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sábado, 26 de julio de 2025

CRUZADA

Sigo de forma regular artículos de algunos escritores, catedráticos o profesores en diferentes medios tales como Antonio Muñoz Molina, Irene Vallejo, Eduardo Juárez Valero, Leonardo Padura, Ignacio Morgado, Ignacio Sánchez Cuenca, Lola Pons, Santiago Alba Rico, Antonio Elorza, Gutmaro Gómez Bravo o Najat El Hachmi entre otros. Muchos de ellos tienen libros publicados y en ellos, supongo que, por la maquetación y las correcciones orto tipográficas de las editoriales, las dobles comillas empleadas en sus textos son las recomendadas por la Real Academia Española en su manual de Ortografía de la Lengua Española, esto es, las conocidas como comillas angulares, también llamadas latinas o españolas (« »). También aparecen nominadas como francesas.

Desconocidas para mí entonces, en 2013 me topé con este signo de puntuación trabajando sobre un libro de Pedro Sainz Rodríguez titulado «Un reinado en la sombra». De la pelea que mantuve con las dichosas comillas y de la solución para incorporarlas al teclado del procesador de textos Word dejé constancia en la entrada de este blog titulada «COMILLAS» accesible en este enlace.

Desde entonces mantengo una cruzada particular abogando por el uso correcto de las mismas. Alguna satisfacción he cosechado no solo en terrenos digamos particulares sino también en ámbitos literarios o universitarios. Sin embargo, los artículos de algunos de los autores referidos en el primer párrafo, cuando son publicados en el diario «El País» aparecen siempre con las comillas inglesas (" "). En alguna ocasión he logrado contactar con alguno de ellos y la respuesta, cuando ha tenido lugar, ha sido ambigua o evasiva por lo general. Menos en un caso en que se me aclaró que no era cosa suya sino de «El País».

Omitiendo el nombre de este autor, catedrático y con varios libros publicados, consigno a continuación las ideas esenciales del correo que le dirigí:

Lo primero de todo es pedir disculpas por mi atrevimiento al dirigirle este correo electrónico.

Sigo con interés sus magníficos artículos en el diario «El País»; de hecho, los voy coleccionando y me construyo con ellos —para un uso estrictamente personal— un libro electrónico para poder leerlos en mi lector electrónico.
El motivo de este correo es comentar con Vd. el uso de las dobles comillas ("…" o “…”) en los mencionados artículos.

Supongo que es un tema derivado del uso del procesador de textos, probablemente Word, que no permite un uso fácil de las que modestamente entiendo y según la Academia y el Diccionario Panamericano de Dudas serían las correctas, es decir, las llamadas comillas angulares, latinas o españolas («…»). Aunque se va generalizando muy lentamente su uso, artículos como los suyos en «El País» —también de otros escritores que sigo como Antonio Muñoz Molina o Irene Vallejo entre otros— siguen utilizando las mencionadas “…”. He visto que, en sus libros, por ejemplo «xxxx yyyy», se utilizan las angulares supongo que debido a correcciones en la editorial.

Es una pequeña cruzada contra la globalización de nuestra lengua que inicié personalmente en un ya lejano 2013. Es muy sencillo incorporar nuestras comillas angulares al programa Word (y me imagino que a cualquier otro procesador de textos) como ya contaba en la entrada «COMILLAS»…

Como letraherido y aficionado a temas de lingüística, me gustaría conocer (para mi uso exclusivamente personal), su opinión más que autorizada sobre este asunto. Ya en los años setenta del siglo pasado me peleaba con los americanos por el uso indebido de la «Ñ» en temas informáticos, como puede verse en esta otra entrada de mi blog titulada precisamente «Ñ», accesible en este enlace

Agradecido enormemente por su atención y su tiempo, reiterando de nuevo mis más sinceras disculpas por este atrevimiento, reciba un cordial saludo.
Este catedrático y escritor tuvo la enorme deferencia de contestarme y aclararme lo que yo venía sospechando.

Le agradezco su mensaje, que sea lector de mis artículos y, qué bonito el detalle, que los esté seleccionando y antologando. Es emocionante. Uno escribe sin saber quién está al otro lado, y cuando los lectores se encarnan en personas concretas, con nombre y apellidos y con preocupaciones e inquietudes, se despeja un poco el horizonte de sombras y dan más ganas de seguir.

Ángel, ocurre con esto de las comillas que es el sistema del periódico. Es una cuestión de cada medio. Tengo una pequeña colaboración mensual en otro medio en el que sí usan las angulares o españoles y nunca las inglesas. Yo escribí mi tesis doctoral usando las inglesas, sin haber reflexionado sobre eso, pero los años me han hecho más cuidadoso con los detalles (y más maniático) y ahora a mis discípulos les exijo comillas españolas (y hasta el punto de los ordinales: 2.ª, 3.º... se ríen como quien aguanta el hábito senil de alguien venerable). De hecho, ahora estoy terminando de escribir un nuevo libro y directamente he puesto como método abreviado de teclado el uso de las angulares, para no tener que rebuscar en el comando de «Insertar Símbolo». En suma, le digo que estamos juntos en el mismo frente de esta cruzada. Y, con la nostalgia y el realismo propios de los perdedores, le anticipo mi convicción de que en esta cruzada vencerán los otros.

En esta semana me he animado a escribir a la Defensora del lector de «El País»:

Estimada Defensora del Lector:

Tras la lectura del artículo «Cuando la edición falla: el desafío de escribir bien en tiempos de inmediatez» me animo a escribir este correo para comentar la machacona insistencia por parte de «El País» de no utilizar correctamente las «dobles comillas».

