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domingo, 11 de mayo de 2025

CHULETAS


 Nunca se me olvidará la imagen de mi padre escribiendo a todas horas y por todos lados: agenda de teléfonos, diario, notas varias… Otra cosa no será, pero papeles escritos tenía por doquier. Algunos conservo, muy curiosos. Muchas veces me ha dado por pensar si mi padre hubiera nacido cincuenta años más tarde y hubiera dispuesto de ordenadores como nosotros ahora, no hubiera ganado para discos duros en los que almacenar tanto papeleo. Es verdad que las notas escritas ocupan poco y que lo que más llena nuestro almacenamiento electrónico hoy en día son las fotografías y los vídeos.

Hablando hogaño en términos del deambular diario, llevamos encima dos cosas que se nos antojan fundamentales: la cartera y el teléfono móvil. Especialmente cuando estamos fuera de casa, estos dos objetos nos facilitan la vida hasta puntos insospechados, que solo descubrimos si en algún momento los perdemos o nos los roban.

Se estima que en España roban alrededor de 250.000 móviles anualmente, según los datos de las autoridades españolas, y es en los meses de verano cuando aumenta el volumen de hurtos con la proliferación de los eventos masificados al aire libre, como los festivales de música. Durante el pasado verano se detuvo a un grupo especializado en el robo de dispositivos móviles, al que se le incautó cerca de un centenar de teléfonos robados a los asistentes del festival de música Summer Story (Arganda del Rey, Madrid). En esta línea, la Policía Foral de Navarra confirmó que en 2024 el robo de móviles volvió a ser el delito estrella de los Sanfermines. Los datos de los Mossos d'Esquadra, por su parte, indican que solo en Cataluña roban un promedio de 168 dispositivos móviles al día.
Los delincuentes ya no roban solo por el valor del móvil en sí, sino por el acceso al contenido que en ellos se acumula; contienen direcciones, números de teléfono, datos confidenciales, tarjetas de crédito, aplicaciones sanitarias, además de fotos, vídeos y otros elementos de valor emocional; información personal sensible que puede causar graves perjuicios si cae en manos inapropiadas.
En el caso del teléfono móvil no solo estamos hablando de que nos lo roben, sino que otras situaciones pueden dejarnos incomunicados telefónicamente, aunque eso quizá hoy en día sea lo de menos, porque utilizamos el teléfono para múltiples cosas aparte de llamar: pago en comercios, wasaps con familiares y amigos, consulta del correo electrónico, aplicaciones bancarias, notas, agenda, citas médicas, medicamentos… El teléfono puede quedar inoperativo por mil razones: robo, pérdida, caída y rotura, bloqueo por teclear mal el PIN… Cada uno tendrá sus experiencias. La mía más estrambótica es llevar el teléfono en el bolsillo de la camisa, agacharme en un escusado, caérseme y verlo desaparecer sin saber nunca más de él.

Esta semana me han contado un caso de indisponibilidad del teléfono muy curioso. En una reunión familiar, se deja el teléfono en la mesa de manera despreocupada y cuando al rato se intenta utilizar está bloqueado: el PIN con el que está protegido no funciona. Al parecer un sobrino se hizo con él y estuvo trasteando… Lo tenemos, no lo hemos perdido, no nos lo han robado, no se ha roto, funciona… Bloqueado no nos sirve de nada, necesitamos el famoso PUK para desbloquearlo y volverlo operativo. ¿Tenemos el PUK? ¿Dónde? ¿Lo llevamos encima?

El asunto se puede complicar en el caso de que lo hayamos perdido sin posibilidad de recuperarlo o nos lo hayan robado. En este caso necesitamos los IMEI’s para llamar a nuestra compañía y bloquear el teléfono para que no lo puedan utilizar: llevamos muchos datos personales y posiblemente sensibles en él. Doy por descontado que lo llevamos protegido con PIN, contraseña, patrón, clave, huella dactilar o similares, pero los malos acaban saltándose eso con cierta facilidad.

El otro objeto del que he hablado y que llevamos encima es la cartera. Cada uno es muy libre de decidir que lleva y no lleva en la cartera y, por extensión, en el bolso, especialmente las mujeres. Al ir a pagar en algún supermercado he visto carteras con tarjetas hasta decir basta. Comentarios aparte, un asunto sensible aparte de la documentación personal — DNI, carnet de conducir, acceso a la empresa, etc. etc. —. son nuestras tarjetas de crédito. Si pagamos con el teléfono… ¿las llevamos también en la cartera? Respuestas habrá para todos los gustos, pero me temo que la generalidad es que sí. Si nos roban o perdemos la cartera, un asunto de cierta inmediatez sería el llamar a nuestro banco y anularlas para evitar males mayores.

Normalmente, cuando nos identifiquemos telefónicamente en nuestro banco, o bancos, allí conocerán nuestros números de tarjetas y podrán bloquearlas todas, pero será mucho más efectivo si nosotros les indicamos los números. ¿Los tenemos disponibles? ¿Dónde? ¿En algún sitio? ¿En casa? ¿Tenemos disponible el número o números de atención al cliente de nuestros bancos para poder llamar? Y eso cuando no nos hayamos quedado, también, sin teléfono.

Una posible solución a estos asuntos es llevar tanto en el teléfono como en la cartera una nota o notas con estos números sensibles para poder reaccionar en caso necesario. La imagen que encabeza esta entrada es un ejemplo del sistema que yo utilizo para llevar un registro de los teléfonos de atención al cliente y los números de tarjetas bancarios: en un papelucho por la cartera y además en una imagen en el teléfono. Este mismo sistema lo podemos utilizar para los PUK’s y los IMEI’s antes aludidos y, por qué no, para llevar algunos teléfonos sensibles de familiares o sitios porque ya no nos sabemos de memoria ni el nuestro: nos confiamos a la agenda del teléfono, de forma que, si no lo tenemos disponible, aunque otra persona nos preste el suyo no podremos llamar por desconocimiento del número.

Pero claro, llevar anotaciones en claro en papeles o imágenes es un peligro. Algo hay que hacer para enmascarar estos datos —un técnico diría cifrar o encriptar— con algún mecanismo o clave que nos permita a nosotros recuperar la información, pero a nadie más.

Dando una vuelta de tuerca a todo este asunto, lo suyo sería no tener información en el teléfono o en la cartera y ponerlo en la NUBE. Con nuestra cuenta y clave de acceso a la NUBE podríamos recuperar la información necesaria siempre que nos presten o tengamos a mano algún dispositivo que nos permita acceder. Eso sí, yo seguiría insistiendo en utilizar algún tipo de cifrado o encriptación porque nunca nos podremos fiar, tampoco, de la NUBE. Lo más sencillo que yo utilizo es un fichero comprimido de tipo «.zip» protegido por una contraseña memorizada. Eso sí, tendremos que tener en el teléfono una App que nos permita abrir este tipo de ficheros para ver su contenido.




domingo, 4 de mayo de 2025

PRÓVIDOS

 

No hace mucho tiempo nos reíamos cuando desde la Comisión Europea nos recomendaban hacernos en nuestras casas con una mochila de subsistencia. El asunto iba enfocado a una previsible futura guerra en Europa. Las imágenes de una comisaria europea mostrando su bolso con comentarios acerca de esta mochila provocaron hilaridad y risa contenida de muchos que consideraban esto como una ocurrencia más de las muchas que salen a la luz para tenernos despistados de asuntos o temas en verdad vitales.

El lunes de esta semana hemos vivido en España un suceso que a decir de todos los políticos y técnicos «era imposible que tuviera lugar», IMPOSIBLE, I M P O S I B L E, o en dos palabras como dijo el famoso torero IM y POSIBLE. Las hemerotecas han sacado la luz comentarios prepotentes que no daban siquiera una posibilidad, por pequeña que fuera, a que ocurriera lo que el lunes de esta semana, 28 de abril de 2025, hemos vivido: el apagón. Total, en toda la península, España y Portugal. Y menos mal que en algunos casos «solo» duró diez horas. 

La periodista Paloma Llaneza dice en un artículo reciente que «Prepararse para grandes emergencias no es de miedosos ni pesimistas, sino la opción sensata, lo que habría hecho mi abuela». Las casas modernas distan una enormidad de las de nuestras abuelas en cuestiones de equipamiento. Yo conocí la casa de mi abuela en los años sesenta del siglo pasado en un pueblo de Toledo y el único suministro externo que tenía era la corriente eléctrica. Un apagón como el del lunes pasado, por lo demás frecuentes en aquella época al menos a niveles locales, hubiera dejado la casa a oscuras y poco más, bueno, también la radio que estaba en una repisa del comedor. Pero se utilizaban más los transistores a pilas… La cocina era de carbón y leña, no había agua corriente ─a la fuente pública había que ir para acarrear agua─, no había agua caliente, no había calefacción y no recuerdo ningún aparato casero alimentado por electricidad salvo aquella radio antes aludida. Las velas salían de los cajones y alumbraban las estancias hasta que volviera la electricidad, un cambio mínimo en la vida de las personas.

