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sábado, 1 de agosto de 2009

TOLERANCIA

Las leyes que no son cumplidas es mejor derogarlas cuanto antes. La sensación de que el quebrantar una norma no es importante hace que se relaje el cumplimiento de otras que si lo son. Y esto, a la larga, trae consecuencias nefastas en las relaciones humanas. Lo hemos visto y comentado en estos textos con respecto del tráfico. La relajación que hemos tenido durante muchos años, haciendo caso omiso de las señales de aparcar, y de velocidad, por ejemplo, han traído bolardos a las aceras y radares a las carreteras, en un intento de jarabe de palo, duro y contundente, por hacernos entender, como a los niños, que es por nuestro bien, no por el nuestro particular, si no por el de la comunidad en general. Hace unos días, en el pueblo costero donde estoy pasando unas vacaciones, han fallecido cuatro jóvenes menores de 20 años en un choque frontal entre dos vehículos. Uno de los coches iba a 150 km. por hora en una avenida de la población. Estaba claro que no cumplía la limitación de velocidad, pero probablemente el coche contra el que chocó si la cumplía. Las indicaciones son para todos y deben de hacerse cumplir por quién las dicta. Si no es capaz de ello, lo mejor es quitarlas.

El profesor Phillip Zimbardo, en un estudio sobre psicología social realizado en 1969 ilustra este concepto con soberbia actualidad, a pesar de haber sido publicado hace cuarenta años. Reproduzco este estudio e información complementaria posterior. Atención a la frase final, nos estamos acostumbrando de forma alarmante a las pequeñas y no tan pequeñas infracciones.

En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Phillip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y hasta color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York y el otro en Palo Alto, una zona
rica y tranquila de California. Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con Lo reproduzco poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio.

Resultó que el auto abandonado en el Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, el radio, etc. Todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no lo destruyeron. En cambio el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito. Atribución en la que coinciden las posiciones ideológicas más conservadoras, (de derecha y de izquierda). Sin embargo, el experimento en cuestión no finalizó ahí, cuando el auto abandonado en el Bronx ya estaba deshecho y el de Palo Alto llevaba una semana impecable, los investigadores rompieron un vidrio del automóvil de Palo Alto.

El resultado fue que se desató el mismo proceso que en el Bronx, y el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre. ¿Por qué el vidrio roto en el auto abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo?

No se trata de pobreza. Evidentemente es algo que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales.

Un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos cada vez peores se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

En experimentos posteriores, James Q. Wilson y George Kelling desarrollaron la “teoría de las ventanas rotas”, misma que desde un punto de vista criminológico, concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito.

Si se cometen 'pequeñas faltas' (estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja) y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves. Si se permiten actitudes violentas como algo normal en el desarrollo de los niños, el patrón de desarrollo será de mayor violencia cuando estas personas sean adultas.

Si los parques y otros espacios públicos deteriorados son progresivamente abandonados por la mayoría de la gente, que deja de salir de sus casas por temor a las pandillas, esos mismos espacios abandonados por la gente son progresivamente ocupados por los delincuentes.

La teoría de las ventanas rotas fue aplicada por primera vez a mediados de la década de los 80 en el metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más peligroso de la ciudad. Se comenzó por combatir las pequeñas transgresiones: grafitis deteriorando el lugar, suciedad de las estaciones, ebriedad entre el público, evasiones del pago del pasaje, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes. Comenzando por lo pequeño se logró hacer del metro un lugar seguro.

Posteriormente, en 1994, Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York, basado en la teoría de las ventanas rotas y en la experiencia del metro, impulsó una política de “tolerancia cero”. La estrategia consistía en crear comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana. El resultado práctico fue un enorme abatimiento de todos los índices criminales de la ciudad de Nueva York.

La expresión “tolerancia cero” suena a una especie de solución autoritaria y represiva, pero su concepto principal es más bien la prevención y promoción de condiciones sociales de seguridad. No se trata de linchar al delincuente, ni de la prepotencia de la policía, de hecho, respecto de los abusos de autoridad debe también aplicarse la tolerancia cero.

Se trata de crear comunidades limpias, ordenadas, respetuosas de la ley y de los códigos básicos de la convivencia social humana.


No es tolerancia cero frente a la persona que comete el delito, sino tolerancia cero frente al delito mismo.

miércoles, 29 de julio de 2009

PASTELITO


Este texto va a ser corto, al menos en el momento de escribirse. Es una invitación a un buen amigo, Félix, que desde hace varios meses tiene pendiente redactar esta entrada. Como se pasa el tiempo y no me cumple con su obligación, apuntaré unas cosillas sobre ella y dejaré espacio para impelerlo a continuar.
El tópico del varón ya entrado en años que mira con lascivia de la cabeza a los pies a la mujer que se cruza en su camino es una realidad. Mientras paseábamos hace unos meses, surgió el comentario a raíz de una de estas situaciones.
¿vaya pastelito, eh?
Cuando yo era muy joven, me llamaban la atención los comentarios de los compañeros de trabajo, ya cuarentones, casados y con hijos, sobre este tema. No lo entendía muy bien, ya que entre otras cosas “disponían” de su mujer en casa para llevar a la práctica esas acciones que parecían echar de menos.
Pero la naturaleza humana es muy compleja. Cuentan una anécdota de un presidente de los Estados Unidos que fue con su esposa a visitar una granja. La visita fue realizada por separado. En la visita al gallinero, la esposa del presidente se fijó en un gallo que andaba por allí “trasteando” con las gallinas. Comentó el hecho con uno de los asesores del presidente que la acompañaba con la intención de que hiciera el comentario a su marido. Finalizada la visita, el comentario llegó a oídos del Presidente que devolvió la misiva envenenada con el siguiente comentario: “Haga observar a mi esposa que el gallo lo hace con varias, no con una sola”.
Hace años me encontraba conversando sentado a la puerta de su casa con un viejecito en un pueblo perdido de una de las provincias españolas con mayor encanto: Soria. Mientras charlábamos, las gallinas picoteaban por aquí y por allá delante de nosotros. En esto, salió un gallo altivo del gallinero, escogió una y…. ¡zas! El viejecito sonrió y dijo:
“Que suerte tiene el gallo,
que en saliendo a la calle,
monta a caballo”.

Amigo FELIX, todo tuyo. Este texto se queda pendiente de tus reflexiones, sin duda acertadas, sobre los “pastelitos”.
NOTA POSTERIOR: Con fecha 6 de Septiembre de 2009 se publican las reflexiones de Félix sobre el tema.

sábado, 18 de julio de 2009

NOMBRES


Mientras espero pacientemente a la puerta de un supermercado a que mi mujer realice el acopio de alimentos y otros, me fijo en una esquela situada a la entrada del mismo que anuncia el fallecimiento reciente de una persona de una localidad cercana a donde nos encontramos de vacaciones. El finado se llamaba CILINIO. Parecía, porque es un nombre que me sonaba más, que ponía CLINIO, pero fijándome bien, el nombre que rezaba el anuncio mortuorio y los actos a celebrar con motivo del mismo era CILINIO.
A falta de otra cosa mejor que hacer para mitigar la espera, seguí leyendo la esquela. Pude conocer que la mujer se llama FLORENTINA, que el matrimonio tiene un único hijo llamado ANTONIO, casado con EMILIA. Hasta ahí todo normal en cuanto a los nombres. Pero de nuevo se dispara mi atención al leer los nombres de los dos nietos del finado: SHEILA y CHRISTIAN. Ni siquiera sé si la grafía de estos es correcta, por lo que los reproduzco tal y como figuraban, ya que suelo llevar siempre a mano un bolígrafo y un trozo de papel que me permiten tomar notas como estas.
En estos tiempos no suele haber problemas en los bautizos, si bien en épocas pasadas no todos los sacerdotes se avenían a bautizar a los niños con nombres de que no fueran cristianos. Unos primos quisieron nominar a su hijo ISRAEL y por buenas composturas acabó siendo FERNANDO ISRAEL, y gracias. Este tipo de problemas motivaba ciertos enjuagues como el que ocurrió con mi propia madre: HABILIA rezaba a efectos eclesiásticos y de partida de bautismo mientras que a efectos de Registro Civil y Documentos de Identidad es AVELINA.
Sería bueno haber podido preguntar al bueno de CILINIO su opinión acerca de los nombres de sus nietos, en mi modesta opinión tan chocantes con el suyo. CILINIO me evoca los nombres de la antigüedad, de la época romana, aunque tengo que reconocer que es la primera vez que lo he visto y me suenan más CLINIO, CLIO, CLITO o CLITÓMACO, por hacer memoria de nombres que empiecen por CLI entre los que recuerdo. Me atrevo a asegurar que los nombres extranjeros de sus nietos no eran su agrado, pero poco podía intervenir él en una decisión que tienen que tomar los padres y no los abuelos.
En mi modesta opinión, lo de poner nombres es un asunto complicado. Se hace en pocas ocasiones en la vida de las personas, claro está, dependiendo de las circunstancias de cada cual. Que yo recuerde me he enfrentado a esta cuestión dos veces por motivos fundamentales y otras dos más por motivos no tan importantes.
Una de las que no revisten una importancia crucial fue el tener que poner nombre a una mascota que nos regalaron y que no supimos rechazar. Era una gata corriente y moliente y acabó siendo llamada AMIS, un nombre extraído de la simbología egipcia. La otra ocasión acabó sin ser resuelta, vamos, que la cosa en cuestión se quedó sin nombre. Se trataba de poner nombre a una casita, lo de chalet me suena muy pretencioso, y al final no encontramos ninguno que nos satisfaciera, por lo que se quedó sin nombre.
Las que tienen más enjundia son las otras, el poner nombre a los hijos. En la primera ocasión no llegabamos a un acuerdo, con lo que al final y dado que desconocíamos el sexo decidimos que si era chico le pondría el nombre mi mujer y si era chica se lo pondría yo. Sin limitaciones. Un mal negocio ya que resultó ser chico y acabó llamándose ILIA, nombre que conserva en la actualidad pero que levantó no pocas polémicas y ampollas en su día, como supongo le ocurriría al bueno de CILINIO con sus nietos. ILIA es un nombre relativamente común en el este de Europa y cuya traducción sería ELIAS, aunque en una ocasión he conocida una chica con ese nombre y otra con un nombre parecido: IRIA.
Para mi segunda hija, una niña cuyo sexo era conocido con tiempo debido a las ecografías, la manera de enfocar el nombre fue tambien curiosa. Yo sugerí y casi impuse que el nombre tuviera cinco letras, ni una más ni una menos y que fuera un nombre “normal” aunque habría que definir que entenderíamos como “normal” en caso de nombres. La idea era que el nombre decidido fuera el que se utilizara y no andáramos con diminutivos, alias u otras cosas. Confeccioné una lista de posibles nombres de mujer de cinco letras, “normales” y de ella fuímos quitando hasta decidir. Recuerdo alguno de los barajados, tales como ADELA, AÚREA, BELÉN, CELIA, CLARA, DARÍA, DIANA, ELENA, ELISA, FLORA, JUANA, JULIA, LEIRE, LIDIA, LUISA, MARÍA, MARTA, NEREA, NURIA, PILAR, ROCIO, SOFÍA, TALIA, LUCÍA, PAULA, LAURA, OLAYA, … hasta que al final se decidió el que tiene: IRENE, si bien hubo un intento de romper la regla de las cinco letras autoimpuesta y se posibilitó el de PATRICIA, siendo finalmente desestimado. Luego nos hemos enterado que IRENE significa paz, que tiene dos santos en el calendario y alguna otra curiosidad más.
Las tradiciones familiares juegan sus buenas bazas en esto de los nombres. Yo mismo debo mi nombre compuesto a mis dos abuelos. Una vez leí en una revista el sistema de nombres que utiliza desde hace varias generaciones la familia del conocido escritor y vecino vacacional ALFONSO Ussía. No recuerdo bien la curiosa descripción y no quisera equivocarme, pero todos los varones de su familia llevan cuatro nombres, dos de ellos fijos, ILDEFONSO y MARÍA. En algún caso en que se había omitido este sistema, el niño había fallecido a edad temprana.
Puestos a hablar de nombres, hay algunas cosas y anécdotas curiosas. Por ejemplo, un vecino se llama PATROCINIO, nombre que a mí se me antoja como femenino. Otro nombre curioso es el de un amigo, llamado AUSTRICLINIANO, así, como suena, con todas las letras. Todos le llamamos AUSTRI porque lo otro sería eterno. Un día hace muchos años le acompañé a recoger un premio que había obtenido en un pueblo de la provincia de Segovia. En el ayuntamiento, el secretario procedió a leer el acta para la entrega de premios y al llegar a mi amigo se encasquilló: AUST… , AUSCLI….. Sr. PÉREZ acabó diciendo el buen funcionario, utilizando el apellido que le sacó de apuros.
Hace años me entretuve en registrar en el ordenador todos los nombres que aparecían en el santoral que reflejaba el conocido taco calendario del Corazón de Jesús, que ya ha sido referido en este blog. Al final resultaron dos mil seiscientos ochenta y cuatro nombres distintos. Algunos, como el de ANASTASIO, aparecen en varios días diferentes.
Como dato curioso, jugando con mi hija en este momento están dos amiguitas que responden a los nombres de CASILDA y GABRIELA. Infrecuentes, si, pero normales.

