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domingo, 26 de febrero de 2017

DESVERGÜENZA



Es este un tema recurrente, pero cada vez que aparece en los medios de comunicación, en menos ocasiones y con menos intensidad de lo que debiera, se me sube la bilirrubina a límites preocupantes sin que pueda hacer nada por remediarlo. Hace unos días, el semanario económico «Cinco Días» publicaba una noticia sobre las famosas «Tarjetas BLACK» de los consejeros de CajaMadrid, Bankia o como se llame o llamaba, como complemento al juicio que se viene celebrando por el uso abusivo de fondos por parte de unas personas sin escrúpulos que parece que no tenían suficiente con los jugosos emolumentos y prebendas de las que disfrutaban y se daban a prácticas cuando menos moralmente reprobables gastándose los dineros sin tino en «actividades» que, según ellos, tenían que ver con actos de «representación institucional». Como dice un conocido anuncio de una gran superficie a la que por cierto no tengo ninguna simpatía… ¿pero es que se piensan de verdad que somos tontos?

No sé por cuanto tiempo estará disponible la noticia en este enlace al referido diario económico CINCO DÍAS. En la noticia venían detalladas las operaciones realizadas por estos consejeros, vocablo que según el diccionario incluye a machos y hembras, con importes superiores a DOS MIL euros: «Los consejeros y principales ejecutivos de Caja Madrid y Bankia realizaron un total de 562 cargos de una cuantía superior a 2.000 euros de sus tarjetas “black”. Unas operaciones que alcanzan la cifra de 2 millones de euros».

Los lectores que sigan regularmente este blog habrán podido percibir una cierta sensibilidad por mi parte sobre este asunto dado el haber dedicado veinte años de mi vida a laborar en esa empresa. Varios de los nombres implicados en la noticia fueron compañeros míos en el pasado e incluso alguno, alguna, llegó a mi departamento recién contratada por la empresa. ¡Hay que ver como progresa la gente! No tengo ninguna duda de su valía, pero a raíz de los comentarios que voy a manifestar a continuación, será en algunos aspectos profesionales, porque lo que es en otros más humanos o sociales no llegan ni a la altura de una suela fina de mocasín indio.

Ya en el propio artículo se mencionan ciertas argucias, «zorrerías», empleadas por los próceres: «En el caso de xxxx, han sido incluidos en el cuadro varios apuntes, que agrupan operaciones realizadas en el mismo establecimiento en el mismo día, por lo que han sido agrupados por días y sumadas las cantidades». Como no se admiten facturas superiores a 1.000€ euros, me hace todas las que sean necesarias por un importe de 999€ … jajaja.

Pero es que además de estos tejemanejes, hay apuntes que cantan la traviata ellos solitos. Voy a referirme a dos de los consejeros, sin mencionar los nombres, por aquello de no andar con faltas de respeto, faltas a la intimidad y zarandajas de esas, que bien que se cuidan de aplicar a los mortales pero que a su vez ellos se llaman andanas a la hora de aplicarse su propia medicina.

Una de las personas tiene retirados directamente en ventanilla importes de 8.000, 2.700 y 2.000 euros. ¿Ha ido Vd. A su banco y ha pretendido retirar por ventanilla 8.000€? Si no lo ha hecho y suponiendo que tenga ese dinero en su cuenta, acérquese a preguntar y verá lo que le dicen: cuando menos que vuelva Vd. mañana. Y si a Vd. Se le ocurre ir ocho veces a lo largo del día a retirar de 999€ en 999€ verá lo que ocurre. ¿Cómo le dieron en una sola operación de retirada de efectivo 8.000€ de una tacada? ¿Y en billetes de 500 para que le cupieran en el bolso o más pequeñitos? Y esta misma persona tiene compras por valor de 6.000€ y 3.000€ en una joyería. Qué casualidad, que importes más exactos, pero no seamos mal pensados, es que dada su categoría personal y como cliente le hacían un redondeo para dejar las cantidades más limpias, total unos cientos de euros arriba o abajo, da igual, si al fin y al cabo no es ni de mi bolsillo ni de mi cuenta. Y esta misma joyería parece que tenía un chollo con estas personas, pues son varias las que compraban en ella. Será que soy muy mal pensado, pero me huele mal, tanta fijación con las joyerías y la proliferación de los importes exactos.

La otra persona andaba más en asuntos de viajes y restaurantes. Sin entrar en detalles, en este caso me llaman la atención dos apuntes de comidas en restaurantes que importan exactamente 2.000€. Hay que comer mucho o invitar a muchas personas para alcanzar tamaño importe, exacto por lo demás. Cuando menos es extraño o muy rara esa exactitud en las facturas, máxime si añadimos también otras dos estancias en hoteles por valor de, cantidades exactas también, 4.000€ y 2.500€ así como dos viajes de 3.600 € o 3.200€- Cuando yo conocí a esta persona, no tenía la sensación de que fuera tan escrupulosa con las exactitudes, aunque a lo mejor lo que ocurre es que es muy magnánimo con las propinas y redondea a 100€ todo lo que puede para congraciarse con el personal que le atiende.

El informe no tiene desperdicio, como tampoco tengo ninguna duda que lo tendrá la sentencia cuando salga vaya Vd. a saber cuándo, que las cosas de palacio van despacio, pues algunos de los apuntes más antiguos en esta información se refieren al año 2003, más de catorce años. ¿No habrán prescrito estas «pequeñas» faltas?

Me equivocaba pues en el momento de publicarse este post han visto la luz las condenas; uno de los personajes aludidos en esta entrada ha sido condenado a un año y seis meses, es decir, no tendrá que ingresar en prisión y podrá seguir disfrutando en casita, a la par que posiblemente riéndose de todos nosotros, inclusive aunque tanga que devolver el dinero, cuestión que me gustaría comprobar. El otro personaje ni siquiera aparece en la lista de juzgados y condenados. El que quiera entender que entienda. Eso sí, nuestros políticos se han llenado la boca de decir lo justa que es la Justicia en nuestro país y que es igual para todos los ciudadanos. ¡Miauuuuuuuuu!




domingo, 19 de febrero de 2017

MICROMECENAZGO



Como ya he comentado algunas veces, una de mis aficiones es el conocimiento y buen uso del idioma, para lo que recurro al diccionario, libros como el «Panhispánico de Dudas» y en la red a la FUNDEU. Cuando me enfrento a alguna cuestión nueva, siempre es bueno investigar un poco hasta dar con la solución. Al elegir el título de la entrada correspondiente a esta semana, la palabra que todo el mundo sin duda conocería sería «Crowfunding», un anglicismo que se ha puesto de moda últimamente y que «se emplea a menudo para referirse al mecanismo de financiación de proyectos por medio de pequeñas aportaciones económicas de una gran cantidad de personas». Hay cantidad de ejemplos y de modalidades que pueden consultarse a poco que nos movamos en los buscadores.

Lo usual es que el impulsor o impulsores de un proyecto no se limiten a ponerlo en marcha y quedarse de brazos cruzados a esperar que se cumplan los plazos y ver si la cantidad solicitada se ha conseguido. Lo lógico es moverse de forma paralela a través del correo electrónico y de las redes sociales para llegar con la idea al mayor número de personas que se decidan a colaborar de forma económica con el proyecto. Me parece una idea interesante y he colaborado en varios micro mecenazgos de este tipo, como por ejemplo ayudar a una emisora de radio por internet a conseguir equipo de estudio para las transmisiones, desarrolladores de programas de ordenador libres, un escritor para ver publicado su libro o el caso concreto que voy a comentar hoy de ayudar a una compañía aficionada de teatro a poner en marcha su obra anual que necesita de complementos costosos que se escapan a las posibilidades económicas de la compañía.

Lo fundamental es elegir una buena plataforma para llevar adelante el asunto. En este caso no puedo decir que la plataforma sea buena, porque al menos a mí me ha dado muchos problemas y me ha costado una enormidad colaborar con el proyecto. Han sido muchas zancadillas que desilusionarían al más pintado pues si encima que vas a colaborar con tu tiempo y tu dinero te encuentras inconvenientes, pues apaga y vámonos. La plataforma elegida por la compañía de aficionados es LÁNZANOS. No sirva esto de propaganda negativa hacia ellos sino de crítica constructiva para que mejoren sus procesos en orden a facilitar lo más posible la colaboración de los ciudadanos.

