Buscar este blog

domingo, 23 de julio de 2017

PEAJE



Mi reciente viaje a EE.UU. me ha dado pie a escribir varias entradas en este blog. Creo que está será la última pues tampoco es cuestión de aburrir, pero como ya he dicho en anteriores ocasiones a mí me sirve un poco de documentación y de referencia para releer con el paso del tiempo o incluso comentar con amigos que me preguntan. El hecho de salir de la zona donde uno vive y desenvolverse en escenarios nuevos hace aflorar algunas situaciones que no hay más remedio que manejar y de las que sale unas veces airoso y otras con una multa sin comerlo ni beberlo.

Las autopistas de peaje llevan años entre nosotros y aunque muchos ya nos hayamos olvidado de cómo y porqué nacieron, parece que van a quedarse. En muchas ocasiones y por la prisa casi continua en la que nos desenvolvemos, nos vemos obligados a circular por ellas porque la alternativa en forma de carreteras convencionales puede ser larga y tediosa. La primera vez que entré en contacto con este concepto fue en 1972, cuando se construía una autopista de peaje desde Collado Villalba hasta Adanero. Uno de mis compañeros era hijo de un ingeniero que trabajaba en esta obra y me contó que era la forma que tenía el Estado de no asumir sus competencias en forma de crear infraestructuras con los impuestos que pagábamos los ciudadanos y cedía a una empresa la obra de forma que luego se resarciría de la inversión al cobrar por circular durante un número de años. En este caso concreto eran 25, por lo que en 1997 y según lo que me contó este ingeniero, la empresa se quitaba de en medio y cedía la carretera al Estado, que la incorporaba a su red normal y la convertía de una carretera más de libre circulación sin tener que pagar por utilizarla.

Como todos sabemos, estamos en 2017, veinte años después, y la autopista sigue siendo de peaje y mucho me temo que lo será de por vida. Al término de la concesión se inventaron un nuevo túnel y un desdoblamiento, lo que suponía nueva inversión para la empresa y un nuevo plazo de explotación y… cobro por utilización. Y hay que decir, también en este caso concreto, que no es precisamente barata, costando más de doce euros el evitar la carretera convencional con su paso por las localidades y su puerto de Los Leones, ahora lo han cambiado a Alto del León, en singular, pero yo me resisto. En realidad al Estado no le interesa hacerse cargo de la carretera porque le supondría un gasto en mantenimiento que ahora no tiene. Que sigan pagando los sufridos conductores.

Muchas carreteras en España y en otros países son de peaje, y cada vez habrá más porque el Estado no está por la labor de dedicar (muchos) dineros a construir nuevas carreteras y mantener las antiguas. Recientemente el Consejo de Ministros ha aprobado una nueva vuelta de tuerca a este asunto que no es exactamente igual pero muy parecido y que al final nos tiene que quedar claro que los que vamos a pagar las carreteras, hayamos pagado o no religiosamente nuestros impuestos, somos nosotros. Bueno, los que tenemos coche, que es la mina de oro de todos los gobiernos que tienen basada su economía en ellos. Si de un día para otro desaparecieran todos no sé cómo íbamos a organizarnos.

Uno de los problemas graves de las autopistas de peaje es el cobro a los automóviles. Resulta que te metes en una autopista de pago para ir más cómodo y más rápido y al llegar al punto de peaje te das de bruces con un atasco monumental y lo digo por experiencia en las venidas a Madrid en el peaje de la anteriormente mencionada carretera en San Rafael (Segovia), donde echabas las muelas durante bastantes minutos hasta que conseguías pasar las casetas de pago. Para solventar esto se inventaron unas tarjetas inteligentes que, colocadas en el parabrisas del automóvil y circulando a una cierta velocidad tope, sin parar, son detectadas y te cargan el importe en tu cuenta o tarjeta de forma automática. Claro, esto es útil para quienes circulan de forma periódica y frecuente por una de estas carreteras pero no lo es para el turista que sale de puente o va en verano a la playa.

Hay una cosa parecida, en otros países, que son las llamadas viñetas. Yo lo he visto en Suiza y Austria. No son autopistas de peaje, pero si eres extranjero, debes comprar una pegatina, que creo tenía validez anual, para circular por las autopistas del país. El problema es si no lo sabes de antemano y llegas de pardillo y te metes sin tener conocimiento, cosa que me ocurrió en Austria aunque no tuve consecuencias porque ninguna autoridad me paró ni me hizo ninguna receta.

Y vámonos a EE.UU. Coche alquilado, sin tarjeta de esas de paso automático, vas circulando y has puesto en el navegador del coche que asumes la circulación por autopistas de peaje. Vas circulando por ellas y de vez en cuando te encuentras señales avisando de que si quieres seguir por los carriles centrales debes de hacerlo a una velocidad máxima determinada y tener en el parabrisas la tarjeta inteligente de la que hemos hablado. Como tú vas en un coche alquilado, turista ocasional, no tienes la tarjetita y entonces te tienes que salir por el lateral y pasar por el clásico puesto de peaje abonando el importe mediante tarjeta de crédito, o débito que aquí sí vale, o en dinerito contante y sonante. No hay problema, porque has asumido este coste, pero lo que sí es un problema es la cantidad de veces que te hacen parar para ir pagando de poquitos en poquitos; en el caso en que estoy pensando era una autopista de peaje en el estado de Florida entrando en Orlando. Bueno, hasta aquí todo bien, parada, pago y a seguir.

Pero faltaba la guinda. En la última salida, cuando ya abandonábamos la autopista nos encontramos que el importe de 1,25$ hay que abonarlo en MONEDAS que se arrojaban desde la ventanilla a una especie de embudo grande. El caso es que no teníamos las monedas preparadas porque no sabíamos de esta forma de pago. Mientras las buscábamos en los bolsillos de todos, la cola que se iba formando detrás iba en aumento pues solo había un paso y nosotros le estábamos bloqueando. Al final entre nervios y prisas, tomas la decisión de tirar para adelante con lo que claro, te hacen la foto. Paramos a unos metros, recolectamos tranquilamente las monedas y en un intento de que se apiadaran de nosotros volví andando, hice un gesto a la cámara y eché las monedas. No sirvió de nada. Llegó la multa, lo único que corregida y aumentada y ahora explicaré porqué.

Según nos comentaron después, la multa que reclamaba la compañía de la autopista era muy pequeña, porque de alguna forma se podía asumir que no llevabas monedas sueltas. El problema viene por otra triquiñuela de las compañías de alquiler de coches y es que cobran un fijo por lo que ellos llaman «gestionar» las multas. Claro, las multas se las ponen a ellos como titulares del coche, por lo general después de que lo hayas devuelto. Con ello, pagan la multa, supongo que facilitaran el nombre del conductor e inmediatamente tiran de tu tarjeta de crédito que deben de tener anotada por los siglos de los siglos y te meten el aguijonazo. En nuestro caso no ha sido mucho, 24,03$ entre la multa y la gestión, pero un amigo me habló hace tiempo de que le pillaron en un caso similar en Italia y los gastos de gestión ascendieron a 40€.

Yo siempre llevo en mi coche aquí en España un paquete con monedas sueltas. Una vieja costumbre para los aparcamientos en la zona azul de las ciudades que ahora no me sirve de mucho porque en muchas de ellas se puede pagar con aplicaciones del móvil, pero está bien tener unas monedas por si acaso. Cuando salga de España y alquile un coche procuraré el primer día hacer un acopio de monedillas por si me vuelvo e ver en una encerrona como la referida.



domingo, 16 de julio de 2017

VOLAR



Recibí mi bautismo de vuelo en avión en los primeros años de la década de los setenta del siglo pasado. En la empresa para la que trabajaba adquirieron un programa informático complejo para tratar los por entonces cupones de las acciones y me enviaron a Barcelona a estudiarlo junto con otro compañero del departamento de valores durante cuatro semanas. El conocido como «Puente Aéreo Madrid Barcelona» estaba, creo recordar, recién inaugurado en aquellas fechas y con ello hice seis vuelos, tres de ida y tres de vuelta porque uno de los fines de semana me quedé allí y aproveché para acercarme a Andorra, el paraíso de las compras por aquel entonces en que la diferencia de precios con España era muy significativa, especialmente en aparatos electrónicos y fotográficos, siempre y cuando pasaras la aduana sin declararlo y sin que te lo pillaran.

