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domingo, 10 de octubre de 2021

BOLARDOS


No sé qué ocurrirá en otros países —¡Me gustaría saberlo! pero en esta España que moramos las cuestiones relacionadas con el tráfico son un fracaso social de proporciones descomunales que, lejos de irse arreglando poco a poco, empeora a marchas forzadas. Soy un mucho reiterativo con estas cuestiones en mis entradas en el blog, pero es que todavía no he perdido la capacidad de indignarme cuando transito por calles y carreteras y veo los desaguisados que los conductores cometemos —yo trato de no hacerlo— en asuntos relacionados con el tráfico.

Aparte de que lo veamos nosotros mismos, los medios están llenos de vídeos tomados por los helicópteros y ahora también drones de la DGT en los que puede verse a conductores con sus vehículos en marcha haciendo las cosas más variopintas —usando móviles, revisando papeles, pintándose los labios…— cuando no circulando a mayor velocidad de la permitida o haciendo maniobras peligrosas por supuesto prohibidas. Ayer mismo me senté por unos minutos en un banco de un parque cercano a mi domicilio desde el que se puede contemplar un cruce señalizado con un STOP. Conté hasta cien vehículos antes de marcharme. ¿Puede acertar cuantos hicieron el STOP? Tan sólo siete, el resto convirtió la señal de STOP en un CEDAelPASO y tan felices.

He insistido una y otra vez en el fracaso social que supone el tráfico en materia de educación como un síntoma de otras materias donde la sociedad española transita por los mismos o parecidos derroteros cuando no peores. Todos conocemos las señales de tráfico, pero las adaptamos a nuestra conveniencia según la situación; el único momento malo es si nos pilla el guardia y nos hace una «receta». Pero no hay un guardia para cada ciudadano las veinticuatro horas del día.

Ahora están de moda las cámaras de vigilancia en las ciudades. ¿Podrían utilizarse para reconducir estas actitudes? No tanto con multas en los primeros momentos, pero si con mensajes SMS o por correo ordinario o electrónico del tipo: «El sábado 9 de octubre de 2021 a las 10:15 se ha saltado Vd. el STOP situado en la confluencia de las calles tal y tal. Sirva esto como aviso; quizá la próxima vez sea una multa. Saludos cordiales».

Se toleran muchas actitudes, no están muy mal vistas del todo, y así es muy difícil que la sociedad vaya cumpliendo las normas. Lamentablemente parece que solo la mundialmente conocida como «jarabe de palo» es la medicina que nos haría entender que las normas están por el bien de todos.

Observe la fotografía de esta entrada. De sobra es conocido que no se pueden aparcar los coches subidos a las aceras, pero cuando este vecino ha tenido que implorar al ayuntamiento la colocación de dos bolardos en la entrada de su domicilio supongo que no habrá sido por gusto sino por haberse encontrado la entrada de su casa taponada por los vehículos que ignoran la norma. Las aceras son estrechas, muy estrechas y encima uno de los bolardos está doblado hacia adentro, lo que dificulta, por ejemplo, el paso de un carrito de niño o una silla de ruedas.

Por si fuera poco, el vehículo aparcado que vemos en la imagen está claramente subido a la acera, de modo deliberado, para evitar que le hagan una caricia en su lateral los coches y furgonetas que pasan por la calle, muy estrecha, y en la que producen enganchones y ralladuras con mucha frecuencia. La Policía Municipal lo sabe, el Concejal de Tráfico también, pero los días van pasando y no se elimina el aparcamiento de uno de esos dos laterales de una calle estrecha que no genera más que problema tras problema: espejos rotos, parachoques arrancados, camionetas de reparto atascadas, laterales rayados…

Las aceras están llenas de bolardos que, además de afear considerablemente la vista, provocan no pocos accidentes en rodillas de viandantes o chapa de los vehículos. La definición que hace el diccionario de bolardo es «obstáculo de hierro, piedra u otra materia colocado en el suelo de una vía pública y destinado principalmente a impedir el paso o aparcamiento de vehículos». Obstáculos por centenares en las vías públicas por la incapacidad de hacer cumplir una norma. Y no mejoramos…




domingo, 3 de octubre de 2021

CRUCIAL


Casi sin darnos cuenta y más por imposiciones externas que por decisiones propias, nos hemos dejado llevar hasta considerar que tener un teléfono es hoy en día una cuestión critica. Es verdad que hay personas, algunas de ellas no tan mayores, que se niegan rotundamente a contar entre sus enseres un teléfono actual de esos llamados inteligentes y van tirando, pero son casos residuales que tienen que asumir una serie de menoscabos en su funcionamiento diario y en sus relaciones con los demás y con las empresas.

