuncios, donde están sujetos todo tipo de documentos de nombramientos, enlaces sindicales, estudiantes o personal admitido a una determinada prueba.
Una de las situaciones viene deriva de la tremenda locura que supone hoy en día que hayan desaparecido las oficinas donde hacer los trámites cara a cara y con papeles. Las empresas dicen que esto ha mejorado los trámites pero ellas no lo han hecho por eso, sino por ahorrar costes. Un ejemplo: yo me sé el nombre de una persona, su teléfono y su DNI. Llamo al servicio de atención telefónica de una determinada empresa de telefonía y solicito un cambio en el contrato. Lo único que se limitan a verificar es que si tienes un nombre masculino y una voz masculina, con que facilites el DNI parece que ya estás habilitado para hacer cualquier trámite.
Propongo una pequeña prueba. Dirigirse con un amigo del mismo sexo y parecida edad a efectuar una compra en un supermercado o poner gasolina. Uno de ellos podrá casi con toda seguridad utilizar la tarjeta de crédito del otro siempre y cuando le preste también su carnet de identidad. No hace falta ni siquiera imitar la firma. El empleado verifica generalmente el nombre de la tarjeta con el nombre del carnet de identidad, pasará la tarjeta por el lector y nos la devolverá antes siquiera de que se haya impreso el papel que nos va a poner para firmar. ¿Cómo va a comprobar siquiera un poco por encima la firma si el carnet y la tarjeta de crédito ya están en nuestra cartera?.
No pasan más cosas porque no nos ponemos a ello. Por si acaso, es muy conveniente tener a buen recaudo nuestro DNI y nuestras tarjetas. Y eso que generalmente los llevamos juntos en la misma cartera.
Ya lo he comentado anteriormente en este blog: llevo más de un año y medio sin firmar con mi nombre en los papeles que me presentan con motivo de la utilización de la tarjeta de crédito. No pasa nada. ¿Para qué sirve entonces la firma?

jueves, 19 de marzo de 2009

CARTEROS


Durante toda su vida laboral mi padre fue cartero. Cartero “urbano” le gustaba decir a él. Y además Cartero Mayor, una especie de encargado, creo que sin cobrar más, de organizar el reparto y al resto de sus compañeros. Nunca me había parado a pensar si habría otra clase de carteros, que no fueran urbanos. Se me ocurre que otro tipo pudiera ser “rural” pero no le veo mucho fondo al asunto.
En los veranos, cuando el colegio me dejaba multitud de días libres, le acompañaba en sus repartos y le ayudaba a llevar su pesada cartera llena de cartas y periódicos, principalmente ABC, que pesaban lo suyo.
Existían bastantes diferencias con el reparto tal y como se realiza hoy en día. Los portales de las casas estaban abiertos y no había buzones. Mi padre llevaba consigo, permanentemente colgado al cuello, un silbato metálico con hueso de aceituna, que hacía sonar con un soniquete especial.
Cada cartero había desarrollado el suyo a base de usarlo multitud de veces cada día y durante años. Tras el toque inicial, canturreaba a pleno pulmón los nombres de los vecinos que tenían correspondencia. Otra diferencia es que normalmente siempre había alguien en las casas, principalmente las mujeres, que acudían solícitas a recibir las cartas, postales, paquetes o, las menos de las veces, giros postales. Si alguna vecina no estaba, o bien había dejado encargada a otra que le recogiera sus cartas o ya tradicionalmente se encargaban unas y otras de ayudarse. Había confianza y nadie se molestaba, todo lo contrario, porque temporalmente el cartero entregara la correspondencia a otro. Y había “inviolabilidad de correspondencia” igual que la hay ahora. ¿De verdad que la hay?
En alguna ocasión mi padre llegó a llevar casi medio millón de las antiguas pesetas encima para ir pagando los giros postales. Un día perdió esa cantidad, con lo que tuvo que reponerla de su peculio particular. Sus compañeros organizaron una campaña a nivel nacional y con aportaciones de muchos puntos de España recuperó la cantidad, con un superávit que fue donado al Asilo de Ancianos de la localidad. Yo no sé si hoy día, con el desarrollo de las transacciones electrónicas bancarias, sigue existiendo el giro postal. Probablemente sí, pero muy reducido y para cosas más bien oficiales.
En la actualidad, las cosas han cambiado. Los portales de las viviendas están cerrados a cal y canto. El cartero tiene que ir llamando a los porteros automáticos hasta conseguir que algún vecino que esté en casa, que son los menos, le abra para poder acceder a la ristra de buzones e ir depositando las cartas y avisos en el buzón de cada uno. De todo hay en la viña del señor, hay carteros y carteros. Como ya he comentado con profusión en entradas anteriores en este blog, vivo en una urbanización con varios portales, escaleras y pisos, positivos y negativos que dificultan y añaden complejidad al reparto. Normalmente tenemos una cartera que se conoce los entresijos de la urbanización y coloca en su justo sitio envíos que dejan mucho que desear en cuanto a la exactitud de los datos, pero es porque esta cartera arroja profesionalidad y ganas de hacerlo bien, cuestiones que no tienen y no sé si se le pueden exigir a otros compañeros suyos cuando ella está de vacaciones o es suplida por la razón que sea. En este caso llega el caos, cartas devueltas por direcciones erróneas, cartas encima de los buzones que los vecinos nos encargamos de hacer llegar a otro portal, etc. etc..
Quería acabar esta entrada comentando algunas cosillas que ocurren y que quiero pensar que son producto de la prisa y no de una mala práctica. Una de ellas es el que aún estando en tu casa toda la mañana, al recoger la correspondencia del buzón te encuentres un aviso de certificado o paquete. El cartero debería de haber llamado a tu telefonillo para entregarte el envío en cuestión y recoger tu firma. De lo contrario, te obliga a ir a la Oficina de Correos, personalmente o autorizando a otra persona, con el aviso en cuestión, pero a partir del día siguiente, lo que supone un trastorno y una dilación en recibir algo que quizá estabas esperando con ahínco. No hay vuelta de hoja, hasta el día siguiente no está disponible en la oficina.
Y otra cosa a comentar es producto de una forma de trabajo o de una dejadez, que a mí me pone de los nervios. Y es que en muchas ocasiones no acaban de meter completamente la carta en el buzón, dejando los sobres asomando lo suficiente como para que un vecino o visitante del portal, curioso o malintencionado, se haga con una o varias cartas que no son suyas sin ninguna dificultad. Algunas de esas cartas pueden contener datos sensibles, como por ejemplo voy a mencionar dos: la factura de Timofónica o la comunicación de movimientos bancarios del banco AVBB. Si bien de las facturas han retirado los datos de las cuentas, en la de Timofónica figura con letra y todo el DNI del titular de la línea. En la comunicación del banco figura completa la cuenta. Hoy en día no quiero dar pistas de lo fácil que es, a través de internet, disponiendo de todos los datos de domicilio, número de teléfono, documento nacional de identidad, con letra y todo, y cuenta bancaria hacerse con algo y luego que quién proceda deshaga el entuerto.
No nos damos cuenta de los peligros y los riesgos que vamos asumiendo hasta que los sufrimos nosotros mismos en nuestras propias carnes. Una carta asomando por un buzón es uno de esos peligros.