Pero antes, una pequeña historia. Hace una veintena de años había un bar perdido en un pueblecito de la montaña cántabra al que acudíamos cuando andábamos por allí, porque en las cuatro mesas de las que disponía se podían comer una ensalada y unos huevos fritos de verdad, de «picasuelos», de gallinas que viven libres alimentándose de forma natural, con patatas fritas, morcilla, picadillo, jamón o callos, todo de verdad, a unos precios imbatibles y servidos con una amabilidad y cariño familiar que hoy en día se va echando cada vez más de menos. Han pasado los años y ese bar ha devenido en un afamado restaurante al que hay que llamar con mucha antelación para conseguir mesa, y donde los huevos fritos ya no están bien vistos y las relaciones son más frías que antaño. Un restaurante más, de los muchos que hay en la geografía nacional. Refiero esto porque en muchas ocasiones el hacer propaganda de los sitios es empezar el camino para acabar con su magia.

La compañía de aficionados a la que voy a referirme y que está lanzando el micro mecenazgo en estos días es AMOREVO. Llevo varios años asistiendo a sus representaciones, completamente gratuitas, en las que se puede colaborar con la voluntad, si se desea, en unos sobres a la salida de las funciones. Cada temporada se superan y he podido asistir en los últimos años a magníficos musicales que si se tiene en cuenta el estar llevados a cabo por aficionados y no por profesionales, su valía es inconmensurable. Como con la historia del bar, el hacer una propaganda que se merecen sin duda es tirar piedras contra mi tejado, porque cada año me costará más conseguir localidad y con el tiempo, y quizá también con estas operaciones de micro mecenazgos, existe la posibilidad de que se conviertan en profesionales y ya no sea tan interesante asistir a sus representaciones: habrán perdido la magia, pero esperemos que esto no suceda, por lo menos en los próximos años.

Como decía y volviendo a la plataforma, hay que registrase, cuestión lógica si se tiene en cuenta que debe existir una forma de contacto contigo para comunicarte la marcha del proyecto y su estado a la finalización de los plazos. Luego, hay que facilitar una forma de pago, cuenta bancaria o tarjeta en la que, importante, al final del proyecto y si este se culmina, debitarán el importe con el que hayas querido colaborar, para lo cual tienes que facilitar una autorización de pago a tu banco poniendo como beneficiario en esta caso a «Lánzanos». ¿Nos fiamos de autorizar a una empresa que no conocemos a que dentro de un tiempo emita cargos contra nuestras cuentas o tarjetas? ¿Retiramos la autorización —cuestión que no siempre es posible o fácil— cuando haya pasado el plazo? ¿Y si mientras está el proceso en marcha les roban nuestros datos y nos dan un «viaje»?

Yo, sintiéndolo mucho y a pesar de mis ganas de colaborar, no autorizo a hurgar en mis cuentas a una empresa desconocida, por mucho que venga avalada por las cifras que publicitan en su página web. ¿Desconfiado? ¿Precavido? Vamos por la vida con demasiada confianza dando datos nuestros que luego sabemos cómo son «hackeados» y utilizados con fines distintos a los que en principio se pretendían. Hago referencia a la entrada «IDENTIDAD» publicada en este blog hace un mes, en enero de 2017.

En todo caso, yo quería colaborar económicamente con AMOREVO, con lo cual entré en una espiral de correos electrónicos que yo creía que terminaron cuando me facilitaron un número de cuenta bancaria y pude hacer una transferencia. Pero quía, el proceso tuvo que continuar porque el micro mecenazgo estaba en marcha y de alguna forma había que reflejar mi aportación dentro de esa campaña para conseguir el objetivo y que de forma efectiva se materializaran los pagos y la compañía tuviera su dinero. Para ello me remitieron el cupón que puede verse en la imagen, tuve que entrar de nuevo en la plataforma con mi usuario registrado y bucear hasta encontrar la forma de facilitar el número de cupón para reflejar mi aportación en la campaña; un método alternativo al de facilitar autorizaciones de cargo en cuenta o tarjeta, pero que conlleva no poco tiempo, por no hablar de ciertos conocimientos de moverse en la red con navegadores, pasarelas de pago, correos electrónicos y demás asuntos que sin duda harían desistir a quien quisiera colaborar pero no meterse en líos.

Y por todo eso, la red, la informática, los ordenadores… permiten o facilitan nuevas formas de hacer las cosas impensables hace unos años, pero… ¿nos facilitan la vida o nos la complican?

domingo, 12 de febrero de 2017

CALEFACCIÓN



Hay muchos índices en la medición de lo que llamamos calidad de vida, que han ido variando a lo largo de los siglos en la historia de la humanidad, pero que en los últimos tiempos se han disparado. Uno de ellos podría ser la calefacción, no solo en el hogar familiar sino en sitios públicos de libre acceso, que en algunos casos sirven de refugio en los días fríos para muchas personas que o bien no tienen hogar o no tienen los suficientes medios para caldearlo. Mantener un hogar a una temperatura adecuada es un asunto ante todo económico, pues los costes no son precisamente bajos. Otro asunto que admite mucha discusión es cuál es la temperatura adecuada.

En recuerdos de mi infancia y adolescencia hay situaciones de pasar (mucho) frío. La casa en la que fui creciendo, ubicada en un pueblo de la sierra madrileña no tenía calefacción y en los días duros del invierno, que me parece ahora que eran mucho más duros antaño que lo son hogaño, se combatía el frío básicamente con un brasero, un aditamento ya prácticamente olvidado en los días actuales. Había que ir todos los días a la carbonería en la calle de al lado, hacer acopio de cisco y una vez en casa mi abuela era la encargada de preparar a diario la carga, retirando las cenizas del día anterior y dando forma con la badila al cisco recién comprado, que encendía con maestría con papeles de periódico y cubría de nuevo con ceniza para que no se consumiera rápido y durara toda la tarde. Una vez preparado, a primera hora de la tarde, su destino era la mesa camilla del comedor, que manteníamos todo el día con las puertas cerradas y con ello se conseguía una cierta temperatura que si bien no era para tirar cohetes, al menos se notaba la diferencia cuando entrabas en esa estancia de la casa. Lo mejor era coger sitio en la mesa camilla, descalzarte, taparte con las faldas y con mucho cuidado apoyar los calcetines por un momento en la alambrera que protegía el fuego. La cabeza fría pero al menos los pies calientes por unos instantes.

Hay que decir que el resto de la casa estaba realmente gélida. Aunque los muros eran gruesos, las ventanas tenían sus desajustes y a pesar de que con burletes y trapos se intentaba taponar todas las rendijas, el frío se colaba de todas maneras. El transitar del salón al dormitorio era toda una decisión y recuerdo haberme acostado vestido en muchos días de invierno y desvestirme y ponerme el pijama dentro de la cama una vez entrado en calor. Lo de echarse abajo de la cama por las mañana era todo un acto heroico. En alguna ocasión en que me quedé solo con mi abuela, esta me calentaba la cama metiendo por unos instantes el brasero en ella, con el peligro de que hubiéramos podido salir ardiendo. Cosas de antes.

Con el paso de los años abandoné el hogar familiar para empezar a vivir en el mío, en la misma localidad pero ya dotado de calefacción: una estupenda caldera a gas con suficientes radiadores distribuidos por la casa. Al principio caímos en la trampa de disfrutar de una temperatura demasiado confortable que nos permitía estar en casa, en toda la casa y no solo en el salón, prácticamente sin ropa. Habíamos ganado en calidad de vida. Pero eso tuvo una contrapartida. Hasta entonces, los abrigos era una prenda que había utilizado poco, pues acostumbrado como estaba al frío dentro y fuera de casa, mi cuerpo no necesitaba cubrirse en demasía. Y no solo eso, sino que además de abrigarme hasta las orejas, los catarros y gripes que hasta entonces habían sido testimoniales empezaron a aparecer con mayor frecuencia y virulencia. Hasta recuerdo haber comprado una determinada ropa interior que se llamaba  «thermoláctica» para combatir el frío al salir a la calle. En casa muy bien, pero en la calle éramos mucho más sensibles al frío. Con toda esta experiencia, decidimos que no era bueno tener la casa demasiado caliente, con lo que paulatinamente fuimos bajando los grados hasta dejarlos en 22, una temperatura agradable que requería estar vestido en casa pero que mejoró nuestras condiciones de vida cuando salíamos a la calle.

Los que tengan niños pequeños habrán visto que estos nunca tienen frío. Es corriente también ver a jóvenes por la calle en camiseta de manga corta pero probablemente no es que no tengan frío, sino que van haciendo el tonto. La sensación térmica es una cuestión personal, pero recuerdo numerosas discusiones con mis hijos para que se abrigaran al salir a la calle pues lo común es que se pongan los abrigos en función del frío que tenga la madre o el padre.

