Siendo yo muy pequeño, era frecuente el ser comisionado por mi madre para hacer diferentes recados por las tiendas del pueblo. Pequeños encargos en la tienda de ultramarinos del señor Paramio, la pescadería de Quemada, la mercería de «El Globo», la lechería de Demetrio o la panadería del tío Tijeras, que realmente se llamaba Tejero de apellido. Era curiosa esa panadería porque, en un pequeño apartado, la mujer del despachante, de nombre Marcelina, ejercía de fisioterapeuta con unas manos prodigiosas que te hacían ver las estrellas, pero te curaba esguinces y torceduras en un periquete.
Pues bien, a esta panadería cercana a mi casa acudía a por pan, tortas, yogures y… huevos. Mencionaré que en casa éramos seis personas pues todavía no había llegado el último hermano y el consumo de huevos era de dos docenas en dos docenas. Hay que aclarar que en aquella época de los años sesenta del siglo XX, las mercancías se vendían al por mayor, en este caso de los huevos, por unidades, por lo que podrías comprar ocho, trece o diecisiete. No hace falta decir lo que ocurre ahora…
Las había de mimbre, pero la que utilizábamos en casa era de alambre, parecida a la de la imagen que encabeza esta entrada. Eso sí y espero que la memoria no me traicione, todos los huevos eran de color blanco, no habían aparecido los actuales de color crema; los blancos han desaparecido de la faz de la tierra, aunque se pueden encontrar en granjas a las que acudo cuando estoy en la campiña y compro los huevos directamente al granjero. En Cantabria a este tipo de huevos, de gallinas criadas al aire libre, se les conoce por picasuelos y en verdad tienen, o a mí me lo parece, una coloración de la yema y un sabor distintos.
Antaño, todavía en una pollería que había en el Mercado Municipal se podían comprar los huevos que la dependienta llamaba «de cesta» de forma individual, aunque nunca he visto acudir a nadie con la cesta de alambre. Hogaño, en los comercios y supermercados habituales a los que acudo, lo de comprar los huevos por unidades ha pasado a mejor vida. Los venden ya envasados en paquetes de media, una docena e incluso dos docenas. Aunque hay varios formatos de plástico, cartón o combinados, el más corriente es de dos hueveras de cartón enfrentadas. ¿Suficiente protección?
A veces, al llegar a casa y desenvolver el paquete para guardar los huevos en el sitio asignado en la puerta de la nevera, me veo en la obligación de entonar el ¡manda huevos!
Reviso concienzudamente los paquetes en el propio lineal del supermercado, porque algunas veces están rotos allí. Pero si cuando llego a casa me encuentro con el panorama de la anterior fotografía, me queda claro que he sido yo en el transporte, en la bolsa, en el coche, del aparcamiento a casa…
Y es que siempre ha sido un inconveniente, pero no es lo mismo hace unos meses cuando la docena costaba 2,10 euros que ahora que la docena —última comprada— monta como dirían en la Edad Media, ni más ni menos que 4,60 euros. Eso quiere decir, con una simple división, que van a destinarse a la basura 0,38 euros que no es moco de pavo. Y es que ahora hablamos de euros como si nada, pero para los mayores estamos hablando de más de sesenta de las antiguas pesetas. ¡Casi ná!
Así que… ¡a tener mucho más cuidado en el transporte!, para no tener que recuperar aquel dicho parlamentario de ¡manda huevos! Pero, por cierto, y como comentario curioso, uebos se puede escribir sin hache y con be, aunque el significado es diferente, aunque ya anuncia el diccionario que está en desuso, que se trata de un arcaísmo: «Necesidad, cosa necesaria». La pregunta es… ¿Qué dijo Trillo? ¿Manda huevos? o ¿manda uebos? Y ya mucho más irreverente… ¡Manda cojones!, que me lleva a referenciar aquí un vieja entrada de febrero de 2011 con ese título que se puede leer en este enlace.

