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domingo, 29 de octubre de 2023

NYCmarathon 2de3

 

Prosigo el relato iniciado en la entrada anterior acerca de mi participación en la maratón de Nueva York de 1997.

Enlace a la entrada anterior.

Por aquel mes de mayo de 1.996 se inauguró en Madrid un nuevo cine IMAX con una pantalla semiesférica gigante. Tres semanas después de la maratón de Madrid fui con Ilia y Mercedes. Proyectaban un documental sobre la resistencia humana. Imágenes de alpinismo, escalada, travesía en nieve y...   maratón. La imagen del puente Verrazano, en la salida de la maratón de Nueva York, lleno de miles de corredores, inundaba de lado a lado la pantalla esférica de tal manera que la vista no alcanzaba a verlo todo. Aquella imagen me impresionó y me dije interiormente que yo quería estar allí. No cuadraba con aquello de no más maratones, pero era tan cautivador...

Al día siguiente lo comenté en la oficina con Miguel Angel y Arturo. Miguel Angel me sugirió abrir una cuenta especial, que yo internamente titulé NYCM-1997 y empecé desde ese mismo momento a hacer una transferencia mensual con vistas a ahorrar para estar presente en la edición de 1.997.

Por noviembre de ese año de 1.996 anduve siguiendo todas las noticias que podía de la maratón de Nueva York. Martín Fiz quedó séptimo y por medio de internet empecé a darme cuenta de lo impresionante de las cifras que rodeaban la maratón. Más de 30.000 personas de cien países del mundo, ciento ochenta y tantos españoles... Impresionante. Bueno, al año siguiente yo estaría allí, Dios mediante.

En enero empezamos a preparar la que sería la XX maratón de Madrid. Yo no tenía muchas ganas pues mi objetivo estaba en Nueva York el 2 de noviembre y no me quería «quemar» en Madrid. Nos apuntamos a un entrenamiento auspiciado por Mapoma y que dirigía Mariano Rodríguez y que consistía en entrenar por libre entre semana e ir los domingos a la casa de Campo y entrenar en compañía de otros. Yo no podía ir todos los domingos, pero el ambiente era inmejorable. Nos hicieron un reconocimiento médico deportivo y todo iba sobre ruedas. Se nos habían incorporado otros compañeros de oficina, Ricardo y Montse, y también Carmen y Andrés, empleados de une empresa vecina a la nuestra. Sería su primera maratón. Había más compañeros en la empresa que corrían maratón, Juan Carlos, Eduardo… pero estaban en otros niveles. El pequeño circuito de 1.400 metros de la vuelta al polideportivo del Barrio del Pilar ya casi no lo usábamos. Habíamos ampliado el circuito al que denominábamos Cipri, de 2.800 metros y uno nuevo de 5.300 que fue bautizado como Sinesio por recorrer bastante esa calle. Ya al final recorrimos otro nuevo de unos 12,5 kms. por la Dehesa de la Villa y Puerta de Hierro. Era una gozada juntarnos cinco o seis al mediodía y trotar todos juntos por las calles del Barrio de Pilar.

Volvimos a correr, este año todos, los 20 Km. de Madrid. Es una carrera que, salvo lesiones he decidido correr «todos los años de mi vida». La distancia justa, las calles de Madrid precisas, la época... en fin una carrera preciosa para obligarse, al menos una vez por año, haya o no haya más maratones, a estar en una cierta forma.

La rodilla izquierda, con sus dos operaciones de menisco me había estado dando mucha guerra durante la preparación. Dolores e inflamaciones que remitían al llevar un rato corriendo no presagiaban nada bueno. Estaba en 93 kilos y mi altura no había variado, por lo que la relación era nefasta desde el punto de vista de la carrera.

La semana anterior a la maratón cogí un resfriado-gripe de campeonato, debido a que el sábado anterior salí a entrenar bajo una intensa lluvia. Tuve que tomar antibióticos y no llegué al día de la maratón con buenas sensaciones, pero así y todo decidí correr. Bajo los efusivos ánimos de Mercedes, Duato, Susana, Paloma, Martínez, Alberto y el público de Madrid, llegamos los cinco corredores juntos bien al kilómetro 25.  Montse y Andrés habían escapado muy al principio e irían por delante. Allí, en la temible rampa de entrada a la casa de campo bajo la M-30 Ricardo sufrió un mareo y se le quedó la cara blanca. Yo me quedé con él mientras Arturo, Miguel Ángel y Carmen seguían la carrera. Llegamos andando al siguiente puesto de control y allí le reanimaron con masajes y líquidos. Continuamos andando un rato. Cuando intentamos correr de nuevo, sentí un tremendo dolor en la cara lateral externa de la rodilla derecha, la buena. Seguí intentando, pero en el Km. 30 decidí retirarme para no lesionarme gravemente. Mi objetivo era Nueva York y no Madrid. Junto con Martínez y Alberto, tomé el metro para dirigirme al retiro a aplaudir a los demás. Arturo, Miguel Ángel y Carmen llegaron en 4:50 y Ricardo finalmente entró en 5:10.