La calefacción en los hogares es una bendición y como hemos comentado un índice de calidad de vida, pero que hay que manejar con cuidado por lo anteriormente expuesto. Pero en muchas casas, en formato piso, hoy en día no solo viven personas sino también animales de compañía. En estos días de invierno y lluvia, he visto que muchos de los perros que pasean sus dueños por la calle van vestidos con ropa de abrigo. Si tecleamos en Google «ropa de abrigo para animales» podemos hacernos una idea de lo que es este mundillo. Claro, los animales, los perros, viviendo en un hogar con calefacción la mayor parte del día, no pueden salir a la calle «desabrigados» porque corren el peligro de constiparse, con lo que habrá que llevarlos al veterinario, hacerles una radiografía, y tomar la medicación correspondiente. ¿A qué nos suena esto?


sábado, 4 de febrero de 2017

COURIER



Es un tema recurrente en este blog pero las cuestiones van y vienen y tienen muchos flecos: te creías que tenías todo controlado en ciertos asuntos cuando aparece un cruce de caminos que te lleva por derroteros inexplorados y desconocidos. Por necesidad y no tanto por comodidad, soy cada vez más asiduo de las compras por internet, en las que para mí el verdadero caballo de batalla es la forma de envío. Muchas de las empresas fuerzan el uso de mensajería del tipo llamado «Courier», que presenta el grave inconveniente de tener que facilitar tu domicilio por un lado y tener que estar prácticamente secuestrado en él el día del envío hasta que aparece el transportista.

En mi caso, la forma de envío condiciona la posible compra, renunciando de hecho a algunas plataformas que me gustaban, por ejemplo PcComponentes, por no disponer de una forma de envío alternativo. Lo tenía en su día, pero lo retiró, supongo que por cuestiones económicas que es en lo que se traduce todo al no valorar otros aspectos no puramente económicos como la atención y las facilidades a los clientes. En todo caso, los gastos de envío los paga el comprador, con lo que debe haber otro trasfondo que no alcanzo a comprender pero que intuyo como asuntos de logística y organización. Las empresas de mensajería tienen contratos con los almacenes masivos de forma que automatizan los envíos desde el propio cliente y se los recogen directamente en sus hangares, con lo que el problema se minimiza sobremanera.

Las empresas se van poniendo las pilas porque esto es un verdadero problema, que cada cual va solucionando como puede. Algunos amigos me han comentado que ponen como dirección de entrega su propio trabajo, que es en el fondo donde están la mayor parte de los días laborables, pero para ello la empresa tiene que consentir estas entregas que, dependiendo del número, pueden suponer una carga para sus procesos, en el caso de que el mensajero tenga que entrar hasta la cocina si los servicios de recepción, en caso de existir, no se hacen cargo directamente de los bultos.

La alternativa que yo he encontrado al asunto de los consumibles informáticos es AppInformática. Sin tanto catálogo pero con los mismos precios aproximados que PcComponentes, puedes hacer las compras y solicitar que el envío sea dirigido a alguna de las muchas tiendas de la franquicia, donde podrás recogerlo cuando a ti te venga bien en los horarios normales de comercio. Se da la circunstancia de que tengo una tienda de App a escasos cien metros de mi domicilio, con lo que este sistema me satisface plenamente, porque además en el momento de la compra, que solo se puede producir si hay existencias, te informan de la fecha en que tu encargo estará disponible en la tienda; lo he usado en varias ocasiones y ha funcionado con precisión y sin problemas.

Otras empresas han optado por sistemas alternativos, como pueden ser gasolineras, taquillas electrónicas inteligentes como las del sistema «Pudo» o puntos de recogida en tiendas o supermercados de horario amplio que faciliten al cliente la recogida casi en cualquier momento del día y cualquier día de la semana. Pero todo esto requiere un sistema apropiado de gestión de las direcciones de envío que no provoque situaciones como la que me ha ocurrido esta semana y que tengo todavía pendiente de solución.

Me ha ocurrido, no me importa hacer la propaganda aunque en este caso es un poco negativa, con un pedido a Amazon, concretamente unas baterías para la cámara fotográfica de mi hijo. En la imagen puede verse el anuncio en el que he resaltado una información que vienen en pequeñito y que a veces pasa desapercibida al comprador, pero que es muy importante: este producto es «gestionado» a través de Amazon, pero vendido por otra empresa, concretamente «A & B GmbH», que por el nombre huele a alemana o austríaca. En realidad eso al comprador le debería dar igual pero…

Habiendo advertido esta situación y con la mosca tras la oreja, procedo a la compra, pago y empiezo a trastear por la zona de las direcciones de envío, constatando que se admiten direcciones de Correos y de puntos de entrega en tienda. Perfecto, si se admiten oficinas de Correos, facilito mi Apartado de Correos en una de las oficinas y me quito de problemas. Todo perfecto, pedido realizado y en curso.

A los pocos días recibo el correo electrónico en el que me avisan de que el pedido está en marcha y me informan del transportista y de un número de seguimiento. ¡Sorpresa! El envío se ha realizado desde Alemania por un servicio de mensajería-Courier, concretamente UPS. ¡Ya estamos otra vez con la misma historia de siempre! Llamando al servicio de atención al cliente de Amazon, me atienden estupendamente, pero no podemos hacer nada, la cosa está en manos de UPS y lo único que si el pedido no pudiera ser entregado lo devolverán y no habrá ningún problema, salvo todos los inconvenientes para mí, gastos para las empresas y demás. Y es que UPS ni ninguna otra empresa de mensajería puede entregar un paquete en un Apartado de Correos, porque la empresa estatal no se lo va a consentir con toda la lógica del mundo.

La idea es cambiar el domicilio de destino, dirigirlo a mi domicilio o el de algún familiar y tratar de recogerlo de la manera que sea, para evitar males mayores. Esta es una operación que en teoría se puede hacer de varias maneras. Una de ellas llamando por teléfono a un número 902: lo siento, por ahí no paso. Otra es por internet pero después de que me han obligado a registrarme y hacer una serie de pasos de verificación con correos para aquí y para allá, me dice que hay algo incompleto y que no puedo realizar el cambio.

Solo me queda esperar a que el día de la entrega el mensajero se dé cuenta del error de domicilio y de la imposibilidad de su entrega, y consecuentemente me llame por teléfono y pueda redirigir el paquete en ese momento. Veremos como acaba esto.

Estamos en lo alto de la picota en los sistemas informáticos, las comunicaciones, las pasarelas de pago, los correos electrónicos y todo eso, pero seguimos arrastrando miserias como esta que he relatado hoy. Y lo curioso del caso, luego me he enterado, es que Amazon tiene previsto esto, aunque mal o al menos parcialmente: si en este envío yo hubiera intentado seleccionar una oficina de Correos o un punto de entrega, me hubiera dicho que no es posible, pero como he facilitado una dirección personal… ¡sin problemas! Salvo que como ocurre en este caso, esa dirección personal sea… ¡Un Apartado de Correos!


domingo, 29 de enero de 2017

IDENTIDAD



Escribía en noviembre de 2014 en la entrada de este blog titulada «CLAVES» el siguiente párrafo: «El tener el usuario de correo como identificativo en varios sitios y a la vez la misma contraseña es un peligro». Tres años antes, septiembre de 2011, había escrito «CONTRASEÑAS» donde se hablaba del mismo tema y se comentaba una solución electrónica y elegante de las muchas que hay para solventar este preocupante tema, al menos para mí pero que parece que ni quita el sueño ni preocupa al común de los mortales. Pero pasan los años y…

Esta semana me he acercado a casa de un amigo, todavía lo es, para tomarme un agua con gas y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid echar un vistazo al ordenador porque tenía problemas con unos vídeos que le habían mandado a través de una de «esas» «nubes». No podía verlos porque le pedía instalar un programa y no quería hacerlo y tampoco podía descargarlos porque eran de gran tamaño y no podía transferirlos a su «nube» personal, ya que le «decía» el ordenador que no tenía suficiente espacio en la misma.

No voy a entrar en el asunto de los amigos, las cervezas y lo de mírame-esto-que-me-pasa-en-el-ordenador porque es un tema muy manido y al que ya me he referido en varias entradas de este blog. Solo como apunte, no sé si la gente llama a su amigo pintor y le invita a tomar una cerveza como excusa para que, de paso, le pinte la casa o al amigo mecánico para que le arregle una avería del coche. Dejemos este tema que me enciende. Una historia plástica y divertida sobre este asunto en este enlace.

