Buscar este blog

lunes, 26 de septiembre de 2016

CASCARRABIAR




Con cierta periodicidad los señores académicos de la lengua añaden palabras al diccionario, bendiciéndolas de alguna manera y admitiéndolas como correctas para su uso. Normalmente se trata de vocablos que ya se vienen utilizando con anterioridad y que a fuerza de calar en el lenguaje de los hispanohablantes acaban por «forzar» su inclusión. Bien es verdad que algunas tienen ligeras diferencias entre la que uno conoce y la que finalmente se incluye. Pongo el ejemplo de archiperre que yo siempre he conocido como «achiperre» —sin la erre— o procrastinar que siempre había oído y pronunciado como «procastinar» —también sin la letra erre—. Ambas han aparecido en varias entradas de este blog que pueden consultarse utilizando el buscador.

La palabra que da título a esta entrada no existe… todavía, aunque sería fácil deducir su significado por el parecido con la palabra de la que procede, esto es, cascarrabias, que el diccionario define como «persona que fácilmente se enoja, riñe o muestra enfado». «Cascarrabiar» podría ser definida como las acciones que realizan los cascarrabias cuando se enojan, enfadan o riñen a otros.

Se preguntará el lector a que viene todo esto. En diversas actividades en las que ando inmerso trato de buscar algún vocablo, unitario y lo más corto posible, que las defina, de forma que siempre sea fácil referirse a ellas y por extensión a sus componentes en los diversos medios electrónicos que ahora frecuentamos, a saber, wasap, Twitter, Facebook, E-mail y otros. Por poner un ejemplo que a alguno de los lectores frecuentes de este blog les sonará, yo ejerzo de condueño en otra de las actividades en las que empleo mi exiguo tiempo libre. Condueño se define como «compañero de otra persona en el dominio o señorío de algo». Hacía mucha gracia cuando la empezamos a emplear un grupo de amigos hace un quinquenio, aunque ya ha anidado en nuestras conversaciones de grupo y todos la consideramos normal. ¡Cualquiera que nos oiga hablar…!

En los años setenta y ochenta, casi durante veinte años, laboré en una empresa que tuvo un recorrido de trescientos años y que hace unos pocos ha desaparecido, gracias a la nefasta gestión de sus últimos dirigentes y a la negligencia en su vigilancia de los poderes públicos. En aquellos años, no solo en esta empresa sino en otras, el centro de trabajo era una fuente de compañerismo que se extendía más allá de oficinas y lugares de trabajo y trascendía a la vida personal y familiar: partidos de fútbol con merendola familiar posterior, visitas al Parque de Atracciones, excursiones, senderismo, montañismo, camping, asistencia conjunta al teatro, comidas de celebración, etc. etc. Ahora todo ha cambiado y lo normal es abandonar a toda prisa los lugares de trabajo y no mantener ninguna relación con compañeros y jefes, que en muchos casos son meros coincidentes laborales y queremos perder de vista lo más pronto posible.

Hace ya casi veinticinco años que dejé de laborar en esa empresa pero mantengo relación directa con alguno de los compañeros e incluso intentamos reuniones periódicas para comer y «cascarrabiar», esto es, intercambiar opiniones muchas veces con tanta vehemencia que si no fuéramos ya talluditos acabarían en las manos o como el rosario de la Aurora. Precisamente la descripción de cascarrabias se suele asociar con mucha frecuencia a personas mayores. En las reuniones bimestrales, que no bimensuales como he tenido que corregir, a las que cada vez es más difícil que asistamos todos, los temas de conversación no faltan y, bromas aparte, defendemos con vehemencia, «cascarrabiamos», nuestras opiniones, no tanto porque sean verdaderas, sino porque quizá con los parámetros de épocas pasadas las percibamos así.

Hay abundante fraseología sobre estos asuntos. Como decía Baltasar Gracián, «en la boca del viejo, todo lo bueno fue y todo lo malo, es». También Benjamín Disraeli afirmaba que «la juventud es una locura, la madurez una lucha y la vejez un lamento». Pues eso, muchas veces «cascarrabiar» se convierte en lamentarnos del mundo que nos rodea abundando en la opinión del sabio Epícteto que manifestaba hace ya muchos siglos que «el error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio del ayer», frase que he encontrado atribuida también a nuestro insigne Ramón y Cajal. Y es que «la vejez no mejora el corazón sino que lo endurece», Lord Chesterfield dixit.

Esta semana hemos tenido reunión de cascarrabias, pero un día distinto del inicialmente previsto, martes finales de los meses impares excepto el séptimo, lo que ha motivado que solo hayamos aparecido dos. Menos da una piedra y el intercambio de ideas y opiniones creo que ha sido provechoso para ambos aunque al faltarnos Juan, doctor cascarrabias por aclamación, el tono de los discursos ha sido más light, voz inglesa admitida y que de forma irónica designa algo que ha perdido parte de sus características esenciales.

Mi sueño es que yo y el resto de gruñones sigamos con nuestro espíritu joven hasta una edad muy avanzada, de forma que podamos seguir juntándonos por muchos años o al menos intentándolo, ya que «todo el mundo queremos llegar a viejos pero ninguno queremos serlo» que manifestara Miguel de Unamuno. En un par de meses, mes impar número once del año, a «cascarrabiar» tocan, a ver si hay más suerte y nos congregamos todos.


domingo, 18 de septiembre de 2016

BANCOLCHÓN




La pregunta es muy sencilla y muy directa: ¿Qué sentido tiene hoy en día tener depositado en un banco nuestro dinero? Me refiero al poco dinero del que dispone el común de los mortales para hacer frente a su vida diaria.

Si hacemos un poco de historia y es algo que recordaran bien los de mi generación que ya empezamos a peinar canas, a finales de los años setenta del siglo pasado fue cuando se produjo el boom de las operativas bancarias fomentado en buena medida por la irrupción de las tarjetas de plástico y la informatización masiva de las operaciones en potentes ordenadores y terminales en las oficinas bancarias. Comencé mi andadura en 1972 como administrativo de una oficina de una caja de ahorros madrileña que ya no existe en la que todas las operaciones se hacían a mano, anotándose en las famosas libretas de ahorro o en las fichas de las cuentas y calculando los intereses devengados de forma unitaria operación a operación. Todo iba al día registrado puntual y manualmente, sin intervención ninguna de los ordenadores, solo el bolígrafo y la calculadora auxiliar para hacer las operaciones. Recordemos que esto ocurría en este caso concreto en 1972.

Por aquellos años, las operaciones de las personas normales eran de ahorro; las nóminas se cobraban en billetes, se preservaban en las casas para el gasto diario y se ahorraba un poco en la cartilla. Por cierto, en aquellos días además de ser una forma de ahorro, los depósitos estaban remunerados con un 2,50% de interés quincenalmente calculado si la memoria no me falla. Las cuentas corrientes, más destinadas a empresarios, estaban remuneradas con el 0,75% de interés diariamente calculado y tenían lógicamente más movilidad por aquello de los talones y las letras de cambio muy al uso en aquella época y que hoy en día prácticamente han desaparecido.

Con muchos pocos de aquellos dineros depositados, el banco o la caja reunía un capital que era la base de su negocio, su razón de existir, y que bien trabajado y colocado en inversiones y préstamos le procuraba unos beneficios parte de los cuales revertía a los propios depositantes mediante el interés que hemos comentado. No se pagaban, o muy pocos, recibos de consumos por el banco ya que para eso estaban los cobradores, básicamente del agua, la luz y pocos de teléfono, que pasaban por las casas personalmente a efectuar los cobros.

