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domingo, 31 de diciembre de 2017

DEDO





Para las personas vorazmente lectoras, los momentos iniciales de irse a poner en los brazos de Morfeo suelen ser dedicados a avanzar en el libro que tienen entre manos. Los doctores se cansan de repetir aquello de que a la cama se va exclusivamente a dormir —salvo intercambios de fluidos— y que si queremos leer un poco lo hagamos cómodamente en el sillón. Yo, hace muchos años, cuando leía libros en papel, abandoné la costumbre de leer en la cama por la incomodidad que me suponía el sujetar los libros, algunos de ellos verdaderos tochos que no había forma de mantener a raya. Al final me quedaba dormido y acababan rodando por la cama o en el suelo. Eso sí, no se rompían, una de las ventajas de los libros en papel.

Cuando de la mano de mi buen amigo Miguel Ángel me asomé al mundo de los lectores electrónicos, allá por 2009, volví a considerar de nuevo la lectura en la cama, dada su manejabilidad y poco peso, pero la consideración me duró apenas una semana: mi flamante Kindle keyboard, comprado a Amazon en Estados Unidos por un dineral en aquella época, acabó rodando también al quedarme dormido y en este caso fue peor, dado que la pantalla de los e-readers es muy delicada y se destrozó. Menos mal que Amazon, a pesar de que había sido un problema mío, me lo cambió de una forma sorprendente al estar en período de garantía. Relataba estos extremos en las entradas «EFI.....QUÉ? AMAZON» y «KINDLE» de este mismo blog.

Como quería volver a toda costa a mi lectura antes de dormir, tuve que ingeniármelas y fabriqué un atril para colocar el libro en la mesilla, con la inclinación adecuada a la que tenían mis ojos con mi cabeza apoyada en la almohada, de forma que podía leer si tener que sujetar el libro en mis manos: si me quedaba dormido, lo que ocurría con frecuencia, el libro se apagaba él solito y conservaba su integridad. Este modelo de Kindle, prehistórico ya, no disponía de luz propia por lo que tuve que añadir un flexo portátil que me permitía leer en la oscuridad sin molestar a mi mujer. Cuando uno se desvela por la noche, un ratito de lectura sirve para aprovechar el tiempo y muchas veces facilita el conciliar el sueño de nuevo. En la entrada «eREADER» del blog glosando las bondades de los libros electrónicos para las personas mayores aparecía la fotografía de este atril al que aludo, usado desde entonces y en uso hoy en día.

Esta forma de lectura en la cama, sin tener que sujetar el dispositivo, la vengo usando desde hace años. Tiene un inconveniente: el paso de página, que hay que realizar manualmente sacando el brazo y pulsando el botón, un proceso repetitivo que llega a cansar y que es especialmente fastidioso en invierno, cuando la temperatura de la habitación es fresquita, te encuentras arrullado hasta el cuello en el edredón y tienes que sacar el brazo para par aporrear el botoncito de marras.

El pasado año por mi cumpleaños me regalaron un modernísimo Kindle Oasis, que ya tiene luz propia, es de menor tamaño que el anterior y dispone de pantalla táctil. El menor tamaño forzó una adecuación del atril, al que tuve que añadirle algunas piezas para poderlo usar con los dos lectores, que utilizo indistintamente. La auto iluminación del nuevo es infinitamente mejor que el flexo y la pantalla táctil facilita el paso de página, pero no evita el tener que andar sacando el brazo, un repetitivo y verdadero latazo.

Dándole un poco al magín, y con la colaboración de mi hermano Jesús, he diseñado una especie de «dedo mecánico» que puede verse en la imagen y que mediante un pulsador «alámbrico» conectado por cable, permite pasar las páginas con solo pulsar un botón, acción esta que puede llevarse a cabo desde el interior del edredón, con el simple movimiento de un dedo y sin tener que destaparse y sacar el brazo. El mecanismo funciona y es una delicia, aunque tiene un pequeño inconveniente y es que creo que me quedo dormido con más facilidad al no tener que efectuar movimientos físicos. Pero los minutos de lectura, los que sean, son mucho más satisfactorios y sobre todo calentitos ahora en invierno.

Amazon es una empresa en constante innovación. Atriles o soportes similares hay muchos en el mercado pero son ciertamente aparatosos y nada comparables a una funda de diseño que permitiera la inclinación en la mesilla sin más. Lo siguiente sería un pequeño mando a distancia que permita las funciones básicas de pasar página adelante y atrás e incluso el apagado del aparato, aunque esta es una función que realiza el solito al llevar inactivo un tiempo.