Teodoro, Agustín, Tomás, Víctor, Mariano y Anastasio

jueves, 12 de marzo de 2009

TREINTA

Anteayer disfruté a la hora de la comida de uno de esos momentos felices que no se producen con toda la frecuencia que debieran. Quizá por eso son más felices, al ser más intensos por estar más distanciados. Fue una comida con antiguos compañeros de trabajo a los que, a pesar de ser compañeros de trabajo durante años, me une una gran amistad. Establecimos hace tiempo una periodicidad bimensual, excepto en el verano, y vaya que vaya lo vamos casi cumpliendo.

Uno de ellos, Manolo, nos comentó a los demás que se había fijado la intención anual de “treinta”, o lo que es lo mismo, “diez+diez+diez”. Aquello de “oír, ver y callar” pero actualizado en positivo a “oír, ver y leer”: oír diez discos de música clásica, ver diez películas y leer diez libros.

Pero no cualesquiera, sino “clásicos”. Habría cada uno que auto definirse lo que entiende por clásicos para confeccionar su lista y ahí surgió la duda, en el caso de la música, si The Beatles o Simon&Garfunkel son igual, más o menos clásicos que Grieg o Mahler.

El fondo de la cuestión no es ese. Esas treinta obras deberían ser escogidas a principios de año y devoradas a lo largo del mismo. Más o menos, quitando las vacaciones estivales supondría ver, oír y leer una obra al mes. Manolo ha confeccionado su lista para el presente año y anda tras la consecución de los objetivos. Como a pesar de que estamos entrados en años nos hemos subido al carro tecnológico, del que intentamos no caernos a pesar de su velocidad de vértigo, ha quedado en enviarnos a los demás un correo electrónico, un e-mail de esos, para informarnos de sus “treinta principales” para este año.

Dado que mencionó algunos de memoria, me quedé con un libro de Gabriel García Márquez titulado “Del Amor y otros Demonios”. He hecho la intención, siempre que me sea posible, de girar una visita diaria a la biblioteca pública, con la intención de dar un vistazo al periódico pero con el trasfondo de que el paseo de ida y vuelta hasta la misma, unos cuarenta minutos, veinte de ida y veinte de vuelta, me sirvan de ejercicio diario. En la visita de ayer miércoles, el citado tomo, aunque es ligerito, se avino a acompañarme de regreso a casa para hacerme compañía unos días, máximo quince si no se prorroga el préstamo, y deleitarme con su lectura.

Me va acompañar pocos días, realmente solo uno, porque ayer mismo por la noche, no menciono a qué hora, finalicé su lectura, con lo que en la prevista visita de hoy a la biblioteca lo devolveré. Supongo que la bibliotecaria al ver que solo lo he tenido un día pensará que no lo he leído.

Un librito fácil de leer, con una historia curiosa pero que me ha planteado serios problemas de entendimiento, de entendimiento del lenguaje me refiero. No sé si es castellano, español…. o colombiano, a tenor de la nacionalidad de su contrastado autor. Algunas, bastantes o pocas, según cada cual, de las palabras que van apareciendo a lo largo de su lectura no sé lo que significan. Lo puedo atisbar aunque en alguna ocasión yo mismo me doy cuenta que intuyo el significado pero no sabría explicarlo si alguien me lo requiriera. Así que ante semejante diatriba, que ya se me ha planteado con algunos otros libros, como por ejemplo “El Hereje” de Miguel Delibes, solo tengo dos posicionamientos: o bien dejo que mi intuición me presente un significado adecuado al contexto donde aparece un determinada palabra o bien me armo de diccionario y voy buscando.

En mi experiencia, leer un libro con un diccionario al lado es muy pesado, así que lo que hago es armarme de lápiz e ir apuntando en las tapas posteriores del libro, que suelen estar en blanco si otro no ha hecho lo que yo con anterioridad, el número de página donde se encuentra cada palabra y la propia palabra que posteriormente intentaré localizar en el diccionario. Y digo bien, localizar, porque no siempre se encuentran. En el caso que nos ocupa, determinados giros serán propios del castellano o español hablado en Colombia y no necesariamente estarán reflejados en el diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua Española, ese que se conoce como DRAE en el argot de internet.

Sería mucho más edificante buscar en el ejemplar de papel pero la tecnología facilita la labor realizando las mismas búsquedas a través de los navegadores de internet. Quiero aprovechar aquí para mencionar una cosa que es obvia, y es que no es necesario saberse el abecedario para consultar el diccionario de forma electrónica. Se “ingresa” la palabra en cuestión, como dirían en otros castellanos o españoles, y el ordenador te devuelve el significado si existe, te hace referencia a un sinónimo más comúnmente empleado o te dice que la palabra buscada no se encuentra. Hago esta salvedad para reclamar la atención de que los padres obliguen a sus hijos en sus primeros escarceos con el diccionario a utilizar el ejemplar en papel, salvo que quieran ver como olvidan, si lo han aprendido, el abecedario.