Como ejemplo, tengo un par de amigos que se niegan. Uno de ellos tiene teléfono moderno pero sus interacciones con los demás se circunscriben únicamente a la llamada telefónica y los SMS. Su proclama es que se niega a lo que él llama «redes sociales» por preservar su intimidad. Se le escapan varias cosas, como que llevar un teléfono es de por sí una pérdida de intimidad y si no que se lo digan a Google, y que su concepto sobre lo que él denomina redes sociales es muy particular. Por mucho que se hable con él, no hay manera ni de convencerle ni de que nos explique la diferencia entre utilizar SMS o wasaps.  Y aunque esto es un poco anacrónico, él tiene una tarifa plana, pero a mí me cuesta 0,20 euros cada SMS que pongo, por lo que me niego, y que conste que no es por los veinte céntimos.

El otro amigo al que voy a hacer referencia no tiene teléfono, como tampoco tiene correo electrónico, o al menos dice que no lo tiene. La única manera de contacto, correo postal aparte, es el teléfono fijo de su casa. Quedar con él es toda una aventura y hay que hacerlo como en los viejos tiempos: a una hora en un sitio prescindiendo de toda la tecnología actual que nos permite «quedar en el móvil» y activar el seguimiento instantáneo de nuestra posición. Está claro que su decisión es suya y que los que seguimos manteniendo con él una relación es porque asumimos estas (pudiéramos llamar hoy en día) deficiencias. Mi forma de quedar con él es decirle a la hora que salgo de casa a su encuentro porque es muy difícil precisar a la hora que llegaré y me niego, como hacía antaño, a salir con el suficiente margen de antelación para estar a tiempo en el lugar de la cita.

Muchas de las interacciones con los demás y las empresas parten de la base de que poseemos un teléfono móvil inteligente. Directivas nacionales y europeas en los sistemas de autentificación se basan en mensajes al móvil. Por ejemplo, los dos bancos con los que trabajo, en sus aplicaciones telemáticas a través de internet o teléfono lanzan periódicamente al Smartphone un aviso con una clave imprescindible para poder seguir operando. Hay que tener un teléfono sí o sí, no hay alternativa que yo sepa, salvo pasar por la oficina física para poder hacer nuestras operaciones bancarias. Cada vez quedan menos oficinas, están distantes y no es tan sencillo como antaño presentarse allí y tratar de que nos atiendan: pocos empleados, horarios restrictivos, petición previa de hora y otros impedimentos para lograr que todos nos hagamos nuestras operaciones desde casa.

Enrique Dans es un visionario que lleva muchos años anticipando todas estas cuestiones. Desde la publicación de su libro «Todo va a cambiar» ( reseña aquí ) en un lejano marzo de 2010 hasta hoy en día, sus comunicaciones frecuentes en la red han ido escarbando en este mundillo. En su página web podemos encontrar sus artículos y opiniones, así como información de su último y reciente libro «Viviendo en el futuro», una visión de las claves con las que la tecnología está cambiando nuestro mundo.

Estamos inmersos en el mundillo, tenemos teléfono móvil inteligente, interactuamos con las empresas y las personas, pero… ¿Somos conscientes de que lo hacemos? ¿Nos hemos planteado alternativas? Los teléfonos móviles se quedan sin batería, se estropean, se caen al váter o al río que estamos contemplando desde un puente… Podemos vernos en la taxativa de no tener nuestro teléfono por un periodo que puede ser de horas a días y con ello muchas de las cosas que hacemos a diario se verán afectadas; algunas serán prescindibles, pero otras no tanto según nuestro perfil personal o profesional. Reponer un teléfono no es tan sencillo como ir a la tienda y comprar otro, pues hoy por hoy es necesaria la tarjeta SIM y, una vez obtenida, volver a configurar el teléfono y sus aplicaciones.