Cuando el diablo no tiene nada que hacer… coge la escoba y se pone a barrer, en su versión modificada. No es que me sobre el tiempo, pero estas cosillas tienen su punto de reto y no doy por malos los ratos empleados. Eso sí, cuando el mando a distancia se haga realidad en un futuro, seré el primero en apuntarme al carro. No podemos olvidar que habrá casos de personas postradas en cama o en una silla de ruedas que no puedan sujetar de forma continua el libro con las manos, con lo que un dispositivo de este tipo les sería también de gran ayuda.




domingo, 24 de diciembre de 2017

RECIBOS



Llevaba tiempo pensando en escribir una entrada dedicada a este asunto, que aunque no está generalizado todavía empieza a despuntar. Y ya se sabe, cuando a alguien se le ocurre una idea «genial», el resto se apunta al carro hasta que se toma la cosa como un estándar. Y no es que esté bien o mal, pero lo que realmente no es de recibo, valga la redundancia con el título de la entrada, es que nos lo impongan sin consultar.

Hace no tantos años recibíamos en nuestros domicilios una montonera de cartas del banco con una copia de los recibos que íbamos pagando con cargo a nuestra cuenta bancaria. La verdad es que a medida que pasaba el tiempo el número iba in crescendo, lo que suponía un coste no desdeñable para los bancos que empezaron a desarrollar técnicas para acabar con el asunto. Una de ellas, la recuerdo, era cobrarte la correspondencia como una comisión. Un banco llegó a cobrarte el importe del sello en cada operación aunque luego te mandaba tres o cuatro comunicaciones en el mismo sobre, con lo cual encima ganaba dinero con este tema.

Lo normal ha sido ir eliminando estas comunicaciones y sustituyéndolas por sistemas electrónicos basados en internet. Al principio algunos bancos y empresas consultaban al cliente, e incluso te ofrecían algún aliciente para que fuera el propio cliente el que decidiera pasarse a la factura o el recibo electrónico. He revisado mis datos y desde 1999 guardo estos recibos en mi ordenador. Al principio la única posibilidad era escanearlos según iban llegando, lo que suponía un trabajo ímprobo, así que yo fui uno de los que me apunté al carro de la distribución electrónica por mi propio interés. Ahora los descargo y los guardo en el disco duro del ordenador.

Simplificando, hay dos tipos de recibos que acaban alcanzando tu cuenta bancaria. Un buen número de empresas ya han habilitado mecanismos en la red de que tú puedas consultarte la factura mensual, bimestral (que no bimensual), trimestral o anual. Son raras o inexistentes las empresas comunes de servicios en los hogares que te envían la factura mediante el correo ordinario con sobre y sello. Empresas de electricidad, telefonía, gas o similares tienen los documentos accesibles a través de sus páginas web, con lo que aquellos usuarios que dispongan de acceso a internet pueden consultar los conceptos y los importes en línea y decidir si descargar a su ordenador una copia o, como hacen la mayoría, pasar de ello, y dejar que se vayan eliminando por sí mismas, pues no todas las empresas guardan TODAS las facturas sino solo las de los últimos meses.

En este tipo de empresas, lo más común que en el concepto del recibo cargado en el banco consten generalidades del tipo, recibo mes xxx, factura xxx o similares. Realmente lo único que tenemos que hacer es cuadrar el importe de la factura con el cargo en la cuenta. Sería interesante conocer el porcentaje de usuarios que controla de forma efectiva este tema. Yo me imagino que si una empresa de telefonía, por ejemplo, se «equivoca» y carga en la cuenta unos centimillos de más, pocos usuarios se enterarían.

Pero ha surgido una nueva forma de hacer las cosas. En mis relaciones con este mundo lo sufro en un par de casos y uno de ellos es el que quiero comentar aquí. Sin preguntar ni ofrecer la posibilidad, el ayuntamiento ha tomado la decisión de hacerlo y… allá penas. Yo no tengo problemas pero pienso de qué forma en aquellas personas mayores que no se manejen en internet van a saber lo que están pagando.

En la imagen adjunta a esta entrada se puede ver un ejemplo, aunque obviamente están tapados los datos sensibles. El ayuntamiento me carga un recibo trimestral en mi cuenta bancaria de xx euros. No tengo ni idea de los conceptos ni este ayuntamiento al menos tiene página web donde pueda consultar el recibo y el detalle de los importes. Toda la información que figura en el concepto del recibo es: Más información en www.ealia.es/recibos con la clave XXXX.

Me obligan a ir a un sitio vía internet para saber lo que estoy pagando. Ya digo que en mi caso y en el de cada vez más gente esto no es problema, pero entiendo que no se puede decidir de forma unilateral, sin consultar. Una vez accedo a la página web a la que remiten y usando la referencia proporcionada tengo acceso al recibo o factura y me la puedo descargar a mi ordenador. El sistema es parecido al comentado anteriormente para grandes empresas pero insisto en que no todo el mundo, estamos hablando de impuestos locales, tiene posibilidades.

Otra asunto es la interpretación de los conceptos, que en este caso ni aun sabiendo latín sería incapaz de descifrar. Está claro el de basura, pero ¿Lac, Con, Ag…? Tengo previsto en los próximos días, aprovechando las vacaciones, pasar por el consistorio a ver si me lo explican.