Aún a riesgo de alargar demasiado esta entrada en el blog, como documentación personal y para satisfacer la curiosidad de algún lector despistado que haya conseguido llegar hasta aquí, consigno a continuación la lista de las setenta y ocho palabras que o bien no conocía o bien me ha apetecido buscar en el diccionario seguidas de su o sus significados en el contexto del libro.
El formato no es muy allá porque no manejo los entresijos del blog como debiera. Las páginas están referidas a la Tercera Edición Barcelona 1994 de Editorial Mondadori

ACETRE
Caldero pequeño en que se lleva el agua bendita para las aspersiones litúrgicas
ACEZAR
Sentir anhelo, deseo vehemente o codicia de algo
ALBAÑALES
Canal o conducto que da salida a las aguas inmundas
ALMOJÁBANA
Torta de queso y harina o Especie de bollo, buñuelo o fruta de sartén, que se hace de masa con manteca, huevo y azúcar.
ARTESA
Cajón cuadrilongo, por lo común de madera, que por sus cuatro lados va angostando hacia el fondo. Sirve para amasar el pan y para otros usos.
ASPERJAR
Hisopear, rociar, esparcir en menudas gotas un líquido
ATANOR
Hornillo del atanor, usado por los alquimistas.
ATESADA
Tirante. “La piel atesada por el salitre”Pág.171”
AVERAGUADO
No encontrada en el diccionario ”Un vestido averuguado y percudido”Pág.80
AZOGADO
Varios significados. Aquí Turbarse y agitarse mucho
BALANDRAN
Prenda tipo túnica muy holgada, utilizada por los ecleciásticos
BALANDRÁN
Vestidura talar ancha y con esclavina que suelen usar los eclesiásticos o reclusos.
BARATERO
Comerciante que suele tratar de engañar.
BASQUIÑA
Saya que usaban las mujeres sobre la ropa para salir a la calle, y que actualmente se utiliza como complemento de algunos trajes regionales
BEQUE
En este libro orinal
BOCARRIBA
No encontrada en el diccionario Licencia del escritor. Dormir boca arriba.
BORBORITABA
Borbotar “La marmita borboritaba a fuego lento …”Pág 177
BREÑA
Tierra quebrada entre peñas y poblada de maleza
CALCAÑAR
Parte posterior de la planta del Pie
CARÁNGANO
Piojo
CARCAVERA
Ramera que ejercía la prostitución en las cárcavas.
CATRE
Cama ligera para una sola persona
CAZABE
Algún tipo de bebida
COCOTÓLOGA
No encontrada en el diccionario ·”Ella, cocotóloga insigne, le mandaba mensajes en palomitas de papel”Pág.50
COMEJÉN
Especies de termitas en America del Sur
CORDOBÁN
Piel curtida de cabra
CORDOBANA
En cueros. Andar a la cordobana.
COSITEO
No encontrada en el diccionario . “Cositeo del comején en el artesonado”Pág.170
CUMBIAMBA
Danza popular de Colombia y Panamá, una de cuyas figuras se caracteriza por llevar los danzantes una vela encendida en la mano
DESTAZAR
Hacer piezas o pedazos
ÉGLOGA
Composición poética de género bucólico, generalmente sobre pastores.
ENDIJA
“hendija” Hendidura, generalmente pequeña.
ENDRIAGO
Monstruo fabuloso, con facciones humanas y miembros de varias fieras
ENSOPADA
Empapada
ERGÁSTULAS
Lugar en que vivían hacinados los trabajadores esclavos o en que se encerraba a los esclavos sujetos a condena.
ESTAMEÑA
Tejido de lana, sencillo y ordinario, que tiene la urdimbre y la trama de estambre.
FIEMO
Estiércol
FLORESTA
Terreno frondoso y ameno poblado de árboles
FRAGOROSO
Estrepitoso, estruendoso
FRICAR
Frotar, refregar
GALPÓN
Departamento destinado a los esclavos en las haciendas de Ámerica
HEDENTINA
Olor malo y penetrante, hediondo.
HICOS
Cada una de las cuerdas que sostienen la hamaca.
HISOPO
Utensilio usado en las iglesias para esparcir agua bendita. En Colombia, escobilla usada para pintar o encalar las paredes.
HORCÓN
Horca grande de los labradores. En Colombia, Madero vertical que en las casas rústicas sirve, a modo de columna, para sostener las vigas o los aleros del tejado.
JÍCARA
Vasija pequeña de loza o de madera.
LAMPAZO
Pipo de tela de lana.
LÁUDANO
Extracto de opio, Preparación compuesta de vino blanco, opio, azafrán y otras sustancias.
LAVAZAS
Agua sucia o mezclada con las impurezas de lo que se lavó con ella
LAYA
Calidad especie o clase. “Negros de toda laya”Pág.133
LUIDOS
No encontrada en el diccionario ”Luidos por el jabón”Pág.73
MACILENTO
Flaco y descolorido
MALATOS
No encontrada en el diccionario. “Malbaratarlo fricando malatos” Pág. 158.
MALBARATAR
Vender la hacienda a bajo precio
MANAJÚ
No encontrada en el diccionario “Emplasto de manajú”Pág.46
MANGLARES
Terreno que en la zona tropical cubren de agua las grandes mareas, lleno de esteros que lo cortan formando muchas islas bajas, donde crecen los árboles que viven en el agua salada
MARITORNES
Moza de servicio, ordinaria, fea y hombruna
MONTARAZ
Genio y propiedades agrestes, groseras y feroces. De andar por los montes.
MÚCURAS
Ánfora de barro que se usa para conservar el agua o monedas..
NIGROMANTE
Magia negra que pretende adivinar el futuro preguntando a los muertos.
PASAMANOS
Género de galón o trencilla, cordones, borlas, flecos y demás adornos de oro, plata, seda, algodón o lana, que se hace y sirve para guarnecer y adornar los vestidos y otras cosas.
PERCUDIDO
Penetrado por la suciedad.
REMIENDAVIRGOS
No encontrada en el diccionario
RÍSPIDAS
Ásperas, violentas, intratables.
SALTABANCO
Vendedor o artista ambulante
SILENTE
Silencioso, tranquilo, sosegado.
TALABARTERO
Guarnicionero que hace talabartes y otros correajes. Talabarte, Pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable
TANTALEANDO
No encontrada en el diccionario “Tantaleando en el tremedal de la memoria”Pág.180
TARABILLA
Soltar a alguien la tarabilla Hablarle mucho y muy deprisa
TIORBA
Instrumento musical semejante al laúd, pero algo mayor, con dos mangos y con ocho cuerdas más para los bajos.
TOTUMOS
No encontrada en el diccionario “Los totumos de un pozo”Pág.181
TRÁPALOS
No encontrada en el diccionario
TREMEDAL
Terreno pantanoso, abundante en turba, cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él.
TUNDIRLE
Cortar o igualar con tijera los pelos, o Castigar con golpes y azotes.
VENTURO
Que ha de venir o suceder
VULNERARIA
Dicho de un remedio o de una medicina: Que cura las llagas y heridas
YERMO
Terreno inhabitado o incultivado.
ZURULLOS
Pedazo rollizo de materia blanda o porción compacta de excremento humano