Algunas cosas no tienen solución o no es sencilla, pero deberíamos ser conscientes al menos de ello. ¿Qué servicios o aplicaciones estoy utilizando que quieran indefectiblemente el tener, y operativo, el teléfono? ¿Hay alternativas de uso sin el teléfono? Es un tema complicado y trabajoso y lo mejor es dejarse llevar y no pensar que en algún momento podemos estar sin él: cuando llegue el momento se verá. En la entrada de este blog «PESCADILLA» publicada hace un mes, en septiembre de 2021, hablaba de un caso particular de recuperación de un teléfono perdido y de las posibles cuentas en Gmail. Pero además de este asunto del correo electrónico y del acceso a los bancos hay otras muchas cosas que ya hacemos desde el teléfono, unos más y otros menos. Dar aviso al seguro de que nos hemos quedado tirados en la carretera, comprar en algún gigante de la distribución, pedir cita en el médico público o privado, escuchar podcasts o «audibles», disponer de nuestra agenda con citas y cumpleaños, acceder a nuestra nube donde tenemos documentos o notas imprescindibles, wasaps con familia, amigos o grupos, códigos de autentificación (authenticators), navegador para el coche, documentación de carnet y vehículo para la DGT, etc. etc.

Cada cual debería revisar el uso que hace de su teléfono y como puede buscar caminos alternativos a su falta, o no buscarlos y asumir quedarse sin ellos por un tiempo. Es un buen ejercicio, yo diría que necesario o crítico en algunos puntos, porque nos podemos ver en un círculo vicioso de no poder realizar ciertas operaciones que cada vez son más vitales en nuestro devenir diario.



domingo, 26 de septiembre de 2021

GLUCÓMETRO


 Casi todos los entrados en la penúltima etapa de la vida recordaremos aquellos «palitos» de cristal con una bolita de mercurio que por lo general había en casa: termómetro empleado para medir la temperatura corporal y saber si teníamos fiebre. Tras unas enérgicas sacudidas para bajar el mercurio y colocado en mil y un sitios del cuerpo que no vamos a detallar, había que esperar al menos cinco minutos para que «subiera» y marcase la temperatura. Nada de inmediatez, pitidos u otras zarandajas por el estilo que ahora es lo normal. Cuando en alguna ocasión se rompía, había verdaderas peleas entre los hermanos por hacerse con el mercurio para jugar con él.

Muchos años después, visité las minas de mercurio de Almadén, ahora convertidas en un fenomenal museo e intenté comprar algo de mercurio, por aquello de recordar viejos tiempos. Amablemente me dijeron que era tóxico, muy tóxico y que estaba prohibida su distribución. Pensé que yo y mis hermanos deberíamos estar muertos por tanto como tocamos y jugamos en nuestra infancia, pero por aquí seguimos todos.

Hace algo más de veinte años tuve la oportunidad de visitar Cuba. Lo que voy a referir puede parecer un cuento, pero así ocurrió en la realidad. Buscando la antigua casa de la abuela de mi mujer, hicimos una cierta amistad con una familia cubana de aquel barrio perdido al otro lado del canal, que nos indicó que esa casa ya no existía y su solar se había convertido en una gasolinera. Nos invitaron a cenar otro día y se nos ocurrió, todavía no sé por qué, obsequiarles con un termómetro de los que ya eran digitales, tardaban poco, pitaban cuando estaba listo y mostraba los guarismos en una ventanita.

 

 Se quedaron atónitos y asombrados por el regalo, aunque dijeron que cuando se acabara la pila quizá no pudieran hacerse con una nueva, aunque la que tenía duraría años. Lo que sucedió a continuación, en un instante, es casi de ciencia ficción. Nos dijeron que casi nadie en el barrio tenía termómetro en casa, que cuando necesitaban tomarse la temperatura tenían que desplazarse y no precisamente al lado a un centro médico. Y sin que casi nos diera tiempo a reaccionar, nos montaron en el barrio una fiesta popular para agradecernos el regalo, porque desde ese momento, todos los habitantes del barrio tendrían termómetro, un termómetro comunitario que les ahorraría viajes al centro médico. Inaudito pero cierto.

Una de las tareas que se imponen las empresas en este mundo «avanzado» es ir llevando a nuestras casas aquellos aparatos que podemos necesitar. Por poner un ejemplo, a principios de los 80 del siglo pasado empezaron a llegar a las casas los reproductores y grabadores de vídeo, que hasta entonces estaban vedados a grandes empresas. A los pocos años aparecieron las cámaras de vídeo o incluso podemos decir lo mismo de los ordenadores personales y así, día tras día, un sinfín de aparatos que guardamos en nuestros cajones y que, en teoría, nos hacen la vida más sencilla.

En cuestiones médicas, el termómetro ha avanzado hasta llegar a diseños que permiten tomar la temperatura al instante, solo con acercarlo a la frente e incluso a distancia en la entrada de lugares públicos. ¿Qué termómetro utiliza Vd. en casa? Estos frontales están en el mercado por alrededor de 20 euros o menos. Algunos incluso hasta por 12 euros.

