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domingo, 9 de julio de 2023

PORO

 

Antes de hacer algo o tomar una decisión hay que mirar y remirar por todos los sitios donde se pueda, preguntar a todo bicho viviente y tener muy claro lo que se va a hacer antes de poner manos a la obra. Digo esto porque esta semana, precisamente, no he seguido esta recomendación al pie de la letra y ahora estoy un poco mosca con las posibles consecuencias.

Mi coche tiene ya ocho añitos recién cumpliditos. Lo cuido todo lo que puedo, duerme en garaje, pasa las preceptivas revisiones anuales y todo marcha a las mil maravillas. Menos una cosa que me está dando guerra desde el día que lo compré: una avería de esas intermitentes en las que no sirve llevar el coche al taller: si lo haces, lo más normal es que el mecánico no encuentre nada, como así me ha ocurrido.

Se trata de la rueda trasera derecha. Pierde presión de forma lenta e inmisericorde. El coche dispone de un sensor de presión de los neumáticos que te avisa en el momento del arranque. Como todo avezado lector puede suponer, el dichoso sensor tiene la costumbre de avisar en los momentos más inoportunos: con el coche aparcado en el aeropuerto cuando vuelves de un viaje, en un día de excursión a las Barrancas del Burujón, visitando a unos amigos en su pueblo abulense de Serranillos o a otro en Valencia, cuando sales a las tantas de cenar en un restaurante… Eso por referir algunas situaciones que recuerdo además de otras en las que el «canto» ha sido en el propio garaje a la hora de querer utilizar el coche.

El caso es que a lo largo de estos años he cambiado ya dos veces las gomas y me sigue ocurriendo, con lo que por deducción el problema debería estar en algún defecto de la llanta. Para detectar esto, al parecer, la única solución es acudir a un buen centro de neumáticos donde dispongan de un tanque-piscina donde sumergir completamente la rueda y observar si salen burbujitas como hacíamos de pequeños para arreglar los pinchazos de nuestras bicicletas. También puede perder hasta por el aro donde se juntan la llanta y el neumático y posibilitar que este defecto solo se haga patente en determinadas condiciones —bordillazo, aparcamiento— en que se libere una pequeña cantidad de aire.

Desde que empecé a tener estos problemas, llevo un compresor portátil en el coche similar al que puede verse en la siguiente fotografía.

 

 

Conectado al mechero del coche, con el coche en marcha, es capaz de inflar lentamente una rueda hasta la presión prefijada previamente, de modo que él solito se apaga cuando el neumático alcanza la presión deseada. Como he referido, lo he tenido que utilizar en variadas ocasiones a lo largo de los ocho años de vida del vehículo. Ya que lo tengo, no hay mal que por bien no venga, lo utilizo de vez en cuando para revisar las presiones en el garaje, con las ruedas en frío. Desde hace años no me cabreo como antes cuando era una lotería el mirar las presiones en las gasolineras.

Esta semana lo estaba utilizando en el garaje cuando llegó un vecino con su coche. Me preguntó lo que estaba haciendo y le conté brevemente la historia de la rueda que me pierde presión lentamente. Le había ocurrido lo mismo durante largo tiempo y él lo solucionó con un espray antipinchazos. Aparentemente la rueda no está pinchada ya que hago cientos de kilómetros sin que se encienda el avisador, pero algún poro debe tener. Se supone que la espuma antipinchazos será capaz de rellenar el poro en cuestión y evitar las pérdidas de aquí en adelante.

Manos a la obra, dicho y hecho. Desinflo completamente la rueda con la sorpresa de lo mucho que tardo en conseguirlo. Vierto todo el contenido del espray a través de la válvula lo que implica un hinchado (parcial) de la rueda. Hago unos kilómetros despacio según indican las instrucciones y de vuelta al garaje utilizo el compresor para poner la rueda a su presión nominal. Hasta ahí todo perfecto. Ahora a esperar unos días o unos kilómetros y ver como va respondiendo este arreglo y si de verdad funciona.

