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domingo, 19 de agosto de 2018

PRIVACIDAD



La privacidad ha sido un elemento importante en la vida de las personas a lo largo de la historia. Entraba en las decisiones personales de cada cual el compartir o no con otros ciertos aspectos de su vida. Los tiempos cambian a toda velocidad y vemos como este asunto ha cambiado de forma alarmante para todos y especialmente para los jóvenes: muchos de ellos no saben siquiera lo que significa este concepto, que el diccionario define en su segunda acepción como «ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión». Todos los minutos de su vida diaria están expuestos de forma clara por sus interacciones y comentarios en las redes sociales.


Hace poco más de un mes, a primeros de julio de 2018, escribía sobre estos temas en la entrada «FISGONES» y vuelvo sobre el asunto en tan corto espacio de tiempo porque ha llamado mi atención esta semana que varios medios han incidido en el asunto. Así, el diario El País titulaba «Google sigue tu rastro, aunque le digas que no lo haga», el diario ABC utilizaba un titular muy similar «Google te rastrea incluso aunque le digas que no lo haga» y finalmente, por no ser exhaustivo, un generador de noticias en internet, El Androide Libre, decía en uno de sus interesantes artículos sobre el mundo de los teléfonos móviles bajo sistema operativo Android que «Google sabe dónde estás, aunque desactives el historial de ubicaciones». En realidad, estos tres medios y supongo que otros muchos lo único que han hecho es hacerse eco de la noticia aparecida el lunes trece de agosto de 2018 en Associated Press publicando las conclusiones de un estudio encargado a la Universidad de Pricetow.


Repito esa frase estrella que ya es archiconocida: «Cuando algo es gratis, el producto eres tú». La fiebre por acumular información de las personas es una constante en las grandes empresas inmersas en el mundo de las comunicaciones y redes sociales. Los datos son lo que ahora se denomina «oro líquido» y su captura masiva se ha vuelto un objetivo de primer orden. No solo Google, sino otras muchas en la medida de sus posibilidades almacenan información que o bien utilizan en su propio beneficio para conocer tendencias o bien la ceden, o venden, a terceros.


Hace un par de años, en la programación de unas rutinas que utilizaban los servicios de Google Drive, el espacio en la nube gratuito para los usuarios de Google, unos resultados extraños llamaron mi atención. Hacía la solicitud de un fichero de texto y Google me devolvía ─y me sigue devolviendo hoy en día─ uno muy antiguo ya borrado de abril de 2016. Es un claro fallo en los servicios de Google que resuelve de forma incorrecta mi petición, pero si me devuelve esos datos es porque los tiene. Un fichero borrado hace ya más de dos años que sigue guardado. Lo más curioso del caso es que si intento ver, modificar o borrar ese fichero, Google me dice que no es mío, no me deja realizar la operación. Lo tiene en sus entrañas, pero ya es suyo. Esto no es nuevo, ya que en otro momento comentamos como obtener TODOS los correos electrónicos que un usuario ha mandado o recibido desde que se dio de alta en el servicio gratuito en «Gmail». En mi caso recuperé 8 gigabytes de correos desde 2009 pero algún amigo que hizo la operación alcanzó casi los 50 gigabytes: miles y miles de correos, todos los de su historia en la red.


La recomendación básica es poner en off el GPS mientras no lo necesitemos. Con ello, al menos en teoría, nuestro «historial de ubicaciones» se quedaría ciego. También podemos eliminar este historial, pero que lo intentemos y se nos confirme que efectivamente esta eliminado no implica que realmente lo esté. Por si esto fuera poco, otros vericuetos alternativos, difíciles de encontrar para los usuarios normales, siguen manteniendo nuestra información. «Todos los caminos conducen a Roma» y Google, y los otros, se las arreglan para utilizarlos en su beneficio.


Este mensaje es constante: «Solo tú puedes ver estos datos. Google protege tu privacidad y seguridad» en muchos de los avisos. Otra cuestión es que sea verdad y, aunque lo sea en estos momentos, no sabemos si lo puede ser en el futuro. Los datos existen, están guardados y bien guardados y su control puede variar con el tiempo y las circunstancias. También tenemos por doquier este aviso: «Los datos que se guardan en tu cuenta te permiten disfrutar de experiencias más personalizadas en todos los servicios de Google. Elige qué funciones quieres que guarden datos en tu cuenta de Google». La finalidad no es guardar los datos en sí sino proporcionarnos unas mejores y más personalizadas experiencias. Muchas gracias por preocuparse por nosotros.


