Buscar este blog

domingo, 3 de abril de 2011

CAJAS

-
Y no precisamente de cartón. El sistema financiero mundial ha sufrido en estos últimos tiempos una tremenda convulsión que ha dejado al descubierto tejemanejes tremendos de todo tipo que las entidades han realizado con el dinero de los clientes e inversores y que al final ha quedado descrito de una forma muy simple: el dinero que tenía que estar no estaba. Cualquiera podía deducir de forma sencilla que alguien se lo había llevado o había decidido hacer cosas con él que no debía o no eran acertadas.

Circunscribiéndonos al sistema financiero español, la cosa no ha llegado a mayores porque algunas entidades del sector bancario parece que estaban lo suficientemente saneadas según los criterios al uso y otras han realizado apaños de sinergia financiera con ayudas y fusiones, frías o calientes, u otras operaciones de tipo financiero que parece que de momento las ha puesto de nuevo en rumbo, hasta la próxima crisis.

Las Cajas de Ahorros, algunas de ellas con el añadido de Monte de Piedad, han quedado con el culo al aire. Bien es verdad que no todas pero si una gran mayoría. Con un gran recorrido desde sus fundaciones, a mediados del siglo pasado las Cajas de Ahorros eran una entidades o empresas de tipo cariñoso que cubrían los aspectos de las operaciones bancarias suficientes para la gran mayoría de los ciudadanos de a pié. Por otro lado, estas entidades no tenían accionistas, con lo cual los beneficios obtenidos eran dedicados en lo que se denominó por aquella época “Obra Social”. En el fondo eran unos competidores directos de los bancos y sin el sometimiento de tener que rendir un dividendo a sus accionistas al final del ejercicio.

Las obras sociales eran diversas. Salas de exposiciones, escuelas de idiomas, hogares para ancianos, financiación de actos de interés público, donaciones a empresas de interés público, colaboración en actos culturales, subvenciones a ayuntamientos para la realización de las fiestas patronales, compra de ambulancias para la Cruz Roja y un sinfín de eventos que cuidadosamente publicitados daban ante el público en general una imagen de las cajas como empresas benefactoras y que contribuían de forma notable al bien común con sus obras.

Otra cuestión sería quién controlaba los presupuestos y quién decidía cuanto se dedicaba a las obras sociales y cuanto a otras cosas. Siempre ha habido de todo, pero en los tiempos en que los dirigentes de las empresas no tenían como fin prioritario llenarse sus bolsillos personales o familiares, el sobrante de los beneficios que no se destinaba a obras sociales se dedicaba al crecimiento de la propia empresa, mediante inversiones en tecnología, compra de edificios para instalación de oficinas y mejoramiento en general para acometer nuevos proyectos y dar un mejor servicio a los clientes.

Yo diría que a finales de los setenta y principios de los años ochenta algo cambió de forma sustancial. Muchas de las operaciones que les estaban vetadas a las cajas en comparación con los bancos fueron autorizadas, como el descuento de efectos, las famosas “letras” que ya han quedado en desuso, por lo que las cajas a partir de esos momentos eran un banco más desde el punto de vista operativo, pero seguían in tener accionistas ante los que poner la cara a fin de año y a los que remunerar con un dividendo convincente.
Algunas cajas cogieron tamaños que las posicionaba entre las primeras del sector financiero español por volumen de depósitos, a base de dar un buen servicio a sus clientes y de unas inversiones en oficinas, tecnología y personal que superaban a los de los bancos competidores. Había dinero y eso se veía por todas partes. Los Consejos de Administración que deberían de dirigir los designios de las cajas empezaron a cambiar su estructura y con ello empezaron a politizarse. El ámbito de las cajas solía de ser de tipo uniprovincial o regional, con lo que los políticos de las comunidades autónomas que ya empezaban sus andaduras en aquellos años vieron el cielo abierto, y el dinero fácil, al introducirse en los consejos de administración y controlar las “obras sociales” y a donde iban a parar los dineros de los cuantiosos beneficios que se obtenían año tras año y que repito no tenían ningún accionista esperando.

De paso cambiaron a finales de los ochenta y principios de los noventa la forma de remunerar a sus empleados o mejor dicho a sus directivos. Los convenios colectivos y otras formas de control de la estructura remunerativa fueron soslayados de un plumazo con los famosos “sobres” que hasta esa fecha no habían existido y así podías asistir a como de un plumazo a fin de año tu jefe, que ya tenía su buen sueldo, recibía un sobre con una cantidad que hacía sonrojarse al más pintado. Lo más curioso es que en muchas ocasiones esa tremenda cantidad servía de cabreo profundo al que la recibía al enterarse de lo que había recibido el jefe de al lado y compararse con él.

Empezaron a proliferar por aquellas épocas las empresas de servicios en los que las empresas, no solo las cajas, delegaban su trabajo de forma geométricamente progresiva. Y no era difícil conocer que en muchos casos los que estaban detrás de esas empresas eran los propios directivos, con lo que de esta forma a su sueldo y su “sobre” añadían más y más.

Y con estas y otras cuestiones hemos llegado a la actualidad. Las cajas, en términos generales, están hechas una pena. “Papá” Estado ya las inyectó un montón de millones hace unos años y de poco ha debido de servir pues en estos momentos vuelve a estar la cosa mal o peor. Algunas se han embarcado en multitudinarias fusiones para capear el temporal y otras tienen previsto salir a bolsa para obtener capital privado que les permita cumplir los estándares del Banco de España. Pero otras, muchas, van a obtener de nuevo otra inyección de millones del estado como premio a la gestión de sus dirigentes que por cierto, no fueron cuestionados en la primera inyección ni lo son ahora. Pues que sigan haciendo de las suyas y dentro de unos años les inyectamos más, con el dinero de todos los españoles y sus impuestos.

Ahora que la Banca Pública no existe y que sus fondos y edificios costeados con el dinero de todos los españoles están siendo manejados por un banco privado al que han ido a parar tras la desaparición de Argentaria, las entidades financieras privadas españolas son un servicio público del que no se puede prescindir ni los ciudadanos podemos escapar al vernos literalmente obligados a cobrar nuestro salario y pagar nuestros recibos a través de ellos. Bien haría el Banco de España en controlar de forma precisa, día a día y minuto a minuto el estado de estas empresas y no solo en sus macro números sino en cuestiones como sus inversiones, el salario de sus directivos y empleados y otras cuestiones de ruido y polvo por las que podemos, con demasiada probabilidad, llegar a nuevos lodos en un futuro no muy lejano.