Otra de las enfermedades frecuentes es la tensión arterial alta. Miles y miles de ciudadanos toman pastillas para regular su tensión, pero una cuestión fundamental es tomarse la tensión regularmente. ¿Por qué no hacerlo a diario? Podemos disponer en casa de tensiómetros bastante sofisticados, prácticamente los mismos que utilizan algunos médicos en sus consultas, por alrededor de 30 euros. ¡Ponga un tensiómetro en su casa y tómese de forma regular la tensión!

Cuando empezamos a ser conscientes de la pandemia de COVID-19, allá por marzo de 2020, se pusieron de moda unos aparatitos conocidos como oxímetros o pulsioxímetros, que permiten conocer el porcentaje de oxígeno en sangre en unos segundos con solo insertar un dedo. Llegamos a convencernos de que era bueno para detectar una posible infección con COVID-19, además de tomarnos la temperatura, el conocer que nuestro porcentaje de oxígeno en sangre estaba por encima del 90%. Otro aparatito para añadir a la colección de medidores médicos a tener en casa. Podemos adquirirlo por 20 euros e incluso menos, aunque evidentemente hay otros más caros. Yo me mido el oxígeno en sangre y la temperatura, ya como una costumbre, todas las mañanas tras levantarme. Una cosa más a hacer regularmente como la ducha, el afeitado, el lavado de dientes o el desayuno. No está de más.

Otra «enfermedad» que tienen bastantes personas es la diabetes, es decir, un alto índice de glucosa en sangre que puede devenir en problemas graves. En muchas farmacias disponen de medidores del nivel de glucosa, pero hay también aparatitos llamados glucómetros que nos permiten hacerlo en casita: un pinchacito en el dedo, una gota de sangre y conoceremos en cualquier momento nuestro nivel. En la imagen inicial de esta entrada puede verse uno, funcionando, con un coste de alrededor de 20 euros, aunque para cada toma se necesita una tira reactiva desechable que habrá que ir reponiendo a medida que las utilicemos. Si yo no tengo, que sepa, problemas con la glucosa. ¿Por qué me he comprado, también, un glucómetro?

Gran parte de la población tiene, tenemos, unos niveles altos del colesterol. Ya éramos muchos hace años cuando el límite estaba en 250 y ahora que lo han bajado a 200 e incluso 190… somos legión. La solución médica a esto son casi exclusivamente las famosas «Estatinas» con las que yo he tenido mis episodios de horror hace años. En una prueba preoperatoria, el médico me pilló infraganti con mis niveles de colesterol por las nubes y me conminó a tomar una marca nueva: Rosuvastatina, que no es tan nueva porque a principios de los años 2000 tuvo sus más y sus menos en Estados Unidos.

No quiero alargar más esta entrada. Empecé a tomar la Rosuvastatina y al mes empezaron los síntomas: no poder dormir, cansancio generalizado, dolores musculares, pérdida de concentración… más de lo mismo que ya me había ocurrido antes. Pero estos síntomas son subjetivos y yo podía estar predispuesto y sensible. Lo que no es un síntoma sino un hecho es que mi nivel de glucosa había subido a 136, comprobado mediante prueba en una farmacia, con lo que iba camino de una diabetes tipo II de seguir tomando las malditas Estatinas: Rosuvastatina, Atorvastatina, Simvastatina y una legión similar, seguidos del Ezetrol que a mí me hizo más daño que las Estatinas. Insisto, a mí, a lo mejor a otros le sienta bien y se le arreglan los niveles de colesterol sin estropearle unos cuantos de los otros tales como triglicéridos, bilirrubina, glucosa, ácido úrico, creatinina, CK y algunos otros más. Vamos, arreglando el colesterol y estropeando todo lo demás.

Aunque dejé de tomar la Rosuvastatina inmediatamente, el control de los niveles de glucosa y comprobar su descenso era primordial. A siete euros la tirada cada análisis en la farmacia, con tres de ellos tengo el aparato con 25 tiras reactivas. Cada semana me he ido haciendo uno y el último, como puede verse en la imagen, ya está por debajo de 100, con lo que he recuperado la tranquilidad.