El caso es que de los hechos que ocurrieron en esa visita se pueden sacar experiencias y conclusiones interesantes que voy a intentar de dejar plasmadas aquí. Mi amigo recibe un correo del autor de los vídeos diciendo que para que pueda verlos va a compartir con él una carpeta en una conocida nube que vamos a denominar de ahora en adelante NubeBOX. Para ello, en el correo viene un enlace que lógicamente mi amigo pulsa, ya que se fía completamente del remitente. Ante esta acción de pulsar, yo le pregunto: ¿Tú tienes una cuenta tuya personal en NubeBOX? La respuesta es muy significativa: no lo sé. Esta respuesta evita la siguiente que es conocer si recuerda la clave de acceso, ya que si no sabe si tiene una cuenta mucho menos va a ser capaz de recordar la clave.

Pero mi amigo, ni corto ni perezoso, con total desparpajo, va y me dice que no hay problema, ya que la clave que utiliza para TODO es SIEMPRE LA MISMA. Y no contento con afirmar esto con toda tranquilidad y sin despeinarse —aunque esto no es posible dada su cantidad de pelo— va y me dice la clave que es «lavr757r». Me la repitió varias veces y no se me ha olvidado, entre otras cosas porque las letras son sus iniciales y el número tiene también un trasfondo que no voy a desvelar aquí. ¡Me quedé alucinado!

Delante de él y dado que tenemos absoluta confianza, en su propio ordenador, me puse a los mandos e intenté acceder a su correo de Gmail con esa clave, cosa que hice sin problemas. A continuación y por si acaso la tenía, intenté acceder a una supuesta cuenta en la nube NubeBOX con esa misma clave y… ¡éxito! Para liar un poco la cosa, inicié la operación de cambio de clave en la nube, puse otra muy parecida y como el mecanismo que utilizan las empresas para la recuperación de claves es mandarte un correo electrónico y yo tenía acceso al mismo, cambié y autoricé la nueva clave. Vamos, que en cinco minutos podría haber montado un desaguisado de tamaño descomunal, por ejemplo cambiando la propia clave de su correo electrónico y de esta forma tener acceso a suplantar a mi amigo, operación muy peligrosa y que utilizan los ciberdelincuentes para operaciones generalmente desagradables y cuando menos costosas en términos monetarios para nosotros.

Antes de seguir adelante con este asunto, recomendar la lectura del apartado de «Historias reales» en la página web de la Oficina de Seguridad de Internauta, página muy interesante así como la oficial del Instituto Nacional de Ciberseguridad – INCIBE, en las que deberíamos curiosear de vez en cuando para estar enterados y al día de lo que se cuece por este mundillo de la seguridad informática. Nos creemos que no va con nosotros, pero estamos muy, pero que muy, equivocados.

Pero volviendo al caso de mi amigo… ¿Cómo es posible que tenga una cuenta en NubeBOX» y no sea consciente de ello? En determinadas ocasiones vamos muy deprisa pulsando botones y otorgando autorizaciones que hacen que nos encontremos con estas sorpresas. Uno de los puntos más peligrosos es el móvil, el Smartphone, ese aparatito que es un muy potente ordenador, mucho más de lo que nos creemos, que todo el mundo lleva y al que no prestamos atención. En el caso de los que portan sistemas operativos Android, la puerta de acceso es nuestro correo electrónico de Google, ese mismo que mi amigo tiene protegido con esa clave que me dijo y que es «la misma para todo». Muy probablemente hace algunos años, cuando inició las operaciones de acceso a su nuevo teléfono móvil aceptó la oferta de NubeBOX para crear una cuenta y por ello la tenía.

Para más curiosidad, la cuenta de NubeBOX es de nada menos que 2 Gb. La tenía petada –sí, el diccionario admite esta palabra— con cerca de setecientas fotografías que el verano pasado le había mandado otro amigo mientras hacía el Camino de Santiago. Lo peor de todo es que no solo no era consciente de tener la cuenta, sino también de tenerla llena con esas fotos que no recordaba y que ni siquiera había visto.

Las posibilidades en los mundos informáticos caseros, ordenadores, tabletas o Smartphones, son enormes, están interrelacionadas y no las prestamos la más mínima atención. Disfrutamos de ellas sin preocupación, sin atender a las historias que a diario aparecen en los medios y pensando que nunca nos va a tocar a nosotros. Ya lo decía en otra entrada, el problema no es que nos dejemos la puerta abierta de nuestra casa sino que en conjunción y mientras esté abierta pase alguien por allí con intenciones aviesas. El asunto es que cada vez proliferan más, y desde cualquier parte del mundo, las intenciones de hacerse con nuestros dineros. Y aun sabiendo esto, lo peor es la alegría con la que transitamos por estos mundos, como mi amigo, usando la misma clave para todo.

Haga una prueba. Acceda a la página How Secure is mypassword y teclee la clave que tiene en su correo electrónico personal. Yo he tecleado la que tiene mi amigo en todos los sitios y lo que me dice esa página es que es tan sencilla que, aun sin conocerla, un cazador de lo ajeno que no hace falta que sea muy experimentado tardaría un minuto, ¡un minuto!, en hacerse con ella.

domingo, 22 de enero de 2017

PARAMIO



Volvamos por un momento al pasado, por ejemplo, 1968, para relatar una historia real. Tengo que comprar medio kilo de bacalao para el potaje que servirá de cena a la familia y me dirijo personalmente a la tienda de ultramarinos del sr. Paramio, que muestra encima de mostrador hermosas piezas de este pescado delicioso en salazón al lado de una enorme cizalla para su corte. Elijo o elige él por mí unas piezas que va cortando con certeros golpes y poniendo en una balanza, mecánica por entonces, hasta alcanzar el peso solicitado, justo, ni más ni menos. En el papel de estraza y con el lápiz que toma de su oreja, hubiera realizado la multiplicación para saber el importe a cobrar, pero en este caso no hace falta ya que es un kilo exacto y el precio es el que es. Pago con dinero contante y sonante, me da el cambio, cojo mi compra y me voy para casa.

Pongámonos ahora en el presente. La tienda del sr. Paramio ya no existe y se ha convertido en una gran superficie donde casi todo está envasado previamente. Voy poniendo productos en mi carrito y al llegar a la caja la dependienta los va pasando por el lector de barras y automáticamente se va generando la cuenta. Cuando tenemos el importe final, ya casi ni se me pregunta cómo voy a pagar porque lo usual es que se abone con una tarjeta bancaria. Los terminales de caja están preparados y conectados para que introduzcas, últimamente algunos solo para que acerques, la tarjeta y teclees tu clave. Hago esto y recibo al instante en mi teléfono móvil el mensaje de mi banco de que he realizado una operación de tal importe con mi tarjeta en tal comercio. Con ello, procedo a retirar la tarjeta del lector.

¡La debacle! La dependienta de caja me informa de que probablemente haya retirado la tarjeta antes de tiempo, con lo que la operación de pago se ha cancelado y tengo que introducir de nuevo la tarjeta para proceder a la misma. Esto con el sr. Paramio no hubiera pasado porque cuando le dabas el billete para pagar, con muy buen criterio y para evitar problemas, le dejaba encima del mostrador bajo una pesada pieza de grueso metacrilato al objeto de que estuviera a la vista mientras te daba el cambio precisamente de «ese» billete y no de otro. Cuando estabas de acuerdo con el cambio recibido, retiraba el metacrilato e inspeccionaba, delante de ti, el billete para constatar que no tuviera marcas o cosas escritas que pudieran propiciar un timo posterior. No me extiendo pero esto era una cosa que se producía entonces.

Volvamos a la gran superficie. Le hago ver a la cajera que el importe ha sido cargado en mi cuenta, para lo que no solo le enseño el mensaje de mi banco sino que accedo a mi extracto y ya figura en él el importe de la compra. Yo ya lo he pagado, mi banco me lo ha detraído, pero la señorita insiste en que la operación se ha cancelado y que debo insertar de nuevo la tarjeta. Tras un tira y afloja y todavía no sé por qué, accedo a sus pretensiones y ocurre lo que tiene que ocurrir: el banco vuelve a cargarme de nuevo el importe, con lo que he pagado dos veces lo mismo, tal y como figura en el extracto consultado de nuevo.

Lo de siempre, que venga el encargado que mantiene que MRCDN ha funcionado bien y que tengo que ir a mi banco a requerir la devolución, que ellos no pueden hacer nada. Tras muchos tiras y afloja, accede a llamar por teléfono a sus servicios centrales informáticos, donde le confirman primero a él y con posterioridad a mí, que en los registros de MRCDN solo figura una operación y que, insiste, debo dirigirme a mi banco. Pero si mi banco ha registrado dos operaciones con varios minutos de intervalo entre ellas, es porque se han producido DOS solicitudes de cargo por parte de MRCDN. ¡O… ¿es que se lo va a inventar el banco?!

Esto no pasaba en la tienda del sr. Paramio.

