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domingo, 10 de marzo de 2019

SUBSISTENCIA



Es menester comenzar esta entrada, por si acaso, con la consabida frase ya por todos conocida: «Los hechos y personajes relatados en esta historia son completamente ficticios. Por tanto, cualquier parecido o coincidencia con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura y casual coincidencia».

Érase una vez hace muchos años un ayuntamiento de un pueblo español en aquella época que se conocía como franquista. Tanto el alcalde como los concejales eran prácticamente designados a dedo y poco o nada podían hacer los ciudadanos por influir en esa designación. En la época en la que se desarrolla la historia, en los años sesenta del siglo XX, el alcalde a la sazón era uno de los médicos del pueblo y entre sus concejales, el encargado de deporte concretamente era del mismo gremio: un practicante. En el ayuntamiento, en puestos fijos que trascendían a estos dirigentes ocasionales, hallábanse los consabidos secretario, interventor, arquitecto, encargado de obras, jefe de la policía municipal y tantos y tantos otros, profesionales —técnicos de ahora en adelante— que laboraban desde hacía años en sus puestos municipales y que trascenderían a los regidores que acabarían siendo sustituidos tarde o temprano por otros con el paso de los años.

Estos gobernantes ocasionales, alcalde y concejales, acudían al ayuntamiento un día de la semana por la tarde a mantener una reunión decisoria con los técnicos, que informaban de las actuaciones en curso y futuras en los diferentes ámbitos municipales, expresando a los regidores sus opiniones y pareceres sobre cómo actuar. Los regidores escuchaban a estos técnicos, se supone que conocedores de sus materias, y tomaban las decisiones correspondientes para que los asuntos siguieran su curso. Tras ello, estos regidores se volvían a sus casas y al día siguiente se incorporaban a sus trabajos de los que vivían, el alcalde a tratar a sus pacientes, el practicante a «pinchar culos» por aquel entonces y, en fin, cada uno a su profesión, que evidentemente y como se desprende de estas palabras no era la de político. Ser político no era una profesión de la que se pudiera vivir en aquella época y aunque tuvieran una pequeña asignación monetaria por asistir a estas reuniones, el montante no daba para mucho.

Pasaron los años y llegó un cambio radical: los ayuntamientos se convirtieron en democráticos y los alcaldes y concejales eran elegidos por el voto popular. La cosa ya cambió mucho. El alcalde dejaba temporalmente sus obligaciones laborales y se dedicaba por entero al ayuntamiento, ahora ya sí como profesión remunerada de forma suficiente. Con el tiempo no solo el alcalde sino hasta ocho concejales en este ayuntamiento engrosarían las filas de los «empleados remunerados» con lo que ya podíamos decir que la política era una profesión.

Con el tiempo, alcalde y concejales, desde sus despachos, dirigían las actuaciones municipales y los técnicos municipales acabaron por convertirse en un estorbo. Sus opiniones empezaron a ser tenidas menos en cuenta y poco a poco los regidores se las apañaron para ningunearlos pues no podían consentir que un «empleaducho» municipal cuestionara decisiones del alcalde o un concejal, personas todopoderosas que actuaban «mandados por el pueblo». Un concejal delegado de obras no podía consentir, de ninguna manera, que el interventor municipal indicara que una determinada actuación no podía hacerse al no estar contemplada en los presupuestos y no disponer de fondos para ella. El alcalde no podía consentir que una determinada actuación urbanística a la que él se había comprometido con el constructor de turno sin tener ni idea, fuera denegada por el departamento de obras municipal y su arquitecto al frente.

Con todo ello, nacieron nuevas profesiones remuneradas: los cargos de confianza, dispuestos a decir a sus contratadores lo que querían oír y de paso dejar bien claro a los técnicos municipales que quedaban convertidos en meras figuras decorativas y que tuvieran cuidado con lo que decían so pena de… (ponga aquí cada lector lo que se le ocurra, hasta las ideas más peregrinas que seguro han ocurrido en alguno de los miles de ayuntamientos).