¿El siguiente aparato? ¿Un colesterómetro? Aunque en alguna farmacia lo tienen, no me han parecido fiables sus resultados. He visto algunos aparatos, caros todavía que miden glucosa, colesterol y ácido úrico… Tiempo al tiempo, estarán disponibles, somos muchos los «colesterosos» …  


 

domingo, 19 de septiembre de 2021

REVIVIR


 

A alguno de los lectores asiduos a este blog les sonará el contenido de está entrada, algo así como un «déjà vu». Pero es que las situaciones se repiten machaconamente y este blog me sirve un poco como una especie de diario personal donde reflejar cosillas que puedo consultar fácilmente, no solo yo, sino algunos amigos cuando surgen ciertos temas en las conversaciones.

Lo de la obsolescencia es un asunto que me persigue machaconamente y del que se pueden encontrar referencias en este blog a poco que se utilice el buscador: «OBSOLESCENCIA», «REPARAR» o «DESFASADO» son algunos ejemplos. He tenido la precaución de no releerlas porque si lo hiciera quizá me diera cuenta que lo que voy a escribir aquí es más de lo mismo. Esperemos que no sea así.

Aunque no comparto de ningún modo la seducción por los archiperres electrónicos del mundo de Apple, sobre todo por su «propietariedad» y exclusividad, reconozco que son muy buenos y hasta puedo a llegar a entender la fascinación que sufren por ellos muchas personas, entre ellos mi hija, de modo que anteponen su posesión a otros similares a pesar del muy alto precio que normalmente tienen. En estos días, cantos de sirena se perciben en mis oídos sobre unos cascos inalámbricos cuyo precio se acerca a los doscientos euros… ¡Ni que tuvieran música! Aunque sirven para reproducirla con muy alta calidad por lo que se ve.

Todos los años por esas fechas desde hace unos cuantos, Apple presenta al mundo sus novedades en materia de cacharrería electrónica. En el caso particular de los teléfonos de Apple, su Iphone alcanza el número 13 en estas fechas de septiembre de 2021, o doce más uno como solía decir un afamado piloto de motos ya fallecido cuando se refería al número de títulos mundiales que había conseguido. Si este año se anuncia el trece, y vamos a uno por año, podemos deducir que el que se muestra en la imagen, el Iphone-8 de mi hija, cuenta ya con cinco años de antigüedad.

Llevaba ella tiempo quejándose de lo poco que le duraban las cargas de batería, que no llegaban a medio día pero que por no dejar su apreciado aparatito suplía con baterías externas o enchufes donde se pudiera. Pero la batería pasó hace una semana a un estado más catatónico como se puede ver en la imagen: se estaba hinchando y cualquier día explotaba en sus manos. Cinco años de antigüedad son una enormidad para un teléfono; antes las baterías eran extraíbles, podrían remplazarse con facilidad, pero eso se acabó, las baterías son internas y cuando dicen que han llegado a su fin no queda otra que el servicio técnico —si es que te lo admiten— o…

Aficionado a los refranes, hay uno que me encanta y que cada vez practico más: «En comunidad no demuestres habilidad», porque tendrás una nube de moscardones dándote la barrila insistentemente y preguntándote acerca de esto y de aquello cuando no te pedirán directamente que lo hagas. El mundo de internet es maravilloso y a poco que te sumerjas en él puedes encontrar algunas soluciones a tus problemas que no pasen por la adquisición de un aparato nuevo. ¿Cuánto cuesta una batería para el Iphone 8? Un mundo, pero sin hablar de las originales se pueden encontrar varios modelos por alrededor de 12 euros. Un poco de investigación, un poco de suerte y te haces con una por algo menos de quince euros, más potente que la original y que además viene acompañada de su set de herramientas para que te hagas tú mismo el cambio. Por cierto y como curiosidad, en la frase anterior he eliminado las comillas del vocablo set porque es una palabra contemplada en el diccionario ¡Lo que hay que ver!

Partiendo de la base de que admites que el teléfono está «muerto» y que lo más que puede pasar es que pierdas esos quince euros que cuesta la batería, no está de más intentarlo… por si suena la flauta. Vídeos en Youtube, recomendaciones de que lo haga un experto, información, fotografías … adelante con los faroles y a poner manos a la obra. Destripar un Iphone 8 es algo delicado, pero todo es cuestión de paciencia y sobre todo de mucha suerte.

Al final, el teléfono ha vuelto a la vida: ¡funciona! Y la carga de la nueva batería dura más de un día, aunque no sea original. No sabemos cuánto durará, pero por quince euros no se puede pedir más. Y además hemos pasado de neófitos a cuasi expertos en esto de cambiar la batería a un móvil. Pero no se lo digas a nadie no sea que tengas familiares, amigos y conocidos haciendo cola en tu estrenado y casero servicio de reparaciones.