¡Cómo ha cambiado la situación hoy en día! Los cobradores han desaparecido y las empresas nos fuerzan literalmente a domiciliar y pagar los recibos de consumo de decenas de cosas por banco: no solo consumos básicos de los domicilios sino colegios, suscripciones a periódicos y revistas, el gimnasio o la peña de amigos. Las operaciones en las cuentas bancarias de las personas corrientes se cuentan hoy en día por decenas y no es raro que al cabo de un año hayamos alcanzado entre retiradas de dinero en efectivo, pagos en comercios y recibos varios centenares de operaciones al cabo del año en nuestras cuentas bancarias.

Con esto, los bancos han reinventado su cometido y no solo no nos dan ningún interés por nuestros depósitos sino que en muchas ocasiones y con las temidas comisiones que van y vienen nos cobran por sus «servicios», unos servicios a los que nos hemos visto obligados por ellos y por las empresas. Siguen teniendo nuestros ahorros, funcionan con ellos como base de su existencia pero ahora nos cobran por ello. Estamos refiriéndonos a las cuentas normales del día a día del común de los mortales, no a grandes capitales e inversiones que son tratados de otra manera con tejemanejes que en muchos casos bordean la legalidad o que tienen una letra pequeña que al cabo del tiempo se transforma en engaños o fraudes como el caso de las preferentes que todavía colea por ahí.

Tras todos estos devaneos, repito la pregunta: ¿merece la pena tener nuestro dinero en un banco? Evidentemente nos vemos obligados a tener algo que nos permita afrontar los nuevos modos de vida en domiciliaciones de recibos o uso de tarjetas, pero… ¿también esos ahorrillos los debemos tener ahí si no nos reportan un interés por ellos y nos fríen a comisiones? Con periodicidad los empleados de bancos acosan a esos clientes que mantienen unos ahorrillos sustanciosos con ofertas de inversiones que siempre habrá que valorar con cuidado y con una cierta desconfianza viendo lo ocurrido y sobre todo leyendo la letra pequeña dos y tres veces.

El asunto es que teniendo el dinero en el banco quedamos controlados por bancos y por organismos oficiales que de alguna forma indirecta saben nuestra capacidad y pueden utilizarla para diferentes fines. La alternativa es el famoso banco privado personal de toda la vida: «bancolchón», donde el dinero nos va a rentar lo mismo que el banco pero como hacía el tío Gilito podemos contarlo y verlo siempre que queramos, solo sabremos nosotros lo que tenemos y estaremos a salvo de algún «corralito» o «idea mágica» que se le ocurra al político o banquero de turno. El único y verdadero problema y es el que nos hace a muchos no utilizar ese banco privado personal es la seguridad ante los robos y asaltos a los domicilios, donde se demuestra que es mejor no tener nada de valor en casa y menos dinero. Algunos optan por las cajas fuertes, pero tampoco es una solución si nos encontramos en el domicilio cuando llegan los ladrones y nos obligan a abrirla de forma coercitiva. Otra alternativa son las cajas de seguridad de las que disponen algunas oficinas bancarias pero por el momento es un sistema de poco alcance y reservado para ciertos clientes, no para que el común de los mortales guarde allí sus ahorrillosa salvo de miradas indiscretas.

Seguiremos sin utilizar el «bancolchón personal» por el momento, pero bien harían los bancos en diseñar alguna alternativa porque el sistema no se mantiene por sus bondades sino a pesar de sus inconvenientes.



sábado, 10 de septiembre de 2016

GLORIETAS




Llevan ya varios años entre nosotros pero por lo que se puede ver en el día a día del tráfico todavía no hemos aprendido como manejarnos correctamente en ellas, constituyendo una fuente constante de discusiones entre los conductores. Periódicamente los estamentos oficiales lanzan campañas de concienciación ciudadana sobre el particular existiendo últimamente un repunte en los medios y en las redes sociales a raíz de noticias que daban cuenta de cómo se emplea el desconocimiento para arrancar unos eurillos a las compañías de seguros a costa de los incautos que caen en la trampa.

Extraído de documentos oficiales…«bajo la denominación de glorieta se designa a un tipo especial de intersección, caracterizada porque los tramos que en ella confluyen se comunican a través de un anillo (calzada aproximadamente circular) en el que se establece una circulación rotatoria alrededor de una isleta central. Si bien legalmente no existe definición del término glorieta en la legislación de tráfico, se puede encontrar en el artículo 87 del Reglamento General de Circulación una definición aproximada de glorieta como plaza de circulación giratoria.  Por otra parte, en las instrucciones de carreteras del Ministerio de Fomento, se define glorieta como “intersección dispuesta en forma de anillo (generalmente circular) siendo único el sentido de circulación en el mismo».

La imagen que ilustra esta entrada está obtenida de la estupenda Revista TRÁFICO, de la D.G.T., una revista que frecuento desde hace ya muchos años, durante un tiempo en modalidad gratuita y en la actualidad mediante una suscripción anual muy económica establecida en ocho euros y medio para las seis revistas anualmente editadas. La información es presentada de forma amena y te mantiene al día en cuestiones de tráfico y seguridad vial con gran cantidad de recomendaciones y actualizaciones que vienen muy bien a todos los conductores. Las fotos de las «burradas» que cometemos los automovilistas obtenidas desde los helicópteros Pegasus no tienen desperdicio y las cartas al director permiten pulsar el día a día del tráfico en nuestro país.

Con mucha más antigüedad en su uso, los «rondabouts» británicos son los precursores de esta gestión del tráfico, que ha ido cambiando poco a poco los cruces de carreteras, desterrando aquellos fatídicos «stops» que además de ralentizar el tráfico sobremanera convertían las intersecciones en puntos especialmente peligrosos y mortales. Descubrí este elemento de tráfico en mi primera visita al Reino Unido cuando alquilé un coche y pude comprobar los beneficios de esta solución que era empleada en aquella época incluso para gestionar cruces de autopistas: cuando te acercabas a la intersección había pintadas en el pavimento rayas horizontales de diverso grosor y a diversas separaciones que te obligaban a reducir la velocidad al hacerte los ojos chiribitas, con lo que de alguna manera te veías forzado a entrar a la velocidad recomendada.

Aquí en España tardaron más en llegar pero su profusión va en aumento. En algunos casos yo diría que se exagera en su utilización, pues su proliferación puede llegar a convertir un trayecto en un verdadero calvario. Además de su función regulatoria del tráfico, han tenido otros usos secundarios por la picaresca española. Al estar estratégicamente situadas en los accesos a las poblaciones, pueden resultar un elemento decorativo que sirva para dar la bienvenida al visitante. Así se pueden ver multitud de decoraciones de lo más variado, desde simples jardines o fuentes hasta verdaderas «joyas escultóricas» que en algún caso como en el madrileño municipio de Navalcarnero parece que han dado trabajo a los escultores de la zona o que estuvieran bien considerados por el correspondiente equipo de gobierno municipal que ha puesto en las glorietas un museo al aire libre con el que distraer a los automovilistas.

Otro uso de la picaresca es el timo a las compañías de seguros. Avispados conductores se aprovechan de los incautos que no cumplen estrictamente las normas de circulación en las glorietas. El engaño consiste en ponerse a dar vueltas y vueltas lentamente por la glorieta en un coche con una mujer como copiloto y si es posible embarazada. Cuando un distraído conductor inicia la operación de salir de la rotonda desde un carril interior, operación muy frecuente, se provoca el choque de forma voluntaria, siendo sin ninguna duda culpa del «conductor atravesador» que asiste a toda una representación de la mujer que se queja de todo lo quejable y acaba en un hospital para realizarse pruebas y conseguir la más cuantiosa indemnización del seguro.