Hoy en día es al revés: no funciona nada sin corriente eléctrica. Mi hija me decía el día del apagón: «me voy a la ducha» a lo que contesté si se iba a duchar con agua fría. Me contestó muy convencida que el agua caliente y la calefacción son de gasoil… Sí, pero las bombas y los quemadores funcionan con electricidad, así que… no hay agua caliente. Como yo la dije… es mas fácil apuntar lo que funciona, que son cuatro cosas. Solo aquello que sea puramente mecánico ─la escoba y recogedor o unas tijeras─, funcione a pilas o disponga de batería ─mientras dure la batería─ sería posible utilizar. Libros normales y electrónicos siguieron funcionando.

Tratamos de ser previsores en casa. Hoy en día en cuestión de alimentación no se vive al día por lo general, por lo que normalmente se dispone de leche, fruta, latas de conserva, alimentos no perecederos como arroz, pastas y legumbres, galletas, pan de molde, etc. etc. incluso alimentos en la nevera o en el congelador. Pero, salvo que tengamos una cocina de gas y no se haya interrumpido el suministro de gas, no podremos cocinar en nuestras flamantes placas vitrocerámicas o de inducción. La única solución es el famoso camping gas que deberíamos tener con repuesto de carga y en perfecto funcionamiento.

Hubo cosas el otro día que llamaron poderosamente mi atención. La gente no podía salir en coche de sus casas porque la puerta automática del garaje no se abría por falta de corriente. Lo primero que yo hice, hace treinta años cuando empecé a vivir en mi casa, es enterarme cómo se podía abrir la puerta del garaje de forma manual. Aunque no haya catástrofe generalizada, uno puede tener la necesidad de salir a horas intempestivas, para ir a urgencias de un hospital, y tener la necesidad de abrir la puerta del garaje, aunque no haya corriente eléctrica o se haya estropeado el motor. ¿Tiene Vd. garaje? ¿Sabe cómo abrir la puerta de forma manual?

Nos estamos acostumbrando cada vez más, sobre todo los jóvenes, a no utilizar el dinero y tirar de móvil o tarjeta hasta para pagar una fotocopia de 5 céntimos de euro. Incluso funcionando todo con normalidad, hay situaciones en la que todavía no es posible el uso de tarjeta de crédito. Por ejemplo, los autobuses interurbanos de mi pueblo, para lo que es necesario el dinero y además en billetes pequeños de cinco euros. Ya he visto a más de uno perder un autobús por tener que ir a buscar un cajero para obtener dinero físico. Pero el otro día los cajeros no funcionaban… En casa siempre disponemos de una pequeña cantidad de dinero, en billetes y monedas fraccionarios, para cualquier emergencia que pueda surgir.

Velas, cerillas, mecheros, pilas variadas, navaja suiza, linternas ─con batería, a pilas y con dínamo─, herramientas, un silbato, botiquín, cinta americana, cuerda… De todo eso teníamos en casa… Según expertos en temas de supervivencia… «se trata de estar listo para proveer las cuatro patas de la supervivencia: agua, fuego, refugio y alimentos».

El pasado lunes fue fundamental la radio a pilas. Los teléfonos móviles dejaron de funcionar a los pocos minutos, pero nos dió tiempo a enterarnos por wasap y twitter que el apagón afectaba a toda la zona peninsular de España, Portugal y el sur de Francia. Los teléfonos móviles enmudecieron y lo único que nos quedó para estar enterados de lo que ocurría fue la radio, la bendita radio de toda la vida que, una vez más, salió en socorro de todos. Una alternativa hubiera sido la radio de los coches. 

Conservo desde 1985 la radio, magnífica, que ilustra esta entrada y de la que guardo su folleto de instrucciones en perfecto inglés. La compré por medio de un amigo en EE.UU. con la intención de mejorar mi inglés en aquellos años, ya que dispone de onda corta y la utilizaba para escuchar un rato por las noches la BBC. Ya era muy avanzada en la época, pero lo sigue siendo ahora, con su búsqueda automática de emisoras, y su ajuste fino de recepción. El lunes estuvo funcionando unas cuantas horas facilitando información actualizada mientras las modernas televisiones y ordenadores estaban en silencio, aisladas del mundo exterior.

Nuestra dependencia, como hemos podido comprobar, de la energía eléctrica es total. Podemos comprarnos un grupo electrógeno y suficiente combustible para auto suministrarnos electricidad por unas horas, pero a todas luces no es una opción viable para la mayoría de las viviendas. Quizá para algunas individuales con suficiente espacio para guardar tantos cachivaches para un por si acaso.

«Próvido» es sinónimo de previsor, cuidadoso y antónimo de negligente y descuidado, vocablos suficientemente conocidos y que no requieren mayor explicación.


 


 

domingo, 27 de abril de 2025

IA (o AI)


Hasta en la sopa. Hace un tiempo se encontraba uno de forma muy esporádica con este par de vocales en este orden o en el contrario —AI—. Pero ahora no pasan cinco minutos sin que este concepto asalte nuestros oídos o nuestros ojos: inunda nuestras vidas y no podemos sustraernos a este tema de la Inteligencia Artificial —Artificial Intelligence—. Y no sirve decir que no estás interesado, porque o bien te lo colocan en aplicaciones o en páginas web o bien sufres sus efectos.

La RAE define inteligencia artificial como «disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico». No está de más recalcar aquí que los programas informáticos que están detrás de la IA los generan personas, aunque la propia IA es capaz de generar programas a su vez.

Es verdad que en muchos casos puede resultar de gran ayuda utilizar esta(s) herramienta(s) para obtener información rápida y estructurada sobre un tema en particular, cuando no generar imágenes o vídeos que verdaderamente llaman la atención por su verosimilitud. He visto a mi hija hacer cosas verdaderamente impactantes usando esta inteligencia que no es inteligencia realmente y que lo que tiene de artificial cada vez lo disimula más.

Es muy loable que cada cual use las herramientas que la tecnología pone a su alcance para desarrollar mejor sus capacidades generativas o de comunicación con los demás. Podemos renunciar, por ejemplo, a WhatsApp, Telegram o similares alegando que es una red social como mi buen amigo Juan, pero nos perderemos un mundo de posibilidades. Claro, hay que recordar que nada es gratuito en este mundo y el uso puede conllevar ciertos peligros como la pérdida de privacidad o los  posibles ataques de los amigos de lo ajeno para hacerse con nuestros dineros.

Como con toda herramienta, en mayor o menor medida, es conveniente cuando no necesario dedicar un tiempo para familiarizarse con su manejo para obtener mejores resultados. Por poner un ejemplo análogo, todos usamos algún buscador en la red, por lo general Google, aunque hay otros. Pues bien, el modo que hagamos nuestras preguntas y pongamos nuestros vocablos de búsqueda es fundamental para obtener resultados precisos. Hice hace algún tiempo un cursillo sobre esto del buscador y fue un tiempo muy bien empleado. Con la IA, o la AI, es lo mismo: es fundamental familiarizarse con el modo de hacer las preguntas —conocidas en la jerga como prompts—. Vean un anuncio reciente en El País

Algunas recomendaciones muy básicas sobre el asunto de los prompts serían el ser específico (cuanto más detalle mejor), aportar un contexto (no es lo mismo un entorno académico que uno de entretenimiento) e iterar y requeteiterar (todas las veces que sea necesario hasta ajustar los resultados).

Ahora bien, el problema que debemos afrontar siempre en nuestras interacciones con la IA es el grado de credibilidad que otorgamos a sus respuestas. Aunque sea todo muy rápido, muy bonito, muy estructurado y muy completo, no podemos creernos a pies juntillas los resultados que nos arroja. Habremos de verificarlos y decidir si nos sirven, si nos sirven a nosotros y sobre todo si los asumimos para comunicarlos a otros. Y es que en este aspecto me han ocurrido tres casos esta semana…

El primero. Hago una consulta por wasap a varios amigos sobre un tema legal que me interesa para que me cuenten sus experiencias. Uno de ellos, en un tiempo récord, me contesta con una perorata muy extensa que evidentemente no ha tenido tiempo de escribir, al menos en la pantalla de un teléfono. Le pregunto si lo que me está diciendo lo conoce él y la respuesta me deja helado: «Es lo que me ha dicho la IA». ¡Toma castaña! Pregunto por una experiencia personal y me contesta con… sin calificativos.

