Buscar este blog

domingo, 12 de septiembre de 2021

FILANDÓN


Me decía mi buen amigo Manuel en un wasap que con motivo de su próximo viaje a León había redescubierto «El Filandón» de Luis Mateo Díez. Conocía a ese autor e incluso había leído alguno de sus libros —«Fantasmas del invierno» por ejemplo— y le dije que me apuntaba el que me mencionaba para un futuro. Cuando le estaba incluyendo en mi lista de libros pendientes de lectura, que sobrepasa los dos mil cuatrocientos pues muchos amigos me hacen recomendaciones amén de los vistos u oídos en los medios, me aclara en un nuevo wasap que no se trata de un libro, sino de un concepto. Luis Mateo Díez, premio nacional de las letras españolas en 2020, no tiene ningún libro con ese título, sino que es un concepto que representa una forma de literatura caracterizada por relatos de tradición oral.

Cuando era pequeño pasaba épocas en verano en un pueblo de la provincia de Toledo, Torrijos, de donde es oriunda mi madre. Mi abuela nos acarreaba a mi hermano Javier y a mí, malos y traviesos como demonios, a pasar unos días repartidos en las casas de sus hijas Amelia y Palmira, nuestras tías. El tiempo transcurría monótono, todos los días eran iguales: por la mañana a la huerta a «ayudar» a mi tío Rafa, cocido madrileño de comida todos los días incluso domingos, siesta obligatoria y un poco de libertad al caer de las tardes para hacer alguna travesura. Pero lo que llamaba mi atención eran esas tertulias montadas a la puerta de las casas, esas charlas con la fresca, las mujeres con las sillas hacia la fachada y los pies en la acera, donde se hablaba de lo divino y de lo humano y unos y otras se ponían al día de lo sucedido en el pueblo, donde, por cierto, nunca sucedía nada. Y tenían mucho de qué hablar, pues no paraban en ningún momento en las varias horas que duraban aquellas tertulias. La televisión estaba todavía por hacer acto de presencia masivo en aquellas casas y las novelas radiofónicas ya se habían consumido durante la siesta. En algunas ocasiones yo gustaba de asomarme a la tertulia con mi abuela, mis tías y los vecinos, donde aprendí una frase que aparecía de vez en cuando y que no entendí hasta más adelante: «cuidado, que hay ropa tendida», en alusión a que ciertas cosas no debían ser escuchadas por niños o por alguno de los asistentes a los que afectaba el cotilleo.

Algún tiempo después, un compañero de trabajo, Luis, me invitó a pasar unos días en casa de sus suegros en un pueblo manchego a treinta kilómetros de Ciudad Real: Aldea el Rey. Realmente se trató de una vuelta al pasado, una recuperación de las sensaciones vividas en la infancia en el pueblo de mi madre; parecía que el tiempo se hubiera detenido y eso que habían transcurrido veinte años. Y entre otras muchas cosas seguía el asunto de las tertulias a la fresca a la caída del sol, como puede verse en la fotografía que he recuperado de mis archivos —negativos en blanco y negro— para ilustrar esta entrada. Mayores, pero también niños, a la puerta de la casa comentando los sucedidos en el pueblo.

Al parecer estas reuniones se siguen realizando en pueblos de Andalucía. Tanto es así que he podido leer la noticia de que el pueblo gaditano de Algar ha promovido la recuperación de los «Frescos a la calle» tratando de reavivar sus costumbres y conseguir la declaración de Patrimonio de la Humanidad para esta actividad. En otro pueblo leonés, Oteruelo, se han sumado a esta curiosa iniciativa. Estas actividades con los vecinos reunidos y los chiquillos jugando alrededor daban vida: sigamos sacando nuestras sillas a la calle y pasemos las tardes noches charlando de lo divino y de lo humano. Aunque yo lo quisiera hacer, sería imposible, simplemente por los coches aparcados y las aceras estrechas que lo impedirían.

En estos tiempos en los que se trata de aislarnos, de tenernos a cada uno en nuestra habitación enganchados al mundo de forma individual a través de una pantalla —ordenador, TV., teléfono, tableta…— estas actividades se antojan como muy lejanas. Las ciudades, mucho menos los pueblos, no cultivan estas casas bajas en los que los vecinos formaban una verdadera comunidad y estaban siempre para lo que hiciera falta, de verdad, no a través de mensajes de wasap. La realidad es que yo mismo no conozco a varios de mis vecinos que llevan varios años viviendo en el mismo bloque de pisos que yo.

Todos estos recuerdos han aflorado por el vocablo «filandón» que el diccionario define como «reunión vecinal, invernal y nocturna, en la que las mujeres hilaban y los hombres hacían trabajos manuales, mientras se contaban historias». No es exactamente lo mismo que las «tertulias al fresco», por lo general veraniegas y sin más actividad que darle a la húmeda, pero… se le parece.