Recuerdo aquellos vuelos como algo distintivo. Aparte de la novedad que suponía para mí en mi juventud, todavía no había cumplido los veinte, la atmósfera que rodeaba aquellos trayectos era un poco especial, pues te hacía sentirte como una persona cuidada  y bien tratada. Aunque se trataba de un trayecto muy corto, la bebida o tentempié que te ofrecían y una serie de detalles con los pasajeros te hacían notar que aquello de viajar en avión era una cosa especial.

Desde entonces he subido de forma esporádica a un avión y me han ocurrido algunas incidencias típicas, tales como retrasos, cambios de aeropuerto o cancelaciones de vuelos. Nada que no ocurra ahora solo que en aquellas épocas eran menos frecuentes y sobre todo, y aquí es donde quiero hacer hincapié en esta entrada, era muy diferente la forma de ser tratados por las compañías. Un ejemplo que contrasta con el actual que referiré más tarde. Primeros de enero de 1984, volábamos desde Moscú a Madrid con escala en Viena, con la compañía Austrian Airlines, una de las que mejores recuerdos tengo. Éramos casi todos españoles en un viaje organizado y en el trayecto Moscú-Viena el piloto nos anuncia que Madrid Barajas está cerrado por inclemencias y que la alternativa sería ir a Alicante más un autobús hasta Madrid o hacer noche en Viena y continuar el vuelo a primera hora del día siguiente. Optamos por esta segunda alternativa y esto es lo significativo: al aterrizar en Viena nos estaba esperando personal de la aerolínea que nos trasladó a un hotel en el mismo aeropuerto, con cena y desayuno incluido y nos dio las instrucciones claras y precisas para el vuelo del día siguiente. Chapó. Un trato exquisito.

Desde entonces he tenido algunas incidencias en algunos vuelos; las incidencias pueden surgir pero me parece que actualmente son demasiado frecuentes por la dejadez en general de las compañías o por la saturación de viajeros y lo problemático no es que esas incidencias ocurran, sino el trato que se recibe cuando te ves inmerso en una de ellas. Hace unos cinco años, volando desde Londres con la archiconocida Ryanair, la cosa fue esperpéntica. No voy a relatar aquí lo sucedido pero tras aquello he dicho que muy forzado me tengo que ver para volver a volar con esa compañía. Si no tengo dinero para costearme los billetes en otra, me aguantaré y me quedaré en casita o buscaré alguna forma alternativa.

Hace unas semanas, volábamos de Atlanta a Madrid. Cuando habían transcurrido dos horas y media de vuelo, el piloto nos informa que hay una avería en uno de los baños y que no podemos cruzar el Atlántico con ella, volveríamos a Nueva York, con un tiempo estimado de reparación de una hora y proseguiríamos viaje. Bueno, que le vamos a hacer. Como se puede ver en la imagen y sin más avisos, vemos que el avión ha sobrepasado Nueva York y sigue su trayecto. Nos informan ante las protestas del pasaje que estamos volviendo a origen a Atlanta, base de operaciones de la compañía DELTA, porque no han recibido permiso de aterrizaje en Nueva York. Tras cinco horas de vuelo aterrizábamos en Atlanta cerca de las doce de la noche. Cuando llegamos a la terminal, nadie había allí para informarnos y eso que habían tenido unas horas desde la incidencia del vuelo. A las dos horas, cerca de las dos de la mañana, apreció por allí una azafata de tierra que no puedo más que poner buena cara a los más de dos centenares de pasajeros que estábamos allí sin información alguna. Trajeron agua y algunas chucherías comestibles y ya a eso de casi las cuatro de la mañana empezamos a saber que el vuelo estaba cancelado porque aunque el avión estaba reparado no tenían tripulación disponible ya que la que nos había llevado habría sobrepasado sus horarios. Como digo, vuelo cancelado y el nuevo vuelo, otro distinto, a las tres de la tarde del día siguiente. Con la boca pequeña a los pocos que quedábamos allí nos ofrecieron unos vales de taxi y hotel. Por no entrar en más detalles, los trayectos en taxi de ida y vuelta al hotel, a media hora de coche del aeropuerto, nos los tuvimos que abonar nosotros. Conservo los tickets de recuerdo que en teoría podría reclamar a la compañía pero no me quedan ganas de hacerlo, y eso que son cerca de 70$ porque como he dicho el hotel no estaba precisamente cerca del aeropuerto.

Insisto, las incidencias se pueden producir, pero la diferencia está en el manejo de las mismas y el trato ofrecido por la compañía a los pasajeros. En este caso, DELTA me ha ofrecido muchas, muchísimas, disculpas y un «regalo», envenenado por lo demás, de 175$ para comprar billetes en esa compañía durante el próximo año. No creo que los haga efectivos, porque tengo que decir que un año antes, esa misma compañía en un vuelo interno dentro de EE.UU dejó a mi hija tirada en el aeropuerto de La Guardia de Nueva York, de un día para otro, teniendo que dormir en el aeropuerto, con un vale de 15$ para comprar comida en las tiendas del aeropuerto y una hora gratuita de conexión a internet.

El problema es que estos casos no son puntuales, sino que mucho me temo son bastante generalizados. El mismo día que sufríamos los problemas en Atlanta con DELTA, viajeros de IBERIA en Nueva York echaban las muelas por el trato recibido por la compañía en problemas similares. La saturación de pasajeros, la pelea por los precios, la competencia entre las compañías y cuestiones similares están poniendo el sistema al borde del colapso y entre tanto es el sufrido pasajero el que paga religiosamente en febrero por un vuelo que va a realizar en verano y se queda con la mosca tras de la oreja por si cuando llegue el día no habrá alguna «incidencia», porque no hemos hablado del «overbooking», otro concepto que las compañías manejan a su antojo y que en fechas recientes ha motivado en más de una ocasión que pasajeros sean desalojados del avión a golpes y empujones cuando tenían su billete pagado y confirmado.

Volviendo a la reflexión del principio, en los años setenta del siglo pasado, los pasajeros éramos personas a cuidar y ahora somos poco menos que ganado a manejar sin ningún cuidado ni conmiseración.



domingo, 9 de julio de 2017

D



Todavía me quedan en el tintero algunos comentarios derivados de mi reciente viaje a Estados Unidos, como el asunto de los vuelos en avión y temas automovilísticos, pero interrumpo esta mini serie para intercalar esta entrada. «D» es uno de los títulos más escuetos que he utilizado –siempre procuro que sean de un solo vocablo– y me permito tomarle de la numerología romana o etrusca; como todos sabemos es la letra que designa el número quinientos y ello es porque esta entrada es la que hace ese número en este blog.

A finales de 2007 se me pasó por la cabeza la idea de ir reflejando en un blog pensamientos, comentarios y sucedidos que me fueran ocurriendo con la única idea de ejercitarme un poco en la escritura obligándome con periodicidad semanal a escribir un par de folios en «word». Han pasado casi diez años de aquella fecha y aquí queda reflejado el resultado. Lo de la periodicidad semanal ha dejado de cumplirse en contadas ocasiones porque en algunos momentos en que me iba a resultar difícil cumplir me he adelantado utilizando las múltiples herramientas disponibles programando con antelación la publicación de una entrada.

Como algunos de los lectores de este blog saben, soy un forofo de la cuenta de vocablos en documentos de texto, de forma que se pueda uno hacer una idea de su extensión, ya que al ser electrónicos no tenemos referencias. Sin contar esta entrada, el número de vocablos en el blog asciende a 490.254. En sí este número no dice nada pero aunque todas las comparaciones son odiosas, el decir que el más señero de los libros en lengua española, el Quijote, contiene 381.301 puede servir como referencia para hacernos una idea de la extensión. Realmente conservo una copia impresa de todas las entradas, encuadernada anualmente, que de vez en cuando abro por cualquier punto y releo para recordar situaciones del pasado y también descubrir algunas erratas que son pertinaces compañeras de todo texto escrito. De alguna forma este blog me sirve de documentación y en algunas ocasiones busco entradas antiguas bien para mi propio recuerdo bien para enviárselas a amigos que me preguntan por algunas cuestiones que ya con anterioridad he reflejado, como por ejemplo el asunto de las comillas españolas tratado en la entrada  «COMILLAS» es algo recurrente que sale a la palestra con relativa periodicidad y que remito incluso a escritores que siguen utilizando, indebidamente, las inglesas.