Cerrados en banda el encargado de MRCDN y yo, le digo que no estoy dispuesto a marcharme de allí sin dejar constancia de los hechos. No me ofrece ninguna solución con lo que lo único que me queda es el recurso del pataleo, dicho con todo conocimiento por varias experiencias anteriores, de solicitar una hoja de reclamaciones para dejar constancia de lo ocurrido, con pelos y señales. Nombrar la hoja de reclamaciones es como nombrar la bicha de los siete males para cualquier comercio. Tuve que tranquilizarle diciéndole que yo tenía que reclamar la devolución de uno de los dos importes que me habían cargado en mi cuenta, —seguía mostrando mi extracto en el teléfono con los dos importes cargados—, y que la hoja de reclamaciones era el medio al que me veía abocado para dejar constancia del hecho acaecido. De pie, de mala manera, encima de un poyete, rellené y presenté la hoja que puede verse en la imagen.

Ni el encargado ni los servicios centrales de MRCDN a través del teléfono pudieron o supieron darme una explicación mínimamente convincente de lo sucedido: todo se volvía repetir una y otra vez que ellos lo tenían todo bien, que estaba registrada solo una operación y que… me dirigiera a mi banco, que ellos no podían hacer nada. Vaya solución. Que ocurran fallos, cuestiones, como esta puede ser normal y cada vez con más frecuencia dado el alto número de operaciones que tienen lugar. El asunto no es el fallo, sino la manera de solucionarlo, que dice mucho de las empresas, las personas y sus operativas de respuesta ante los fallos. En este caso, quitarse al cliente de encima, decirle que allí no hay nada que hacer, que se vaya y que se dirija a su banco es una forma de solucionar el problema que a mí desde luego no me satisface y deja en entredicho la profesionalidad de MRCDN en este asunto.

Al salir de allí me fui directo a mi banco, en este caso ING DIRECT, lo que suponía llamar por teléfono al servicio de atención al cliente. ¡Qué diferencia! Allí una amable y angelical operadora, de nombre Patricia, me atendió dándome pelos y señales de lo ocurrido. Tras la primera operación correcta por parte del banco, MRCDN había mandado una solicitud de anulación de la misma y a los pocos minutos una nueva operación. Todo aclarado puntualmente. ¿No me podían haber dicho esto mismo en MRCDN? ¿Lo sabían? El hecho de que la operación siguiera figurando por dos veces en mi extracto era debido a que esas anulaciones no se ejecutaban de forma inmediata, sino que tenían lugar en unos procesos llamados de «reconciliación» que tenían lugar por la noche, por lo que al día siguiente, con toda seguridad, la operación anulada habría desaparecido de mi cuenta y el importe devuelto. Y así ocurrió. Puntos positivos en la solución de problemas para ING y negativos para MRCDN. Suma y sigue.

Sr. Paramio, allá donde Vd. esté, sepa que al menos su espíritu y sus formas de hacer las cosas deberían volver, actualizadas, a muchas de las empresas de hoy en día, esas tan modernas a las que se las ven las entretelas cuando las cosas no van todo lo bien que debieran.


sábado, 14 de enero de 2017

LAGUNAS



Famosas en España son las ciudadrealeñas de Ruidera o la Negra de Soria y no tanto las zamoranas de Villafáfila o la malagueña de Fuente de Piedra entre otras, pero no es a estos «depósitos naturales de agua, generalmente dulce y de menores dimensiones que el lago» a los que me quiero referir en mis devaneos de hoy. El trasfondo de los siguientes párrafos es mucho más preocupante y hace alusión a otra acepción del diccionario que dice que se trata de un «defecto, vacío o solución de continuidad en un conjunto o una serie». Voy a comentar cosillas de otras lagunas, las denominadas «de cotización», una realidad sangrante que puede acechar a cualquier españolito sin que se entere y menoscabar o haber menoscabado su pensión de jubilación.

Estábamos comiendo apaciblemente con unos amigos en un precioso restaurante de la localidad malagueña de Mijas, famosa por sus cuestas y sus burros-taxi, cuando mi amigo Manolo hizo alusión al tema. Antes de referirme a él, aprovecho para hacer propaganda del restaurante, porque se lo merece: «La Alcazaba», un poco alto de precio pero en absoluto caro para lo que ofrece: platos, vistas, ambiente y una profesionalidad altísima y exquisita del maître y los camareros que hicieron de esta comida una de las más agradables que recuerdo en mi vida.

La historia es muy sencilla. Las dos parejas presentes en la comida nos acercamos a pasos agigantados al momento de la jubilación. En la sede electrónica de la página web de la (in)Seguridad Social hay un apartado denominado «Simulador de jubilación» que permite ir haciéndose una idea de lo que nos va a corresponder cuando nos jubilemos, eso siempre que las cosas sigan como hasta ahora, cuestión por la que no podemos poner la mano en el fuego dadas las meteduras de mano que el gobierno realiza sin ningún pudor a la bolsa, en la que ya se atisban telarañas.

Para que no nos llamemos a engaño, el texto que acompaña a este apartado del simulador dice en estos momentos lo siguiente:
«Este servicio permite simular la edad con la que se puede jubilar y la cuantía aproximada. Permite simular situaciones futuras teniendo en cuenta los datos y cotizaciones realizadas hasta el día de hoy… ».
Mi recomendación es leer de nuevo, un par de veces y detenidamente, el párrafo anterior. Hago énfasis en «teniendo en cuenta los datos y las cotizaciones realizadas hasta el día de hoy». ¿De qué datos estamos hablando? ¿Quién tiene los datos? Los trabajadores no, al menos que yo sepa, porque las empresas no están obligadas a aportar a sus trabajadores los justificantes mensuales fehacientes y detallados de las cotizaciones a la (in)Seguridad Social. ¡Cuántos fraudes se han producido y se siguen produciendo por ello! Conozco el caso de unos trabajadores interinos de un ministerio que tras 28 años de trabajo se dieron cuenta de que no estaban cotizando por ellos a la (in)Seguridad Social al transferir asuntos de su mutualidad MUFACE e ir uno de ellos al médico y decir este que no podía atenderle por no estar al corriente. Tuvieron que ir a juicio y lo ganaron, pero… Claro, no es posible, como vamos a pensar que nuestra empresa, incluso un ministerio oficial, esa en la que llevamos toda la vida cotizando o esas otras por las que hemos ido pasando no han cumplido con sus obligaciones de pago. Tenemos las nóminas, si, en el caso de que las conservemos, pero se trata de documentos que nos relacionan con las empresas y que no suponen en ningún caso un justificante de que la empresa haya satisfecho las cuotas, y lo que es peor, aunque lo hayan hecho, se encuentren debidamente registradas.

El caso real que ha ocurrido a la mujer de mi amigo es el siguiente. Según los cálculos normales por los años que lleva cotizados le hubiera correspondido una pensión alrededor de 1.400 euros, pero el simulador le arroja unos 900 euros. ¿Qué ocurre? Indagando en los datos que tiene la (in)Seguridad Social de ella aparecen tres años sin cotizar, dentro de los últimos veinte años que en 2017 se establecen como base para las operaciones. ¿No ha cotizado la empresa por ella? Extraño, porque sigue en la misma desde tiempos inmemoriales, con lo que la cosa apunta a un fallo en los procesos de la propia (in)Seguridad Social a la hora de integrar datos que probablemente estuvieran en papel en las bases informáticas que sirven para los cálculos en la actualidad. La (in)Seguridad Social es consciente de estos fallos, pero no informa de ellos a los trabajadores, que se han preocupado en estos últimos años de comprobar en la llamada «Vida Laboral» que estaban de alta. Estar de alta no sirve si no aparece la cotización efectiva, pues en el momento de los cálculos se tomará como cotización la mínima y eso en el caso del Régimen General, porque en el caso de los Autónomos es mucho peor y sangrante: se toma cero, interpretando que ese mes no han cotizado por las razones que sean. Si la (in)Seguridad Social se ha equivocado o ha tenido errores al construir sus bases de datos, el problema no es suyo, se aplica la Ley 27/2011 y Santas Pascuas.

Pero la mujer de mi amigo se ha dado cuenta del problema antes de que llegue. ¿Cómo justifica que su empresa sí ha pagado esos años y el problema es de la (in)Seguridad Social y de sus datos erróneos? La solución que le han dado es presentar un certificado de la empresa adjuntando los justificantes de haber pagado. Pero no olvidemos que la espada de Damocles de estos asuntos está en cinco años: las empresas, suponiendo que sigan existiendo, no tienen teóricamente obligación de guardar papeles más allá de los cinco años, cuestión que bien que emplean algunas de ellas para escabullirse ante los procesos judiciales, eso en el caso de que sigan existiendo, pues como es sabido, abrir y cerrar empresas es una práctica extendida para eludir responsabilidades. ¡Cuántos empleados cambian de empresa cada año sin moverse de su puesto de trabajo! ¡Cuántas constructoras desaparecen a los cinco minutos de acabar sus promociones urbanísticas aunque la Ley determina un mínimo de diez años para hacer frente a responsabilidades!

