Hoy toca un poco de curiosidad histórica. Pero antes una broma de monjes y ermitaños.
Un hombre ingresó en un convento de ermitaños buscando una vida retirada de silencio y contemplación. Al llegar, el prior le explicó la única regla de la comunidad:
—Cada hermano vive retirado en su celda y solo puede pronunciar dos palabras cada diez años.
El nuevo ermitaño aceptó disciplinadamente.
Pasaron diez años. Llegó el día de hablar y dijo:
—Cama dura.
El prior asintió en silencio.
Diez años después, volvió a presentarse ante él:
—Poca comida.
El prior volvió a asentir sin comentar nada.
Transcurrió otra década más. El ermitaño apareció de nuevo y declaró:
—Mucho frío.
El prior permaneció imperturbable.
Finalmente, al cumplirse cuarenta años desde su llegada, el ermitaño regresó y anunció:
—Me voy.
Entonces el prior lo miró con calma y respondió:
—No me extraña. Llevas cuarenta años quejándote.
A mediados del siglo XVI, el rey Felipe II eligió un lugar para construir su magna obra, su monasterio, que además sería colegio, palacio real, panteón funerario, biblioteca, museo… Cercano a la ya existente villa de El Escorial, adquirió enormes extensiones a su alrededor y legisló que nunca se construyera nada en sus inmediaciones, respetando solo la mencionada villa: otros pequeños asentamientos en la zona fueron desalojados. El Rey, su familia y su séquito tenían su hospedaje y el de sus servidores y criados perfectamente establecido.
Pero pasa el tiempo y cambian las costumbres. Doscientos años después, desaparecidos los Austrias e instalados los Borbones, la Corte se trasladaba entre los Reales Sitios arrastrando un sinfín de adláteres con sus criados y asistentes que necesitaban alojamiento y manutención.
El Monasterio de El Escorial, concebido para cien monjes y sin establecimientos suficientes en los alrededores, se veía invadido en los otoños por una multitud que perturbaba su normal funcionamiento y ocasionaba no pocos problemas. Años después, en tiempos de Carlos III, se abolió la orden de no construir en los aledaños para poder dar servicio a los principales de la Corte y sus criados. Pero hasta entonces…
Se transcribe a continuación un documento hallado en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, fechado en tiempos de Felipe V, entre 1735 y 1745, que no hace mención ni del emisor ni del receptor. En la documentación del índice de la biblioteca figura la siguiente referencia descriptiva: «Copia de un escrito, entendemos que del prior al marqués de Terán, encargado del alojamiento de los reyes, en el que le manifiesta los graves perjuicios que se derivan del alojamiento de todos los seguidores cortesanos para la paz y sosiego de los monjes, del rezo y de la clausura. Fecha: 9-X-1735 (4 p)»
Curioso cuando menos el lenguaje y tono empleados, como corresponde a la época.
Reverendisimo Padre
Excmo Señor
Muy Señor mio, después de desear a V.E. perfecta salud, y poner la que me asiste con todo rendimiento a su disposicion, con la ocasión de aproximarse la Regular Jornada de sus Magestades a este Real Monasterio, no escusso, en cumplimiento de mi obligacion poner en la gran consideracion de V.E. los muchos, y graves inconvenientes, que se siguen de que los Aposentadores Reales que previenen en dicho Real Monasterio y su Palazio, el aposento para sus Magestades, que Dios guarde, y los Señores Ynfantes y demas personas de su Real sequito, no traigan las ordenes limitadas y con la restriccion que las trajeron siempre de alojar en el monasterio, y en el Colegio, solamente aquellas personas nezesarias para el servicio y asistencia de los Señores Ynfantes que alojan en el.
Estas, Excmo Señor, no solo en las celdas sino en nuestros corazones tienen y han tenido siempre el alojamiento y lugar que se merezen y es devido, por nuestra atencion y su venerable respeto, ni nunca han sido ocasion del mas minimo inconveniente, ni desorden.
Pero una multitud que sigue a la Corte, ya por sus intereses, ya por sus pretensiones particulares, ya por sus dependencias, quieren Señor, que alojen en el Monasterio, produze tales inconvenientes, que me obligan a ponerlos presentes a V.E. para que reflexionandolos con la gravedad y madurez que acostumbra, expida a dichos aposentadores y a mi aquellas ordenes que le pareciere mas conveniente para el servicio de sus Magestades y el de Dios principalmente.