Explico el calificativo de machacona porque he comentado esta extrañeza con colaboradores de artículos en el periódico y me han manifestado que no es cosa suya sino de la maquetación y tratamiento de los textos por parte del diario.

A pesar de su ausencia en el procesador de texto Word, el uso recomendado por la Academia de la Lengua, la Fundeu o el Diccionario Panhispánico de Dudas, entre otros, las comillas que se deberían utilizar primeramente en los textos en español son las conocidas como «Comillas angulares o latinas (« »)». El uso generalizado en «El País» de las inglesas (“ “) no deja de ser una (posible) anomalía, aunque poca gente es consciente de ella.

Es una «cruzada» particular que doy por perdida desde el año 2013 en que me topé con este asunto y escribí en mi blog la entrada «COMILLAS» donde se cuenta entre otras cosas una manera sencilla de incorporar al procesador de textos Microsoft Word el uso de las mismas.

La contestación de la Defensora del Lector de «El País» ha sido clara y demoledora. Juzgue cada cual las razones esgrimidas por el diario para no atender a las normas de la Academia.

EL PAÍS se rige por su Libro de Estilo y en él se especifica: "Se usan comillas inglesas o dobles, así como las simples, pero nunca las francesas o angulares".

El manual es una elección de estilo que hace el periódico y no tiene ningún afán de querer imponer nada, simplemente de establecer unas normas internas, que no siempre van atadas a lo que establecen las academias.

Esta elección está vigente desde la fundación del periódico y se ha convertido en un elemento característico, que se explica en que las comillas inglesas ocupan menos matrices y hacen que los textos sean más limpios en términos de diseño, y por lo tanto facilita la lectura. 

«CRUZADA», en la acepción sexta del DRAE significa «actos para conseguir un fin». Yo manifestaba en 2013 que… «No nos hemos dado cuenta y estamos haciendo las cosas quizá mal, llevados por la tecnología global, de fuerte componente inglés o americano, donde ciertas peculiaridades van siendo asumidas y aceptadas en aras a no complicarnos la vida».

Pues eso, pequeños actos ─correos electrónicos, entradas en el blog, conversaciones…─ para luchar contra los elementos. Todavía me sigo admirando de que los teclados de todos los ordenadores tengan la españolísima letra «Ñ».




 

domingo, 2 de agosto de 2026

HINCAPIÉ

En un ya lejano 2013, trabajando sobre un libro impreso en papel de Pedro Sainz Rodríguez titulado «Un reinado en la sombra» me topé con este signo de puntuación: « ». Se trata de las comillas angulares o españolas, que son las académicamente recomendadas por la RAE para utilizar en los escritos en español. De la pelea que mantuve con las dichosas comillas y de la solución para incorporarlas de forma práctica y sencilla al teclado del procesador de textos Word dejé constancia en la entrada de este blog titulada «COMILLAS» accesible en este enlace.

Hoy en día, invocando la globalización, es más cómodo dejarse llevar por los usos y tendencias que ocuparse de cuestiones concretas como esta que no dejan de ser, según se mire, anecdóticas. ¿A quién preocupa esto del buen uso de las comillas? Comentado el tema con algunos amigos, la respuesta es de mirarte raro y quitar importancia al asunto.

No es que me quite el sueño, pero desde entonces he tratado de fomentar, en los foros o sitios en los que he tenido oportunidad, el buen uso, el correcto uso de este signo de puntuación. Es verdad que, en muchos libros impresos, y también electrónicos, en diarios y revistas y en documentos oficiales se utilizan correctamente, pero quedan ciertos reductos en los que se dejan llevar por la globalización y hacen caso omiso de las normas de la RAE.

El año pasado, julio de 2025, tuve otro episodio interesante sobre el asunto que reflejé en otra entrada de este blog titulada «CRUZADA» accesible desde este enlace, cuya relectura recomiendo. A riesgo de repetirme, en esta última entrada averigüé por qué los artículos de algunos autores y el propio diario «El País» hacía caso omiso de las normas de la academia. Su defensora del lector me aclaró que era debido a las normas propias de su «Libro de Estilo».

Un catedrático con el que crucé algunos correos electrónicos me aclaró estos extremos y concluyó su misiva con un contundente «…le digo que estamos juntos en el mismo frente de esta cruzada. Y, con la nostalgia y el realismo propios de los perdedores, le anticipo mi convicción de que en esta cruzada vencerán los otros».

Pero no (me) cuesta nada mantener la esperanza. Vuelvo sobre el tema porque el pasado 11 de junio de este año 2026 fue nombrado Álex Grijelmo miembro de la RAE ocupando el sillón «o minúscula». Sigo los artículos de Álex Grijelmo en «El País» donde escribe con regularidad desde los años 80 del siglo pasado. Al menos y como dicta su libro de estilo, sus artículos utilizan con profusión las no académicas comillas rectas o inglesas (" "). En el interior de su último artículo publicado el pasado 26 de junio de 2026 no sé si accesible en abierto en este enlace se pueden contar hasta 53 vocablos o frases entrecomilladas con las comillas rectas (" ") en lugar de con las académicas (« ») recomendadas por la RAE de la que el propio Álex Grijelmo ya es miembro. Véase la portada este su último artículo referido del pasado 26 de julio de 2026


El lector se preguntará que tiene que ver todo esto con mi cruzada particular sobre el tema. Pues que me he enterado que Álex Grijelmo, curiosamente, es nada más y nada menos que desde 1989 el responsable del aludido «Libro de estilo» de «El País». ¿Contradicciones de la vida?