«Pleitos tengas y los ganes» reza el dicho popular. Como puede verse en la imagen, en mi registro de 1990 aparecen dos meses en los que NO CONSTA BASE y estoy casi seguro al 100% que la empresa, en aquella época por lo menos, no era sospechosa de no cumplir con sus obligaciones. Entre este año de 1990 y el más antiguo del que constan datos, 1980, de forma salpicada en algunos años faltan uno, dos y hasta tres meses sin cotizar. Para mí que existió la cotización pero hay fallos en la recogida de datos que tienen como resultado estas omisiones.

A mí parece que no me va afectar en el cálculo, porque cuando me jubile llevaré cotizados cuarenta y ocho años y los relativos a los últimos años están bien, excepto dos meses que no saben, no contestan. El asunto flagrante es cuantos de los jubilados en los últimos tiempos están cobrando pensiones por debajo de las que legalmente les hubieran correspondido por estos fallos y la subsanación de un plumazo, en contra de sus intereses, por una ley más que discutible. Al final, «al perro flaco, todo son pulgas» y el inocente tiene que cargar con los incumplimientos empresariales en unos casos o la desidia de la (in)Seguridad Social en controlar sus datos en otros.
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domingo, 8 de enero de 2017

COTORRA



La cotorra es, como todo el mundo sabe, «un ave prensora americana, parecida al papagayo, con las mejillas cubiertas de pluma, de cola y alas largas y puntiagudas, y colores varios, en que domina el verde». Pero en los usos del español, por extensión y de forma familiar se usa el término para referirse a una persona habladora. Con ello, el título de esta entrada del blog no resulta muy adecuado, porque me quiero referir a máquinas y no a personas.

Hacía tiempo que no utilizaba el Metro de Madrid pero las fechas en las que estamos y el hecho de acompañar a la familia en las compras de última hora por el centro de la ciudad me hicieron presenciar un hecho que no recordaba. Hace ya años que las pantallas se instalaron en las estaciones de Metro pero hasta donde yo recordaba eran mudas, estaban continuamente vomitando noticias, recomendaciones y anuncios pero no eran molestas, ya que se trataba de no prestarlas atención y punto. En mis viajes en transporte público, desde los tiempos inmemoriales, me han acompañado los libros porque cualquier momento era bueno para devorar unas cuantas páginas. Las esperas en el andén eran momentos adecuados para la lectura.

En su día ya lo pensé. Era cuestión de tiempo que la mudez pasará a mejor vida y las pantallas empezaran a bombardear a los viajeros; salvo que te armes de unos tapones para los oídos, cuestión poco recomendable porque es necesario poder oír ciertos ruidos simplemente por seguridad. Por mucho que te quieras retraer y aunque no mires la pantalla no te puedes escapar de la cháchara a la que te quieran someter los irresponsables que gobiernan las noticias, pues ya se ocupan de establecer el sonido a un volumen lo suficientemente alto para aturdirte los oídos para que, salvo que tengas una capacidad de abstracción profunda, te resulte imposible sustraerse a los mensajes.

Las agresiones en las zonas públicas a las personas son cada vez menos evitables, especialmente en las zonas de las ciudades o sus accesos con concentración alta de público. Supongo que en las plazas del Puerto de San Vicente o Villa te Empujo de Abajo no se le ocurrirá a ningún pensante poner pantallas porque pasan cuatro personas a lo largo del día por ella y no van a conseguir nada con ello. Hace años retiraron de las carreteras los anuncios publicitarios con la excusa de que distraían a los conductores que se podían ensimismar leyendo los anuncios y con ello dejar de prestar atención a la conducción y provocar accidentes. Incluso uno de los símbolos por antonomasia españoles en nuestras carreteras, el famoso toro de Osborne, estuvo a punto de sucumbir a la piqueta cuando ya me dirán Vds. la distracción que podía producir en los chóferes. Con el tiempo se ha visto que todo era una añagaza para alterar el statu quo comercial de los anuncios en carretera. Ahora se pueden ver enormes pantallas con imágenes brillantes y, lo que es peor, continuamente cambiantes, que sí que distraen y de qué manera a los conductores. Incluso en autopistas donde los atascos a ciertas horas son continuos, como por ejemplo la famosa cuesta de las Perdices en el acceso a Madrid por la carretera de La Coruña.

La foto que acompaña está imagen está tomada en la estación de Argüelles del Metro de Madrid. La pantalla que se ve en ella no es la única de la estación y en la foto no se puede escuchar la propaganda que yo calificaría de política con la que nos castigaron a todos los viajeros. Para gustos hay colores y habrá viajeros que disfruten con ello ya que les sirve de distracción, pero hoy en día cada uno llevamos nuestra distracción encima, generalmente en forma de teléfono inteligente, libro o revista, con lo que por lo general estas alocuciones lo único que hacen es molestar en la mayoría de los casos. Las noticias aparecen en texto en la parte inferior de las pantallas, con lo cual el que está interesado puede leerlas.

La cosa no se queda aquí. Estas agresiones en forma de pantalla no se limitan a espacios cerrados y más o menos privados. Cuando se transita por las aceras de ciudades y pueblos, especialmente en momentos de poca luz al atardecer, la agresión luminosa vuelve a las andadas en forma de pantallas en los escaparates y anuncios luminosos, por lo general en movimiento, que convierten en un suplicio el paseo. Por poner un ejemplo con los que más me chirrían y me molestan, los de las farmacias, esas cruces verdes y rojas, de gran tamaño, haciendo dibujitos con sus apagados y encendidos que lo que me dan es ganas de volver a mis tiempos de chaval, coger una piedra, cargar el tirachinas y apagarlos para siempre. No sé a ciencia cierta si de regular estos luminosos se ocupan y preocupan las ordenanzas municipales, pero deberían hacerlo para hacer las calles más agradables a los peatones.

Hace ya muchos años, quedé sorprendido en la plaza de Times Square en Nueva York por la cantidad de pantallas de gran tamaño que arrojaban imágenes continuamente que embobaban a los transeúntes que las prestaban atención. En esta semana he visto la situación repetida en la plaza de Callao de Madrid o en el Paseo de la Castellana esquina a José Atascal, perdón, Abascal, en que estaría yo pensando. Las cosas que ocurren en Estados Unidos acaban llegando tarde o temprano a España, con independencia de que sean buenas o malas.


domingo, 1 de enero de 2017

TÍTULOS



Aficionadillo como soy al mundo del libro, me ha dado por pensar en los mecanismos que utilizan los autores para decidir un título para los libros que escriben. A poco que uno piense en ello se da cuenta de que es una decisión difícil, pues en el título de alguna forma, además de en la imagen de portada, debe estar un «veneno» concentrado que sea capaz de capturar en un primer momento la atención de un posible futuro lector y además tener algo que ver con la historia. Me encantan los libros que vas leyendo sin encontrar una razón al título hasta que te topas con la frase o la situación adecuada que le dan todo el sentido. Salvo casos especiales que habrá, el título será una de las últimas cosas a decidir y estará en función de cómo avance la escritura del texto, de forma que el autor vaya confeccionando una lista con posibles. Claro está que en los casos de escritores famosos, la editorial tendrá mucho que decir en el remate final en función de variables que al autor ni se le habrán pasado por la imaginación. Un ejemplo: «el Paciente». Nótese que la «e» del artículo está escrita en minúscula y la «P» inicial de paciente lo está en mayúscula.

Pero vamos un poco más lejos en nuestra imaginación. Supongamos que yo sea un escritor aficionado que está escribiendo su libro en absoluta soledad y que va a auto publicarlo sin ninguna ayuda en alguna de las plataformas a su alcance. Asumo que el título tendré que cocinármelo solito. ¿Cómo se hace? Surgirán mil variables a considerar tales como de qué va la historia, alguna situación o diálogo clave en la misma, personajes principales o secundarios, sus profesiones, sus imaginaciones, situaciones, etc. etc. Luego habré de considerar el número de vocablos que conformarán el título porque si optamos por uno único, como hago yo para los títulos de las entradas de este blog, tendremos más dificultades en encontrar un término que exprese la idea, amén de que podemos encontrarnos con que ya existe otro u otros libros con ese título. ¿Podemos utilizarlo nosotros también?