De todos es sabido que un blog es un documento público, abierto al mundo, que puede ser leído por cualquiera en cualquier momento y lugar. Sé de buena tinta que algunos amigos y conocidos leen de forma regular el blog, pero los contaría con algunos dedos más de los de las dos manos: Mercedes, Miguel Ángel, Dori, Félix, Manolo R., José María, Rafael, Azucena, Consuelo, Nieves, Patricia, otro Manolo R., Maribel, Ramón, Carlos, Jesús…perdón si se me olvida alguno, que me lo diga y le incluyo. Pero la plataforma ofrece como digo un sinfín de herramientas de control que me permiten conocer que últimamente los accesos semanales al blog, digo accesos porque no se puede colegir lectura completa o incompleta, sobrepasan con creces el número de mil. En la última semana fueron concretamente 1.321 accesos, mientras que en último mes, según la estadística que ofrece el blog fueron 5.497. Realmente no puedo entender que haya tan elevado número de personas accediendo a estos devaneos que se me ocurren, pero en alguna ocasión el comentario ha servido de ayuda a personas que al final han conseguido ponerse en contacto conmigo y hacerme alguna pregunta o solicitarme alguna aclaración adicional.

Y es que, claro, el blog puede llegar a ser anónimo, y este lo es. Salvo para las personas que me conocen y pueden contactar conmigo por otros canales, el nombre de Ángel Luis dice poco o nada. Una cuestión que da riqueza a un blog es la posibilidad de admitir comentarios a las entradas. En sus inicios este blog admitía comentarios pero tras unas pocas semanas me di cuenta de que no era una buena idea. Por un lado se requería un tiempo considerable en revisarlos y en su caso moderarlos, con lo que como ya ocurrió en un par de ocasiones te puedes enredar en una discusión prolongada sin darte cuenta. Por otro lado, ciertos comentarios ofensivos y maleducados me llevaron a tomar la decisión de renunciar a los comentarios aún a sabiendas de que el blog tendría un menor alcance.

Aunque no es indicativo, resulta curioso ver la localización de accesos al blog. En las tres primeras posiciones de países de habla no hispana aparecen Francia, Estados Unidos y Rusia. En el caso de Francia más de diecinueve mil accesos en total de lo que se puede deducir que algunos ¿españoles? Acceden de forma regular a las entradas. Mi agradecimiento en todo caso para estos lectores anónimos que se «tragan» lo que se me ocurre escribir semana tras semana.

En cuanto a entradas individuales, la más accedida de todos los tiempos es «CABREANTE» con 1192 accesos, en donde trataba de un anuncio de un curso para llevar a cabo ERE’s con éxito. La siguiente es «PAPYRE» con 1079 accesos donde me hacía eco de mis desavenencias con la empresa que comercializaba ese lector electrónico y la tercera es «COTORRA» con 888 accesos donde hacía comentarios sobre los anuncios parlantes en estaciones y zonas públicas.

Tengo que confesar que en algunas ocasiones me ha resultado difícil encontrar tema a desarrollar, porque las situaciones son tremendamente repetitivas y puedes caer, de hecho soy consciente de haberlo hecho, en volver sobre temas ya tratados, pero el paso del tiempo añade nuevas variantes que pueden enriquecer lo tratado. En todo caso, no es mi intención convertirme en eso que ahora llaman «influencer» ni tampoco ganar dinero con este blog, sino como he comentado obligarme a escribir unos párrafos que siempre vienen bien porque surgen giros lingüísticos o nuevas palabras que enriquecen el vocabulario, cuando no hay que investigar algo que resulta placentero, como ocurrió en las entradas «NÚMEROS» y «CALENDARIOS», aunque la preferida siempre será la ya muy antigua «DESAPARCAR».

En algunas ocasiones se me ha pasado por la cabeza cerrar este blog, pero por el momento mi intención es seguir semana tras semana en la brecha, mientras el cuerpo y la imaginación aguanten. El hecho de que sea una obligación auto impuesta y que no haya que atender por compromiso con terceras personas facilita la labor.


domingo, 2 de julio de 2017

déb-créDITO



En el mundo de internet hay mucha información sobre los más variados asuntos. Algunas veces, cuando uno anda con dudas, se lanza a consultar información sobre un tema determinado para conocer más sobre el asunto o afianzar algunos conocimientos, especialmente cuando se van a acometer acciones novedosas en la vida. Pero a mí nunca se me hubiera ocurrido consultar antes de mi viaje a EE.UU. cuestiones relativas al uso de las tarjetas bancarias, que llevo usando desde hace cuarenta años sin problemas en diferentes lugares del mundo. Craso error que al final por el momento solo me ha costado noventa dólares que estoy luchando por recuperar, observando en la distancia como se pasan la pelota entre un hotel y una entidad bancaria.

Ahora, a posteriori, he averiguado en numerosos blogs y sitios de internet que las tarjetas de débito no deben de usarse bajo ningún concepto en EE.UU. en operaciones de alquiler de coches, reservas y pagos de hoteles, compra de vuelos de compañías aéreas y en general la recomendación es tampoco usarlas en restaurantes por el especial funcionamiento que tienen las propinas en ese país y que contaré en otra entrada por no alargar esta. Tomado de una página web…

They told me in order to be safe, you should never use a debit card for things like car rentals, airlines or hotels and to use it only on smaller purchases like gas, dinner or for a small shopping trip.

Me dijeron que para estar seguro, nunca debes usar una tarjeta de débito para cosas como alquiler de coches, líneas aéreas o hoteles y usarlo solo en compras pequeñas como gas, cena o para un pequeño viaje de compras.

Lo suscribo aunque yo añadiría, por la experiencia, que en cenas o comidas tampoco es conveniente su uso.

Using a debit card anywhere you add on a tip will also cause complications for «the hold» or money in «limbo». Thus for the hold period you must also take into consideration that you have «spent» double your bill plus the tip until the hold period expires.

Usando una tarjeta de débito en cualquier lugar donde añada una propina causará complicaciones en su cuenta por el dinero en «limbo». Ppor lo tanto, para el período de bloqueo también debe tener en cuenta que ha «gastado» el doble de su factura más la propina hasta que expire el período de retención.

Laboraba yo a finales de los setenta en el departamento de informática de la desaparecida Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid cuando fui incluido en el equipo que se iba a encargar de implantar el «plástico», tarjetas de crédito, en España. En contacto con personal norteamericano, pusimos en marcha todo lo relativo a esta nueva modalidad en su doble vertiente de obtención de dinero en cajeros automáticos y pago en comercios, inicialmente a crédito, es decir, sin cargo directo en la cuenta porque las operaciones se iban acumulando en la tarjeta y eran devengadas a fin de mes. Con el tiempo este sistema de pago diferido que forzaban las tarjetas de crédito devino en incómodo para la mayoría de la gente, que prefería ver reflejados los cargos en su cuenta de forma directa para poder así controlar mejor sus gastos y su saldo disponible. Los cargos a finales de mes llevaban incluida alguna sorpresa por mucho control que tuvieras.

Desde entonces, mediados de los ochenta, he huido literalmente de las tarjetas de crédito y he usado, como digo en muchos lugares y países, en muchos comercios y cajeros, tarjetas de débito llegando al punto de tener las de tarjetas de crédito guardadas en un cajón y ello porque el banco me las enviaba sin yo pedirlas.

Cuando hace meses estaba preparando el alquiler de un coche para reciente viaje a EE.UU., me saltaron las alarmas al leer la letra pequeña del contrato en donde se mencionaba de forma explícita que, además de una tarjeta de débito para los pagos, era condición indispensable el presentar una tarjeta de crédito al mismo nombre que el titular del contrato y conductor del vehículo. No le di demasiada importancia porque me iba a llevar las dos tarjetas de crédito que tengo, aunque sin ninguna intención de usarlas. Aprovecho para decir que no sirve la de la mujer o la de la pareja, pues si se quieren utilizar forzarán un (nuevo) contrato a nombre de ella y la cancelación del anterior con una penalización que en mi caso era de 40$.