Seguiré alimentando mi esperanza de no darme por vencido en esta particular cruzada personal en favor de una adecuada redacción y uso de las comillas. Veré de la posibilidad de entrar en contacto con Álex Grijelmo para proponerle un cambio en ese «Libro de estilo» que se muestra reacio a cumplir las normas de la Real Academia Española. Por intentarlo de nuevo que no quede.


 

sábado, 12 de febrero de 2011

900


Dicho así no deja de ser un número cualquiera de los infinitos posibles que existen en el universo matemático. Pero aplicándolo al contexto telefónico español, a más de uno se le hincharán las venas del cuello, se le removerán las bilis y le subirá la bilirrubina a causa de la ira que genera.

Como ya hemos comentado en otras entradas de este blog, las empresas que deberían velar por el bien común, incluso manteniendo un compromiso entre sus servicios y sus ganancias, no dejan de inventar para sacarnos los cuartos y hacernos no solo ver sino comprobar los agujeros de nuestros bolsillos. La “pela” es la “pela” se decía antes y ahora se sigue diciendo, con mucha más intensidad, el “euro” es el “euro” y todo vale con tal de incrementar las cuentas de resultados y por ende las de beneficios. Los costes “morales” se soslayan con mucha facilidad cuando no se ignoran abiertamente y la “imagen” que tiene la compañía o empresa ante clientes y público en general importa poco y se valora menos.

Cuando gran parte de los usuarios disponemos de una tarifa, no gratuita por cierto, que nos permite hacer llamadas a teléfonos fijos nacionales sin un coste adicional, la “timofónica” se inventa los números 900 para que sigamos pasando por caja. Bueno, no todos los 900 ya que el propio prefijo 900 es gratuito pero no así el 901 y el tan temido 902. Sabemos que los números 901 y 902 son “virtuales”, esto es, no existen en realidad, estando apoyados en un número fijo convencional. Si conocemos el número fijo que se esconde detrás de uno de ellos, llamaremos sin coste adicional, repito que no gratis, pero si no somos capaces de dar con él nos costará unos dineros.

Las empresas se llenan la boca de decir que es por una mejora en su atención. Pero… ¿a quién engañan? La empresa que da servicio a la acometida de agua potable a mi domicilio, Aqualia, a la que yo y todos los vecinos hacían llamadas locales con o sin coste, cambió hace tiempo a un 902 alegando que era para una mejoría en el servicio. Se lo habrán creído ellos, porque lo que es los usuarios, no. Detrás de estos 90x están los ya conocidos como famosos CAU’s, traducido como centro de atención a usuarios, regidos y mantenidos incluso por personas externas a la propia compañía, ubicados en cualquier lugar del planeta donde salga más barato, y que en algún caso se hacen difíciles de entender, pues su castellano o español no es precisamente de España. Creo que todos sabemos a lo que me refiero.

Mantengo un particular cruzada contra los 902 y trato por todos los medios de averiguar el número de fijo se esconde detrás. Para ello me apoyo en búsquedas en Internet o accediendo directamente a una web dedicada específicamente a este asunto que es http://www.nomasnumeros900.com/ . en donde no siempre el teléfono obtenido es válido, ya que me ha ocurrido que llamando al fijo, la señorita “XXX” te dice que no te puede atender y que tienes que llamar al correspondiente 90x y cuando llamas a continuación a ese 90x que te ha indicado, la misma señorita “XXX” te atiende perfectamente.

En la empresa en la que estoy trabajando ahora, las llamadas a números 901 y 902 están inhibidas, no siendo posible realizarlas. Si el horario de trabajo coincide con el horario de atención al cliente, ya sabes, o buscas una cabina o un bar cercano si es que disponen de teléfono público, lo cual es muy raro, o te toca utilizar el móvil con lo cual es coste es, como decía mi abuela, para “mear y no echar gota”.

Porque no olvidemos que la rica lengua castellana tiene sinónimos para todo incluso para los números 902. Es broma esto de los sinónimos para los números aunque siempre el 15 ha sido “la niña bonita”, pero en mi caso el sinónimo para el 902 es “todos los operadores están ocupados, por favor espere… pagando vd.” que suele ser con demasiada frecuencia la realidad de lo que ocurre al llamar a un 902. Y cuando llevas cinco minutos esperando, te llevan los demonios y no sabes si colgar e intentarlo a otra hora mientras juras en arameo o seguir en la espera. Algunas empresas, pocas, informan del tiempo aproximado que falta para ser atendido e incluso te dicen los operadores que están en atención y las llamadas pendientes que hay en el momento antes de la tuya. Para que te hagas una idea, pero no dejan de ser meros parches al problema.

El último episodio de mi particular cruzada ha sido con la aseguradora ASISA. Les he dirigido un correo electrónico pidiéndoles expresamente el número fijo que esconden tras su 902.010.010. El informado en la web nomásnúmeros900 no lo cogen. Me han contestado con que son lentejas, que el 902 permite una mejor atención, y etc. etc. Lo de siempre, como si nos chupáramos el dedo.

