Desde hace ya muchos años —2010— reconozco que soy amante de los libros electrónicos —eBooks— leídos en lectores electrónicos —eReaders— de tinta y no en ordenadores, teléfonos o tabletas. Muchas horas pasadas en el transporte público sujetando como podía mamotretos enormes de libros en papel me hicieron caer, por comodidad, en la propuesta incipiente por aquella época de los lectores electrónicos: cómodos, transportables, con la batería duradera, con capacidad para llevar varios libros y, sobre todo, muy livianos. En ese año publicaba sobre estos asuntos la entrada de este blog titulada «E-books».
La industria del libro ha progresado mucho desde entonces y ya hay disponibles una miríada de libros en formato electrónico, si bien algunos de los que se publican hogaño no lo hacen en ese formato: una forma de evitar su circulación indebida, aunque esto es solo cuestión de tiempo. Incluso libros antiguos, si suscitan el interés de alguien con capacidad y ganas, pueden ser pasados por lo que se conoce en el argot como «la batidora» y digitalizados. La batidora no es otra cosa que un escáner controlado por un programa de captura OCR. Maquetación, formateo, corrección de erratas y… ¡voilá!... libro electrónico. Luego están los audiolibros, esos creados para ser escuchados, un mundo en el que no he entrado ni creo que lo haga porque no me concentro.
De forma tangencial y para posibles interesados, mencionaré aquí el haber finalizado recientemente las tres entregas del curso MOOC titulado «El libro» dirigido por los profesores de la Universidad (Pública) Carlos III de Madrid Diego Navarro Bonilla y Eduardo Juárez Valero. Está disponible hasta finales de junio de 2026 de forma gratuita —si no se quiere certificado oficial— en la plataforma EDX en este y otros enlaces. Más que interesante y completo con piezas de vídeo que suman más de 27 horas de información técnica y variada.
Volviendo al asunto que hoy nos ocupa, no podemos olvidar la disquisición de los conceptos de «continente» y «contenido» en relación con los mundos del libro. Un novela o ensayo, que por lo general leeremos una vez, puede ser devorado en forma electrónica sin más: el «contenido» es susceptible de ser utilizado en su forma digital sin mayores problemas. Incluso el propio lector nos permitirá subrayar o tomar notas que nos puedan ser interesante conservar.
Pero hablando de «continente» ya estaremos en otro nivel. Vea la siguiente imagen…
Se trata de uno de los dos tomos —tomazos— editados por Patrimonio Nacional en 1963 con motivo de la celebración del IV Centenario de la Fundación del Monasterio de San Lorenzo El Real de El Escorial por el rey Felipe II. Un formato de 26x33 cms., con 730 páginas muy cuidadas, atiborradas de planos, fotografías en blanco y negro y color, que, dicho sea de paso, pesa como un demonio por lo que es muy recomendable el utilizar un atril para manejarlo y disfrutar de su contenido. ¿Digitalizable? Claro, como todo lo que está en un papel, en imagen o texto o una combinación de ambos, pero….
Esto es solo un ejemplo. Hay multitud de libros que no admiten comparación entre sus versiones físicas (en papel) o digitales. Eso siempre y cuando existan ambas. Pero hay otras consideraciones adicionales a tener en cuenta.
Mi padre, fallecido en 2010, manejó a lo largo de su vida muchos libros, por supuesto todos en papel. Uno de ellos (que recuerdo haber utilizado yo también) era uno de los famosos Miranda Podadera, concretamente el de Ortografía Práctica de la Lengua Española…
Como éramos cuatro hermanos y solo había un ejemplar… no me tocó. En estos días lo he recordado y he procedido a comprarlo en un portal de internet de libros usados: 5 euros me ha costado, con envío incluido. Estos libros, ya antiguos, me gusta comprarlos en ferias de libro antiguo o en este portal (Iberlibro), porque (algunos) tienen y vienen con historia. Por ejemplo, este llevaba en su interior un papel con la imagen que puede verse al principio de esta entrada: parece un patrón de corte y confección de una chaqueta y sus mangas. ¡Toma Inteligencia Artificial que diría un castizo! La pregunta es si se podría llevar a un taller de sastrería si es que siguen existiendo para confeccionarse una prenda con esas medidas, por supuesto, adaptadas.
En libros usados las sorpresas pueden estar garantizadas. Y no siempre son positivas. Vea la siguiente imagen de otro libro cuyo continente tiene las cubiertas de cuero repujado con cierres metálicos y cuyo contenido está impreso en pergamino…
Le faltan varias páginas al final, eso sí, han dejado la última si bien mutilada; se ve que a alguno de los propietarios el gustó la ilustración y la cortó para dedicarla a otros menesteres. Se puede deducir que es la última página por el «Amen» en la última línea. No es la única vez que me ha ocurrido en libros de segunda mano: en otra ocasión le faltaban páginas centrales, vete tú a reclamar.
Hay una casuística enorme en esto de los «continentes» usados. Un concepto no existente en el diccionario es «marginalia», derivada del latín y que significa «en los márgenes». Muchos lectores no se privan de utilizar los márgenes en blanco en las páginas de los libros para rellenarlos con un sinfín de anotaciones, reflexiones, dibujos, etc. Estos aportan una historia añadida al propio libro, que pasa de esta forma a ser único. Con esto se suscita la eterna pregunta: ¿Hacer anotaciones en los libros? ¿Hacer anotaciones en los libros... propios?
En la portada, que no la cubierta que no es lo mismo, de un tratado de Paleografía Española editado en 1932, figura escrito a mano «Mª Teresa Rodríguez Monteverde, 31-10-1948» ¿Propietaria? ¿Fecha de compra? ¿Vivirá todavía? ¿Tendrá descendientes que se deshicieron del libro? Y luego en muchas de sus páginas hay anotaciones manuscritas como «Gótica caligráfica», «Carta privada», «Humanística», «Cortesana»… Un mundo de notas añadidas que aportan un toque especial al libro impreso.