Cuando intenté usar la primera tarjeta de crédito, la operación fue denegada, porque tenía un límite de 600€ y los de la compañía de alquiler de coches intentaban hacer una reserva por encima de 700€. Menos mal que llevaba la otra con colchón suficiente, pues mi mujer no tiene ninguna; por lo que nos hubiéramos quedado sin poder alquilar un coche, al menos en esa compañía, pero lo que parece es que el resto funciona de igual manera. Mejor no tentar a la suerte.

Continuamos nuestro viaje usando las tarjetas de débito sin problemas aparentes, hasta que al llegar al segundo hotel pudimos ver un cartel en el mostrador de recepción desaconsejando el uso de tarjetas de débito en hoteles, por el asunto de las autorizaciones, retenciones, fianzas al fin y al cabo, que podía provocar posibles cargos dobles y el bloqueo del importe por períodos de hasta 14 días o más según el tratamiento que el banco diera a estas reservas, autorizaciones o retenciones. Usamos la otra tarjeta de crédito.

Pero al llegar al siguiente hotel, el importe que querían «reservar» no estaba disponible todavía en ninguna de las de crédito, por lo que nos vimos obligados a usar la de débito: la jo... jorobamos. El hotel dice que hizo una «autorización» de 90$ por el aparcamiento y un cargo efectivo de 527$ (donde para más inri estaba incluido también el aparcamiento). El hecho es que a día de hoy, casi tres semanas después, los 90$ cargados de más siguen, como se decía en un texto anterior, en el limbo. ¿Volverán? ¿Se recuperarán algún día? El propio banco consultado no sabe de este tipo de operaciones en una tarjeta de débito y «lo está mirando» desde hace días.

Al ser internacionales las compañías de alquiler de coches y de muchos hoteles, mucho me temo que apliquen este método en la mayoría de los países. Por ello recomiendo a los lectores de este blog informarse con antelación e ir preparados para evitar problemas.






domingo, 25 de junio de 2017

RENTaCAR



Hay cosas que se llevan a cabo pocas veces en la vida. En mi caso, una de ellas es el alquilar un coche, operación que por lo general hago en caso de un viaje en avión para poder tener movilidad en el sitio que visito. Las personas vamos atesorando experiencias a lo largo de la vida, unas positivas y otras no tanto, y en este particular asunto las mías acumuladas hacen que me suba la bilirrubina a niveles peligrosos al ponerme automáticamente en modo pánico con solo pensar que tengo que alquilar un coche.

Realmente no han sido muchas las ocasiones en que he alquilado coches a lo largo de mi vida, ya que recuerdo haberlo hecho en Dublín, Edimburgo, Londres, Miami y la última en Houston, hace apenas unas semanas con motivo de un viaje por el sur de EE.UU. He visitado prácticamente todas las ciudades de Europa pero ha sido a base de hacer kilómetros con mi propio coche. En destinos locales he alquilado en varias ocasiones en Canarias. Da igual la compañía que elijas, el dolor de cabeza lo tienes asegurado y al final siempre acabas con la sensación de que te tienes que tirar a la piscina en la confianza de que hay agua, está templada y no hay tiburones, porque las sorpresas están aseguradas. Supongo que las personas que alquilen coches con más frecuencia se sabrán todos los trucos de la letra pequeña pero me temo que aun así las empresas seguirán en sus trece de generar confusión y miedo. En el contrato que me dieron a firmar en el último alquiler había TRECE páginas de letra realmente pequeña.

Los hechos que voy a comentar como colofón de esta entrada no me han sucedido solo a mí: en la web se pueden encontrar multitud de experiencias de otros viajeros que coinciden al milímetro. Por ejemplo, GOLDCAR en Canarias te carga una retención en tu tarjeta de crédito de unos cuantos euros si no contratas el seguro a todo riesgo, con lo que si no vas preparado con una tarjeta potente y con mucho crédito, te quedas sin dinero para las vacaciones. Con ello te ves sí o sí obligado a contratar el seguro a todo riesgo, lo que supone un coste extra que no habías previsto y de paso la compañía se puede permitir el lujo de entregarte un coche con algunos abollones y evitarse el tener que arreglarlo hasta que llegue la época baja. Todo son ventajas, para ellos claro.

Voy a anticipar aquí que me defiendo con el inglés, pero en un sentido. Soy capaz de hablarlo y que me entiendan pero no siempre soy capaz de entender lo que me dicen, especialmente si hablan rápido. Supongo que le pasará lo mismo a un extranjero que crea defenderse en español y se enfrente a un gallego, asturiano, vasco o andaluz hablando rápido y con deje. En el Reino Unido, cuando alquilas un coche, te empiezan a hablar del CDW, el «Collision damage waiver», del que hay varios niveles, franquicias y un mundo de triquiñuelas y tejemanejes en el que te ves envuelto y del que al final no sabes cómo salir.

Habiendo salido de mi casa un día a las 03:00 de la mañana y tras dos vuelos y más de 19 horas de viaje, llegábamos a las 22:30 hora española al mostrador de Hertz en el aeropuerto de Houston a hacer efectiva una pre-reserva que teníamos desde abril y por la que ya habíamos adelantado 376,91€. 

Nos tocó en suerte una empleada a la que conseguía entender a duras penas algunas palabras sueltas, por lo que tuve que rogarle varias veces, sin conseguirlo, que me hablara más despacio y más claro. Cansados como estábamos, hartos de viaje y con ganas de llegar al hotel, renuncié a la mayor parte de las ofertas que me hacía para mejorar el alquiler. Por no entrar en demasiados detalles si creí contratar un depósito lleno, que luego no lo estaba del todo pero la gasolina es barata allí, y cuatro días de doble conductor para que mi mujer condujera unos días en los que íbamos a hacer largos trayectos. Para remate, la «vendedora» me dice que no disponen del coche que he alquilado y que por un «pequeño» aumento diario me entregan un coche mejor. Supongo que accedí y procedió a confeccionarme una pre factura en la que podía verse la cantidad de 658,26€. Todo estaba en dólares pero lo convierto a euros por simplificar. Eran casi 300€ más de los 376€ inicialmente previstos pero, bueno, venga, acabemos esto de una vez, que estamos cansados y nos queremos marchar.

AL devolver el coche, la empleada que me lo revisó me ofreció un recibo en papel, lo que suponía un tiempo considerable, o el envío por correo electrónico del mismo, opción que escogí ya que el coche estaba bien, sin problemas y así me lo confirmó la empleada. Pasan los días y no recibo la factura, que tengo que reclamar, pero si veo el cargo en la tarjeta de crédito de 658,26€. Esa cantidad no era el total del que habría que deducir lo ya pagado sino que era el exceso. Resumiendo, de un alquiler previsto de 376,91 nos hemos ido a 376,91 + 658,26 = 1035,17€. Y esto solo en el coche. Una locura.

Han tardado una semana en poner a mi disposición la factura definitiva y eso porque la he tenido que solicitar. Lo que yo pensaba que era una «pequeña» diferencia por el cambio de vehículo, por no tener ellos el que yo solicité, ha sido en realidad una cantidad igual al alquiler inicial, 390 $, y en el asunto de los días de segundo conductor, no han sido los cuatro días solicitados sino TODOS los días del alquiler. Sumando, sumando, el «palo» que nos han dado ha sido de consideración. Claro, la culpa es mía por no saber inglés, bueno, el suficiente inglés para entender a aquella desaprensiva que estaba tras el mostrador de Hertz en aquel día y en aquella hora: mala suerte. Pero las compañías deberían de vigilar este tipo de situaciones, que se repiten con machacona frecuencia.

Y para que no se me olvide, hay que llevar una tarjeta de CRÉDITO con suficiente colchón, al mismo nombre del conductor y del que alquila, que si no estás listo, te quedas allí compuesto y sin coche. Las tarjetas de DÉBITO, simplemente no sirven en esto del alquiler de coches, al parecer.

Las denuncias por malas prácticas en esto del alquiler de coches proliferan en la red. El cliente está indefenso ante estas actuaciones abusivas que lejos de cuidarse y reducirse se van incrementando y fomentando. Yo me apunto para el futuro lo que he puesto en un «tweet» y que ha debido escocer un poco a Hertz porque están contactando conmigo. El texto era: «Aviso con @Hertz en otros idiomas: nunca decir YES o NO sin que te escriban en un papel la cifra que te están queriendo colar y la veas tu».