Y aquí aprovecho para «denunciar» otro asunto. No me parece de recibo que sin mi consentimiento, una empresa ajena tenga datos sensibles míos como mi dirección, mi cuenta bancaria y demás. Esta empresa, Ealia o la que sea, que se dedica a almacenar recibos y facturas de usuarios de diferentes corporaciones, ayuntamientos o empresas tiene unas fuentes de información que hacen que luego no nos extrañemos si recibimos llamadas u ofertas en nuestro domicilio para que compremos una colonia o un jamón de bellota.



domingo, 17 de diciembre de 2017

¡FIBRA!



Debido a mi trabajo en un centro de cálculo informático, mi contacto con el mundo de internet ocurrió hace ya más de veinte años. La empresa, abierta como ninguna a las innovaciones tecnológicas, apostó desde muy pronto por el potencial de la nueva tecnología especialmente en la utilización de los correos electrónicos. Debido a que una de mis ocupaciones era ser el coordinador de un grupo de trabajo inter empresas, llevaba años mandando documentación por fax a una veintena de personas de forma mensual. Recuerdo que el día que me tocaba hacer los envíos casi me ponía malo, porque lo tenía que hacer de forma personal y era un buen rato el que me pasaba luchando con la máquinita de marras.

Con la llegada del correo electrónico aquello cambió, y no porque en un primer momento pudiera sustituir el fax por el email, porque insisto en que mi empresa era puntera y no todas las demás entraron tan pronto en este mundillo. Pero lo que yo si podía hacer era enviar un correo electrónico a un fax virtual que se encargaba de mandar de forma automática toda la documentación a la lista de números que llevaba puestos en la cabecera. Desde mi mesa y con un simple clic me había ahorrado la tediosa tarea mensual.

Las empresas van por delante pero al final, en todos los aspectos de la vida, lo que se trata es crear la necesidad para que todos hagamos las cosas de forma personal, en nuestro domicilio. Al principio el ambiente en la empresa era bueno y no había restricciones significativas en el uso de internet o el correo electrónico para asuntos personales, aunque yo siempre he querido diferenciar este aspecto por lo que pudiera ocurrir. En 1997 me había apuntado a correr la maratón de Nueva York y yo en casa no tenía conectividad, con lo que el correo y el acceso a internet desde la empresa fue de una gran ayuda para todo lo relacionado con la carrera: extraje numerosa información y recomendaciones sobre el particular. Pero con anterioridad a hacer uso privado en la empresa pedí permiso expreso a mi jefe que me lo concedió sin ningún problema.

No quedaba más remedio que ponerse en casa el acceso para disfrutar de este mundo. La primera empresa con la que contraté el servicio fue Wanadoo y el coste de un recibo que tengo por ahí guardado era de 45,24€. Estamos hablando de los primeros años de este siglo XXI con lo que el coste era ciertamente alto. Y además todo iba por la línea convencional de teléfono con lo que la lentitud era exasperante, especialmente si la comparamos con la de hoy en día. Quince años de evolución en este terreno tecnológico son muchos años y lo que en un modem de aquellos era una velocidad de 0,05x ahora en un router es de 300x e incluso más. Pero para tener esta velocidad es necesario que la «fibra» llegue hasta nuestra casa.

Un avance significativo fue la llegada del llamado ADSL a las comunicaciones. Pero la limitación del hilo telefónico que daba servicio tanto al teléfono convencional como al servicio de internet era significativo y además había que tener en cuenta un hecho que llamaba la atención: a mayor distancia física de nuestro domicilio a la central telefónica menor velocidad en las transmisiones. En mi caso, yo tenía contratada una velocidad nominal de 20x pero en los mejores momentos en los que lo he controlado me llegaban 7,7x. Y esto en operaciones de descarga que son las más comunes. Pero yo por mi trabajo, hago algunas operaciones de subida y aquí el rendimiento era patético: 0,3x de velocidad de subida en el mejor de los casos.

A mi bloque llegó la fibra hará un par de años o quizá más. Lo más normal en instalaciones de fibra estándar es que ambas velocidades, subida y bajada, sean de 300x. En la imagen pueden verse las velocidades que tengo en este momento: 294x de bajada y 316x de subida. Pero aunque mi vecino del piso de arriba tiene fibra desde hace ese par de años, yo no he dispuesto de ella hasta hace quince días. ¿Por qué? La única empresa que disponía de las instalaciones de fibra en mi zona era Timofónica y yo hace varios años tuve un par de agarrones con ella y me dije que nunca más. Y hasta ahora lo he mantenido y espero poder seguir haciéndolo ad infinitum. Yo necesitaba la fibra como el comer. En alguna ocasión he subido a casa del vecino o me he ido a casa de mi hermano, como cuando por ejemplo tuve que subir un vídeo pesado a Youtube y lo que en mi casa me costaba unas veinte horas con mi ADSL patatero, la fibra se lo merendaba en menos de media hora.