Algunas empresas van entrando por el aro y facilitan los dos teléfonos, uno al lado del otro, para que sea el usuario el que decida a cual llamar. Un ejemplo es la conocida empresa de repostería Martínez que facilita en el envase de sus productos el 902.585.677 o 938.409.202 como teléfono de atención al consumidor y que si vas a su web te encuentras con la sorpresa de que te brinda el 900.101.968, totalmente gratuito. Mercadona también facilita un 900 gratuito. Hay más ejemplos y a ver si van aprendiendo todos y esto se convierte en una práctica común.

Pero también los hay que te tocan las narices en el sentido contrario. Por ejemplo, otra de las empresas del país que debieran dar ejemplo, Iberdrola, querida por algunos y odiada por los más, informa en su web de un 902 para atención al usuario pero justo debajo y pegadito aparece un 900 para atención al accionista. Que se os ve el plumero, majetes.

Seguiré con mi cruzada todo lo posible, y no tanto por el coste, que lo es, sino por erradicar de la factura de mis servicios de telefonía esas molestas líneas de información relativas a los odiados 90x que me veo forzado a utilizar.

jueves, 27 de diciembre de 2007

CELIACOS


¡Cuan diferente es hablar por referencias que hablar con conocimiento de causa!
Muchas veces habremos oído la frase esa de “que osada o atrevida es la ignorancia”. Normalmente, todos tenemos formada una opinión sobre cosas que no hemos sufrido directamente, sino que hemos oído o comentado sin tener una experiencia directa. En alguna ocasión hemos manifestado nuestra opinión, con absoluto convencimiento, sobre lo que haríamos o dejaríamos de hacer si nos encontrásemos en una situación determinada … sin haber estado nunca en ella.
Afortunadamente cada vez más se va extendiendo el conocimiento de lo que es la “enfermedad” celíaca, en gran parte debido a los esfuerzos de las asociaciones de “enfermos” que realizan una labor ímproba “dando la lata” en diferentes estamentos para hacerse oir. Poco a poco se van consiguiendo cosas, muy lentamente, en temas de sanidad, etiquetado de productos, restaurantes, colegios … ¡Ah, perdón! Quizá Vd. que está leyendo esto no sabe lo que es, un error imperdonable por mi parte el empezar a hablar de cuestiones sin ponerle en antecedentes.
Las personas celíacas sufren una intolerancia al gluten. ¿Qué es el gluten? Pues es un alimento mucho más común de lo que por su nombre pudiera parecer, ya que se encuentra en el trigo, avena, cebada y alguno más menos conocido. Vamos, que todo lo que tenga harina de trigo o sus derivados no puede, no debe, ser ingerido por el celíaco. El riesgo si se come algún producto que lleve una mínima, incluso minimísima cantidad, es la pérdida muy rápida de las vellosidades intestinales, lo que conlleva una incapacidad para absorber los nutrientes alimenticios. Ello deriva en problemas gástricos, diarreas y sobre todo carencias, lo que genera todo tipo de enfermedades y deficiencias a corto y largo plazo.
Claro, no es una “enfermedad”. Total, si un día una persona celíaca se come una pizquita de pan, o toma un Cola-Cao, un donuts, una sopita de fideos … no se muere, pero su estabilidad gástrica e intestinal se verá afectada tardando mucho tiempo en recuperarse. Durante ese tiempo no se estará alimentando correctamente, aunque coma bien, ya que su organismo no podrá absorber los nutrientes necesarios.
Y entonces, la diatriba: ¿Es enfermedad o no es enfermedad? Depende que definición de enfermedad utilicemos. Si usamos la ya denostada y abandonada, cual es definir la enfermedad como “ausencia de salud” pues no, técnicamente una persona celíaca puede tener una perfecta salud, claro está, si tiene mucho cuidado, un exquisito cuidado, con la alimentación. Pero el tener cuidado con la alimentación no es fácil, todo lo contrario, es muy difícil. Sencillo en su concepción básica, que ya hemos comentado: “no comer ningún alimento que contenga gluten”.
Para conseguir esta alimentación equilibrada, yo distinguiría entre dos macro contextos: cuando se come en casa y cuando se come fuera.
En casa, las cosas parecerían relativamente fáciles, pero no lo son. Es conveniente tomar decisiones drásticas, como son reducir al máximo la utilización de productos elaborados, que son un problema, veamos porqué. Supongamos que vamos a tomar unas patatas fritas de bolsa compradas en el supermercado. Realmente, unas patats fritas solo son patatas, fritas en aceite, y sal. Comestible todo por un celíaco. Pero … ¿y si esas patatas fritas, industriales, han sido fritas en un aceite en el que previamente se han frito croquetas? El aceite de freir croquetas, filetes empanados o empanadillas ha recogido fragmentos y restos del pan, gluten, y estos elementos son transmitidos a las patatas fritas. Ya sé que parece un cuento de ciencia ficción, pero los estudios realizados hablan de lo que conocemos por “contaminación cruzada” y estas patatas fritas, por la transmisión a través del aceite, dañarán las vellosidades del enfermo.
Hasta hace bien poco las empresas fabricantes de productos, no tenían obligación de hacer constar en los ingredientes la existencia o uso de harina. Este antiguo alimento era usado con profusión, de forma autorizada y sin hacerlo constar, en multitud de productos, como espesante, para dar volumen o incluso para conseguir mayores cantidades de producto de forma más barata. Por ejemplo, y esto es solo un ejemplo, si yo fabrico tomate frito, como la ley me lo permite, en cada kilo de tomate que envaso puedo poner 900 de tomate y 100 de harina. Y también me permitía no hacerlo constar en los ingredientes del etiquetado. Esto, que es inocuo para la mayoría de las personas, es letal para un celíaco.