Y mucha atención, porque ellos disponen de tu tarjeta de crédito y la seguirán utilizando sin pudor y, lo que es peor, sin avisarte. Acabo de ver ahora mismo un cargo adicional de 26$ en mi tarjeta. ¿Una multa de la que no soy consciente? ¿Una limpieza extra del vehículo porque me dejé olvidado un bolígrafo en la guantera y lo consideran sucio?



domingo, 11 de junio de 2017

ANTIGUALLAS



En el estupendo curso monográfico seguido hace un tiempo en la Universidad Carlos III de Madrid sobre tendencias actuales en el mundo de la educación y que nos impartió mi admirado profesor Antonio Rodríguez de las Heras, nos hacíamos eco del comentario acerca de que los arqueólogos del futuro, cuando vayan a investigar lo que está sucediendo en la actualidad, uno de los sitios donde van a encontrar una muy variada información es en los basureros. Esto no es nuevo en el mundo de la arqueología aunque los tamaños y contenidos de los basureros en la actualidad si ha sufrido modificaciones sustanciales en los últimos años.

Ya en mayo de 2010 dedicaba una entrada al asunto de los «DESECHOS». Antes se producían con cuentagotas mientras que ahora suponen una cantidad ingente dentro de la cual sorprende, y así se trataba en el curso, la cantidad de cosas y aparatos en perfecto estado de funcionamiento, que han llegado al final de su vida útil por aburrimiento de su propietario y porque ha salido un modelo nuevo, mil veces mejor y que hace más cosas, con lo que de un plumazo el que teníamos pasa a ser una antigualla y acaba por un tiempo en el trastero y finalmente en la basura.

Los ejemplos son numerosos y además están propiciados y fomentados por las propias técnicas de venta –véase la entrada acerca de la obsolescencia de enero de 2011 que es cada vez más vigente– que nos convencen por las buenas o por las malas de abandonar aparatos que funcionan perfectamente. Muchos de los ya mayorcitos recordarán la irrupción del mundo del vídeo en los hogares. Tres sistemas competían por hacerse con el mercado, a saber, VÍDEO-2000, BETA y VHS. El primero era en mi opinión el mejor técnicamente hablando pero fue el primero en sucumbir en los inicios; yo mantuve un aparato y cintas durante años hasta que ya fue imposible y tuve que arrojarlo a la basura funcionando perfectamente. Poco después le ocurrió al sistema BETA, quedándose hasta hace unos años el VHS. ¿Quedan aparatos reproductores de vídeo VHS en los hogares? Yo hace tiempo que tiré el mío a la basura, tras haberlo tenido unos años en el trastero, junto con un montón de cintas con películas y cursillos de inglés. El sistema económico mató al vídeo y lo sustituyó por discos duros multimedia. Parecida suerte corrieron los tocadiscos de piezas de vinilo con los reproductores de CD, las radios de válvulas, los reproductores de casete o los amplificadores de sonido, por citar algunos cachivaches caseros que todos hemos ido conociendo, al menos en lo que llamamos el mundo occidental que es del que estamos hablando. Hoy la música suena en muchos hogares por altavoces inalámbricos que reciben información desde la «nube» controlados por la tableta, el ordenador o incluso el teléfono.

Las imágenes que acompañan a esta entrada son el amplificador y los altavoces del primer equipo de sonido que tuve en mi casa y que sigo teniendo. El amplificador, un AKAI 3900, fue adquirido de segunda mano en 1977 a Paco, un compañero de trabajo que se había comprado uno más moderno y actualizado. Cuarenta años lleva conmigo y me sigue pareciendo una maravilla, el tacto de sus mandos y las sensaciones cuando le pongo en marcha tienen un valor especial ahora que todo lo antiguo está desprestigiado y no sirve para nada.

Los altavoces son de la misma fecha. Yo debo tener el oído duro pero me parece que siguen sonando de maravilla, como el primer día. A buen seguro que los hay más pequeños, más potentes, con mayor tonalidad… pero recuerdo con cariño aquella tarde que me dirigí con mi buen amigo Javier, fallecido en su juventud, a la madrileña calle de Barquillo, la llamada por entonces calle del sonido, donde bajo sus indicaciones compramos los componentes para luego en casa montarlos, conectarlos al amplificador y escuchar simplemente emisoras de radio en FM con una calidad impresionante. La misma que siguen teniendo en la actualidad, que para mí es más que suficiente.

No cabe duda de que lo suyo hubiera sido sucumbir al marketing y los anuncios, llevar estos cachivaches antiguos al punto limpio, y comprar el último amplificador digital con mando a distancia, ecualizador, incorporado, filtros, canales, patatín y patatán y hasta con fabricador de cubitos de hielo si hace falta. Pero por el momento sigo disfrutando con mis antiguallas aunque he de reconocer que la alimentación que le llega por los cables ahora es digital y procede de un disco duro donde han quedado subsumidos todos los CD que tenía y que duermen en una caja en el trastero desde hace años. Tengo que ponerme las pilas y empezar a llevar estas cosas al mercado de segunda mano, aunque sea a un precio regalado, para evitar que con el paso de tiempo acaben en la basura y tenga que ser yo el que las lleve.




sábado, 3 de junio de 2017

CITAS



Mi relación con este asunto de las citas es de amor y odio. Por un lado echo de menos aquello de antaño de acudir a los sitios a la buena ventura, sin saber lo que te ibas a encontrar, dispuesto a entrar de corrido o por el contrario esperar la correspondiente cola en función de la gente que hubiera decido ir a la misma hora que tú. Pero esos tiempos han pasado y ahora todo se gestiona a través de la correspondiente cita, añado lo de previa, sin cuyo requisito no se te puede ni ocurrir aparecer por un sitio.

En estos últimos meses me he puesto «morado» de solicitar citas, debe ser que va por rachas. Antes de tener todas estas experiencias se me ocurrió aparecer por una oficina de Hacienda a hacer una simple consulta para saber si de verdad tenía que acudir presencialmente a una Oficina de Hacienda y ya el mismo vigilante de seguridad de la puerta de entrada, el que controla si llevas cosas o sustancias «peligrosas» me preguntó si tenía cita y como le dije que no, pues…media vuelta y a pedirla.

La solicitud de citas no siempre es sencilla. El mundo de internet ha aportado mucho a estos trámites y aunque cada empresa u organismo tiene sus entretelas, con un poco de paciencia es relativamente fácil hacerse con una cita en una fecha y hora concreta que nos venga bien. La otra alternativa que es la básica en la mayoría de los casos es el teléfono, aunque esta faceta la desconozco por no haberla utilizado nunca.

Esto de la cita previa tiene su ventaja pues permite organizar el trabajo y controlar de alguna manera la afluencia de público y evitar las aglomeraciones, siempre de forma «orientativa» como machaconamente te repiten por activa y por pasiva para que acudas, siempre, armado de paciencia. A mí invariablemente me acompañan mis lecturas, bien en el propio teléfono móvil bien en mi lector electrónico, de forma que puedo aprovechar el tiempo que sea menester sin tener la sensación de estarlo perdiendo.

Como decía, en los últimos tiempos he tenido que solicitar dos veces cita en Hacienda, —una para preguntar y luego otra para hacer el trámite—, una vez en la Dirección General de Tráfico y dos veces más en temas relacionados con el Ministerio de Sanidad. Y en este asunto, una de cal y otra de arena.

La cita con el médico de cabecera, al menos en Madrid, se puede hacer cómodamente por internet. Si no tienes una necesidad perentoria y puedes elegir el día, mejor es que elijas la primera hora, la primerísima hora de todas, al menos con mi médico. A pesar de la cita previa, que recordemos siempre es orientativa, cuando la cita ha sido a media mañana, he llegado a tener que esperar DOS horas a que me llegara mi turno, y eso sí, sin ninguna explicación. Por ello, pido la cita con tiempo y un día a primera hora siempre y cuando no tenga urgencia.

Pero la otra cara de la moneda ha llegado con una cita en un hospital para solicitar la consulta de un especialista. Este trámite, que yo sepa, no se puede realizar por internet y hay que acudir personalmente con el volante al hospital. Allí, en una máquina expendedora de tickets de turno, eliges el tipo de cita y te sientas a esperar. Como se ve en la fotografía, llegué a las 09:54 y tengo que decir que accedí al empleado que me iba a dar la cita efectiva con el especialista a las 10:45, es decir, 51 minutos de espera. ¡Menos mal que llevaba mi libro y había sitio para sentarse!