El segundo. Tengo un (ligero) problema con mi declaración de la Renta del año pasado derivado de la venta de una casa muy antigua heredada de mis padres en la que hemos intervenido una veintena de propietarios con diferentes porcentajes de participación. Hay que liquidar en el IRPF de la Declaración de la Renta de 2024 esa venta y antes de ponerme a confeccionar la declaración, se me ocurre poner en común con todos ciertos aspectos a la hora de calcular valores y cómo incluirlos en la declaración de forma correcta. Y aquí no vale consultar a un gestor porque como ya sabe en España, tres gestores, cinco soluciones... y además sin compromiso si luego la declaración está mal. Pues bien, uno de mis familiares me suelta un discurso que para qué, eso sí, indicándome de antemano que «es lo que le ha dicho la IA». No sé si en el caso de que siga estas instrucciones y resulte ser errónea, me podría justificar ante el inspector de Hacienda alegando que he seguido a pies juntillas las instrucciones facilitadas por la IA.

Y el tercer caso es uno que yo tildaría de peligroso, siempre según y cómo se utilice, claro. En unos talleres de escritura a los que asisto, realizamos ejercicios de relatos cortos propuestos por el profesor que son leídos en clase y comentados entre todos. En la última sesión, uno de los asistentes leyó un texto magnífico. Tras los comentarios y alabanzas, nos descubrió que la IA andaba por ahí… Subió el escrito original a la IA para obtener comentarios y la respuesta, que nos mostró, es como para descubrirse: no creo que un buen crítico literario lo hubiera hecho mejor. Ahora nos queda la duda de si el escrito es original suyo, se ha modificado con las indicaciones de la IA o ha sido la propia IA la que lo ha redactado.

La imagen que ilustra esta entrada está tomada en una zona de contenedores de basura. Sin entrar en que el depositario no se haya molestado en desplazarse 100 metros para dejar la caja en el contenedor apropiado para papel, vemos que se trata de una televisión que además de su marca y modelo incluye las letras «AI». En la descripción de las características figuran las leyendas «Smart TV webOS 24 con IA actualizable durante 5 años, compatible con…» y «Rendimiento óptimo con el procesador de alta potencia creado para QNED 4K que maximiza la calidad de imagen y sonido a través de IA». Dentro de poco la escoba y el recogedor no funcionarán si no están conectados a la IA.

Estamos apañados. Como se ha comentado, la redacción es perfecta, sin faltas de ortografía, con la indentación (sangrado) correcta, párrafos, separaciones, capítulos… Y esto no solo en textos, sino que también podemos obtener piezas de programas informáticos, fotografías o vídeos perfectamente verosímiles creados de la nada o, lo que es peor, modificando aspectos de personas conocidas. Y lo de clonar la voz de alguien… miedo da, especialmente cuando te llegan cosas que no sabes si son una creación humana o… de la IA.




 

domingo, 20 de abril de 2025

COCHES

 
Hace ahora tres meses me cambié de coche. He tenido suerte en esta vida y desde los dieciocho años he podido disponer de vehículo propio, lo que me ha dado muchas alegrías en forma de viajes a mi libre albedrío por infinidad de lugares no solo de España sino de toda Europa. Alguno ha habido por Norteamérica, pero lógicamente en coches alquilados. Me he entretenido en hacer un repaso de los coches que he tenido y este, que lo más probable es que sea el último (por una cuestión que ahora explicaré), es el que hace el número 10: dos Seat 127, un Renault 14, un Seat Ibiza, un Peugeot 309, un Citroën ZX, un Citroën XSARA y tres Citroën C4 contando este último.
 
Decía que muy probablemente sea el último porque según las estadísticas, los ciudadanos españoles dejamos de conducir a la edad, como media, de 75 años y cuatro meses. Las causas básicas son dos: tres cuartas partes por no pasar las revisiones médicas y la otra parte por decisión personal o de los familiares viendo las condiciones físicas en las que se encuentra la persona. Todo esto de los estudios tiene sus múltiples lecturas, pero siempre suponen una referencia.
 
Creía que las renovaciones del permiso de conducir entre los 70 y los 80 años eran cada cinco años y a partir de ahí cada dos años. Esto como norma general, ya que los plazos pueden reducirse a criterio de las revisiones médicas obligatorias en cada renovación. Pero… estaba equivocado. Como puede leerse en el blog de la Mutua Madrileña Automovilista han cambiado las normas y la renovación a partir de los setenta años es cada DOS años. ¡Maremía! Qué suplicio, en fin, todo sea por la seguridad personal y la de los otros usuarios de la carretera. Por lo menos, la DGT de ha vuelto misericordiosa y … «ha confirmado que las personas mayores de 70 años podrán renovar su carnet de conducir de manera gratuita. Esta decisión elimina la tasa de 24,58 euros, facilitando el acceso a la renovación para este grupo de edad».
 
Mi amigo Luis, de 86 años, se lo tiene que renovar cada año, lo que supone un momento de tensión porque el se encuentra físicamente bien y le viene muy bien el poder disponer de su coche para sus compras, sus viajes y sus visitas a la familia. Pero todos los años acude a su renovación con la Espada de Damocles sobre su cabeza temiéndose lo peor. Sin embargo, otro amigo, José Manuel, me dice que lo renovó el año pasado, 2024 y se lo han dado por cinco años. ¿DGT? ¿Estás ahí?
 
En el blog de la Mutua Madrileña Automovilista antes aludido… «En definitiva, si tienes más de 70 años, quieres renovar tu permiso de conducir y no padeces ningún signo o enfermedad de las descritas, tendrás que superar las nuevas pruebas cada dos años: una valoración psicotécnica, una prueba de anticipación de la velocidad y coordinación visomotora, un estudio de audición y una valoración de la capacidad visual y anamnesis. Esta última prueba es una exploración clínica que se ejecuta mediante el interrogatorio para identificar personalmente al individuo, conocer sus dolencias actuales, obtener una retrospectiva de él y determinar los elementos familiares, ambientales y personales relevantes». Casi nada, un interrogatorio, dicen.
 
Bueno, que me desvío de mi intención original. En las ocasiones anteriores en que he cambiado de coche, todo ha sido un disfrute. Desde aquel vehículo inicial, un espartano Seat 127 de 1973, los vehículos han evolucionado sobremanera hasta la situación actual. Pero ahora… ¿evolucionan o involucionan? Me explico.
 
Empezaré por la parte estética que para gustos hay colores. En la imagen que encabeza esta entrada están los frontales del C4 de 2024 y del C4 de 2025. Cuando fui a comprarlo, en diciembre, me llevé varias sorpresas, entre ellas la de este nuevo frontal que, para mi gusto, es mucho más feo y con menos presencia que el anterior. Como digo, para gustos…
 
Pero lo peor fue el asunto del motor. Y para esto haré un poco de historia. El primer C4 que tuve, comprado en 2005, utilizaba un motor diésel HDI de 110 caballos que era una maravilla. Yo le hice 250.000 kms. y a los diez años se lo pasé a mi hijo que lo tuvo varios años más llegando cerca de los 500.000 kms. Un gasto medido y contenido de 5,3 litros de gasoil a los 100 kilómetros. El segundo C4, una remodelación y actualización del primero, mantenía sus características esenciales con algunas mejoras en el cuadro, pero sobre todo y lo más importante, con el mismo motor. En los diez años que ha estado conmigo me ha brindado 140.000 kms. con la misma fiabilidad, sin ninguna avería y el mismo consumo de 5,3 lts. Cada 100 kms.
 
Cuando en el momento de la compra de este mi tercer C4 pregunto por ese motor diésel de mis querencias, la respuesta es nones. Solo dos versiones: o puro eléctrico o híbrido de gasolina. Yo, que me había prometido no volver a la gasolina nunca más desde aquel 1988 en que pasé al diésel, tuve que dar mi brazo a torcer: había prometido pasar mi segundo C4 a mi hija. Se imponía tomar la decisión de abortar la compra y buscar alguna otra marca por ahí que mantuviera los motores diésel en sus estanterías. Al final claudiqué y me decidí por mi tercer C4 que estoy «disfrutando» en estos tres meses de uso y cerca de cuatro mil kilómetros recorridos.
 
Se preguntará porqué pongo lo de «disfrutando» entre comillas. Va con retintín. No sé si cambiaré de opinión, pero estos tres meses me han servido para darme cuenta de que mi anterior C4, el segundo y con el que ahora mi hija está contentísima, era mucho mejor que este. La primera vez en mi vida que el cambio de coche no supone una satisfacción profunda. Serán cosas mías, pero…
 
Los asientos son mucho más incómodos, flojos, blandos, parecen sofás de casa, no sujetan nada. Las dos pantallas enormes de control de instrumentos y navegación funcionan a su bola: llevo tres meses intentando controlarlas y debe ser que soy muy inepto o no hay manera. Las he dejado por imposibles. Me dijo el vendedor que todo era muy intuitivo, pero debe ser para el descerebrado que lo ha diseñado porque no veo la manera de manejarme con ellas. Mencionaré dos cosas básicas que me gustaría encontrar: la forma de apagar las pantallas completamente por la noche como tenía mi anterior C4 y encontrar la forma de que al iniciar un viaje o cuando pongo gasolina pudiera poner un cuentakilómetros parcial a cero para saber los kilómetros recorridos. Supongo que debe estar por algún sitio, en los mandos o en mi teléfono, pero ya he desistido: apunto en un papel el cuentakilómetros global y voy restando… ¡Viva la tecnología! Bueno, así de paso ejercito mentalmente mi cerebro.
 
