Recuerdo perfectamente el año en que empezaron a circular en España los denominados trenes de alta velocidad, bautizados como AVE's por aquello de la Alta Velocidad Española. Corría 1992, año especial en España por cumplirse quinientos años del Descubrimiento de América y celebrarse una Exposición Universal en Sevilla.
El primer viaje se realizó en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, inaugurada el 21 de abril de 1992. Yo visité la Exposición Universal, pero lo hice en coche. Se pasaba el tiempo sin utilizar el AVE que tantas loas recibía cuando un día cualquiera pedí un día de permiso en la oficina y lo utilicé para visitar, en el día, la ciudad de Córdoba. Realmente era un servicio fenomenal, rápido, silencioso y de alto confort.
Con el tiempo las líneas de alta velocidad han proliferado en España enlazando muchas capitales de provincia a lo largo de toda la geografía española. En estos más de treinta años que han transcurrido he tomado el AVE en varias ocasiones para ir a Sevilla, Barcelona, León, Valladolid o Valencia entre otros destinos.
Un destino que frecuento en los últimos años es Valencia. Un buen amigo, Félix, decidió hace unos años cambiar de aires: abandonó Madrid y se instaló en Valencia donde disfruta de una vida más cómoda y placentera. Asuntos familiares le traían por Madrid en algunas ocasiones, pero la familia ha ido desapareciendo de Madrid, bien por fallecimiento de allegados bien porque incluso una de sus hijas también se ha trasladado a Valencia. El caso es que nuestros encuentros periódicos quedaron truncados. La única solución de vernos e intercambiar unos pareceres han sido recuperados a base de que una vez al año me desplace a Valencia en el día.
Son dos horas de ida y dos de vuelta desde Madrid en un viaje cómodo y confortable… ¿confortable?
Esta semana he estado en Valencia. Como una imagen, o una secuencia de ellas, vale más que mil palabras, antes de entrar en materia, sugiero contemplar en la plataforma Youtube un vídeo grabado por mí con una duración de 13 segundos. Aparte del libro electrónico situado en un atril sobre la mesa, preste atención al vaso de agua situado a la derecha de la imagen: el movimiento del agua no se puede conseguir moviendo el teléfono a la hora de tomar el vídeo.
Las personas vamos acumulando experiencias a lo largo de nuestras vidas. El traqueteo, bamboleo y los vaivenes laterales podrían ser considerados «normales» pensando en que los técnicos responsables los asumirán como tales tras revisar concienzudamente las instalaciones, los trenes y las vías. Pero entre mi viaje anterior, del que no recuerdo tales zarandeos, y este ha tenido lugar un hecho imborrable de nuestra memoria: el accidente ferroviario de ADAMUZ ocurrido el 18 de enero de este año 2026 con el resultado de 46 fallecidos y múltiples heridos. Se trata del primer accidente ocurrido en la red de alta velocidad española.
Las causas de este accidente terrible no han quedado completamente esclarecidas hasta la fecha, pero cada persona tendrá sus conclusiones a raíz de las informaciones en los medios, oficiales y no oficiales. Hay que tener en cuenta que desde 2020 en que se liberalizó el transporte ferroviario, otras dos compañías —Ouigo e Iryo— prestan el servicio además de Renfe, con lo que el número de viajes se ha incrementado significativamente, lo que implica un mayor desgaste de las instalaciones. Para mí, puedo estar equivocado, se trata de unos inadecuados protocolos de revisión de las infraestructuras que derivan en una deficiente conservación del trazado, vías, traviesas, catenarias… Es verdad que el trazado Madrid-Sevilla es el más antiguo de los existentes, pero los protocolos de revisión supongo serán generales y deberían alcanzar también al resto de la red.
Muchos momentos del viaje a Valencia de esta semana me trajeron a la mente el accidente referido. ¿Miedo? No llegaría a tanto, pero si una gran intranquilidad cuando el tren circulaba a 295 kilómetros por hora y era imposible concentrarse en la lectura. La calidad del servicio y el confort que se vivía antaño como una experiencia de transporte moderna y confortable queda muy en entredicho. No tanto los botes en sentido vertical, que parece que no afectan a la trayectoria, sino los frecuentes vaivenes laterales, algunos de ellos de gran brusquedad, que se transmitían a las mesas y a los objetos sobre ella.
Es imposible concentrarse no solo en la lectura: otros pasajeros trataban de trabajar en sus ordenadores portátiles y se veían con dificultades. Por viajar en mi caso en 1.ª clase, el tentempié que te ofrecen es difícil de comer y mucho más de beber. Cerrar los ojos tampoco es una opción porque los movimientos siguen siendo percibidos con lo que es mejor mirar por la ventanilla y tratar de contemplar el paisaje que, por lo menos, no se mueve.
ADIF, empresa responsable de las infraestructuras, no puede seguir ignorando esto. Cuando dentro de un tiempo quede con mi amigo Félix para vernos, me cuestionaré el utilizar los trenes de velocidad alta y valoraré —ahora lo que me sobra es tiempo— las opciones de avión o coche con una pernocta. Llamé por teléfono a un amigo mecánico en los talleres de Renfe para comentar el hecho y la primera respuesta fue escueta a la vez que reveladora: «Ya…». A continuación, me apostilló que la Madrid-Valencia no era de las peores. La de Madrid-Barcelona…
Miedo o intranquilidad, la sensación de inseguridad que percibe el pasajero es palpable. ¿Estará todo bajo control y en condiciones óptimas? ¿Será cosa de la vía, del tren, o de ambos? No soy ingeniero ferroviario, pero estos traqueteos y zarandeos continuos —zangoloteos— no me parecen normales. Y comparativamente con el pasado me resultan inadmisibles.