lunes, 13 de julio de 2009

CASCOS



La acepción “cascos” ha quedado ya en desuso, al menos en mi caso hace ya mucho tiempo que no la escucho para referirse a los recipientes que contienen líquidos.


Los primeros cascos de los que tengo algún recuerdo eran de los yogures. Cuando los pequeños podíamos hacer recados, ya que los peligros eran prácticamente inexistentes para los niños al no haber circulación de vehículos a motor, mi madre me mandaba a la panadería del “tío tijeras” a comprar los yogures. Cada cuatro de ellos iban agrupados en una cesta de alambre y era necesario llevarlos para cambiarlos por los nuevos, so pena de que el importe del contenido se viera incrementado con el del continente. Los cascos tenían un precio, ya que no era lo mismo un casco de yogurt que un casco de gaseosa “La Casera”, los primeros cascos que yo recuerde andaban por casa, donde no era costumbre disponer de la cantidad de bebidas que hoy en día almacenan nuestros frigoríficos para el consumo familiar o para invitar a tomar algo si viene alguien a casa. Por ello, cuando se rompía un casco, ya se sabía que al ir a reponer había que pagar por el nuevo.

Para un chaval, era de alegría encontrar por la calle, tirados, cascos de cualquier tipo, pues suponía que al llevarlos al establecimiento correspondiente te caían unas pesetillas. No recuerdo bien los precios de aquellos cascos, no era mucho, pero suponía dar un valor a las cosas, no tirarlas a la basura así porque sí.

Hace años que los cascos han cambiado de nombre y se denominan “envases”, y ya no se aplican solo a los líquidos, sino a todo tipo de compras que se pueden hacer, preferentemente en supermercados. Para facilitar la venta, todo viene envasado. Eso supone que una vez en casa extraído el producto, que es lo que nos interesa, el envase va a la basura. Cierto que en los últimos tiempos nuestros dirigentes se esfuerzan por concienciarnos del significado y efecto de la palabra “reciclar”, que no es otra cosa que hacer un depósito selectivo de los envases desechados de forma que no sean directamente basura y puedan ser tratados de alguna forma para recuperarlos. Así pues, se produce un doble coste, lo que nos cuesta el envase, que tiramos a la basura o a reciclar, más el coste del reciclado. Costes añadidos por nuestra comodidad y los nuevos usos de venta que nos han impuesto. Con esto no se va al fondo de la cuestión, que sería eliminar ese tipo de envases desechables. Una utopía.

Pero volvamos a los cascos, recipientes contenedores de líquidos. Los hay de muchos tipos y formas, tales como latas, plásticos, briks, bolsas y algún otro que en este momento no recuerdo. Hace ya muchos años que iba a la bodega con mis cajas de cascos de la cerveza, el trinaranjus y la coca-cola para comprar los nuevos. Poco a poco el bodeguero me fue diciendo que los cascos de las cervezas no eran retornables y que la coca-cola y el trinaranjus ya no embotellaban en cristal, habiendo cambiado a plástico los tamaños grandes y a lata los pequeños. El agua mineral viene generalmente en plástico, aunque algunos restaurantes, no todos, la siguen sirviendo en cristal, veremos el tiempo que dura.

Hace años un amigo mío trabajaba como encargado en una fábrica de botes para las principales distribuidoras de bebidas. ¿Se han parado a tomar conciencia de lo bonitos y espectaculares que son los diseños de los botes? Nunca conseguí que me dijera lo que costaba en fábrica cada uno de esos elegantes recipientes destinados a contener líquidos y que una vez consumidos van directamente a la basura o reciclaje. Averigüé por otros conductos que el importe, repito hace ya unos años, era de 13 pesetas de las de antes. Nunca pude saber si esto era cierto, ya que me parecía mucho dinero, pero sea lo que sea, lo cierto es que lo pagamos nosotros y cada vez que consumimos uno, una determinada cantidad de dinero va directamente a la basura, amén de generar problemas medioambientales de los que no somos conscientes. Según estudios, un bote tardaría cerca de 500 años en ser degradado en la naturaleza de forma natural.

La desaparición de los cascos estuvo motivada por problemas de logística. Los primeros que forzaron los cambios fueron las grandes superficies, para las que representaba un problema la recogida de cascos y principalmente el almacenaje de los mismos, un sitio precioso que podía dedicarse a almacenar productos realmente aptos para la venta. Las grandes embotelladoras vieron el cielo abierto, al no tener que retirar los cascos, lavarlos, limpiarlos y etiquetarlos de nuevo para su puesta en circulación. Para los “grandes” todo eran ventajas, que se traducían en costes para los clientes y en problemas para los organismos encargados de retirar y procesar las basuras. El principal vertedero de Madrid se denomina VALDEMINGOMEZ y debería de ser de obligada visita por todos y cada uno de los habitantes de la provincia para tomar conciencia de lo que está ocurriendo con la basura y todo lo que le rodea.

En una fiesta familiar celebrada ayer a la que asistían miembros de mi familia procedentes de Alemania, surgió el tema. Habían aportado cascos de una cerveza estupenda de Munich. Cuando se procedía a recoger la mesa y se iban a depositar los cascos de las cervezas españolas en bolsas, de plástico, para llevarlos al contenedor de reciclaje, ellos preguntaron que íbamos a hacer con los cascos de las cervezas alemanas. Cuando les dijimos que irían al contenedor, dijeron que de ninguna manera, que cada casco costaba 8 cts. de euro y que igual que habían venido de Alemania llenos, se volverían para allá vacíos, para seguir su ciclo.

Coste cero, basura cero.

Las latas tienen un coste tan alto en Alemania que prácticamente han desaparecido. Había yo oído algo similar en Dinamarca. Como nosotros vamos siempre por detrás, sobre todo en temas medioambientales, tardaremos todavía unos años en descubrir que el sistema de cascos de hace cuarenta años es el único viable desde el punto de vista de la conservación de la naturaleza, aunque nos suponga un esfuerzo a todos.