La norma es clara: SOLO se puede salir de una glorieta cuando SE ESTÁ PREVIAMENTE en el CARRIL EXTERIOR. Tomar la salida desde uno de los carriles interiores atravesando otros carriles es una infracción y deberemos estar dando vueltas y más vueltas hasta situarnos en el exterior con anterioridad a nuestro abandono. Para quién quiera enterarse, hay numerosa información en la red y como digo ya la prensa escrita y los cuerpos de tráfico del estado se encargan de recordar de forma periódica estas normas que o bien se nos olvidan, no queremos aprender o… «llevamos prisa». En todo caso seguimos manejando mal el tráfico en las rotondas: también hay que recordar que «los vehículos que se encuentran dentro de la calzada circular tienen preferencia sobre los que se incorporan a ella, a pesar de llegar por su derecha». También el que está esperando a incorporarse a la glorieta tiene prioridad para hacerlo sobre el que llega con velocidad a la misma en otro acceso. Muchas veces ocurre que no se pueden incorporar vehículos a la glorieta porque los que circulan por una vía más prioritaria llegan a gran velocidad a la misma, no respetando las señales de limitación.

Es verdad que hay glorietas y glorietas: grandes, pequeñas, estrechas, de un carril, no simétricas y desplazadas a uno de los lados, con accesos complicados, en cuesta… En todo caso deberemos adecuar nuestra conducción a las características del tráfico y de la glorieta para no incurrir en una falta, causar un accidente o ser víctima de algún indeseable.

.

domingo, 4 de septiembre de 2016

PISAPAPELES



Hace ya muchos meses, la archiconocida empresa Samsung me confirmó que las actualizaciones para mi querido Galaxy Note 2 se habían acabado. Es política de la compañía, según manifestaron ante mi consulta, no prestar atención a ni actualizar aquellos aparatos con más de 18 meses de antigüedad, si bien en este caso lo habían actualizado más recientemente. Pero la última versión de Android que ha llegado al mismo es la 4.4.2 y de esto hace casi dos años.

Sigo queriendo, diría que amando, mi Note 2 y no me resisto a no ponerle al día con versiones más recientes de su sistema operativo. El problema es que para hacerlo todo pasa por tomar el control del móvil, operación conocida en el mundillo como «rootear» o «do jailbreak» al aparato y con ello salirse del paraguas protector de Samsung y sus políticas oficiales y manejar  este fenomenal aparato con mis propias decisiones.

Hoy día uno de septiembre de dos mil diecises tomo la decisión, sin prisa pero sin pausa, de hacer un corte de mangas a la protección que me ofrece la casa madre, protección abandonada como digo hace un par de años, y sumergirme en el proceloso mundo de las «Rooms», los «Recoverys» y demás conceptos que me permitirán conseguir actualizar mi aparato o, si fracaso, convertirlo en un perfecto pisapapeles para mi escritorio. Como digo, me impongo una lentitud en el proceso que me permita mirar y remirar en la red las diferentes opciones, que hay muchas y muy variadas, hasta tomar una decisión, optar por un camino y pasar a la acción.

Me propongo llevar una bitácora registrando paso a paso todas las consultas y acciones emprendidas, de forma que sea reproducible en el futuro no solo por mí, sino por algunos buenos amigos como Miguel Ángel, que tienen este mismo dispositivo, están contentos con él y no tienen ninguna intención de cambiarlo por otro. No en vano sigue funcionando bien, muy bien, y eso que lleva unas cuantas horas de marcha a mi entera satisfacción desde diciembre de dos mil doce en que lo adquirí por un precio desorbitado entonces de 540 euros y en contra de las opiniones de todos los que me rodeaban, no solo por el precio sino por el descomunal tamaño de 5,5 pulgadas que en aquella época era considerable, aunque si ahora vemos los aparatos con los que circula el personal, hasta me parece pequeño. Como digo, en esos casi cuatro años de funcionamiento diario se ha revelado como un magnífico aparato y no tengo ninguna intención de prescindir por él mientras me siga siendo válido; la fiebre de cambiar todos los años de modelo, ya van por el note 7, no me ha afectado y espero que no me afecte.

Recuerdo mis esfuerzos con el teléfono, un modelo llamado ZERO, de la casa española GEEKSPHONE de la que guardo un buen recuerdo ya que fue una aventura conjunta y que me sirvió para aprender, y sufrir, mucho, poniendo el aparato en funcionamiento. Aunque todavía está por ahí en un cajón, su tamaño y sus prestaciones, buenas para su precio, quedan muy por debajo de lo que hoy puede considerarse mínimo. He aprovechado para echar un vistazo a la página web de esa empresa y sigue vivita y coleando, peleando por hacerse un hueco en este mundillo de grandes multinacionales y con sus mismos planteamientos de hace años, no solo de brindar a los usuarios teléfonos libres sino ofertando la posibilidad, muy atrayente, de instalar en sus aparatos otros sistemas operativos alternativos que no sean Android. Habrá que tenerlo en cuenta si la operación de puesta al día deja convertido como ya he dicho mi Note 2 en pisapapeles.

En todo caso y por lo que recuerdo, lo primero de todo es instalar una aplicación de recuperación o «Recovery». En el estado actual no hace falta ya que el propio dispositivo tiene la posibilidad de utilizar lo que se llama «recuperación a fábrica» que lo dejaría en su estado inicial en caso de fallo. Pero si le andamos trasteando, podemos cargarnos algo, por lo que siempre es recomendable tener una vuelta atrás de seguridad, por lo menos en teoría, para poderlo recuperar. Así que en esas estamos. Por el momento parece que la aplicación llamada TWRP es la que más recomiendan los usuarios en los foros y además puede instalarse sin tener control «Root» del aparato con una aplicación de PC denominada ODIN.

Pero como digo, me auto impongo un período de mirar y remirar en la red antes de decidirme a poner manos a la obra utilizando alguna de las opciones que voy viendo. Creo que las prisas no son buenas para nada y además, como dice mi buen amigo Miguel Ángel, «no tengo prisa ni nadie que me la meta», así que tranquilidad. El mes de diciembre queda lejos y en caso de «pisa-papelear» el Note 2 siempre están los Reyes Magos para hablar con ellos y encargarles uno nuevo; comprenderán sus majestades que cuatro años de fidelidad a un móvil es mucho más de la media general, que cambia con más frecuencia por avería, por pérdida o simplemente por estar a la última. Un buen profesor de humanidades, Antonio Rodríguez de las Heras, mantiene en sus comunicaciones que una de las cosas sorprendentes que verán los arqueólogos del futuro, cuando escarben en sus sitios preferidos entre los que se encuentran los basureros, será la cantidad de aparatos tecnológicos, entre ellos los teléfonos, que hemos tirado a la basura sin intentar arreglarlos y sin tener ningún problema, esto es funcionando perfectamente y solamente por un cierto esnobismo de estar a la última.

Inicio la aventura. Quizá más adelante en este blog haya otra entrada contando como me ha ido la cosa, esperemos que bien, pues si otros muchos han conseguido poner al día su cachivache, incluso con la recién aparecida versión 7 de Android, conocida con el apodo de Nougat, no veo porque yo no voy a conseguirlo. Como digo siempre la cuestión es el número de horas e intentos para recorrer un camino ignoto hasta llegar al final. Sufriremos y disfrutaremos en este trayecto y aunque no se consiga el fin propuesto, pues los caminos tienen encrucijadas, la experiencia seguro que valdrá la pena. Todo menos estarse quieto, y aprovecho para repetir una vez más que la curiosidad es un antídoto para la vejez. Está bien ser conformista y disfrutar de lo que se domina, pero un poquito de aventura siempre viene bien para mantenerse despierto.





sábado, 27 de agosto de 2016

LISTILLOS




Cada vez soy más aficionado a observar los comportamientos humanos en situaciones de interacción, descubriendo un sinfín de matices que tienden a reforzar la individualidad: yo y lo mío, lo de los demás en segundo plano y ya veremos. Esta entrada podría considerarse una continuación de otra ya reflejada en este blog en 2012 y que llevaba por título «COLAS» y que puede leerse en este enlace.