Esto último es el verdadero quid que me ha inspirado a escribir estas líneas. Antaño sería difícil para un autor conocer a ciencia cierta si un determinado título está ya «pillado», no solo en un idioma sino en todos los posibles. Hogaño es relativamente más fácil con la abundante información que nos aporta internet. Pero siempre puede ocurrir que dos autores estén a la vez trajinando en un libro y en su título, cada uno en su cocina y con su editorial, de forma que en el momento de salida se produzca el encontronazo. ¿Puede ser esto lo que ha ocurrido con «Cicatriz»? Juan Gómez Jurado publicó su «Cicatriz» en 2015 pero también en ese mismo año Sara Mesa publicaba el suyo. ¿Cómo ocurrió? Y si nos ponemos a indagar buscando más «cicatriz o cicatrices» podemos aburrirnos y dejar de investigar cuando la lista alcance dieciocho libros con este mismo título. Entrar en los portales de Amazon o Casa del Libro y buscar por cicatriz nos dará una idea de esto.

La verdadera incitación a escribir esta entrada me vino por lo siguiente: un autor al que conozco muy bien e incluso personalmente, Javier Ruescas, publicó en 2010 un libro titulado «Tempus fugit», idéntico título a otro aparecido este año 2016 de otro autor llamado Carlos Sisí. Pero ahí no se acaba todo porque si nos ponemos a buscar más libros con este título podemos encontrar sin mucho esfuerzo otros tres de autores tales como Ignacio Pajón, María Asunción Razquín o Jon Alexander publicados con mucha anterioridad incluso al de Javier Ruescas.

Una fórmula clásica que da mucho juego y que emplean autores conocidos como Carlos Ruiz Zafón o Antonio Cabanas es la de «El tal de tal»; «La sombra del viento» del primero o «El ladrón de tumbas» del segundo siguen esta pauta como la mayor parte de sus libros. Javier Ruescas también la empleó en los títulos de sus trilogías de «Cuentos de Bereth» y «Crónicas de Fortuna», aunque en otras dos, «Play» y «Electro» ha optado por un único vocablo como título. Podemos irnos a la parte opuesta y optar por títulos largos y sorprendentes como los que utiliza Jonas Jonasson en sus libros,  «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», «El matón que soñaba con un lugar en el paraíso» o «La analfabeta que era un genio de los números», o los muy llamativos de la trilogía «Creadores del Pensamiento» de Consuelo Sanz de Bremond que originalmente se titulaban «Traficantes de mentiras o Cuando las moscas se equivocan», «Entrenadores de voluntades o Cuando por un borrego se juzga la manada» y «Eyaculadores de palabras o Cuando un perro no quiere pulgas». Tambien podemos utilizar juegos de palabras, refranes, refranes adaptados, nombres de personajes célebres en acciones imposibles y otras muchas posibilidades que podemos deducir de los miles y miles de títulos que están a nuestro alcance consultables en la red.

No recuerdo haber comprado un libro nunca solamente por la portada o la cubierta, aunque reconozco que esa primera atracción es importante para poder hojearlo un poco, leer su sinopsis, la biografía del autor y recomendaciones en blogs y revistas, aunque esto no es garantía de que un libro nos vaya a gustar porque como decía el gran Isaac Asimov «Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros».

He participado como coautor en un par de publicaciones en las que el asunto del título no nos trajo de cabeza a los autores porque se trataba de temas concretos: «Mobbing, volviendo a vivir» y «Tres mujeres vilipendiadas por la historia» aunque de las portadas de ambos me encargué yo personalmente y tuve que estrujarme hasta dar con alguna que me gustaba. Ahora tengo en mi disco duro una carpeta titulada «AAAA BBBB CCCC» llena de notas, personajes, situaciones, capítulos y estructuras que conformarían el que sería mi primer libro de narrativa escrito de forma individual. Hace dos años que duerme el sueño de los justos esperando cobrar vida y es posible que algún día empiece a tomar cuerpo; en ese momento habrá que ir pensando en cambiar las aes, bes y ces por un título conveniente y adecuado y que a ser posible no se repita con alguno conocido.


domingo, 25 de diciembre de 2016

LOTERÍA



Aunque no verán la luz hasta el sábado o el domingo por seguir la tradición de publicación, escribo estas líneas el jueves anterior mientras suenan en los altavoces del ordenador los tradicionales cánticos de los niños de San Ildefonso interpretando la partitura que se repite todos los años el 22 de diciembre relativa al sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Dicen muchas cosas positivas de este sorteo apelando a la tradición, a la amistad, a compartir con familiares y compañeros, etc. etc. pero se callan otras que no son tan positivas. Y además desde hace pocos años, las negativas dieron un salto cualitativo que se suponía que era temporal, pero tiene la pinta de que ha llegado para quedarse y por lo menos este año y el que viene no hay ninguna intención de retirarlo. Me refiero a esa quita especial del 20% que antes no existía.

Durante toda mi vida he participado en este sorteo, generalmente de forma compartida con familiares, compañeros de trabajo y amigos. El intercambio de participaciones exigía casi en los últimos tiempos llevar una contabilidad y tener exquisito cuidado con los décimos comprados, su cuantía y custodia y con quienes se habían compartido porque, no toca nunca, pero todos los años oímos en las noticias asuntos feos de personas que compartieron y o bien no tenían suficiente montante para responder o bien se largaron sin decir esta boca es mía. Claro, esto solo ocurre cuando toca, porque si no toca todos estos chanchullos quedan sin salir a la luz.

Lo sabemos todos: la de Navidad es una de las peores loterías, sino la peor, del año. Hay estadísticas de todo tipo en las que se constata que las probabilidades son mínimas, los premios son menores, etc. etc. pero los españolitos no desistimos de acudir a la llamada del organismo oficial de Loterías que ya puso de moda un fenomenal anuncio que todos los años impacta y de qué forma en la sociedad. A comprar lotería todos. De ilusión también se vive aunque cueste unos eurillos. Es la tradición.

Hará unos tres años que digo aquello de que en este sorteo «me toca todo lo que juego» porque no compro nada. En años anteriores había llegado casi a los cien euros de gasto por atender los ofrecimientos de amigos, departamentos o asociaciones que con su buena intención no quieren dejarte fuera en caso de que la suerte sonría. Se corre el riesgo de que toque en uno de los décimos o participaciones ofertadas, pero si llega el caso me alegraré por los premiados y yo seguiré con mi convencimiento de no participar.

No es del todo exacto que no gaste nada, porque tengo que reconocer que sigo haciendo un gasto de, exactamente, doce euros en la actualidad. Hay una cofradía de Semana Santa que emite participaciones de tres euros, de los que se juegan dos y medio en un número que todos los años es el mismo. Mi padre ya compraba estas participaciones para cada hermano desde que éramos niños y yo he seguido con la tradición pues no olvidemos que el número es todos los años el mismo. No toca nunca, algunas veces el reintegro y en pocas ocasiones que yo recuerde la pedrea. Si se trata del reintegro es una buena noticia para la cofradía porque muchos no hacen efectivo el cobro lo que supone un ingreso extra y extraordinario en las cuentas del año. Sin duda el lector pensará porqué compro cuatro participaciones y no una. Una me la reservo para mí y las otras las intercambio con tres amigos, dos de Sevilla y uno de Almería con los que llevo haciendo esto desde hace cuarenta años, con lo que no sería de recibo cortar esta rutina y sobre todo por tratarse del mismo número de siempre.

Pero este año de 2016 he caído en la trampa y he comprado dos décimos, cuarenta euros, por dos cuestiones un poco extraordinarias. Uno de ellos ha sido porque he tenido la ocurrencia de compartirlo con una familia norteamericana a la que nos une gran amistad. La cosa ha resultado curiosa para ellos que están expectantes con el resultado del sorteo que está teniendo lugar en estos momentos. En principio les dije que el premio si nos tocaba el «gordo» era de doscientos mil dólares aproximadamente para cada familia, si tenemos en cuenta un cambio del dólar a la par como está en estos días, pero inmediatamente tuve que rectificar por la negatividad cualitativa desde hace unos años que supone el impuesto extraordinario y directo del 20% que se aplica en el momento del cobro para todos los premios superiores a dos mil quinientos euros. Así de un plumazo, si te toca el gordo y vas a hacer efectivo tu décimo a una entidad bancaria, te dirán que te corresponden cuatrocientos mil euros de premio pero en el mismo instante te aplicaran el impuesto y te quitarán setenta y nueve mil quinientos, un impuesto directo, fijo e inmediato para todos, sean ricos o pobres. Y me asalta la duda ¿para extranjeros también? Si toca tendré que enterarme, pero por si acaso ya le he dicho a la familia amiga americana que de doscientos mil dólares para cada familia nada, que con el impuesto se queda en ciento sesenta mil dólares. Lo más difícil ha sido explicarles lo que significa eso del «gordo» en un sorteo.