Por ello, incluso en el contexto de casa, debemos extremar el cuidado, tendiendo a utilizar productos naturales y comprando en cuanto a productos elaborados aquellas marcas que nos han certificado que no contienen gluten. Pero no solo que no lo contienen, sino que en el entorno donde se fabrican hay una total ausencia del mismo, para evitar totalmente la contaminación cruzada.
Esto en cuanto a los productos manufacturados más comunes, como pueden ser tomate frito, mahonesa, carnes tratadas tipo adobo, jamón de york o embutidos y un sinfín de productos que compramos y que no elaboramos en las casas. Pero también los celíacos, y especialmente los niños, quieren y deben comer macarrones, magdalenas y, porque no en estas fechas, Roscón de Reyes. Estos productos son elaborados por unas pocas empresas con harina de maíz y con ausencia de gluten. Pero claro, no está extendida su venta en todos los comercios y, lo que es más importante, a un precio desorbitado, aunque lógico según la ley de la oferta y la demanda. Un ejemplo: una determinada magdalena para celíacos cuesta 1 euro y mi hija de seis años se come dos para desayunar. Calculen Vds. Y obtendrán una suma de 60 euros al mes solo para esa parte del desayuno. Los macarrones para celíacos cuestan un promedio de seis veces más que los normales. Y así con todo, amén de la dificultad de obtener estos productos, teniendo que acudir a tiendas especializadas tipo herbolario, si bien últimamente algunas grandes superficies están haciendo un esfuerzo por incluir en sus ofertas estos alimentos. Por mencionar, la que más esfuerzo denota es Mercadona, que incluye gran surtido de alimentos sin gluten en su oferta, pero también otras, aunque en menor medida.
Con todo ello, volvemos a si es o no una enfermedad. Realmente hay una limitación de tipo orgánico, como pudiera tener por ejemplo un diabético. Lo que ocurre es que para el celíaco la “medicina” es la propia alimentación, con lo que no hay receta médica ni subvención por el sistema de la Seguridad Social. Algunas empresas, públicas y privadas, en sus ayudas tiene en cuenta esta “enfermedad” y dotan de unas cantidades que sirven de ayuda en la carestía que supone el hacer la compra. En este aspecto, y haciendo un pequeño chascarrillo, los hijos cuando nacen traen un pan debajo del brazo … excepto si son celíacos.
Y nos falta el otro contexto, el de fuera de casa. Como puede Vd. Suponer, es un contexto amplio, que incluye multitud de situaciones, donde el control sobre los alimentos es muy escaso o incluso nulo por nuestra parte, teniéndonos que fiar y confiar en terceras personas. Bien es cierto que cada vez hay más conciencia y sensibilidad en general sobre estos asuntos, pero la casuística es tan variopinta que marea. Pongamos algunos ejemplos. El comedor del colegio, donde comen cientos de niños, tiene un programa para celíacos e intolerancias. Nos consta que se preocupan todo lo posible en la elaboración de la comida y en mantener un entorno limpio de gluten, pero en alguna ocasión falla. Por ejemplo, un caso real, un niño vecino de mesa cuando mi hija está distraída moja un trozo de pan en su sopa. La niña se come la sopa y luego en el recreo otro amiguito la dice que fulanito, cuando ella estaba distraída ha mojado el pan. O cuando hay una auxiliar de comedor nueva que no está muy puesta por la novedad y pone a la niña una sopa de fideos con fideos “normales” en lugar de los suyos.
El colegio es un diario que puede ser más o menos estructurado, con estos pequeños fallos que hemos comentado, y otros de los que a veces ni nos enteramos. Pero los niños salen al recreo donde llevan sus bollos y comparten, van a cumpleaños, donde a pesar de las advertencias y de que se tienen que llevar sus propias chucherías y/o pedazo de tarta, hay muchas posibilidades de que “pequen”, en fin, se encuentran inmersos en multitud de situaciones, lejos de nuestro control, donde pueden echar por tierra un montón de días y meses de esfuerzo en mantener una alimentación correcta. El mejor control son ellos mismos, que poco a poco van sabiendo más y sabiendo controlar, y controlarse.
Dentro de este último contexto están los restaurantes. Todo un mundo. Existen restaurantes con un apartado específico para celíacos. Pero claro, por ejemplo, en Madrid se pueden contar con los dedos de las manos. Es lógico. Y cuando estás de viaje, o bien te tienes que llevar la comida en la tarterilla o bien confiar en encontrar un maitre y/o cocinero que sean sensibles, si no conocen el tema, a tus explicaciones. Y en esto hay de todo, sobre todo en restaurantes de los que no eres cliente, que te pilla de paso. Muchas veces te encuentras con aquello de que “hay mucho follón y no le puedo hacer excepciones” cuando lo único que estas pidiendo es que en una sartén limpia, con aceite limpio, te frían unas patatas fritas y un filete, que es lo más socorrido cuando estás de viaje.
Por eso, ayer de paso por Burgos, cuando entramos al restaurante GAONA, enfrente de la catedral y la señora que estaba a cargo del restaurante y que no sabía nada de la celiaquía, nos atendió amablemente, siguió con atención y cariño nuestras explicaciones, se esforzó por atendernos e incluso tuvo que conseguir unas naranjas para postre, ves que poco a poco hay personas que trascienden de lo puramente comercial para ayudarte, minimizar tus problemas y hacerte un poco más feliz.

domingo, 12 de octubre de 2025

TILDE


No descubro nada si digo que el español —a veces se nos escapa lo del castellano— es un lenguaje muy rico, no solo por el número de vocablos sino por los muchos intríngulis que supone utilizarlo correctamente tanto por los nativos como por los extranjeros que intentan aprenderlo. Y cuando hablamos de utilización nos referimos tanto al lenguaje hablado como al escrito.