Como viene siendo costumbre, la redacción de estas líneas es una oportunidad para encontrarme con el diccionario y ver lo que este refleja acerca de una determinada palabra. La que hoy me sirve de título no figura como tal, dado que es un diminutivo de listo, aunque si figura directamente en otros diccionarios digamos no tan oficiales como el de Espasa Calpe de 2005. En todo caso, dentro de «listo», en el DRAE figura expresamente el significado que voy buscando en su acepción quinta que reza como un adjetivo utilizado en forma coloquial y despectiva con el significado de «Hábil para sacar beneficio o ventaja de cualquier situación» seguido del correspondiente ejemplo muy ilustrativo para mis fines: «solo los listillos sacan beneficio en situaciones adversas.»

No recuerdo con exactitud cuanto tiempo hacía que no pisaba una oficina bancaria. Yo que empecé mis actividades laborando como administrativo de cara al público en una de ellas y que parecía que iba a estar allí hasta mi jubilación, ahora las están cerrando a espuertas en una huida hacia delante de las entidades bancarias por conseguir que todos nos hagamos las operaciones en nuestras casitas o nuestros teléfonos y con nuestros propios medios, aunque hace años decían que la banca por internet no tenía futuro y que los clientes necesitaban el contacto físico como una prueba de confianza.

El caso es que por unas historias truculentas derivadas de los procesos administrativos oficiales en un ayuntamiento, me vi en la tesitura de adelantar un dinero particular por unos días y para recuperarlo terminé recibiendo un talón bancario. Tampoco recuerdo el tiempo que hacía que no veía uno de ellos, pero siguen existiendo. Por otros motivos que tampoco vienen al caso decidí no ingresar el talón en mi cuenta y dirigirme a la oficina bancaria a cobrarlo por ventanilla. Horror y terror.

Empezaré por el final diciendo que el proceso me costó sufrir cincuenta y tres minutos de cola ante un único puesto abierto en la oficina para atender las operaciones de caja. Y encima fui poco previsor y no me llevé mi libro electrónico y no tenía ninguno cargado en el teléfono. Así que a distraerse observando a la gente y las interacciones entre el público y los empleados en una oficina bancaria actual. La cola iba lenta pues las operaciones de caja son pesadas y muchas de ellas eran realizadas por personas mayores que siguen yendo a cobrar su pensión en dinero contante y sonante que puedan tocar. En esto entró un señor mayor, superaría los setenta, y desde el primer momento que se puso a la cola empezó a despotricar a diestro y siniestro quejándose en voz alta de que hubiera un solo puesto y del tiempo que previsiblemente iba a perder en la cola, y encima de pie, para realizar sus operaciones.

En un momento determinado, este personaje, este listillo, abandonó la cola y se dirigió a uno de los puestos no dinerarios donde le atendió un empleado. Yo me estaba fijando atentamente y pude ver cómo tras una pequeña conversación, este empleado se dirigió a la zona de caja, interrumpió las operaciones en curso y sacó un dinero. Tuve claro en todo momento que estaba haciendo la operación del listillo, por lo que cuando pasaba por mi lado no pude resistir la tentación de decirle, más o menos con estas palabras, que yo también tenía prisa y quería que por favor me colara a mí también. Intentó explicar lo inexplicable, con unas justificaciones que no le convencían ni siquiera a él mismo, con lo que tuvo que ponerse el rabo entre las patas y huir corriendo a su despacho. Algo debió de referirle al listillo, porque cuando salió del despacho este listillo se dirigió a mí a intentar darme explicaciones de lo ocurrido, por si no lo tenía suficientemente claro. Con el empleado de la sucursal me mostré todo lo educado que pude pero con el listillo no pude refrenar mis instintos y le dije claramente que era un jeta, un caradura, que se había colado y que a que venía tanto despotricar como despotricó el tiempo que permaneció en la cola. Siguió insistiendo; no sé por qué cada vez más tengo la certeza de la educación se va perdiendo a pasos agigantados a medida que nos vamos haciendo mayores, con lo que opté por cortar la conversación diciéndole que me dejara en paz, que seguiría aguardando pacientemente mi turno hasta que me tocara y que él ya se podía ir, pues ya había acabado con éxito lo que había ido a hacer, además de reírse en nuestra propia cara de todos los que estábamos haciendo cola pacientemente. Por cierto, mientras estaba él presente nadie dijo ni pío, pero en cuanto salió por la puerta todo eran comentarios sobre el asunto.
 
No entiendo como soportamos actitudes como estas sin decir nada. Estábamos en la cola unas ocho personas… ¿sólo me di cuenta yo de la acción de este empleado en nuestras propias narices? Lo peor del caso es que comentando este sucedido con otras personas, dos de ellas me han contado actuaciones similares, derivadas por lo visto de que antes había dos oficinas de ese banco en la localidad, pero han cerrado una de ellas y las operaciones han congestionado la única que queda abierta. Lo que ocurre es que no todos los clientes son iguales y a algunos hay que atenderlos con mayor deferencia que a otros no vaya a ser que se lleven sus dineros a otra entidad. Lo difícil es decidir a cual, pues me temo que habría que buscar la menos mala, porque buena no parece que haya ninguna.
.

domingo, 21 de agosto de 2016

ECLIPSE




Hoy 21 de agosto de 2016 es el último día de los Juegos Olímpicos que se han venido celebrando en Brasil, en Río de Janeiro, que aunque han sido precedidos de ciertas polémicas dada la situación del país, el desarrollo de los mismos ha tenido lugar sin sobresaltos o al menos yo no me he enterado de ellos. Forofo de las pruebas de atletismo desde siempre, cuando tienen lugar eventos como este cada cuatro años o los campeonatos del mundo cada dos, desaparezco en los momentos en que hay competición para pegarme literalmente frente a la televisión y devorarme literalmente también todas las pruebas. Aunque la diferencia de horarios entre Brasil y España no permite un seguimiento muy directo, en mi caso que no me gusta trasnochar, la magia de la grabación en vídeo permite ver las pruebas en la mañana siguiente y dado que hago todo lo posible por no enterarme de nada de lo que ha ocurrido, la visualización es un directo-diferido que me sirve para mis propósitos.

Aunque ya había tenido lugar, no me he enterado de la consecución de la espléndida medalla de oro de Ruth Beitia, una cántabra o santanderina que cuenta ya con 37 años y que a punto estuvo de retirarse hace cuatro cuando alcanzó solamente la cuarta plaza en los pasados juegos olímpicos celebrados en Londres hace cuatro años. Su tesón y perseverancia han tenido su premio.

Aunque se nos olvida con facilidad, en esta ocasión TVE ha cubierto plenamente los juegos para alegría de algunos como yo y pena de otros que han visto como además de la cadena de teledeporte, la 1 de TVE ha estado continuamente emitiendo más y más pruebas y competiciones, afectando incluso a los telediarios que han sido demorados en algunas ocasiones cuando la retransmisión en directo así lo requería. Pero no siempre ha sido así ni será así en el futuro. Recuerdo haber visto algún campeonato del mundo por internet o buscando cadenas de Eurosport por satélite ya que no se retransmitían las pruebas en abierto. Últimamente he utilizado la suscripción vía internet a Eurosport, por ejemplo para ver el último Roland Garrós, lo que permite conectar el portátil a la televisión y no notar diferencia alguna con una retransmisión normal. La tecnología avanza en nuestra ayuda y esperemos que en los próximos eventos, de una forma u otra, pueda seguir pegado a la televisión para ver las hazañas de los deportistas.