Esta historia se amplificó a otro «invento» de aquella época: el «café para todos», es decir, las Autonomías Españolas a las que he dedicado algunas entradas en este blog en el pasado como por ejemplo AUTONOMÍ...suyas, y que siguen siendo una pesada carga para el bolsillo del contribuyente español, que ve como se recortan temas vitales para su vida diaria como vivienda, educación, enseñanza, sanidad o transporte entre otras para poder sufragar la nómina de la, en mi opinión y salvo casos, caterva de políticos y adláteres que mantienen un entramado que más que mejorar la vida de las personas la dificulta. Pero claro, para esto habrá opiniones para todos los gustos. Ya se sabe, tres españoles, cinco opiniones por la mañana y hasta ocho o más por la tarde.

Y tras esta historia de ficción, vamos al tema. En estos días estamos asistiendo al esperpento que supone el juicio denominado como del procés en la Audiencia Nacional donde se juzgan los hechos ocurridos en los últimos años en la Autonomía Catalana. Todos los españolitos tenemos formada nuestra opinión sobre este asunto y especialmente sobre la violencia que en algunos momentos ha tenido lugar. Está claro que determinadas actuaciones tanto de las personas como de las fuerzas de seguridad pueden ser consideradas sí o no violencia según el color del cristal con que se mire.

Yo no puedo entender, todavía, que competencias (completas) en materia de seguridad hayan sido cedidas al control de las autonomías, como ocurre en Cataluña y en alguna otra autonomía, como tampoco algunas otras como sanidad o educación. Pero, insisto, son opiniones. En todo caso, los «Mossos d’Esquadra» o bien «mossos d’escuadra», —unos con mayúscula y otros con minúscula, ver uniformes en la fotografía— fuerza de seguridad en Cataluña, está integrada por profesionales que trascienden a los dirigentes, ocasionales, en un determinado momento. Como igualmente y por poner un ejemplo añadido son los letrados asesores de la Generalitat. Son técnicos que estaban antes de que llegaran los diputados electos actuales y que estarán cuando se marchen y vengan otros.

Tiene que ser muy difícil obedecer órdenes de políticos que choquen frontalmente con las opiniones de los técnicos y las advertencias en su contra como ahora se está demostrando, por si alguno tenía alguna duda, que ocurrió. A algún profesional de estas fuerzas de seguridad le ha costado ya el puesto y lo que es peor, la honra. Pero a nivel global, la independencia de estos profesionales, técnicos al servicio de la comunidad a lo largo del tiempo, no puede ser puesta en entredicho ni forzada por políticos advenedizos que entran como elefante en cacharrería enarbolando sus opiniones personales o las de sus adláteres que les ríen las gracias.

El tiempo dará y quitará razones, pero desde un punto de vista práctico, hay que solucionar las cosas del vivir día a día antes de juguetear con las emociones de las personas. Las emociones son muy bonitas cuando se tienen cubiertas las necesidades básicas. Cuando tenga una casa donde vivir con mi familia, un trabajo, una educación, una sanidad… ya decidiré si me hago seguidor del Sevilla o del Betis.

AÑADIDO EL LUNES 11 de marzo de 2019. 

Leo en prensa una información complementaria con lo expuesto de la que dejo constancia aquí. Un ex letrado de la Generalitat —enfatizo lo de ex—, Antoní Bayona, ha publicado recientemente un libro titulado «No todo vale: la mirada de un jurista a las entrañas del procés». Habrá que leerle en los próximos días pues seguramente revelará  información interesante y relevante de primera mano. 
 
 

domingo, 3 de marzo de 2019

MAN




Hay algunas cosas que se van dejando pendientes y pasan los meses casi sin darse cuenta sin que finalmente se acometan. Una de ellas era la visita al Museo Arqueológico Nacional del que todo el mundo hablaba maravillas desde su apertura tras la gran remodelación que ha sufrido. Para no dejar pasar más tiempo, esta semana le ha llegado la hora.