Masculino, femenino, neutro, singular y plural, verbos y sus conjugaciones, la «b» y la «v», la «ñ», la «h», signos de puntuación… Por si todo esto fuera poco… las tildes o acentos. Para volverse loco. Dice el diccionario que la tilde, además de otros usos, es «el acento, ese signo ortográfico español» que, apostilla el diccionario panhispánico de dudas, «es un signo auxiliar con el que, según determinadas reglas, representa en la escritura el acento prosódico, también gráfico y ortográfico». Siguiendo con el Panhispánico… «En español consiste en una rayita oblicua que, colocada sobre una vocal, indica que la sílaba de la que forma parte es tónica. La tilde debe descender siempre de derecha a izquierda —descendente—, esto es, como acento agudo (´), y no de izquierda a derecha (`), trazo que corresponde al acento grave, que carece de uso en español. El uso de la tilde se atiene a las reglas que se detallan a continuación y que afectan a todas las palabras españolas, incluidos los nombres propios». Y añado, que muchas veces se olvida, que las mayúsculas también se tildan.

Las normas de acentuación ocupan varias páginas. Por ejemplo, ¿quién se preocupa de la tilde diacrítica? Diacrítica es aquella que permite diferenciar en la escritura ciertas palabras de igual forma, pero distinto valor, siendo una de ellas tónica y la otra átona. En escritura, no es lo mismo número, que numero, que numeró: los acentos son vitales si queremos escribir bien. Esto es especialmente importante en los monosílabos, pues no es lo mismo «el» (artículo) que «él» (pronombre) o «más» (adverbio, adjetivo o pronombre) que «mas» (conjunción adversativa).

Todo esto nos lleva a un galimatías de proporciones descomunales, ya digo, siempre que queramos escribir bien. Es verdad que hoy en día hay multitud de ayudas en la red siempre que nos queramos preocupar. Por ejemplo, en esto de los acentos, ante alguna duda, utilizo la página https://llevatilde.es/ donde se pueden encontrar las soluciones y numerosas aclaraciones sobre este asunto de las tildes.

Ante todo, siempre nos queda el inconformismo y la rebeldía. Porque, además, las reglas no son inmutables y la Real Academia de la Lengua se encarga, de vez en cuando, de marearnos. ¿Se acuerdan cuando nos cambian el paso con la acentuación de «solo», entre otras? En 2010 quitaron la norma de su acentuación y, ante las críticas, poco tiempo después volvieron a la norma original. Por entonces, recuerdo, un conocido autor de nombre Arturo y de apellido Pérez y algo más, académico él de la Lengua por más señas, se declaró en rebeldía y dijo que él no iba a cumplir la normativa. ¿Nos devolvieron los acentos «solo» por esto?

Yo también tengo mi rebeldía particular con el acento de «tí». El otro pronombre, «mí», se debe acentuar cuando es pronombre y no acentuar cuando es posesivo. Pero «ti» solo hay uno y por lo tanto no hay que acentuar. Bueno, pues lo siento, yo pongo acento, me declaro en rebeldía contra las normas de la Academia. ¿No lo hace un diario tan prestigioso como «El País»? (véase la entrada del pasado 27 de julio de 2025 titulada «CRUZADA» en este enlace ).

Hay que decir que la tilde no es exclusiva del español, aunque otros idiomas no la utilizan con tanta profusión como nosotros. Bueno, el inglés no la utiliza para nada salvo algún extranjerismo incorporado.

¿«Qué» o «que»? ¿«Sólo» o «solo»? ¿«Rio», «río» o «rió»? ¿«Guión» o «guion»? ¿«Dónde» o «donde»? ¿«Cúal» o «cual»? ¿«Cómo» o «como»? La lista es interminable y la repuesta… pues depende, ¡de qué depende!, como decía la canción. Un verdadero rompecabezas para aquellos que se quieran ocupar y preocupar.

Pero hoy escribimos muy poco, casi nada, y además con rapidez en sitios en los que no es para nada importante una correcta escritura: ¿quién se preocupa en Whatsapp, Tiktok, Facebook u otras de escribir bien? ¿Incluso en los correos electrónicos? Es verdad que hay correctores automáticos pero muchas veces son más estorbo que ayuda, ignorando algunas y cambiando completamente otras palabras de las que nos daríamos cuenta si revisásemos el mensaje, cosa que normalmente no hacemos. Salvo en ambientes universitarios —una cruz para los estudiantes—, escritores y editores de libros, prensa —donde los gazapos son más que frecuentes— o artículos en revistas, lo de escribir bien ni está ni, casi, se le espera.

Para finalizar y como curiosidad decir que los lapsus linguae ─errores involuntarios que se cometen al hablar─ se los lleva el viento, aunque hoy en día parece que todo queda grabado. Sin embargo, los lapsus calami ─errores mecánicos que se cometen al escribir─ son más delicados y se quedan en el papel o en la pantalla. Espero no haber cometido muchos en esta entrada. En todo caso, pido disculpas anticipadas por ello y me comprometo a revisarla una y otra vez, ya que lo electrónico siempre es susceptible de ser arreglado.
 