sábado, 4 de julio de 2009

SUPLICIO


Me gusta conducir. Me gusta mucho conducir. He tenido la gran suerte de tener coche desde los 18 años, mínima edad legal que fue y sigue siendo por el momento para poder tomar el volante de un coche y disfrutar de la libertad que supone el moverte a tus anchas y explorar nuevas rutas y nuevos rincones. También he tenido la suerte de tener dinero para gasolina. Recuerdo que el primer litro de gasolina que puse en mi primer coche, un SEAT 127, costaba siete pesetas de las de antaño.
Al principio de los años ochenta del siglo pasado, cuando llegaban las vacaciones de verano, el ritual era llenar el coche de comida no perecedera, añadir la tienda de campaña y hacer kilómetros por las carreteras europeas, toda una aventura. Recuerdos especiales como aquel viaje de treinta días recorriendo más de trece mil kilómetros hasta sobrepasar el Círculo Polar Ártico y disfrutar del inolvidable “Sol de Medianoche” o galopadas de mil ochocientos kilómetros para llegar a casa desde Interlaken, en el corazón de Suiza, en una sola jornada, cuando el tramo entre Zaragoza y Madrid, los últimos trescientos y pico kilómetros, eran de carretera normal, llena de camiones.
Pero esta introducción me desvía del interés en este escrito. En esta semana me he visto obligado a hacer 54 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, a media mañana, por carreteras locales de la Comunidad de Madrid. Un verdadero calvario, enorme suplicio, especialmente cuando hay que atravesar múltiples poblaciones como fue el caso.
Los camiones y furgonetas de reparto, que hacen su trabajo como pueden, los camiones de retiradas de los contenedores de basura, verdes, amarillos o azules, que paran y realizan sus funciones cuando les toca, el autobús de línea que mientras está parado recogiendo y dejando viajeros corta el tráfico, el turista despistado que para a preguntar, el conductor mayor que va lentísimo, el que aparca y desaparca ….. una serie de pequeños caos que te pueden hacer el viaje de lo más desagradable.
Pero esto es parte del juego. El tráfico es así y hay que adaptarse, bien eligiendo otros horarios o bien poniendo buena música en la radio y disfrutando del "paseo", eso sí, saliendo con suficiente tiempo para tardar hora y cuarto en un trayecto que normalmente se hace en cuarenta y cinco minutos.
Los conductores, hablando en términos generales, nos hemos dedicado durante muchos años a ignorar las señales de tráfico, unos más y otros menos, y adaptarlas a nuestras peculiares visiones. El aparcar bajo una señal de prohibido, siempre que “no se molestase”, era y sigue siendo habitual, así como otras cuestiones menores y no tan menores, que quitaban valor a las señales y permitían adaptar el Código de la Circulación a la visión particular de cada uno. Otras cosas de más calado, como velocidad, conductas inadecuadas, conducir en estado de embriaguez, saltarse los semáforos o señales peligrosas como un “stop”, empezaban a denotar un relajamiento en la observación de las normas que conducía a efectos muy dañinos y perniciosos, tales como muertos y heridos que no paraban de crecer y engrosar las estadísticas siniestras semana tras semana.
A estas alturas en las que estamos, solo el “jarabe de palo” aplicado con contundencia parece la única posibilidad de meternos a todos en vereda. El Carnet Por Puntos, la subida desproporcionada de las multas, radares fijos y móviles que van apareciendo como setas en todas las carreteras y acciones similares parece que están empezando a surtir efecto a tenor de lo que reflejan las estadísticas. Conducimos con demasiado miedo para no incurrir en falta.
Pero me quiero referir a otros “jarabe de palo” que afean nuestros pueblos y ciudades, que nos cuestan mucho dinero, que destrozan nuestros vehículos y que ponen a prueba nuestra paciencia. Son restricciones físicas tales como bolardos en las aceras, bordillos levantados, caceras, zanjas, barreras y ….. “guardias tumbados”. Ya que no nos pueden poner un guardia real a cada conductor las veinticuatro horas del día, nuestras autoridades se han dedicado a sembrar los pueblos, como si de una auténtica plaga se tratase, de estas elevaciones de la calzada, algunas realizadas con poco criterio y que representan un suplicio diario para miles y miles de conductores.
En el viaje que he comentado anteriormente, para distraerme, me dediqué a contar los “guardias tumbados” que iba sobrepasando. Solo aguanté en las tres primeras poblaciones, donde registré respectivamente 9, 13 y 12. Luego ya lo dejé por aburrimiento. Treinta y cuatro saltitos “tachín-tachán” con el coche a la ida y otros treinta y cuatro saltitos a la vuelta solo en esas tres poblaciones.
Desde luego que cumplen su función, que es reducir la velocidad de los vehículos. A la fuerza obligan. Al parecer a tanto ha llegado la cosa que el Ministerio de Fomento, el pasado mes de Noviembre, ha emitido una nota técnica que regula e informa de las medidas y tamaños que se deben tener en cuenta al construir estos “impedimentos” tan molestos. Porque parece que llega el albañil del ayuntamiento correspondiente y los hace según le venga la idea o tenga ganas, repito, parece. Algunos se asemejan a bordillos atravesados en la calzada, como el de la fotografía, y son terroríficos para los coches y no digamos ya para autobuses o camiones, que a pesar de pasar prácticamente parados se dejan los bajos, la amortiguación y la paciencia de sus conductores.
El otro día hice una prueba, pero solo una, ya que no estoy por la labor de destrozar el coche. En un tramo que estaba señalizado a 50 como velocidad máxima, puse el coche a esa velocidad exacta utilizando el limitador y acometí decidido uno de ellos. Casi me quedo allí. El pasarlos a 30 kilómetros por hora, repito en un tramo señalizado a 50, ya es en algunos casos como para tener que llamar a la grúa y que venga a recogernos.
Al final es lo de siempre, como hay algunos conductores, entiendo que una minoría que no cumplen las normas, pongamos obstáculos para hacérselas cumplir a estos pocos, y de paso castigamos a la mayoría que no tendría por qué sufrir estos inconvenientes.
Y lo más lamentable es la cuestión de fondo, olvidada ya, y que recupero:
¿porqué no es suficiente con las señales de limitación de velocidad?

domingo, 28 de junio de 2009

FRASEOLOGIA


No tenía muy claro si la palabra elegida para título de esta entrada en el blog era correcta y además significaba lo que yo creía. Una rápida consulta al diccionario nos muestra diversas acepciones de las cuales una de ellas, la número cuatro, representa la idea que yo tenía: “Conjunto de frases hechas, locuciones figuradas, metáforas y comparaciones fijadas, modismos y refranes, existentes en una lengua, en el uso individual o en el de algún grupo”.Hilando un poco más fino, la acepción segunda también anda cerca: “Conjunto de expresiones intrincadas, pretenciosas o falaces.”
Desde hace algunos años me he aficionado a coleccionar frases hechas. Selecciono y apunto las que me gustan, en el sentido de que dan que pensar y pueden ser motivo de algún comentario o intercambio de opiniones, ya que se prestan a diferentes interpretaciones, empezando por si se está de acuerdo o no con la misma y con el significado que cada cual otorga. En muchos sitios aparecen frases, como por ejemplo en la cabecera de algún diario nacional como “El Mundo” o en una sección fija de alguna revista mensual como “Muy Interesante”. Por ejemplo, la frase que aparece en la cabecera del diario El Mundo de hoy es la siguiente: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”, Winston Churchill.
Como no podía ser de otra manera, Internet es también una fuente inagotable de referencias a frases. De entre algunas que le localizado, suelo consultar en alguna ocasión www.mundocitas.com. Ahí se pueden encontrar un sinfín de frases, clasificadas por temas o por autores y con algún valor añadido, que yo utilizo, cual es que te envíen un correo electrónico diario con una frase escogida al azar. Con este correo electrónico consigo dos fines, uno la lectura de la propia frase y otro es que me llegue un correo diario, bueno, en mi caso son tres, a cada una de las cuentas de correo que utilizo, lo cual es una forma de probar que las cuentas funcionan. Ya he detectado en un par de ocasiones fallos en una de ellas, curiosamente la que es de pago. A modo de referencia, la frase que me ha llegado hoy en uno de los correos es “La fama es un trozo de nada que el artista agarra al vuelo sin saber por qué.” Fernando Arrabal.
En esta web es posible también el acceso a la colección de frases de un autor determinado. Uno de los autores que tiene muchas frases y en general muy buenas, y que ya he comentado en otra entrada en este blog es Benjamin Franklin. No solo podemos leer todas las frases que están recopiladas de él, sino generar un documento en formato "pdf" con una breve historia y sus frases para guardarlo en nuestro ordenador o enviarlo a los amigos, para que reflexionen, en lugar o además de tanta basurilla como circula por ahí, mientras el correo electrónico sea más o menos gratuito y no genera costes añadidos. Cuando haya que abonar algo, ya no circularan tantos correos, muchos de ellos spam y basura, y el personal se cuidará muy mucho de enviar cosas de forma masiva. El enlace directo a la entrada específica de Franklin en la web de Mundocitas es http://www.mundocitas.com/autor/Benjamin/Franklin.
Otra de mis fuentes diarias es el Taco Calendario del Corazón de Jesús, ese calendario que preside mi escritorio y que requiere atención diaria para ir cortando una a una las páginas que representan cada día. Amén de otras informaciones interesantes y curiosas, cada día, excepto los domingos y fiestas señaladas, contiene una frase. Hoy por ser Domingo no hay, pero podemos dejar constancia aquí de la de ayer sábado cuya hoja acabo de arrancar: “Abrirse camino es sencillo; lo difícil es mantener el rumbo” Cecilia Bartoli.
Pero la idea de escribir este apartado tengo que reconocer que ha venido por una frase que el profesor recordó en un curso al que he asistido hace unos días. Yo la había oído con anterioridad aunque no sabía su autor, así que le pregunté. Me dió como referencia un libro que sin más dilación estoy leyendo, encontrándome en estos momentos en su ecuador. Otro modo de capturar frases para la colección es a partir de textos que llamen la atención en libros o artículos, como es este caso. Yo conocía la siguiente versión de esta frase: “Hasta los hombres más opacos emiten algún resplandor; pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa”. Una vez localizada en el libro, la frase completa reza así: “Los hombres más opacos emiten algún resplandor: este asesino toca bien la flauta, ese contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de los esclavos es quizá un buen hijo, ese idiota compartiría conmigo su último mendrugo. Y pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa. Nuestro gran error está en tratar de obtener de cada uno en particular las virtudes que no posee, descuidando cultivar aquellas que posee”.
Podemos estar de acuerdo o no con esta u otra frase, pero de lo que no cabe duda es que nos da que pensar y nos puede aportar nuevos puntos de vista acerca de variadas cuestiones, que sin duda pasarán a engrosar y enriquecer nuestra mochila de conocimientos para seguir transitando y “trans-accionando” por la vida.
Otra frase de las que he entresacado del libro comentado es la siguiente, que me parece muy de actualidad: “Toda ley demasiado transgredida es mala; corresponde al legislador abrogarla o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a leyes más justas.” Revísese esta frase en el tema del tráfico, donde se ha llegado a tal relajación en el cumplimiento de las normas que el jarabe de palo que nos están aplicando ahora a base de multas y radares es desproporcionado pero que es la única manera de volvernos al redil.
Puedo intuir en que está pensando el lector, que no es otra cosa que voy a acabar este escrito sin mencionar el libro. Lo dejo para el final, con lo que intento mantener el interés. El libro es duro, interesante, para leer con tranquilidad, una joya de libro con muchas enseñanzas: “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar. Según dicen los entendidos, una de las joyas del pasado siglo XX.

