¿Cómo es nuestra relación (personal) con el tiempo? No me refiero al tiempo atmosférico, sino al que marcan los relojes, ese que el diccionario define como «Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo».
¿Llegamos justos a nuestras citas? ¿Andamos siempre a la carrera para llegar a tiempo? ¿Nos gusta acudir con (suficiente) antelación? ¿Cuánta antelación? ¿Es ser puntual una virtud y una muestra de respeto? Las respuestas variarán según las personas y las situaciones.
Hace ya muchos años, en 2007, inauguré (casi) este blog con la entrada «PUNTUALIDAD» accesible en este enlace. Mencionaré que he aprovechado para una relectura con adaptación a las nuevas condiciones de los blogs impuestas por Google hace unos años y arreglar algunas erratas, que siempre se cuelan. En esta entrada mencionada, se cuentan algunas consideraciones acerca de como enfoco yo este asunto de la puntualidad.
El volver sobre el tema es debido a que el ser puntual tiene algunos inconvenientes, especialmente si se llega con antelación. Veamos. Hoy en día, casi todas nuestras actividades requieren concertar una cita previa. La cita, ya te lo aclaran siempre, es meramente orientativa, vamos, que no te garantizan nada en función de cómo se vayan desarrollando los acontecimientos.
Cuando no tengo una especial prisa con acudir a una cita, me prevengo de alguna manera en las demoras tratando de elegir un día cuya primera cita esté disponible. Si la persona con la que vamos a interaccionar es puntual —no siempre comienzan a la hora— nos garantizamos una atención sin mucha dilación. Como ejemplo diré que he llegado a ser atendido por mi médico de cabecera en alguna ocasión hasta una hora o más después de la fijada.
La imagen que encabeza esta entrada corresponde a una Clínica Dental. En ella, la primera cita del día es a las nueve de la mañana. La foto está tomada a las nueve menos cuarto. Se aprecia que hay personas en el interior y de hecho van llegando dentistas y auxiliares que tienen que hacer un contorneo para poder entrar. Supongo que es la única entrada. El ser puntual y llegar con antelación es la manera que tengo de asegurarme que a la hora fijada estaré allí. Pero eso conlleva una penitencia: esperar en la calle, de pie, lo que puede ser poco agradable si la temperatura se acerca a cero grados como ocurría ese día concreto. Tengo que decir que esta penitencia no solo me ocurre en esa clínica. Citado a las diez en una tienda para hacer una gestión, el dependiente apareció a las diez y diecisiete, mientras estaba medio nevando y con un frío de aúpa. Se disculpó, bien, pero el frío y el malestar no me lo quitó nadie.
Y ya que estamos, aprovecho para comentar otra situación parecida y que ya es sin cita y a cualquier hora del día. Se trata de algunas estaciones autobús e incluso las paradas en plena calle. Una de las estaciones de autobús que frecuento no tiene instalación cerrada, con lo que hay que esperar al autobús al aire libre. Hay un tejadillo que evita la lluvia, pero el frío y el viento campan por allí a su libre albedrío. El asunto es que está aparcado el autobús en una de las dársenas, con su conductor dentro y las puertas cerradas, incluso sin colocar en sus paneles el destino. Los viajeros esperando fuera en plena calle, mirando sus relojes viendo que se acerca la hora y… nada. He visto en muchas ocasiones abrir las puertas en los últimos cinco minutos e incluso en alguna ocasión a tan solo dos minutos de la hora de salida.
Digo yo que, dado que no hay un espacio cerrado donde esperar, al menos podrían tener la deferencia de abrir las puertas del autobús para que los viajeros esperaran sentados en su interior a la hora de salida. Pero se ve que no están por la labor.
La psicología saca punta a todo. En alguna corriente se menciona que la «obsesión por gestionar el tiempo perfectamente y el deseo de aprovechar cada minuto de manera eficiente reflejan una dificultad para aceptar las limitaciones inherentes a la existencia humana». Es como decir que el grupo de personas, en el que me puedo sentir incluido, son competitivas, organizadas e impacientes, como si esto fuera algo negativo o cuando menos despectivo.
Me gusta llegar a la hora convenida porque no puedo con la impuntualidad y no quiero causar una mala impresión. Siempre puede haber causas de fuerza mayor, pero hay a algunas personas que esas «causas» les sobrevienen con mucha frecuencia. La ansiedad y la tensión de llegar tarde a los sitios no van conmigo. Si el psicólogo de turno lo considera patológico… ¡qué le vamos a hacer!
Gestionar el tiempo puede ser todo un arte a la vez que un foco de ansiedad. Yo no le he leído, pero tiene buenos comentarios el libro de Oliver Burkeman titulado «Cuatro mil semanas. Gestión del tiempo para mortales». Por cierto, el autor es psicólogo.