 

sábado, 23 de mayo de 2020

AUSENCIA




A medida que pasa el tiempo algunos vocablos se van grabando en mi mente a sangre y fuego por asociación a experiencias acontecidas: como es lógico, las negativas se graban con más intensidad hasta casi provocar dolor. Y además los humanos no aprendemos y tropezamos dos veces —y las que haga falta— en la misma piedra. Por mucho que nos conjuremos a nosotros mismos no hacer determinadas cosas, las circunstancias pueden llegar a convencernos de lo contrario o, como en este caso, llegar a ello sin buscarlo.


He tratado varias veces a lo largo de los años el asunto de las compras por correo, que ahora se dice por internet. Ya en los años 80 del siglo pasado utilizaba yo este mecanismo llegando a comprar cosas de forma internacional. Las cosas han cambiado mucho desde entonces pero el punto débil, casi cuarenta años después, sigue siendo el mismo, el tramo final, el envío y la recogida del producto.


Unas de las compras mías más significativas de aquella época y que recuerdo con nitidez era a la empresa inglesa MOTHERCARE, que fabricaba fenomenales productos para el mundo del bebé a un precio que incluso en la distancia y el cambio de las libras esterlinas merecía la pena por su calidad. Hacía el pedido por carta certificada, adjuntaba un cheque bancario y a los pocos días recibía en mi apartado de correos el paquete correspondiente. Nunca tuve ningún problema con ellos. Había otras compras por correo a firmas como VENCA, DAMART-THERMOLACTYL y alguna otra que ya he olvidado y que funcionaban aceptablemente realizando sus envíos a través de Correos que era la única forma posible.


Ahora todo es mucho más sencillo, la compra se realiza a golpe de ratón en internet, se paga con la tarjeta bancaria y… se entra en el asunto del envío. Tenemos aquí una verdadera caja de los truenos que al menos en mi caso me fustiga una y otra vez, aunque trato de evitarla. Pero hay veces que te lo encuentras sin quererlo y sin posibilidad de evitarlo como a continuación voy a referir.


Como habrán podido apreciar los asiduos a este blog, ando en estos días inmerso en una «cruzada» contra el consumo de electricidad, las compañías suministradoras y comercializadoras, las facturas y demás. Lo básico en este asunto es identificar claramente los aparatos de la casa que consumen significativamente para tomar decisiones: la información es poder. 


Intercambiando cromos sobre el tema, mi buen amigo Jorge me habló de un aparato que a él le ha dado mucho juego en este asunto. Se trata de un pequeño emisor inalámbrico que se instala en el cuadro de entrada de la luz y permite conocer en un receptor el consumo que está teniendo lugar en cada momento. Él le compró hace años en uno de esos almacenes de bricolaje por algo menos de 30 euros. Me mandó un wasap con la fotografía del suyo, un ECO WATT que es de la marca CHACON.


Manos al ordenador para ver la posibilidad de su adquisición, está agotado en los almacenes, incluso no disponible en ese que empieza por «A» y que miramos casi todos como primera posibilidad. Hay otros similares de precio muy superior, profesionales, que hacen maravillas, pero no me merecen la pena para saber, por ejemplo, el consumo de mi «router», o de mi microondas en estado de reposo por mantener un reloj que nunca está en hora. En un momento de estabilidad de consumo en la casa, apagando o encendiendo un determinado aparato se puede conocer su consumo al instante.


La casa que vende este aparato, CHACON, está radicada en Bélgica, pero eso hoy en día ya da igual. Dispone de venta por correo en su página web, tienen el aparato que busco, un modelo con un coste un poco superior al de Jorge, pero es que han pasado cinco años, lo envían por mensajería… Fiel a mis principios y para evitar sorpresas, intento indagar este asunto y encuentro poca información: esta empresa realiza los envíos internacionales al domicilio de sus clientes por la empresa «dpd». Tenía que haber indagado más, pero como en estos días estamos todo el día en casa confinados por lo del coronavirus… me decidí a pedirlo.


Pasan unos días y recibo un SMS en mi teléfono móvil avisándome que el paquete se estimaba entregar en mi domicilio —perfectamente consignado con calle, número, portal, escalera, piso y puerta— en la franja horaria entre las 16:00 y las 17:00. ¡Horror! Íbamos a estar en casa a esa hora, pero el remitente del mensaje era… SEUR, que es la representante en España de la mencionada «dpd». Se encendieron todas las alarmas: otra vez SEUR, no, por favor, SEUR no.


Se confirmaron los presagios. A las 15:18, estábamos todos en casa, recibo una llamada perdida en mi móvil de esas que suena medio segundo y no te da tiempo ni a mirar quién te ha llamado. El número era desconocido para mí, pero a las 15:44 recibo un correo electrónico de SEUR diciéndome que… «no hemos podido entregar tu envío de CHACON». ¡Tendrán morro! Estaba en casa y al portero electrónico no ha llamado nadie. Esto aclara esa misteriosa llamada perdida veinte minutos antes. Llamo a ese número y me salta un buzón de voz... ¿será el teléfono del repartidor?


Bueno, esto puede pasar y no vamos a ser mal pensados, aunque por experiencias anteriores ya me huele a chamusquina. Pongo manos a la obra y en el correo me dicen que «Elige la solución que prefieras para la entrega» pulsando en un enlace que me lleva a una página web que me solicita el número de envío —lo tengo— y un código de ausencia —que no tengo ni me dicen por ningún lado. No sigo extendiéndome para no alargar esto: SEUR, un desastre, en su web, en su atención telefónica, en su mundo. Lo que yo anticipaba con mis miedos. No busque Vd. en Google incidencias por ausencias irreales que ampliará su disgusto.