miércoles, 24 de junio de 2009

MODERNIDADES


Justo cuando empiezo a escribir unas apreciaciones acerca de los tiempos modernos en que nos ha tocado vivir, me llega por correo electrónico una frase que resume de un plumazo y con gran maestría las incongruencias que nos van invadiendo día tras día y a las que nos es imposible mostrar siquiera una pequeña resistencia.
La frase en cuestión dice lo siguiente:
“En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”
No se puede resumir de manera más certera la pérdida del norte que tiene la sociedad en este tema de la medicina y en otros muchos aspectos. El negocio prima por encima de otros muchos conceptos y el grado de permisividad que genera la oferta y la demanda hace que tendamos a dar mucha importancia a aspectos que en realidad no son fundamentales, y lo que es peor, ciudadanos y sus dirigentes olviden de poner el énfasis correspondiente en cuestiones vitales para una buena supervivencia, no solo física sino mental.
Retomo la cuestión de la modernidad. Imagino que siempre estaremos hablando de tiempos modernos y si no que se lo digan al españolito que hace cincuenta años se puso al volante de un “seiscientos” o al que a principios de los ochenta insertó su primer CD tras muchos años de situar la aguja con mucho cuidado encima de los vinilos.
Ayer celebrábamos la fiesta de cumpleaños de mi hija. Otra modernidad esto de los cumpleaños, donde hay que juntar a prácticamente toda la clase y organizar dos horas de juegos y merienda. Asistieron dieciocho niños y la cosa en general fue bien, aunque siempre hay dos que se pegan, tres que no hacen caso y cuatro que se montan su fiesta particular y pasan de todo. Lo normal. Huyendo de sitios cerrados y estereotipados que de dedican de forma profesional a organizar este tipo de fiestas, nos metimos en el jaleo de organizarla en el campo. Aparte de preparar toda la parafernalia correspondiente de globos, cadenetas, manteles, platos, vasos, servilletas, bocadillos y “sandwiches”, tarta, etc. etc. el problema era enfriar la bebida. La solución fueron dos grandes barreños con hielo. Calculé que dos horas serían suficientes para que la bebida estuviera fría o al menos fresquita, ya que estamos en verano y el calor aprieta aunque la fiesta empezara a las seis de la tarde. El día anterior había comentado con mis amigos donde se compraba el hielo y había dos opciones, la gasolinera de Mariano o la tienda de Javi. Como iba a ir a eso de las cuatro mencioné que la mejor opción era la gasolinera pero me dijeron que no, hombre, que lo comprara en la tienda que le hacía un favor. Así que me dirigí a la tienda a eso de las cuatro muy poco convencido que pudiera comprar el hielo, pensando que a continuación me tendría que ir a la gasolinera.
Al llegar a la tienda, estaba cerrada, pero un gran cartel en el frontal de la misma rezaba “HIELO” y a continuación un número de teléfono móvil. Por probar no se pierde nada, con lo que llamé al teléfono y allí que me salió Javi, diciéndome que en dos minutos estaba ahí, como así fue. Realmente vive a dos pasos, así que una forma de no tener la tienda abierta pero atenderla pasa por que el cliente se sepa de qué va la cosa y utilice su teléfono para llamarle. Supongo que le fastidiaría la siesta pero habrá decidido que será mejor estar en su casa descansando aunque le molesten que estar en la tienda.
Así que ya lo saben, se imponen este tipo de comercios, semi-abiertos o semi-cerrados, donde podrá ver un cartelito con un móvil al que deberá llamar si quiere ser atendido. Así pues, al coste del producto habrá que añadir el coste de la llamada, que no es gratis.
Otra modernidad puede ser apreciada hoy día con frecuencia cuando entramos a una tienda aunque a mí también me ocurrió en otro tipo de comercio más peculiar, cual es un bar. Habíamos quedado un grupo de amigos para tratar unos temas en un bar, al que yo llegué puntual, cosa que no suele hacer el resto. Pues bien, el bar estaba vacío excepto el camarero que estaba en la barra, no mirando al cielo o a la puerta, sino enfrascado en ….. un ordenador portátil conectado a internet. Me saludó y me pidió por favor que le dejara un momentito, que estaba mandando un correo electrónico que era muy importante.
Qué cosas tendremos que ver en el tiempo que nos quede de transitar por este mundo.

domingo, 14 de junio de 2009

TURISTAS


Ayer sábado nos encontramos mi mujer y yo con dos horas libres cuando estábamos situados en la madrileña Puerta del Sol. Tratamos de pensar como simples turistas que no habían preparado el viaje y que algo deberían de ver en ese tiempo. Para ninguno de los dos era posible convertirse así de un plumazo en turistas ya que hemos transitado muchas veces por este enclave, pero tomamos la decisión de acercarnos a uno de los cafés más emblemáticos como es “La Mallorquina”. Yo estuve trabajando a cien metros durante casi seis años y en alguna ocasión, de vuelta al tren cuando ya apretaba el hambre, he pasado por allí a comprar sus famosas napolitanas, pero directamente en el mostrador, para llevar, como se dice ahora con la comida que no se consume en el mismo local donde se compra.

Aunque nunca había subido arriba, el local dispone de un salón en el piso superior, al que se accede por una retorcida escalera. Aunque la capa de pintura parece relativamente nueva, el aspecto que se recibe al acceder a este salón es como de haber retrocedido unos cuantos años en el tiempo, ya que debe de seguir igual que hace muchos y muchos años. A pesar de ser cerca del mediodía, tuvimos la suerte de encontrar una mesa libre, pues se encontraba atestado de gente, prueba de que sigue teniendo su tiro entre el público que visita o vive en la capital.

El número de personas presente era inversamente proporcional al número de camareros que había para atender. Dos o tres iban y venían pero claramente no daban abasto para cubrir la demanda. Tras veinticinco minutos de espera, cuando ya nos íbamos a marchar, uno de ellos se dirigió a nosotros y empezó a limpiar la mesa de los restos que habían dejado los que nos habían precedido. Las mesas están dotadas de mantel de tela y fue curioso como se procedió a la limpieza: una vez retiradas las tazas y platos, volteó el mantel en el aire cual torero en tarde de faena y lo volvió a colocar en la mesa. Las migas y algún que otro resto más fue a parar al suelo, donde ya sería harina de otro costal el barrerlo.

En la mesa no había ninguna carta con las posibilidades que teníamos de elegir nuestra consumición. Cuando el camarero nos prestó atención y le hicimos saber este extremo, hizo ademán de marcharse a por una carta pero rápidamente le retuvimos, claramente presas del pánico de que no volviera en otros veinticinco minutos, y nos limitamos a pedirle una cosa fácil y de poca elaboración: dos cafés y dos napolitanas. Menos mal porque aún así tardó como otros diez minutos en llegar con ellas. Aprovechamos para pagar la cuenta, que fue lo único rápido pues llevaba al cinto un monedero portátil y nos dio la vuelta en el momento.

En esta operación habíamos consumido casi la primera de las dos horas de las que disponíamos. Se imponía un paseo hasta la Plaza Mayor atravesando callejuelas llenas de figurantes que demandaban la atención, y algún dinerillo, de los viandantes. Me llamó la atención un señor, con una bandeja llena de copas con diferentes niveles de agua, que mediante suaves toques en los bordes interpretaba una melodía con una calidad de sonido impresionante para provenir de un roce entre mano y cristal. La Plaza Mayor, sobre la una, estaba llena de gente que ocupaba las terrazas, paseaba, se hacía fotos y deambulaba por allí. Intentamos entrar a la Oficina de Turismo, por aquello de pedir un folleto y preguntar algo, como verdaderos nuevos visitantes de la ciudad, pero desistimos debido a la cola tan impresionante. Por último nos acercamos al remodelado mercado de San Miguel, donde las antiguas tiendas han cedido su sitio a una atmósfera moderna de “delicatesen” y productos de calidad con bares y espacios para consumirlos. Merece la pena la visita pero habremos de hacerla en otra ocasión, más adelante, cuando haya pasado el furor de la reciente inauguración y haya menos gente.

El remate no podía ser otro que el ya clásico bocadillo de calamares en uno de los callejones que dan a la plaza mayor, con su correspondiente cerveza, en un ambiente de los de antes, sucio, grasiento, con el suelo lleno de papeles y restos, pero que rescatan el viejo sabor de los bares de los años setenta, donde todo iba al suelo. Me viene a la memoria, no sé si seguirá funcionando el denominado “El Abuelo” cerca de la calle de la Cruz, donde era típico ir a consumir sus famosas gambas a la plancha, gambas cuyo envoltorio acababa en el suelo.

miércoles, 3 de junio de 2009

DESFACHATEZ

La persona que haya seguido las entradas de este blog en los últimos apartados pensará que tengo una especial fijación con la empresa que me suministraba hasta hace unos días los servicios de telefonía móvil. Yo creía que esto era un asunto olvidado, pero una vez más, por sorpresa, me activan mis neuronas mediante una comunicación de despedida, que motiva una nueva reflexión por mi parte.

Ya esperaba recibir la última factura sin respetar los compromisos, por supuesto verbales, que adquirió conmigo un componente del departamento comercial de esta empresa, de no cobrarme los nueve euros de mínimo consumo mensual. Esto me ha costado este mes, por última vez, más de cinco euros que se llevan por todo el morro, como consecuencia del cambio de tarifas que entró en vigor el pasado Febrero. Ya en aquel momento inicié mi marcha de esta estupenda compañía, pero entonces un comercial me dijo que podía seguir un año sin que me fuera de aplicación esa clausula. Insisto en que estas comunicaciones son verbales y telefónicas, por lo que no queda nada registrado que pueda demostrarlo.

Mentiras y más mentiras, eso sí, siempre por teléfono, para que no quede constancia escrita que pueda demostrar la veracidad de lo manifestado. Esta es la técnica, no solo de esta empresa sino de otras muchas que han hecho desaparecer las oficinas de atención al cliente, cara a cara, con papeles y sellos, y las han sustituido por una línea telefónica donde al otro lado colocan una serie de personas que, más que para ayudarte y solucionarte problemas, están para darte pases largos y tendidos e incluso generarte algún problema adicional.

Como digo, ya estaba dispuesto a asumir ese coste extra de la última factura. Podía haber hecho el gasto, ya que me lo iban a cobrar, pero no he querido. Lo que ya me ha sacado de mis casillas es la “cartita”, cuya imagen se adjunta, donde se pueden leer un sinfín de marramachadas, por no emplear alguna otra palabra más contundente.

Esto demuestra que en empresas “grandes” los diferentes departamentos van cada uno por su lado, sin una coordinación mínima que les lave la cara ante el cliente. Desde que lo fundamental para las empresas solo es el tema económico, la imagen les importa un bledo. Los beneficios es lo que cuenta, aquello de “que hablen de mí aunque sea mal”, mientras la caja siga engrosando y engrosando.

Me dicen que me agradecen el tiempo que he pasado con ellos. Será por los disgustos que me han dado, especialmente en estos tres últimos meses, con corte, cargo por conexión y otras cosas incluidas, como el no respetar el compromiso adquirido, que no han sido explicadas ni lo más mínimo por sus servicios de atención telefónica. En este caso, hasta un chiste del famoso Forges hacía alusión a la calidad y atención de los mismos no hace poco en la prensa. Eso sí, me dicen que están a mi disposición, que siempre que los necesite podré volver a contar con ellos, que vuelva pronto, que me esperan y que me envían un cordial saludo.

¡Váyanse al guano, hombre!

Supongo que la dirección que escribe este tipo de misivas prefijadas, cuidadosamente estudiadas por empresas de imagen y propaganda, no sabe nada de toda mi historia. Simplemente el ordenador ha detectado un baja y…. zás, cartita que te crió. Eso sí, tengo que reconocer que la carta es muy mona, dice cosas muy bonitas, pero eso no concuerda con el trato recibido en otros departamentos, concretamente en el servicio de atención al cliente. ¿Por qué no les manda también una carta a ellos pidiéndoles explicaciones por esta baja? No, claro, ese no es su cometido.