Hace muchos años, en la década de los setenta del siglo pasado, el deporte por excelencia en España era el fútbol. Yo no tenía aparato de televisión en casa pero recuerdo haber ido con mi padre a casa de algún vecino a ver algún partido. Era seguidor del Real Madrid, como no, y todavía recuerdo de carrerilla la alineación de aquellos años: Betancourt, Calpe, de Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento. Este último, Paco Gento, extremo izquierdo, jugó durante muchos años con el Real Madrid, conquistando muchos títulos de Liga y varias Copas de Europa. Eran otras épocas, en las que recuerdo no se permitían cambios de jugadores tras el pitido inicial. Sin embargo, había jugadores en los banquillos para completar la plantilla y cubrir posibles lesiones. Uno de ellos, del que me acuerdo perfectamente, era Manolín Bueno, un formidable extremo izquierda aunque tuvo pocas ocasiones de demostrarlo, ya que Paco Gento fue el sempiterno titular que relegó, eclipsó, al bueno de Bueno en el banquillo. Hoy las cosas han cambiado y los jugadores, cuando ven que no van a tener oportunidad de jugar, se marchan a otros equipos donde poder disfrutar de minutos de juego e ir buscando la gloria, en algunos casos para volver al cabo de los años al equipo del que se marcharon.

Pero hay una competición en la que los jugadores no se pueden marchar a otro equipo: los Juegos Olímpicos. Son únicos, cada cuatro años, y solo hay una medalla de oro para el atleta o equipo que quede en lo más alto ganando la competición. En las tres últimas olimpiadas, u olimpíadas, en las pruebas de velocidad de 100 y 200, un atleta ha copado las medallas de oro de todas ellas: Usain Bolt. Como le pasara a Manolín Bueno, otros atletas que han tenido la «desgracia» de competir en estos años con este portento de la velocidad se han tenido que quedar en un segundo plano, eclipsados por el rey de la velocidad. Y no tienen el consuelo de poderse ir a «otra» competición, pues no la hay. Hay otros mítines, reuniones, etc. etc. pero no tienen la valía y la importancia de unos juegos olímpicos. Recordemos aquellos años en que Miguel Indurain se imponía con autoridad en la prueba reina del ciclismo, el Tour de Francia, aunque había otras pruebas en las que no participaba y otros podían destacar. Para finalizar, recordar otro caso dentro del mundo del atletismo y en los campeonatos del mundo, eventos únicos similares a las olimpiadas que se celebran cada dos años. Nuestro maratoniano Martín Fiz, campeón del mundo en una ocasión, creo recordar que en 1995, pudiera haberlo sido al menos otra vez en 1997, año en el quedó segundo tras otra gran figura española de la especialidad, Abel Antón, campeón del mundo en dos ocasiones, la citada de 1997 y la de 1999.





sábado, 13 de agosto de 2016

SEGUIMIENTO




Tirando una vez más del mundillo de los refranes, empezamos hoy esta entrada con el conocido «Ojos que no ven, corazón que no siente» aunque en algunas ocasiones el gracejo popular lo cambia por aquello de «tortazo que te pegas». Otra frase que no es refrán o al menos no lo tengo catalogado como tal, es una que decía mi suegro con frecuencia: con diez hijos picados por el gusanillo de los desplazamientos desde siempre, mencionaba aquello de «No hay noticias, buena noticia» para referirse a que no se preocupaba de donde andábamos todos, que si pasaba algo grave ya le avisarían y seguramente en poco tiempo.

Por contraposición, mi padre era todo lo contrario. De muy joven, a principios de los años ochenta del siglo pasado, me picó también a mí el gusanillo de los viajes largos y todos los años cogía el coche y la tienda de campaña y me perdía por lugares de Europa, algunos de ellos tan remotos como Grecia, Hungría o Noruega. Lo de mi padre era obsesivo, que le llamara por teléfono para saber de mí, que le llamara y que le llamara. Él no entendía, en aquellos años, que no era sencillo encontrar una cabina telefónica, tener las monedas adecuadas, saber los códigos internacionales y efectuar la llamada. Hubo muchos casos, pero recuerdo dos especialmente sangrantes, en Bodo (Noruega) y en Innsbruck (Austria) donde tuve que emplear varias horas y varias gestiones para poder comunicarme con él y que supiera que todo iba bien. Tanto llegó a hartarme el asunto que un año, con tanto dolor para su corazón como alivio para el mío, le dije antes de salir que no le iba a llamar, lo que supuso una bronca descomunal, pero ya dicen que «más vale una vez colorado que ciento amarillo» por lo que pude disfrutar del viaje de ese año y los de los años posteriores sin la espada de Damocles de tener que estar buscando cabinas telefónicas por las ciudades para llamar.

Ahora las cabinas telefónicas están desapareciendo o casi por una falta de uso generalizado al contar casi todo el mundo con un teléfono móvil. Alguna queda, pero son ya casi una reliquia, para hacerlas una fotografía y conservarla como una cosa del pasado. Comunicarse hoy, no solo por teléfono convencional sino por otros muchos medios alternativos como Whatsapp, Line, Telegram, Skype y tantos otros, es tan sencillo como contar con un servicio de datos o una Wifi disponible; otra cuestión son los precios por estos servicios, que permanecen caros en el propio país y desorbitados cuando sales de él, aunque poco a poco se van viendo movimientos tendentes a abaratar estos costes. En este asunto, solo mencionar que el contacto con mi hija en un país extranjero no europeo, por un vuelo cancelado, en pocas conversaciones a lo largo de un día y una noche han sido alrededor de ciento cuarenta euros y eso hablando poco y teniendo cuidado. Unos costes desorbitados de los que huimos todos y que parecen a todas luces inconcebibles sino se consideran como precios «políticos» de compañías aprovechadas, como sucede con los cafés en los aeropuertos o estaciones.

Numerosas aplicaciones en el teléfono permiten rastrear en todo momento donde se encuentra una persona si esta está de acuerdo, nos da su permiso y lleva activado el GPS. Pero en esta semana he descubierto todo un mundo en relación con el seguimiento de vuelos: numerosas aplicaciones para el teléfono o páginas web en el ordenador, algunas gratuitas y otras de pago, permiten seguir en vivo la ruta y las características —situación, altura, velocidad, etc. etc.-— de un avión en vuelo. La imagen que encabeza esta entrada nos muestra una de las que más me ha gustado, Flightradar24, un poco pesetera con las opciones, pero con un muy buen funcionamiento básico gratuito en ordenador y teléfono. Hay muchas otras y a buen seguro los que frecuenten el mundo de la aeronáutica conocerán más pero para mí ha sido un asunto puntual para el que me esforzado lo suficiente hasta conseguir lo que me interesaba.


Paralelamente a esto, las mismas páginas web o las propias compañías permiten activar un seguimiento de uno o varios vuelos concretos y recibir información puntual y constante en el correo electrónico como puede verse en esta segunda imagen. Todo esto es muy bueno si todo va bien, pero en mi caso esta semana y tras varios cambios y demoras, se venía venir el correo de que el vuelo «has been cancelled», con lo que se te encienden las alarmas y te pones en marcha para dar soporte y ayuda en la medida de tus posibilidades para gestionar la reubicación en otro vuelo al tiempo que estás en contacto.

Por falta de posibilidades ahora no podemos quejarnos. Lo que no sé si es buena tanta híper conectividad.


sábado, 6 de agosto de 2016

HASTA



Me he topado varias veces a lo largo de mi vida, en ambientes personales y profesionales, con este simpático vocablo y va a ser verdad aquello de que no aprendemos y los humanos somos los únicos animales que tropezamos dos, o más, veces en la misma piedra. La última vez ha sido la semana pasada y mi presunción de significado me ha costado caro: perder nada menos que 5 Gb contratados a un servidor de datos para tener conexión a internet desde mis dispositivos móviles.

