Me considero un buen fisonomista porque suelo recordar las caras de las personas, aunque hayan pasado años y el paso del tiempo haya dejado huella. Acudía la semana pasada a la presentación del libro —magnífico— de mi amigo y maestro Eduardo Juárez Valero titulado «Juana de Castilla. Conspiración, locura y poder en la Castilla renacentista» cuando vi entrar a una persona que a buen seguro había visto y conocía, pero era incapaz de recordar los detalles: ¿quién era? ¿cómo se llamaba? ¿de qué la conocía? La obsesión quedó anidada en mi cabeza dando más y más vueltas, a la espera de dar con la solución.
Un sucedido vino en mi ayuda. Esta persona regaló un libro envuelto a Eduardo con una dedicatoria bellísima en el envoltorio que fue mostrada a los asistentes y que es la imagen que encabeza esta entrada. La excelente caligrafía y el nombre, Javier, vinieron en mi ayuda e hicieron aflorar los recuerdos: había coincidido con Javier García del Olmo en un seminario organizado unos años antes —octubre de 2019— en el Campus de Getafe de la Universidad Carlos III de Madrid. La fotografía a continuación es un recuerdo de aquel día de 2019 en la que Javier figura en el centro de la misma.
También ha participado en alguno de los cursos MOOC sobre paleografía y libros de esa universidad como experto no solo en caligrafía sino en su calidad de destacado diseñador español, bibliófilo y el mayor coleccionista privado del país especializado en artes gráficas, caligrafía y escritura, siendo junto con su mujer Esther Vilas un formidable coleccionista de todo lo relacionado con las artes gráficas y la imprenta. Tuve la oportunidad de charlar un rato con él al finalizar la presentación y le agradezco su invitación a visitar su estudio en Madrid.
Solucionado este problemilla fisonómico, me surgió otro derivado de uno de los vocablos que aparecían en la dedicatoria: «bibliópata». Lo escribo entre comillas porque el acceso en aquel momento desde el teléfono al DLE —Diccionario de la Lengua Española— resultó infructuoso. No era cuestión de andar manipulando el teléfono en medio de la presentación y el asunto quedó para después.
Ya el sufijo «pata», del griego páthos, induce a pensar en temas de pasión, afección, obsesión o enfermedad. Desde luego el prefijo «biblio» está claro: del griego biblión, nos conduce a todo lo relacionado con el mundo de los libros. Con ello, poniéndose la gorra de Académico de la Lengua, podríamos sugerir para añadir al diccionario en futuras ediciones una definición similar a «persona cuya pasión por los libros es tan intensa, casi obsesiva, que forma parte esencial de su forma de vivir y de comprender el mundo». Eso sí dejando de lado todo lo relacionado con la enfermedad, porque toda actividad, en sus extremos, pudiera devenir en patológica y convertirse en una dolencia incontrolable.
Puestos a indagar, he encontrado otras definiciones que consigno aquí:
Bibliómano, persona afectada de bibliomanía (propensión exagerada a acumular libros).
Bibliófilo, persona que tiene bibliofilia (afición a coleccionar libros, y especialmente los raros y curiosos.)
Bibliótafo: pendiente del DLE, sería un caso extremo donde el coleccionista acumula ejemplares y los «entierra» para sí mismo, negándose a compartirlos o dejarlos leer por otros.
Bibliólatra: también pendiente de su inclusión en el DLE, designa a quien siente una veneración casi religiosa por los libros. A veces se usa para quienes consideran los libros como objetos sagrados o incuestionables.
En estos momentos tengo en casa, en formato papel, más de mil seiscientos libros, todos ellos antologizados y marcados con el correspondiente exlibris…
¡No me caben más! No todos los he leído, algunos están más por su continente que por su contenido, prácticamente ninguno de los leídos tendrá una segunda lectura. Algunos están dedicados por sus autores. No sería la primera vez, pero las estanterías me están pidiendo un expurgo a gritos. El problema es que no hay muchos sitios donde llevarlos o regalarlos.
Yo no creo, en mi caso, ser un coleccionista. Cada libro tiene su propia historia y no siempre se tiene claro en el recuerdo el por qué se compró ese y no otro o ninguno. Hay uno que le he comprado tres veces porque lo presté dos y nunca me fue devuelto: «El diablo de los números», de Hans Magnus Enzensberger.
Leer es viajar estando quieto, enriquecer la mente y atacar sin piedad a la ignorancia. Leamos, leamos.