Las visitas a los museos implican para muchas personas, entre las que me encuentro, una relación de amor y odio. Los hay de muchos tipos y para todos los gustos. Citaré uno curioso cuya visita tengo también pendiente: el Museo del Cine en el madrileño pueblo de Villarejo de Salvanés, bastante desconocido pero muy, pero que muy, recomendable. Conviene fijar la visita con antelación para no presentarse allí y encontrarlo cerrado como me ocurrió hace unas semanas. Resulta que el titular es un familiar de mi buen amigo Félix, así que cuando vaya a realizar la visita recurriré a él para ir sobre seguro y si consigo que me acompañe mejor que mejor, aunque su residencia en Valencia en la actualidad complica un poco las cosas.


En mi época adolescente y junto con mi primo Álvaro, tuvimos la fiebre de visitar todos los museos de Madrid. Aprovechando períodos vacacionales en el colegio, me iba a la capital y me dedicaba con mi primo a recorrer todos los museos; no dejamos ni uno sin visitar, aunque de eso hace ya casi una cincuentena de años y las cosas han cambiado mucho, incluso algunos ya no existen o han sido trasladados como el Museo del Ejército, cuya visita recuerdo nítidamente por la impresión derivada de la contemplación de aquellas armas. Creo que ahora está en Toledo.


Visitar un museo es casi un sinónimo de salir con la cabeza caliente abrumado por la información, salvo que lo hagas de una manera comedida y planificada. La mejor que recuerdo en mi caso tuvo lugar en 1980. Recuerdo nítidamente la fecha porque un grupo de seis compañeros de la oficina estábamos en Londres y nos desayunamos el primer día, un ocho de diciembre, con el asesinato de John Lennon que había tenido lugar en Nueva York. El viaje a Londres era de una semana y había sido cuidadosamente planificado no recuerdo por cuál de los compañeros: el hotel estaba cercano al British Museum, que en aquella época era gratuito y lo primero que hicimos cada día al salir del hotel fue dedicar una hora, solo una hora, al museo, para visitar salas y cosas concretas. La primera hora de la tarde la dedicábamos a hacer lo mismo en la National Gallery. Este sistema nos permitió absorber la información sin llegar a la saturación y el hastío.


Mi primera visita al Museo Arqueológico Nacional, situado en la calle Serrano de Madrid por detrás de la Biblioteca Nacional de España, tuvo lugar hace muchos años y fue para visitar una reproducción magistral de la Cueva de Altamira que se había realizado bajo el jardín. Era casi imposible visitar la real, aunque en aquella época era posible y mi mujer lo consiguió. Esta semana me he acercado con los mismos planteamientos: estar menos de dos horas y disfrutar de algunos períodos de la historia de España, concretamente de la época de la dominación —bendita dominación— romana, un período que comprende más o menos desde el siglo II antes de Cristo y la caída del imperio en la parte final del siglo V de nuestra era. Por cierto, esta forma de fijar las fechas me ha recordado une entrada ya antigua de este blog «CALENDARIOS» sobre el asunto de la datación que he vuelto a leer con fruición.


No recuerdo como era el museo antes de la remodelación. Pero tras ella solo puedo expresar palabras de admiración. La información que acompaña a cada objeto expuesto es exhaustiva. La iluminación de las salas, magistral. La diversidad de objetos, amplísima. Los vídeos informativos que abundan en las salas son muy explicativos, de duración contenida y acercan al visitante a la época y las características de personas y lugares de forma que permiten formarse una idea precisa. Es materialmente imposible leer toda la información y detenerse en todas las piezas que se muestran. Por ello, mi recomendación de verlo en pequeñas dosis y de forma controlada y calculada es vital para no salir saturado de información e imágenes.


Esta semana he vuelto. Como mutualista de la Mutua Madrileña en la que tengo asegurado mi vehículo, puedo acceder de forma gratuita al museo, así que aprovecharé esta circunstancia para acercarme por allí de vez en cuando y tratar de asimilar algún período concreto de los muchos que se exponen allí. Es muy recomendable hacerse con una tableta que permite hacer una visita guiada. También hay una aplicación —app— gratuita para el propio teléfono móvil. En todo caso, la página web del museo contiene abundante información y es muy conveniente acceder a ella con antelación para planificar la visita. Cuando vuelva de nuevo, la Prehistoria será posiblemente la opción elegida. Para ello me descargaré la guía breve y visualizaré la docena de vídeos a mi disposición en la página web accesibles desde este enlace.