La academia define este término como preposición y como adverbio. Me interesa para el propósito de esta comunicación la definición como preposición que tiene la siguiente explicación: «Denota término o límite». Los ejemplos propuestos en el diccionario no aclaran con precisión la explicación que yo voy buscando; «Hasta Caracas», «hasta mil». «hasta ti». Veamos a lo que me refiero con nuevas investigaciones y consultas en otras fuentes.

Mi muy querido y admirado Diccionario Panhispánico de dudas aporta lo siguiente en relación con este término en su uso como preposición: «preposición que se usa para expresar el término límite en relación con el tiempo, el espacio o la cantidad». Los ejemplos aportados en este caso son los siguientes y muy interesantes si cabe para arrojar oscuridad en vez de luz: «No lo tendré listo hasta el viernes», — ¿a qué hora del viernes o a las 23:59:59 del día anterior jueves?-—, «corrió hasta la casa» —-¿se quedó fuera de la casa o entró dentro?-— «vino hasta mí y me besó» —-luego no se paró en mí sino que continuó—-.

Y es que en su uso como adverbio, el Diccionario de la Real Academia define como «Incluso o aún». Y lo digo porque «incluso» puede dar una idea de inclusión. La cosa no se aclara sino que se lía un poco más. Otro libro consultado, también de la Real Academia Española titulado «El buen uso del español» no aporta nada en este asunto o al menos yo no he sabido encontrarlo.

Tras todas estas investigaciones, una idea puede ser preguntar a las personas que nos rodean. Le sugiero que lo haga a ver qué opinan. Mi mujer me contestó con el siguiente ejemplo: «vete hasta la ventana» que tampoco me vale para definir lo que yo voy buscando con exactitud, porque si lo trastoco con un «vete hasta el balcón» el significado puede ser distinto debido al tamaño o composición. Y utilizando un grupo de guasap de unos amigos, y el correo electrónico con otros, que para eso están las nuevas tecnologías, los resultados no han sido concluyentes; casi todo el mundo ha comentado que pensaban que si decíamos hasta el día tal ese día era «inclusive», tal y como yo había pensado inicialmente. Un buen amigo, Juanlu, indica que los vocablos «incluso» e «inclusive» aparecen como posibles sinónimos. Por otro lado, otro buen amigo, Máximo, me comenta que «Se suele poner "inclusive" para evitar problemas. Como no pone nada, entiendo que NO está incluido el día en cuestión», y Juan se decanta por esto último añadiendo el dato de que las tarjetas de abono de transporte de la Comunidad de Madrid son no inclusivas, ya que el día que indican «válido hasta ...  y ese hasta ya no te admite el abono,  sino que es la fecha en que tienes que renovarlo». Estamos, pues, apañados, con mucha información y sin ninguna conclusión.

Y vamos al sucedido, al hecho real. El pasado mes de julio de 2016 contraté con un proveedor de telefonía un servicio de datos mediante un bono de 10 Gb. En la leyenda de la compañía, tal y como puede verse en la imagen, el texto indicaba en ese caso «válido hasta el 31/07». Anduve ahorrando todo lo que pude a lo largo del mes a base de otros bonos de noches y fines de semana y de wifis públicas y privadas y pensaba que el propio día 31/07 podría utilizar los 5 Gb que me restaban. Al intentarlo ese día el bono había caducado y el servicio no estaba disponible.

La pregunta ahora, a la luz de todos los planteamientos anteriores, es ¿puedo reclamar ese día?

Por el momento lo que se me ocurrió fue iniciar una «sugerencia» ante esa compañía instándoles a modificar el mensaje en el sentido de indicar más claramente el momento exacto de la finalización y no dejarlo a una interpretación semántica del vocablo «hasta» que como ya hemos visto la mayoría de las personas consideran que el día en cuestión debería estar incluido. El uso de términos añadidos al mensaje como «inclusive», o «no inclusive», o incluso especificando una hora concreta podrían ser interesantes, para evitar malos entendidos. La verdad es que tras algunos mensajes en Twitter, correos electrónicos y un par de largas conversaciones con el departamento de facturación de esa compañía, SIMYO, no han sido receptivos a mi sugerencia y no parece que la cosa vaya a cambiar. Supongo que los usuarios, uno a uno, irán descubriendo en sus carnes el significado exacto que el vocablo «hasta» tiene para esa compañía, con la que tengo que manifestar estoy manifiestamente contento como cliente por el resto de sus servicios a lo largo ya de varios años, no solo personalmente sino también por miembros de mi familia.

AÑADIDO EN SEPTIEMBRE DE 2017

Un año después, y según queda constancia en la entrada «INCLUSIVE» de este blog de fecha 3 de septiembre de 2017, constato que la compañía SIMYO ha atendido la sugerencia y ha modificado el texto del mensaje para añadir la palabra «incluido». Mi enhorabuena por su sensibilidad.

sábado, 30 de julio de 2016

WIFI




Pocas son las personas, incluso desde muy jóvenes, que no llevan ya un smartphone en el bolsillo. Lo de «phone» es un derivado de su función original, que es una de las cosas que menos se utiliza hoy en día; la de hablar por teléfono. Se trata de potentes ordenadores, cada vez más, capaces de hacer muchas cosas pero que por lo general dependen para un uso completo de su conexión, de lo que todo el mundo llama «los datos». Tener un teléfono hoy en día sin posibilidad de conexión lo deja capitidisminuido en sus prestaciones y pocas personas son proclives a renunciar a esto.

Una alternativa a «los datos» es el o la wifi, un término que a todos nos suena y que vamos buscando como agua de mayo, especialmente los más jóvenes, grandes consumidores de información por el envío de fotografías y vídeos cuando no su consulta y visionado en plataformas como Youtube, Vimeo o similares, amén de redes sociales que proliferan con los días en las que la base es la imagen. Un ejemplo: yo dispongo mensualmente en mi contrato de la misma cantidad de datos que mi hija, 1 Gb, pero a mientras a mí me sobran megabytes todos los meses por el contrario a mi hija le faltan; cuando se van acercando los finales de mes, la cantinela de «papá, habilítame la wifi con tu teléfono» es constante. La diferencia está en el uso, esporádico en mi caso para ver el correo o twitter, mandar o recibir guasaps pero siempre con la opción de no descargar fotografías o vídeos salvo que yo lo indique, mientras que mi hija prolifera sus comunicaciones en las redes con mensajes de voz, fotografías y vídeos, con el consiguiente consumo alto de datos. Por ello, muchos jóvenes transitan con el teléfono como antena buscando hasta debajo de las piedras las wifi gratuitas. Ayer, sin ir más lejos, entramos en una cafetería a tomar un refresco y mi hija tardó poco en detectar que disponía de wifi y pedir la clave al camarero.

Pero… ¿Qué es wifi? Lo asociamos a la disponibilidad inalámbrica de conexión a internet susceptible de ser usada por un sinfín de aparatos electrónicos, no solo teléfonos sino también tabletas, ordenadores, e-readers y hasta cámaras fotográficas o navegadores GPS. En sus inicios era una marca, «Wireless Fidelity», aunque Phil Belanger (miembro fundador de la Wi-Fi Alliance que presidió la elección del nombre «Wi-Fi») dice que no significa nada, solo un nombre más utilizable que «IEEE 802.11b».