domingo, 8 de marzo de 2009

PRECIOS-2


No sé si le ocurrirá a todo el mundo igual, o solo a algunos pocos, pero a mí algunas veces me ocurre, y es la tendencia a pensar que los objetos de consumo comprados en grandes almacenes o grandes superficies tienen un coste inferior al que presenta el mismo artículo en la tienda del barrio, la de toda la vida. También podemos caer en el error de pensar que un artículo comprado a través de internet, por el ahorro de costes y todo eso, es más barato. Ambos conceptos suelen resultar erróneos con demasiada frecuencia.
Por suerte, internet pone al alcance de quién se moleste un poco en hurgar en sus entresijos, un mundo de posibilidades a la hora de disponer información desde el sillón de su casa. Esa información es relativa no solo a los precios, sino a las características y prestaciones de los productos, comparativas, comercios donde disponen de ellos, con sus teléfonos y direcciones, y un sinfín de datos que podemos manejar a la hora de decidir nuestra compra. Bien es verdad que tanto dato puede llegar a marear y en lugar de facilitarnos la labor de tomar una decisión, la complica. Pero la información está ahí y podemos usarla y manejarla a nuestro antojo.
No hay nada como un par de ejemplos para ilustrar esto. Hace unos días necesitaba un disco duro para sacar copia de la cantidad ingente de datos que voy albergando en mi ordenador. Antes de tomar una decisión, decidí hacer una investigación para obtener información acerca de tamaños, modelos, prestaciones, opiniones de los usuarios, averías, servicio técnico, etc. etc. Tras investigar, me decidí por un disco duro marca Western Digital, de 1 Terabyte. Los precios rondaban los 130 euros en la mayoría de los comercios. Pregunté en la tienda del barrio y se disparaba, además de no tenerlo disponible y tenerlo que encargar. Como no me importa hacer propaganda gratuita, vi que en la FNAC tenían una oferta en la que el disco costaba 119 euros. Con estas, me dirigí allí para proceder a su adquisición. Mi sorpresa fue grande cuando el precio que rezaba en las estanterías era de 129 euros, igual que en todos los demás sitios. Pregunté a uno de los empleados y me dijo que el precio que se anuncia por internet es para las compras realizadas directamente por ese medio, que en la tienda esos precios no valían y que el de ese disco eran 129 euros.
Parece que no me quedaba más remedio que “invertir” los 129 euros a tenor de los precios en otras tiendas. Lo más cómodo hubiera sido adquirirlo allí mismo, pero uno tiene su corazoncito y en el fondo me rebelaba contra haberme dejado engañar por el precio en la web. Total que decidí castigar un poquito a la FNAC, cruzar la calle y comprar el disco en El Corte Inglés. Me costó lo mismo pero me fui con el sabor de ese pequeño castigo por la publicidad en internet de la FNAC sin especificar claramente las cosas.
Pero insisto en lo del encabezamiento: ojo con los precios en las grandes superficies. Como me han acabado recientemente de pintar la casa, necesitaba una docena de unos protectores de metacrilato, feos como demonios pero prácticos si hay niños o mayores con poco cuidado, que se colocan alrededor de los pulsadores de las llaves de la luz para evitar manchar las paredes con los dedos sucios cuando no se atina a la primera. Me dirigí al conocido Leroy Merlin, donde tuve la suerte de que estaban agotados. Luego verán porqué digo suerte. Pude ver el precio de cada uno de ellos establecido en 5,40 euros. ¡Ni que fueran de oro transparente! Cuando volvía a casa, con las manos vacías, pasé a preguntar por la tienda del barrio, esa que tienen un poco de todo y me lleve una sorpresa de campeonato: el mismo objeto estaba al precio de 2,50 euros, menos de la mitad. De un plumazo me había ahorrado cerca de treinta euros en la compra que iba a hacer.
Así pues, ojo a esas creencias que tenemos por ahí dentro que nos llevan a tomar decisiones equivocadas, partiendo de bases que no son correctas y que hemos alojado en nuestro cerebro, sin tener mucho cuidado a la hora de darlas por buenas. Eso por un lado y por otro, pensemos que el tendero del barrio probablemente nos pueda aconsejar más y mejor que el dependiente del gran almacén, donde, salvo honrosas excepciones, cambian de ellos como de camisa y probablemente el que esté atendiendo de cosas de la luz sepa de pintura y el de pintura de jardinería. Los tiempos modernos traen estas cosas, pero seguro que el fontanero que despacha y aconseja en la tienda del barrio, y que lleva un porrón de años detrás de su propio negocio, entiende muy mucho de lo que se trae entre manos. En otra ocasión les contaré un hecho que me ocurrió, no con el fontanero, sino con su mujer que estaba atendiendo porque el había tenido que salir.

domingo, 1 de marzo de 2009

LORTAD-2


Las modas van y vienen, sufren sus ciclos. Hace años se utilizaba el envío masivo de correspondencia con propaganda de forma directa al domicilio particular de las personas para convencerles de las bondades de unas ofertas acerca de artículos de consumo que probablemente no necesitaban o ni siquiera eran de su interés. Como ya he comentado en otra entrada anterior, existían empresas que se dedicaban a la caza de direcciones y datos particulares para ofrecérselos en forma de etiquetas autoadhesivas para las campañas de propaganda.

Aquello cesó casi por completo pues otros medios vinieron a sustituir una forma de publicidad que tenía poco eco, algún coste y problemas de dirigir a las personas diana adecuadas. Pero hay ciclos y la moda parece que vuelve, eso sí, con menor virulencia.

Recibo en el buzón de mi casa una carta extraña, de esas de sobre de ventanilla bajo la cual se puede leer mi dirección perfectamente escrita, por ordenador claro. Hoy todo se hace por y solo por ordenador. Un rápido vistazo al remite, donde figura “Grupo T.H. 2000 S.L. en un apartado postal me hace ver que es una carta “no deseada” ni “esperada”. Habría que ver si existe siquiera esa persona jurídica, pero no es ese el caso. Por la dirección que figura conozco de donde ha sido cedida mi dirección a esta empresa, aunque en letra muy pequeña, casi ilegible, se esfuerzan por comunicarme que “procede de fuentes accesibles al público” y me indica el nombre de otra empresa, con su dirección y teléfono donde puedo ejercer mi derecho a que sea retirada mi dirección.