Ya tengo fibra, con otra empresa que no es Timofónica. Estoy como niño con zapatos nuevos. Pero la fibra ha traído consigo una peora que no me gusta nada: el teléfono fijo depende de la conexión a internet: si esta falla, te quedas sin fijo. Hoy día la cosa no es muy importante, en mi caso, porque disponemos en la familia de móviles y nos podemos arreglar. Pero me pongo en el caso de un autónomo o profesional que se quede sin internet y sin el teléfono profesional.

Pues bien, eso ha ocurrido. El lunes de esta semana he estado sin internet y por tanto sin teléfono. El martes por la mañana tenía internet y teléfono… pero no era el mío, pues el número era otro diferente. El mío simplemente no existía y recibía llamadas que iban destinadas a otro número. Menos mal que no era el de una casa de citas. Afortunadamente eso se arregló en la media tarde del martes. En estos casos la solución era llamar al servicio de atención al cliente de la empresa que me da servicio y que mencionaré: Jazztel. La avería ha sido de tal calibre y de tal extensión territorial, que era imposible contactar con ellos. Solo quedó esperar, pero las imprecaciones de los usuarios en las redes han sido épicas. Con esto se demuestra que en segundos y por una avería o un error informático como parece que ha sido el caso, se nos pueden caer los palos del sombrajo y quedarnos a verlas venir.

Ha sido un buen bautizo en el mundo de la fibra. Esperemos que no vuelva a ocurrir. Diré que estoy contento, muy contento, con el servicio de Jazztel desde hace unos diez años y por eso me mantengo en él y he esperado pacientemente, sin traicionarles, a que me dieran el servicio de fibra aunque sea a base de que Jazztel se la alquile a Timofónica. Son cosas entre empresas que a mí no me llegan; yo lo que quiero es no tener relación alguna con Timófonica. Por ello he pagado un alto precio estos dos años auto limitándome. Ahora a esperar que no haya más sobresaltos y pueda disfrutar de mis nuevas velocidades que me parecen de vértigo comparadas con las anteriores. Es de suponer que con el tiempo me acostumbraré a ellas y me parecerán lentas, pero eso es ley de vida.


domingo, 10 de diciembre de 2017

ABROGAR




 Esta semana se han celebrado en España numerosos actos conmemorativos del 39 aniversario de la proclamación de la Constitución Española de 1978, actualmente en vigor. Conocida también como Ley Fundamental o Carta Magna ha servido a lo largo de estos años para mantener un complicado equilibrio entre todos los españoles que últimamente se ha visto profundamente alterado por algunos hechos de calado como los procesos secesionistas en una comunidad autónoma o el asunto de las concesiones en materia económica a otra.


Hay que tener en cuenta que muchos de los españoles que viven bajo sus disposiciones ni siquiera habían nacido cuando se promulgó. Por otro lado, las condiciones sociales cambian hoy en día a un ritmo vertiginoso con lo que no pudieron ser contempladas en su día y cuesta un cierto trabajo encajarlas. Por estos y otros motivos, parece que hay un cierto consenso generalizado entre la sociedad española de que hay que cambiar la Constitución, se entiende que para mejorarla, claro está. Bajo presiones de la Comunidad Económica Europea por asuntos económicos se modificó el artículo 135 de forma exprés, de la noche a la mañana, casi sin que nos enterásemos.


Ya hace años se produjo una situación similar en la que otra comunidad autónoma llevó adelante con mucha fuerza su posible separación del conjunto de España. Tras muchos dimes y diretes, la cosa no llegó a mayores porque en el último momento, cuando las cosas se empezaban a poner demasiado tirantes, imperó la cordura y se paró el asunto. Pero en ese momento había que haber tomado buena nota y empezar a poner, de forma pausada y tranquila, las correcciones necesarias para que no se volvieran a producir estos escarceos. No se hizo y el resultado es que se han producido de nuevo en otra comunidad autónoma y con una virulencia que todavía no ha finalizado y que veremos por donde transita.


Después de 39 años parece que ya toca adaptar la Constitución a la realidad y quizá pensar en que a partir de ahora estos cambios se produzcan de forma paulatina para irla adecuando a la realidad que como ya he mencionado es muy cambiante. Cuando se aprecian los primeros síntomas de una enfermedad es cuando hay que tratarla, no limitarse a los más significativos, sino aprovechar para hacer una revisión en profundidad.


Hay muchos temas que preocupan a los españoles, unos más a algunos y otros menos a otros. Pero hay cosas que no gustan en la actualidad y que habría que hablar de ellas para tratar de llegar a un consenso que se presume muy difícil, porque las condiciones actuales no son las mismas que tuvieron los llamados Padres de la Constitución al elaborarla, recién salidos de cuarenta años de dictadura y con más de una espada de Damocles sobre sus cabezas por determinados estamentos sociales que seguían en activo y sin muchas ganas de cambiar el sistema.