Y el otro décimo… He visto muchas cosas respecto de la lotería en general y de esta en particular, pero me ha sorprendido una forma nueva de compartir en la oficina en la que estoy laborando actualmente. En lugar de comprar el mismo número para todos, lo que se hace es aportar un décimo cada uno de los que quieren participar como fondo común, que ha llegado a los 30 décimos, todos diferentes y procedentes de multitud de puntos de la geografía nacional. La idea es que todos los décimos estuvieran depositados y custodiados por una comisión, pero la distancia, los tiempos, las vacaciones y otros impedimentos han hecho esto imposible, con lo que se han utilizado los medios modernos, wasap y correo electrónico, como certificado de compromiso al enviar una foto de los mismos a la comisión gestora. El sistema me ha parecido curioso y me he animado a participar por esta vez y sin que sirva de precedente.

En este fondo hay décimos de todas las terminaciones, con lo que algún reintegro está asegurado y quizá haya suerte y corresponda alguna pedrea, con lo que habrá algo para reinvertir en el siguiente sorteo del Niño y quizá en alguno más hasta que se acabe perdiendo todo, que es lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos, especialmente si los premios no son cuantiosos.

Como curiosidad, investiguen y lean de qué ocurre con el asunto de los impuestos cuando los décimos son compartidos entre varias personas…


domingo, 18 de diciembre de 2016

HORARIOS



En estos días han puesto (de nuevo) de moda el tema. Es un asunto recurrente que cada cierto tiempo sale a la palestra y en este caso es una buena excusa para lanzar una cortina de humo en la que todos los españolitos nos enrollamos y que permite dejar en segundo plano otros asuntos de más calado: mientras estamos en la empresa, en la familia, en el bar con los amigos y en otros tantos y tantos sitios hablando del tema, del que todos entendemos un montón, no hablamos de otras cosas como por ejemplo el asunto de las pensiones. Cada vez tengo más claro que manejar la (des)opinión pública es tarea sencilla, y cada vez más con la ayuda de las redes sociales y los medios que entran al trapo a nada que se les mencione una cuestión.

Se hace énfasis en que se trata de debatir acerca de los horarios laborales, pero a nadie se le escapa que estos horarios están estrechamente ligados a los «demás» horarios. Un escueto comentario a lo manifestado por la ministra en los medios diciendo que si salimos del trabajo a las seis de la tarde podemos hacer otras muchas cosas, entre ellas, conciliación familiar o deporte. Respecto de lo primero habrá que ver si queremos hacerla y de lo segundo parece que se olvida que si está hablando de un gimnasio o un polideportivo, los encontraremos cerrados si los empleados de estos establecimientos TAMBIÉN finalizan a las seis. ¿Estamos hablando de TODOS los horarios laborales o solo de los de grandes empresas e incluso de los de oficinas? ¿Nos hemos planteado entonces que los horarios de los empleados que salen antes, por ejemplo a las tres de la tarde, tienen que ser ampliados hasta las seis para que todos seamos igualitos?

Llevo más de cuarenta años, concretamente cuarenta y ocho, laborando en diferentes empresas y diferentes sectores y los horarios se han ajustado a las necesidades del negocio. Mi primer cometido tuvo lugar en una empresa de construcción, en una oficina, y el horario era de siete a diez de la tarde-noche y los sábados por la mañana, que no olvidemos que antiguamente se trabajaba los sábados. Esto era así porque los obreros acababan los tajos a esa hora y pasaban por la oficina a dar los partes que había que procesar a mano. No es cuestión de hablar de horarios alternativos porque el jefe, que era el que pagaba, lo quería así.

Con posterioridad accedí a un puesto administrativo en el sector de banca. En aquellos tiempos, en peleas enconadas con la «autoridad», que en aquellos años era mucha y apabullante pues estábamos en época de Franco, se consiguió el horario continuado para la banca, de ocho de la mañana a tres de la tarde, sábados incluidos. Vaya por delante mi opinión de que un horario de siete horas diarias, treinta y cinco a la semana aunque antes eran cuarenta y dos por los sábados, es el mejor horario posible. Pero claro, siempre y cuando nos dediquemos realmente a trabajar, no a dormitar o jugar al Candy Crash como hacen algunos próceres que se permiten sentar cátedra sobre el tema. Una persona que empieza duro a las ocho de la mañana, dedica veinte minutos escasos a desayunar y vuelve a la carga, cuando son las tres de la tarde está para el arrastre, para irse a su casa, cambiar de ambiente y recuperar fuerzas para el día siguiente entreteniéndose con la familia, el ocio, el deporte, el bricolaje o cualquiera de las muchas actividades placenteras que existen. Tengo que reconocer que durante muchos años el trabajo fue también una actividad placentera para mí en la que disfrutaba enormemente, con lo cual rendía mucho y se me pasaban las horas sin enterarme.

Pero es que hay un asunto que no distinguimos muy bien los españolitos, y es la diferencia en el trabajo entre «estar estando» y «estar trabajando». Muchas horas se pasan los trabajadores «estando» en el puesto de trabajo lo que no significa que estén «trabajando». Esto viene de los tiempos inmemoriales de tipo funcionarial, donde lo que contaba era la presencia física, el fichaje y el estar disponible por si el jefe te llamaba. Lo del trabajo por objetivos, lo de los horarios libres o flexibles, lo de trabajar desde casa y asuntos similares es un tema pendiente del que no se habla y que es el verdadero quid de la cuestión.

En una de mis épocas, de esas de la jornada de siete horas, se rendía a tope. A las ocho de la mañana, nada más comenzar el trabajo, una reunión operativa del departamento de no más de quince minutos sobre lo que íbamos a hacer en el día cada uno, de lo que íbamos a necesitar unos de otros, y todo el mundo a laborar de verdad hasta las tres. Muchas veces me he quedado por la tarde por mi propia iniciativa personal, por acabar algo que tenía entre manos o por simple reordenación personal de mis cometidos. Lo que sí que me ha costado mucho, y pocas veces lo he hecho, ha sido quedarme cuando me lo mandaban, en algunas ocasiones sin justificación y por negligencia de otros, que habían dedicado la mañana a «estar estando» y cuando faltaban quince minutos para marcharnos les entraban las prisas; más de un problema he tenido a lo largo de mi vida laboral por que se me cayera el lápiz a la hora si yo no consideraba que lo que se me pedía fuera de horario era ajustado a los contextos.

Pero aquello acabó. Una compra de empresas a principios de los noventa del siglo pasado terminó con la jornada continuada. Se entraba más tarde, una hora para comer, se salía a las cinco y media de la tarde y claro, ya no había ninguna prisa en la salida para irse a casa a comer y con ello se inventaron los alargamientos no retribuidos de jornada, el quedarse en la oficina por si acaso hasta que se hubiera marchado el jefe e incluso a la salida tomar con los compañeros una cervecita o más de una. Luego se llegaba a casa a las tantas procurando que los niños estuvieran acostados y quejándose a la mujer de lo mucho que habíamos trabajado y lo cansados que estábamos. En aquellos tiempos eso de la «conciliación familiar» todavía no se había inventado.

Desde que el mundo del comercio ha abogado por la liberalización y por tener las tiendas abiertas a todas horas, incluso los festivos, los horarios son un caos porque no olvidemos que muchas personas trabajan en el comercio, algunas por ejemplo solamente los fines de semana, que es cuando el resto de su familia y amigos tienen libre. Y hay muchos tipos de trabajo, especialmente en el mundo del ocio ¿puede un croupier de un casino, un empleado de un cine o un camarero de un restaurante acabar su jornada a las seis de la tarde? Es que a esa hora ni han empezado entre otras cosas porque sus negocios dependen de personas que hayan acabado su jornada y puedan acceder a esos servicios de ocio.

Las cosas se ajustan y desajustan con los años, los usos y las costumbres, si bien es verdad que ciertas condiciones afectan a este ajuste, como por ejemplo la decisión en su día de permitir la apertura de centros comerciales en domingos y festivos. La revolución que provocó esta medida trastocó todo lo existente en temas de horarios, no solo en el comercio, sino en un montón de empresas que no tenían nada que ver con el tema. Otro paso fue la generalización del horario continuado, no cerrando a mediodía, que se ha extendido como la espuma y que habría que analizar a ver si merece la pena.

Sigamos hablando de este tema mientras descuidamos otros realmente importantes y preocupantes…