Hay unas cuantas cosas más que me rechinan de este nuevo modelo, pero no quiero ser exhaustivo. Sufrámosle con paciencia tratando de encontrarle sus resplandores, aunque cada día que pasa dudo que los tenga.
 



 

domingo, 13 de abril de 2025

CABLES

 
Supongo que el refrán ese tan conocido de «mal de muchos, consuelo de tontos» es de aplicación generalizada hoy en día al asunto de los cables, cargadores y transformadores asociados a los cachivaches electrónicos que abundan cada vez más en nuestros hogares u oficinas. Ya hace años que las autoridades europeas legislaron algo acerca de los cargadores telefónicos y de ordenadores para evitar la proliferación, pero por el momento parece que no se hace efectivo.
 
De forma cíclica hago una revisión de varios cajones llenos de cables para llevar al punto limpio una montonera de ellos que ya se han quedado anticuados. Al mismo tiempo, cada vez que llega un aparato nuevo al domicilio hay que hacer revisión y por lo general no hay cable disponible y hay que comprar alguno nuevo. Esta semana mi hija ha comprado un ordenador nuevo para reemplazar el suyo antiguo que data de 2013 —bastante ha aguantado— y la primera en la frente: el cable que utilizaba para conectar su disco duro de copias de seguridad no lo puede utilizar. El formato ha cambiado y el nuevo ordenador necesita un USB-C en lugar del USB-A que tenía anteriormente. No puede restaurar sus ficheros al ordenador nuevo hasta no comprar un cable nuevo que, sí, solo cuesta unos siete euros, pero que engrosa el cajón de los cables. Antes era un USB Micro B a USB tipo A y ahora necesita un USB Micro B a USB tipo C. Además, el ordenador nuevo solamente dispone de dos entradas USB tipo-C con lo que es necesario sí o sí hacerse con un HUB o un DOCK que facilite la conexión de antiguos dispositivos. 
 
Es todo un mundo. Cualquiera que se asome a un comercio de venta de cables puede apreciar una locura de ellos: alargadores, extensores, convertidores, cargadores, HUB's DOCK's. HDMI's, lectores de tarjetas, switches… Pero es que puede haberlos de varias generaciones o niveles, por ejemplo, al comprar un USB deberemos fijarnos que la pestaña interior sea AZUL para asegurarnos que estamos comprando uno de la generación 3.x y por tanto con mayor velocidad de transmisión. No tiene sentido hoy en día comprar los antiguos, negros o blancos, con generación 2.x o inferior salvo que queramos eternizarnos cada vez que copiamos algún dato voluminoso.
 
¿Quién se acuerda de los euroconectores? Todavía me queda alguno por ahí funcionando para asuntos de sonido, pero seguro que los vertederos están llenos hasta arriba de ellos debido a la evolución de la tecnología que va arrinconando estos conectores y cables.
 
Si ponemos «Cable USB» en ese conocido almacén de venta por internet recibiremos más de 60.000 resultados en estos días. Será necesaria una búsqueda más concienzuda y sistemática para encontrar lo que buscamos, teniendo en cuenta que muchos de ellos son de diferentes empresas y con diferentes calidades. Poco a poco y con el paso del tiempo iremos tomando nota de nuestras compras anteriores y de las opiniones de los usuarios para decidirnos por apostar a lo seguro a pesar de algunos euros más de carestía. La siguiente fotografía corresponde a mi «botiquín informático» que procuro tener siempre a mano por si las moscas…
Y hablando de cables, a la cama no te irás sin saber una cosa más. Ese almacén al que antes he aludido está lleno de cables compatibles de las más variopintas marcas. Por precaución, es conveniente tener más de un cable de un tipo determinado por aquello de los viajes y las pérdidas. Uno muy específico es el cable cargador que puede verse en la imagen que encabeza esta entrada. El aparato es un reloj GARMIN Venu 2 que ya cuenta con unos añitos. El cable para cargar la batería del reloj es muy específico de esa marca y reloj. Como puede apreciarse en la fotografía, consta de 4 pinchos retráctiles que encajan en el reloj cediendo a la presión para hacer el contacto. Ni que decir tiene que cuando compramos el reloj o el aparato que sea no nos fijamos en estos accesorios, que descubrimos al llegar a casa y ponerlos en marcha.
 
Pues bien, uno de los pinchitos del cable se ha quedado encajado y por ello no hace contacto, con lo cual no se puede cargar el reloj. He tratado de extraerlo con unas pinzas para ver si volvía a la vida, pero no ha habido manera. Se imponía comprar uno nuevo. Pedido uno en ese gran comercio por internet, he tenido que devolverlo porque no cargaba el reloj, cosa verdaderamente extraña. Mirando por internet, he podido leer avisos a navegantes con varios comentarios indicando que hay que extremar el cuidado con este cable y comprar el original, porque se han dado casos de relojes dañados, sobrecalentados y que han quedado inservibles por mor de utilizar cables no adecuados. ¿Metiendo miedo al consumidor?
 
El caso es que he tomado la decisión de comprar uno original. ¡Maremía! ¡Caramba con el cablecito! Ni que tuviera música. Al no encontrarlo en ninguna tienda física no me quedó otro remedio que comprarlo en la tienda virtual de la propia casa, lo que implica unos costes de envío. Vean en la siguiente imagen la factura con el costo
 
 
Más de 30 euros. Y el cable no sirve para otra cosa más para cargar el relojito de marras. Y en buena lógica, para cubrirme un posible fallo futuro y por lo que hemos hablado, debería haber comprado dos. Por el momento me apañaré con este, tendré (muchísimo) cuidado y lo guardaré como oro en paño.

 




 

domingo, 6 de abril de 2025

DÍDIMOS

Y así todos los días, siete días por semana, trescientos sesenta y cinco días por año (cuando no es bisiesto, que serían trescientos sesenta y seis). Es inaguantable, insoportable, fastidioso, impertinente…. Menos mal que los algoritmos de detección de los proveedores detectan cada vez más fielmente los correos basura y los mandan a una carpeta especial. Pero eso no evita el recibirlos con el consiguiente gasto de megas y espacio, además de tener que revisarlos con cuidado porque hay veces que los algoritmos fallan y mandan a esa carpeta de correos indeseados alguno que es bueno y que no deberíamos perder.

Uno de los logros, por decirlo de alguna manera, conseguidos en el mundo de las comunicaciones es que los correos electrónicos sean gratuitos. Ya sabemos que nada es gratuito y que de alguna forma directa o indirecta lo pagamos con alguna contraprestación, conocida o no. También las llamadas telefónicas ahora son «gratuitas» por estar incluidas en tarifas planas. Con ello, tenemos la tormenta perfecta: nos asedian con llamadas y correos electrónicos no deseados para vendernos cosas cuando no robarnos descaradamente a poco que nos descuidemos.

Aunque me resisto a emplear anglicanismos innecesarios al decir de la FUNDEU, estoy hablando del correo electrónico por todos conocido como spam. Ya he manifestado con anterioridad mi opinión acerca de que los correos electrónicos deberían tener un coste para evitar que se mandaran tan alegremente, pero llegaríamos a las tarifas planas y no serviría de nada. Es verdad que en muchos de los correos aparecen escondidos y en letra muy pequeña enlaces con la posibilidad de darse de baja de la lista de distribución. No sirve de nada, al menos en mi experiencia, además de que hay que tener un cuidado exquisito en no hacer clic en esos enlaces por lo que pudiera pasar: no siempre es lo que parece.

Y es que, en mi caso, estoy hablando de cuarenta o cincuenta correos diarios —diarios, sí, diarios— de este tipo, no deseados, no queridos, no solicitados por mí y que me hacen perder tiempo en recibirlos, revisarlos y borrarlos. Una lacra a soportar a diario en cinco cuentas de correo que utilizo para diversas funcionalidades.

El concepto spam es más general pues se aplica a cualquier tipo de comunicación. ¿Recibe Vd. llamadas telefónicas inapropiadas con intenciones de venta o engaño? A las horas más intempestivas nos «asaltan» con llamadas en las que es imposible mantener un mínimo de educación para no colgar directamente en cuanto se detectan las intenciones del llamante. En este asunto de las llamadas hay leyes que nos protegen, en teoría, pero que no deben conocer o respetar los que llaman. También desde hace años está activa la conocida como LISTA ROBINSON en la que podemos darnos de alta gratuitamente para «… indicar por qué medios no quieres recibir publicidad: teléfono, correo postal, correo electrónico o SMS/MMS». Las empresas que realizan campañas publicitarias están legalmente obligadas a consultar esta lista… jajaja.