Sin mucha confianza en la existencia de la empresa, adoptando mecanismos de ocultación de mi número de teléfono marcando “067” por delante, llamo y ejerzo mi derecho de que no se utilice más mi dirección. La señorita que me responde me asegura que me da de baja en ese mismo momento pero que es posible que haya otras campañas en marcha e incluso que otras empresas hayan tomado mi dirección. Pues si que estamos bien, solo me queda el recurso del pataleo.

La carta no tiene desperdicio. La empresa que figura en el logotipo de la carta no es la misma que rezaba en el remite: otro nombre raro con un aditamento que dice “Menaje & Diseño” . Empieza dirigiéndose a mí como “Estimado Cliente Amigo”. Que yo recuerde nunca he sido cliente de una empresa desconocida que me manda cartas bajo un remite desconocido y mucho menos voy a poder ser amigo suyo.

Continua con un “Usted ya conoce la calidad y prestigio de nuestra empresa”. Supongo que para la generalidad de la gente esto puede suponer un halago indirecto pero a mí se me pone una cara de haba que para qué: No les conozco de nada, ni por estos mecanismos que emplean me parece que vayan a poder tener calidad y prestigio. El siguiente párrafo no tiene desperdicio: “Hace unos meses que con el motivo de nuestro 48 aniversario estuvimos en Madrid, entregando unos premios a nuestros mejores clientes, entre los premiados se encontraba Vd. que por la razón que sea no acudió a recoger su premio”. Impresionante, una empresa de solvencia y prestigio conocido, con una antigüedad de cerca de cincuenta años que me regaló hace meses algo que yo no acudí a recoger. Empresa buena, prestigiosa y conocida, yo malo.

Me instan a pasar de nuevo a recoger mi regalo, un estupendo cepillo de vapor que, como no podía ser de otra manera, “es anunciado en TV” o un robot de cocina con cinco funciones “también anunciado en TV” y que hace de todo, incluida la función de “esprimir”, cito textualmente esta falta de ortografía que no es la única.

Ojo, este regalo que me ha correspondido por ser un cliente y amigo me lo entregaran al finalizar el acto al que me convocan donde tengo que acudir como requisito indispensable “en compañía de mi pareja y con mi documento nacional de identidad”. Supongo que “pareja” será un concepto global para designar que vaya con otra persona, sea mujer, novia o novio, amiga, etc. De paso me ofrecen hacer extensivo el regalo que me van a dar a mí si me hago acompañar por un “MATRIMONIO AMIGO de mi misma edad”. Aquí lo de pareja ya no vale, tiene que ser matrimonio y de mi misma edad.

Lo demás es lo de siempre, un hotel, unos horarios de pase de sesiones y a presionar a los asistentes para que compren algo que seguramente no les interesaba antes de entrar a la reunión, que cuesta una “pasta gansa” y que ellos ya se encargan de tramitar el préstamo en el banco o entidad financiera para que se haga todo en el momento, con la anuencia y firma de la “pareja” para que no haya después discusiones y también para que el asistente no argumente su negativa diciendo “lo tengo que consultar con mi pareja o “parejo”.

Me ponen triste estas cosas. Seguramente muchos incautos acompañados de sus parejas de hecho o de derecho acudirán a este tipo de eventos sin saber a lo que van, solo por un regalo que antiguamente si que es verdad que daban y era bueno pero que ahora en la mayoría de las ocasiones o es una castaña pilonga o para conseguirlo tienes que hacer muchas más cosas que asistir y tragarte la charla.

Recomiendo muy encarecidamente a todo el mundo asistir a tres o cuatro de estos eventos, pero con la mente y la determinación bien clara de que, oigamos lo que oigamos, no vamos a tomar ninguna decisión en el acto. Aunque nos regalen duros a pesetas. El truco está en la inmediatez, el acoso y la presión para tomar una decisión grave, sobre todo costosa, en un ambiente que no es el nuestro, bajo una presión de grupos de personas a las que no conocemos y que entran al trapo como los toros de lidia, sin pensar.

Yo he asistido a varios de estos eventos, para conocer como son. Como de antemano sabía a lo que iba hasta me he divertido al ver las formas y los trucos que se emplean. Otro día les contaré con pelos y señales uno de ellos y como al final el regalo no fue tal, era como un dardo envenenado que acabó en la papelera enfrente justo de la puerta de salida.

lunes, 23 de febrero de 2009

23-F

No es una fecha redonda, ni cuadrada. Pero ya me parece que todos los años cuando llega esta fecha, los medios de comunicación nos recuerdan los años que hace que ocurrió “aquello”. Incluso este año una serie de televisión ha rememorado en dos capítulos, con gran acierto, los hechos acaecidos hace veintiocho años.

Yo debí ser uno de los pocos españoles que no enteró del 23-F hasta el día siguiente cuando prácticamente todo se había acabado. En estos acontecimientos especiales, la memoria graba lo que estaba haciendo uno con todo lujo de detalles.

Tenía por aquellas fechas un amigo, Paco, soltero, que residía con sus padres pero que tenía, cono inversión, un pisito de soltero. Y le tenía como inversión porque no le recuerdo como aventurero en otros temas, no seamos malpensados. Era, y es, una persona culta, de muy agradable conversación y que entre otras tenía la afición de tocar el órgano. El órgano de iglesia. Por aquellas fechas se había comprado uno, electrónico en cuanto al sonido pero real en cuanto a la apariencia, de un tamaño tremendo, con teclas de pedal y al menos tres pisos de teclas de mano que yo recuerde. Lo había instalado en el salón de ese pisito de soltero y precisamente aquel 23-F nos invitó a mi mujer y a mí a su casa a ver su adquisición, oírlo, merendar y pasar la tarde.

Ambos salíamos de nuestros trabajos a las tres de la tarde, por lo que recuerdo dejarnos caer por allí antes de las cinco. Nos metimos allí los tres y toca que te toca, el órgano, charla que te charla, cervecita tras cervecita, una tentempié que había preparado, nos dieron la una y media de la madrugada.

Nosotros a lo nuestro, totalmente ajenos a lo que se estaba cociendo en las calles de Madrid, en el Congreso, en el palacio de la Zarzuela y en algunas ciudades de España: la intentona de golpe de estado por unos cuantos militares y guardia civiles, que a Dios gracias fue un fracaso. Nos perdimos la noche de los transistores, el mensaje en directo del Rey, nos perdimos todo. Instantes tan especiales e irrepetibles, tan sonados y de tanta importancia nos fueron ajenos de una forma que casi podríamos calificar hoy en la distancia como grotesca.