Pero ahí no acabaron mis males; fui informado de que concretamente «ese» especialista no tenía su agenda publicada, por lo que no podían darme la cita y me tenía que dirigir a la propia consulta para obtenerla allí directamente. Cuando te presentas en la puerta de la consulta, el típico cartelito de «No llamen ni entren, la enfermera saldrá periódicamente». Por no alargar más esta entrada, otros 22 minutos de espera hasta que salió la enfermera, la pude contar mi caso y me dio la cita ya definitiva y efectiva.

Como reflexión, cada maestrillo tiene su librillo, cada uno se organiza sus citas como quiere y puede. Pero se me ocurre pensar que al tratarse de organismos oficiales, no estaría de más que se pusieran todos de acuerdo y se pudieran obtener las citas de un modo centralizado, pero supongo que queda mucho trecho para llegar a esto si es que se consigue alguna vez.


sábado, 27 de mayo de 2017

MOROSOS



¿Soy moroso? No sabría responder con exactitud a esta pregunta porque lo que yo suponía que significaba este vocablo en realidad no es así. La escritura de entradas en este blog supone una oportunidad, una necesidad, de consultar el diccionario, una práctica que me resulta enriquecedora. Resulta que «moroso» significa «que incurre en, denota o implica morosidad», por lo que hay que buscar «morosidad» que a su vez significa «lentitud, dilación, demora, falta de actividad o puntualidad». Con esto, llamar a alguien moroso es incorrecto según los planteamientos anteriormente conocidos por mí y lo que habría que utilizar realmente es deudor moroso.

Repitiéndome la pregunta inicial esta vez bien formulada, ¿soy un deudor moroso?, no sabría contestar con exactitud. Yo no tengo conciencia de deber nada a nadie pero esto no significa que otras personas, o mejor entidades, me consideren una persona cabal y cumplidora en esto de los créditos, porque como veremos a continuación, este mundillo se las trae. Un marasmo de ficheros, informaciones, entidades, y aprovechados pululan alrededor de este asunto que suele ser desconocido para el ciudadano de a pie hasta que se ve inmerso en algo que ni entiende ni comprende. Ese ha sido mi caso esta semana.

Con motivo del alquiler de un coche para las vacaciones, la empresa que me alquila el automóvil me informa que puedo pagar los importes con una tarjeta bancaria de débito, pero adicionalmente es necesaria otra tarjeta bancaria, esta vez de crédito, para cubrir los posibles gastos adicionales que pudieran producirse durante el alquiler, tales como multas o similares. Durante toda mi vida, hipotecas aparte, he tenido la suerte de poder huir de los créditos, ya que he seguido las enseñanzas de mi padre de no meterme en charcos dinerarios si previamente no tenía el dinero ahorrado para afrontarlos, aunque esto signifique que soy un rara avis en el panorama actual, donde estar endeudado hasta las cejas es o que se lleva y te permite disfrutar aquí y ahora de cosas que pagarás en el futuro o ya veremos.

Con uno de los dos bancos con los que trabajo actualmente tengo una relación positiva y sin problemas desde hace más de quince años. En sus inicios me concedieron dos tarjetas, una de débito que es la que utilizo normalmente, y otra de crédito, de esas conocidas como «oro» que tenía un importe máximo, si mal no recuerdo, de cinco mil euros. Dado que no la he utilizado nunca, en algún momento hace años decidí por mi cuenta rebajar el máximo de crédito de cinco mil a seiscientos euros, por si acaso. La verdad es que la empresa de alquiler de coches no especifica cuanto importe máximo de crédito debe tener la tarjeta, pero pensé que podría venir bien el aprovechar la ocasión para subir un poco el crédito hasta mil quinientos o dos mil euros.

Hoy día todo se hace por internet, y más en ese banco al que me estoy refiriendo, INGdirect. Intento la operación por internet y… denegada. La intento por teléfono y… denegada. Me persono en una de las pocas oficinas que este banco tiene abiertas al público y la situación deviene en kafkiana. Mira que voy poco o nada por una oficina bancaria, las tengo pavor. El empleado que me atiende me informa igualmente que… denegada. Le hago ver mi trayectoria como cliente, mi saldo medio a lo largo de los años, mi operativa mensual, etc. etc., pero que si quieres arroz Catalina. No es posible. Fuerzo un poco la situación y le hago ver que esa respuesta me lleva, según mis planteamientos, a cortar de cuajo mi relación con ese banco, no me queda otra alternativa, no me puedo ir con un no por respuesta cuando creo honradamente que mis características de cliente me otorgan la capacidad de elevar el crédito a la cantidad que estoy solicitando. Al final consigo que el empleado, que me ve firme en mis planteamientos, vaya a consultar el tema a su superior, que viene a la mesa e interacciona mediante cuchicheos con el empleado que me atiende. Después de un rato de consultas en la pantalla que yo no veo, me dicen ambos que no, que no es posible, y la causa es que la política del banco no lo autoriza. ¿Quién es el banco? ¿Qué política es esa? Era como hablar a una pared, una pared muy amable eso sí, pero un verdadero frontón. Al final, cuando ya me marchaba, me dice como una confidencia que lo más probable en estos casos es que esté incluido en un fichero de morosos, lo que me deja estupefacto.

A base de consultar en internet he llegado a algunas conclusiones. Ficheros de morosos en España hay varios, controlados por empresas o entidades no precisamente oficiales. En teoría, «desde el momento en el que una persona es incluida en uno de los ficheros de morosos, la empresa que gestiona el fichero que recoge los datos tiene un plazo de 30 días para informar a la persona de su inclusión, a fin de que esta ejerza su derecho de acceso, modificación, rectificación o cancelación de datos». A mí nadie me ha avisado de nada, pero eso no significa que no esté incluido porque ya sabemos cómo «cumplen las obligaciones» las empresas. En teoría también, tengo derecho de acceso para ser informado de si mis datos están incluidos en alguno de esos ficheros. Pero eso, ¿Cómo se hace?, ¿Cuántos ficheros hay?, ¿Qué empresas los gestionan?

Ya estamos en la dinámica de siempre, el oscurantismo total y el proceloso mundo de los derechos y la forma de ejercerlos, que en muchos casos pasa por pasar por taquilla contratando los servicios de un despacho de abogados. De los ficheros a los que mi paciencia me ha llegado a atisbar, diré en justicia que solo a uno de ellos he podido llegar: ASNEF. Siguiendo el protocolo que he podido encontrar en internet, he realizado la consulta y me han respondido que no estoy incluido, pero con unos datos adicionales reveladores: las empresas y fechas que en los últimos meses han consultado mis datos, no estando ING en esa lista, por lo que deduzco que el rechazo al aumento del crédito no ha venido por mi inclusión en ASNEF, pero todavía quedan varios ficheros más, siendo uno de ellos el famoso RAI.

Reconozco que he empleado mucho tiempo sin conseguir una vía de acceso posible al resto de ficheros. Probablemente no haya tenido el suficiente tesón y no haya consultado los sitios pertinentes donde se cuenta cómo hacerlo, si es que existen, que ya empiezo a dudarlo. Lo que sí que se encuentran son numerosas páginas, algunas con apariencia de «oficiales» donde se ofrecen a hacer la consulta y posterior anulación de los registros en los diferentes ficheros si se demuestra que el apunte ha caducado o la deuda está extinta, porque, según comentan, las empresas se «olvidan» con frecuencia de anular el apunte entre otras cosas porque dicha anulación las cuesta dinero, con lo que el apunte permanece los seis años que en teoría tiene como tope para seguir figurando en el fichero. Pero… nada es gratis, con toda lógica.

Aparte de los costes, hay que hacer constar que te piden TODOS tus datos, incluida una fotocopia o imagen del DNI, y no siempre las pasarelas de envío aparecen como seguras o confiables, por lo que se te encienden las alarmas a la hora de facilitar TODOS tus datos, entre ellos los sensibles como el DNI o la cuenta de cargo del recibo. Algunas optan por funcionar a base de teléfonos de pago tipo 807, otras con tarjeta de crédito, PayPal, etc. etc.

