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domingo, 21 de julio de 2019

LUNA




Se estima que hace siete millones de años algo ocurrió para que una cierta especie de simios mutara hacia lo que más tarde serían los ancestros de los homínidos actuales. Tuvieron que pasar muchos años para que desde el corazón del continente africano comenzara una expansión que, atravesando todo tipo de accidentes geográficos, ha llegado a colonizar prácticamente todos los continentes e islas del planeta. No contentos con ello, hace cincuenta años decidieron, y consiguieron, salir del planeta y hollar la superficie de su único satélite: la Luna.


Escribo estas letras unas pocas horas después de que se hayan cumplido cincuenta años de la primera vez que un humano puso un pie en la Luna. El cerebro humano, por falta de entrenamiento claro está, tiene ciertos inconvenientes con las magnitudes de ciertas distancias. Podemos estimar perfectamente los 20 kilómetros que nos separan de un pueblo vecino, los 50 que nos separan de la capital, los 620 que dista Madrid de Barcelona o incluso los 1.275 que habría que recorrer, en coche y según la ruta, para ir desde Madrid a París. Si pasamos a distancias mayores, por ejemplo, los más de 8.000 que dista Houston de Madrid en línea recta ya la cosa se nos complica. ¿Y los 384.402 kilómetros que por término medio dista la Luna de la Tierra? Teniendo en cuenta que la longitud de la circunferencia terrestre en el Ecuador es de 40.075 km., la distancia a la Luna son nueve vueltas y media a la Tierra. Es un poco tangencial al asunto, pero recuerdo en estos momentos un libro que me impactó por su sencillez y su método para entrenar el cerebro en esas distancias estratosféricas. Se titula «La galaxia en un campo de fútbol» y su autor es Juan Fernández Macarrón. Mediante comparativas sencillas uno llega a recordar que, si se compara el tamaño de la Vía Láctea con un campo de fútbol, la Tierra sería un minúsculo granito de azúcar situado cerca de uno de los ángulos de una de las áreas. Tendré que releerlo y volver a «meter» el Sistema Solar en una mesa camilla con el Sol en el centro e ir colocando los planetas con pelotas de tenis, ping-pong y similares para hacerme una idea y recordar estas dimensiones. Tengo el libro en papel, —en estos momentos no sé dónde— dedicado por el autor, pero he visto que en su página se puede adquirir en formato digital, pero… ¡a un precio a mi modo de ver exagerado de 18 euros!


Volviendo al tema central, han pasado cincuenta años… Yo era un crío en aquella época e incluso recuerdo ir a ver las retransmisiones televisivas de los programas espaciales a casa de un vecino pues en la mía no había todavía aparato de televisión. Cuando tenga un rato me dedicaré a ver la transmisión original en la cadena CBS norteamericana, cuatro horas y media, y que gracias a la magia de Youtube pueden verse aquí. Indagando en esta plataforma podemos extasiarnos con reproducciones de la época como la de Jesús Hermida en Televisión Española. También mencionar que tuve la inmensa suerte de visitar en el año 2000 las impresionantes instalaciones de la NASA en Cabo «Kennedy» Cañaveral en Florida y más recientemente, en 2017, las no menos impresionantes existentes en Houston, Texas.


El pasado 29 de junio, el centro de visitantes de la NASA en Robledo de Chavela programó una fenomenal charla a cargo de Carlos González Pintado —en la imagen de esta entrada a la derecha—, uno de los españoles que constituyen la historia viva de la NASA en España tras sus más de cuarenta años de dedicación laboral que comenzaron unos años antes de la llegada del Apolo 11 a la Luna. Numerosas anécdotas jalonan la vida de Carlos, personales y en relación con la exploración espacial, que para aquellos interesados pueden conocerse en el libro recientemente aparecido de Jesús Sáez Carreras, Jesús y titulado «El gran salto al abismo. La extraordinaria historia de un técnico español de la NASA en la exploración del espacio» que puede adquirirse en formato digital por tan solo 6,64 euros en esa conocida y mundial empresa de venta de casi todo. Un precio irrisorio para el disfrute que procura. Carlos, excelente y afable comunicador, ya retirado, está reviviendo estos días junto con alguno de sus compañeros aquellos eventos y no hay día que no aparezca en prensa, radio o televisión. Inquieto, tecnólogo, jubilado, ahora que cómo él dice tiene algo de tiempo, cuenta sus experiencias en su propia página web accesible en este enlace.


Llevo estas últimas semanas viviendo con expectación este aniversario con lecturas, documentales, artículos en prensa, etc. etc. Algunas cosas recuerdo, pero pocas dado mi reducida edad en aquellos tiempos. Un libro revelador de toda la carrera espacial previa es el de Ricardo Artola titulado «La carrera espacial. Del Sputnik al Apolo 11», de fácil lectura y con exhaustivos datos de todos los programas tanto soviéticos como norteamericanos. Por cierto, ¿ha reparado Vd. en la diferencia entre los vocablos astronauta y cosmonauta? Pues es lo mismo, pero según seas ruso o no utilizarás una u otra. 