Cuando una cosa no funciona, lo suyo sería poner todos los medios para hacerla funcionar, pero… quia, es mejor abandonarla a su suerte y abrir nuevas vías que nos mantengan entretenidos hasta que vuelva a pasar lo mismo y así hasta el infinito y más allá. Y es que muchas veces uno nunca sabe si darse de alta en estas listas sirve para lo contrario, esto es, para facilitar tus datos.

Brujuleando por la red he encontrado una nueva lista denominada «Stop Publicidad» que se anuncia con la pomposa intención de «poner fin al monopolio de la Lista Robinson, prometiendo luchar contra el spam en mensajería y redes sociales». Ahí es nada, como la Lista Robinson, según ellos, es un monopolio, pues allá que vamos nosotros a ver si nos hacemos nosotros con ese teórico monopolio…

El monopolio en el sector de los sistemas de exclusión publicitaria que ha disfrutado la Lista Robinson desde hace más de 15 años toca su fin con la aparición de la primera lista antispam alternativa que cuenta con el visto bueno de la Agencia Española de Protección de Datos.

Según sus promotores, su propuesta tiene varias diferencias. La más notable es que permite indicar cuentas y perfiles en redes sociales y aplicaciones de mensajería donde no queremos recibir spam. También permite el registro de personas fallecidas mediante representación. El dardo a la competencia llega al destacar que la lista no está impulsada «desde una asociación de empresarios con intereses económicos en la realización de sus acciones comerciales y publicitarias».

Excusatio non petita, accusatio manifesta. La página de esta segunda lista está ella misma literalmente cosida a anuncios publicitarios. Según manifiestan, las empresas que organicen campañas «tendrán la obligación de consultar las dos listas antes de lanzar una campaña» ¿Tendrán? ¿Cuándo?

Veremos cómo se desarrollan las cosas, pero por el momento no me avengo a facilitar mis datos a esta lista, bendecida por lo que parece por una agencia gubernamental —AEPD— pero dependiente de una asociación denominada «Asociación Española para la Privacidad Digital» con sede en Orihuela, Alicante.

Y con todo esto, vamos, que estoy hasta los dídimos de tanta intromisión no deseada en mis espacios personales. Digamos que es una forma más educada de utilizar esa expresión tan española aludiendo a uno de los vocablos con más posibilidades de uso como ya se contaba en la entrada «COJONES» de este blog de febrero de 2011.


 


domingo, 30 de marzo de 2025

BARBERSHOP

 
Hoy toca hacer un poco de cronista; menos mal que no me gano la vida con ello. Hasta hace unos meses el título de esta entrada me sonaba a esos establecimientos donde te cortan o acicalan el pelo, una barbería o peluquería que sería la traducción de este término inglés, pero no, no van por ahí los tiros.
 
Todas las personas tienen sus resplandores ocultos que no siempre acertamos a descubrir. Un buen amigo, JuanDe, compañero de uno de los clubes de lectura en los que participo, tiene otra afición, a la música y al canto. Hace unos meses nos invitó a un concierto de Barbershop. Yo creía que nos estaba tomando (literalmente) el pelo, pero es que el vocablo, además de lo que significa normalmente, alude a un tipo de canto coral a capella, a cuatro voces. En la página web de la Asociación de Barbershop de Iberia encontramos la siguiente definición:
El «Barbershop» es un estilo de música «a capella» a cuatro voces cuya armonización es en formato de homofonía de manera que la melodía es cantada por el lead o voz cantante, el tenor armoniza en una tesitura superior a dicha melodía, el bajo canta las notas más graves que soportan una armonía que completa el barítono en una tesitura que puede ser superior o inferior a la del lead. Ocasionalmente pueden existir breves partes en las que no participe alguna de las cuatro voces.

En el Barbershop entender la letra de la canción y reconocer su melodía es fácil: se trata de una tonalidad central mayor o menor que desarrollan las dos partes principales (dominante y subdominante) que a menudo se resuelve en acordes de séptima en un contexto habitual de quintas, aunque son igualmente posibles otras resoluciones. La música Barbershop está escrita en general de forma vertical y simétrica con métrica estándar. El arreglista embellece a su gusto la canción base y su armonización para dar sentido apropiado y eficaz a su tema.

Los cantantes de «Barbershop» templan al máximo sus voces para conseguir una precisa y justa afinación que otorgue a la tonalidad existente consistencia. El arte de cantar «Barbershop» expone en su plenitud y extensión el sonido, precisa afinación, alto grado de habilidad vocal, y gran nivel de empaste en el conjunto. Lo ideal es que se consiga todo ello a través de un canto natural y liberado aparentemente de esfuerzo.
La presentación de una canción «Barbershop» tiene el fin de comunicar su mensaje, emocionar y proporcionar una experiencia divertida al oyente. La música y su presentación se ofrecen desde el corazón, han de resultar creíbles y emotivas en todo momento. Crear una presentación con estilo y arte une con fuerza los efectos musicales y visuales para crear y transmitir los sentimientos que sugiere esta música.
Hay muchas cosas en este mundo de las que no hemos oído hablar. A pesar de la gran cantidad de información a la que tenemos acceso hogaño, sigue existiendo una miríada de temas que se escapan a nuestro conocimiento. Y es que este modo de canto nació en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Se cantaba en las barberías mientras los hombres ─las mujeres no tenían barba─ esperaban su turno; una forma de relajarse y pasar el rato. De las barberías saltó a calles y bares con letras ingeniosas.
 
El caso es que aquel concierto al que nos invitó JuanDe, realizado por más de una veintena de cantantes, hizo las delicias de un público que no había oído hablar de ello. No he vuelto a ver en mi localidad y alrededores conciertos de este tipo hasta que el jueves de la pasada semana recibo un wasap de mi amigo JuanDe anunciándome un concierto en petit comité en un lugar especial: el cafetín del Teatro Coliseo de Carlos III, en San Lorenzo del Escorial.
 
Este teatro, coqueto, del siglo XVIII, que estuvo a punto de caer bajo la piqueta en los años setenta del siglo pasado para levantar bloques de pisos, se salvó gracias a una iniciativa privada de los dos hermanos Martín. Restaurado, y en funcionamiento hoy en día, es un placer asistir a cualquier función de teatro o espectáculo musical. La primera vez, haya lo que haya en cartel, solo por verlo merece la pena. Hay mucha información en la red, pero me atrevo a recomendar aquí un programa especial de «Historietas de Segovia», realizado por mi buen amigo Eduardo, donde se muestra la historia y muy buenas imágenes del teatro. El programa se titula «El teatro perdido» y es accesible en la plataforma Youtube en este enlace.
 
Retomando el hilo, el concierto de Barbershop se celebraría en el cafetín del teatro, otro lugar encantador cuya atmósfera puede apreciarse en las fotografías que encabezan esta entrada. Actuaron tres cuartetos de cantantes de Barbershop que nos obsequiaron con varias canciones que, precisamente, estaban preparando para el concurso nacional e internacional que tendrá lugar el fin de semana que viene ─5 y 6 de abril de 2025─ en Calpe, Alicante. Si está leyendo esto y está a tiempo de desplazarse, por lo que me comenta mi amigo, el ambiente y la calidad de los participantes es espectacular.

Este fue el cartel de los grupos y de las canciones interpretadas. Nos juntamos un grupo de unas cuarenta personas que pudimos disfrutar de las interpretaciones, entre maravillosas y sublimes todas. Son de esas cosas que no se olvidan en la vida y en las que sería bueno refugiarse en momentos en los que la vida no transcurre como quisiéramos. En este blog me he referido algunas veces a ellas como momentos sublimes de mi vida para recordar: una puesta de sol en Canarias, un navegación a vela nocturna con delfines en Baleares, un rato a solas mientras amanece en el claustro del Monasterio de Silos… Reflejé mis emociones y sensaciones, ciertas, en un par de entradas del blog del 2012 tituladas «MOMENTOS-1» y «MOMENTOS-2». A medida que pasan los años y la vida trataremos de ir añadiendo a la colección momentos especiales como este que comento hoy.


Aunque prácticamente todas las letras son en inglés, una de las componentes del grupo «4x4», cuyo nombre recuerdo, Patricia, ha empezado a componer en español, con lo que pudimos disfrutar de una de las actuaciones en nuestro idioma. También, otro de los componentes del grupo TIC TAG TOE es Pablo Escolano Fuentes, director del grupo Barbería y que ha publicado su TFG del grado de musicología en la Universidad Complutense de Madrid bajo el título «La música Barbershop: Historia, características y su práctica en la península Ibérica». Un formidable trabajo al que he tenido acceso pero que no he sabido encontrar disponible en alguna página accesible para el público en general. En este estudio se refiere con más detalle y precisión el arranque de este tipo de música y su devenir a lo largo de los años.