Y al final, como se suele decir, visite nuestro bar. Espectacular cafetería accesible sin tener que acceder al museo y con una terraza exterior en los propios jardines que harán las delicias de un buen libro si se está solo o una buena conversación si se va en grupo.



domingo, 24 de febrero de 2019

ACTUALIZACIONES




Si hubiera sucumbido a la tentación de utilizar la palabra inglesa que mejor define el comentario que voy a hacer hoy, habría titulado esta entrada «Upgrade», pero para que no se diga, recurro a un vocablo español con significado parecido. Cada vez más estamos rodeados por todas partes de cachivaches tecnológicos que requieren ser puestos al día con más o menos frecuencia en dos aspectos para los que, ahora sí, me permito utilizar las palabras inglesas «hardware» y «software», es decir, la parte física y la parte lógica respectivamente.

Nuestros teléfonos y nuestros ordenadores, conectados ya permanentemente queramos o no a internet, nos avisan continuamente de que existen actualizaciones para nuestros programas instalados —app’s— y prácticamente nos obligan a instalarlas so pena de quedarnos fuera de juego. Esto exige un grado de confianza en las empresas que generan estas aplicaciones que últimamente se está poniendo en tela de juicio debido a innumerables fallos como los recientes de Microsoft en las actualizaciones mensuales para Windows 10 de octubre de 2018 y febrero de 2019 que, si las aceptamos, pueden dejar nuestro ordenador como un sembrado, perdiendo incluso datos propios. Esto no sería un gran problema si tenemos nuestras copias de seguridad, pero en este asunto los usuarios somos muy confiados y creemos que nunca va a pasar nada y nuestro ordenador se comportará como un campeón, sin ningún fallo, por los siglos de los siglos.

Además de los programas que nos suenan y que se ejecutan en nuestros ordenadores y teléfonos, hay otros más sibilinos y desconocidos que son el principio de todo y que los mortales por lo general desconocen ya que están fuera de su alcance. Me refiero a los conocidos como «BIOS» en los ordenadores o «ROM» en los teléfonos. Estos programas son básicos y muy delicados porque son los que se ponen en marcha cuando se enciende el aparato y establecen la carga inicial y la preparación para que podamos funcionar y ejecutar nuestras aplicaciones. No es fácil lidiar con ellos, aunque, como todo en esta vida, cualquier persona puede llegar a actualizarlos dedicando un tiempo por lo general considerable. Por ejemplo, mi teléfono Samsung Galaxy Note 2, un terminal de 2012 con más de seis años de funcionamiento, ya no tiene de Samsung nada más que el logotipo y eso porque no quiero rascarle, pero ganas me dan de pegarle encima una etiqueta que lo tape. Debido a que las marcas, al menos esta, consideran que un terminal queda obsoleto al año y medio, tuve que dedicar mucho tiempo y esfuerzo a dejarle limpio como la patena y cargar una «rom» general que me ha permitido actualizar el terminal a versiones recientes de Android sin tener que depender de la casa fabricante que, como ya digo, se olvida de sus aparatos cuando estos ya tienen un año y medio de antigüedad.

Pero la entrada de hoy no va del software sino del hardware. En esta sociedad moderna, lo mejor es cambiar de aparato con frecuencia y evitarnos el mantenimiento —y la limpieza que ahora hablaremos de ella— de nuestros ordenadores. Mi PC fijo fue adquirido en 2001 pero evidentemente en estos casi 20 años ha sufrido diferentes actualizaciones—upgrades— que le permiten estar al día. Los discos no son los mismos, la fuente de alimentación ha sido cambiada al menos tres veces, la placa base al menos dos, el procesador, la tarjeta gráfica, la tarjeta de red… todos estos componentes han sido actualizados periódicamente para tener un aparato tecnológicamente al día sin tener que cambiar el todo y desechar lo antiguo.