Evidentemente hay otros muchos libros sobre el tema; otro que he leído, por curiosidad, es el de Jaime Ivars titulado «Apolo 11. El falso viaje a la luna» por aquello de las teorías que apoyan que todo fue un montaje. Con independencia de que lo fuera o no —los gobiernos son capaces de estos engaños y mucho más, hay que recordar lo que mucha gente no sabe y es que cinco misiones posteriores pusieron otros diez hombres más en la Luna hasta que tras el Apolo 17 de diciembre de 1972 la carrera espacial tomó otros derroteros. Ahora parece que hay un interés renovado por diferentes países de volver a la Luna de forma que la NASA está trabajando en situar una pareja, la primera mujer, en la cercana fecha de 2024. La tecnología actual es muy distante con la de entonces, años luz, y en teoría y si aquello fue verdad, que yo no lo dudo, hoy sería casi un juego de niños (en comparación de medios) repetirlo: por lo menos el ordenador de servicio del módulo lunar no se pondría a emitir mensajes 1202 de saturación que por unos instantes tuvieron en vilo a Neil Armstrong, Edwin Eugene «Buzz» Aldrin, Michael Collins y el equipo de técnicos de seguimiento en la Tierra, entre ellos Carlos González.


Como digo, numerosos artículos en prensa se han hecho eco del evento. Los he ido leyendo a toda prisa y guardando en el ordenador para una relectura más pausada. Reutilizando imágenes originales, hay una excelente película documental titulada «Apollo 11. Primeros pasos» dirigida por Todd Douglas Miller que nos permite revivir la historia con imágenes desconocidas hasta ahora. También el año pasado se estrenó la película «El primer hombre» dedicada a la vida de Neil Armstrong, al que por cierto dediqué hace unos meses la entrada de este blog titulada «Neil» con motivo del 60 aniversario de la constitución de la NASA y donde cuento una historia curiosa que ocurrió a mi padre.


La información aparece a borbotones estos días… imposible hacerse eco de toda ella, pero para las personas curiosas y aficionadas a este mundillo es un gusto para los sentidos. Ahora voy por la mitad de la serie de doce capítulos original de 1998 —no la conocía— titulada «De la Tierra a la Luna» y que está ofreciendo remasterizada HBO. Para aquellos que como yo no tengan contratada esta cadena de televisión por cable, decir que ofrecen un primer mes gratis… que espero sea suficiente para ver los doce capítulos. Ojo a cancelar la suscripción antes de que venza, que empiezan a cobrar…


Esto se alarga y quedan algunas cosas, así que veremos si la próxima semana seguimos con algunos asuntos interesantes… ¿Vexilología y Apolo 11? 



domingo, 14 de julio de 2019

ABALORIOS





«Para gustos hay colores» reza el dicho popular. Cada cual decora sus propiedades particulares en función de sus gustos y posibilidades económicas. La idea es rodearse de un confort que haga la vida diaria lo más agradable posible. En algunas ocasiones, también se trata de mostrar cosas a los demás, bien a los que nos visiten bien a los que puedan alcanzar con su vista elementos propios que no se hayan ocultado con vallas o setos, siendo este el caso de los jardines que pueden verse desde el exterior. Como digo, hay para todos los gustos. La imagen que encabeza esta entrada es de un jardín, muy cuidado hay que reconocer, lleno de archiperres: útiles y herramientas de huerto y jardinería, enanitos, burritos, gnomos, un brocal postizo de pozo… Hay que pasar un buen rato deteniéndose a contemplar cada uno de los elementos decorativos, como imagino se pasará un buen rato también el que cuide el jardín cada vez que haya que cortar el césped.

La siguiente fotografía muestra otro jardín, casi limpio de elementos como los referidos y que muestra tan solo un objeto decorativo: una batería de coche. ¿Decorativo?



A principios de los ochenta del siglo pasado dejé la casa en la que había nacido y vivido con mi familia para trasladarme a un «acosado». El jardín era muy pequeño y en la reforma que le hice construí un garaje utilizando un desnivel existente, con lo que se pudo recuperar parte de ese jardín situándolo de nuevo encima del techo del garaje. Quedo muy recogidito, entre los muros de cerramiento y suficiente para tener un poco de césped y algunos arbustos ya que los árboles no tenían cabida dada la poca altura de tierra al estar el garaje debajo. Nunca supe cómo llegó allí porque ya he manifestado el encajonamiento del jardín, con una cierta altura respecto del nivel de la calle por lo que había que acceder por una escalera que recuerdo bien tenía 10 escalones. Lo cierto es que, de buenas a primeras, en la pradera empezaron a aparecer montículos de tierra, cuyo número iba en aumento exponencial. Había llegado un molesto visitante: un topo. Reitero que era imposible que el animalito llegase allí andando o través de sus túneles, porque el jardincito estaba completamente aislado por muro y cemento. La única posibilidad es que algún vecino desalmado o algún paseante desaprensivo me obsequiara con este regalito lanzándolo por los aires.