Al final he seleccionado un sitio del que he decidido fiarme. He hablado por teléfono con ellos, me han dado confianza, aunque esto puede equivaler a que «me he dejado convencer o engañar» y he iniciado el proceso de consulta con ellos. El coste inicial de la consulta es de 25 euros y me han pedido disculpas por aceptar la imagen de mi DNI a través del correo electrónico, un medio totalmente inseguro, pero nadie, hasta ahora, les había planteado ningún reparo a sus procedimientos. Continuará…


domingo, 21 de mayo de 2017

ALCABALAS



«Hacienda somos todos» rezaba un antiguo eslogan que intentaba concienciar a todos los ciudadanos para que cumpliéramos escrupulosamente nuestras obligaciones con el erario público. Los años han ido pasando y diversas actuaciones de algunos próceres que se suponen debieran dar ejemplo con su comportamiento han ido convenciendo a todos que no somos iguales a la hora de pasar por taquilla y que cada cual se organiza como puede ajustando su código ético personal a su deambular económico. La corrupción está a la orden del día en nuestro país, por más que se empeñen en negarlo por activa, por pasiva y por plasma, y continuamente asistimos a actuaciones que pudieran ser correctas pero no éticas y que a buen seguro suponen la punta del iceberg de otro montón que no llegan a ser conocidas por el público.

No hay mejor defensa que un buen ataque y en ello se basaba el comentario de un político realizado días atrás cuando esgrimía el asunto de los pagos en negro, sin facturas de por medio, y por tanto escamoteando el IVA al erario público y por añadidura a todos los españoles que ven cómo se reduce el estado del bienestar sobre todo en temas de sanidad y de educación. Como se decía en uno de los eslóganes del diluido movimiento 15-M, «no hay pan para tanto chorizo».

Con ejemplos se entiende esto mejor. El esgrimido por el político aludido hacía referencia a los trabajos, vulgo «chapuzas», que profesionales nos hacen en nuestros domicilios; un fontanero que nos revisa la caldera de la calefacción o un pintor que nos adecenta la casa tras varios años. Pongamos por caso y para hacer números redondos que el montante de los trabajos realizados asciende a cien euros. ¿Con factura o sin factura? Si queremos factura, por aquello de garantías o posibles denuncias, estamos automáticamente asumiendo que disponer del papelito nos va a costar veintiún euros más que escaparán de nuestro bolsillo y nunca más se supo. Lo único bueno de esta acción será que de alguna manera estamos posiblemente obligando al profesional a declarar esta cantidad como ingreso en sus entendimientos con Hacienda. La alternativa, sin factura, es que nos ahorramos directamente esos veintiún euros que nunca vienen mal en las apretadas economías que sobrellevamos en estos últimos años.

Pero no solo ocurre esto en chapuzas caseras. Cuando tomamos un aperitivo en el bar, también estamos abonando impuestos por esa cerveza o vinito, impuestos que «no constan» y que son añadidos a los que ya pagamos por otros conductos. En algunos bares te dan un ticket en que al menos figuran los datos del establecimiento y el IVA que te están aplicando, pero en muchos de ellos, el camarero te lo canta a viva voz y santas pascuas, si te he visto no me acuerdo. En este último caso… ¿Cómo sabe Hacienda el número de cervezas y vinos que han despachado?

Lo primero que hago, cuando me levanto por la mañana, es mirar por la ventana a ver qué día hace —esto no tiene gravamen— y a continuación tomar un vaso de agua con el zumo de un limón y una cucharada de miel. Agua, limón y miel están gravados con el correspondiente IVA, así como la luz que empleamos en nuestra máquina de afeitar, nuestra pasta de dientes o el champú y el agua de la ducha. No sigamos por ahí, porque salvo el respirar —de momento—, por todo lo que usemos estamos aflojando el bolsillo.

Otro gallo nos cantaría si tuviéramos la posibilidad, en nuestra anual Declaración de la Renta, de adjuntar todos los tickets y facturas que hubiéramos satisfecho de forma que pudiéramos deducirnos la montonera de impuestos que minuto a minuto, día tras día, vamos pagando. Y por añadidura, y esto es lo más importante, Hacienda tendría constancia de los cobros de todos con lo cual podría cerrar el círculo de todas las transacciones que se realizan, hasta la de los aperitivos en el bar o la compra en el supermercado. Hacienda lleva años demostrando que tiene capacidad informática para manejar esto, pero otra cosa es que a ciertos estamentos sociales les interese esta forma de manejar los impuestos. Es mejor sacarlos de los combustibles o de otros sitios y no preocuparse mucho de adaptar a los nuevos tiempos un sistema tributario que hace aguas se le mire por donde se le mire.

La denominada «España profunda» sigue vivita y coleando. Hace unos años, en la entrada «PROFUNDA» de octubre de 2013 relataba un caso similar al que voy a relatar a continuación. Han pasado cuatro años y la vida sigue igual. En aquella ocasión era una localidad abulense y ahora es alcarreña. Vea Vd. el «papel» —no puedo denominarlo de otra manera— en el que nos mostraron la cuenta de la comida en un restaurante, no precisamente una tasca de pueblo a tenor de los precios, en los que el montante por persona ascendió a treinta y cinco euros. Guardo electrónicamente los tiques y facturas de los sitios por los que voy pasando y en este caso he tenido que añadir a mano el nombre del restaurante y el lugar porque no figuran por ningún lado. Lo único válido es la fecha y ni siquiera el nombre del camarero que nos atendió. Nada, un papelucho de mala muerte, un «comprobante», sin ningún tipo de identificación, ni de IVA, ni nada de nada. ¿Debería haber sido yo un ciudadano comprometido y exigir al restaurante una factura en condiciones y arriesgarme a montar un numerito? Y otra pregunta de más calado, ¿Pagará este restaurante la correspondiente alcabala a Hacienda por esta transacción? Respóndase Vd. mismo.


domingo, 14 de mayo de 2017

COCINEROS




Dado que son ya casi 10 años de escribir semanalmente mis cuitas en este blog que algunos temas son recurrentes, aunque siempre hay alguna cosilla que sorprende, para hacer de menos aquella famosa frase de «nihil novum sub sole» o lo que es lo mismo traducido «nada nuevo bajo el sol» atribuida a Salomón. Más recientemente se ha acuñado aquella de «dejà vu» que transita por similares derroteros. En enero de 2011 escribía la entrada «OBSOLESCENCIA» que sigue plenamente vigente, corregida y aumentada; he aprovechado para ver de nuevo el magnífico documental al que se hacía referencia y que sigue disponible en la página web de RTVE. Recomiendo su visionado de nuevo. Por cierto, el frigorífico al que aludía en esa entrada sigue plenamente operativo seis años después habiendo cumplido los veinticinco.

Otra entrada, más reciente, de septiembre del pasado año 2016, titulada «PISAPAPELES» trataba un tema similar en relación con mi teléfono inteligente, que no se debe decir «smartphone» según la FUNDEU. Comprado en diciembre de 2012 y con casi cuatro años y medio de funcionamiento a mi entera satisfacción, ha sido literalmente abandonado por el fabricante, Samsung, que ha dejado de tenerle en sus oraciones y por tanto de mandar actualizaciones de su software, Android, que quedó varado en la versión 4.4.2. Recientemente Google ha anunciado la versión 8 de Android con el apodo de «Oreo». En estos cachivaches electrónicos, ordenadores al fin y al cabo o hardware, el sistema operativo sufre continuas actualizaciones y mejoras que son aprovechadas por las aplicaciones de forma que se establece un lazo que acaba por asfixiar al propietario que se ve impelido a adquirir un modelo nuevo teniendo que desechar un aparato que funciona perfectamente. Aprovecho para decir que las palabras software y hardware, en cursiva, figuran como tales en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

Por diversas circunstancias personales y profesionales, han ido pasando los meses sin poder acometer el cambio que sacase del ostracismo mi terminal y lo pusiera al día en cuanto a la versión de Android que corre en sus circuitos. Nunca se está a la última y una posibilidad hubiera sido esperar a que estuviera disponible la anunciada versión 8 pero entonces entraríamos en el cuento de nunca acabar, por lo que he optado por instalar la versión actual, denominada Nougat, 7.1.1 que está bastante asentada.