Al día siguiente, o mejor dentro e unas pocas horas, me tenía que desplazar a Madrid a mi trabajo en tren. Acostumbraba a llegar al tren pronto, en una estación de origen, sentarme en el sitio de siempre y enfrascarme con mi libro o mis lecturas. Si que noté que la afluencia de viajeros en las estaciones era menor, que la gente iba más en silencio que otros días pero, yo a lo mío, mi lectura. Al salir del tren en la estación de Recoletos de Madrid para iniciar mi diario caminar hacia mi trabajo cercano a la Puerta del Sol observé menos gente, menos circulación, pero no recuerdo haber visto nada especial al pasar caminando por delante del Ministerio de Defensa en la plaza de Cibeles.

AL llegar a mi trabajo, ya tuve a quién preguntar: al vigilante de seguridad que custodiaba la entrada de empleados por un anexo. Me informó de todo lo que había ocurrido, yo me quedé de piedra y el más cuando le conté que no sabía nada y como habían transcurrido para mí las horas de la tarde y noche anterior cuando todo el mundo estaba soliviantado, unos asustados, otros temerosos y todos cuando menos preocupados por el desarrollo de los acontecimientos, aunque cuando yo me enteré, hacia las ocho de la mañana del 24-F todo estaba ya casi acabado y había quedado en una intentona.

Mi amigo Paco, según me contó al día siguiente, si que se enteró a las dos de la mañana, cuando llegó a dormir a casa de sus padres y estaban todos ante la radio y la televisión ávidos de noticias. Me confesó que estuvo a punto de llamarme por teléfono pero pensó que era muy tarde y que me habría enterado, no sé, por la radio del coche en el trayecto a casa o de alguna otra forma.

Pero no, el 23-F fue para mí un acontecimiento que falta en mi recuerdo. Todos los años, cuando se habla de él me viene a la memoria como lo víví, o mejor dicho, como no lo viví.

miércoles, 18 de febrero de 2009

LORTAD-1


Hace ya algunos años, un amigo que se dedicaba a asuntos de informática tuvo un grave problema con la Administración. Aunque la cosa no trascendió mucho, se dedicaba a capturar por todas las partes donde podía direcciones y datos personales en orden a formar una base de datos con mucha información que servía a diferentes empresas para sus objetivos de marketing y publicidad. Cuantos más datos capturase en sus ficheros, mejor abanico de posibilidades de filtrado y personalización podía ofrecer a las empresas.
No sé en que quedó todo aquello pero poco después vio la luz la LORTAD, o lo que es lo mismo, una “Ley Orgánica de Regulación del Tratamiento Automatizado de Datos Personales”, donde se fijan una serie de normas muy estrictas, y de “obligado” cumplimiento, a observar escrupulosamente por las empresas a la hora de manejar ficheros informatizados en los que se alojen datos personales.
Corría Diciembre de 1999 e internet no había alcanzando el tremendo desarrollo y la profunda penetración que tiene hoy en día. El tratamiento de grandes volúmenes de información estaba vedado a ordenadores profesionales de los que solo disponían poco más de un centenar de empresas en España. Hoy en día, dada la potencia de los ordenadores personales, unida a la gran capacidad de los discos duros y memorias portátiles, el acumular información de todo tipo, cual síndrome de Diógenes juvenil, es un deporte nacional, aunque se observe rigurosa y escrupulosamente la anteriormente mencionada Ley.
El caso es que las direcciones personales siguen circulando por doquier. Lo único que ahora tienen cuidado las empresas, algunas de ellas, de informarte que debes tú mandar una carta si quieres ejecutar el derecho de que tus datos no sean utilizados, o cedidos a empresas del grupo, con fines comerciales u otros. Eso además de datos que son públicos salvo que te esfuerces mucho en conseguir lo contrario, como por ejemplo el figurar en una guía telefónica.
De todas maneras, por mucho empeño que pongan en confundirnos, algunas veces los datos se sacan “por detrás”. Desde hace tiempo vengo utilizando un apartado de correos para facilitar mi dirección y que toda la correspondencia, y la propaganda que me llega, vaya a él. Sin embargo, ciertas empresas, como las de agua, electricidad, telefonía y demás, exigen y hacen constar en sus ficheros la dirección del domicilio real para el que se solicitan los servicios. Otras, nunca acierto a saber porqué, no aceptan un apartado de correos como dirección postal. ¡Que más postal que un Apartado de Correos¡Como mucho te exigen el efectivo y te dejan dar otro para envíos de correspondencia, pero no todas.
Ya desde hace años, cuando me solicitan mi domicilio introduzco en él alguna variación que no parezca significativa de forma que ninguna de estas empresas tengan EXACTAMENTE mi mismo domicilio particular. Lo mismo hago con el apartado, añadiendo ceros por delante de la numeración o poniendo por detrás algún comentario o sigla que me permita identificar de forma clara la empresa de procedencia de esa dirección. Así, aunque es lo mismo desde el punto de vista del cartero vivir en el piso 2-I que en el 02-IZ, 2-izda, Escalera-1 2 I o Portal-1 2ª-izda cuando solo hay una escalera y un portal, no es lo mismo a la hora de “cazar” a la empresa que ha cedido, por lo general de forma no autorizada, tus datos a otros que se dedican a realizar “labores de información y personalización”, cito textualmente aunque he necesitado una lupa para leerlo, para campañas de publicidad propias o de otros.
Y es que es muy curioso, o por lo menos a mí se me antoja así. Un ejemplo real de los muchos que podemos encontrar a poco que nos fijemos un poco. Un autobús aparcado en una céntrica calle donde hacen revisiones gratuitas de la vista promovido por la Concejalía de Salud. Según entras, lo primero de todo, ordenador portátil, te solicitan todos tus datos personales y alguno más: Nombre, domicilio, localidad, provincia, documento nacional de identidad, teléfonos fijo y móvil y no te piden más porque “cantaría” la cosa. Cuando les dices que para que quieren todos esos datos te argumentan que es que se los pide el ordenador. Debe ser una máquina con vida propia que pide cosas y que si no se las das no puede seguir.
Pues contra el vicio de pedir, la virtud de no dar. No sé cuantas direcciones me habré inventado, de no sé cuantos pueblos y provincias, teléfonos que no existen o que si existen pido perdón a sus propietarios porque son absolutamente inventados. Pero, ojo, el documento nacional de identidad es un problema: la letrita que lo acompaña es un código de seguridad formado al aplicar unas reglas matemáticas al número real. Por ello, si te inventas un dni pero la letra no es correcta, la aplicación informática salta y te dice que el dni no es válido: te han pillado. Por ello, además del propio, hay que aprenderse dos o tres más “de pega” para facilitar a los que preguntan datos sin ton ni son. Uno por ejemplo muy majo es el 123.456 o el 50.246.135 y parecidos, fáciles de memorizar. Podemos jugar a divertirnos y facilitar como dni el 55.555.555 y aguantar la broma que seguro se produce del “tecleador o tecleadora de los datos”. El problema es que nos pida que se lo mostremos.
La pregunta que viene ahora es…… ¿Qué letra corresponde a esos dni’s de pega?
Como de este asunto hay más, como en las series de televisión…… Continuará en el próximo capítulo.