En febrero había contactado con una agencia de viajes y había formalizado mi inscripción en firme para la maratón de Nueva York de 1.997. Ya estábamos en camino con mi propia determinación y compromiso.

Decidí ir a un prestigioso médico especialista de rodilla que teníamos en los servicios médicos, aunque me presagiaba que lo que me iba a decir no me gustaría. Tras unas visitas y unas radiografías me dijo lo que yo no quería escuchar. Nada de maratones con mi edad, peso y estado de la rodilla. Bicicleta o natación. No era plan operar ni yo lo quería.

Esto chocaba frontalmente con mi ilusión de Nueva York. Tomé la decisión de, a pesar de todo, correr como fuera y luego dejarlo. Me propuse perder peso, hasta al menos 85 kgs. en el momento de la carrera. Se acercaba el verano y, en anteriores veranos, las molestias en la rodilla doblemente operada habían sido casi imperceptibles.

Pero estaba la lesión de la otra rodilla. Cuando volví a los entrenamientos, a los 12 o 15 minutos volvían los dolores y tenía que parar. Me recomendaron parar durante 20 días y que luego podría reanudar los entrenamientos. Pero al reanudarlos los dolores persistían. Me empecé a poner nervioso con la posibilidad que mi ilusión de correr en Nueva York se estuviera esfumando.

Por fortuna, una compañera de trabajo, Conchita, me habló de un fisioterapeuta en la que ella tenía mucha confianza. Me dirigí a él y me diagnosticó una «tendinitis de la fascia». Él, su equipo y seis sesiones de masaje y corrientes me pusieron de nuevo en los entrenamientos, eso sí, solo en llano y tierra o hierba.

La solución estaba en el Camino Horizontal con sus dos kilómetros y medio llanos y de tierra. También el Parque de Terreros con sus 545 metros de perímetro llano y de tierra, algo más aburrido. Al volver a correr de nuevo me di cuenta de que había perdido mucha condición física, pues me costaba trabajo correr siquiera 5 Km. Había que entrenar mucho para Nueva York y el tiempo empezaba a correr deprisa.

La «web» de la maratón de Nueva York aportaba cantidad de información sobre la carrera, planes, consejos, etc. etc. Adapté uno de los planes a mis características y el día 16 de Julio de 1.997 comencé oficialmente los entrenamientos. El verano venía de cara y los entrenamientos iban a ser en solitario, cinco días a la semana. Cuando pudiera, de día o de noche.

Felizmente las molestias de ambas rodillas no hicieron su aparición. Seguía haciendo todo el entrenamiento en tierra y llano. Pensaba que, de fallar por culpa de las cuestas o el asfalto, fuera directamente en la carrera. Salvo un par de semanas en que cogí una fuerte colitis, el resto de los entrenamientos se desarrollaron con normalidad y metódicamente, no sin verdaderos equilibrios para encontrar las horas disponibles. Alguna semana llegué a los 70 km. Aunque lo normal era alrededor de 60, eso sí, hechos donde me pillara, de vacaciones, en casa o en el trabajo, a las 11 de la noche o las 4:30 de la madrugada. Había que cumplir con el plan con determinación y sin fisuras: había adquirido un compromiso muy importante con una persona importante: yo mismo. Tan solo una carrera «oficial» que fue la Media Maratón de Alcorcón, completada con otro maratonista amigo, Luis, en un poco menos de 2 horas.

Confeccioné un pequeño programa de ordenador que suponía una «cuenta atrás» que me sorprendía cada día al conectarme al ordenador por la mañana. Los días fueron bajando a gran velocidad desde los ciento y pico hasta desaparecer. Casi sin darme cuenta llegó la semana de la carrera. Las frases de ánimo y de aliento me llegaron de muchos compañeros y amigos. De palabra, por teléfono o por correo electrónico me fueron animando para conseguir el fin propuesto, que no era otro que acabar corriendo todo el trayecto y en un tiempo de 4:30.

A través del acceso por internet al web del NYC Road Runners Club comprobé mi inscripción efectiva como uno de los 202 españoles y españolas. Una muy abundante información de todo tipo, médica, de entrenamientos, consejos, etc. etc. aparecía día tras día a través de la pantalla del ordenador.

El jueves 31 de octubre de 1997 cogí el mismo autobús de las 6:15 que usaba a diario para ir a trabajar, pero esta vez con una maleta. Luis, el conductor habitual, me preguntó que donde iba de vacaciones. Cuando le dije a lo que iba se quedó estupefacto. A la vuelta me preguntaría sobre el tema con gran cariño. Mercedes me estaba esperando en Moncloa y me llevó al aeropuerto. El vuelo era a las 12 pero a las 8 de la mañana ya estaba allí. El nerviosismo iba en aumento, pues la fecha y la hora de la verdad se acercaba. Fueron llegando los otros maratonistas que iban a participar el domingo en la carrera.