Busque en internet, en Youtube u otras plataformas, conciertos de Barbershop. Y escuche. Aunque ya aviso que, si le gusta la música y el canto coral, corre el peligro de engancharse.
 



 

domingo, 23 de marzo de 2025

PARAFARMACIA

Es un tema ya un poco recurrente a lo largo de los años en este blog, pero no puedo evitar que me enerve cada vez que me encuentro frente a un caso que a mi modo de ver es flagrante. Vamos, que a mí por lo menos me flagra. Es el asunto de los precios de las cosas. ¿Quién los fija? ¿Cómo se fijan? ¿Hay algún control para evitar abusos?

Hace ya años, con motivo de una revisión dental, la muy amable dentista me recomendó utilizar una pasta dentífrica que contuviera Clorhexidina. Se trataba de usarla de vez en cuando, alternando con otras normales, para prevenir, en mi caso, el sangrado de las encías al cepillarme. Hacía tiempo que no la utilizaba y, ante la aparición de los síntomas, acudí a una farmacia a comprar «alguna pasta dentífrica» que tuviera ese componente.

Hace un par de años, lo recuerdo bien, compraba la pasta en cuestión en Mercadona a un coste que rondaba, muy poco por encima, los dos euros. Uno siempre entra en la farmacia, que también es a la vez, aunque no lo diga, parafarmacia, con los brazos bien levantados, dispuesto a que le atraquen, pero cuando me dijo el precio de la única pasta dentífrica que tenían con ese componente y que se puede ver en la imagen, casi me caigo de c… Omito la palabra por si los algoritmos de Google me bloquean esta entrada como ya hicieron en otra ocasión.

¡Ocho con cincuenta euros! Maremía que diría mi amigo Eduardo, ni que tuviera música sinfónica y en estéreo. Me informaron que no tenían otra, incluso insinuando que no la había en el mercado. La verdad es que me pillaron un poco descolocado, pagué y me marché rumiando mis pensamientos… ¡una vez más!

Y es que (algunos) precios en las farmacias son ya de escándalo. Y evidentemente para aquellos medicamentos o similares que no están cubiertos por la Seguridad Social. Tengo los tiques, pero no es cuestión de llenar esto de imágenes, porque cualquiera que se acerque a un establecimiento de estos lo podrá comprobar. Por ejemplo, por un paquete de diez sobres de FRENADOL te soplan la friolera de 13,95 euros: a 1,395 euros el sobre. Si te tienes que tomar tres al día, calculando que es gerundio. Otro ejemplo, vayan a comprar GELOCATIL de 1 gr. y me cuentan. Si el FRENADOL está a precio de diamante, el GELOCATIL por lo menos a precio de plata…

Mas… un momento. Hemos hablado de que la pasta dentífrica la hemos comprado en una parafarmacia, que el diccionario define como «establecimiento o sección de un establecimiento en que se venden productos que, aunque no son medicamentos, suelen comercializarse en las farmacias». Si bien los medicamentos tienen los precios tasados, como se puede comprobar en esa maravillosa página web del vademécum farmacéutico no estamos hablando de un medicamento y por lo tanto su precio queda al albur del comerciante.

Con estas premisas, se trataba de buscar el producto en otras parafarmacias o supermercados. Curioseando en un par de ellos que tengo cerca de casa no encontré nada, pero siempre nos quedará la red, donde aparecen otras marcas, no muchas la verdad, con otros precios. Para establecer un punto de comparación contrastado hoy en día, vea la siguiente imagen


En esta imagen no figura, adrede, el nombre del establecimiento que lo vende, pero la gran mayoría sabrá de cual se trata por el formato. Asequible, directo, con garantías… y a un precio que llama la atención por el enorme contraste con el abonado: 5,93 euros. Como no caduca en mucho tiempo, te lanzas a comprar dos o tres y te ahorras una pasta, amén de tener pasta para un año o más. Y es que de 5,93 euros a 8,50 euros la diferencia es de 2,57 euros, que no es moco de pavo, un 43,33% más.

Con todo esto a uno le entra la duda de cuánto en realidad cuesta o vale el producto cuando sale de la fábrica. El fabricante lo pone todo hasta colocar el producto en el mercado e incluso es posible que lo lleve hasta el destino, me imagino que alguna gran distribuidora a farmacias, parafarmacias, supermercados y tiendas. Lo que pague el consumidor por ello es harina de otro costal. No es que estemos hablando de un producto necesario y vital, pero tampoco se trata de un capricho del que podamos prescindir alegremente, al menos yo.




domingo, 16 de marzo de 2025

«PatchCleaner»

El hacer favores, desinteresadamente, a la gente, siempre reporta beneficios. Aparte de la satisfacción y el agradecimiento de la persona a la que haces —intentas hacer— el favor está la satisfacción personal. Pero, además, en algunas ocasiones te haces el favor también a ti mismo, porque te sirve para descubrir nuevas opciones que antes desconocías y que te pueden ser muy útiles.

Este ha sido uno de los casos esta semana que documento en este blog como recuerdo para mí mismo y por si fuera de interés para los que se asomen por aquí. Aclaro que es un tema informático, de informática casera, y que solo puede ser interesante para los que manejen en sus ordenadores el archiconocido «Ventanas» —Microsoft Windows— aunque supongo que en otros sistemas operativos habrá programas o aplicaciones similares.

Me llama un amigo diciendo que tiene el ordenador «empetao». El disco duro «C:\» de su ordenador portátil, donde se aloja su sistema Windows 11, se queja continuamente de falta de espacio. Ha borrado todo lo que se le ha ocurrido e incluso más con lo que sospecha que algo vital se habrá llevado por delante. Vamos, que el ordenador no le «anda» y que le hace falta de forma casi vital para su trabajo. Vamos, resumiendo, que si le puedo echar una mano. Esto me suena.

Su ordenador tiene ya unos añitos, seis para ser exactos. De todos es sabido que los sistemas operativos, especialmente el «ventanas» se van «enguarrinando» progresivamente a pesar de que en las últimas versiones algunas herramientas automáticas parecían destinadas a que esto no ocurriera.

Cualquiera que se asome a los contenidos del disco C:\ de su PC y active la opción de ver en el explorador los archivos ocultos, se encontrará con una carpeta de enorme ocupación llena de ficheros con nombres raros, por no decir rarísimos. Gran parte de ellos son ficheros de instalaciones, muchas de ellas las actualizaciones regulares que emite Microsoft y que deberíamos instalar. Aunque algunas veces nos llevamos sorpresas desagradables, es conveniente instalar estas actualizaciones porque muchas veces contienen correcciones a fallos del sistema operativo que son aprovechadas por los «malos» para colarse por donde no deben con la posibilidad de armarnos un desaguisado.

No encontraba la manera de meter mano y limpiar esa carpeta que tenía una ocupación que sobrepasaba los 40Gb. La mayoría de los usuarios a buen seguro que no tienen independiente el disco C:\ en sus ordenadores y la basura acumulada digamos que no hace daño. Pero en un disco de 128 Gb como tenía mi amigo, 40 Gb es mucho: era la causa de su falta de espacio.

Haciendo consultas al doctor ese que empieza por «G», entre los miles de respuestas que ofrece a tus búsquedas, encontré una que llamó mi atención. Se trataba de un programa llamado «PatchCleaner» cuyo título rezaba «Clean your windows installer directory» —Limpie el directorio del instalador de Windows—. No hay que dejar de advertir que hay que tener mucho cuidado con estos programas y tener un buen antivirus instalado en el ordenador para no llevarse sorpresas desagradables.

Vi varias cosas que me predisponían a aventurarme por este camino. Una de ellas es que estaba alojado en la plataforma SOURCEFORGE, lo que supone una cierta garantía como software libre. Además, el nombre del autor, Igor Pavlov, suponía una garantía añadida pues desde hace muchos años utilizo como programa compresor y descompresor su famoso programa «7Zip»; creado en 1999, gratuito y muy actualizado, que supone una alternativa magnífica a programas de pago como Winzip o Winrar. Es verdad que hubo una cuestión que se me pasó por alto y que al final detallaré, pero casi me alegro porque de haberla visto quizá no hubiera seguido adelante con mis pesquisas en este programa.

Manos a la obra… Descargo e instalo en mi PC el programa y le hago una revisión exhaustiva con mi programa antivirus, que no detecta nada. Descargo e instalo en el PC de mi amigo el programa, lo ejecuto y… ¡voilà! Desaparecen 36 Gb. de los 40 Gb ocupados por los programas de instalación de Windows. Su disco «C:\» queda limpito, sin avisos de llenado y el ordenador funcionando a las mil maravillas. Avisé a mi amigo de que estuviera atento en los próximos días por si se producía algún fallo extraño en el ordenador. Nada me ha dicho en los días transcurridos.