domingo, 15 de febrero de 2009

Z


Si bien nuestro alfabeto se compone de veintiocho letras, no todas tienen el mismo peso y la misma magia en el lenguaje. Bastaría con poner en un diccionario de la Real Academia en papel esos post-it de colorines en la primara página de cada una de las letras para darnos cuenta de que los grosores serían diferentes. Esto en cuanto a la letra por la que comienzan las palabras de las que disponemos para dirigirnos a nuestros semejantes. Ahora que todo está informatizado, y a lo mejor ya existe, sería una buena manera de perder o emplear el tiempo el indagar y hacer una estadística con el número de palabras oficiales, el número de letras de cada una, acentos, posiciones de los acentos, letra más usada, letra menos usada, letra que más veces aparece al final de las palabras ….. Reuniendo los datos podríamos imaginarnos un montón de estadísticas, meras curiosidades, como una forma amena de pasar el rato.
Hace tiempo hice algo parecido con los nombres propios. No fue un juego sino que estuvo enmarcado en un proyecto para “numerizar” el nombre de las personas, con un doble fin: ahorrar espacio en los ficheros informáticos y evitar errores en los nombres. Así, si por ejemplo asignamos la clave 257 al nombre “Juan”, la clave 3 al apellido “Gómez” y la clave 75 a un segundo apellido como “Balmaseda”, la codificación de un supuesto Juan Gómez Balmaseda sería 257-3-75, con lo que con ocho posiciones, en este caso, tendríamos suficiente para almacenar un dato que de otra forma hubiera necesitado 20 posiciones. Los número se podían pasar a otro tipo de base, como por ejemplo la binaria, donde en las posiciones que ocupan dos letras podríamos especificar una numeración del 0 al 65535 con lo que ocuparían todavía menos. Una ventaja adicional es, como digo, que nunca aparecería el nombre equivocado una vez traducido de su clave numérica a la alfabética.
Porque claro, no es lo mismo a nivel de apellido “Balmaseda” que “Valmaseda” al igual que no es lo mismo “Ayuso” que “Alluso”, “Giménez” que “Jiménez” u “Hontoria” que “Ontoria”, por poner algunos ejemplos. Al parecer hay una cierta libertad a la hora de lidiar con los apellidos, sin una ortografía clara y que puede ser manejada con más o menos licencia por sus portadores. Evidentemente, la codificación de la clave 75 para “Balmaseda” no nos serviría” para “Valmaseda”, que es otro apellido distinto, pero con ello lograríamos que a cada “?almaseda” le llegara su nombre bien escrito, siempre y sin errores.
Aquello no llegó a su término porque era un proyecto que iniciamos entre dos personas como una forma de mejorar la cosas, pero sin que nadie nos lo demandase, me refiero a nuestros jefes, responsables, encargados, superiores o como se de en llamar ahora. Para mí siempre ha sido el jefe, palabra clara y económica que indica sin lugar a dudas de quién se trata: “Superior o cabeza de una corporación, partido u oficio”.
Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Yo quería hablar aquí de una de las letras con menos páginas en el diccionario, aunque no la que menos. Además tiene el dudoso honor de ser la última. La “Z”. Y para acotar un poco me voy a ocupar de las pocas palabras, o no tan pocas, que empiezan por “ZE”, apenas una docena. El propio nombre de la letra “zeta” puede escribirse o decirse también como “zeda”.
Algunas de las palabras de las que vamos a hablar y que comienzan por “ze” pueden usarse alternativamente empezando por “z” o por “c”, como por ejemplo zebra, zedilla o zenit que podrían ser cebra, cedilla o cenit. Esto en cuanto a la escritura, ya que la pronunciación es muy parecida salvo que exagerásemos de forma casi artificial el sonido diferente de una “z” o una “c”.
El resto están condenadas a ubicarse en las últimas páginas del diccionario. No son muchas, pero esto según donde se mire como mencionaré al final. Las relaciono con una breve explicación de su significado:
- ZÉJEL Composición estrófica de métrica española …
- ZELANDÉS De una provincia de los Países Bajos
- ZENDAL Individuo indígena mejicano del estado de Chiapas.
- ZENDO Idioma indoeuropeo antiguamente usado en Persia.
- ZENDAVESTA Libros sagrados de los Persas, doctrinas de Zoroastro.
- ZEPELÍN Globo dirigible
- ZEUGMA Figura de construcción literaria.
Según esto, que puede estar equivocado pues los diccionarios, incluso el de la Real Academia, cambian que es una barbaridad, solo once palabras comienzan por “ze”. Pero como he atisbado antes, existen otras posibilidades. Accedí a un diccionario antiguo, el primero que tuve en mis estudios, Diccionario Ilustrado de la Lengua Española ARISTOS, editado en 1964 por la editorial Ramón Sopena, en Barcelona. Y con gran sorpresa, me encuentro en él unas cuantas palabras de las que no habla nada el diccionario oficial, tales como zea, zeismo, zenzalino, zénzalo, zeóscopo y zezeta, con sus correspondientes explicaciones y significados. Alguna de ellas, como “zénzalo” no se puede escribir con “z” sino con “c”, es decir, “cénzalo” y otras no aparecen.
Pero esto es el mundo de nunca acabar. En otro diccionario aparecen nuevas palabras no comentadas hasta ahora. Una de ellas descriptiva de otro simpático animalito, el “zebú” que no se puede escribir con “z” siendo su correcta ortografía “cebú” y otra como “zenobio” cuya correcta ortografía es “cenobio” para referirnos a un monasterio.
Eso sí, comenzando por “ze”, nombres geográficos, de personas e incluso de dioses hay algunos. Nos encomendaremos al dios Zeus para que nos arroje luz sobre las palabras de la lengua española que comienzan por las dos mismas letras que su divino nombre.

