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domingo, 10 de mayo de 2020

TRABUCAR




Desde hace un tiempo, mucho antes de esta época especial de confinamiento de la primavera de 2020, tengo la costumbre de dedicar media hora —nunca más— por las mañanas, en el momento del desayuno, a leer (en diagonal) la prensa a través de internet. Lo que se puede leer, porque cada vez más los artículos están restringidos a los suscriptores con toda lógica ya que las cosas cuestan dinero y la gratuidad está pasando cada vez más a un segundo plano. Lo de leer en diagonal es una manera de hablar, que me ha contagiado mi buena amiga Pilar, y que consiste en leer los titulares de forma rápida para solo focalizarme en alguno que despierte mi interés.

Las noticias nos abruman: recibimos bombardeos por todos lados siempre y cuando, claro está, tengamos las antenas abiertas. Como digo, yo lo hago desde hace tiempo de forma voluntaria y echo un vistazo a los cuatro diarios digamos nacionales cuyos logotipos pueden verse a la izquierda de la imagen. También, si es posible en esa media hora de tope, doy una vuelta a los diarios estrictamente digitales que también figuran a la derecha de la imagen. Luego no hay que olvidar que las noticias llegan también por las redes sociales, los blogs, los podcasts y las clásicas radio y televisión.

En el fondo, todas las personas tenemos una ideología, aunque esta puede ir cambiando con el tiempo y tampoco tiene que ser estricta ni responder a unas guías inamovibles. Ante situaciones nuevas, esta pandemia del coronavirus que estamos sufriendo lo es, uno tiene que reeducar su forma de pensar y tomar sus decisiones. Como bien dice siempre mi admirado profesor Ángel Bahamonde, es mucho más productivo y enriquecedor leer y estar enterado de lo que opinan los «otros» que lo que opinan los afines. Aunque para llevar a cabo esta instrucción en muchas ocasiones hay que tener unas tragaderas considerables. Aquí lo de izquierdas y derechas, no sirve, es muy simple para llevar las cosas a dos extremos simples, cuando el abanico es inmenso.

Ante una misma noticia, ante una misma imagen, las interpretaciones que pueden verse en los diferentes medios parece que estuvieran hablando de episodios completamente diferentes. Un diario utiliza una imagen en su portada tomada con teleobjetivo potentísimo para manifestar su enfado por la aglomeración de personas. Es sabido que un teleobjetivo apelmaza las imágenes y puede dar la sensación de que un espacio de cientos de metros solo es de decenas, con lo cual se mostrará una multitud con las personas muy cercanas cuando realmente están mucho más separadas de lo que la imagen muestra. Esta imagen, confusa o tergiversada, puede usarse de argumento y de hecho se usó para criticar duramente las medidas de desconfinamiento.

Como digo, es curioso ver el tratamiento que a un mismo hecho se da en los diferentes medios: cada uno tira con fuerza y ganas para su espacio ideológico. Los hechos se retuercen una y otra vez, con machacona insistencia, para llevar el ganado cada cual a su redil. Incluso noticias que han quedado demostradas como falsas con el paso de los días siguen siendo utilizadas de forma reiterada para justificar los aciertos de unos o los desatinos de otros. El caso es conducir el agua al molino propio y una vez en el molino teñirla del color correspondiente para que sea devuelta al río ajustada a nuestros particulares intereses.

Las palabras y los acontecimientos están siendo interpretados de forma forzada, cuando no claramente errónea por unos y otros en un afán que dista mucho de aportar soluciones a este enorme problema. Se enfatiza más en buscar culpables que en aportar soluciones para poder salir de esta crisis. Por poner un ejemplo, las sesiones en el Congreso de los Diputados en estos días son esperpénticas. Pero como todo en esta vida, los intervinientes, incluso cuando no aportan, tienen sus ensalzadores que opinan incluso que se están quedando cortos en sus planteamientos. Para gustos hay colores.

Es muy complicado cuando no casi imposible otorgar veracidad o credibilidad a las noticias que nos llegan. Las hemerotecas son malditas y con el paso de los días se muestran impasibles ante los desatinos cometidos por la misma persona en dos momentos diferentes. Una semana se afirma una cuestión con absoluta rotundidad para, a la semana siguiente y con también absoluta desfachatez, afirmar lo contrario.

Los periodistas, los locutores, los presentadores, hacen su trabajo en función de las directrices de los medios para los que trabajan. Pero también en función de sus conocimientos que, en algunas ocasiones, brillan por su ausencia. Salvo que como lectores u oyentes sepamos de lo que se está hablando, nos la pueden colar hasta el corvejón, porque tendemos a dar credibilidad a lo que nos llega, especialmente si concuerda con nuestro pensamiento y sirve para asentar nuestros intereses. No está bien visto y además requiere un esfuerzo el tratar de interpretar la veracidad o tendenciosidad de las noticias que recibimos.

En este sentido, yo estos días lo estoy intentando. Claro está que las fuentes que consulto —entre ellas «Newtral» y «Maldita»— también tienen sus directrices y sus planteamientos. Un hecho positivo es que, a una de ellas, uno de los partidos políticos la ensalzara hace unas semanas y ahora la denoste: podría indicar una trayectoria rectilínea alejada de toda interpretación y centrada en los hechos. Si una foto o noticia es de 2016 y de Perú, es de 2016 y de Perú, por mucho que la queramos mostrar como de 2020 y de Barcelona.