El caso es que el bicho estaba allí como un señor. Un pequeño jardín, bien cuidado y regado, era un campo perfecto para una vida placentera y para campar a sus anchas construyendo galerías y más galerías que dejaban todo hecho un erial. Cansado de su molesta visita, traté por todos los medios de deshacerme de él, pero la cosa resultaba difícil. Probé con los mecanismos, prohibidos, de cebos envenenados, petardos y algunos similares sin ningún éxito. Compré varios emisores de zumbidos a pilas que situé por sus galerías y que cada diez segundos emitían un pitido estridente que en teoría haría que el simpático animalito buscase otros lares. Llegué a utilizar una manguera para inundar de agua todas sus galerías hasta encharcar todo el jardín. Conecté la manguera al tubo de escape de una moto e inundé durante horas las galerías con el humo tóxico, traté de darle directamente con el azadón en la cocorota, pero se ve que no atinaba. La cosa estaba clara: si no le hacía pasar a mejor vida, no se iba a marchar voluntariamente de la zona porque ya he dicho que no podía por el encajonamiento del jardincito.

Las semanas pasaban y el jardín estaba destrozado: no sólo el césped completamente levantado sino también varias plantas secas porque seguramente que sus raíces habían sido visitadas por el animalito. Recuerdo perfectamente un día del mes de julio, era sábado, en que había regresado a casa sobre las seis de la mañana tras una jornada especial de noche en mi trabajo. Estaba yo sorprendentemente despejado tras una noche de trabajo cuando me senté en el porche de la casa a mirar lánguidamente el (destrozado) jardín. ¿Suerte? Por unos momentos pude observar una pauta de actuación del topito, que iba a un extremo de una pared lateral y excavaba un rato para volver al otro extremo y excavar otro poco. Lo repitió un par de veces… Me fui a por el azadón y como ya es sabido que estos simpáticos bichitos tienen el sentido del oído muy desarrollado, me situé en el extremo contrario al que estaba actuando a la espera silenciosa de que volviera al que yo estaba. Volvió el condenado y cuando estaba en la faena… ¡zasssss!, azadonazo que te crió. Pero no intenté acertarle a él, sino que traté de cortar a unos cuarenta o cincuenta centímetros la teórica galería que estaba entre los dos montículos. Inmediatamente dejo de moverse el montículo y yo puse manos a la obra a ir levantando el terreno para descubrir la galería con la tremenda suerte de que allí estaba el condenado: pequeño, peludo, negro como el tizón, aparentemente inofensivo, pero con una capacidad de destrucción enorme. ¿No se le ha ocurrido a ningún científico loco amaestrar a estos animalitos para dedicarlos a trabajos de minería?

Guardé el animalito en una caja de plástico resistente con la tapa perforada por aquello de que no se asfixiara y me fui a dormir. Cuando me levanté al mediodía bromeé con la familia acerca del evento: aunque no se lo decía abiertamente sino con rodeos, no se creían que la pesadilla del jardín había terminado. Al final les mostré la caja con el demonio que nos había traído en jaque durante semanas. Me hice unas fotografías con él ─tengo que buscarlas─ y después… le llevé al campo bien lejos, cerca de un río para que el terreno estuviera húmedo, hice una pequeña zanja de iniciación y allí le solté. Enseguida se puso en marcha como una retroexcavadora y se marchó a las interioridades de la tierra. ¡Vaya pájaro! Evidentemente no volví nunca por allí ni supe que fue de él. A enemigo que huye, puente de plata.

Han pasado casi cuarenta años de aquello, pero ya sabemos que la historia se repite. Ahora se trata de un jardín amplio, sin muros que lo constriñan y por tanto con libre acceso desde las vecindades para que hagan acto de aparición estos simpáticos elementos de la fauna terrestre. En poco tiempo, el jardín de nuevo salpicado de montoncitos de tierra, galerías hundidas, calvas en la pradera… Sin ningún convencimiento me pasé por el vivero de la zona a preguntar y me dijeron lo que ya suponía: ajo (a joderse), agua (aguantarse) y resina (resignación). Me dieron unos sobres de veneno para roedores ─los topos están protegidos─ pero ya me avisaron que son muy listos y no suele funcionar. No funcionó.

Como en otras muchas cosas hoy en día, el recurso es acudir al buscador de internet y buscar remedios y soluciones aportadas por profesionales y profanos. Hay montones de ellas, pero hablando con mi cuñado Juan me dijo que había oído en una ocasión que una solución limpia y práctica  para alejar estos molestos visitantes de los jardines era situar como elemento decorativo una batería usada de coche, de las antiguas, de esas que rellenábamos con agua destilada en una labor de mantenimiento que ahora ha desaparecido: la última de mi coche me ha durado tres años y el mantenimiento ha sido pasar por el taller y adquirir una nueva con un precio de cerca de cuatrocientos euros: ¡es que son especiales! me dijo el del taller.

No costaba mucho probar. Una visita al taller amigo para hacerse con una batería de las antiguas, colocarla en el jardín y… esperar. ¡Mano de santo! El topo o los topos han desaparecido como por arte de magia. Ahora solo queda decidir si dejar la batería de forma permanente ─para que no vuelvan─ o guardarla en el trastero por si una vez retirada aparecen de nuevo y hay que volverla a utilizar. Remedios de la abuela que funcionan.