Me dicen, que se esfuerzan por ofrecerme servicios innovadores que hagan mi vida más fácil. Podrían empezar por aplicar esas innovaciones a sus servicios de atención telefónica. Y no se trata de cargar las culpas a la persona que está al otro lado, que bastante hace son soportar una jornada laboral dura, sin medios, por seguramente cuatro euros, suponiendo que estén en España y no algún país por ahí donde los cuatro euros será una fortuna. Para empezar, es tan difícil hablar con ellos, que muchas veces cuesta trabajo entenderlos. No digo oírles, que se les oye, sino entender lo que dicen. En varias ocasiones he colgado y he vuelto a llamar para ver si tenía más suerte con el operador u operadora que me tocaba en suerte.

Un poquito de sincronización, por favor. No se puede estar dando palos al cliente por un lado y luego por otro poner la cara de sonrisa como si fuera la comida de Navidad. Esto me recuerda esas otras empresas, supongo que esta también, cuyos directivos se pasan la vida diciendo que lo mejor de la empresa es su capital humano mientras que por detrás y sin que se enteren, sus directores de Recursos Humanos como se dice ahora, se propasan dando palos a diestro y siniestro entre esos mismos empleados, que se quedan pasmados, al no observar una mínima coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Aunque sigan a mi disposición para todo lo que necesite, espero no verme forzado por las circunstancias a necesitarles nunca más.

Hasta nunca.

lunes, 25 de mayo de 2009

TARIFAS


Vivimos en un mundo de locos. Las cosas ocurren a tal velocidad que es muy díficil asimilarlas, cuando uno empieza a entender y manejar algun tema, ya le están cambiando. La telefonía móvil es uno de esos apartados donde uno acaba mareado si intenta estar al día de todas las innovaciones, habríamos de cambiarnos de teléfono cada mes, entender cuestiones como 3G, cuatribanda, bluetooth, conexión por infrarrojos, mapas interactivos, GPS y un sinfín de cuestiones que no son estrictamente únicas del mundo de la telefonía móvil, pero que poco a poco está siendo posible integrar en ese aparatito que llevamos casi todos como un apéndice y que nos sigue, y lo que es peor, suena, incluso cuando estamos en el baño haciendo nuestras necesidades fisiológicas.
Pero detrás de todo esto esta la compañía que nos provee de esos servicios. No sé si por suerte o por desgracia hay varias compañías, lo que dá una (cierta) libertad a la hora de escoger la que más nos conviene. Y aquí es donde entra el mundo de las tarifas, de lo que nos cobran por los diferentes servicios. Y en vez de ser transparentes y claras, parece que todas en mayor o menor medida buscan que el cliente se haga un lío y no sepa nunca a ciencia cierta que tarifa le conviene, que tarifa le están aplicando, o como le facturan sus conexiones a internet desde el teléfono, llámese “emoción” en Timofónica y que ya fue objeto de otra entrada anterior en este blog. Luego llega la factura a fin de mes y, a las pocas personas que la revisan más o menos concienzudamente, no les cuadra la falta de claridad y los criterios de aplicación de la supuesta tarifa a la que están adscritos.
Por aquello de las condiciones de permanencia, los últimos dieciocho meses mi proveedor era Timofónica. Me atrajeron con una buena oferta y me incorporé al contrato que ya tenía mi mujer con esa compañía. Primer error: yo he desaparecido, no existo, y el número de teléfono que yo he tenido de siempre pasó a ser de mi mujer. Para cualquier trámite, siempre vía telefónica, te piden el nombre y el DNI del titular del contrato. Yo me sé de memoria ambos pero lo que no sé es poner voz de mujer. Si lo consiguiera me haría pasar por ella sin ningún problema, pero así es ella la que tiene que llamar cuando quiero alguna aclaración de la aplicación de las “tarifas” o cualquier otro asunto.
En las facturas que se reciben mensualmente, Timofónica aprovecha para poner “letra pequeña” e ir cambiando poco a poco las condiciones del contrato sin que te enteres, bueno, te enteras en la factura siguiente, cuando ya no hay más remedio. Cosas como no compensar el consumo mínimo entre los teléfonos del mismo contrato o que las llamadas a números especiales, tipo mis cinco y cosas así, y los mensajes no computan para el consumo mínimo, fijado generalmente en nueve euros al mes, y cosas por el estilo.
Una de las cosas que más llaman la atención de estas tarifas de Timofónica, y no sé si de otras compañías, son los horarios, los tramos, los días laborables, fines de semana, festivos locales, autonómicos y nacionales, etc. etc. Pero lo que me parece VERGONZOSO de todo punto es la distinción que se hace a la hora de convertir los minutos en euros en función de la compañía proveedora del teléfono llamado. Parece ser que hay tres niveles de compañías, y según a la que pertenezca el teléfono de destino así es la tarifa, menor para los que están en su grupo y proporcionalmente desorbitada para las demás. Destrás de todo esto no está sino una competencia desleal, obligando de facto a los usuarios a estar todos en su grupo de compañías para que las llamadas salgan más baratas.
Así ya no basta con tomar la determinación de llamar a un amigo o compañero, sino que es muy importante saber a que compañía pertenece, ya que en función de ello podremos hablar más o menos tiempo en función del coste. Sé de alguna persona que en la agenda de nombres de su teléfono utiliza algún signo para identificar la compañía de destino. Así “Ana” sin más es del grupo normal, “Ana@” es del grupo dos y “Ana$” es del grupo tres y por ello más caro el llamarla. Lo del signo del dólar viene al pelo.
Harto de todas estas cosas, he abandonado el paraguas de Timofónica. Me cabe la duda de si tengo que informar a todos mis amigos y contactos, para que sepan que sus llamadas hacia mí les van a salir más caras, gracias a los tejemanejes de Timofónica y las otras grandes. Porque me he pasado a una de las compañías de “peor” nivel en la tarificación de las grandes: Monofónica. Había pensado hacerlo por correo electrónico, que es todavía gratis, o por SMS, que me costaría una pasta, incluso tal vez lo haga, en forma de denuncia encubierta, para que nadie se llame a engaño cuando reciba la factura al mes siguiente y vea que esa llamada que me ha hecho a mí le ha salido especialmente cara. O barata, porque los que estén con mi misma compañía solo pagarán el establecimiento de llamada, que invento, y tendrá los diez primeros minutos gratis total. Con esto lo que voy a conseguir que no me llame nadie, pero tendré que asumirlo como una especial lucha contra la injusticia que supone esa tarificación discriminativa en función del destino de la llamada.
Supongo que Monofónica será igual de mala o de menos buena que Timofónica y las otras. Es la cuarta compañía por la que transito y, dado mi carácter, supongo que no será la última. En este movimiento he tenido en cuenta diversos factores que me han resultado atractivos y que comento a continuación. El primero de ellos es que no hay condiciones de permanencia, me puedo marchar cuando quiera sin penalizaciones ni zarandajas. Los teléfonos que ofrecen, si se desea, son completamente libres desde el primer momento, por lo que en caso de cambio no hay que buscar ninguna tienda donde por veinte euros te liberan el móvil. Da igual tener modalidad contrato o modalidad prepago, las tarifas son las mismas y no hay un compromiso de gasto mínimo al mes, aunque lo único necesario es hacer una llamada con coste, con el coste que sea, cada seis meses para demostrar que el número está vivo y sigue en activo.
Pero lo mejor y lo que más me ha atraído de Monofónica es la tarifa. El coste de establecimiento de llamada y el coste por minuto hablado es exactamente el mismo, dentro del territorio nacional, los 365 días del año, se llame a fijo o móvil.
No he recibido todavía la primera factura. Las consultas de consumos a través de internet aprecen estar en orden y cumpliendo las expectativas. Veremos cuanto dura esto. Por el momento y por donde me muevo, la cobertura, otro elemento importante en la telefonía móvil, es buena y suficiente. Cuando me salgo de mi radio normal de movimiento, ya estoy preguntando a mi mujer, que sigue con Timofónica, acerca de la cobertura…. para comparar.

domingo, 17 de mayo de 2009

ZAPATOS


A medida que los seres humanos vamos alcanzando una cierta edad, las manías anidan en nuestras formar de hacer y de pensar. Es lógico. Después de repetir unas cuantas veces una determinada acción, vamos adquiriendo preferencias por realizarla de una forma determinada. Estas preferencias, según en qué manías, pueden adquirir características patológicas y nos impiden pensar siquiera que hay otras formas de hacer, de sentir y de pensar.
Me repatea sobremanera el tener que comprarme unos zapatos. No es que tenga los pies delicados, pero el período de adaptación inicial se me antoja largo y pesado. Hasta que los zapatos se han adaptado a mis pies, procuro ponérmelos solo cuando estoy cerca de casa, o llevar unos usados y gastados a mano, para evitar sufrimientos y rozaduras.
Hace años, mientras paseaba un fin de semana por una capital de provincia del centro de España, pequeña y agradable ciudad, vi una tienda donde se vendían zapatos procedentes de exposiciones y muestras. Entré, y allí un amable tendero, señor mayor con gafas de culo de botella y bata gris al que le conté mis problemas con la elección de calzado, me aconsejó un par en los que las características de la suela y de la piel, las costuras, los remates y los refuerzos me iban a ir bien. Tuvo razón y esos zapatos me sentaron como un guante desde el primer momento que me los puse para ir a trabajar el lunes siguiente. Tan impresionado me quedé, que hice un viaje exprofeso el miércoles por la tarde de esa misma semana a comprar más, adquiriendo otros cuatro pares del mismo número y modelo, todos los que tenía. Durante años fui usando aquellos cinco pares de zapatos hasta que llegó el momento en que “murió” el último par. Fue una excusa para volver por allí, pero la tienda ya no existía y en su lugar había un supermercado, donde por supuesto no vendían zapatos. Realmente el hombre era muy mayor y estaría cuando menos jubilado.
Hace un par de meses, un amigo al que le indiqué estas cuitas que tenía con el calzado, me indicó que él compraba unos que llamaban de “veinticuatro horas” en la zapatería del pueblo, que no eran caros, que eran muy cómodos y que estaban recomendados para personas que por su profesión debían de pasar mucho tiempo de pié o caminando, tales como camareros, profesores, etc. etc. Vi el cielo abierto y me compré un par de ellos. Realmente eran cómodos y en cuanto al precio estaban dentro de lo normal.
Tras utilizarlos algunos días me sentí contento porque no me había costado nada la adaptación a mis pies y eran cómodos. Pero tras unos cuantos días de uso, el derecho empezó a deformarse sobremanera, desplazándose el tacón hacia un lado de forma exagerada y haciéndolo asimismo la plantilla. Tanto que al final no se podía andar con él. El izquierdo estaba bien.
Como habían tenido poco tiempo de uso, me dirigí a la zapatería a preguntar, como profesionales que se suponen que deben de ser, sobre que podía haber ocurrido por si la deformación pudiera ser debida a un fallo de fabricación y a comprarme un par nuevo. En qué hora. Todas las explicaciones que intentó darme el tendero fueron alusivas a mi peso y a mi forma de pisar, descartando de todo punto un problema en la fabricación. Le hice ver que no tenía conciencia en todos los años de mi vida de que los zapatos tuvieran una condición acerca del peso de la persona que los fuera usar, como así ocurre por ejemplo en zapatillas de deporte especializadas para corredores, donde el peso y la pisada, pronadora, supinadora o neutra, son fundamentales a la hora de elegir unas zapatillas. Por otro lado, aludí a que el zapato izquierdo estaba intacto y el peso y los posibles defectos en la pisada eran iguales para los dos pies.
Tras una discusión, en algún momento subida de tono por su parte, se avino a “hacerme un favor”, que no era otro que consultarlo con el representante que le visitaría la semana siguiente, y que volviera a ver que le había dicho. Por supuesto no compré un nuevo par y cuando salí de la tienda iba convencido de haber perdido el tiempo y de no volver por allí.
Sin embargo, a la semana siguiente decidí pasar a ver qué había ocurrido, pues necesitaba comprarme unos zapatos nuevos. En qué hora. Con una actitud prepotente, volvió a repetirme lo que ya me había manifestado la semana anterior acerca de mi peso y las condiciones de mi pisada, para acabar diciéndome que me iba a hacer un favor al dejarme escoger un nuevo par, por la mistad que le une al viajante de la casa al que había conseguido convencer para obsequiarme con un par nuevo. Con toda tranquilidad le dije que no me tenía que hacer ningún favor y evidentemente no quería un par nuevo porque no estaba seguro de que no me fuera a ocurrir lo mismo debido a que no era un problema de fabricación y “mis condiciones de peso y pisada seguían manteniéndose”. La cosa fue subiendo de tono y me dijo que cogiera otro par, el que yo quisiera. Me despedí amablemente con un “buenos días” y cuando salía por la puerta podía oírle seguir llamándome desde detrás del mostrador para que eligiera un par nuevo….
Esto es todo lo que se llama tener “vista comercial” y más en un pueblo, donde la gente comenta las cosas, poco las buenas y mucho las malas. Supongo que tendrá un negocio floreciente y se podrá permitir el lujo de perder unos cuantos clientes.