sábado, 7 de febrero de 2009

POWERPOINT


Aunque inglesa, es difícil que alguien no conozca el significado de esta palabreja. Por si acaso, aclararé brevemente que es el nombre de un conocido programa informático que se utiliza con profusión para preparar presentaciones de “diapositivas” para mostrar a una audiencia o bien ser enviadas por correo electrónico “urbi et orbe”. Lo de diapositivas es una reminiscencia del pasado, cuando se utilizaban en verdad diapositivas fotográficas.
De forma casi generalizada, en las salas de reuniones o de conferencias, los auditorios, incluso pequeñas salas de cine o en el propio salón familiar, se dispone de un cañón o proyector al que podemos conectar un ordenador, generalmente portátil, y proyectar a un tamaño grande y con bastante calidad no solo presentaciones sino incluso películas. De hecho las presentaciones realizadas con esta herramienta informática pueden llegar a alcanzar una alta calidad, al permitir incorporar en las mismas toda una pléyade de colores, fotografías, tipos de letra, música e incluso fragmentos de películas. Un mundo de posibilidades que se abre al alcance de quién haya querido dedicar su tiempo y su esfuerzo a aprender a manejar este programa que, queramos o no, forma parte de nuestras vidas.
Esta semana he asistido a unas interesantísimas jornadas tituladas “La Inteligencia Emocional en el ámbito de la Salud”. Es de agradecer a la Mutua Madrileña Automovilista a través de su Fundación Médica la organización de estas jornadas y la cesión de sus magníficas instalaciones en su sede central el Paseo de la Castellana de Madrid para acogernos a todos, conferenciantes y asistentes, de una forma casi increíble si tenemos en cuenta los tiempos de crisis en los que vamos navegando como podemos.
Entre ponentes y moderadores, una treintena de profesores de universidades, españolas y del extranjero, directores de revistas, “coachers”, catedráticos de instituto y hombres y mujeres de empresa nos han transmitido sus valiosos y actualizados conocimientos sobre la materia….. sustentados en vistosas y atrayentes presentaciones realizadas con, claro está, powerpoint o alguna otra herramienta similar, que también existen. Aunque no todos, como luego comentaré.
De una manera simplista, podemos dividir una comunicación de este tipo en continente y contenido. Lo más importante, desde mi modesto punto de vista, es el contenido pero qué duda cabe que el continente, con sus colores, sus tipos de letra, sus animaciones, sus fotografías o su música también ayuda. ¿Ayuda o distrae? Algunas veces también distrae. Por experiencia propia, yo también hago presentaciones y utilizo esta herramienta, con independencia del tema que vas a comunicar, siendo harto difícil establecer un diseño sobre el que plasmar nuestras ideas.
En unas jornadas de este tipo se pueden ver como los ponentes eligen y muestran sus preferencias en el continente. Desde un fondo obscuro neutro con letras en blanco, pasando por tonos suaves con juegos de letras normales, hasta animaciones agresivas de letras que aparecen de la nada dando vueltas sobre fondos degradados con fotografías de un bosque o jardín, todo puede ser utilizado para comunicar una idea. Aunque no nos demos cuenta, este tipo de cosas influyen, en forma de atracción o rechazo, en la atención que dispensamos a la conferencia. Siempre además se pueden sacar ideas acerca de lo que nos resulta interesante para nuestras propias colecciones de diapositivas a realizar en el futuro, pues una muestra vista de casi una treintena en dos días da para escoger.
Lo que me viene resultando curioso en este tipo de eventos apoyados en esta tecnología es la actitud del público asistente. Me gustaría saber que pasa por la cabeza de los ponentes cuando captan, seguro que lo hacen a pesar de su más que seguro estado de nervios y activación emocional, determinadas actitudes en las personas que atienden su charla y que son cada vez más frecuentes. Algunas de ellas son charlar con el compañero de forma insistente, mandar o recibir mensajes por el móvil, atender incluso llamadas por el móvil con la consiguiente molestia para los oyentes que están alrededor, entrar y salir de la sala, molestando y distrayendo a toda la fila de butacas o, no se trata de ser exhaustivo, una última actitud que prolifera: tomar fotografías con cámaras digitales de lo que se está proyectando en pantalla. ¿Recuerdan la imagen tópica del japonés con una cámara de vídeo pegada permanentemente a su ojo y que va de vacaciones viendo el mundo a través de la cámara? Pues algo similar es lo que ocurre. Pero hay un agravante: gran parte de las personas que realizan estas conductas no se toman la molestia de quitar el flash a las cámaras, con lo que el ponente y el resto de los oyentes nos vemos fusilados de forma continua y reiterativa por fogonazos de luz que molestan y distraen. Lo que es peor, los autores de semejantes atentados solo quieren llevarse todo, fusilarlo, y en lugar de tomar sus apuntes de forma silenciosa, como hacemos los demás, se dedican a molestar y no atender de forma activa lo que se está diciendo. Llegarán a casa, guardarán las fotos en el disco duro del ordenador, quizá algún día las revisen, pero muy probablemente no se habrán enterado de nada.
Gracias a Dios, tres de los ponentes no han utilizado powerpoint. Lo han hecho a la antigua usanza, supongo que algunas notas en papel con el hilo conductor y a comunicar lo que se quiere comunicar. Y como solo son tres, aquí los cito en justo reconocimiento a su valentía de conferenciar “a pelo”: Jose Antonio Marina, Alfredo Fierro y Margie Igoa. Los de las cámaras se han quedado compuestos y sin objetivo que retratar, con lo que posiblemente no les haya quedado otro remedio que prestar atención a lo que se estaba diciendo y les habrá aprovechado en buena medida el asunto comunicado, que ha sido altamente interesante y atrayente en los tres casos. Aunque siendo malpensado, quizá llevaran en el bolsillo de su chaqueta o camisa un dispositivo de grabación para grabar lo que se está diciendo.
Vivimos en la cultura del “copia” y “pega”. La ley del mínimo esfuerzo: me llevo todo lo que se dice y se proyecta y ya dispongo de una información que no me ha costado nada elaborar pero que ha supuesto arduo esfuerzo al ponente.
¿Se imaginan un teatro o cine en el que el público asistente esté continuamente tomando fotografías con flash de lo que sucede en el escenario o pantalla?
¿Por qué aquí tenemos que soportar esos fogonazos que distraen al ponente y a los que le queremos escuchar?