Puede ser muy interesante para un usuario consultar el historial de ubicaciones. Seguramente se llevará muchas sorpresas del alto detalle de cosas que Google tiene registradas. Por ejemplo, el día 19 de diciembre de 2013, Google dice que estuve en el colegio de mi hija desde las 14:56 hasta las 16:47. Será verdad, quizá una función de teatro por la fecha, pero ni yo mismo lo sé o lo recuerdo. Igual que pone eso, sería muy fácil, como todo lo electrónico, cambiarlo y poner que he estado en otro sitio. ¿Qué fiabilidad se les otorga a estos datos guardados y sin contrastar?   ¿Y si ese día mi teléfono estaba en el bolso de mi mujer y yo estaba en otro sitio? ¿Qué pasaría si por un fallo informático –que los hay─, o a sabiendas, se intercambiaran mis registros con los de un peligroso delincuente? Interrogantes no contestadas y de los que parece que no nos preocupamos y nos pueden acarrear más de un disgusto.


Seguimos queriendo, tenemos la necesidad de, utilizar nuestros móviles. Lo llevamos todo en ellos. Ya no nos sabemos de memoria ni el teléfono de la oficina o de nuestros familiares. Si nos roban o perdemos el móvil no podríamos llamar a nadie desde otro porque no nos sabemos de memoria ni un número. Pero no solo es el móvil, en casa tenemos los Alexa, Ok. Google, Siri u otros que también registran lo que hacemos. Y aunque seamos cuidadosos, entraremos a hacer alguna consulta en el ordenador de ese hotel perdido en el culo del mundo y con ello habremos dejado rastro de que estuvimos allí.


Por mucho que lo intentemos no podremos escapar completamente. Hagamos al ejercicio de comprarnos un móvil nuevo, con un número nuevo y abramos una cuenta nueva de Gmail que es necesaria sin dar ningún dato nuestro y cuando sea obligatorio datos falsos. Renunciaremos a la agenda, a los contactos, a ciertas aplicaciones… ¿Podemos hacerlo? Google irá registrando información de este nuevo usuario (ficticio) hasta que un día un amigo nos llame por teléfono. Ese amigo tendrá en su agenda nuestro nombre real con lo que… ¡ya está!, las piezas del puzle irán encajando poco a poco y será cuestión de tiempo estar, como se dice ahora, triangulados.


Recomiendo a todos que se den una vuelta por la cuenta de Google. Es tan sencillo como ir a www.google.com e identificarse con el mismo usuario que tengamos en nuestro móvil. Una vez identificados, pulsando en nuestra foto o si no la tenemos en la imagen que aparece arriba a la derecha podremos acceder a ver los términos de privacidad en los que Google nos cuenta lo que hace, no se esconden, y pulsando en cuenta de Google acceder a un mundo que nos sorprenderá sin duda. En la parte central, dentro de «información personal y privacidad» podemos bajar e ir a «ir a mi actividad» donde encontraremos de todo: desde nuestras fotos o las que nos han enviado desde hace varios años hasta las veces que un determinado día ya lejano, con sus horas concretas, hemos utilizado el correo electrónico, la aplicación de WhatsApp o hemos buscado el plano del metro en la web.


Para finalizar y como informático de profesión, me pregunto la cantidad de discos de almacenamiento que tendrá Google para guardar esta montonera de información de millones de usuarios y los procesos para su gestión. Me parece un milagro.



miércoles, 15 de agosto de 2018

SOBRESALTOS



Con motivo de la estancia de mi hija en EE.UU. en su año de estudios, en estos dos últimos años ella y nosotros hemos tenido que desplazarnos en avión, pues los más de ocho mil kilómetros que separaban nuestra casa de su destino no permitían considerar otra forma de transporte. Mala suerte o las circunstancias, ha ocurrido de todo en los vuelos: retraso considerable de cinco horas, cancelación de los vuelos y un día de retraso,esto en dos ocasiones y pérdida de la maleta al llegar a destino. Algo contaba en la entrada «VOLAR» de este blog donde decía que la saturación de pasajeros y las nuevas formas de acometer las incidencias de las compañías aéreas ponen a los sufridos paganinis a los pies de los caballos con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si no que se lo digan, en estos días del verano de 2018, a los miles de viajeros de Ryanair que contrataron y pagaron sus vuelos hace meses y se han quedado en tierra y con evasivas de todo tipo por parte de la compañía en cuanto a su reubicación o indemnizaciones.