jueves, 7 de mayo de 2009

TIEMPO

He dicho muchas veces, y también he oído, la frase de “no tengo tiempo”. “Tempus fugit” es un clásico. Ese concepto inmaterial en el que todos estamos inmersos, que nos envuelve en todo momento y que fluye y se nos escapa entre los dedos de las manos como si fuera un gas a velocidad de tornado. No es mi caso, pero hay gente que se aburre, el tiempo no transcurre para ellos y desearían que fuera más deprisa, más para huir del presente que para llegar a algún fin.

Mi opinión es que la percepción que tenemos del tiempo es congruente con lo que estemos haciendo y de cómo lo percibamos. Cuando estamos inmersos, en mente y cuerpo, en alguna tarea que nos agrada y requiere toda nuestra atención, el tiempo vuela mucho más deprisa de lo que quisiéramos. Y esto es aplicable a los diferentes ámbitos de nuestra vida, en lo personal, en lo social y en lo profesional. Parece que anduviéramos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, a contrarreloj, que no nos podemos permitir “perder” el tiempo.

Una manera de poner orden es coger rutinas. Levantarse diez minutos antes puede ser suficiente para las operaciones matutinas de aseo y desayuno. Salir con suficiente tiempo de casa para ir a nuestras obligaciones de manera relajada y tranquila es otra buena opción. Ya en nuestra ocupación diaria tomarse diez minutos cada cierto tiempo para no hacer ni pensar nada es muy positivo y mejora nuestra concentración y nuestras capacidades. La vuelta a casa sin prisa es una buena medida para la transición de lo laboral a lo personal.

Los días son todos de veinticuatro horas y las semanas de siete días. Al final la cuestión es muy sencilla. Aunque no nos demos cuenta, no queramos reconocerlo y parezca que nos dejamos llevar, tomamos decisiones acerca de qué hacer y qué no hacer a lo largo del día. Como todo, estas decisiones requieren un poco de planificación y organización. Si no lo hacemos así, estaremos haciendo algo pero con la cabeza puesta en lo siguiente. A mí me ocurre a veces en el siguiente ejemplo. Salgo a correr y a estar en contacto con la naturaleza. En vez de disfrutar de la carrera, de las sensaciones, del paisaje, del trino de los pajaritos, de un tiempo propio para pensar y relajarme, me dedico a pensar lo que voy a hacer a continuación: cuando llegue a casa me ducho deprisa, me visto rápido y a ver si llego antes de la hora tal a tal o cual sitio….. Terapias con nombre actual pero con mucha historia abogan por vivir el momento presente y disfrutar en cada momento de lo que estamos haciendo con todos los sentidos. Incluso concentrando nuestra atención en el hecho de lavar la vajilla puede ser positivo si conseguimos admitirlo como una tarea que estamos haciendo, que hemos decidido hacer y que podemos disfrutar al hacerlo.

¿Qué cosas son importantes? ¿Qué cosas no lo son? Si no nos paramos a tomar decisiones que son importantes acabaremos agobiados y angustiados. Esa ansiedad de que hablan los profesionales. Y repito, esto en casa, en el ocio y en el trabajo. Es una asignatura que parece estar siempre pendiente: como hacer un buen uso de nuestro tiempo. Actividades que son superfluas y que realmente no nos llenan pueden evitar que acometamos otras más placenteras, que cambien esas micro angustias por placeres y esto de una forma natural, como hábitos, sin que nos demos cuenta.

“Que paren este mundo, que me bajo”. El estrés no causa directamente ninguna enfermedad, pero baja nuestras defensas, poco a poco, sin que lo percibamos. Y cuando estamos bajos las llamadas enfermedad psicosomáticas pueden aparecer y agravarse: molestias gastrointestinales, hipertensión, taquicardias, caída del cabello….

Un buen punto de comienzo puede ser llevar durante unas semanas un diario lo más exhaustivo posible de lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a la cama. Lo ideal sería que contuviera también apuntes de lo que “pensamos” mientras “hacemos”. Con datos podremos tomar decisiones de ir ajustando nuestras actividades, insisto, no solo físicas sino también mentales, para conducirnos a estados mejores en los que estemos más a gusto con nosotros mismos y con nuestros intereses.

El tiempo es lo que es. Lo que puede no agradarnos es el uso que hacemos de él. Seguirá fluyendo como lo viene haciendo desde hace millones de años, una cantidad que se escapa a nuestro intelecto. Nuestra vida es muy corta y por mucho que nos esforcemos no conseguiremos hacer todo lo que nos propongamos, porque cuando acabemos una cosa ya estaremos iniciando otra. Por mucho que lo intentemos no podremos leer todos los libros que existen, así que escojamos los que leemos y disfrutemos de su lectura.

Antes de ayer estábamos tomando las uvas y pasado mañana entraremos en el verano. Lo importante es que seamos felices y hayamos disfrutado de estos cuatro días que van desde el final de un año hasta el verano del siguiente.

Dejo para otro día un concepto que puede ir asociado al uso del tiempo y que genera no pocas insatisfacciones a las personas que lo sufren: “procrastinación”.

jueves, 30 de abril de 2009

CUCO

Hace ya casi una treintena de años tuve la suerte de poder realizar un viaje en coche por centroeuropa, un viaje inolvidable. En una de sus etapas recalé en la ciudad o pueblo de Triberg, en pleno corazón de la Selva Negra alemana. Dos imágenes permanecen en la memoria, a pesar del paso del tiempo, de esta preciosa ciudad. Una de ellas es una hermosa y alta catarata que forma el río, de cuyo nombre no puedo acordarme, y otra es la preciosa calle central, en cuesta, plagada de tiendas, muchas de las cuales estaban especializadas en el producto estrella de esta zona: los relojes de cuco. Recuerdo con deleite el entrar y salir casi de todas ellas y admirar las excelentes piezas de talla de madera, las formas y los colores, los péndulos y pesas de cientos y cientos de relojes que han adoptado el nombre de este simpático pajarito por utilizar una imitación de su canto para darnos las horas y las medias.

Parece ser que el reloj de cuco no fue inventado allí, pero desde hace cientos de años la zona de la Selva Negra es un foco de fábricas y artesanos que se dedican a la construcción de este tipo de relojes. Recuerdo de muy pequeño que existía uno sencillo en casa de mis padres, y sigue existiendo. La función de dar la hora no es la primordial en este tipo de relojes, sino más bien la de acompañar a los habitantes de la casa con sus trinos a lo largo del día…. y de la noche. Se dice, y en mi caso es así, que te llegas a acostumbrar a estos sonidos repetitivos. Lo que también es cierto es que, cuando no suenan, se produce un vacío y se nota la ausencia de ellos. Parece que te falta algo, se echan de menos. Los relojes de cuco acompañan.

En esta época del todo automático y que funcione por si solo durante el mayor tiempo posible, gracias a las pilas y baterías, el reloj de cuco pone su impronta y con su corazón mecánico huye de los automatismos y cultiva una relación especial con sus dueños. Normalmente están pensados para que la cuerda que permite su marcha y sus cantos sea suficiente durante veinticuatro horas como máximo. Para ello es necesario situarlos en una zona alta de la pared de modo que las cadenas que soportan las pesas y contrapesas tengan recorrido suficiente hasta el suelo de la habitación. En mi caso he optado no situarlo tan alto con lo que es necesario acercarse a él en dos ocasiones al día.

El viajar en tu propio coche desde tu domicilio permite realizar algunas compras sin tenerse que preocupar de cómo se van a acomodar en la maleta. Con solo situarlas estratégicamente en el fondo del maletero, se dejan de ver hasta el regreso. Compré el reloj que se ve en la fotografía en aquel viaje. Si bien no recuerdo el precio, si recuerdo que fue bastante dinero, máxime teniendo en cuenta la relación entre la peseta y el marco, monedas de aquellos tiempos hoy relegadas por el euro. EL reloj ha pasado por muchas vicisitudes a lo largo de los años. Como puede apreciarse en la fotografía, en alguna de ellas perdió el “tejadillo” que decoraba su parte superior.

Los tradicionales relojes tenían los mecanismos interiores realizados en madera. Ya más adelante se optó también por realizarlos en metal, que permitía una mayor producción y una mayor durabilidad y precisión. Esto está en el interior y yo opté, con vistas a largo plazo, por uno con tripas y huesos metálicos para asegurarme una mayor duración. Realmente la belleza está en el interior pero el interior no se ve.