Evidentemente, para esto hay que convertirse en una especie de mecánico de ordenadores que requiere su tiempo y que es sencillo cuando se sabe el tornillo que hay que apretar. Hoy en día se dispone de mucha información y muchos tutoriales en la red, algunos magníficos en Youtube, pero hay que dedicar tiempo y esfuerzo al asunto y no todas las personas están dispuestas a ello. Claro, es mejor llamar al amiguete para que se venga a tomar una cerveza a casa y de paso te apañe algo en tu ordenador.

En estas semanas de atrás se me ha llenado el disco interno de mi PC portátil. Se trataba de un disco SSD de 120 Gb donde estaba instalado el sistema operativo Windows 10. No quiero entrar en la cantidad de basura que este sistema va dejando con el paso del tiempo —ficheros que un mortal no sabe para qué sirven, ocupan mucho y no te deja borrar—. El caso es que se imponía un cambio de disco. Afortunadamente los discos SSD, recomendables por su rapidez, han bajado bastante de precio. Pero cambiar uno por otro no es sencillo, hace falta haberle dedicado muchas horas al asunto con anterioridad para acometer, con mucho respeto, este cambio.

Primero, si se quiere que todo siga funcionando igual hay que copiar el disco viejo en el nuevo. ¿Cómo se hace esto? Yo he utilizado un programa maravilloso llamado ACRONIS que permite sacar copias periódicas del disco por si se nos estropea —los discos se estropean con el tiempo y con el uso— y también copiar un disco en otro más grande. Ya aviso que no es fácil manejar el programa ACRONIS y que he pasado muchas horas y muchos sustos con él hasta que ahora puedo decir, con mucho respeto todavía, que lo puedo manejar sin demasiado miedo.

Una vez copiado el disco, hay que desmontar el portátil, otra cuestión que no suele ser sencilla, porque a los fabricantes no les gusta que personal «no» especializado les hurgue en sus máquinas. En la imagen se puede ver mi Toshiba P50 de 2014 con las tripas al aire y en el lateral izquierdo encima de un folio en blanco la tornillería que hay que quitar para poder acceder al interior. Cambiar un disco por otro es sencillo: desenchufar y enchufar. Luego volver a tapar, colocar toda la tornillería, arrancar y que todo funcione. Sencillo ¿verdad? Pues manos a la obra.

Me permito recomendar aquí la lectura de la entrada de octubre de 2012 en este mismo blog titulada «SSD» para animar al personal a mancharse las manos.

Pero, antes de cerrar… un asunto muy importante: la LIMPIEZA. Los ordenadores se calientan, se calientan mucho. Los procesadores, cada vez más potentes, adquieren grandes temperaturas que hay que disipar por el momento con ventiladores, aunque ya hay algunas placas base que empiezan a utilizar líquidos refrigerantes enfriados de forma externa. Yo utilizo en mis ordenadores un programa gratuito llamado «CoreTemp» que me permite monitorizar la temperatura del procesador.


 Por ejemplo, en mi ordenador fijo, que es el que más horas utilizo de forma continuada, sé que la temperatura en cada uno de los cuatro procesadores queda por debajo de los 50 grados centígrados tras una limpieza. Con el tiempo está temperatura va subiendo poco a poco, lo que indica que el ventilador y el disipador están siendo cubiertos por el polvo. Toca desmontar el ordenador, desmontar disipador y ventilador y tirar de aspiradora para dejarlos limpios. De paso si cambiamos la silicona termal entre disipador y procesador mejor que mejor. Todo esto le sonará a chino a muchos mortales como a mí me pasaba hace años. Ahora lo sé porque he dedicado muchas horas a intentar conocer de qué va todo esto.

Llevamos el coche una vez al año al taller —me toca en unas semanas— para que lo revisen, pero no tenemos la costumbre de llevar el ordenador… ¿por qué?


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