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domingo, 5 de junio de 2022

BONHOMÍA

Pasan cosas. Y no hace falta que nos pasen a nosotros mismos porque hemos podido conocerlas a través de los medios, las redes sociales o alguno de los muchos canales que nos inundan a diario. Y como es mucho mejor escarmentar en cabeza ajena que en la propia, incorporamos situaciones a nuestro entender para así acometerlas de mejor manera si por algún casual nos ocurren a nosotros. Pero hay veces en que las cosas no son como parecen.

Llevaba varios días preocupado —mosqueado sería incorrecto— con un problema en mi coche. Aunque conseguía activar el control automático de  velocidad para fijar la misma y desentenderme del pedal de aceleración, fallos esporádicos lo desactivaban sin ninguna lógica. Una avería de esas intermitentes que te ponen los pelos de punta con pensar en llevar el coche al taller. Y así se iban pasando los días, tampoco era un asunto grave y que solo presentaba inconvenientes en circulación por autopistas que es cuando está recomendado usar el automático.

Esta semana circulaba por una carretera de un solo carril en cada sentido para desplazarme a una localidad distante de la mía algo más de quince kilómetros. Durante un buen rato, una furgoneta con dos ocupantes me hizo señas con ráfagas de luces para indicarme algo. No había muchos sitios donde detenerse, pero a uno le da por pensar en esos sucesos en que se han aprovechado estas detenciones para desvalijarte por lo menos cuando no cosas peores.

Mi coche, aunque ya no es de anteayer, está lleno de sensores que avisan casi de cualquier cosa, desde una puerta o maletero abierto hasta falta de presión en las ruedas. Ningún indicador de anomalías en el salpicadero me llevó a hacer caso omiso de los avisos. Cuando llegué a mi destino y estacioné el coche habiendo perdido de vista a la furgoneta perseguidora, me bajé del coche y revisé todo en el exterior, incluso los bajos, sin encontrar nada. En fin, vaya Vd. a saber lo que querían indicarme.

De regreso a mi localidad tras acabar las gestiones, nuevamente un vehículo, esta vez normal y con un solo ocupante, empezó a darme ráfagas con sus luces largas. Esto ya no es normal pero el panel del salpicadero seguía limpio sin ningún indicador. Estaba llegando a mi destino cuando tras circular por algunas calles del pueblo observé que el vehículo que me había avisado me seguía. Paré a la entrada de mi garaje para esperar la apertura de la puerta automática y el vehículo se paró detrás.

Estábamos ya en una zona poblada y observé que el conductor se bajaba y se acercaba a mi ventanilla con intención de decirme algo. No le conocía de nada, pero en ningún momento me pareció que su actitud fuera amenazadora. Con exquisita educación me dijo: «Muy buenas tardes; circula Vd. con las luces de freno permanentemente encendidas, lo que puede suponer un peligro cuando frene de verdad». Me bajé del coche para mostrarle mi más efusivo agradecimiento por su acción que le había ocasionado seguramente un desvío en su marcha y una pérdida de tiempo.

Si al revisar mi coche cuando estaba estacionado lo hubiera dejado en marcha posiblemente hubiera apreciado esta avería, pero no lo hice. Hubiera visto esta avería si hubiera pasado por alguna zona donde espejos o cristales de escaparates hubieran reflejado la parte trasera de mi coche y pudiera apreciarlo por el retrovisor. O si otra persona, conocida, me hubiera visto circulando tan traseramente iluminado.

Aquí está la explicación de mis fallos en el navegador automático de velocidad. Esto demuestra que llevo unas semanas circulando por ahí con las luces de freno encendidas, en carretera y en ciudad, un peligro en el que seguiría instalado si este buen hombre no hubiera demostrado su magnanimidad para avisarme. El contactor del pedal de freno se había estropeado, una avería simple que en menos de media hora me arreglaron el taller.

Hay personas buenas por el mundo, muchas más que malas me atrevería a asegurar. O por lo menos neutras en esto de la bondad y la maldad. El problema es que las acciones de las malas son más impactantes, se propagan más y nos ponen en guardia ante las posibles consecuencias para nosotros. Seguramente aquellos dos ocupantes de la furgoneta se hubieran detenido tras de mí si hubiera parado para indicarme la avería y no para infligirme daño alguno.

Ya dijo Edmund Burke que «para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada». Bonhomía es, a decir del diccionario, «afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento». Me quedo con la acepción de honradez, cuya práctica nos iría muy bien a todos en nuestro deambular por la sociedad. Si ya añadimos la de bondad y el resto, miel sobre hojuelas.