Todo es cuestión de ponerse a ello con tesón y mucha paciencia, utilizando la abundante información que nos proporciona internet, aunque no siempre es fiable, por lo que es interesante leer mucho y contrastar opiniones antes de ponerse manos a la obra en cualquier iniciativa. Lo primero que hay que hacer es tomar el control de nuestro teléfono, una operación que en este mundillo se conoce como «rootear» o «hacerse root» de forma que podamos realizar cualquier tipo de operación de actualización sin ningún impedimento. Hay muchas maneras de hacerlo, en el propio teléfono, desde el ordenador o con app’s, de forma que lo interesante es ver y ver vídeos tutoriales en Youtube con las  numerosas opciones y decidirse por alguna de ellas.

Tras ello, hay que instalar en nuestro teléfono un manejador de ROM’s. Aprovecho para hacer una comparativa que quizá no sea muy acertada pero que se entienda: una ROM será a nuestro teléfono como un Windows o un Linux a nuestro ordenador, el programa principal o sistema operativo que tomará control al arrancar y gobernará el funcionamiento básico del aparato y de todas las aplicaciones y/o programas instalados. Tras ello, tendremos que instalar un RECOVERY, programa o app especializado que nos permitirá sacar copias de seguridad de nuestro teléfono e instalar las ROM’s seleccionadas. Todas estas operaciones las podemos realizar sin afectar al funcionamiento del aparato y son la base para poder acometer la operación fundamental: sustitución de la ROM, momento en el que habremos abandonado el paraguas del fabricante e iniciaremos nuestra andadura solos y sin protección. Si hemos hecho bien las cosas y hemos obtenido la correspondiente copia o backup, siempre tendremos, al menos teóricamente, la opción de volver atrás y dejarlo todo como estaba.

«Cocineros» es el apelativo con el que se conoce a aquellos programadores que se dedican a generar ROM’s tomando como base el sistema operativo Android «en limpio» suministrado por Google y añadiendo capas para controlar y hacer funcionar los diferentes modelos de teléfonos que circulan por el mundo. Casi todos son susceptibles de tomar este camino de independizarse, aunque pocos usuarios se meten en estos berenjenales, bien porque realmente no lo necesitan y se conforman con lo que tenga a bien decidir la casa fabricante bien porque no tienen conocimientos y no quieren perder o emplear tiempo en adquirirlos.

Yo me resistía a seguir varado en una versión antigua de Android por lo que he tirado para adelante y tras consultar, valorar y sopesar los pros y los contras, me he decido por instalar la ROMLineageOs en su versión 14.1, no oficial pero operativa para mi Galaxy Note II GT-N7100 y que contiene Android 7.1.1 Nougat. Tras tres días de uso y con algunas pegas por comparativa con el funcionamiento anterior, estoy doblemente satisfecho por haber puesto mi teléfono al día y haber abandonado la teórica protección de un fabricante que me quiere pero no con ese aparato sino para que compre uno nuevo. Como decían en la antigua Roma… «Larga vida al Samsung Galaxy Note II».




domingo, 7 de mayo de 2017

RENOVACIÓN




La cosa debe de venir por andanadas. Los seguidores habituales del blog habrán constatado que llevo una temporada teniendo que luchar con «TRÁMITES» y papeleos más o menos oficiales. Cada cierto número de años hay que renovar ciertos documentos y esta semana le ha tocado a los certificados digitales, una pieza de software muy valiosa y que familiarmente usamos con profusión en nuestras relaciones con estamentos oficiales, como Hacienda, Seguridad Social, Catastro y algún otro. Cuando te acostumbras a unas formas de trabajo digamos avanzadas, es muy difícil volver atrás.

Hay varias clases de certificados digitales oficiales, pero los dos principales a mi juicio son los de la F.N.M.T., Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y el embebido en el chip del DNI electrónico del que venimos disponiendo los españoles desde hace algunos años y que últimamente ha sido mejorado en lo que se ha denominado DNI electrónico versión 3.0.

Por facilidad y comodidad de uso, no exenta de peligro si no se tienen en cuenta ciertos cuidados y recomendaciones, utilizo el de la FNMT. Para su obtención inicial hay que seguir unos sencillos pasos, que incluyen una visita física de la persona a un centro de verificación personal, como pueden ser oficinas de Hacienda o de la Seguridad Social y con ello se dispondrá de un sistema de identificación personal electrónica que funciona mediante su carga en un navegador de internet, de forma que podamos acreditarnos ante organismos oficiales y obtener documentos y certificados válidos en unos instantes y desde nuestra casa. A modo de ejemplo, yo obtengo mensualmente tanto de la Agencia Tributaria como de la Seguridad Social un certificado de estar al corriente de mis obligaciones tributarias que me es necesario para el cobro de facturas en las empresas en las que colaboro. En la Seguridad Social, por poner un ejemplo adicional, podemos obtener un certificado de nuestra vida laboral y de nuestras cotizaciones efectivamente realizadas en los últimos años.

Estos certificados electrónicos tienen que ser renovados en los dos meses anteriores a su vencimiento. Era una operación que ya había realizado sin problemas años anteriores, pero en esta ocasión ha sido un pequeño calvario que relataré a continuación. Posicionado en la página web de la FNMT para proceder a la renovación, utilizando un navegador de los aceptados, Mozilla Firefox, y verificados todos los requisitos que allí se mencionan, la operación solicitada no se puede realizar:

La operación solicitada no se puede realizar:

Lamentamos no poder procesar su solicitud con el certificado seleccionado ya que éste fue obtenido por medios que no requirieron de su acreditación física en una oficina de Registro (Art. 13 - Ley 59/2003, de 19 de diciembre, de firma electrónica). Si no dispone de otro certificado de los admitidos con el que acreditar su identidad, siempre podrá obtener su certificado siguiendo el procedimiento habitual en nuestra sede electrónica

No entiendo bien el mensaje porque yo ya hice en su día el trámite de mi acreditación física la primera vez que obtuve el certificado. Indago un poco en la ayuda de la FNMT y obtengo la siguiente aclaración

Error: La operación solicitada no se puede realizar

Si al intentar renovar su certificado de persona física le aparece el siguiente mensaje:

"La operación solicitada no se puede realizar: Lamentamos no poder procesar su solicitud con el certificado seleccionado ya que este fue obtenido por medios que no requirieron de su acreditación en una oficina de registro (Art. 13 - Ley 59/2003, de 19 de diciembre, de firma electrónica). Si no dispone de otro certificado de los admitidos con el que acreditar su identidad, siempre podrá obtener su certificado siguiendo el procedimiento habitual en nuestra sede electrónica."

Esto es debido a que está intentando renovar un certificado que ya proviene de una renovación online anterior, con lo cual no tuvo que desplazarse a una oficina de registro a identificarse. En la actualidad la ley establece que hay que identificarse presencialmente en una oficina de registro cada 5 años, con lo que solo se permite una renovación.

Parece que las cosas han cambiado desde la última renovación hace unos años y ahora hay un máximo de cinco años de uso del certificado sin realizar una acreditación personal en una oficina.

Bueno, no hay problema, me dirijo a una oficina de Hacienda y la primera en la frente: No se puede acudir sin cita previa. Obtengo la cita previa y vuelvo otro día, pero cuando estoy ante la funcionaria encargada me dice que necesita un número facilitado por la FNMT para proceder con el trámite. Le hago ver que no tengo número, que se trata de una renovación y que en la página web habla de mi presencia física en una oficina de acreditación, pero no se habla para nada de un número en el caso de las renovaciones, cuestión que sí es preceptiva en la petición de un certificado por primera vez. No hay manera de desbloquear la situación y me tengo que marchar sin poder resolver nada.

Tras mirar y remirar en la página web, me decido a tirar de teléfono para elevar una consulta al teléfono de ayuda que figura en la página. Pensando que iba a ser un calvario, me llevé una grata sorpresa cuando fui amable y profesionalmente atendido en mi consulta. Resulta que la renovación, cuando se da el caso de haber transcurrido más de cinco años desde la última acreditación presencial, es una figura que no existe. Lo que hay que hacer es solicitar el certificado como si fuera la primera vez, con lo que así si se obtiene el famoso numerito que te solicitan en la oficina presencial. Muestro mi extrañeza y el amable comunicante me dice que la obtención de un certificado «nuevo» para una persona física anula automáticamente los anteriores y que ese es el procedimiento que hay que seguir.

Y digo yo: ¿No podía aclarar esto en el proceso de renovación de modo que se ahorre tiempo en consultas, idas y venidas? ¿Cuántas personas estarán pasando por esta pérdida de tiempo?