Visto lo visto, parece que el cambio más urgente es la reordenación de la organización territorial. Aquel «café para todos» que imperó en la Transición no ha tenido buenos resultados con el paso de los años. Pero no por ser el más urgente debe ser el único que se acometa. Hay ciertos aspectos de la vida nacional que han quedado tocados seriamente y que podrían llevar a plantear una recentralización de los mismos, en la creencia por parte de muchos de que no deberían haberse cedido ciertas competencias. Los graves hechos acaecidos en Cataluña entre fuerzas de seguridad del estado «centrales» y «autonómicas» son un ejemplo que evidencia el problema. Por no hablar de asuntos como la educación o la sanidad. Hay cosas que, en mi opinión, no pueden repartirse como si fueran chocolatinas porque conducen a situaciones de clara diferenciación entre ciudadanos. No quiero hablar de la educación, que daría para mucho, pero sí de que no es de recibo que un español de Madrid por ejemplo tenga problemas para obtener medicamentos en Cantabria por los diferentes tratamientos que ambas comunidades realizan a sus gestiones en esta materia.


En todo caso, la realidad del día a día se impone y la Constitución, como cualquier ley, debe ser consecuentemente adaptada a la realidad. Lo básico en la vida de un ciudadano, su vivienda, su trabajo, su educación o su sanidad son cuestiones de las que se habla en la Constitución como derechos pero que no se han desarrollado ni se perciben como solucionados con la suficiente rotundidad. Y es que cuando una persona tiene todas esas cuestiones básicas cubiertas, ya puede pensar en hacerse del Madrid, del Atleti o del Barcelona.


Las leyes no son eternas ni inmutables. Nacen, tienen su recorrido y son derogadas ─abrogadas─ siendo sustituidas por otras. Es ley de vida. La primera constitución española, la «Pepa», aprobada el 19 de marzo de 1812 no sigue vigente hoy en día. Aun sumiendo por parte de todos que los cambios son necesarios, a nadie se le escapa que es un reto extremadamente complicado. Se necesita una reforma en profundidad, valiente, creativa. ¿Quién o quienes la llevan adelante? En una primera aproximación parece que sería la (desprestigiada) clase política de nuestro país la encargada de acometer estos cambios. No me parece que sean los más adecuados, cuando a lo largo de estos casi cuarenta años los dos partidos políticos que nos han gobernado de forma alternativa han hecho de su capa un sayo y los emergentes en los últimos años están dando unos tumbos que asustan al más pintado.


Llevamos años mirando para otro lado y no haciendo caso a las señales que la vida actual nos va brindando. Y no es cuestión de tapar la herida con un poco de mercromina y un esparadrapo dando un tratamiento (insolidario) especial en materia económica a una comunidad en detrimento de otras. Eso ha quedado demostrado que es pan para hoy y problemas para mañana.


Así pues… ¿Quién pone el cascabel al gato?



domingo, 3 de diciembre de 2017

MARGINALIA



Pido perdón por la licencia de utilizar como título de esta entrada una palabra que no figura en el diccionario, pero la que pretendía usar originalmente, anotación, queda un poco más diluida. Ya sabemos que la Wikipedia no es de fiar, pero en ella aparece una entrada para marginalia que la define como «el término general para designar las notas, glosas y comentarios editoriales hechos en el margen de un libro. El término también se usa para describir dibujos y manuscritos ilustrados medievales. No se deben confundir las marginalia con signos, marcas (por ejemplo estrellas, cruces, entre otros) o garabatos hechos por el lector en los libros». Añade que anotación es la manera formal de designar el agregado de notas descriptivas a un documento. Por ahondar un poco más en una cuestión que me ha llamado la atención y que puede resultar curiosa: marginalia es un plurale tantum y de ahí de hablar de las marginalia, en plural y no en singular.

Empecé como lector empedernido en mis diez años de edad, con aquellos libros de la editorial Bruguera de la colección Historias Selección en los que la guinda estaba en que cada cierto número de páginas normales —rellenas solo de letras— se incluía una gráfica de tipo comic; yo hacía primero una lectura completa del libro por sus ilustraciones —eran 250 según rezaba en las portadas—, con lo que me hacía un idea del contenido, para a continuación proceder con la lectura completa. Conservo algún ejemplar de estos libros que ya tienen más de cincuenta años porque muchos de ellos los intercambiaba por una modesta cantidad en pesetas en el puesto del tío Juanito, que hacía esto con estos libros y con las famosas novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía y otros.