No sé cómo acabará esto, pero mucho me temo que en el peor de los casos y si no lo devuelven, me tocará ir a una oficina de SEUR —a ver si es cercana a mi domicilio— a recoger un paquete que me debían de haber entregado en mi casa por un servicio que he abonado. A continuación, y sin más, una imagen del estado del envío en la página web de SEUR en estos instantes del sábado 23 de mayo a las 19:00 horas; a las 14:00 —estaba también en mi casa— no han notificado ausencia, pero han puesto el envío en situación de «establecido nuevo reparto».





domingo, 25 de abril de 2021

PROVOCADORES

 

Conozco a Manuel Rodríguez desde hace cincuenta años, cuando coincidimos en el mismo departamento de la ya triste y completamente desaparecida Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, luego Bankia y ahora… nada, fagocitada por otra entidad de cuyo nombre no quiero acordarme. Veinte años más tarde, nuestros destinos laborales divergieron, pero nunca perdimos el contacto, telefónico, electrónico, presencial e incluso ahora «ausencial». Manuel, persona social y culturalmente comprometida y activa, aporta y mucho a nuestra relación, lo que es muy de agradecer en estos días.

En una reciente reunión telemática con más personas, afloraron algunas divergencias que acabaron con un «me levanto y me voy».  A raíz de ello, surgió el tema de los «revienta reuniones», conscientes o inconscientes, algo que se ha puesto lamentablemente de moda —después— esta semana en el ambiente político.

Manuel me hizo llegar unas reflexiones sobre el asunto que, con su permiso y haciendo coincidir su título con el de esta entrada, procedo a transcribir aquí:

 

En estos tiempos de pandemia y de encerramiento parece que están aumentando unos personajes que en los foros virtuales o en los encuentros personales con conocidos o no, demuestran que hemos perdido la tranquilidad y el placer de conversar, de intercambiar opiniones sobre los asuntos más dispares.

El ser humano siempre ha tenido disparidad de opiniones sobre cualquier tema simple o trascendente y el intercambio de opiniones nos sirve para conocer los puntos de vista de otras personas, que esas personas conozcan los nuestros y además nos permitan reflexionar en viva voz sobre nuestros juicios correctos y erróneos.

En estos momentos las discrepancias están a flor de piel y hacen que cualquier conversación se convierta poco a poco en un enfrentamiento inesperado.

En este ambiente aparecen esas personas que siempre tienen la última palabra sobre el tema que estemos tratando y además su opinión es la correcta, la única. No admiten discrepancia. Se sitúan en un nivel superior a los demás y como resultado, el resto de la concurrencia llega a tener una sensación de desprecio o de rechazo inexplicable.

Dado cualquier tema y a lo largo del encuentro de intercambio de opiniones, nuestro amigo siempre tiene algo que decir y además en oposición a todos los demás o centrándose en alguno de ellos en particular. Comienza su cruzada de oposición y va aumentando el nivel de crispación poco a poco. Lo hace con la intención de que el debate sea enriquecedor y que se oriente a lo que considera el correcto planteamiento de lo que se esté tratando.

Ante esa situación tenemos dos posibles actitudes: primera, no hacer caso y seguir nuestra conversación sin entrar al enfrentamiento directo y segunda, sentirnos aludidos y responder en el mismo tono de nuestro oponente. Cualquiera de estas dos actitudes no hará que nuestro amigo se dé cuenta de su constante impertinencia y seguirá con sus intervenciones, confirmándose a sí mismo que está en el camino correcto.

Si en un momento dado, los asistentes al encuentro determinan llamar la atención a nuestro personaje, se ofenderá y dirá a todos que le estamos impidiendo su libertad de opinión y reforzará sus intentos de hacernos comprender que está siendo marginado.

La situación a partir de ese momento es (muy) delicada. ¿Qué podemos hacer? Terminar definitivamente el intercambio de opiniones con lo que nuestro amigo constatará que nos hemos unido todos contra él o bien dejar para otro momento la continuación de nuestra charla.

En ambos casos, ese personaje nos llamará controladores y manipuladores de nuestros encuentros. Se sentirá ofendido ya que él no tiene intención de destruir nada, todo lo contrario, quiere hacer que el diálogo sea más enriquecedor con sus correctas aportaciones.

En estos casos y según crece el malestar del grupo de colegas se planteará en un momento dejar los encuentros.

Llegados a este punto es cuando denomino a ese amigo con el título de «provocador» ya que poco a poco ha hecho que todos sintamos malestar al continuar por ese camino, lo que dará término a los diálogos enriquecedores entre las personas.

Conclusión: El «provocador» es inconsciente de su actitud y además la considera totalmente respetable, pero el resultado es que ha acabado con algo colectivo que merecía la pena.

La diferencia entre un «provocador inconsciente» y un «boicoteador» es que este segundo tiene como objetivo incorporarse a un grupo con la intención manifiesta de romper el grupo.

El primero, consigue lo mismo, pero inconscientemente.

Parodiando el dicho atribuido a Einstein: «Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez del provocador. Y del Universo no estoy seguro.»

 

Quedo infinitamente agradecido a Manuel por estas sesudas reflexiones que suscribo y de las que podemos aprender todos. Seguiremos conversando…