Bien le escribo a V.E. en el año pasado, que por alojar estas personas dentro del Convento y el Colegio con sequito de criados y sirbientes estuvo dos veces «preio» el fuego dia de la Concepcion de Nuestra Señora, y atribuimos a milagro el que no se viese quemado todo el convento.
Otras dos veces se encendio también y se apago secretamente, sin que llegase a noticia de la Corte, porque enzienden los criados lumbre en todas partes, y estamos en un continuo riesgo, sin poder detenerlos, por ser muy libres.
Demas de esto todo el Monasterio esta sin clausura, abiertas sus puertas toda la noche para su asistencia y comerzio, que siendo toda ella ni ay silenzio religioso ni observancia regular ni los religiosos que estan viviendo de tres en tres, y de quatro en quatro, tienen una hora de reposo y quietud para poder asistir al coro y servizio divino y demas obligaciones , pues estando alli la Corte, son mucho mas gravosas.
Bien reconozco, Señor, que en las ocasiones de los besamanos, en que concurre toda la grandeza a hacer sus obsequios a nuestros Reyes, no puede haver regla, porque siendo prezisamente por una noche es tolerable el gravamen y es preziso alojarlos como se pueda, por su caracter que nunca como las Reales Familias no han ocasionado algun inconveniente, pero en lo respectivo a lo demás que voluntariamente siguen o por pretensiones o por intereses particulares yo suplico rendidamente a V.E. y espero deverle la onrra que ponderando estos inconvenientes, y otros que omito, no menos graves, por no molestar a V.E. y reflexionando principalmente, que el alojamiento de estos ni es del Servizio de Dios ni de sus Magestades que Dios guarde «dé» a los aposentadores y a «mí» aquellas Ordenes Regulares que se reducen a que alojen dentro del Convento las personas Reales y las demás nezesarias para su servizio y asistencia.
Yo solo deseo odedezer y servir com promptitud y rendimiento, pero no puedo dejar de prevenir a V.E. los inconvenientes que pueden seguirse para que precabiendolos, con su sabia providenzia, prevenga tambien el susto y riesgo en que continuamente vivimos, de mas del servizio que se haze a la Divina Magestad de que se conserve el Monasterio, y sus Monges, aun a la vista de los Reyes con religiosa clausura, silencio y observancia. Yo soy todo de V.E. a quien ofrezco mis respetos con toda venerazion y pido a el Altissimo conserve a V.E. en la mayor felizidad.
Ahora que me estoy incorporando un poco a este proceloso mundo de la(s) Inteligencia(s) Artificial(es), lo que figura a continuación hasta el final de esta entrada del blog es una sinopsis elaborada a partir de la transcripción anterior. Copiada y pegada sin tocar una coma. Desde luego, uno no se puede quedar indiferente, ni ante el pasado, ni ante el presente ni ante el futuro que nos espera.
La tensión entre la vida monástica y la Corte en un monasterio del Antiguo Régimen
Este documento del siglo XVI refleja las preocupaciones de un superior monástico ante las frecuentes estancias de la Corte Real en un monasterio vinculado a la Corona. A través de una carta dirigida a una alta autoridad eclesiástica o política, el autor denuncia los graves problemas derivados del alojamiento indiscriminado de acompañantes, criados y personas vinculadas a la Corte dentro del recinto conventual.
El texto expone cómo la presencia masiva de servidores y cortesanos altera profundamente la vida religiosa: se rompe la clausura, desaparecen el silencio y la disciplina monástica, y los religiosos ven dificultado el cumplimiento de sus obligaciones litúrgicas. Además, el autor alerta de varios incendios provocados por el uso imprudente del fuego dentro del monasterio, llegando a considerar milagrosa la salvación del edificio.
Lejos de cuestionar la presencia de la familia real y de los infantes —a quienes se reconoce respeto y legitimidad—, la carta critica especialmente a quienes siguen a la Corte por intereses personales o ambiciones particulares. El documento constituye un valioso testimonio de las tensiones entre el ceremonial cortesano y la vida religiosa en la España de la Monarquía Hispánica, así como de los desafíos logísticos, disciplinarios y espirituales que generaba la movilidad de la Corte en los espacios monásticos.