Uno se lleva las manos a la cabeza en aquellas cuestiones en las que rasca un poquito. Estamos siendo trabucados en estos días de la primavera de 2020 con especial intensidad si nos atenemos a las acepciones dos y tres que nos muestra el diccionario de la RAE para el vocablo trabucar: «Ofuscar, confundir o trastornar el entendimiento» y «Trastrocar y confundir especies o noticias». Ojo avizor, pues, y lo mejor es no creernos las cosas a pies juntillas o cuando menos ponerlas en duda si no somos capaces de verificarlas. Además de en los medios, hay demasiados «gurús» entre los amigos de nuestros amigos. Yo ya he bloqueado a más de uno que insiste en hacerme llegar comunicados que no aportan nada a la solución y buscan interpretaciones tendenciosas de los hechos.


domingo, 3 de mayo de 2020

ESTADO



Fijémonos bien en la imagen. Cada jardinero está tirando la basura en la parcela del vecino. Al final cada uno tiene su parte de «mier…» y, para más inri, no es la suya. ¿Nos suena esto en estos días? Tengo pocas ganas de escribir y además el tema es de esos de los que no se puede hablar, salvo querer entrar en vías no muertas sino muy vivas que parece que según se les mire conducen un día a un sitio y otro día a otro.

Es en las situaciones extremas cuando se puede apreciar la valía de las personas. Cuando todo marcha como miel sobre hojuelas, cuando todo es jijí-jajá, no salen a la luz las bajezas y las tropelías que permanecen agazapadas.

El Estado tal y como lo tenemos planteado no funciona o al menos en estos días está bastante puesto en cuestión. En esta situación en la que nos encontramos por mor del coronavirus, y también en otras anteriores recientes más focalizadas que están dormidas (léase separatismo de alguna comunidad autónoma de cuyo nombre no quiero acordarme), ha quedado en evidencia una cosa que ya todos sabemos desde chiquitines, y me permito adaptar el dicho: «la desunión NO hace la fuerza». Se han visto las consecuencias que supone que una fuerza de seguridad como son los Mossos de Escuadra tenga sus propias directrices y estas no concuerden y se alineen con las de otros cuerpos similares como la Policía Nacional o la Guardia Civil. Menos mal que las competencias del Ejército no han sido transferidas a las comunidades, porque si no esto hubiera  estuviera sido un (absoluto) caos. Y si hablamos de la Sanidad…

Ya desde hace seis años figura en este blog la entrada «AUTONOMÍ…suyas» que ahora en la distancia se hace más reveladora y de la que recomiendo una lectura pausada  a la luz de los últimos acontecimientos que estamos viviendo en estos días de la primavera de 2020. La frase de Montesquieu cobra fuerza: «Los intereses particulares hacen olvidar fácilmente los públicos».

La imagen siguiente apareció en el diario El Mundo el 19 de octubre de 2014 y… sobran las palabras. Han cambiado los personajes pero la esencia se mantiene.



Como siempre ha dicho mi buen amigo Félix, los hechos son el meollo de la cuestión y no las opiniones o soflamas que cada uno pregona al viento en función de sus intereses particulares o partidistas. ¿Alguna duda en estos días de que la Sanidad, con mayúscula, ha sido y sigue siendo un caos? Tuya-mía, yo me encargo, yo no te dejo, yo dispongo, yo no lo admito, lo que tú haces está mal, déjame que lo haga yo… Creo que no hace falta ninguna explicación. Hasta la llegada de «esto», la Sanidad estaba plenamente transferida a las Comunidades Autónomas, que en el día «D» estaban en general con el culo al aire. En un momento determinado toma el control un Gobierno que no sabe por dónde le vienen los tiros, con un Ministerio de Sanidad mínimamente dimensionado que no da para tapar las goteras de las tormentas que le caen por dentro y por fuera. Hechos, no conjeturas.

Para mí y a riesgo de equivocarme una vez más, las Autonomías no representan una mejora real en la vida de los ciudadanos, por mucho que vendedores de humo intenten convencernos aludiendo a nuestras emociones en lugar de a nuestros estómagos. Y tras la situación de estos últimos y tenebrosos días, al menos ha quedado claro que ciertas cuestiones no son transferibles: la Sanidad por ejemplo. Y luego podemos seguir con otras, como la Educación.

En el libro «Ordesa», de Manuel Vilas, encontramos una frase demoledora: «El terror es ver el fuselaje del mundo». Más que terror es pánico lo que algunos hemos sentido al encontrarnos con el fuselaje del Estado en carne viva, puesto al descubierto por un bichito que está recorriendo el mundo y mostrando los pies de barro sobre los que está construida nuestra civilización. Hablando de libros y para que vayamos tomando conciencia de lo que (creemos que) somos, haría referencia a «De animales a dioses (Sapiens). Una breve historia de la humanidad» y «21 lecciones para el siglo XXI», ambos de Yuval Noah Harari e «Ismael» de Daniel Quinn. Hay muchos más que cobran rabiosa actualidad en estos días, pero estos son sencillos y entendibles sin esforzarse mucho.

Las Autonomías Españolas son, a mi entender, un concepto agotado y habríamos de ir pasando página: cuanto antes mejor. No sé si la solución es la recentralización, un estado federal o… Habría que preguntar a un alemán o un estadounidense, por ejemplo, como vería que uno de sus estados federales fuera una ciudad —estoy pensando en Melilla o Ceuta— o una región minúscula como Asturias o La Rioja. Un asunto este de los localismos o nacionalismos que lleva en España un montón de años sin resolver, del que se hizo un apaño de aquella manera en la Transición con el «café para todos» y que sigue y seguirá aflorando hasta que TODOS miremos por el interés general y le demos una solución definitiva, al menos en las grandes cuestiones que nos afectan a la mayoría. Pero esa solución no parece estar nada cercana porque supondría una revolución tan radical y cambios tan significativos que ni nos la queremos plantear.