Aunque durante un período de estos años lo perdí de vista, el reloj lleva dando vueltas unos cuantos. Sufrió una reparación y puesta a punto hace unos diez años y desde entonces ahí sigue. Como puede verse en la fotografía, este reloj tiene además del cuco un mecanismo circular que se activa en las horas y en las medias y presenta unos muñecos que dan vueltas bailando al tiempo que se oye una melodía, distinta para las horas que para las medias. Primero sabe el cuco por la ventanilla superior y a continuación danzan los figurantes y los pájaros situados en la parte inferior realizan un movimiento en el que simulan alimentar a sus crías que están en el nido.

Cualquiera que tenga una relación con este tipo de relojes sabe que es una misión imposible mantenerlos en hora. La forma de hacerlo es subir una hoja de parra que llevan en el péndulo de forma que corran más o menos, esto es, que adelanten o atrasen. Evidentemente, este adelanto o atraso se va incrementando con el paso de las horas y hace que en poco tiempo, días, el reloj empiece a dar las horas “cuando le da la gana”.

Hay una frase que reza así “Como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Yo sabía que era imposible mantener a raya un reloj de este tipo, pero desde hace más de un año llevo intentando meterlo en vereda. Estoy realmente contento porque lleva un par de semanas en que la diferencia con uno digital de esos que llevan la hora a reglamento y pitan presenta una desviación arriba y debajo de más menos diez segundos. Lo de que sea arriba y abajo es un triunfo ya que demuestra que el reloj tiene su corazoncito y responde a las fluctuaciones de temperatura en la habitación entre el día y la noche pero no se desvía.

Intente subir durante días la parra arriba y abajo sin éxito, así que opté por adherirle en la parte posterior del péndulo un mecanismo casero consistente en un tornillo sin fin con una tuerca. Tras semanas y semanas de micro ajustes a base de subir y bajar la tuerca, he llegado a poner tres tuercas y conseguir que se mantenga. Otra cuestión que he averiguado y que es muy importante es que el reloj esté fijado a la pared de forma que al limpiarlo o darle cuerda no se desplace horizontalmente. En las fotografías de más abajo, malas de solemnidad, se puede apreciar la fijación a la pared y el mecanismo que he adosado al péndulo.
















miércoles, 22 de abril de 2009

ACHIPERRES


Es una palabra rara, pero que se oye de vez en cuando. Mi hijo tiene mucha costumbre de pronunciarla para referirse a trastos, cachivaches, cacharros y cosas que andan por ahí sin un fin concreto pero que nadie toma la decisión de quitarlas de en medio, bien sea buscando un sitio adecuado y definitivo para ellas, bien sea depositándolas en la basura, que es uno de los mejores sitios para cosas que no tenemos muy claro para que sirven.
No se molesten en buscarla en el diccionario oficial de la Real Academia, no viene. Un “diccionario” mucho más amplio es la propia internet, donde los buscadores encuentren casi cualquier cosa que les solicitemos. Algunos diccionarios populares la definen con el mismo o parecido concepto al que he aludido: Objeto de poco valor cuya utilidad se desconoce.
No son achiperres en sí, pero me quiero referir a la cantidad de trastos que cada vez más nos vemos obligados a llevar encima. Me explico.
De siempre ha habido grandes diferencias entre hombres y mujeres, hablando en términos generales. Es costumbre en ellas portar bolso, generalmente lleno de cosas “por si acaso” entre las que además de la cartera y las llaves de casa y coche, se incluían productos de cosmética, de costura, de acicalado,….. Los hombres llevaban la cartera y las llaves y aquellos que fumaban el tabaco y las cerillas o mechero. Eso era antes. Ahora ellas fuman y también tienen que llevar tabaco.
Hubo un tiempo en que se pusieron de moda las “mariconeras” que eran generalmente utilizadas por hombres cuando tenían necesidad de incrementar el número de objetos que llevaban encima y no querían, sobre todo en verano, llevar los bolsillos abultados y llenos de cosas. ¿Se imaginan, los que fumaban en pipa, llevar esta en el bolsillo de la chaqueta?
Otra cosa que ambos llevaban era el reloj, pero este es un artilugio pequeño, aunque puede ser un mazacote que viste mucho, y salvo caballeros con modelos de cadena y bolsillo, se lleva de siempre en la muñeca. Casi se ha convertido en un apéndice más del organismo, máxime desde que son acuáticos y a prueba de agua, con lo cual muchas personas, entre ellas yo, no se lo quitan ni para ducharse o dormir.
Durante décadas las cosas han estado así. Pero últimamente se van añadiendo achiperres a llevar encima a diario. Uno de ellos es el teléfono móvil. Casi todo el mundo lleva uno. Colgados del cuello, en el bolso, en la mano, en el cinturón …. vamos todos cargando con el teléfono. Hubo una época en que se fueron reduciendo de tamaño y peso, para facilitar su acarreo, pero últimamente, al incorporarles nuevas funcionalidades, como por ejemplo GPS, mapas, acceso a internet y servicios telemáticos, el tamaño, y lo que es peor el peso, vuelve a aumentar de nuevo.
Bueno, esto no es muy problemático. En el bolso o en la cintura un móvil no molesta mucho. Pero seguimos haciendo acopio de trastos y viéndonos obligados a llevarlos encima de un sitio para otro. Y aquí llegamos al punto al que quiero referirme. El desplazamiento al trabajo, sobre todo en las grandes ciudades, en muchas ocasiones se realiza en transporte público. Me estoy fijando últimamente y cada vez es más frecuente observar personas que llevan a cuestas ordenadores portátiles. ¿Ha llevado Vd. alguno alguna vez a cuestas? Les puedo garantizar que pesan lo suyo, y acaba uno harto de accarrearlos. Últimamente se ha anunciado uno que sobrepasa los cinco kilos, aunque lo normal es que sean alrededor de tres kilos. ¿Cómo llevarlos? Si nos fijamos en esto hay a grandes rasgos varios tipos. No se puede generalizar, pero observo que las mujeres suelen llevarlos en carritos con ruedas, parecidos a las maletas últimamente en boga. No olvidemos que además del maletín con el ordenador siguen llevando su bolso …. pleno de de trastos. En cuanto a los caballeros se observan dos tendencias. La más clásica es la bolsa de bandolera, pero con esto se acaba con el hombro, o ambos hombros, doloridos y cansados. Más en boga y más moderno está el uso de mochilas adaptadas a llevarlos, pero aquí son mayoritarios los jóvenes, aunque ya cada vez más los mayores van sucumbiendo a la comodidad y optan por las mochilas.
Tenemos que aplicarnos lo de “ande yo caliente y ríase la gente”. Al final lo que se trata es de soportar estos achiperres que vamos añadiendo a nuestro transporte diario de la forma más cómoda posible. Hubo una época en que se pusieron de moda los maletines de mano, especialmente en los ejecutivos, pero debe ser que estos van en coche a su trabajo y no se ven ya los maletines en los transportes públicos.
Aunque somos muy dados a importar con retraso las ideas de los americanos, no ha calado aquí el ir por la calle perfectamente trajeados o arregladas con zapatillas deportivas que nos permitan ir cómodos aunque nos tengamos que cambiar al llegar al trabajo, sobre todo si este requiere un tipo de vestimenta que no incluya las deportivas.
Yo utilizo la bolsa de bandolera, pero ya estoy harto. Lo bueno es que en contadas ocasiones necesito llevar el portátil a cuestas. Pero cuando llega una de esas semanas como esta, que ando con él a cuestas de lunes a viernes, empiezo a pensar a tomar alguna determinación que me haga más llevadero este martirio.

miércoles, 15 de abril de 2009

NUMEROS


Esperando hace unos días la llegada del tren a la estación de Torrelavega, en Cantabria, me fijé en el reloj de la estación. Un reloj con el aspecto de llevar muchos años marcando el tiempo atrajo mi atención por los números de la corona principal, que como se puede ver en la foto son “romanos”. Curiosamente, la segunda corona son cifras “árabes”, las que usamos normalmente.
Recordé las instrucciones y reglas que aprendimos en el colegio, no recuerdo el curso porque han pasado ya muchos
años, acerca de cómo construir los números romanos y se me antojó que el número cuatro del reloj estaba mal escrito siendo su notación correcta “IV”. Mi teoría se reafirmó en esos momentos al ver la regla correctamente aplicada en el caso el número “9”, anteponiendo “I” a “X”.
Así quedó la cosa pero cuál sería mi sorpresa al entrar al día siguiente en un restaurante y ver en la pared un reloj de propaganda de una conocidísima marca de refrescos, que también estaba construido con números romanos y presentaba la misma notación, “IIII” en lugar de la que yo suponía como correcta “IV”. Desde ese día me persiguen los relojes con numeración romana, o es que yo me fijo más en ellos, llegando ayer a ver uno en una mercería realizado manualmente en punto de cruz y que curiosamente también presentaba la misma notación así como un anuncio en una revista de uno de pulsera con idéntica apariencia.
No ha quedado más remedio que investigar lo que para mí era novedoso y extraño. Un acceso a internet ha revelado un montón de información sobre el asunto, lo que quiere decir que el tema no es nuevo y se ha hablado mucho y escrito sobre ello.
Aunque hay algunas opiniones divergentes, académicamente y siguiendo las reglas, el número árabe “4” se escribe como “IV” en la notación romana. Pero se aventuran algunas teorías, entre las que he sacado las siguientes, para justificar el porqué esta licencia en la construcción de los relojes:
- IV representa al dios romano Júpiter, por lo que se consideraba una especie de irreverencia y se sustituyó por IIII.
- Dado que el número VIII que figura en la parte opuesta de la corona del reloj tiene una amplitud física considerable, por razones de simetría visual se consideró utilizar IIII y que no quedara la imagen descompensada.
- Un relojero suizo entregó un reloj que su soberano le había encargado, pero cometió el error de representar el número 4 como IIII y no usando el IV. El monarca, indignado, hizo ejecutar al desafortunado artesano, y desde ese momento, a modo de protesta y homenaje, todos sus colegas comenzaron a usar el IIII en vez de IV (tomado de Wikipedia).
- Parece ser que al principio los propios romanos adoptaron el sistema de sus antecesores etruscos, conocido como método aditivo, en el lo correcto era “IIII” para “4” y “VIIII” para “9”, si bien luego pasaron al definitivo conocido como método sustractivo.
- El Rey Luis XIV de Francia, al parecer de forma caprichosa, ordenó a sus relojeros que lo hicieran así y esa costumbre ha permanecido.
Probablemente existan algunas teorías más y serán o no ciertas como estas que hemos comentado. Pero lo que es un hecho es que gran parte de los relojes siguen esa norma. Hay uno muy famoso que ha optado por poner los números romanos “como Dios manda”: el Big Ben que preside el parlamento londinense y cuya fotografía está en la parte inferior.
La numeración romana es engorrosa de leer y utilizar, mucho más si lo que queremos es realizar operaciones matemáticas. No contempla el cero y no admite la representación de grandes cantidades, teniendo que utilizar tildes al estilo de la “eñe” cuando queremos escribir grandes cantidades. Y aquí grandes son los números superiores al 3899.
Sin embargo la numeración romana ha llegado hasta nuestros días, no solo por los muchos monumentos que se conservan de esa época sino porque es costumbre utilizarla para la numeración de reyes y papas, en obras de teatro o en los capítulos de los libros… además de en los relojes.
Según escribía esto he recordado un reloj que regalaron hace años cuando me despedí en una empresa tras casi veinte años en ella. Le utilizo poco, solo en ocasiones señaladas, ya que es muy bonito y sencillo. Lo curioso del caso es que la numeración está realizada con números romanos y tiene su correspondiente “IIII”. Y yo sin darme cuenta.




sábado, 4 de abril de 2009

ESPÁRRAGOS

¡Vete a freir espárragos!