Al llegar a Nueva York y en el camino al hotel fuimos apreciando que la maratón de Nueva York era otra cosa. Continuamente anunciada en los paneles de las autopistas, con banderas en las farolas, en los anuncios de los autobuses. La gente de Nueva York la iba a vivir. Tras dejar las cosas en el hotel nos dirigimos en el metro a la Feria del Corredor. La cola para entrar era tremenda, y faltaban tres días todavía. La tienda de recuerdos de la propia maratón era inmensa, a la vez que tremendamente cara, lo que no parecía importar a los corredores que compraban y compraban camisetas, sudaderas, y todo tipo de cosas. Una organización impecable, unos estands de anuncios impresionantes en tres plantas de un gran edificio de Congresos. Recogimos nuestra bolsa con nuestra documentación y regalos y volvimos al hotel.

El viernes fue de relax y turismo, con visita a la clásica Estatua de la Libertad. Me uní a cuatro chavales vascos que estaban en el mismo hotel y pasamos un día agradable.

El sábado se celebraba la carrera de la amistad para los corredores internacionales. Nos congregamos en el edificio de la O.N.U. bajo una incesante lluvia. Todos pensábamos que no debíamos de haber ido, pero allí estábamos trotando esos 7 u 8 kilómetros por las impresionantes avenidas de Nueva York, camino de Central Park, donde nos obsequiaron con un suculento desayuno. La lluvia era intensa y en taxi volvimos al hotel a ducharnos y secarnos para evitar resfriados. La carrera era al día siguiente y todos comentamos el hecho de la lluvia esperando que al día siguiente no fuera igual.

No paró de llover durante todo el sábado. Pasamos la tarde en el Museo de Historia Natural, que estaba cerca de la Fiesta de la Pasta. Sobre las 18:00 nos dirigimos a ella y apreciamos de inmediato la tremenda cola para entrar. Todo es tremendo en Nueva York y la cola de la fiesta de la pasta no iba a ser menos. Tardamos como una hora bajo una intensa lluvia, pero mereció la pena, pues pronto nos vimos sentados, sí sentados, en una gran mesa redonda, dentro de una gigantesca carpa llena de música y globos, con cuatro pantallas gigantes rememorando maratones anteriores y una espléndida bandeja con tres clases de pasta, bebida, una gorra y una camiseta, continuamente atendidos por los voluntarios. Acabamos pronto para permitir que otros muchos corredores que estaban fuera en la cola accedieran al recinto y nos dirigimos al hotel para descansar.

Por fin llegó el día esperado, 2 de noviembre de 1.997. Había que estar a las siete de la mañana en el hall del hotel, donde nos recogería un autobús para llevarnos a Fort  Wordswod, el lugar de concentración de corredores al otro lado del puente Verrazano sobre la bahía de Nueva York. Desayuné en el hotel, aunque luego comprobé que no habría hecho falta, pues en la concentración de la salida había todo tipo de los clásicos alimentos que se toman unas horas antes de la carrera. Pero hubo otros problemillas.

A las 7:30 ya estábamos allí. Y la carrera no empezaría hasta las 10:35. Cuestiones de organización. No llovía, pero el frío y la humedad eran significativos. Es bastante difícil imaginar a más de 30.000 corredores allí todos metidos. Cada cual se dedicaba algo. Unos tumbados en el suelo en cartones arropados con plásticos: el estar de pie tres horas antes de la carrera no era bueno. Usamos las bolsas de dejar la ropa para sentarnos en un bordillo, beber agua y dejar pasar el tiempo, que se hacía eterno. Habían caído unas gotas, pero afortunadamente no llovía, aunque el día no presagiaba nada bueno.

Era imposible moverse. Era imposible ir a orinar. La multitud de corredores era impresionante. Una hora antes ya había que dirigirse a los camiones de la UPS a dejar la ropa que luego recogeríamos en la meta. La gente llevaba ropa y zapatillas viejas, que luego tiraría al empezar la carrera, para no estar una hora al frío. Otra buena idea de algunos era el cubrirse con grandes bolsas de plástico de basura dejando solo la cabeza fuera. Siempre se cogen experiencias para futuras carreras.

Una vez dejada la bolsa en el camión correspondiente a tu letra de apellido, empezaba la ardua tarea de encontrar tu salida, una de las tres existentes, roja, azul y verde, e «intentar» dirigirte a ella. Todavía faltaban tres cuartos de hora y ya era casi imposible moverse. Poco a poco fui avanzando hasta mi «corral» que debido a un error en el tiempo estimado estaba bastante adelante en la salida verde.  Era imposible siquiera calentar un poco porque estábamos «como piojos en costura» unos contra otros. De nuevo una buena idea eran las cremas de calentamiento que se aplicaban algunos corredores previsores, desechando el tubo.

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