Pero…

Se me ocurre mirar, a posteriori, mecachis, en los foros de internet a ver que información hay sobre este asunto. Tal y como indicaba en el primer párrafo de esta entrada, debería de haberlo hecho antes. La información hay que contrastarla siempre porque, al parecer…

El neumático se llena de espuma: esta se introduce por la válvula de llenado lo que hace que el interior de la rueda se llene de este material haciendo que esta no cumpla correctamente con su funcionalidad.

He visto perdidas de todos los colores tamaños y formas. El mejor método es sumergir la rueda entera en una cubeta con agua clara y mirar bien por un lado y otro. La rueda en horizontal.

Realizar su uso de forma temporal, es decir, acudir a un taller especializado lo antes posible para que el neumático no sufra daños por los agentes químicos contenidos en el producto.

Aprovecho para recordaros que no se estropea el neumático con el producto, como se dice por ahí. Que no os digan cuentos chinos.

No se os ocurra utilizar un espray antipinchazos. Lo deja todo perdido y pegajoso y la próxima vez que vayáis a un taller a reparar o cambiar la rueda os odiarán profundamente y con toda la razón.

     

En fin, la espuma está ya dentro de la rueda. Ahora solo queda dejar pasar el tiempo y observar la evolución a ver si hemos solucionado algo o como diría un castizo, la hemos pifiao y ha sido peor el remedio que la enfermedad.



 

domingo, 2 de julio de 2023

PENSAMIENTOS

El cerebro humano está funcionando las 24 horas del día. Incluso cuando estamos dormidos, seguimos elaborando imágenes y pensamientos, aunque algunos de ellos pueden ser construcciones irreales a partir de situaciones vividas o imaginadas. Una de las cuestiones fundamentales (por ahora) es que cada persona es dueño de los suyos y tiene la potestad de comunicarlos o no a los demás, cosa que hará en función de un sinnúmero de circunstancias en relación con sus intereses.

He mencionado lo de por ahora porque los científicos están como locos tratando de descubrir mecanismos que permitan acceder al cerebro de las personas para poder «leer» —y almacenar— sus contenidos. Esperemos que eso tarde en llegar, no llegue nunca, porque en ese punto la humanidad estará irremisiblemente perdida.

Hace años, en mi entorno laboral, tenía frecuentes interacciones por motivos laborales con una compañera con la que tenía mucha confianza. Ella tenía un problema personal: le olía fuerte y desagradablemente el aliento. Todos los que trabajábamos con ella lo habíamos detectado e incluso lo comentábamos entre nosotros, pero… ¿decírselo? Al final nadie quería poner el cascabel al gato y se guardaba sus pensamientos para sí o los comentaba con los demás menos con la persona interesada. «A boca que dice verdades le esperan enemistades»; al final, yo tomé la decisión de comunicárselo, lo que supuso una airada reacción por su parte y que me dejara de hablar en meses, notando un enfriamiento gélido en nuestras relaciones laborales y total en las personales. Pero alguna medida tomó porque dejó de olerle el aliento. Al cabo de varios meses se sinceró conmigo, me pidió perdón y me agradeció enormemente el habérselo dicho, porque ella no se daba cuenta.

Situaciones como esta se nos presentan a lo largo de la vida casi de forma continua e inmisericorde. Y es muy difícil tomar la decisión de comunicar nuestras elucubraciones a otras personas o guardárnoslas para nosotros. El tema referido de los olores corporales es asunto delicado y me he encontrado en más ocasiones con ello: solo una de las veces me he callado, pero a base de soportar viajes en coche a punto del desmayo por soportar fetideces. Pasaba antes por la gasolinera o el supermercado para comprar el más potente ambientador que encontrara.

Pero esto no ocurre solo con los olores. Puedo referir otro caso personal que me ocurrió en mi última etapa laboral en una gran entidad bancaria española. Sufriendo un mobbing —acoso laboral en el trabajo— de libro, un día me sinceré con mi jefe haciéndole ver que había —habían— conseguido que mi mente se cerrara y evitara cualquier comunicación positiva o negativa con el departamento. Escribí un relato ,de ficción, en este blog, en dos entregas, titulado «ARRINCONADO-1de2» y «ARRIONCONADO-2de2» advirtiendo que cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia.