Seguro que hemos dicho u oído esta frase muchas veces a largo de nuestra vida. El sentido de la misma es claro y significa generalmente que estamos hartos de una determinada persona y con esta corta y contundente expresión le conminamos a que se aleje de nosotros y nos deje tranquilos. A modo de matización, el diccionario indica que es despedir a alguien con aspereza, enojo y sin miramientos.

Eso es lo que nos hizo hace unos días Félix, gran amigo y compañero de trabajo, solo que no se atuvo estrictamente a lo indicado en el diccionario y se vino con nosotros. Nos invitó a una jornada de campo y camaradería en su pueblo natal, sito en zona sureste de Madrid. Como estamos en la época, reunió a doce personas con la excusa de ir a recoger espárragos al campo.

La excusa resultó muy buena para, además de aprender a detectar las esparragueras y localizar los apéndices comestibles, dar un largo y bonito paseo por una zona cercana a la vega del río Tajo. Se trataba de llegar a un promontorio especial denominado “La Cárcava” desde donde teóricamente se podía contemplar una hermosa vista. Lamentablemente, el acceso a la misma se encontraba vallado y aunque no era difícil el soslayar la valla, por arriba, por abajo o por en medio, llegamos un poco tarde y acordamos que sería motivo para intentarlo otro día.

Sin ser una zona llana, tampoco es abrupta, con ligeras ondulaciones que hacen el paisaje agradable. Caminos y veredas, tierras en barbecho, eriales, plantaciones de trigo o campos de almendros u olivos fueron apareciendo y desapareciendo de nuestra vista a medida que avanzábamos, en un silencio agradable solamente roto por nuestras conversaciones. Algunas liebres y conejos se sorprendieron a nuestro paso y pusieron tierra de por medio sin esperan a comprobar nuestras intenciones. El día fue muy agradable, soleado, con un poco de fresquito, y contribuyó a hacer la mañana llevadera y placentera.

Y tras el paseo, ya se sabe como acaban generalmente estas cosas, con buena comida, mejor bebida y agradable charla. Antes del paseo nos habíamos divido en grupos que se encargaron de hacer el acopio: unos al supermercado a por las chuletas, chorizos, morcillas, tomates y lechugas, vino y gaseosa y en general todos los ingredientes para poner la parrilla en marcha y dar cuenta de ello. Otro grupo se acercó a la tahona del pueblo a por el pan y unos bollitos para el café, mantecaditos y “pastas-flora”. Un producto típico de la localidad.

La casa de los padres de Félix está en el centro del pueblo. Una casa con más de quinientos años que conserva el sabor tradicional de antaño. De las de muros generosamente anchos que guardan el calor en invierno y mantienen el ambiente fresquito en verano a poco que las persianas detengan la luz del sol. Me recuerda a la casa de mi abuela en un pueblo de Toledo, si bien esta es de dos plantas y aquella era de una. Félix organizó una excursión a través de una trampilla a la guardilla o desván, parte alta de la casa, inmediatamente debajo del tejado y que suele destinarse a guardar objetos inútiles o en desuso. Allí pudimos contemplar las vigas de madera que llevan más de quinientos años cumpliendo su función de sujetar las ripias sobre las que descansan las tejas. Aunque la luz se colaba por innumerables resquicios, no así el agua. Nos comentó Félix que tienen previsto hacer una remodelación completa del tejado en la que tendrán que decidir si las vigas son reemplazadas por el más moderno material de hierro.

La colecta de espárragos no fue grande pero si suficiente para preparar un aperitivito que añadir a la clásica cerveza y las patatas fritas mientras el fuego cogía tono para asar las carnes. Tiene algo de ancestral el preparar, cocinar y comer algo que has recolectado en el campo. Habría una época que este era el modo de subsistencia de las personas, aunque nosotros lo tenemos olvidado: nuestro campo es el mercado y los productos distan mucho de ser tan naturales.

Una vez estuvieron las ascuas a pleno rendimiento, desfilaron por encima de la parrilla las carnes y de ahí a la mesa, donde reposaban poco antes de ir a parar a los estómagos hambrientos de los comensales. Ya al final, cuando llegaron las chuletas, andaba la gente un poco llena y sobraron algunas. Con el café y no sin esfuerzo, pudimos degustar los mantecaditos y las “pasta-flora”, delicadas y exquisitas. Algunos nos añusgamos al forzar nuestra tragaderas a engullir más de lo que debíamos. Sobraron algunas que hubo que repartir entre los asistentes, no porque no estuvieran deliciosas, sino porque ya no podíamos más.

Un ambiente inmejorable de camaradería prolongó la sobremesa, y sin partida de mús, hasta más allá de las seis de la tarde. Se imponía el recoger y volver a casa. Un día inolvidable y para repetir. Félix está sugiriendo que se le da muy bien hacer gachas y mucho me temo que los demás haremos todo lo posible y lo imposible por estar dispuestos a que nos mande de nuevo “a freir gachas”… siempre que se venga con nosotros.


Fotografías cortesía de Luis F.P. y Benja


























martes, 31 de marzo de 2009

DNI


Hablando de españolitos y españolitas, todos sabemos el significado de este acrónimo ya que lo tenemos que utilizar muchas veces a lo largo de nuestra vida. En teoría y en la práctica la mayoría de las veces es el documento que acredita nuestra personalidad de cara a los trámites que tanto con empresas oficiales como particulares nos vemos obligados a hacer o hacemos motu proprio.
El DNI se “inventó” al parecer en un decreto de 1944, pero no se emitió el primero hasta 1951. Llevaba el número 1 y no haría falta decir a quién perteneció. Francisco Franco. Desde esa fecha se generalizó y todo español mayor de una cierta edad, que creo que son 14 años tiene la obligación de obtenerlo, aunque se le puede hacer, cosa muy recomendable, a un niño recién nacido. Ya que vamos a estar fichados, cuanto antes mejor.
A lo largo de los años ha sido un objeto codiciado por enemigos de lo ajeno y personas que se dedicaban a hacer negocios muy limpios. A pesar de estar impreso con papeles especiales emitidos por la Fábrica de Moneda y Timbre y tratado con toda clase de miramientos, era fácil falsificar el modelo antiguo plastificado. Hoy en día se emite ya el modelo electrónico, con su chip, y presentando más dificultades para su duplicación, pero como se sabe ya por experiencia, todo es cuestión de tiempo.
Siempre se ha dicho que tenemos la obligación de llevarlo siempre encima, para mostrarlo cuando nos sea requerido por una Autoridad Competente o en multitud de ocasiones. Por ejemplo, cuando queremos acceder a un Centro Oficial o Privado de un cierto tamaño, de esos que tiene vigilante de seguridad, se nos insta a mostrar el DNI o algún documento equivalente como el pasaporte o el carnet de conducir. Incluso en algunos sitios hacen una fotocopia del mismo, cuestión que no parece muy legal ni mucho menos ética, pero lo hacen.
Hay algunos mitos alrededor del DNI, que al parecer no son ciertos. Uno de ellos es el que dice que cuando a uno que lo obtiene por primera vez le corresponde un número bajo es debido a que anteriormente esa numeración pertenecía a una persona fallecida. Según parece esto no puede ocurrir ya que un número tiene que pertenecer a una única persona por motivos legales. Eso puede chocar con la lógica, dado que en casi sesenta años emitiendo DNI’s y con una población actual rondando los cuarenta millones de españoles, deberían de aparecer carnets con numeraciones cercanas a los 100 millones.
Toda esta pequeña investigación ha venido por dos situaciones que se dan con cierta frecuencia en el devenir diario y que devalúan el valor del DNI. Obtener un número de DNI y el nombre de su titular es una cosa relativamente fácil hoy en día: pruebe a invocar a Mr. Google con su carnet de identidad, yo me he llevado una sorpresa de las veces que aparezco por diferentes motivos. Otra forma es darse una vuelta por una Universidad o Edificio Público y echar un vistazo a los tablones de anuncios, donde están sujetos todo tipo de documentos de nombramientos, enlaces sindicales, estudiantes o personal admitido a una determinada prueba.
Una de las situaciones viene deriva de la tremenda locura que supone hoy en día que hayan desaparecido las oficinas donde hacer los trámites cara a cara y con papeles. Las empresas dicen que esto ha mejorado los trámites pero ellas no lo han hecho por eso, sino por ahorrar costes. Un ejemplo: yo me sé el nombre de una persona, su teléfono y su DNI. Llamo al servicio de atención telefónica de una determinada empresa de telefonía y solicito un cambio en el contrato. Lo único que se limitan a verificar es que si tienes un nombre masculino y una voz masculina, con que facilites el DNI parece que ya estás habilitado para hacer cualquier trámite.
Propongo una pequeña prueba. Dirigirse con un amigo del mismo sexo y parecida edad a efectuar una compra en un supermercado o poner gasolina. Uno de ellos podrá casi con toda seguridad utilizar la tarjeta de crédito del otro siempre y cuando le preste también su carnet de identidad. No hace falta ni siquiera imitar la firma. El empleado verifica generalmente el nombre de la tarjeta con el nombre del carnet de identidad, pasará la tarjeta por el lector y nos la devolverá antes siquiera de que se haya impreso el papel que nos va a poner para firmar. ¿Cómo va a comprobar siquiera un poco por encima la firma si el carnet y la tarjeta de crédito ya están en nuestra cartera?.
No pasan más cosas porque no nos ponemos a ello. Por si acaso, es muy conveniente tener a buen recaudo nuestro DNI y nuestras tarjetas. Y eso que generalmente los llevamos juntos en la misma cartera.
Ya lo he comentado anteriormente en este blog: llevo más de un año y medio sin firmar con mi nombre en los papeles que me presentan con motivo de la utilización de la tarjeta de crédito. No pasa nada. ¿Para qué sirve entonces la firma?