Mi hija regresaba este fin de semana de EE.UU. en un vuelo que no era directo y por el que tenía que hacer una conexión en París. Hoy en día tenemos tremendas posibilidades a través de internet de consultar las reservas, efectuar el check-in y obtener las tarjetas de embarque y en algunos casos hasta pre-facturar el equipaje. Esto es muy bueno cuando las cosas funcionan, pero cuando no es así… sobresalto al canto.


Por pura rutina, a principios de la semana accedí a la web de la compañía, en este caso Air France, para consultar el estado de la reserva, que estaba confirmada desde abril de este año. Por aquellas cosas del destino, ni a través del código de reserva, ni a través del billete, ni a través del vuelo, ni a través de nada, aparecía la dichosa reserva. Aunque hoy en día todo se puede hacer por internet, en ciertas cosas conviene seguir utilizando los servicios de una agencia de viajes, máxime cuando el importe va a ser el mismo, porque te puedes llevar alguna sorpresa positiva, como nos ocurrió con el billete de este vuelo en el que nos ahorramos casi 200 euros por la profesionalidad de Marisa, de la agencia IMAGINE EVENTS, a la que estaremos eternamente agradecidos. Le facilitamos los datos del vuelo exacto que queríamos, anduvo trasteando unos días, y nos encontró una «solución» que nos ahorró como digo casi 200 euros. Ella se encargó de todo y nosotros lo único que tuvimos que hacer es una transferencia por el importe.


Como puede verse en la imagen, la reserva no aparecía y estaba tecleando los datos perfectamente. La bilirrubina empezó a subir alarmantemente. Llamé por teléfono a la agencia y aunque me dio la impresión de que Marisa no estaba en la oficina, me atendió maravillosamente y me dijo que efectivamente Air France no reconocía la reserva pero que su compañía aliada KLM sí la tenía. Que al día siguiente lo miraría con más calma pero que todo estaba correcto. Menos mal. Aun así, y para quedarme más tranquilo, llamé al teléfono de atención de Air France donde tras un buen rato de … «todos nuestros operadores están ocupados», me atendieron en español, me confirmaron que la reserva estaba correcta, pero hicieron oídos sordos al problema de acceso vía web alegando que sería un problema temporal o incluso de mi navegador. Lo probé desde cuatro navegadores en dos ordenadores diferentes y en ninguno funcionaba.


El siguiente paso a realizar desde casa era el check-in para obtener la tarjeta de embarque y confirmar el vuelo, que en el caso de Air France puede hacerse desde 30 horas de la salida del vuelo. Me pongo manos a la obra y esta vez me reconoce la reserva, los datos, pero en la tercera pantalla me pide que inserte la dirección en el país de destino. ¿Qué narices le importará a Air France mi dirección en España? ¿O es que esperan por anticipado perder el equipaje y quieren saber a dónde llevarlo cuando lo encuentren? Me pongo a introducir los datos y al llegar al correspondiente a Provincia/Estado resulta que solo me deja indicar un estado de EE.UU, ni siquiera dejarlo en blanco. No hubo manera ni con un navegador ni con otro… ¿Qué pasa en la web de Air France? ¿Soy yo que no me entero?




Opté por no molestar de nuevo a la agencia y llamar de nuevo al teléfono de asistencia al cliente de Air France. Nuevamente unos cuantos … «todos nuestros operadores están ocupados» hasta que me atendió una operadora que me dijo que la reserva estaba correcta y unas cuantas indicaciones, que voy a calificar amablemente de «tonterías» acerca de que si la página web tenía que ser de EE.UU., que yo tenía que estar en EE.UU., que mi navegador o mi ordenador estaría mal y otras lindezas por el estilo menos reconocer que era la página web la que estaba funcionando mal. Al menos conseguí que me fijara un asiento, que fue una señal de que todo estaba correcto. El check-in —FUNDEU dice que debe utilizarse la palabra registro en español pero humildemente creo que se queda un poco difusa— tendría que hacerse en el aeropuerto como en los viejos tiempos y sacar tarjetas de embarque en papel en lugar de poderlas llevar en una imagen en el teléfono como se hace ahora en los tiempos modernos.


Al final el viaje transcurrió de forma normal cumpliendo sus horarios, por lo que mi hija puede decir que al menos uno, solo uno, de sus viajes a EE.UU. no ha sufrido incidencias.