En ese relato se dice que «…él se iba sabiendo lo que había ocurrido y la solución, sin que nadie le preguntara por ello. Había aprendido a ver, oír y callar, hacer lo que le mandasen —no le mandaban nada— y contestar únicamente a lo que le preguntasen —tampoco le preguntaban nada—». Y en otro momento, más adelante en ese relato, insisto, de ficción, se dice que «…pero quiero que sepas que todos en esta empresa, incluso tú, habéis perdido la capacidad de saber mis pensamientos, porque ya me cuido mucho de no comunicároslos, tanto los profesionales como, faltaría más, los personales».

Cuando dos personas interactúan, se tienen que dar cuenta que las experiencias se van acumulando y serán tenidas en cuenta en el futuro. Si no se crea un clima cálido de relación, se cuidarán muy mucho de tener la mente abierta y comunicar cuestiones interesantes: para qué, si se lo digo se va a cabrear, así que no merece la pena, punto en boca.

Es un poco como la metáfora de la piedra. Dice el refrán que no requiere explicación que «cuando la piedra ha salido de la mano, pertenece al diablo». Una vez que has lanzado la piedra que tienes en la mano, ya no eres dueño de su destino; puede volver, pero nunca sabrás cómo. Algo parecido pasa con la palabra: una vez dicha pierdes el control con el agravante de la oralidad y de cómo la interprete quién la escuche que puede captar un sentido incorrecto distante del que tú has querido dar.

«En boca cerrada no entran moscas» y se evita que otras personas accedan a tus pensamientos, especialmente cuando la confianza en esas personas no es suficiente como para abrirte en canal y poder obtener los beneficios de una conversación abierta enriquecedora para ambos. Es difícil sopesar cuando hablar y cuando callar. Pero no queda más remedio que hacerlo y, ante la menor duda, el silencio tendrá menos consecuencias… negativas, aunque perdamos las positivas.

Inmersos en plena campaña electoral, no creo que haya nadie en este país que no haya asistido al esperpento de lo sucedido en Extremadura donde una lideresa política expresó a los cuatro vientos sus pensamientos de forma contundente en relación con un (imposible) gobierno de coalición para a la semana siguiente desdecirse de lo dicho y firmar sumisamente lo que manifestó nunca iba a consentir.

Ejemplos hay muchos y cada cual tendrá los suyos en su vida, en sus relaciones, familiares, profesionales y con sus amistades. Es primordial el poner el máximo cuidado en lo que se transmite para asegurarse de que la persona que lo recibe lo hace de forma adecuada y tendrá la suficiente confianza en pedir aclaraciones en caso de cualquier ambigüedad. Si no es así, estaremos perdidos.



 

domingo, 25 de junio de 2023

HIDATO

Una de mis costumbres arraigadas, siempre que me es posible, es echar una ojeada a la prensa digital mientras desayuno por las mañanas. Es verdad que el acceso es cada vez menos libre y se requiere en muchos de los sitios una suscripción para poder acceder completamente a algunos de los artículos. Pero al menos las cabeceras están disponibles. Eso sí, no me olvido, los domingos, de devorar la crónica semanal de mi buen amigo y maestro Eduardo Juárez Valero en la sección de Tribuna de «El Adelantado de Segovia» para aprender historia, vocabulario y enseñanzas de la vida, hoy en día tan necesarias.

Hace años, en noviembre de 2009, dediqué una entrada en este blog al pasatiempo denominado «SUDOKU» — como se trata de una entrada antigua y estos chicos de Google y Blogspot han cambiado parámetros básicos, recomiendo utilizar la rueda del ratón mientras se mantiene pulsada la tecla CTRL para aumentar el tamaño de letra—. Sigo coqueteando de vez en cuando con la resolución de sudokus para mantener la mente activa y retrasar hasta el infinito y más allá las enfermedades de la mente como el Alzheimer y similares. Casi todos los diarios publican sudokus además de numerosas páginas web; yo sigo intentando semana a semana el llamado Samurái, que son cinco sudokus conectados.