Cada vez es más común cuando salimos de vacaciones llevar con nosotros el ordenador portátil de forma que podamos seguir teniendo cierta capacidad de realizar ciertas operaciones que se han colado en nuestras vidas. Aún en periodo vacacional es cómodo tener acceso a la red para planificar una excursión o sacar entradas para un espectáculo. Muchas de las operaciones se pueden hacer, con ciertas incomodidades, desde el teléfono, pero seguimos estando más cómodos ante una pantalla y un tecleado, por lo que es normal cada vez más acarrear el portátil y utilizar las wifis de los hoteles en los que nos alojamos. Aunque esto representa algunos inconvenientes en los que no solemos reparar.

Uno de ellos es que por lo general estos accesos inalámbricos no llegan a las habitaciones, con lo que hay que bajarse a los anexos a la recepción para conectarse, en donde nos juntaremos según los horarios con una legión de personas que están haciendo lo mismo que nosotros y en algunos casos con problemas para encontrar un sitio físico donde estar cómodos. Mientras estemos navegando para leer el periódico, ver información de zonas geográficas próximas, atracciones o lugares recomendados, no hay problema. Pero en un momento determinado nos puede ser necesario consultar nuestra cuenta bancaria, nuestro correo electrónico o incluso utilizar nuestra tarjeta de crédito para comprar unos billetes de autobús o unas entradas a un espectáculo al que queremos asistir. En estos casos… ¡peligro! Estamos conectados en una red pública, sin ninguna seguridad y en la que si se encuentra algún hacker puede obtener nuestras claves con mucha facilidad. En algún caso hasta los propios empleados del hotel pueden estar ojo avizor para conseguir la clave de nuestra tarjeta de crédito que en pocos minutos estará siendo utilizada por alguien en un país lejano hasta desplumarnos todo lo posible.

Por ello es necesario tomar conciencia de que tipo de red estamos utilizando y para ciertas operaciones delicadas no utilizar redes públicas en hoteles, cafeterías, estaciones  o aeropuertos. En casos puntuales o esporádicos, la solución es generarnos con nuestro teléfono una red privada y con clave de acceso para esas operaciones. Si necesitamos por razones de trabajo u otras una conexión segura más prolongada, mi recomendación es hacerse con un router inalámbrico y una tarjeta SIM específica para generar esa red que nos permita trabajar cómoda y sobre todo seguramente.

En mi caso y para este verano, he optado por esta última solución y tras mucho investigar el mercado, he adquirido un router transportable, del tamaño de un paquete de tabaco y con una autonomía de alrededor de diez horas en funcionamiento gracias a su batería recargable, para el que he obtenido una SIM específica en modalidad de prepago que voy cargando en función de mis necesidades. Aunque es hacer un poco de propaganda, no me importa porque me está funcionando de maravilla, a una velocidad que despeina y el coste no me parece desproporcionado; todo sea por la seguridad y la fiabilidad, ya que funciona prácticamente en cualquier parte, incluso en el propio coche mientras vamos circulando con lo que nuestros teléfonos, tabletas y ordenadores pueden ignorar su consumo de datos y utilizar la wifi que genera este cacharrito. Al conductor le sirve de poco pero el resto de pasajeros están encantados de poder ir trasteando con conectividad fiable y segura. El router es un TPLINK M7350 en el que utilizo una tarjeta SIM de SIMYO que dispone de unos bonos de datos que me parecen muy asequibles: en estas fechas del verano de 2016, 1 Gb en horario nocturno o en fin de semana cuesta 1,99 euros y hay muchas posibilidades en función de nuestras necesidades.

Aunque yo no lo utilizo –por el momento—este router permite la inserción de una tarjeta microSD donde podemos cargar documentos, fotos e incluso películas para compartir entre todos los dispositivos que se conecten. Obviada la compra del router y de la SIM, añadir unos pocos euros al coste de nuestro viaje de negocios o vacaciones no representa un gasto desproporcionado y la fiabilidad y seguridad no tienen precio. Cuando consigo una conexión 4G, lo que ocurre la mayoría de las veces según los lugares en los que me encuentre, la conexión va como un tiro, casi mejor que en el ADSL de casa. Me tengo que pasar a la fibra, pero por el momento solo me la ofrece Timofónica y yo con ellos no quiero nada. Voy a tener que utilizar este router inalámbrico también en casa…

.





domingo, 24 de julio de 2016

GARGANTA




Por muchos es conocida como «La Garganta Divina». El río Cares, en su fluir a lo largo de millones de años, ha hendido en profundidad los Picos de Europa creando un desfiladero que une las provincias de Asturias y León permitiendo al caminante contemplar uno de los más espléndidos paisajes de montaña que pueden verse. La ruta une los pueblos de Poncebos, cerca de la más conocida población asturiana de Arenas de Cabrales, con el de Caín, ya en la provincia de León. Son doce kilómetros de senda espectacular, grandiosa, que puede recorrerse por la mayoría de las personas con unas exigencias mínimas, pero que no deben desdeñarse. Mis recuerdos me han traicionado y el pasado miércoles veinte de julio de 2016, cuando la realicé completa por última vez, sufrí más de la cuenta, por mi imprevisión.

Allá por 1974 tuve mi primer contacto con esta ruta de leyenda. En la oficina donde trabajaba, además de compañeros de verdad, no como ahora, éramos amigos y organizábamos un sinfín de actividades, bien por las tardes a la salida del trabajo bien en fines de semana, puentes y vacaciones. En uno de ellos, un grupo al que se unieron familiares y amigos nos desplazamos a la zona para realizar la ruta, en dos días. Cargados de comida, sacos de dormir y tiendas de campaña, hicimos la ruta un día en un sentido, dormimos en Caín, y regresamos al día siguiente. Eran otros tiempos y Caín era una población pequeña, de ganaderos, que ni siquiera tenía acceso por carretera, habiendo una pista poco transitable desde la zona de León. Recuerdo que nos llovió todo lo que quiso y más, tanto que incluso un cabrero se apiadó de nosotros al ver que íbamos a montar tiendas de campaña bajo un aguacero inmisericorde y nos cedió un establo, sacando a sus cabras a dormir al raso, limpiando como pudo aquello y extendiendo paja nueva en el suelo. Dormimos a cubierto y seguramente mejor que en las tiendas de campaña, pero el olor a cabra no se me ha olvidado y yo creo que sigue en el saco de dormir que aún conservo. Experiencias inolvidables del pasado, de otros tiempos en los que las cosas eran de otra manera. Hoy Caín es un pueblo pujante, turístico, con multitud de tiendas, restaurantes, bares y hoteles, al que llega una espléndida carretera desde la localidad de Posada de Valdeón, distante nueve kilómetros.

He vuelto varias veces a la ruta, en diferentes formas y condiciones. La vez siguiente, a mediados de los años ochenta fue con un grupo de matrimonios amigos, pero esta vez de forma más cómoda. Teníamos el campamento base en el «Hotel del Oso», en la zona de Potes y Fuente Dé, y contratamos unos 4x4 que nos llevaron por unas pistas maravillosas hasta el comienzo de la ruta en Poncebos y nos recogieron en Caín para devolvernos al hotel. Fue una ruta de ida y como yo digo, con las manos en los bolsillos, un paseo, comiendo en un restaurante y casi sin despeinarnos. De forma parecida volví con mi hijo, esta vez alojados en un hotel familiar en Arenas de Cabrales y utilizando el mismo sistema de taxi 4x4 a la salida y recogida en la llegada.