Yo no tenía problemas de ocupación en mi ordenador porque mi disco es de mayor capacidad, pero animado por los resultados en el ordenador de mi amigo, lo ejecuté en el mío y se llevó por delante casi 30 Gb. Una maravilla. Hay que decir que el programa te permite guardar en un pendrive u otra carpeta del disco lo que va a borrar por si acaso, nunca se sabe.

Lo prometido en un párrafo anterior es deuda. Lo que no advertí al consultar los pormenores de ese programa es su fecha de última actualización: 2016. En esa fecha el Windows 11 no había visto la luz. Pero las cosas bien hechas en informática bien siguen funcionando o cuando menos avisan de que no van a funcionar sin estropear nada. Yo tengo en funcionamiento programas ya retirados de la circulación y sin mantenimiento que funcionan a las mil maravillas. No voy a decir el nombre de uno de ellos porque saltó a la fama por haber sido retirado violentamente por el gobierno norteamericano por no poder romper sus claves de acceso. La versión que yo tengo de este programa data de 2012. Y sigue funcionando a través de todos los Windows habidos hasta la fecha.

Y seguramente tenga Vd. en su ordenador muchos programas codificados en el lenguaje de programación VisualBasic6, un lenguaje que fue retirado de la circulación en 1998 pero que cientos de aplicaciones —ahora las llaman eufemísticamente App's— siguen utilizando hoy en día a plena satisfacción. Varios programas realizados en VisualBasic6 por mí mismo en 2015 siguen marchando a la perfección.

Me imagino que no todos los lectores llegarán hasta aquí, aburridos por estas digresiones informáticas. Pero si Vd. ha llegado le ofrezco una píldora que también he descubierto esta semana a raíz de una petición de ayuda de mi profesor de escritura. Se trata de «hablar» al Word por el micrófono del ordenador y ahorrarse la tarea de escribir en el teclado. Es muy sencillo, aunque depende de la versión de Word y de Windows que tengamos. Con un documento Word abierto, pulsar a la vez las teclas Windows y «H» y se nos abrirá una ventana en la parte inferior con un micrófono, pulsar en él y… empezar a hablar. Veremos cómo lo dicho se va reflejando en el documento. Por supuesto, varios idiomas, pero ojo a hablar claro y no demasiado deprisa. Ir probando, como todo en esta vida.




domingo, 9 de marzo de 2025

HOSTIGADOS

Este fin de semana pasado se han celebrado en muchos lugares desfiles, fiestas, cenas y bailes de carnaval. La tradición se va recuperando con cierta lentitud al estar durante muchos años prohibida en España. Pero… ¿Qué tiene que ver la imagen que encabeza esta entrada con el carnaval?

Hace ya muchos años, cincuenta, un fenómeno al que estaba ciertamente sensible era el que yo denominaba «el acoso de los vendedores de enciclopedias». Había vendedores de muchas cosas que llamaban a tu puerta, convocaban actos en salas públicas e incluso, no sé cómo se las ingeniaban, aparecían por las oficinas de las grandes empresas a enseñarte sus catálogos en los que te brindaban la obtención de la enciclopedia completa y la ibas pagando en «cómodos» plazos mensuales. Conservo, no sé por qué, varias de aquella época que ocupan un espacio enorme en mi biblioteca: Historia de España, Enciclopedia del Arte, Diccionario Espasa… Hoy en día, con internet, este tipo de publicaciones no tiene sentido.

Volviendo al asunto del carnaval, un amigo al que le gustan estas jaranas montó un grupo con otros tres emulando a Los Beatles. Disfrazados como ellos, ambientaron una cena de carnaval con una peña y al final acabaron con un karaoke en el que, por supuesto, interpretaron algunas famosas canciones de Los Beatles. No podía faltar, claro, «Yellow Submarine».

Hoy en día, los eventos no se quedan circunscritos al lugar donde se celebran. Los asistentes graban y retequegraban en sus teléfonos inteligentes todo y más y la cosa no queda ahí: lo lanzan al mundo mundial a través de WhatsApp, Twitter-X, Tik-Tok, Instagram, Facebook, Youtube, Bkuesky y algunas más que no menciono por no hacer esta lista interminable. Sí, esas llamadas redes sociales que se encargan de expandir esas retahílas de ceros y unos desde nuestros equipos informáticos por todos lados. Y ya lo dice el refrán, un poco actualizado por mí: «palabra y piedra (e imagen) suelta no tienen vuelta» Y lo que es peor, hemos perdido todo el control sobre ellas y sus destinatarios.

Pero en este caso, el teléfono inteligente en que grabamos fotos y vídeos cobra vida para otros intereses que, aunque antes sospechábamos, hoy en día no tenemos duda: nos espía y además con nuestro consentimiento, si, con nuestro consentimiento no siempre obtenido de forma clara. Tengo en mi lista de lecturas pendientes el libro de Belén Gopegui titulado «Te siguen» que a buen seguro aporta nuevos conocimientos sobre estos asuntos. La autora y la trayectoria me permiten augurar esto, aunque como hago siempre me abstengo de leer sinopsis o reseñas de un libro antes de acometer su lectura.

Vamos cerrando el círculo. En los días posteriores a esa cena y esas actuaciones, el teléfono inteligente de mi amigo empezó a mostrar «insinuaciones» procedentes de Google, y de otra de las aplicaciones instaladas, por si mi amigo estuviera interesado en la compra de esa caja de fichas de Lego del «Yellow Submarine» de Los Beatles. Blanco y en botella, porque nunca antes, ni ahora, mi amigo tiene interés en promociones comerciales —los ingleses lo llaman merchandaising— sobre este famoso grupo de cantantes. No queda otra que pensar que los mecanismos de espía que llevamos en nuestros aparatos se pusieron manos a la obra para deducir esto a raíz de las fotos, las grabaciones del karaoke y los mensajes intercambiados a través de las redes sociales. Y si no es así, que alguien me lo explique.

Estos casos, tan claros y meridianos, empiezan a ser (muy) frecuentes. No se cortan ni un pelo. A mí me ocurrió personalmente uno de corte similar que reflejé en la entrada «REVISIONISMO» de mayo de 2023 accesible desde este enlace. Nos escuchan los Alexa's, Siri's, Ok Google y similares en nuestras casas, nos escucha y nos fisga permanentemente nuestro teléfono y ahora también, por lo que parece, los coches modernos hiperconectados también están vigilantes. Con el tiempo acabarán chivándose a la Guardia Civil de lo que hablamos, y de las normas que incumplimos. No quiero dar ideas…

Todas estas actuaciones alrededor de nuestras vidas rayan, o alcanzan plenamente, el hostigamiento, una molestia más que continuada a nuestras personas y nuestra intimidad, un fastidio demasiado frecuente que resulta cansino. El problema es que es muy difícil por no decir imposible, escapar hoy en día de ello. Lo primero que tendríamos que hacer es tirar el teléfono a un río y pocos estamos dispuestos a ello por infinitas razones. Yo lo he intentado y he acabado enmarañándome más. Recupero aquí un magnífico texto que  María José Blanco Barea colocó hace años, en 2002, en el foro de una plataforma de afectados por acoso moral en el trabajo, «mobbing», titulado «La tela de araña» y que reproduzco a continuación:

Así lo veo yo: una TELA DE ARAÑA, y no precisamente porque yo fuese una mosquita moribunda, todo lo contrario, me defendía, pero he ahí el error:  cuanto más me movía y más me defendía, más me enredaba, y más desgastada me estaba quedando. Un día, un buen psicólogo, que me vio, empezó a enseñarme a darme cuenta de que, si hacia tal movimiento se me enredaba la pierna, y si hacia el otro me atrapaba el cuello, entonces aprendí que la única manera de salir de allí era aprender cual es el juego de la araña, aprender cuáles son sus técnicas, cuando esta como dormida y sin embargo sigue tirando de los hilos para tensar el nudo que me aprieta el alma. Aprendí a verme a mí misma como lo que soy, y a saber que soy libre, tan libre, que ninguna tela de araña podía atraparme. Aprendí a ver a la araña desde cerca y desde lejos y  a ver que la tela en la que estaba la había tejido enteramente la araña, y que ahí caí yo, es decir, que a mí no me había tejido la araña, así que en  una gota de rocío me vi reflejada una madrugada, era YO, no era una mosca, y ya no tenía aracnofobia, y la tela de araña se podía deshacer o no -eso se  lo dejo a la araña- pero mi libertad y mi dignidad esas estaban sin atrapar,  esas son intangibles, así que cogí todas las fuerzas del mundo, todo el  coraje, y toda la dosis de humor y ternura que había olvidado tenia, y respiré hondo y volé, me alcé, sin más esfuerzo me desprendí de la tela de  araña y allí la dejé.

Sé que mi error era luchar contra la tela de araña, cuando el enemigo era la araña. Me dediqué durante muuuuucho tiempo a ver la geometría de la tela y perdí tanto tiempo en su análisis y comprensión sin ver que el origen de todo estaba en el sujeto araña.