Esta semana, por casualidad, me he fijado mientras hojeaba el diario «El País» en un pasatiempo que era desconocido para mí denominado HIDATO. Atraído por la curiosidad, ya se sabe, el mejor antídoto contra la vejez, me he asomado y he resuelto mi primer Hidato. Curioso e interesante, no he conseguido averiguar cuando fue inventado, pero hay artículos en la red hablando de este pasatiempo en 2009. Con todas las salvedades posibles, lo mejor es acudir inicialmente a la Wikipedia para ver de que se trata el asunto:

Hidato (en hebreo: חידאתו, término originario de la palabra hebrea Hida = acertijo) es un juego de lógica creado por el Dr. Gyora Benedek, un matemático israelí. El objetivo de Hidato es rellenar el tablero con números consecutivos que se conectan horizontal, vertical o diagonalmente

Sus reglas son muy sencillas y básicas. Las instrucciones que figuran en «El País» para su resolución dicen lo siguiente:

El objetivo del juego es completar la cuadrícula con números consecutivos que estén en contacto horizontal, vertical o diagonalmente. El primer y último número del juego están rodeados por un círculo.

Tenga en cuenta que el juego solo tiene una solución posible y se puede resolver con un poco de lógica. No es necesario empezar por el primer número, a veces es mejor comenzar por el número final.

Y en la página oficial facilitan claves de resolución parecidas cuya traducción dice

Cada rompecabezas tiene una sola solución.

Los acertijos de Hidato se pueden resolver con pura lógica. No se necesitan conjeturas.

No es necesario comenzar con el primer número; a veces es mejor comenzar en otro lugar.

Trabajar hacia atrás (contar hacia atrás) puede revelar pistas clave para resolver el rompecabezas.

Los buenos hidatos tienen una solución única y su grado de dificultad viene dado por la disposición y la cantidad de números suministrados como punto de partida para empezar el juego. En todo caso es un tema de paciencia el ir evaluando los posibles números a situar en cada celda. Al tratarse de celdas contiguas, los tableros pueden presentar diversas formas desde el cuadrado clásico a figuras geométricas, corazones, plantas…

Como todo hoy en día, existe una página web oficial que bien pudiera ser esta: https://www.hidato.com/home donde —en inglés— hay mucha información, juegos a resolver de complejidad creciente, tutoriales en vídeo, libros y todo lo relacionado con este mundillo recién descubierto por mí. Buscando en la red, existen otras páginas con numerosos ejemplos gratuitos imprimibles para ejercitarse en el pasatiempo, como por ejemplo https://www.mathinenglish.com/puzzleshidato.php

Toda comparación es odiosa, pero hay voces y artículos que proclaman que el hidato es más «rico» y puede arrebatarle el trono al mítico sudoku. Yo me planteo resolver al menos uno por semana durante este verano para ejercitar la mente y formarme mi propia opinión al respecto. Como cualquier otro pasatiempo, es una manera de emplear —que no perder— el tiempo que no tiene contraindicaciones y nos permita ejercitar el cerebro, tan recomendable como el ejercicio físico para ejercitar el cuerpo. Ya se sabe, mens sana in corpore sano, y si ejercitamos esa mens, mucho mejor.

Para terminar, decir que la solución propuesta en la imagen tiene un error, mínimo, pero error que he apercibido al revisarlo. En la fila siete, empezando por la izquierda, la secuencia 39-37-36-35 es incorrecta porque el número 39 está repetido encima y debajo del 40 y sin embargo el 52 está omitido. La secuencia correcta sería 37-36-35-52. Erratas surgen siempre por todas partes y si no que se lo digan a los escritores. Lo bueno es detectarlas y poderlas corregir.

Y ya puestos… un poquito de entrenamiento que nunca viene mal.