El paso del tiempo va relegando al olvido muchas de las costumbres que hemos mantenido durante años. La semana pasada salíamos de la presentación de un libro en el Ateneo de Madrid. Eran las ocho y media de la tarde y se imponía tomar un tentempié para regresar a casa cenados. Nada más apropiado que un paseo por las atestadas calles de Madrid hasta alcanzar la Plaza Mayor.
Desde hace más de treinta años, con más o menos frecuencia, hemos acabado las tardes, antes de regresar a casa, tomando el clásico bocadillo de calamares y la ración de patatas bravas. Realmente el bar frecuentado no estaba estrictamente en la Plaza Mayor sino en una de las calles aledañas: la calle Botoneras. En la foto que encabeza que esta entrada puede verse el Bar Ideal. El otro día descubrimos con pena que ya no existe. Ha sido absorbido por el que tenía al lado llamado La Campana. Estuvimos tentados de entrar en él, también famoso por sus bocadillos de calamares, pero no es lo mismo; la cola que había nos hizo desistir. Creo que, lamentablemente, se han acabado los bocadillos de calamares, se ha roto la tradición.
Es ley de vida que el paisaje de la ciudad cambie y los comercios desaparezcan y sean sustituido por otros nuevos. Pero no deja de ser una pena cuando llevas una montonera de años frecuentando uno. Hay que buscar otro nuevo y volver a asentar la costumbre.
Aunque hay en algunos casos que surge el milagro…
Entre los años setenta y el fin de siglo pasado yo era muy aficionado a la fotografía. Tenía en casa un laboratorio donde revelaba las películas de blanco y negro y positivaba los negativos en papel. Pasé muchas horas en ese cuarto oscuro donde disfrutaba de lo lindo. Al principio no, pero con el tiempo desistí de comprar los productos fabricados y acudía a la Droguería Manuel Riesgo a comprar los componentes químicos para fabricarme yo mismo reveladores, fijadores y baños de paro, jugueteando con las mezclas. Acudía con frecuencia a adquirir allí metol, hidroquinona, sulfito, carbonato, bromuro…
Esa tienda desapareció, me corrijo, estuvo cerrada durante cinco meses y parecía que para siempre. Muchas veces los propietarios se hacen mayores, e incluso fallecen y los sucesores o herederos no quieren continuar con el negocio, lo que lleva al cierre. En este caso, parte de la familia que lo puso en marcha en su época ha rescatado de lo que parecía un final casi definitivo. Interesados en más detalles sobre la reapertura y la historia de este centenario comercio en este enlace a eldiario.es.
Yo he seguido yendo por allí de cuando en cuando para comprar algunos productos. Uno de ellos, que sigo usando, es un limpiador para madera, que venden en unos botes metálicos de 1 litro y que son una mezcla de aguarrás y aceite de vaselina. Aplicado a la madera, esta revive como si estuviera nueva. Yo lo uso con asiduidad: un mueble vetusto, un buró, que perteneció a una tía fallecida, ha quedado como nuevo con una frotada de este líquido maravilloso. También, el parqué de casa que estaba languideciendo y pidiendo a gritos un acuchillado, ¡horror!, ha quedado como nuevo con este producto.
Me he pasado por la tienda en estos días y he aprovechado para comprar tres botes… ¡por si las moscas! ¡No tienen fecha de caducidad ni de consumo preferente!