Desde entonces, cuando veo a alguien tejiendo a mi alrededor, me inflo de dignidad y libertad, y esto debe ser un maravilloso insecticida, porque descubren que no me van a enredar y aunque dejan su asqueroso hilo o rastro en alguna esquina, no consiguen atraparme.

Desde entonces, cuando veo a alguien que construye con pilares firmes y paredes maestras, con puertas y ventanas abiertas de par en par sin trampa ni cartón, a la entrada y a la salida, ambientes de buen humor, de buenas intenciones, de generosidad, de solidaridad, de cariño, de compromiso, me  uno a su ejército de buenas gentes y nos vamos al campo de la vida de excursión a dejarnos enredar por las estrellas porque desde la serenidad de  la seguridad en uno mismo y en los que nos rodean, se puede llegar a tocar  el cielo con las manos.

Perdona si esto ha salido así, es que me siento libre y me siento bien.  Salí del infierno sin la cola del diablo ni el tridente en la mano, por eso no soy diablo ni mato, ni pego, y trato de no insultar ni de maldecir, salí del infierno y no quiero, no quiero, no quiero, llevar ni una llamarada por donde vaya. Salí del infierno y me gustaría que los que están atrapados en él, puedan disfrutar de la emoción de pertenecer a un ejército de guerrilleros que luchemos con otras herramientas, con las nuestras, no con las suyas, para no enredarnos más en la tela de araña.





 

domingo, 2 de marzo de 2025

MELILLA



Hago esta semana un experimento que podría ser de anticipación. Escribo estas líneas a mediados de semana para que vean la luz el domingo próximo, como es costumbre en este blog desde hace dieciocho años. Programaré la publicación usando una funcionalidad que permite publicar las entradas en una fecha y hora concreta, de forma automática.
 
El título lo dice todo. Una ciudad, española, enclavada en pleno Marruecos en el Norte de África, al igual que otra similar, Ceuta, aunque esta está más accesible de visitar por encontrarse en el mismo estrecho de Gibraltar. Un viaje en barco permite la visita en el día, lo que no ocurre con Melilla porque en barco la travesía es en estos momentos de seis horas y media desde Almería o de seis horas desde Málaga. Pero siempre tendremos el avión.
 
El escribir unas líneas de recuerdos sobre esta ciudad es porque, IBERIA mediante, este fin de semana aprovecharé para recordar viejos tiempos: hace 50 años pasé un año de mi vida en aquella ciudad, haciendo el Servicio Militar obligatorio. Recalco lo de obligatorio, porque voluntariamente yo no hubiera ido, ni al servicio ni mucho menos tan lejos.
 
Hay algunos escritos en este blog hablando del tema, pero no he querido releerlos para evitar modificar mis recuerdos en estos momentos, un par de días antes de volver por allí. Ahora, con el tiempo, todo se ve de otra manera, pero el que yo llamé, llamo y llamaré «secuestro legal» al que me sometió el Estado Español, o su gobierno o quién fuera no es para olvidar. Un año perdido de mi vida, un retraso enorme en mi desarrollo laboral en el que ya estaba plenamente inmerso, que me provocó perder valiosos conocimientos en el mundo de las tarjetas bancarias que veían la luz en aquella época. A mí vuelta, fui destinado a otros menesteres mucho menos interesantes y valiosos que el mundo de los cajeros automáticos y las tarjetas de plástico. En fin, daños colaterales que en aquellos años sufríamos estoicamente todos los varones españoles.
 
Como digo, poco o nada aprendí tras la puerta de aquel cuartel infame cuya entrada preside la foto en esta entrada del blog, valga la redundancia. Me licencié de Cabo 1º, obligado, de Intendencia, en la compañía de Suministros, pero en todo aquel año jamás vi ni utilicé ninguno de los equipos y materiales propios de mi cuerpo militar —hornos, cocinas, duchas, etc. Según llegué me destinaron a la oficina del cuartel y allí pasaba las mañanas rebajado de servicios pero en las tardes los refuerzos de guardia y patrullas fueron innumerables, de perder la cuenta. Pero no quiero recordar cuestiones de la mili, sino de la ciudad.
 
Melilla lleva siendo española desde 1497 en que Pedro de Estopiñán tomó la ciudad y la incorporó al Reino de Castilla. Es de esas cosas actuales que tienen una controvertida explicación, como Ceuta o Gibraltar; enclavadas en otro territorio, generan no pocos problemas a los Estados y a sus habitantes por diversas controversias que surgen continuamente. Hoy en día es una Ciudad Autónoma, con 85.000 habitantes. No sé los militares que ahora formaran parte de esta población, pero si recuerdo que en 1977 éramos 14.000 militares los ubicados allí y la atmósfera militar se respiraba por doquier.
 
Cuando teníamos tiempo libre, era obligatorio salir del cuartel en perfecto estado de revista, obligados a mantenerlo en todo momento, incluso dentro de bares, restaurantes o cines. Yo recuerdo a la policía militar entrar en el cine con linternas y llevarse arrestados a los soldaditos a los que se les había ocurrido desabrocharse el collarín de plástico de la guerrera. Si estabas sentado en una terraza en la calle principal o aledaños, los mandos se dedicaban a pasear por delante teniendo que levantarte, ponerte firmes y saludar militarmente, aunque ellos fueran de paisano con sus familias. Estaba terminantemente prohibido alquilar pisos o habitaciones y algunas otras limitaciones que muchas veces te llevaban a quedarte en el hogar del soldado charlando con los compañeros y renunciando a salir a la ciudad.
 
De aquella época conservo seis carreteres de fotografías en color y tres de blanco y negro. Me he entretenido en estos días en pasarlos por el escáner, como recuerdo, aunque muchos de los que allí aparecen ni siquiera los recuerdo… ¡que habrá sido de ellos! Tras aquellos años solo he mantenido el contacto con dos: Manuel y Antonio, andaluces ellos, de Almería y de Sevilla. A Manuel lo veré este fin de semana y Antonio, siempre imprevisible, en los momentos en que esto escribo no sé si acudirá o no. Y estaba avisado desde octubre del año pasado…
 
La maravilla de internet hoy en día permite asomarse a la ciudad y ver cómo es hoy. Multitud de fotografías, y de información pueden accederse desde la pantalla del ordenador o del teléfono. Uno de los lugares a visitar sería el cuartel de la Agrupación Logística Número 7 en cuya compañía de Suministros pasé un año de mi vida, 1977. Visto en Google Maps, el cuartel ya no existe y en su ubicación hay un enorme solar anexo a un Centro Comercial moderno. Otra zona de recuerdo intenso es Rostrogordo, una explanada en la parte alta de la ciudad donde con frecuencia se organizaban desfiles y demostraciones de fuerza a las que eran muy aficionados los mandamases militares de la ciudad. Decir que, para los soldaditos, al menos los de mi cuartel, era una verdadera cruz, subir y bajar andando hasta allí, 5,7 kms. de ida y otros tantos de vuelta, cargados con todo el equipo, más el tiempo «estacionados» en la explanada y los desfiles; un verdadero calvario cada vez que se anunciaba que al día siguiente «tocaba» Rostrogordo.
 
La ciudad tiene pinta de haber cambiado mucho. Los monumentos clásicos que conocí en aquel año deben seguir igual, pero los ambientes de las calles, plazas y parques supongo que habrán sufrido cambios. Las ciudades han cambiado mucho en los últimos años y supongo que Melilla no será una excepción. Cuando esté allí espero que se activen mis recuerdos y los de mis compañeros de fatigas militares y podamos recordar eventos y sitios. Por lo pronto, un restaurante donde solíamos ir cuando queríamos celebrar algo ya no existe. Se llamaba «Las Palmeras». El cine donde acudíamos a ver alguna película sigue existiendo como Teatro Cine Perelló, pero no es cuestión en un fin de semana meterse al cine, así que lo recordaremos por fuera.
 
Varios cuarteles a los que podíamos acceder libremente han desaparecido por lo que parece un agrupamiento dado que a buen seguro y desde la desaparición del Servicio Militar Obligatorio, el número de militares, ahora todos profesionales, que residan en Melilla habrá descendido drásticamente.
 
Los churros que allí se tomaban y se toman ahora con té con hierbabuena nos están esperando, así como los pinchos morunos, los caracoles y las frituras de pescado variadas que en aquellos años hacían nuestras delicias para contrarrestar el rancho cuartelero, que unos meses se podía comer y otros menos, según el oficial de cocina que tocara y sus miramientos para con los soldaditos. Alguno miraba más para sí mismo que para nosotros, de lo que tuve pruebas al estar en la oficina y ver ciertas cosas que estaban a la orden día por entonces.
 
En fin, esperemos pasar unos gratos días de recuerdos y nostalgia. Con Manolo al menos y quizá con Antonio.