Volví otra vez con un amigo de la oficina hacia 1994 o 1995, no recuerdo bien la fecha, aunque por ahí estarán las fotos que siempre son una manera de datar los sucesos, aunque no quiero ni mirarlas porque solo de recordarlo se me ponen los pelos de punta; uno de esos hechos inconscientes que uno realiza en la vida y que nunca debiera haber hecho. Estábamos haciendo rutas en bicicleta de montaña por la zona cuando en una de ellas llegamos a media mañana a Caín. Mientras tomábamos un refrigerio a mi amigo se le pasó por la cabeza: hacer la ruta del Cares en bicicleta, una acción absolutamente desaconsejada, pues ya había habido alguna muerte por caída del ciclista al vacío. Hay que tener en cuenta que el camino es lo suficientemente ancho pero irregular y transita de forma continua con un precipicio al lado en el que cualquier caída sería mortal. Nos liamos la manta a la cabeza e hicimos toda la parte llana, unos ocho o nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. No hubo ningún contratiempo y hay que decir que dada la época no nos cruzamos con nadie. Yo le había advertido a mi amigo que si veíamos a alguien deberíamos parar la bicicleta hasta que hubiera pasado, pues una cosa es que nosotros estemos un poco locos y otra es que pongamos en peligro la vida de los demás. Aquello salió bien y es una experiencia en el recuerdo que aún todavía no sé cómo pude realizar.

Y el pasado miércoles ha sido la última vez y en esta ocasión de forma académica, ida y vuelta y nada de taxis 4x4 que te llevan o te recogen. En la zona de Poncebos dos amables guías informaban a los automovilistas que llegaban y les indicaban todo lo necesario así como organizaban el exiguo aparcamiento de los coches. Es una zona muy concurrida, especialmente en verano y se me ocurre que debieran hacer algo como ya vi hace años en la Laguna Negra de Soria: un gran aparcamiento abajo y un autobús que suba y baje a los visitantes. Algo hay desde Arenas de Cabrales pero por lo que pude leer resulta poco práctico tal y como está concebido. Como he dicho al principio, los recuerdos me traicionaron y además menosprecié un poco el paseo, que no fue tal. Veinticuatro kilómetros son veinticuatro kilómetros y aunque el día estuvo delicioso, el sol pegó fuerte en algunos momentos, pero lo peor fue que no llevé calzado adecuado y las piedras se clavan en las plantas. Además no tuve la precaución de cortarme las uñas de los pies, craso error, que me ha costado perder cuatro de ellas. Pero lo peor de todo, que como digo no recordaba pues nunca la había realizado, fue a la vuelta la bajada final hasta Poncebos, un desnivel que está empedrado, con cantos sueltos, escalones y muy irregular. Menos mal que había comprado dos bastones telescópicos en Caín que me fueron de gran ayuda, pues por otro error había dejado los míos en el coche pensando que iban a ser un estorbo más que una necesidad.

A la montaña siempre hay que tenerla respeto pues las condiciones cambian de un momento para otro y lo que parece que va a ser un agradable paseo puede convertirse en un verdadero suplicio: hay que ir preparado y no fiarse de la memoria que te puede jugar una mala pasada.



domingo, 17 de julio de 2016

PERIODICIDAD






Dicen que el ser humano es un animal de costumbres. Tendemos a hacer las mismas cosas de forma repetitiva a lo largo de amplios períodos de tiempo, muchas veces casi sin darnos cuenta. Antaño las cosas eran más duraderas y había personas que mantenían los mismos hábitos a lo largo de toda su vida. Hogaño los cambios son más rápidos y las personas nos vemos sometidos a alteraciones en nuestras actividades que incorporamos para sobrellevarlos de la mejor manera posible.

Pero también tendemos a intentar regularizar todas nuestras actividades, porque en el fondo es una ventaja y una garantía que a nosotros mismos nos viene bien: las costumbres en nuestra vida nos aportan una relativa sensación de seguridad. Ahora tenemos todos cada vez más unas agendas recordatorias que llevamos permanentemente en el bolsillo durante el día y descansan en nuestra mesilla durante la noche bien cerca de nosotros. Complementariamente, nuestras enormes posibilidades de comunicación casi instantánea con cualquiera en cualquier parte del mundo y en cualquier momento nos permiten eso que se conoce como «quedar en el móvil» o «hacer una perdida cuando sea el momento».

A pesar de todo ello, es bueno periodificar nuestras actividades, no solo las personales sino aquellas en las que tenemos que entablar relación con otros, especialmente las que van más allá de una semana. Las semanales quedan muy controladas por su repetitividad: ir a clase de clarinete todos los jueves a las 20:00, asistir a un monográfico en la universidad los miércoles por la mañana o atender las conferencias del Ateneo en la mañana de los sábados son tareas que no se olvidan por repetirse semanalmente a lo largo de varios meses.

Otra cosa son las actividades que tienen lugar de forma mensual o en períodos más amplios. Ahí si es muy recomendable echar mano de tipificarlas. Todo depende también de cuáles sean nuestras actividades, pues hay personas cuya vida social es más bien exigua y no se encuadran en actividades diversificadas y repetitivas. Bien es verdad que un poco de entropía viene bien y dejarse llevar por la sorpresa añade un poco de aliciente a la vida. Por ejemplo, sería bueno comer cuando se tiene hambre en lugar de hacerlo a unas determinadas horas simplemente porque llega la hora, pero hasta los médicos recomiendan que las actividades de comida, aseo, sueño, etc.etc. se hagan de forma regular a las mismas horas para que el organismo «carbure» mejor y tengamos una buena calidad de vida.

Se me ocurren unos ejemplos, algunos de los cuales sigo y otros pudieran ser de aplicación al común de los mortales. Tras el afeitado de los domingos, limpieza de las cuchillas de la maquinilla de afeitar retirando los restos de polvillo de toda la semana. La jarra del agua será objeto de una limpieza a fondo tras la comida del domingo, de forma rutinaria. Los primeros martes de cada mes, excepto en el periodo veraniego, reunión del club de lectura para debatir y poner en común aspectos del libro leído. En los últimos días de cada mes revisión de los movimientos de las cuentas bancarias a ver si se han cargado los recibos y todo está en orden. El segundo lunes de cada mes reunión con los colegas del grupo fotográfico para intercambiar experiencias y opiniones.

Arrancar y mover un poco una moto antigua o cortarse el pelo pueden ser tareas repetitivas a realizar cada dos meses, aunque en este periodo se pueden elegir fórmulas con una ligera complicación pero que también responden a una pauta, como por ejemplo quedar a comer con antiguos compañeros de trabajo los últimos martes de cada mes impar excepto el mes de julio por aquello de las vacaciones. Esta periodicidad da mucho juego aunque bien es verdad que alguno de los participantes tiende a olvidarse y hay que andar con el correo electrónico mandando misivas de recuerdo, que algunos son muy desmemoriados y además se niegan a recurrir a las agendas electrónicas, mientras haya otro que les avise…Y también hay eventos anuales, como es el «San Canfrán» que tiene lugar el miércoles de la semana en la que cae la fiesta de san  Isidro labrador.

Y me he dejado para el final una relacionada con la fotografía que acompaña esta entrada. Quienes hayan seguido de forma regular este blog sabrán que soy amigo de leerme de cabo a rabo los prospectos que acompañan a los cachivaches y archiperres que llenan nuestros hogares. Uno de ellos es la estación de planchado, cuyo calderín es conveniente limpiar cada dos meses. Yo lo hago tras el primer planchado de los meses impares. Me gustaría saber cuántas personas realizan esta tarea de forma regular si es que la realizan.  Basta con hacerlo una vez para darse cuenta de la importancia de la misma, si queremos mantener nuestro aparato en perfecto estado; otra cosa es que nos guste cambiarlo y la mejor manera muchas veces es dejar que se estropee.  En la foto se pueden apreciar los restos en forma de piedrecitas calcificadas que salen en la limpieza. Yo me quedo alucinado y el recuerdo de la imagen hace que no se me olvide esta rutina periódica bimensual.