No tenía costumbre en aquella época en tomar notas de mis lecturas, como tampoco lo hice hasta mi primera gran interrupción lectora, que tuvo lugar cuando comencé a estudiar una carrera universitaria a distancia en la UNED. Transcurrieron once años sin acercarme a ningún libro que no fuera relacionado con los estudios que simultaneaba con mi trabajo y mi familia. Finalizada esta, recuperé inmediatamente mi voracidad lectora y ahí empecé con la costumbre de tomar algunas notas y copiar algunas frases para hacer un pequeño resumen que ponía en una hoja informática excel donde registraba —lo sigo haciendo— cada libro que leía. Así pues, desde septiembre de 2004 tengo registrados en mi particular bitácora de lecturas la cantidad de setecientos setenta y nueve libros con algunas notas y/o frases, registro que me hace un buen servicio para recordar si he leído o no un determinado libro, y un pequeño resumen o detalles relevantes. En alguna ocasión me ha ocurrido el comenzar la lectura de un libro y parecerme que me sonaba el tema. Una consulta a mis registros me permite aclarar el hecho. El último con el que me ha ocurrido ha sido con «Intemperie» de Jesús Carrasco, que leí de nuevo para un club de lectura.

Las notas las tomaba en alguna hoja de papel suelta que andaba entre las páginas y que alguna vez he llegado a perder, dado que mis lecturas tenían lugar principalmente en el transporte público. Allá por dos mil nueve mi buen amigo Miguel Ángel me introdujo de lleno en el mundo de los lectores electrónicos, en los que es muy sencillo tomar notas y añadir comentarios según vas leyendo, que luego pueden ser transferidos directamente al ordenador. En ellos tomar notas o copiar párrafos es un juego de niños. Desde entonces, procuro leer todo en formato digital por su mayor comodidad y por las facilidades añadidas como la comentada y otra que también suelo practicar como es acudir al diccionario de forma automática cuando dudo del significado de algún término, otra operación que en el lector electrónico es cómoda y directa.

Pero no todos los libros en los que focalizo mi interés están disponibles en formato digital. De hecho, según mi bitácora, el primer libro leído en formato digital fue «Juliano el apóstata», de Gore Vidal, que venía cargado en el lector que recibí como regalo el día de Reyes de 2010. Desde entonces he leído cuatrocientos ochenta y cinco, de los cuales tan solo cincuenta y uno lo han sido en papel.

Acostumbrado desde hace años a tomar mis notas digitalmente, volver a hacer esta operación cuando me enfrento a un libro en papel deviene en una verdadera incomodidad; no hay nada como dejar viejas costumbres que resultaban engorrosas y tenerlas que retomar. Hay que tener en cuenta que salvo muy contados casos en los que el continente merece la pena, no compro libros en papel ya que si lo hago, al finalizar su lectura los tengo que regalar porque tengo cuasi prohibida su entrada en casa dado que no hay sitio material donde colocarlos.

Muchos de los que leo en papel son prestados por amigos u obtenidos en bibliotecas, lo que me lleva según mi código de conducta a tratarlos de forma exquisita para poderlos devolver en el mismo estado en que han llegado a mis manos. Por ello, procedo a forrarlos con papel y en esta operación, quién me lo iba a decir, he encontrado la solución a la toma de notas. Para ello añado un pequeño cordón que me sirve de marca páginas y aprovecho para colocar en su extremo un lápiz de los de Ikea —hago la propaganda a cambio del lápiz—. Cuando quiero tomar una nota la escribo directamente en el forro del libro que ya procuro que sea en papel blanco para este menester y si se trata de un párrafo anoto la página y hago una pequeña marca con el lápiz en el lateral que luego puede ser borrada fácilmente. Al finalizar la lectura y antes de devolver el libro recupero el forro con las notas, el cordón y el lápiz  para la siguiente ocasión y reviso las páginas anotadas para copiar algún párrafo y borrar las marcas laterales.


viernes, 24 de noviembre de 2017

blackFRAUDE



Como es de bien nacidos ser agradecido, empezaré por decir que el título de esta entrada no se me ha ocurrido a mí, sino que lo he visto en una campaña de FACUA sobre el día de hoy, viernes, el día del consumismo por excelencia y que en realidad se conoce como el «blackFRIDAY», que equivaldría en su traducción al español a «viernesNEGRO». Adelanto la publicación de mi entrada semanal que normalmente se produce los domingos para hacerla coincidir en el día apropiado.

En un tuit emitido esta semana por el conocido escritor Arturo Pérez Reverte se decía lo siguiente: «Hay colegios donde ya se celebra el Día de Acción de Gracias gringo y los niños dibujan pavos. Como dije alguna vez, los españoles estamos siendo gilipollas por encima de nuestras posibilidades». Sin comentarios. Este día muy especial, quizá tanto o más que la propia Navidad, se celebra en Estados Unidos el último jueves de noviembre.

Parece que el comercio estadounidense no podía esperar a materializar las compras navideñas hasta dentro de un mes y se han inventado esto del blackFRIDAY al día siguiente de Acción de Gracias para incitar a los ciudadanos al consumo desaforado y, lo que es peor, muchas veces incontrolado. Y claro, aquí, que no podemos resistirnos, lo hemos importado corregido y aumentado, por si teníamos pocos días del padre, de la madre, de San Valentín… Ya no es un día, llevan toda la semana bombardeando al personal con anuncios, mensajes, correos electrónicos… ¿Queda alguien en este país que no sepa que hoy es el viernesNEGRO? Y por si fuera poco ya se ha acuñado y puesto en marcha la continuación el próximo lunes con el nombre de «cyberMONDAY».

Palabras tales como rebajas, descuentos, ofertas o gangas son mágicas y parecen que disparan las neuronas cerebrales y nos impulsan a comprar sin control, aunque no lo necesitemos, simplemente porque nos creemos que está rebajado. Desde hoy a las cero horas e incluso ayer a las 22:00 se podían ver colas en los centros comerciales de compradores deseosos de hacerse con mercancías en las que están ilusionados y les van a salir mucho más baratas que si las hubieran comprado hace una semana o las comprasen dentro de quince días. Algunos amigos me han dicho que aprovechan este día para hacer todas las compras de Navidad. Yo les sugeriría que comprasen también las del año que viene, así ahorrarían más.

Inicialmente este evento estaba dedicado primordialmente a la tecnología, focalizándose en los ciudadanos conocidos como «GEEKS» a los que ya dediqué una entrada en este blog que puede verse en este enlace . Pero ahora ya todo el comercio se apunta, sea cual sea la mercancía que venda. Como digo, he sido bombardeado por todos lados con sugerencias de lo más estrambótico. Una de ellas ha sido de una agencia de viajes ofreciéndome grandes descuentos por adquirir en firme un viaje para el verano de 2018. Otra ha sido de un par de supermercados de alimentación. 

Al mismo tiempo que toda esta parafernalia de anuncios, se han podido ver en prensa y en las redes sociales todo tipo de recomendaciones alertando de los peligros que supone dejarse llevar por la fiebre del día y lanzarse a un consumo descontrolado. Muchas de las indicaciones son de sentido común y habríamos de tenerlas en cuenta todos los días del año tanto si compramos presencialmente en una tienda como si lo hacemos a golpe de ratón a través de internet.

Por ejemplo, en la red social Twitter, la GDT —no confundir con DGT— de la Guardia Civil (Grupo de Delitos Telemáticos) ha lanzado estos días numerosas recomendaciones sobre el particular. No hacer clic en direcciones que nos lleguen por correo o wasap que pueden ser lo que no parecen (phising), intentar recabar datos sobre el vendedor, desconfiar si está en el extranjero, si la redacción presenta giros sospechosos en español, especial atención si los precios son extraordinariamente bajos, si podemos comprar presencialmente en lugar de por internet, si conocemos el portal y es de confianza, si los plazos y condiciones de devolución o cambio están claras, si conocemos el precio con anterioridad y está realmente rebajado, si el producto es actual o son saldos a los que se quiere dar salida… En fin, lo de siempre, más de lo mismo, pero que por mucho que se recuerde no es suficiente. La clave está en si necesitamos realmente lo que vamos a comprar y si lo vamos a utilizar y en los refranes: «las apariencias engañan» y «no es oro todo lo que reluce». 

Y para muestra un botón que me ha ocurrido a mí personalmente hace unos instantes. En la imagen que acompaña a esta entrada puede verse una oferta de un portal contrastado, que he glosado en varias ocasiones en este blog y del que no tengo queja alguna en las numerosas transacciones que he realizado con ellos desde hace varios años. El precio para un disco duro SSD de 2 Tb en 10,99€ era imbatible. ¿Quién se puede resistir a comprar tres o cuatro? Pero casi cuando estaba decidido a la compra, reparé en «cartucho de externo para tarjeta», un texto mal redactado que podía ser un error pero que llamó mi atención. Me fui a ver la opinión de un cliente y ahí estaba claro que se trata de una simple carcasa, vacía, sin disco que valga. 

Me gustaría saber cuántos clientes han picado en esta oferta, que diría que es involuntaria por parte del vendedor porque su política de devoluciones está contrastada y es fiable. Lo que seguramente ocurrirá es que los que caigan en esta oferta no se molestarán en devolver el producto cuando lo reciban por el engorro que suponen los trámites.


domingo, 19 de noviembre de 2017

peroCIERTO



No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Tantas horas de trabajo, documentación, correcciones, reuniones con su agente y la editorial… todo un mundo para tenerlo todo a punto y al final, el acabose. Él, que era un autor consagrado, con decenas de libros publicados, con experiencia, bajo el paraguas de una de las mejores editoriales internacionales… no podía estar pasando, no podía estar ocurriendo, no podía estar ocurriéndole a él. 

Tenía multitud de seguidores en la red social Twitter, que atendía a diario empleando mucho tiempo, pero le compensaba. Un escueto tweet, que quería ser cercano, le sacó de sus casillas: un tuitero identificado con el usuario @xxxxxx le citaba en uno de sus trinos y le felicitaba por el libro. Ver para creer.

La editorial se había empeñado, en contra de su voluntad, en anunciar la publicación con meses de antelación. Antes del verano ya andaba insertando publicidad en los medios, cuando la aparición estaba prevista para finales de noviembre; mucho tiempo, demasiado. El libro tendría tirón pues no en vano era uno más de una larga serie que los lectores devoraban y que incluso había llegado a convertirse en película en un par de ocasiones.

Conteniendo la rabia y antes de cualquier acción, procedió a responder a su interlocutor de forma escueta y elegante, a través de la misma red.

Cita de libro aún no publicado. Uhum.

El texto de libro se había filtrado y había llegado a ese lector que le felicitaba, tras haberlo leído supuestamente, estaría bueno. Cabía la posibilidad de que fuera un hecho aislado y la filtración solo hubiera llegado a esa persona, pero su experiencia en el mundo de los ceros y los unos le decía que la cosa iba más allá. Ya hace unos años ocurrió lo mismo con otro autor de renombre, que tuvo que lidiar con el hecho de que su libro, completo y correcto, se filtrara a unas páginas ilegales que permitieron la descarga del mismo con una semana de antelación a la fecha anunciada de su publicación. Ahora le estaba ocurriendo a él. Mala suerte. Poco podía hacer él aunque de cara al futuro intentaría algún movimiento.

Lo primero, una llamada rápida y concisa a su agente para comunicarle lo que estaba ocurriendo y a continuación una reunión urgente con la editorial para poner en su conocimiento el hecho y llegar a determinar lo que podía haber ocurrido. Mil ideas pasaron por su cabeza, porque el manuscrito, ahora una pieza de ordenador, lo había hecho llegar fuera del mundo editorial a unos cuantos amigos de confianza para que le dieran su opinión. Confiaba en todos ellos, pero quién sabe, antaño con las fotocopias era un poco más complicado, pero hogaño los ficheros vuelan y en un instante pueden estar replicados en la otra parte del mundo y caer en lectores electrónicos indeseables.

Algunas veces lo había pensado, pero su desconfianza no llegaba a tanto. Variar algún párrafo en todas y cada una de las copias que facilitaba a amistades y a la propia editorial, de forma que si alguna de ellas llegaba a ser puesta en circulación, al menos sabría de donde había venido la filtración. Se conjuró a hacerlo la próxima vez y eso le llevó a llamar a un amigo experto en informática para que fuera dando una pensada a la forma de hacer esto para ocasiones venideras. Su amigo no se sorprendió de la consulta y le dijo a bote pronto que eso era muy fácil, que había antecedentes de ese tipo de acciones en los años setenta del siglo pasado cuando IBM ganó una querella a FUJITSU por copia ilegal de sus programas, demostrándolo ante el juez al aplicar una plantilla en un texto que dejaba claro quién era el propietario. Una victoria más moral que económica, el daño estaba hecho, pero que dejó constancia de la profesionalidad de IBM y la chapucería de los japoneses, expertos por otro lado y en aquellas épocas en hacer este tipo de enjuagues tecnológicos.

Pero el amigo informático le sugirió que se daría una vuelta por la red a ver si la cosa era individual o había llegado a mayores. Él le agradeció su ofrecimiento y quedó a la espera de la comunicación de sus pesquisas. No tardó ni media hora en recibir la llamada con la información de que ese libro llevaba colgado y disponible en la red desde hacía varios días en un portal ilegal y que cualquier usuario podía hacerse con él de forma anónima, dejando solo el rastro de su dirección IP. Pero lo más seguro es que hubiera accedido a otros muchos contenidos y probablemente no se podría certificar si había obtenido su libro en concreto. Para ello sería necesaria la colaboración de los gestores de ese portal, que utilizaba un sistema llamado de CloudFlare que permitía irle moviendo por varias ubicaciones a lo largo del día y que con toda seguridad estarían lejos del alcance de las autoridades españolas e incluso europeas. En la última hora el portal había estado en Luxemburgo, Bulgaria y Singapur.

La globalización, pensó, muy buena para unas cosas y tremendamente perniciosa para otras. Poco podía hacer. Él, que era un acérrimo defensor desde sus comienzos del libro electrónico, ya estaba cansado de anteriores escaramuzas en la red con los amigos de lo ajeno. Era inútil, un caso perdido, al menos por el momento. Ajo, agua y resina, no quedaba otra. Bueno, sí, esperar al día señalado para la publicación oficial, tanto en papel como en formato electrónico, a ver cómo marchaba la venta de ejemplares, aunque había tenido grandes diferencias por la gestión de los precios con la editorial: mientras que el clásico en papel se vendería al asequible precio de 17,50 euros, el precio del ebook había sido fijado en contra de su voluntad en 12,80, una cantidad que sobrepasaba esos límites no escritos de los 10 euros que otros autores y editoriales manejaban en sus lanzamientos.

Con pocas esperanzas, cuatro días antes de la salida al mercado accedió de nuevo a un conocido portal de venta de libros para comprobar  si sus peticiones de rebaja del precio del libro electrónico habían sido escuchadas. Comprobó con satisfacción que sí al ver el precio establecido en 9,99 euros. Menos excusas para los amigos de lo ajeno.